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Miguel León Burgos


Capítulo I

 

El renqueante vehículo, esquivaba los grandes baches que llenaban las calles por donde transcurría lentamente, se estaba acercando a la calle 240 donde estaba situada la prisión Combinado del Este y los ocupantes del vehículo celular, la mayoría jóvenes, chocaban entre sí en cada baqueteo del camión. Entre ellos se encontraba el joven Jacinto Maqueda que, apoyado en una de las sucias ventanillas, veía pasar los edificios unos tras otros, iba pensando que no se explicaba que es lo que le había sucedido para encontrarse en aquella situación absurda. Recordaba vagamente, y de esto hacia meses, que estaba asistiendo a una reunión que celebraban los disidentes del régimen y por alguna denuncia, el local fue asaltado por miembros de la Policía de la Seguridad del Estado y los asistentes detenidos fueron llevados a prisión en varios vehículos policiales.

Jacinto recordó su peregrinar por varios establecimientos penitenciarios, San Antonio de los Baños, Artemisa, Guanajay, y en aquellos momentos iban en dirección al penal Combinado del Este. Supo el nombre por haberlo mencionado uno de los guardias que los escoltaban. Inquieto por lo que le podía deparar el futuro, trató de ver por la ventanilla y sintió que el corazón se le encogía, ya que pudo ver a lo lejos un gris y vetusto edificio que se erguía en medio de una gran explanada. Sus altos paredones estaban custodiados por 8 grandes torres de vigilancia, ocupados por reflectores y guardias armados.

Lentamente, el vehículo se fue acercando hasta una enorme puerta gris que estaba custodiada por varios guardias armados. Cuando el vehículo paró su andar, éste fue rodeado por los guardias y un oficial dio la orden de que fueran bajando poco a poco, no lo podían hacer de otra manera, estaban esposados por parejas y cuando todos los presos estuvieron enfrente de la puerta, tal como había ordenado el oficial, los hicieron entrar en la oscuridad del gran vestíbulo y allí quedaron, encogidos de frío y temerosos todos aquellos jóvenes.

Pronto supieron que las órdenes que emanaban del enjuto y mal encarado oficial, eran para que se dirigieran hasta una gran sala, allí les despojaron de sus esposas, los hicieron desnudar y con mangueras de agua fría los ducharon y seguidamente, les echaron polvos desinfectantes, les hicieron entrega de ropas grises de carcelario, con unos números en el bolsillo izquierdo que les ordenaron vestir y cuando estuvieron todos listos, pasaron a citar nombres y más nombres, cuando Jacinto escuchó el suyo, respondió de inmediato.

-Aquí, soy yo.

El oficial se acercó a él, se le quedó mirando fijamente y con voz ronca dijo.

-Soy yo, mi oficial, ¡Ha entendido!, Así es como ha de responder.

-Sí mi oficial, a sus órdenes. Así lo haré.

El oficial de prisiones estaba dando a entender que era él el que mandaba y que se le debía respetar.

Una vez, hecho el recuento, fueron designando donde debían instalarse cada uno de los prisioneros. Jacinto, con otros cinco reclusos, fue instalado en la galería B, él y uno de sus compañeros fueron introducidos en una pequeña celda, la número 33, donde se encontraban otros tres penados.

Una vez que todos se encontraban en el lugar designado, las rejas de hierro fueron cerradas y pronto el silencio se hizo en toda aquella zona. Los cinco que se encontraban en la celda se miraron recelosos, nadie sabía quién era el otro individuo y temían por si alguno de ellos podía ser un delator. Poco a poco, el ambiente se fue tranquilizando y Jacinto rompió el silencio.

-Me llamo Jacinto Maqueda y me han traído del penal de Guanajay, en realidad no sé por qué estoy aquí y tampoco sé hasta cuando.

Los demás componentes del grupo fueron diciendo sus nombres, José Morante, Orlando Arencibia, Raúl Zapata y finalmente el que había llegado con Jacinto también se presentó.

-Me llamo Roberto Fraga y según me dijeron, el motivo de encarcelarme fue por haber gritado ¡Libertad!. Yo creo que eso no es un crimen ¿No?.

El grupo respondió de inmediato que ese no era un motivo, pero lo dijeron en voz baja, no querían comprometerse. El pequeño grupo de los cinco hombres se quedó mirando fijamente a Jacinto, se pudo ver en sus rostros que sentían una especial atracción por él. Veían a un hombre con un especial carisma de mando, pálido, delgado y en sus ojos una expresión que conjugaba inteligencia, sinceridad y ternura. Firmeza en el ademán que inspiraba confianza, sus gestos enérgicos conquistaban el afecto de quienes no lo conocían aun. Se rindieron a él, nombrándolo sin hablar, su jefe, su líder. Jacinto sentía dentro de sí satisfacción por saberse reconocido jefe del grupo y miró uno a uno y comenzó a hablar.

-Quisiera – manifestó – que nos presentáramos y así conocernos mejor, pienso que hoy va a comenzar una gran amistad entre todos nosotros y la mejor manera de que sea así, es que cada uno comente su historia. ¿No os parece?.

Todos afirmaron al mismo tiempo que estaban conformes. Así que Jacinto, teniendo la anuencia del grupo, quiso comenzar él mismo a contar quien era y porqué estaba allí.

-Veréis, mi vida ha sido un ir y venir, siempre tratando de aprender cuanto más mejor. Nací en Guanabacoa y siempre he tratado de utilizar las grandes capacidades que cada humano posee, el potencial que tenemos en nuestros cerebros, en nuestra mente, en nuestro interior. He confiado siempre en mí, me he esforzado en aprender, en estudiar y en trabajar. Soy ingeniero informático de sistemas y de software, he cursado estudios gracias a becas, en Madrid, Chile, Monterrey y La Habana. Soy apolítico y nunca me he metido en berenjenales, he tratado de evitar conflictos, pero a pesar de eso, he tenido la desgracia en un momento inadecuado, de verme metido en una situación política que no he buscado, me detuvieron y hasta la fecha nadie me ha dicho cuáles son los cargos que se me imputan...

Fue interrumpido por José Morante.

-Y nadie de nosotros tampoco lo sabe. Pero las cosas son así y aquí estamos. Perdona que te haya interrumpido – precisó.

-Nada hombre, no te preocupes estás perdonado. Bueno sigo, he viajado mucho, y no estoy casado, pero tengo una novia, Violeta, que es un amor. Hace meses que no sé de ella y tampoco he recibido ninguna visita. Espero que ahora pueda tener la oportunidad de que vengan a verme.

-¿Cuánto tiempo estás en prisión? – preguntó Orlando.

-Llevo rondando por varias cárceles desde hace 10 meses.

-¡Caray! Qué fuerte es eso – dijo riendo Manolo García – yo llevo tres años aquí y aun no sé cuanto me resta de condena.

-Bueno, creo que lo mejor es que cada uno relate algo de su vida, así podremos conocernos y será lo mejor. Quién quiere hablar – precisó Jacinto.

-Yo – contestó Orlando – nací en La Habana Vieja y me siento orgulloso de ser habanero, tengo pocos estudios pero he tenido la fortuna de labrarme un porvenir, ya que poseo tres taxis y con ellos me gano la vida. Tengo hombres de confianza que cuidan de ellos hasta que yo salga y poco más hay que contar, estoy casado, tengo dos hijos y nada más. Llevo encarcelado un año.

El que siguió con la exposición de su vida fue José Morante.

-Yo he estado trabajando en telefónica hasta que me tomaron preso. Todo fue, una equivocación o por la acusación de algún compañero que me tenía envidia. Un día vino a casa la policía buscando papeles subversivos y no encontró nada, pero no me sirvió para evitar que me llevaran a prisión. Estoy a la espera de que me digan algo desde hace dos años.

Raúl Zapata, joven extrovertido fue muy escueto.

-Soy mecánico de coches, trabajo en un pequeño taller, soy soltero y tampoco sé por qué estoy aquí. Y nada más. Y llevo dos años preso.

Manuel García tampoco se explayó mucho.

-He estado trabajando en unas dependencias del Ministerio del Interior. Era el encargado de atender al público en el departamento de reclamaciones y un buen día, sin ninguna explicación, sin darme tiempo a nada, me encontré paseando de una prisión a otra, Llevo un año en ese plan, espero que pronto alguien me diga algo sobre mi futuro y que va a pasar conmigo – dijo riendo – de todas maneras no me preocupo mucho, no depende nadie de mí.

Roberto Fraga poco era lo que tenía que contar. Era panadero y estaba preso 6 meses. Tampoco pudo explicar su situación, aunque no parecía importarle, según dijo eran unas vacaciones, ya que el empleo estaba asegurado, la panadería era suya y la atendía su mujer y un hijo.

Cuando todos hubieron acabado de contar sus peripecias, Jacinto se dirigió al grupo y con voz pausada expuso cuáles eran sus ideas.

-Veréis amigos, ahora ya nos conocemos y podemos confiar con esta incipiente amistad. Os propongo un juramento “Uno para todos y todos para uno” ¿Qué os parece?. Debemos apoyarnos los unos a los otros y hacer una piña, así creo que las cosas nos irán mejor a partir de ahora.

Con sus caras sonrientes, como si aquel juramento fuera a liberarles de su encierro, juntaron sus manos y juraron una amistad para siempre. A partir de aquel solemne momento, pareció que su reclusión era más llevadera, era un grupo que en el futuro tendrían muchas cosas que decir y hacer. Jacinto estaba satisfecho al ver como había levantado el ánimo de sus compañeros y se hizo la promesa de ayudarlos cuanto pudiera, aunque de momento él nada podía hacer.

Pasaron unos días, el grupo andaba siempre junto y aquello demostraba a los otros grupos que ellos eran hombres decididos y que nadie se podía meter en sus cosas. Pronto iban a suceder novedades.

Un día, hubo una llamada por los altavoces, que carraspeando nombraba a Jacinto Maqueda.

-Preséntese de inmediato en la dirección.

Jacinto un poco inquieto se apresuró a acudir a la llamada y cuando entró en el despacho del director, se llevó una sorpresa, era alguien conocido que al verlo entrar se acercó a él y lo abrazó.

-¿Qué hay hermano? ¿Te acuerdas de mí?...

Como no se iba a acordar de su amigo Javier Olivares, antiguo condiscípulo en sus años mozos. Habían estudiado en el mismo colegio y luego en el instituto José Martí. De eso hacía mucho tiempo, pero estaba en la mente de los dos, las juergas y travesuras que hicieron juntos. Se alegraron los dos al encontrarse de nuevo después de tantos años. Una vez tranquilizados los ánimos, Olivares hizo sentar a su amigo en uno de los sillones y le preguntó.

-¿Qué tal te han ido las cosas en la vida? – inquirió.

Jacinto le hizo una exposición somera de toda su trayectoria y cuando acabó, fue entonces, que él le preguntó a su amigo.

-¿Y a ti que tal te han ido las cosas? Veo que tienes un buen puesto aquí ¿No?.

-Ya ves, mi vida no ha sido lo que yo esperaba, pero las cosas son así. Estaba muy tranquilo de inspector instructor en la Unidad Policial de la Barriada de la Víbora y un buen día me enviaron aquí. No estoy mal, pero esto no es lo mío.

-Bueno – preguntó Jacinto - ¿Y cuál ha sido el motivo de tu llamada? Espero que sean buenas noticias.

-Verás, hace dos días que recibí todos los expedientes de los ingresados últimamente, y me sorprendió esta mañana ver tu nombre y enseguida te conocí, ya que estaba tu foto. No has cambiado mucho y me alegró saber que estabas aquí. Como comprenderás, no creo nada de lo que dice tu historial, pero las normas son las normas y tengo que cumplirlas. He pensado que puedes ayudarme.

-¿Qué yo puedo ayudarte? ¿Cómo? - Inquirió Jacinto.

-Verás, por tu dossier veo que tienes una formación muy completa, aquí hace falta gente que enseñe a los demás compañeros y tú eres el hombre indicado. Puedes ser el maestro de grupos de alumnos y sobre todo en una nueva clase que estamos tratando de montar, la de informática. Necesitamos gente que tenga una buena formación profesional y ahí entras tú, puedes ayudar a los demás mucho. ¿Qué te parece?.

-Hombre, no sé, así de pronto... Creo que es una buena idea, servirá para que la gente esté ocupada en algo y haga que el tiempo pase más deprisa para ellos. Me parece bien.

-Me alegra oír tu respuesta, la esperaba así. Verás amigo Jacinto, voy a tratar de ayudarte en todo lo que pueda y esta labor que vas a efectuar te rendirá beneficios, ya que se considerará como atenuantes en tu condena y además otras prebendas.

-¿Cómo cuál? ¿Podría conseguir que viniera mi familia a visitarme alguna vez?.

-Por supuesto que sí, de eso me encargo yo. Sabrás que hay unos planes de visitas de una o dos horas de duración cada mes o dos meses. Si aceptas mi plan, puedes contar con ello y tendrás visitas frecuentes.

-Me alegra oír eso, ya que desde hace casi seis meses que no veo a nadie. ¿Cuándo crees que podría ver a mi padre y a mi novia?.

-Esta misma semana, luego de unos trámites administrativos, ya podrás recibir visitas – respondió Olivares.

-Vale, me alegra oír eso. ¿Puedo preguntarte algo?.

-Claro que sí, ¿Qué deseas saber?.

-¿Cuales son los cargos que se me imputan para haber perdido mi libertad? Hasta la fecha nadie me ha dado información ¿Qué me dices?.

-Me pones en un compromiso Jacinto, eso no puedo decírtelo, solo te puedo adelantar que según la información que yo tengo, es por tema político, de todas maneras me informaré y te haré saber algo pronto. Lo que sí me gustaría, es que te incorporaras pronto a las aulas que hemos preparado y que comiences a enseñar a la gente.

-De acuerdo, enseguida me pondré manos a la obra. Gracias por darme esta oportunidad.

-No hay de qué, para eso estamos los amigos.

Jacinto se retiró del despacho de Olivares mascullando un poco su decepción. Se había alegrado de haber visto a su amigo, pero éste en realidad no le había informado de lo que a él le interesaba saber. ¿Cuál era el motivo de su detención?. Le extrañaba mucho que no lo pusiera en su dossier, y a medida que se dirigía a su celda iba creciendo su rabia más y más. De momento, pensó “ Daré esas clases que me ha dicho Olivares, pero no estoy satisfecho, tengo que idear algo”. Con esos pensamientos llegó a su habitáculo y allí lo esperaban ansiosos sus compañeros por conocer que había ocurrido. Jacinto les dio una corta explicación sin aclarar nada y solo comentó de pasada que se iba a hacer cargo de dar clases de informática. Les recomendó, que ellos se apuntaran enseguida pues sería interesante aprender tal como les había comentado anteriormente.

Mientras esto sucedía en la celda, Olivares se puso en contacto con las oficinas centrales de prisiones y se puso al habla con el director, señor Pérez, el cual le preguntó que tal había estado la entrevista con Maqueda. Le pasó un informe exhaustivo y recibió las felicitaciones de su jefe.

-Muy bien, Olivares, muy bien hecho. Espero que su “amigo” colabore con nosotros tal como acordamos.

-Lo hará, camarada director. Le he prometido que va a recibir visitas frecuentes y eso le alegró mucho. Además está contento por participar en enseñar a los reclusos en todo el asunto de informática. No se preocupe, todo está controlado.

-Téngame informado de cómo se va desarrollando nuestro plan.

Olivares, salió del despacho de su jefe poco satisfecho de sí mismo, ya que de cierta forma estaba traicionando a su antiguo compañero de andanzas. Y es que en altas instancias habían elaborado un plan muy simple y que siempre les había dado resultado. Dar ciertos privilegios a algunos presos para conseguir que entre ellos se traicionaran, averiguar intenciones de fuga, y al mismo tiempo recibir información sobre anomalías que pudieran darse en la prisión. Lo que no podían imaginar los que habían elaborado aquel plan, era la firme decisión de Jacinto Maqueda de no doblegarse ante nadie y se había imaginado, que detrás de la oferta de Olivares, había algo no muy limpio y no se equivocaba. Pero quiso dar tiempo al tiempo y ya vería lo que pasaba, lo importante para él, era que iba a recibir visitas y eso era en el siguiente sábado.

Esperó ansioso el día y durante la mañana fue avisado por los altavoces que tenía una visita. Presuroso se presentó en la cancela de ingreso donde estaban los locutorios y sus ojos se llenaron de lágrimas, allí, solitario en uno de los compartimientos, estaba su padre, quién al verlo no pudo que menos que romper a llorar, fueron unos momentos muy emocionantes y cuando los ánimos se hubieron tranquilizado comenzaron a hablar.

-¿Qué tal estas padre? ¿Cómo te encuentras?.

-Muy bien hijo, hemos pasado lo nuestro pero ahora que veo que estás bien, estoy tranquilo.

-Y la familia ¿Cómo están todos?.

-Bien hijo, bien. Tu madre te envía recuerdos y besos, está en cama con algo de fiebre, por eso no ha podido venir.

-¿Y cómo está Violeta?. ¿La has visto últimamente?.

-Está muy bien, vendrá a verte en la próxima visita.

Padre e hijo estaban frente a frente, solo los separaba una reja, pero a través de ella podían tocarse las manos, esto por lo menos los hacía sentirse felices. Estaban sintiendo el calor de los dedos en sus dedos y los hacía estar muy contentos. Jacinto observó que el guardia que solía estar vigilando, en algunos momentos estaba distraído y aprovechando aquella coyuntura le entregó a su padre un pequeño rollito de papel, que en el argot carcelario llaman “balas”. En esos pequeños rollitos escriben con letra muy menuda mensajes de todo tipo y cuando el padre lo tomó entre sus sarmentosas manos, de inmediato lo escondió en un bolsillo.

-Padre, debes entregarle eso que te he dado a Violeta, le doy algunas instrucciones de lo que debe hacer y ve con cuidado no lo pierdas.

-Descuida hijo, que hoy mismo lo recibirá.

Estuvieron hablando de las cosas que habían pasado y el padre le comentó a Jacinto.

-¿Sabes hijo? He estado, tres veces en las dependencias de la Policía de la Seguridad del Estado, tres veces hijo, tres veces.

-¿Y para qué te llevaron allí? ¿Te hicieron algo?.

-Nada hijo, nada, solamente vinieron a casa a buscarme una mañana, me llevaron a la comisaría y nadie me habló ni dijo nada, allí me tuvieron sentado hasta la noche, y dijeron sin dar explicaciones, que ya podía irme a casa. Y me fui, y así hasta tres veces. Según me dijeron los amigos, que esa es una forma de amedrentar a la gente y ponerla nerviosa, pero en realidad no pasó nada, ya no me han vuelto a molestar.

-Bueno padre, me alegra que ahora estés tranquilo. Aquí se están poniendo las cosas bien, voy a dar clases y eso me ayudará a pasar el tiempo.

-Eso está bien, hijo. ¿Sabes algo de cuando vas a salir?.

-De momento nada, pero creo que pronto todo se arreglará. Eso que tienes que hacer me ayudará mucho, no dejes de buscar a Violeta y cuando ella venga a verme, ya me dirá que tal ha cumplido mis indicaciones. Bueno padre, avisan que hemos terminado la visita. ¡Te quiero padre, te quiero mucho!.

-Y yo a ti hijo, también te quiero mucho.

-Besos a mamá y recuerdos a los amigos. Hasta pronto padre.

Se retiraron los dos angustiados por aquellos momentos pasados, pero un poco más tranquilos, ya que habían podido verse y sobre todo, en el corazón de Jacinto quedaba la esperanza de que su novia recibiera su mensaje y pronto el plan que estaba rumiando, podría llevarse a cabo.

Cuando regresó a su celda, sus compañeros le estuvieron preguntando que tal había ido todo, Jacinto contestó aun un poco emocionado, que todo había ido bien y no dio más explicaciones. Mientras esperaban la hora del corto paseo matutino, Jacinto tenía en mente encontradas emociones, deseaba por un lado ver a su novia, y por otro, conocer las gestiones que ella había hecho. Deseaba ver a su amada y llenarse los ojos de su belleza, solo de pensar que podía tocar sus manos, se le encogía el corazón. Deseaba que el tiempo que quedaba hasta su próxima visita, pasara lo más rápido posible. Y pasó el tiempo, ya lo creo que pasó y allí iba a comenzar a poner en marcha su plan, un plan muy bien pensado, madurado y que podría servir para...

Mientras el tiempo pasaba, Jacinto se ocupó intensamente en dar sus clases de informática a un grupo de alumnos. Era muy bien aceptado y se notaba que los “estudiantes” se aplicaban en aprender el misterioso manejo de los ordenadores. Mientras revisaba los trabajos con cada uno de ellos, oyó una conversación entre dos de sus discípulos, prestó atención y tomó nota mentalmente de lo que decían, era una noticia muy interesante y que le iba a servir para transmitirla a Olivares y así ganar puntos dándole esa información.

Cuando acabó la clase, habló con uno de los guardias y le transmitió su deseo de ser recibido por el director, tenía algo importante que comunicarle. Regresó Jacinto a su celda y poco después fue llamado para que se presentara en el despacho del director. En cuanto estuvo en presencia de Olivares éste le preguntó.

-¿Tienes algo importante que comunicarme? Eso es lo que me ha dicho el guardia. ¿No?.

-Efectivamente, tengo algo que creo que es importante. He estado escuchando a dos de mis compañeros en clase y estaban comentando que el médico principal, el doctor Valiente, vende las medicinas que llegan al penal y para que los reclusos tengan acceso a estas, tienen que comprarlas por cigarrillos, ropas, alimentos o dinero. Los medicamentos que traen los visitantes para sus familiares se quedan en el puesto médico bajo las órdenes del doctor Valiente. Pero hay algo más.

-¿Algo más? – preguntó Olivares intrigado.

-Sí y creo que es importante. Tres guardias introducen aquí en la prisión, bebidas alcohólicas y algo de cocaína. Todo a cambio de dinero.

-Pudiste averiguar el nombre de esos tres angelitos – inquirió Olivares con el ceño fruncido.

-Amigo Olivares, no quiero que se me confunda con un soplón, o como se les llama aquí a los sapos. Yo no voy sapeando, pero me indigna que por culpa de unos corruptos, tengamos problemas aquí, ya que el alcohol solivianta los ánimos, y a veces han ocurrido peleas y lamentablemente con hechos de sangre. Según escuché, esos guardias son, Manuel López, Jesús Zúñiga Pérez y Elizardo Sánchez. Y eso es todo.

-Gracias, amigo Jacinto, tendré en cuenta este favor que nos haces. Estamos tratando de erradicar la corrupción por todos los medios a nuestro alcance, pero siempre hay gente sin escrúpulos que se aprovecha de las circunstancias para medrar a costa de los demás. De inmediato tomaremos las medidas para corregir estos fallos. Gracias amigo.

Jacinto se retiró satisfecho de haber actuado bien, sabía que esa acción que había hecho ayudaría a que las cosas fueran mejorando en la prisión. Cuando regresó a su celda, se encontró a dos nuevos presos. Cuando estos lo vieron llegar se presentaron.

-Yo soy Guillermo Cortazar, soy impresor y he estado preso en la cárcel de Jaimitina durante dos años y ahora me han traído aquí.

-Me llamo José Ladrían – se presentó el otro compañero - estaba en la prisión Provincial de Holguin desde hacía dos años y me han destinado a esta prisión. Estaba trabajando en el Ministerio de Educación y por la falsa acusación de un compañero me llevaron preso.

Jacinto aceptó sonriente las presentaciones y de común acuerdo se presentaron todos a los nuevos inquilinos. El ambiente que se respiraba dentro de aquella diminuta celda 33, era de amplia cordialidad. La vida siguió su rutina y a la mañana siguiente, Jacinto fue llamado de nuevo al despacho del Olivares, éste le hizo sentar mientras le ofrecía un habano. Lo encendieron los dos parsimoniosamente y mientras las bocanadas de humo subían lentamente por el aire, ambos se miraron y unos instantes después, la voz de Javier Olivares hizo que Jacinto diera un respingo.

-Sabes amigo, sobre aquellas informaciones que recibimos ya hemos tomado las medidas necesarias. El doctor ha sido destituido y trasladado a un penal de alta seguridad, allí le va a ser difícil hacer chanchullos. Los guardias han sido pillados in fraganti, expulsados del cuerpo y sancionados fuertemente, no les van a quedar ganas de repetir sus acciones. Nos has hecho un gran favor y queremos agradecértelo. Verás, hemos pensado que vas a poder recibir visitas cada semana y creo que esto te gustará, cuando venga a visitarte tu novia, esa visita será sin presencia de guardias. Solos los dos frente a frente ¿Qué te parece?.

Jacinto tragó saliva, no se esperaba aquello y no pudo contestar, estaba muy emocionado. Hacía casi un año que no veía a Violeta y solo de pensar que iba a poder estrecharla entre sus brazos le parecía un sueño. No supo contestar, solo pudo musitar unas palabras de agradecimiento y hasta unas lágrimas fugaces surgieron de sus ojos deslizándose por sus mejillas. Olivares, comprendió la emoción de Jacinto y con un gesto, como para no dar importancia a aquella situación emocional, le señaló la puerta, indicando que la reunión había finalizado.

Como un sonámbulo Jacinto regresó a su celda, mientras caminaba iba cavilando la cantidad de cosas que tenía que decirle a Violeta, lo que podría hacer sin testigos, y fueron tantas las cosas que pasaron por su mente que cuando llegó, sus compañeros viendo su cara un poco descompuesta no quisieron preguntarle nada. Esperaron a que él comentara y les informara de lo que había pasado. Un rato después habiendo recuperado la serenidad, solo hizo mención de que al día siguiente iba a recibir la visita de su novia, siendo esta noticia motivo de júbilo para todos ellos.

Y llegó el día, los nervios se le comían, no daba pié con bola, iba de aquí para allá, movía las manos con nerviosismo, musitaba palabras sin sentido y sus compañeros respetaron su intimidad dejándolo tranquilo. Luego de desayunar, mientras paseaban por el patio de la prisión, los altavoces solicitaron la presencia de Jacinto Maqueda en el locutorio y dando traspiés, tropezando con todo, llegó a la cancela y cuando entró, allí estaba Violeta con una sonrisa en su rostro dándole la bienvenida. Estaban solos y con un impulso repentino los dos se fundieron en un estrecho abrazo, sin hablar, solo deseaban sentir el cuerpo amado muy apretado al suyo. Pasaron unos instantes, se miraron a los ojos llenos de lágrimas de felicidad y sin soltarse las manos comenzaron a hablar los dos al mismo tiempo.

-Mi amor, mi vida, como te he echado de menos... Qué falta me haces, como te quiero, estoy loco por ti, que si esto, que si aquello, como te deseo...

Y de las palabras pasaron a los hechos. Sabían que nadie los iba a interrumpir, que podían dar suelta a sus deseos y pronto, muy pronto, enseguida, sus cuerpos desnudos fueron uno solo, sus bocas fundidas en un solo beso, sus cuerpos estaban entregados en su totalidad a gozar de aquellos sublimes momentos de felicidad. Él entró en ella y se diluyó una y varias veces en su cuerpo, llegando los dos al mismo tiempo a un paroxismo de plenitud total del ser amado.

Pasaron unos instantes unidos en un estrecho abrazo y llegó el momento que calmados los deseos carnales, supieron que debían recobrar la cordura, se vistieron y ahora ya, más tranquilos, comenzaron a conversar de todo lo que tenían pendiente.

-¿Recibiste mi mensaje? – preguntó Jacinto.

-Claro que sí, me lo entregó tu padre y de inmediato siguiendo tus instrucciones hice punto por punto todo lo que indicabas.

-¿Has podido ponerte en contacto con mi amigo Fran Llorens en España?.

-Claro que sí, le envié un e-mail y luego le llamé por teléfono, indicándole que es lo que deseabas que hiciera.

-Lo habrás hecho en clave ¿No?.

-Por supuesto que sí, no han podido haber interferencias, según me dijo traerá todo lo que le pides. ¿Confías en él?.

-En todo, cuento con él para llevar a cabo mis planes. ¿Cuándo te ha dicho que puede venir?.

-Me ha asegurado que en una semana tendrá todo listo y vendrá enseguida. Nos avisará en que vuelo llegará. No te vas a comprometer en nada ¿Verdad?.

-Mira Violeta, un hombre tiene que hacer lo que tiene que hacer. Una persona que quiere venganza siempre guarda sus heridas abiertas y las mías están no abiertas, están sangrantes, me han robado parte de mi vida y debo recuperarla, o por lo menos, tener cumplida venganza. ¿No te parece?.

-Lo que tú digas amor, sabes que estoy a tu lado y lo que tu hagas o digas, es lo que se debe hacer.

-Vale mi vida, me alegra que estés a mi lado y cuento contigo para todo. Quería hacerte una pregunta ¿Has podido contactar con alguien que domine el mundo de la informática?.

-Me alegra que me preguntes eso, sí, tengo a la persona idónea.

-¿Quién es? ¿La conozco yo?.

-Ya lo creo que sí, es aquella morenaza, aquella que alguna vez quiso conquistarte. Es mi amiga Delvia Reilly. ¿Te acuerdas de ella?.

-Pues no sé, tantas me han querido conquistar...

-Venga no te hagas el inocente, la conoces bien. Pues esa es la persona que nos va a ayudar. Es una mulata bellísima, su padre fue un irlandés, su madre una mulata de Cienfuegos y cuando la veas te quedarás maravillado de cómo ha cambiado.

-¿Cómo? ¿Qué puede hacer?.

-No te lo vas a creer si te digo que es ingeniera informática y además, y esto es muy especial, es una “hacker”, no sabes la cantidad de cosas que puede hacer y ha hecho.

-¡Caray! No sabes lo contento que estoy con esa información. ¿Colaborará con nosotros?.

-Completamente. Le he enseñado parte de lo que dices te puede hacer falta y cuando se lo dije, se echó a reír y contestó “Eso es pan comido. ¿Solo necesitáis eso?.” Y se volvió a reír.

-Me gusta, sí me gusta, creo que vamos a formar entre todos un buen equipo.

Estuvieron unos segundos en silencio pero con sus manos cogidas y las miradas amorosamente dirigidas a su pareja. Entonces Jacinto le susurró al oído a Violeta.

-Tal día como hoy, hago vivir mi estrella nómada y al estar a tu lado, trato de no ir lejos de las rutas del amor, amor casi olvidado. Mi cielo, al estar contigo ¡Por fin! Está abierto y mi espíritu liberado.

Violeta estaba emocionada al escuchar las palabras de su amor y agachó sus ojos ruborosa. Jacinto siguió con sus requiebros amorosos.

-Quiero dar al mundo las huellas de mis pasos. Al verte, puedo decirte que con tu presencia, como flores y bebo la luz de tus ojos. Ya no tengo miedo. Ahora contigo soy solo amor. Las orillas de mi vida se acercan a ti y han vuelto mis estrellas para brillar en las noches de mi soledad...

No pudo continuar, Violeta se le abrazó ofreciéndole sus jugosos labios que él devoró con fruición. No hubo tiempo para nada más, fueron avisados que la visita había terminado y ambos, muy modosos, respetaron las normas y luego de darse unos buenos achuchones, ante la envidia del guardia, se despidieron, no sin antes entregarle disimuladamente otra “bala” con nuevas directrices.

Cuando Jacinto regresó a su celda, iba pletórico de satisfacción, se notaba que se había resarcido del tiempo que había estado ausente lejos de su amada y su cuerpo estaba ahíto de placer. Sus compañeros guardaron silencio y esperaron hasta que él les comunicara que había pasado. Lógicamente, no les narró los escarceos amorosos, pero sus comentarios misteriosos, auguraban algo que les llenó el cuerpo de nuevas emociones. Sabían, presentían que pronto iba a pasar algo, confiaban en Jacinto y tenían el convencimiento de que no les iba a defraudar.

Fueron pasando unos días y de nuevo Jacinto fue requerido al despacho del Olivares. Cuando llegó, éste se precipitó hacia él requiriendo su atención de inmediato.

-Tenemos un problema, un problema muy grande.

-¿Qué es lo que pasa Olivares? ¿Cuál es el problema?.

-Pues, como te diré. Verás, por causa de haber caído la tensión en la red ha habido un colapso y hemos perdido en nuestro ordenador central toda la información, y algunos datos muy necesarios para desarrollar nuestro trabajo. ¿Puedes hacer algo para remediar nuestro problema?.

-Pues no sé, tendré que hacer algunas comprobaciones. ¿Dónde tenéis vuestro centro de control?.

-Aquí al lado, ven conmigo.

Juntos se dirigieron a la habitación contigua y cuando entraron aquello era un maremagno. Técnicos de aquí para allá, no daban con la solución de su problema. Jacinto, con autoridad hizo que despejaran la zona, junto a él estaba Olivares observando que es lo que iba a hacer. No tardó mucho en percatarse lo que había pasado, ese desaguisado lo tenía previsto y con gran pericia se instaló en una de las sillas, encendió uno de los ordenadores, le preguntó la contraseña a Olivares y haciendo la pantomima de que estaba haciendo algo muy importante, comenzó a teclear y puso en marcha uno de los programas que él sabía que iba a funcionar, el Easy Recovery. En cuanto lo tuvo instalado comenzó a dar las indicaciones oportunas y aquello fue coser y cantar. De inmediato recuperó los archivos perdidos, rehizo lo que se había dañado y en unos minutos, levantó la vista triunfante y sonriendo exclamó.

-Solucionado, caballeros. Ya está todo en orden, pueden seguir trabajando.

Ni que decir tiene que Olivares estaba satisfecho de lo que Jacinto había hecho. Le había solucionado un grave problema en muy pocos minutos. Una vez todo el mundo se puso a trabajar indicó a su amigo que pasaran a su despacho y una vez allí, le dio un abrazo y le precisó.

-Me has salvado la vida, estaba muy preocupado, no por mí, sino por nuestros técnicos, que en caso de no haber solucionado el problema, a saber a donde los hubieran enviado. Siéntate hombre, ponte cómodo, vamos a charlar como buenos amigos que somos.

Jacinto muy orondo y satisfecho, se arrellanó en su sillón y espero a que Olivares dijera algo.

-Bueno Jacinto, cuéntame de tus peripecias. Tengo en tu expediente donde has estado y puedo decirte con certeza que no han sido los peores sitios donde has podido estar.

-Bueno eso según tú lo mires, en los lugares en donde he estado no han sido de mi gusto, lo he pasado mal, pero lo he podido soportar pensando que pronto iba a ser liberado. Eran unos lugares muy desagradables.

-Ya sé que si te digo que no debes quejarte, es que puedo decirte que al principio de haber ganado la revolución, hubo otros lugares de triste memoria y desagradables recuerdos. Puedo mencionarte que el penal de la Isla de Pinos, La Cabaña, Castillo del Príncipe, Boniato, Villa Marista, Castillo de San Severino, Guantánamo, Ariza y Sagua la Grande, eran lugares en los que pocos sobrevivieron. Bueno, de eso ya hace tiempo. Ahora tratamos de mejorar las condiciones de los presos y a veces lo vamos logrando. Ya sé que me dirás que gran cantidad de reclusos de hoy, a veces no saben por qué están en esta situación, pero debes comprender que el régimen debe defenderse ante las acometidas de los disidentes. ¿No lo ves tu así?.

-No estoy en condiciones de rebatir tus argumentos, pero puedo asegurarte que existe una injusticia cuando a algunos de nosotros, cautivos sin saber por qué, hasta la fecha nadie nos ha dado una razón para que sigamos en la cárcel. ¿No, amigo Olivares?.

-Tienes razón, pero mi posición actual es la de ser neutral en lo que cabe. Soy un mandado y hago lo que me ordenan. En fin, de momento quedamos en tablas, ya hablaremos pronto sobre tu situación. Te vuelvo a dar las gracias y esto te lo recompensaré, ya lo verás.

Se despidieron ambos y Jacinto, salió del despacho con el ánimo de haber quedado como un tonto. Sabía que él tenía razón, pero no tenía armas para rebatir las explicaciones de Olivares. Dentro de sí, una rabia mal contenida, hacía que su mente siguiera maquinando planes y más planes, sabía que ahora estaba por el buen camino y no quería enemistarse con Olivares, ya que por lo menos él era un privilegiado, ya que contaba con un régimen de visitas que poco reclusos tenían. Y esta especie de libertad le estaba haciendo falta para concretar sus planes, ya que Violeta era su contacto externo y debía concentrarse ya que no quería perder esa libertad. Regresó a su celda y reuniendo a sus compañeros, sin hacer alarde de nada especial, los hizo sentarse y musitando, casi en un susurro, les fue explicando cuál era su plan maestro. Todo eran oídos atentos, no querían perderse una sílaba de lo que Jacinto estaba diciendo. ¡Era tan interesante!. Nunca pudieron sospechar hasta que punto aquella conversación iba a causar una auténtica revolución...

Fueron pasando algunos días más, Violeta pendiente de todos los detalles que Jacinto le había transmitido, estaba a la espera de la llegada del amigo de su novio, de Fran Llorens, y una tarde le llegó la noticia por Internet, que tenía prevista su llegada para el lunes siguiente. No tardó nada en ponerse en contacto con su amiga Delvia, deseaba que Fran la conociera en cuanto pisara tierra cubana, sabía que era decisivo que se cayeran bien los dos y casi todo estaba preparado para la llegada de aquel hombre misterioso. Jacinto le había comentado de pasada que Fran era un hombre muy especial, habían estudiado juntos en varias universidades, era un hombre con un pasado aventurero, pero era un cerebro en su materia y esto hizo que a las dos mujeres las tuviera en vilo hasta ver quién era ese superhombre.


 

 


  Obras de este autor

Intriga en La Habana

· Capítulo I
· Capítulo II
· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII
· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X
· Epílogo


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  Autores

  · Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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