| Capítulo IV
Cuando Luna se vio arrancada violentamente de su fiesta nupcial,
ningún pensamiento cruzó su mente. Estaba muy
asustada. Fue metida en un coche que marchaba a toda prisa.
No se dio cuenta de nada porque llevaba los ojos vendados.
No supo dónde llegaron ni quien la tenía porque
nadie le hablaba. Su único contacto con el mundo era
esa persona que todos los días le daba comida y un
vaso con leche.
Siempre vendada tocaba todo para hacerse una idea del sitio
donde se hallaba. Pero ¿quiénes eran? ¿Por
qué la habían secuestrado? ¿Qué
les había hecho ella de malo? ¿Por qué
querían matarla? Y un frío recorría su
cuerpo porque no hallaba respuesta a tantas preguntas.
No sabía el tiempo transcurrido. En su mente ya conocía
de memoria el sitio donde se hallaba; y no obstante estar
vendada caminaba erguida. Era una muchacha sumamente despierta
y no sentía miedo ante nada. Entendía que se
hallaba en una pequeña habitación. Además,
la puerta por donde entraba su carcelero era de madera y tenía
una ventana que no abría. Dormía en un camastro
duro y sin tendidos. Solo le dieron una pobre cobija que no
calentaba. Supo también que esa habitación no
era muy grande porque todos los días contaba los pasos
y sabía que entre el camastro y la puerta había
como veinte.
Tendría que pensar en la forma de desatarse del todo,
ya que solo le soltaban las manos para ir al baño.
Su obligación era buscar la manera de huir.
Un día cualquiera, ya que Luna no sabía el
tiempo transcurrido, cuando entró su carcelero le dijo:
- Oiga joven, porque por su voz adivino que es bien joven:
¿Qué consiguen teniéndome atada y vendada
si no puedo salir de aquí? Al menos debían dejar
mis manos y mis ojos libres y darme algo para entretenerme.
Merezco una explicación. El joven nada dijo. Salió
en silencio y volvió como a la media hora, le quitó
la venda y le desató las manos.
Cuando Luna abrió sus ojos totalmente no lo podía
creer. ¡Tenía ante sí un niño como
de 14 años! ¿Pero qué era lo que sucedía
con ella? ¿Quién era este chiquillo que empuñaba
tremenda arma?
Luna, con su inteligencia natural sabía que no podía
pelear porque llevaba las de perder y muy dulcemente le dijo
al chico: -Ven siéntate y cuéntame ¿quién
eres, qué haces y qué quieren de mí?
El joven, quien dijo llamarse Esteban, antes de comenzar
su explicación le suplicó que guardase el secreto
porque su vida correría peligro si descubrían
que había hablado. Pertenecía a una banda delictiva
llamada: “Jóvenes rebeldes por la paz”,
conseguían dinero secuestrando a las personas y mataban
a los que trataban de huir. Era una organización como
de 100 muchachos no mayores de 25 años.
Su jefe, Alfonso no los dejaba tener contacto con sus familias
para que no contaran la verdad. Una vez un niño de
10 años trató de escapar y al otro día
amaneció colgando de un árbol para escarmiento
de los demás. Vivían aterrados y solo les interesaba
obedecer las órdenes del jefe para no sufrir las consecuencias.
También le contó que eran reclutados por los
muchachos mayores vestidos de militares diciendo que eran
llevados a prestar servicio militar. A él lo habían
cogido a los 10 años mientras hacía unas compras
a su mamá cerca de la casa.
Esteban le contó a Luna el gran despliegue hecho para
investigar sobre su paradero, pero que no se hiciera ilusiones
que allí nadie la encontraría. Su jefe sabía
que ella era la limosnera que jugaba a la orilla del mar con
su perrito y se había enamorado de ella y estaba destinada
a ser la compañera de Alfonso para toda la vida, por
eso se la robaron. A esa montaña apartada del mundo
nadie llegaba, además el gran río que cruzaba
la propiedad, con sus inmensas torrentes de agua hacían
imposible cruzarlo a nado. Luego salió dejando a la
joven muy pensativa.
Luna casi no dormía. No podía escapar por la
ventana ya que los barrotes de esta eran metálicos,
la puerta siempre vivía con llave. Se decía
mil veces que debía tener calma, de lo contrario no
volvería a ver a los tres seres que más amaba:
Su marido, su abuela y su perrito. ¿Quién sería
ese Alfonso? No recordaba a nadie con ese nombre. No tenía
amigos ni amigas.
Cierto día, recostada en el camastro y sumida en sus
tristes pensamientos no se dio cuenta que a la habitación
entró otro hombre. No tendría más de
25 ó 26 años. Cuando él le dijo: -Buenos
días Luna. Ella dio un brinco y solo atinó a
decir: -¿Usted? De inmediato recordó al hombre
de la playa. A ese hombre moreno, barbado, alto, fornido,
de ojos negros, a quien siempre encontraba y le decía
que la amaba y ella riéndose de él, se alejaba
corriendo seguida de su fiel amigo Anochecer quien propinaba
tremendo mordisco en la pierna del hombre y éste maldiciendo
le decía que algún día sería sólo
para él.
Alfonso sonriendo le dice: -Veo pequeña que tienes
buena memoria. Serás mi compañera por el resto
de la vida. Aquí en la casa celebraremos el matrimonio,
pues tu enlace con el veterinario no me importa, fue por lo
civil y eso para mi no vale. Luna callaba. Por primera vez
sintió miedo. Él dice: -Te sacaré de
la habitación si prometes estar tranquila y juiciosa,
pero sobre todo no tratar de escapar.
De inmediato llamó a Esteban diciéndole que
le encargaba a su novia, le podía mostrar la casa y
que si ella escapaba él lo pagaría con su vida.
Este temblando del susto como hacía siempre condujo
a Luna por la propiedad que era bastante grande.
Ella ansiosa miraba todo y lo grababa en su mente. Ya haría
un plan para escapar. Al menos ya no estaría encerrada
todo el día. Ganaría la confianza de Alfonso
y al menor descuido se iría llevándose a Esteban
a quien regresaría al seno de su familia.
Luna ayudaba en los quehaceres de la casa. Cocinaba, barría,
lavaba y planchaba la ropa de más de 20 hombres que
había en la propiedad ya que los otros se hallaban
de correría como le decían ellos a sus delitos.
Siempre se turnaban para salir.
Pasado un mes llegó un emisario diciendo a Alfonso
que debía ir a la ciudad, pues habían atrapado
a las encargadas de reclutar las chicas que luego vendían
para el negocio de trata de blancas. Este reuniendo a todos
sus hombres les dijo: - Pagarán con su vida si Luna
escapa o algo malo le sucede, pues cuando regrese la haré
mi esposa y es mejor que empiecen a verla como lo que es:
La esposa del jefe y partió.
La joven vio que el río lo cruzaban en pequeños
botes remando siempre por la orilla por si la corriente era
muy fuerte tendrían la alternativa de pisar tierra
mientras el agua calmaba su furia y los fuertes torrentes
se hacían menos intensos. Luna permaneció tranquila
por dos o tres días. Ella y Esteban se hicieron grandes
amigos y entre los dos empezaron a fraguar la huida de esa
vida que ninguno de los dos estaba dispuesto a llevar contra
su voluntad. A los demás miembros de la banda no se
les hacía raro que los dos jóvenes caminaran
por largas horas. Estaban seguros que ninguno de los dos trataría
de escapar.
Nadie era tan loco para cruzar semejante río a nado.
No tenían botes, ni nada que les ayudara. Cuando Alfonso
no se hallaba en la casa se dedicaban a beber y dormir, se
sentían libres de su dominio.
Luna y Esteban decidieron que al día siguiente servirían
a esos 20 hombres tanto licor que no podrían pararse
y aprovechando las sombras de la noche se alejarían
de aquella casa buscando una salida al mundo exterior tratando
de cruzar el río por alguna parte que no fuera tan
caudaloso, y no tuviera aquellas cascadas tan enormes que
si algún ser vivo cayera en ellas se ahogaría
al instante.
A la mañana siguiente, Luna vistiendo la ropa que
le dieron consistente en un uniforme café como el de
los hombres, rezaba a Dios a cada instante suplicándole
que todo le saliera bien. Ayudó a las otras mujeres
en la cocina. Barrió la casa, lavó la ropa como
de costumbre. Estuvo tranquila sin levantar sospechas. Mientras
Esteban, sentado en el corredor con los demás simulaba
beber con ellos y a quienes vaciaban sus copas de inmediato
las llenaba nuevamente con licor. Al rato llegó Luna
y se sentó cerca de ellos mirando como se consumían
rápidamente el licor y gritaban a Esteban pidiéndole
más y más. Así dieron las 12.30 de la
noche. Estos hombres estaban totalmente ebrios y dormidos.
Entonces los jóvenes se pararon y sin decir nada caminaron
hacia la salida de la propiedad.
Iban a paso lento para no despertar sospechas, habían
caminado como 200 metros cuando fueron detenidos por una anciana
que les dijo: - Adelante muchachos. Si pudiera también
lo haría pero estoy demasiado vieja para intentar una
aventura así. Lleven esta comida y agua que les hará
buena falta. Bajen esta montaña y caminen 5 kilómetros
en dirección al sol y encontrarán el sitio donde
el río se cruza a nado. Les deseo mucha suerte. Espero
que lo puedan lograr antes de dos días cuando llegue
Alfonso porque de lo contrario los matará, no solo
a ustedes sino a nosotros también.
Miles de veces se habían parado en lo alto de la montaña
y mirando hacia abajo se decían que eran capaces de
intentar la aventura. En silencio comenzaron el descenso guiados
siempre por el ruido del agua. La bajada de la cima no fue
tan lenta como ellos creyeron porque Luna, mujer fuerte y
enseñada a correr a diario tenía un estado físico
perfecto, lo mismo que su joven acompañante porque
la vida dura que le hicieron llevar desde los 10 años
lo había fortalecido.
Cuando terminaron el descenso eran como las 7 de la mañana
y el sol había salido. Siguiendo siempre el consejo
de la anciana marchaban por la orilla del río, en la
dirección del astro lumino y buscando una tramo calmado
para poder nadar hasta la orilla contraria. Eran las 12 del
día y no habían logrado cruzar. El cansancio
era notorio y empezaban a desfallecer, pero cuando recordaban
lo que les harían si los cogían, sin decir nada
se miraban y con fuerza comenzaban a correr.
Cuando los hombres despertaron de su borrachera, las mujeres
que cocinaban les informaron sobre la fuga de Luna y Esteban
y estos furiosos tomando sus armas corrieron en su búsqueda
para traerlos de regreso a la casa.
Hombres malvados, pero ágiles en aquellos terrenos
buscaban por todas partes. No quedaba rincón en aquella
montaña que no fuese visto por ellos. Como a las 5
horas de buscar sin resultado alguno comenzaron a caminar
por la orilla del río en busca de alguna huella que
los condujera a los jóvenes.
Luna y Esteban habían caminado desde las 12.30 de
la noche anterior como hasta la 1 de la tarde del siguiente
día. El cansancio los había vencido, además
Luna se había caído dañándose
un tobillo y no podía caminar. Habían encontrando
una pequeña cueva donde se metieron tapando la entrada
con ramas para no ser vistos, y sin hacer ningún ruido
se durmieron sin pensar en que seguramente eran perseguidos
y lo que les esperaba si se descuidaban.
Dormían tan profundamente que no sintieron todos los
pasos y ruido que hacían sus perseguidores que pasaron
por aquel sitio más de 10 veces sin hallarlos y desesperados
por no encontrarlos decidieron regresar y cruzar el río
en los botes, se decían que los jóvenes les
llevaban mucha ventaja y seguramente habían cruzado
el río. En la orilla contraria los cogeremos se decían
ellos. Hombres malvados y sin conciencia vivían felices
al lado de Alfonso cometiendo sus fechorías y enterrando
el dinero que éste les daba.
Les decía que algún día, cuando tuvieran
más, dejarían sus actividades y cada uno quedaría
libre. Mientras tanto, debían continuar con sus delitos.
Por eso ellos no lo abandonaban porque hacerlo era dejar su
dinero y no pensaban hacerlo.
Sabían que si regresaban sin ellos los matarían.
Entonces se pusieron de acuerdo en suspender la búsqueda
y correr a la montaña y desenterrar el dinero y huir
mientras pudieran y efectivamente así lo hicieron,
labor que les demoró un día entero, pero cuando
ya salían de nuevo con sus pertenencias llegó
Alfonso que enterado de los hechos y furioso por dejar escapar
a la joven no tuvo piedad y los fusiló a todos sin
remordimiento alguno. Los hombres que llegaron con él
enterraron a los muertos y se organizaron para continuar la
búsqueda de Luna y Esteban comandados por Alfonso que
conocía la región palmo a palmo.
Cuando los jóvenes despertaron en su cueva, Luna tenía
el tobillo sumamente hinchado. Esteban con su cuchillo le
abrió el zapato para quitárselo. Veía
con tristeza cómo la joven no lograría escapar
de Alfonso, pero ésta valientemente le dijo que el
río estaba calmado y debían aprovechar para
cruzarlo. No obstante le hinchazón lo haría
porque era mejor morir peleando que agachando la cabeza.
Dos horas más tarde con gran temor por parte de Esteban,
Luna fue la primera en lanzarse al agua y con lágrimas
en sus ojos por el dolor que le causaba su tobillo comenzó
a nadar con dificultad, pero recordando que el cruel Alfonso
seguramente la estaba buscando sacaba fuerzas de donde no
las tenía y aumentaba la velocidad de manos y pies.
Esteban iba detrás de ella para auxiliarla en caso
de que no resistiera llegar a la orilla contraria.
Afortunadamente después de hora y media llegaron al
otro lado del río, pero Luna por el esfuerzo hecho
se desmayó al instante. El joven sabía que no
podían permanecer allí porque los verían
al instante matándolos sin piedad y con gran paciencia
cargó a Luna en sus hombros y caminando con gran dificultad
por llevar a cuestas una mujer tan fuerte como ella miraba
a lado y lado con gran preocupación. Sabía que
los buscaban y debía encontrar un escondite lo más
pronto posible.
Ya había caminado con su carga como 2 ó 3 kilómetros
y no resistiría más, pues estaba a punto de
desmayarse él también pero sabía que
la vida de ambos dependía de su resistencia. Sumido
en estos pensamientos marchaba más lentamente que al
principio; cuando de pronto sus pies resbalaron y cayó
arrastrando con él a Luna que seguía dormida
por la alta fiebre que la atormentaba.
Cuando Esteban recobró el conocimiento no se atrevía
a abrir sus ojos. Poco a poco lo hizo dándose cuenta
que estaban en un hoyo o cueva que más parecía
una trampa para animales que una cueva.
Empezó a subir este hoyo sin hacer ruido pues temía
que los hombres malos lo vieran, cuando estuvo arriba miró
sin sacar la cabeza, cuando de pronto oye pasos y escondiéndose
se queda como paralizado al reconocer la voz de Alfonso diciéndole
a los hombres lo que pensaba hacer con ellos dos al encontrarlos.
El cabello de Esteban se erizó al saber que si los
cogían los iban a enterrar vivos y un sudor frío
recorría su cuerpo. No se atrevía a moverse.
Los hombres se sentaron a descansar justamente a dos metros
de ese hoyo donde estaban. Si Luna gemía o deliraba
por la fiebre, su voz sería escuchada por ellos, entonces
decidió vendarle la boca y así estar seguro
de que no haría ningún ruido.
Pasaban las horas y los hombres continuaban allí.
Esteban no sabía cuánto tiempo había
pasado. Podían ser minutos o bien horas enteras. El
hambre lo acosaba, estaba cansado y sentía que las
fuerzas lo abandonaban, entonces miraba a la joven y volvía
a sentirse bien, además pensaba en la felicidad que
sentiría al abrazar de nuevo a su familia.
Pacientemente esperó a que las voces se alejaran y
salió del hoyo buscando hierbas medicinales para curar
la inflamación de su amiguita. Fue al río por
agua y en un tronco hueco llevó agua, dio de beber
a Luna y con las plantas medicinales colocadas sobre el tobillo
de Luna poco a poco le fue bajando la hinchazón y la
fiebre había cedido muchísimo. Pero ahora quedaba
otro problema: ¿Cuándo fue la última
vez que comieron? No lo recordaba. Nuevamente salió
de su agujero y sólo encontró frutas las cuales
daba a la joven para que se recuperara pronto.
Luna, aunque muy débil mostraba franca mejoría
y le dijo al joven que tratara de meterse al río pero
muy al bordo para buscar algún pescado y así
lo hizo Esteban volviendo al rato con dos hermosos animales
los cuales comieron crudos porque no se atrevían a
hacer fuego. Serían descubiertos de inmediato y las
consecuencias funestas para ambos.
Ya recuperada totalmente Luna le dijo al joven que debían
avanzar. No podrían vivir eternamente en esas condiciones,
comiendo sólo frutas y pescado. Ambos estaban delgados
y ojerosos. Había pasado por lo menos una semana desde
que Alfonso pasara por allí. De seguro ya no los buscaría
más y comenzaron a caminar siempre a la orilla del
río porque éste les daba la comida y la bebida,
así no morirían de hambre en su retorno a la
libertad.
Alfonso no se daba por vencido y mientras esperaba cómodamente
en su casa, sus hombres buscaban a los jóvenes pero
cada día llegaban con la noticia de que éstos
habían escapado, entonces decidió dejarlos ir.
Por el muchacho no se preocupaba, había llegado hacía
4 años y como jamás había salido de la
finca se perderían y morirían antes de llegar
a la civilización.
Pero pocos días después decidió averiguar
qué había pasado con los jóvenes y nuevamente
salió en su búsqueda.
Después de mucho caminar Luna y Esteban vieron a lo
lejos una cabaña y allí condujeron sus pasos.
Cautelosamente investigaron para estar seguros de que estuviera
vacía lo cual los alegró muchísimo. Se
instalaron en ella y entregados a Dios durmieron tranquilamente
hasta el día siguiente cuando salieron a buscar alimentos,
cazando un hermoso venado y por primera vez en muchos días
comieron carne roja cocida y condimentada con la sal que había
en la cabaña. Ellos se decían que allí
hubo gente hacía poco tiempo porque había leña
y ropa de mujer. Luna se midió unos pantalones y una
camisa, pero se reía pensando que seguramente la dueña
de aquella ropa era muy menudita porque no le servía.
Tendría que quitarse la ropa que llevaba puesta, lavarla
y esperar a que se secara, mientras ella hacía eso,
Esteban esperaría afuera para que no la viera desnuda.
Después de comer los jóvenes reían contentos
y agradecían a Dios por haberlos salvado de las manos
de Alfonso porque si éste los cogía no vivirían
para contar el cuento. Cuando Esteban se puso en pie, dio
un paso en falso y cayó al vacío. Luna asustadísima
gritaba del desespero pero éste desde abajo le dijo
que no se asustara y que lentamente tratara de descender.
Cuando ambos se hallaban debajo de la cabaña estaban
radiantes de felicidad. Había mucha ropa, pero era
más la de mujer que la de hombre. ¿De quién
sería? No importaba. Lo maravilloso es que se podrían
bañar y cambiar sus prendas y no tenían prisa
por lavar la que llevaban puesta.
Ya bañados y con su nueva ropa se veían diferentes,
estaban contentos y decidieron arreglar el sitio, pues pensaban
que unos cuatro días allí les ayudaría
a reponer sus fuerzas antes de continuar la marcha porque
no debían confiarse. Con Alfonso nunca se sabía.
Este hombre era demasiado astuto y era mejor estar muy lejos
de allí.
Luna y Esteban organizaban el sitio con sumo cuidado, doblaban
toda la ropa encontrada, recogían del piso trozos de
madera, basura y papeles que leerían más tarde.
Pertenecían a una tal Lucía, ¿quién
sería? Seguramente la dueña de casa y esperaba
que no llegara muy rápido.
A los dos días de estar en la cabaña se sentaron
a leer todos esos documentos. Había muchas hojas, como
también demasiadas fotografías de jovencitas.
Seguramente serían hijas de los dueños de casa.
De pronto Esteban toma una fotografía en sus manos
y sus ojos se agrandaron por el terror. No acertaba a pronunciar
palabra alguna. Entonces Luna le sacudió los hombros
y el joven asustadísimo le dijo: Esta mujer es la socia
de Alfonso en un negocio muy feo. Una vez fue a la finca donde
nos tenían y los escuché hablando de las jóvenes
que se robaban para venderlas en el negocio de trata de blancas.
Luna nunca había escuchado semejante atrocidad y de
común acuerdo recogieron un poco de ropa, carne, agua
y decidieron salir de allí rápidamente. Estaban
asustados, no sabían que camino iban a emprender, aunque
se perdieran era mejor estar bien lejos de allí.
Pero cuando abrieron las puertas de la cabaña, un
rifle les apuntada obligándolos a permanecer allí.
La risa de Alfonso retumbaba en la soledad del campo, estaba
feliz por haber encontrado a Luna. A Esteban lo mataría
al siguiente día. El malvado hombre llegó sin
sus hombres. Era demasiado prepotente y estaba seguro del
temor que le tenían los jóvenes, por eso sería
tan fácil dominarlos. Se sentó en uno de los
camastros como si fuera el gran rey y obligó a Luna
cocinar para él, comenzó a beber vino hasta
que llegara la comida. Mientras esperaba veía complacido
el terror que asomaba a los ojos de Luna, ya que ésta
presentía que esa noche Alfonso abusaría de
ella. Esteban no podría ayudarla, pues tan pronto como
su enemigo llegó lo desarmó. La única
arma era la que él manejaba y el muchacho de 14 años
no tendría el valor de enfrentarse con él. Para
estar más tranquilo lo ató de pies y manos tapándole
la boca con un pañuelo para que no gritara. |