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Miguel León Burgos


Capítulo II

 

Fran Llorens, que estaba de vacaciones, recibió un día un mensaje desde La Habana, era de su amigo Jacinto Maqueda, con quién mantenía una buena amistad, aunque hacia años que no se veían. Aquel mensaje le extrañó un poco, no lo esperaba, en él le urgía de que debía ir a Cuba, a La Habana concretamente para echarle una mano en varios asuntos. Todo estaba escrito en un leguaje normal, pero entre líneas, pudo percatarse que había partes en clave, clave que ellos dos conocían desde sus andanzas por las universidades donde se encontraron muchas veces. Las tradujo y supo que algo estaba cociéndose en aquellas lejanas tierras. No lo dudó ni un instante, tomó nota de todo cuanto se le solicitaba, hizo un acopio del material y cuando todo lo tuvo listo, envió un mensaje a la dirección que le habían dado, indicó que en unos días tomaba el avión, que lo esperaran en el aeropuerto.

Y el día llegó, pasó la aduana de España sin problemas, y luego de casi nueve horas de pesado viaje, el avión aterrizó en el Aeropuerto José Martí de La Habana. Nuevos controles en la aduana, chequeo de objetos personales y finalmente, una vez localizadas sus maletas y pasado los controles sin contratiempos, salió al gran hall con sus cuatro maletas y vio entre la cantidad de gente que esperaba a los viajeros un letrero sostenido por una espectacular mulata de ojos verdes, que decía “Bien llegado Fran”. Ni que decir tiene que sus pasos se encaminaron directamente hasta donde estaba aquel insinuante letrero y cuando llegó al lado de aquella hermosa figura, sus ojos quedaron extasiados al ver aquella belleza.

No solo él, la hermosa mujer que esperaba a que se le acercara un hombre, en cuanto vio que era un joven de muy buena presencia, con un cuerpo atlético, su corazón le dio un brinco. “¡Qué hombre! ¡Qué varonil!” Sintió que sus entrañas se encogían, se dio cuenta que aquella figura que se le acercaba sonriente era ¡Su Hombre!. Sus nervios la delataron. La otra mujer que la acompañaba sonrió, era Violeta, que estaba deseando que aquellos dos seres que aun no se conocían coincidieran en su atractivo físico y acertó. Ninguno de los tres dijo nada, pasaron los segundos, nadie rechistaba. Había pasado un ángel y los ojos de aquellos dos seres, quedaron fundidos sin ver nada más que aquellos ojos que se habían cautivado mutuamente. Con unas sonrisas tímidas, se acercaron y casi ni pudieron articular palabra.

Violeta que estaba al tanto de lo que estaba ocurriendo se presentó, su voz cortó el embrujo del momento.

-Hola soy Violeta, la novia de Jacinto, esta es mi amiga Delvia, hemos venido a buscarte. ¿Esas son tus maletas?...- preguntó.

Fran tartamudeó al escuchar la voz que le hablaba, sin perder de vista la mirada de la espectacular mulata.

-Sí, son mis maletas. ¿Cómo estáis? – volvió a tartamudear.

Las dos mujeres rieron con ganas al ver a aquel hombre que al principio les pareció un echado para adelante y que ahora balbuceaba como un ser tímido sin saber que decir. Un poco azorado esperó a que le indicaran que hacer, Violeta tomó el mando de la situación, ordenó que llevaran las maletas a un taxi que les estaba aguardando y una vez instalados le indicó al chofer la dirección, el Hotel Sevilla, raudos partieron hacía allí y mientras recorrían la autopista y varias calles, Fran aun un poco cauteloso se hizo el ánimo y espero ver que pasaba.

Pronto reaccionó Fran, estaba en Cuba, estaba en La Perla de las Antillas, y de pronto sintió hervir la sangre en sus venas, él era un hombre y en aquellos momentos estaba rodeado por dos bellísimas mujeres de bandera. Echó su pecho adelante henchido de un machismo muy español en plan de conquista y se sintió a sus anchas. Pronto las mujeres notaron un cambio en su forma de ser, aquel, era un hombre con ganas de guerra y cuando los tres se sentaron en el taxi, él en medio y ellas a sus lados, supieron que allí iba a ver tomate. No tardaron nada en notar como las dos manos de Fran, parecían que habían crecido, parecía un pulpo, pero se daba la circunstancia que se habían dedicado casi en exclusiva en la bella Delvia, ante la satisfacción de Violeta. ¡Había enganchado el pez en las redes de su amiga!.

Cuando llegaron al hotel, hicieron que las maletas fueran llevadas a la habitación que Violeta había reservado con antelación. Mientras los mozos hacían ese encargo, los tres se sentaron en la terraza del Patio Sevillano y solicitaron unos mojitos, mientras los degustaban estuvieron comentando lo bonita que estaba La Habana y la cantidad de cosas que tenían que ver. Estando en esas, se les acercó un militar, un comandante, que al ver a Fran sin mediar palabra lo abrazó diciendo.

-Hermano, cuanto tiempo sin verte, me alegra mucho haberte encontrado aquí en Cuba. ¿Qué tal te va compadre?.

Fran casi no tuvo tiempo de reaccionar, pero una gran sonrisa se dibujo en su rostro. Era un antiguo compañero, Gabriel Montoya, uno de sus muchos amigos que hizo cuando estuvo luchando en Angola.

-¿No me presentas a tus amigas? ¡Vaya carota que tienes!, Las acumulas a pares, eres un don Juan, no tienes remedio.

Fran un poco aturdido presentó a las jóvenes, Violeta, novia de un amigo y Delvia, una amiga. Una vez hechas las presentaciones el comandante sin pedir permiso se sentó y pidió también un mojito. Mientras bebían con placer la bebida, Gabriel se volvió a las muchachas y comentó.

-Sabéis, a vuestro lado está un valiente soldado. Luchamos juntos en Angola, de eso hace algún tiempo, y lo pasamos en grande.

Violeta que ignoraba que Fran hubiera estado en aquel país, preguntó.

-¿Y tú que hacías allí? ¿Luchaste en aquella guerra?.

Tímidamente Fran respondió un poco azorado.

-Sí, fueron cosas de la vida, estuve con los cubanos que lucharon allí por la independencia de Angola.

-¿Cómo fue eso? – preguntó Delvia.

-Bueno, es muy largo de contar, en otra ocasión os lo contaré.

Las jóvenes que esperaba oír la narración de aquella aventura, quedaron un poco decepcionadas, pero tuvieron que conformarse, estaban acompañadas por un desconocido para ellas y prefirieron esperar. El comandante Montoya, viendo que no había sido oportuna su intervención, prefirió cambiar de conversación preguntando a Fran.

-¿Y cómo es que has venido a Cuba, compadre? ¿Vienes de turista?.

-Eso, de turista – respondió su amigo – he venido a disfrutar de unas vacaciones que tengo merecidas, ya que hacía tiempo que no he tenido descanso. Pienso recorrer la isla y empaparme de este maravilloso país de cabo a rabo. Como verás tengo unas buenas acompañantes y ellas me enseñaran todo...

Le interrumpió Montoya riendo estruendosamente.

-¿Te van a enseñar todo? Ja, ja, ja, ja.

-Hombre, no te tomes la palabra tan literal, cuando me refiero a todo, es a todo lo que sea interesante de ver aquí. No avergüences a las chicas.

-Ustedes perdonen, pero es que me ha hecho gracia la forma como ha dicho mi amigo “todo”. Perdonen mi metedura de pata. ¿Amigos?.

Los tres jóvenes sonrieron y respondieron que no lo tomaban en cuenta, que estaba perdonado. Siguieron bebiendo unos tragos de los refrescantes mojitos, mientras en el patio una pequeña orquesta criolla comenzaba a tocar varios ritmos cubanos. El cuerpo les pedía marcha a los cuatro, moviendo sus cuerpos sentados en las sillas, al ritmo de los compases de la música. En uno de los descansos, Fran le preguntó a Montoya.

-¿Y qué es de tu vida? Veo que sigues en el ejército y por lo visto has ascendido. ¿Qué haces ahora?.

-Bueno – respondió Montoya – aparte de pertenecer a las fuerzas armadas, estoy en la Unidad Especial de Seguridad del Estado. Soy el encargado de controlar algunos departamentos y no veáis el trabajo que me da esto. No me quejo, pero lo mío es estar activo y no en un despacho.

-Pero, te defiendes bien ¿No? – inquirió Fran.

-Si, me va bien la vida, a mi mujer no le gusta lo que hago, pero tiene que aguantarse, es mi trabajo. Por cierto, ¿Por qué no nos reunimos una noche para tomar algunas copas y bailar?. Puedes traer a tus amigas ¿Os parece bien?.

Los tres asintieron gozosos, el cuerpo les pedía marcha, pero en aquellos momentos tenían muchas cosas en mente y quedaron en avisarse una fecha para preparar un plan.

-Podemos ir al Tropicana, cenar allí y luego del espectáculo echar un bailecito – comentó Montoya.

-Vale, por nosotros de acuerdo. Te avisaremos.

Se dieron entre sí los números de contacto y Montoya viendo que sobraba, se despidió con una gran sonrisa y un fuerte abrazo a Fran.

-Cuidármelo, es un buen muchacho – dio riendo.

Cuando aquel terremoto se fue, los tres respiraron tranquilos, deseaban un poco de sosiego y tenían muchas cosas de que hablar. Fran subió a la habitación mientras las jóvenes quedaban esperándolo en el hall. Cuando él llegó a su habitación, la 515, pudo ver un mosaico en la puerta que decía “Aquí estuvo en los años 40 el cantante Jorge Negrete”.

Entró en la habitación que era relativamente grande, abrió las maletas, acomodó en los amplios armarios la ropa y demás enseres. En las maletas pequeñas estaba lo pedido por Jacinto, ese material lo colocó cuidadosamente en uno de los armarios, eran aparatos muy delicados y sofisticados.

Violeta y Delvia, esperaron a que él regresara, cuando lo vieron llegar, él sugirió que subieran a cenar al Roof Garden del mismo hotel, aceptaron gozosas y mientras subían en el ascensor, las miradas golosas de Fran, iban dirigidas a los hermosos pechos de Delvia, mientras se relamía los labios deseoso de probar aquella magnífica fruta. Las dos se dieron cuenta de ese hecho, pero hicieron caso omiso, iban a cenar y luego, ya verían...

Mientras cenaban en este magnifico comedor, contemplaban unas maravillosas vistas de la Habana. Conversaron sobre los planes a seguir al día siguiente y luego de la opípara cena, les sirvieron unos aromáticos cafés y unos mojitos. Seguidamente bajaron al vestíbulo del hotel, se sentaron en el amplio hall, mientras unos ventiladores colocados en el techo refrescaban el ambiente. Estaban solos y pudieron hablar con tranquilidad.

-¿Cuándo vas a visitar a Jacinto? – preguntó Fran.

-Tengo que ir el sábado, ya sabe que tu estás aquí y aprovechará para darme algunas instrucciones. Está muy interesado en llevar adelante su plan y nosotras también. ¿Verdad Delvia?.

-Ya lo creo que sí, esta espera no me gusta nada, quiero acción y tengo los nervios a punto de estallar. Necesito acción.

-Bueno, todo se andará, hemos de tener paciencia hasta que Jacinto salga, mientras debemos centrarnos en no dar un paso en falso y hacer nuestra vida normalmente – respondió Violeta.

-¿Qué vamos a hacer mañana? – preguntó Fran.

-Yo tengo muchas cosas que hacer – respondió Violeta – Delvia te acompañará, te llevara a visitar los sitios más representativos de la Habana Vieja. ¿Te parece bien?.

-Por mí de acuerdo, estoy deseando empaparme de este trozo de tierra tan querida en España. He traído unos planos y de Internet he bajado información sobre la ciudad. He tomado nota de lo que me gustaría ver. Me alegra mucho que sea Delvia la que me acompañe. Esta agachó ruborosa la vista, le estaba comenzando a gustar aquel hombretón tan jovial y deseó que llegara el nuevo día para comenzar su tarea de guía.

El ambiente donde estaban situados los tres era tan acogedor, que ninguno tenía ganas de acabar con aquella reunión. Pasaron algunos momentos, no hablaban, de vez en cuando sus miradas se cruzaban y sonreían tontamente. Solicitaron una nueva ronda de mojitos, bebida que a Fran le iba gustando, refrescaba y al mismo tiempo le iba entonando. Mientras bebían hubo un momento que Violeta más decidida le preguntó a Fran.

-Sabes, nos ha dejado intrigadas a las dos el comentario de tu amigo el comandante sobre tu actuación en Angola, ¿Por qué no nos lo cuentas ahora? Tenemos tiempo.

-Sí, sí, - le apoyó Delvia – nos tienes intrigadas.

-Bueno, si os ponéis así... Veréis, todo sucedió casi sin pensarlo, en aquellos momentos que ocurrió aquello, mi situación en España estaba un poco crítica. Había tenido algunos problemas con la policía y me había ido de mi casa en Valencia y me encontraba en Cádiz. Eran unos momentos muy angustiosos para mí...

-¿Qué problemas tenías?- pregunto muy interesada Delvia.

-Nada, tonterías de estudiantes. Trifulcas callejeras en las que pedíamos a gritos que queríamos libertad, hubo encuentros con las fuerzas del orden y yo lastimé a uno de ellos. Huí y me trasladé a toda prisa a Cádiz. Estaba pasando una mala racha y mi familia no me podía ayudar, así que traté de buscar una solución y sin esperarlo, tuve una oportunidad. Resulta que en los muelles estaba anclado un barco, el Habana, el cual trasladaba a un grupo de cubanos a Angola. Estando en uno de los bares del muelle, tuve un encuentro fortuito con un oficial cubano, nos hicimos amigos y estuvimos tomando unos vinos y luego de algunos tragos vinieron las confidencias. Me contó cosas de su vida, y yo le conté que había tenido experiencia militar cuando hice la mili, y que fui seleccionado para las olimpiadas del ejército en Barcelona como tirador de elite, y entonces se le ocurrió que podría incorporarme a su grupo.

-¡Qué interesante! ¿Y qué pasó? – preguntó Violeta.

-Pues que me enrolé con ellos, la paga era buena y yo iba a salir de España enseguida, quitándome de encima a la policía. Cuando estábamos en el bar, se reunieron con nosotros un buen grupo de muchachos cubanos que según la información que me dieron, iban a conseguir para Angola la independencia de Portugal. Al día siguiente de este afortunado encuentro, nuestro barco partió de Cádiz y luego de tocar Canarias, al cabo de unos días llegamos a Angola.

-¿Y qué pasó? ¿Hubo mucho jaleo allí? – inquirió Delvia.

-Bueno, os diré que mientras estábamos navegando estuvimos haciendo prácticas de tiro y pudieron darse cuenta de que yo era un buen tirador, donde ponía la bala, ponía el ojo...

Ja, ja, ja, rieron las dos jóvenes, se habían dado cuenta del gazapo que Fran había cometido, aquellas frases las hicieron tronchar de risa. Él dándose cuenta de su error, también soltó la carcajada y añadió.

-Ha sido un fallo de palabras, quería decir, que donde ponía el ojo ponía la bala y así era. Fui felicitado por el jefe del grupo y viendo que aquellos muchachos me respetaban por mi puntería, ofreció darme el grado de teniente ¿Qué os parece?.

-¡Qué bien!, ¿Y qué más?- preguntaron las muchachas.

-Nada, ahí empezó todo, estábamos en Angola y nuestro deber era lograr la independencia del país. Empezó un apretado entrenamiento en unas sabanas cercanas, y menudo entrenamiento, utilizamos armas cortas de todos los calibres, lanzacohetes, morteros, hicimos simulacros de ataques a algunas aldeas, en fin, que aquel grupo se convirtió en una perfecta máquina de guerra.

Fran viendo que la atención de sus dos acompañantes estaba pendiente de cada palabra suya, aprovechó para pedir otras bebidas y de vez en cuando cogía las manos de Delvia, como para pedir su aprobación. Ésta estaba feliz al notar aquella fuerte mano en la suya y también se la apretaba de vez en cuando para darle ánimos y que continuara.

-¿Y qué pasó? –inquirió intrigada Delvia.

-Pues pasó lo que pasó. Estuve en aquel grupo de valientes cubanos casi un año. Luchamos como fieras y ahora os contaré como se desarrolló todo. Bebamos algo antes.

Sin darse cuenta, se había ido acercando a los sillones donde estaban situados los tres jóvenes un grupo, que cada vez se iba haciendo más grande de atentos oyentes. Fran no dio importancia a ese hecho, se sintió halagado viendo el interés de todos por lo que estaba relatando. Alzó un poco la voz para que se le escuchara bien y siguió con sus explicaciones.

-Veréis, en aquel entonces, en Angola se iba a desarrollar una lucha fraticida que... ¿Podéis creerme? Duró más de 25 años. Bueno, todo comenzó así.

El grupo que se había acercado, iba creciendo, ya que lo que estaba contando parecía ser del interés de todos, realmente estaban escuchando algo que casi todos desconocían, que unas tropas cubanas habían estado luchando en Angola por la libertad.

-Os voy a dar algunos detalles para que os podáis ubicar en aquella zona. Angola fue una colonia portuguesa, los angoleños comenzaron a iniciar movimientos de independencia y entonces se formaron dos grandes facciones, el FNLA, Frente Nacional para la Liberación de Angola, y el MPLA, Movimiento Popular para la Liberación de Angola. ¿Me seguís?.

Las jóvenes y el grupo que sin haberlos invitado escuchaban, asintieron con la cabeza, aquello era muy interesante. La gente arrimó sillones, algunas sillas y algún que otro sofá. Alguien solicitó bebidas y aquello se convirtió en un grupo de amigos que escuchaban a un excelente narrador y éste, orgulloso de ser el centro de atención siguió con su historia.

-Bueno, aunque aquellas dos facciones deseaban la liberación de su pueblo de los portugueses, eran lo mismo, pero no lo eran, solo tenían en común lograr la independencia. El primer grupo pasó a llamarse UNITA posteriormente. Bueno, pues aquello se convirtió en una guerra de guerrillas. Angola se independizó en 1975 y durante los siguientes veinticinco años, hubo una guerra civil. Unos, la MPLA apoyada por la URSS y Cuba...

En ese momento algunos gritos le interrumpieron.

-¡Viva Cuba!...

Fran sonriendo, movió las manos en demanda de silencio y de inmediato éste se hizo.

-La otra facción, la UNITA, estaba apoyada por Sudáfrica, Inglaterra y Estados Unidos. ¿Veis que follón?.

Nuevos gritos, esta vez en contra de los Usacos.

-¡Abajo los Estados Unidos! ¡Libertad o muerte!. ¡Venceremos!.

Los gritos, hizo que gente que transitaba por la calle, acudiera a asomarse a los grandes ventanales, aquello se iba transformando en una manifestación. Fran, viendo que aquello se desmadraba, levantó la voz precisando.

-Si no guardan silencio, mis amigas y yo nos vamos de aquí, deben callar o nos vamos.

Ante aquella amenaza se hizo un silencio absoluto, de vez en cuando un ¡Chist! Hacía que nadie dijera nada. Silencio sepulcral... Fran continuó su relato.

-¡Caray! En cuanto se meten las potencias mundiales todo se va al traste- comentó Violeta, ante la aprobación de todos.

Fran, carraspeó, dio un largo trago a su bebida y continuó con su relato.

-Es verdad lo que has dicho Violeta, pero ahora viene lo bueno. En esa guerra civil, la mejor parte se la llevó el MPLA, o sea la facción en la que colaboraban Cuba y Rusia, aunque nunca controló todo el país. La UNITA dominaba parte del sur y el centro de Angola. Aquella lucha costó más de medio millón de víctimas, muchísimos incapacitados y varios millones fueron desplazados de sus hogares. Aquello se transformó en un caos, fijaros que allí había varios grupos tribales, los Khoisan, Lunda, Luvale, Mbundu, Himba, Holo, Yombe, bueno tantos como veintidós, aparte de europeos. Aquello era la torre de Babel.

-¿Y cómo se entendía la gente? – preguntó Delvia.

-Yo que sé, en principio casi todos hablaban portugués, aparte de que se hablaba una mezcolanza de varios dialectos.

-¿Y qué hacían allí los cubanos? – fue la siguiente pregunta por uno de los no invitados.

-Defender el comunismo. ¿Sabéis cuántos eran los efectivos cubanos?...

Una nueva voz le interrumpió de sus explicaciones, Fran sonrió, veía que el interés de los que le escuchaban iba aumentando en intensidad.

-¿Cuántos cubanos estaban allí? – era la pregunta.

-Pues éramos más de treinta mil hombres, batallones de tanques, aviones MIG 21 MF, y 17 MF, helicópteros Alouette, aparatos de transporte, aparte de que colaboraba con nosotros el ejército angoleño del MPLA. Nuestro ejército se enfrentaba contra dieciséis batallones de la UNITA, con morteros de 60, 80 y 120 m/m, lanzacohetes y armas suministradas por Estados Unidos...

Nuevos gritos de abucheo.

-¡Abajo los americanos imperialistas!.

Los gritos fueron acallados prontamente, para que Fran siguiera contando aquella aventura.

-Además, la UNITA, o sea la facción contraría a la nuestra, contaba con la colaboración de efectivos del ejército de la República de Sudáfrica, el SADF. ¿Qué os puedo contar teniendo en cuenta estos efectivos?. Todo fue horrible y yo colaboré con los valientes muchachos cubanos con mi nombramiento de teniente. Estuve comandando el treinta y cuatro batallón de fusileros cubanos, buena gente y muy brava, aquellos muchachos eran valientes de verdad. Tuvimos mucho éxito en cuantos combates tomamos parte contra nuestros enemigos. Afortunadamente nunca fui herido a pesar de estar siempre al frente de mis hombres y eso que fueron batallas muy duras.

-Pues sí que tuviste suerte Fran – razonó Violeta.

-Ya lo creo, creo que algún ángel me protegía, puedo deciros que estuve en los más feroces combates. Nuestras fuerzas cubanas liberaron Huambo, luego Luena y más tarde participamos en una gran batalla, la de Canganga, fue terrible. Resulta que la UNITA, nuestros enemigos, aprovechó que la treinta y dos brigada se había alejado de aquella zona para hostigar a las tropas cubano-angoleñas y en vista de la delicada situación de los defensores de Canganga, fueron enviados con toda urgencia dos regimientos de tanques cubanos para ayudar a los que estaban atrapados, mientras los MIG hicieron de las suyas, prácticamente destrozaron al ejército de la UNITA, que se retiró dejando en el combate más de dos mil muertos y gran parte de su material ofensivo.

-¡Caray! Aquello si fue una gran batalla – dijo Delvia cogiendo las manos de Fran y llevándoselas a la boca para besarlas.

-Pero, no acaba ahí la cosa, siguiendo nuestra lucha victoriosa, liberamos también otra gran ciudad, Mehongue, destrozando por completo a las fuerzas sudafricanas, capturando mucho material de guerra, sobre todo, gran cantidad de blindados tipo Eland, y esta operación de derrotar humillantemente a los sudafricanos se llamó “Operación Savannah”. Y ahora viene lo peor.

-¿Lo peor? ¿Qué pasó? – inquirió preocupada Delvia.

-Lo peor que me paso a mí, que en su retirada, fui capturado por los sudafricanos y me llevaron con ellos de regreso a su país. Todos cruzamos la frontera de Angola, pasando por Namibia y desde la ciudad de Oshakati, fuimos transportados en avión hasta Ciudad del Cabo. Pero eso, amigos es otra historia...

El grupo, al escuchar que aquella interesante narración había llegado a su fin, muchos renegaron, deseaban escuchar más cosas de la actuación de los cubanos en Angola, pero Fran, estaba fatigado y no quiso continuar. Aquel gran grupo se disolvió dejando solos a los tres en sus sillones, luego de haber aplaudido, manoseado, y felicitado a Fran por aquella historia que les hacía sentirse orgullosos de haber estado en otro país luchando con bravura, para que lograra su independencia.

Una vez solos, se dieron cuenta de que se había hecho muy tarde, no tardaron nada en despedirse, por cierto, que Delvia y Fran, lo hicieron de una manera muy, pero que muy ardorosa, ante la mirada sonriente de Violeta. Era hora de despedirse y Fran cuando quedó solo, renegó de su mala suerte, por no haber podido llevar a cabo sus ardientes deseos de enamorar de una manera convincente a Delvia, y lograr el favor de su cuerpo. Seguido por la admiración de quienes le habían estado escuchando, se retiró a su habitación 515, solo, pero muy feliz, ya que sabía que al día siguiente lo iba a pasar en compañía de aquella hermosa mujer que le había sorbido el seso...

Un nuevo día en La Habana, un nuevo día que a Fran se le antojó que grandes cosas iba a conocer y sobre todo, que iba a estar con Delvia y que podrían pasar muchas cosas. Se relamió pensando en ello... Cuando una vez vestido y arreglado bajó al hall, se dio cuenta de que ella no estaba aun, así que pasó al comedor a desayunar. Una vez satisfecho su voraz apetito, fue a sentarse en uno de los sillones en espera de que apareciera su guía, su hermosa y esplendorosa Delvia. No tardó mucho en verla aparecer en la puerta buscándolo con la mirada y él no pudo menos que admirar aquella sinuosa figura que al verlo se fue acercando lentamente a él luciendo su garboso cuerpo, sabiendo que la estaba contemplando. Haciendo un mohín gracioso, cuando estuvo a su lado, se agachó para darle un beso y Fran pudo contemplar en toda su plenitud, aquellos maravillosos senos que demandaban que los adoraran.

Tratando de evitar malos pensamientos, que eran muchos, sonriendo le manifestó.

-Te estaba esperando hace rato. ¡Estás maravillosa! ¡Qué linda eres Delvia!.

Ella se solazó sonriendo abiertamente y respondiendo.

-Ya será menos. Bueno, aquí estoy, ¿Nos vamos?.

Salieron los dos del hotel cogidos del brazo, ante la mirada envidiosa de los hombres que los contemplaban. Un cochero se acercó a ellos.

-¿Coche?. Tiene aire acondicionado soplado, les puedo enseñar La Habana. ¿Suben?.

-No, gracias, vamos caminando – respondieron los dos.

Se quedó unos instantes Fran en espera de que ella indicará que era lo que iban a visitar. Y Fran se quedó sorprendido por una pregunta de ella.

-Fran, ¿Traes dinero?.

-Claro que he traído dinero. Hice acopio de dólares.

-¡Vaya hombre! ¿Cómo se te ocurre traer dólares?.

-Bueno eso es lo que me dijeron en la agencia que me tramitó el viaje.

-Pues hijo, no dijeron la verdad. La verdad es que aquí, desde hace varios meses el dólar no circula. Bueno, no circula en la calle, pero lo puedes cambiar por los pesos convertibles y perder con el cambio.

-¿Cómo es eso? – preguntó Fran.

-Verás, puedes cambiar tus dólares por los pesos convertibles, pero vas a perder un 10% o un 20% de su valor.

-¿Qué voy a perder qué?. ¿Qué es eso de pesos convertibles?.

-¡Caray Fran! No sabes nada de nada. Aquí en Cuba solo circulan dos monedas, los pesos convertibles y el peso cubano.

-Estoy confundido, tradúceme ese galimatías. No entiendo nada de nada.

-Te explico, si quieres cambiar tus dólares por pesos convertibles, quiere decir, que cuando te vayas de la isla, puedes cambiar esos pesos convertibles por tus dólares, que entonces serán menos dólares.

-¿Entonces, qué hago?.

-¿No tienes otra moneda?

-Sí, tengo euros, pero no muchos.

-Eso está bien, esos euros valen más que los malditos dólares americanos. ¿Cuántos tienes?.

-A ver, a ver, tengo sobre unos quinientos euros en billetes pequeños.

-Bien, eso te vale. Por lo menos me vas a poder invitar.

-¿Y qué hago ahora? ¿Qué puedo hacer?.

-¿Tienes tarjeta Visa, o de otra clase?.

-Sí, tengo Visa.

-Pero te advierto, que aquí las visas hechas en Estados Unidos no sirven. Tienen que ser hechas en otros países.

-Bueno, tengo la Visa de mi banco en España.

-Vale, eso está bien. Te propongo que si quieres vayamos a unas agencias de cambio del Estado, para que puedas tener acceso a los pesos convertibles.

-¿Y eso que es? ¿Agencias del Estado?.

-No te preocupes por eso, si te parece, mientras vamos paseando te enseño La Habana Vieja, y pronto llegaremos a una de esas cajas de cambio, que aquí se llaman “Cadeca”

-Bien, me parece bien. La verdad es que estoy un poco confundido, tantas monedas... ¿No os volvéis locos?,

-Pues no, la moneda cubana es la que utilizamos los criollos.

-¿Pero no es lo mismo? – preguntó Fran.

-No, mi amor, no tiene nada que ver el peso cubano con el peso convertible.

-¿Qué diferencia hay?. ¿No son pesos?.

-Sí, pero no, el peso cubano es el que utilizamos nosotros los criollos, y el otro peso, los utiliza el turista y nada más.

-Bueno es bastante complicado, pero vale. ¿Entonces que hago para obtener dinero convertible? – insistió Fran.

-Como te he dicho vamos a ir paseando hasta una “Cadeca”, allí podrás cambiar. ¿Nos vamos?.

Siguieron paseando lentamente ante la admiración de quienes los veían, eran una pareja envidiable y los dos notaban aquellas miradas inquisitivas que los taladraban. Hicieron caso omiso y siguieron su andadura, ella estaba ansiosa de que Fran pudiera contemplar los antiguos vestigios de la grandeza de aquella ciudad que se iba apagando en sus jirones y algo inquieta, en cuanto salieron del hotel, quiso mostrarle un nuevo edificio que estaba a su derecha, era el Museo de Bellas Artes. No entraron, preferían seguir viendo otras cosas. Iban cogidos de la mano, que de vez en cuando se apretaban.

-¡Mira! - le hizo observar a Fran - ahí en ese lugar que se llama el Memorial Granma, puedes ver esos aviones y vehículos que sirvieron para que la revolución triunfara. En aquella edificación acristalada del centro, esta colocado el yate que transportó a los 81 combatientes que con Fidel desembarcaron en una playa cercana a Sierra Maestra. Esa acción, dio un impulso a las luchas revolucionarias en 1953 con el ataque al Cuartel Moncada. Vamos a seguir por esta calle, se llama Avenida de Bélgica, antes Montserrat. Mira, aquel edificio tan lindo, ¿Es muy lindo verdad?. Se refiere al antiguo feudo del Ron Bacardí, ahora ya no se fabrica en el país, pero el que ahora tenemos se llama Havana Club, que es el mismo, pero no pagamos royalties a los americanos... – cayó unos instantes y prosiguió.

-Quiero enseñarte algo que es muy importante para nuestra ciudad, mira, en esa esquina, está situada La Floridita, el lugar preferido por Henry Hemingway para tomar sus daiquiris, siempre estaba borracho, con sus visitas hizo famoso ese local, y solo por el hecho de haber estado ahí el escritor es visita obligada a los turistas de entrar en el local y tomar algo. ¿Qué te parece?.

-No sé que decirte, me parece un lugar muy cutre. Si quieres entramos ¿Te apetece?,

-Pues mejor no. Vamos a seguir. Tengo interés en que conozcas una de nuestras calles principales, la del Obispo. ¿Ves que concurrida está?. Puedes encontrar de todo, hasta mujeres... ¿Te apetece?- comentó Delvia con un poco de sarcasmo.

-No, prefiero seguir - respondió un poco enojado Fran.

-Bueno, seguimos, mira esa tienda, y esa otra, venden de todo siempre con los pesos convertibles. ¡Mira cuánta gente!. Te dije que era una calle de paso, todo el mundo viene aquí, bien para hacer ostentación de su belleza o para encontrar algún pardillo como tú. Ja, ja. Ja...

Se rió Delvia sin quitar los ojos de su acompañante. Unos momentos después llegaron a un nuevo edificio, en un gran letrero se podía leer “Cajas de Cambio”. Delvia le comentó a Fran.

-Ahora puede hacer el cambio de tus dólares o euros por los pesos convertibles o si prefieres, con tu tarjeta Visa, puedes extraer dinero.

Cuando ambos entraron en aquel edificio, Fran observó cuidadosamente cuales eran las medidas de seguridad. Delvia quedó esperando en la entrada al lado de uno de los guardias que custodiaban el local. A la izquierda dentro de un pequeño cuarto estaba otro guarda vigilante, que vigilaba tres cajeros automáticos, de los cuales dos de ellos no funcionaban. Fran entró dándose importancia, calmosamente colocó su tarjeta Visa, y pidió una cantidad que le pareció razonable. En unos instantes tuvo en su poder lo que había solicitado, pero deseaba conocer un poco más aquel recinto.

Cuando pasó al interior de la sala, en la puerta estaba situado un gigantón moreno, con cara de pocos amigos, era otro guardia de seguridad. Fran se fijó en que en la parte derecha de la entrada una escalera que ascendía al piso superior, hizo caso omiso de ella, y entró al interior, donde estaban situados diez cubículos con unas señoritas que debían atender a los que solicitaban sus servicios.

Fran, tranquilo, muy despacio, se dirigió a una de las cajas, la número ocho, que en aquellos momentos estaba sin clientes y sacando de su cartera un manojo de billetes de euros, con una sonrisa atrayente le dijo a la cajera.

-Por favor, ¿Puede usted cambiarme estos billetes por pesos convertibles?.

La joven que lo estaba atendiendo se fijó en él y una gran sonrisa cubrió su rostro.

-¡Cómo no!.

Cogió los billetes de euros y se puso a manipular su calculadora, mientras lo hacia sus ojos de vez en cuando se dirigían a su cliente. “Qué hombre. ¿De donde es?. ¡Me gusta mucho!”.

Fran se había dado cuenta de su interés y con una seductora sonrisa le dijo con una voz muy tenue.

-Señorita, nunca antes he podido ver una flor como usted, puedo decirle que su perfume de mujer me ha cautivado. Nunca antes he podido percibir esta sutil sensación que usted me inspira. ¡Es usted maravillosa! ¡Es usted una flor tan, tan, tan!...

-¿Tan qué? – preguntó la joven.

-Tan, bella, tan llena de juventud, que mi corazón ha quedado herido. Me siento tan apabullado por su...

Fueron interrumpidos por una de las encargadas del establecimiento.

-¿Has acabado de contar el dinero?- Le escupió con saña – acaba de una vez, hay más clientes que atender.

La joven a regañadientes, ya que le agradaba aquel joven, terminó de contar el dinero y se despidió de Fran con una leve sonrisa, mirando de soslayo a la encargada.

Fran había estado tomando nota mentalmente de todos los detalles que sabía que muy pronto les podrían servir de ayuda para llevar a cabo un plan de Jacinto. Cuando salió del interior con sus pesos convertibles, cogió del brazo a Delvia y le comentó alegre.

-¡Ya tenemos dinero para gastar!. ¡Te invito a tomar algo!.

Ella sonrió y no respondió, pero estaba satisfecha de que él quisiera gastar dinero en agasajarla. Mientras caminaban, Fran iba tomando nota de la situación donde se encontraba la casa de cambio, estaba situada en la calle Obispo, entre Aguiar y Cuba. Mentalmente tomó nota que las calles por donde iban cruzando, estas iban en una u otra dirección, ese detalle era muy importante. Tenían que contar en qué dirección circulaban los vehículos. Delvia mientras daban aquel paseo, le fue informando el galimatías del dinero.

-Verás Fran, desde hace tiempo, dejó de circular el dólar americano y el Estado estableció el tipo de moneda que debía ser de uso ordinario. Para el turista y otros menesteres, el peso convertible está dividido en varias denominaciones, billetes de 1, 3, 5, 10, 20, 50 y 100 pesos, monedas de 1 peso y de 50, 25, 10, 5 y 1 centavos. Quiero advertirte que tengas cuidado al tomar el cambio de tu dinero, ya que puede haber gente muy lista que te lo devuelvan en pesos cubanos que no tienen nada que ver con los convertibles. Esta otra moneda, el peso cubano, circula en billetes de 1, 5, 10, 20, 50 y 100 pesos y monedas de 1 y 3 pesos. También circulan piezas de 1, 2, 5 y 20 centavos. Realmente tienen mucho menos valor.

-¡Caray! Vaya lío – comentó Fran.

-Bueno no es un lío si tu te fijas bien, ya que los pesos convertibles llevan ese nombre indicado en los billetes y monedas. No te dejes engañar – acabó diciendo Delvia - son pesos cubanos pero hay diferencias.

-Vale, vale, pero quisiera saber como está la vida por aquí, ¿Qué tal los sueldos? ¿Os ganáis bien la vida?.

-Francamente no, te diré que un sueldo llamemos normal, viene a ser de unos 250 pesos cubanos, o sea, para que te des cuenta, un euro equivale a 25 pesos cubanos.

-O sea que podría decirse que un sueldo de lo que llamáis normal es más o menos de unos 10 euros al mes ¿No?.

-Sí Fran. Ya ves la manera en que nos podemos defender nosotros.

-Pero, no me explico que viváis con tan poco dinero – respondió Fran.- ¿Es posible eso?.

-Bueno hay un detalle que quiero añadir, pongamos que ese es el sueldo de un cocinero, aparte de sus emolumentos, existen unos extras, ya que si ese señor asiste a los mítines, acude a reuniones, cumple con las obligaciones en su trabajo, es puntual y es fiel al partido, pues a fin de mes le agregan un premio de 10 pesos convertibles, o sea que a fin de mes gana 400 o 500 pesos cubanos.

-¿Y se puede vivir con eso? ¡Caray! No lo entiendo.

-Bueno tenemos muchas otras cosas buenas. Verás, el gobierno entrega a cada familia al mes, un racionamiento de productos básicos, leche, aceite, harina, huevos, arroz, fríjoles y otros productos, los precios de compra son relativamente baratos, lo que en una casa pueda faltar para completar la dieta del mes, se debe buscar el resto a otros precios.

Fran movía la cabeza de un lado a otro, aunque en su mente le llegó el recuerdo, que esa misma situación se vivió en España una vez acabada la guerra civil. No quiso indagar más, pero Delvia le hizo otras aseveraciones.

-Tenemos los planes de educación y sanidad gratis, medicinas a bajo costo y otros beneficios.

-Pero así y todo, veo que no lo estáis pasando muy bien.

-Qué le vamos a hacer, estamos tratando de superar esta mala situación y todo es debido al embargo brutal que desde hace muchos años, nos hace ese coloso del norte, lo que aquí llamamos el nefasto Estado Policial del Mundo. Bueno Fran, hablemos de otra cosa. ¿Dónde quieres ir? ¿Qué deseas ver?.

-Bueno, tú eres la que tienes que mostrar lo que tú consideres más interesante de esta Habana Vieja, que por cierto está bastante vieja. Veo que hace falta de algo de pintura ¿No?. Y las calles... En fin, todo sea por conocer La Habana de mis amores.

-No te burles Fran, La Habana Vieja fue declara en 1982 por la UNESCO, Patrimonio de la Humanidad. ¿Qué te parece?.

-Vale, vale, no te enfades, pero tienes que reconocer que algo de pintura y arreglar un poco las calles, no le vendría mal. ¿No te parece?.

Delvia no respondió, ya que se había enojado un poco por lo que consideraba una falta de educación, pero pronto se le pasó el enfado. Y de nuevo cogiendo del brazo a Fran, con gran contento por parte de este, le manifestó.

-Ya que estamos en esta calle del Obispo, cerca de aquí tenemos muchas cosas que ver ¿Qué te parece?.

-Lo que tú digas, eres mi guía preferida, adelante.

-Vamos primero a visitar el bar O´Reilly, te gustará. Allí tomaremos un mojito que te encantará.

-No serán familia tuya, ¿No Delvia?. ¿No es ese tu apellido?.

-Pero no tiene nada que ver, no nos conocemos de nada, bueno, ya estamos, entra.

A Fran le encantó una bellísima y antigua escalera de caracol de hierro forjado que llevaba a un pequeño balcón que desde allí podían ver la calle con el gentío circulando por ella. Se sentaron en una pequeña mesita y pidieron unos mojitos, bebida a la que ya se iba acostumbrando Fran. Luego de haber descansado un poco, de nuevo salieron a la calle para seguir viendo cosas.

-Ahora te voy a llevar a un sitio que tiene fama en todo el mundo, se trata de la Bodeguita del Medio y allí si que hacen unos mojitos que te van a volver loco. Si te apetece y tienes hambre podemos comer allí, hacen unas comidas estupendas, cerdo asado, arroz y frijoles negros. En fin tu dirás...

Fran no tenía hambre aun, así que no siguió el consejo de ella. Cuando entraron, aquello estaba a rebosar de gente, pudieron hacerse un huequito en una parte del mostrador y pidieron los famosos mojitos, la música cubana sonaba por doquier, algunos cantando, otros mirando. Degustaron sus bebidas y cuando le pasaron la cuenta a Fran, se quedó moviendo la cabeza.

-¡Vaya que precios!. ¡Pero si solo han sido dos mojitos! – exclamó Fran un poco asustado, a ese paso no le iba a quedar dinero.

-Venga hombre, no te quejes, vamos a seguir. Vamos por esta calle de San Ignacio. Ves aquel edificio tan bonito, es el Museo de Arte Colonial. Aquel otro Museo de la Ciudad. En esta bonita plaza, está situada la Catedral de San Cristóbal, aquel edifico de enfrente es el antiguo palacio del Marqués de Arcos. ¿Te gusta? ¿No tomas fotos?.

-Si que lo hago, pero llevas una marcha que ya, ya...

Delvia sonriente se volvió y le dio un beso en la mejilla que a Fran le supo a poco, pensó “Debo quejarme más a menudo”. Y la siguió contento.

-Mira – dijo Delvia – esta es la Plaza de Armas. Allí enfrente está El Templete y esa fortaleza tan imponente se llama el Castillo de la Real Fuerza. Por aquí ya lo tenemos todo visto. Bueno si tu te fijas, allá enfrente puedes ver a la izquierda el Castillo del Morro y a la derecha, la Fortaleza San Carlos de la Cabaña. Esta tarde iremos, quiero que veas una ceremonia que te va a gustar “El Cañonazo”.

-¡El Cañonazo! ¿Y eso que es?- preguntó interesado Fran.

-Te va a encantar, esta tarde lo verás. ¿Seguimos?.

-Bueno Delvia, la verdad es que ahora si tengo hambre ¿Qué te parece si buscamos un sitio para comer?.

-Te puedo sugerir dos sitios. La Paella, que es un hostal regido por valencianos y nos pueden hacer una paella. O bien, ir hasta la plaza de San Francisco, y comer algo criollo en El Jardín de Oriente. ¿Qué te parece?.

-Pues la verdad, prefiero la comida criolla – respondió Fran.

-Pues andando, vamos para allá. Vamos por esta calle que se llama de la Amargura y verás que bien comemos.

Cuando llegaron al pequeño restaurante El Jardín de Oriente, aquello estaba lleno a rebosar, pero no les hicieron esperar mucho. El camarero les indicó que ya podían pasar. Lo siguieron y las miradas de los hombres que estaban comiendo, se dirigieron golosas a la figura de Delvia. Llamaba la atención con sus andares de sirena, ella hacía como que no se daba cuenta, pero sí que se percataba de la atención que despertaba en los hombres. Fran caminaba a su lado, y de vez en cuando dirigía miradas furibundas a quienes miraban golosos a Delvia. Pudieron instalarse en una cómoda mesita cerca de unas palmeras y solicitaron el menú.

Delvia como experta pidió como para abrir boca, los consabidos mojitos y unas cervezas. Y para comer; pollo asado, moros y cristianos...

-¿Moros y cristianos? Eso que es – preguntó Fran un poco escamado.

Delvia riendo le respondió.

-Es arroz blanco con fríjoles negros.

Siguió solicitando el menú y la verdad es que no tuvo desperdicio. Comieron, bebieron y se dio la circunstancia que pronto se vieron rodeados de un buen grupito de gatos, que acudieron a participar del festín ya que los dos de vez en cuando les daban parte de su comida. Cuando terminaron de comer, salieron de nuevo a la Plaza de San Francisco, vieron la iglesia y el convento y un poco fatigados subieron a un “Coco Taxi”. ¡Un Coco-Taxi!. A Fran le hizo gracia ver aquel vehículo, que era solo para el conductor y dos personas, cosa que agradeció, ya que pudo arrimarse a Delvia con toda tranquilidad. Raudos, les llevó directos al Hotel Sevilla. Cuando llegaron, en recepción tenían un mensaje de Violeta, necesitaba hablar con ellos. Se pusieron en contacto de inmediato y esta les comentó.

-Tengo un aviso urgente que mañana vaya a visitar a Jacinto. ¿Queréis algo de él?.

-Pues sí, dile que ya tengo los datos que me solicitó, creo que nos van a facilitar las cosas mucho. Que te diga si sabe cuando va a salir. Ahora se pone Delvia, besos.

Esta se puso al teléfono y le comentó a Violeta.

-Necesito saber algo muy importante. El código principal, sin él, ya que puedo tardar mucho en hacer mis estimaciones. Que te lo diga cuando pueda. Dile que esperamos que salga pronto. Besos.

Cuando se cortó la comunicación, la pareja se dirigió al amplio salón y se acomodaron en uno de los sofás, bastante juntos, cosa, que a Fran le pareció muy adecuado para sus deseos latentes. Deseaba hacer el amor con aquella esplendorosa mujer y el tiempo pasaba. Sentados los dos muy próximos, sus manos se unieron con agrado. Entonces él le comentó.

-Delvia, tu sabes mucho de mí, pero yo sé muy poco de ti. Cuéntame algo de tu vida, me tienes intrigado.

Delvia, sonriendo y con aire de misterio respondió.

-No sé si te han dicho que soy habanera por los cuatro costados...

Fran la interrumpió mirando los bellos atributos que adornaban el cuerpo de ella y exclamó.

-¡Qué cuatro costados! Toda tú eres tan, tan, tan...

-No empieces Fran, no empieces, que me vas hacer ruborizar. ¿Te gusto?.

-¿Que si me gustas? ¡Vaya pregunta!. Tengo tu figura impresa en mis pupilas y deseo estar junto a ti en cada momento, deseo tantas cosas de ti...

Delvia sonrió al ver aquel entusiasmo tan expresivo de Fran, ya que sus manos parecían tener vida propia y si no hubiera sido por el lugar donde se encontraban, ella hubiera perdido la cabeza. Tanta era la fogosidad de él, que parecía no tener control. Ella, con muy buen criterio, le espetó.

-Para Fran, para, ahora no es el momento. Ya tendremos tiempo de refocilar, ahora debemos estar en lo que estamos, tenemos muchas cosas de que hablar y vuelvo a decirte que ahora no es el momento. ¡Cálmate!...

Fran lo entendió, sabía que por un momento había perdido el control, pero pronto reaccionó pensando “Tendré tiempo, tendré tiempo más adelante”. Y entonces quedó a la espera de que Delvia siguiera con su historia.

-Verás Fran, ¡Cálmate! – le dijo de nuevo – yo nací en La Habana y estudié en la Universidad de La Habana, por mis altas notas obtuve una beca, que me ha permitido obtener con honores, mi título de Ingeniero Informático. Puedo decirte y esto es confidencial, que soy un “Hacker” y puedo hacer montones de cosas con los ordenadores. Esto lo podrás apreciar pronto. Soy muy amiga de Violeta y por eso estoy en el “ajo” de lo que se está planeando. He estado casada y ahora desde dos años separada, así que esa es mi historia. ¿Alguna pregunta?.

-Es una historia muy escueta, me parece a mí. Tendrás legiones de lobos acechándote ¿No?.

-Puede ser, pero yo no soy una pieza fácil de cazar y me puedo permitir el lujo de elegir lo que me convenga. No todos los hombres son mi tipo.

-¿Y yo? ¿Soy el tipo de hombre que te puede gustar?.

Delvia se le quedó mirando, pero aquella mirada suya era tan expresiva que Fran quedó desarmado, supo, estaba convencido que le gustaba y que posiblemente...

Siguieron tomando las bebidas que habían solicitado y quedaron los dos en espera de que algo sucediera y de pronto, un torbellino, llamado Montoya, irrumpió en el salón y se acercó a ellos.

-Vaya, me alegro de encontraros aquí. Esta noche vendré a buscaros para ir de juerga ¿Qué os parece?.

Delvia y Fran quedaron sin saber que decir, movieron la cabeza afirmando que aceptaban la invitación.

-¿Dónde iremos? – preguntó Fran.

-Bueno – respondió Montoya con entusiasmo – hemos pensado mi mujer y yo, que podemos ir, no al Tropicana que queda lejos, preferimos ir al Cabaret Parisién que está en el Hotel Nacional, es casi lo mismo que el Tropicana, pero allí se puede bailar. ¿Os parece bien?.

-Por nosotros vale – respondió Fran – pero queremos ir antes a ver “El cañonazo”.

-No hay problema, os recogeremos a las 8, iremos los cuatro y luego de ver el espectáculo, nos iremos a cenar ¿Vale?.

-Conformes ¿No Delvia? – preguntó Fran.

-De acuerdo, os esperamos a las ocho – respondió Delvia.

Cuando el amigo Montoya se fue, los dos respiraron tranquilos. Ahora quedaba un buen rato por la tarde antes de reanudar sus andaduras. Se miraron, los dos tenían el mismo pensamiento en aquellos momentos. Deseaban dar cumplida satisfacción a sus deseos que estaban a flor de piel, Fran solicitó la llave de su habitación y junto con Delvia, subieron con el ascensor hasta el quinto piso, con las manos entrelazadas, juntas sus bocas, sin ver nada ni a nadie, entraron como un torbellino en la habitación 515. Hay que decir que en el hotel había cuatro ascensores, pero dos de ellos no funcionaban. Casi no tuvieron tiempo de ir desprendiéndose de sus ropas, en unos instantes sus cuerpos desnudos se abrazaron y Fran pudo por fin ver cumplidos sus deseos de poseer aquella hermosa mujer que le había vuelto loco.

Delvia supo que aquel era el momento que había estado esperando, su cuerpo se rindió ante el empuje amoroso de Fran, que con dulzura de pájaro, aleteaba con sus dedos por el precioso cuerpo de ella, haciendo que se estremeciera y notaba como el vello de la anatomía de ella se erizaba de placer. Delvia había cerrado los ojos quedándose a merced de lo que Fran pudiera hacer, estaba entregada, deseaba ser poseída y al mismo tiempo deseaba que ese momento maravilloso se retrasara al máximo.

La boca de él recorrió una y mil veces cada curva, cada pliegue, cada rincón de su amada. No quería precipitar poseerla, era ducho en esos menesteres, y sabía como hacer que una mujer deseara entregarse sin condiciones y Fran siguió con sus maniobras de acariciar, besar, introducir su lengua en todos los recónditos lugares y lograr que los espasmos de placer hicieran que ella se estremeciera, encorvando su cuerpo, ofreciendo su flor abierta para que el macho penetrara en ella.

Delvia estaba completamente entregada y necesitaba participar también en aquel juego amoroso. Entonces tomó parte activa en aquella batalla del amor y pasó de ser dominada a ser dominante. Su boca buscó con ansia el cuerpo del hombre, acarició, besó, tomó posesión de la carne de él, haciendo que éste gimiera de placer, retorciendo su cuerpo en demanda de culminar el acto sexual, ella, colocó su cuerpo encima de Fran, introdujo en su cuerpo el erecto miembro y entonces como dos posesos, unieron sus movimientos hasta que finalmente ambos llegaron al éxtasis supremo, ambos se diluyeron hasta quedar exhaustos uno encima del otro.

No tardaron mucho en reaccionar y de nuevo una y otra vez se acoplaron y gozaron uno del cuerpo del otro, hasta quedar completamente agotados, tendidos en la cama laxos, sin fuerzas, con sus manos unidas y cerrados los ojos. Los dos habían llegado a las más altas cotas del placer y no se hablaron durante largo rato y cuando pudieron reaccionar, se volvieron uno frente al otro y se besaron, los dos habían cumplido ampliamente y sus miradas eran de satisfacción, supieron que sus almas y cuerpos se habían unido, sin hablar, sin decirse nada, supieron que eran el uno del otro para siempre.

Vino a sacarles de su ensueño la llamada del teléfono, era de recepción que reclamaban su presencia en el hall, les estaba esperando el señor Montoya con su esposa. Sin creer que se hubiera hecho tan tarde, abrieron los ojos cuando comprobaron que eran casi las ocho, la hora que habían quedado con el comandante para ir a presenciar la ceremonia del famoso “cañonazo”. No perdieron tiempo, se vistieron con rapidez, Delvia pudo maquillarse un poco antes de bajar, se perfumaron y en un plis plas ya estaban en recepción. Al verlos llegar acalorados, Montoya se rió abiertamente, se imaginó que era lo que había estado pasando. Se volvió y les presentó a su señora.

-Es mi mujer, Juana, estos son Delvia y Fran.

Se saludaron todos y Montoya apuró para que salieran a la calle, les esperaba un coche oficial, que les iba a llevar a la Fortaleza de la Cabaña. En cuanto subieron al coche, este arrancó y raudo se dirigió por la Avenida de las Misiones, pasando cerca del monumento a Máximo Gómez, entró por un lateral al túnel submarino que por debajo de la bahía, los cruzó a la otra parte cerca del Castillo del Morro y por una de las carreteras laterales, fue directamente a la Fortaleza. Aparcaron el coche y a pie se dirigieron donde iba a tener lugar aquel espectáculo. Una gran cantidad de gente estaba llenando por completo la parte superior de la muralla, pero Montoya, haciendo valer su uniforme, consiguió que los cuatro se instalaran a unos metros del gran cañón, protagonista del “cañonazo”. Montoya mientras se hacía la hora, les fue explicando a sus amigos que era lo que iba a pasar.

-Todo se basa en recordar cuando La Habana tenía un recinto amurallado, en aquellos tiempos, cuando llegaba la hora, la muralla cerraba sus puertas, y a la gente se les avisaba con un cañonazo de esa orden, era la hora en punto que las murallas cerraban sus puertas. En aquel momento, nadie podía ni entrar ni salir de la ciudad. Pero todo tiene su historia. Y hemos querido transmitir esos sucesos para que los cubanos tomen conciencia de esa historia. Cada día, durante los 365 días del año, este espectáculo se repite y siempre tiene igual aceptación. Y viene mucha gente, mucha, no solamente cubanos, también extranjeros, a todos gusta. Os va a gustar – paró un segundo y dijo.

-Veréis - dijo - todo este entorno donde nos encontramos se construyó en el 1763, para sustituir al castillo del Morro. Hace años, en tiempos de Machado y Batista, fue prisión y más tarde cuando triunfó la revolución, cuartel general del Che Guevara. Precisamente ahí enfrente está un pequeño museo en recuerdo de él. Entremos.

Sin cambiar palabras, los cuatro entraron en el pequeño local, los guardias que allí se encontraban se pusieron firmes al ver al comandante Montoya, éste con un movimiento de sus manos, indicó que no tenía importancia su visita. Les fue mostrando las fotos del Che, cuando era pequeño, su familia, en la universidad y les mostró un pequeño fusil que según informó, el Che lo utilizó en Sierra Maestra. Pasaron a una pequeña y austera habitación, y respetuosamente explicó.

-En este despacho es donde el Che celebraba sus reuniones y tomaba importantes decisiones para el éxito de la revolución.

Cuando salieron del cuarto, enfrente en la pared, había una composición de gran tamaño de la efigie del Che, formada por multitud de sus fotografías, era un trabajo excelente que llamaba la atención. Fran y Delvia se hicieron una foto junto a ella para la posteridad. Salieron prontamente de allí, eran casi las nueve y no era cuestión de perderse lo que iba a pasar. Rápidamente se colocaron en el sitio que se les había reservado y por el movimiento de la gente que se arremolinaba presurosa, supieron que daba comienzo el espectáculo.

Se apagaron las luces de todo el contorno, quedando en una semi-oscuridad todo, apareció un mozo con una antorcha encendida y cantando una letanía que decía “ Silencio, silencio, que la hora del cierre de las murallas va a sonar, silencio, silencio”. Mientras caminaba alrededor del cañón, con su antorcha iba encendiendo unos botes con combustible, que iluminaron con luces trémulas aquel pequeño terreno. Unos redobles de tambores, y una fila de soldados vestidos como en el siglo XVII portando largos rifles antiguos, se fueron acercando hasta llegar a ponerse junto al cañón. El oficial que mandaba al pequeño grupo de soldados, dio unas órdenes y marcialmente varios soldados procedieron a colocar, primero la pólvora, luego unos retenes, la bala y a la orden del oficial, colocaron el cebo, la mecha y encendieron esta, y unos segundos después, un atronador estruendo, hizo que todos se taparan los oídos. Aquello había acabado ante la satisfacción de los asistentes. Hubo aplausos y gritos de contento.

Acabada esta ceremonia, la gente comenzó a desfilar hacia la salida. Junto al gentío, Montoya y sus acompañantes se dirigieron al coche, una vez instalados salieron con rapidez, haciendo el camino de vuelta a La Habana. Una vez llegaron cerca del malecón, Montoya fue comentando lo que iban viendo. Gente y más gente paseando, sentados, comiendo, bebiendo en aquel espigón de casi 7 Km y que según comentó el comandante, allí se reunían, “Jineteras”, o sea prostitutas y otros, que vendían su cuerpo. Borrachos, algunos acostados encima del malecón y así un Km y otro Km. Fueron acercándose al Hotel Nacional, donde se encontraba el cabaret en el que iban a cenar.

Salieron a recibirles en cuanto vieron llegar el coche del comandante, los hicieron pasar al interior y les colocaron en una mesa al lado mismo de la pista donde iba a verse el espectáculo. Primero, como no, los consabidos mojitos, seguidamente les sirvieron una apetitosa cena, langosta, langostinos de tamaño descomunal, luego unos sabrosos filete Miñón, vinos especiales, postres y a las 10, una vez hubieron acabado de cenar, el show dio comienzo.

La esposa de Montoya, Juana, hablaba muy poco, se veía cohibida, respondía con monosílabos, Montoya ni le hacia caso. Dedicaba su atención a la pareja, agasajándolos continuamente. Las luces se apagaron y dio comienzo un maravilloso desfile de artistas, lindas mulatas, vestidas con tafetanes, plumas y abalorios, con sombreros un poco estrafalarios. Un baile, otro, otro, desfile de las mujeres y hombres, por aquí, por allá, era un continuo ir y venir de aquellos artistas y luego de dos largas horas de música, canciones y bailes, aquello llegó a su fin.

Anunciaron que si lo deseaban podían subir al escenario para bailar. Pronto los sones de danzones, rumbas, sones, salsas y boleros, sonaban uno tras otro. Montoya dedicó su atención a Delvia, tratando de bailar una y otra vez con ella, trataba de conquistarla, ya que era un buen bailarín, pero ella estaba realmente cansada y ya cerca de las cuatro de la madrugada, hizo señas a Fran y éste muy diplomáticamente se dirigió a Montoya indicándole la hora, y comprendió, pagaron la cuenta y en el mismo coche los devolvieron al Hotel Sevilla. Juana seguía con su mutismo, realmente no tenía nada que decir, allí el que charlaba por todos era su marido. Se despidieron y quedaron en reunirse otro día. No estaba el ánimo de Delvia y Fran volver a pasar una tarde como aquella, preferían estar solos, ¡Cómo no iban a querer!. ¡Les esperaba el amor!...


 

 


  Obras de este autor

Intriga en La Habana

· Capítulo I
· Capítulo II
· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII
· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X
· Epílogo


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  Autores

  · Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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