| Capítulo III
Y comenzaron los preparativos para una boda que seis meses
más tarde se llevó a cabo en el club Renacer,
uno de los más elegantes de la ciudad de Santa María.
Richard sabía muy bien que no podía casarse
por la iglesia ya lo había hecho una vez y no sabía
si era viudo o no. Algún día averiguaría
el paradero de su primera esposa, pues ansiaba casarse por
la iglesia con Luna.
El novio vestido de gala esperaba ansiosamente a la novia
pues el juez que los casaría hacía mucho rato
que había llegado. Su nerviosismo era demasiado. Él,
a sus cuarenta años se casaba con una niña de
escasos 18 años, la cual podría ser como su
hija. Deseaba hacerla feliz, darle todo el amor que nunca
tuvo. Algo muy dentro de su alma no lo dejaba vivir este momento
con la felicidad que ansiaba. Debía ser la impaciencia
porque Luna tardaba más de la cuenta.
Cuando Luna llegó al club fue homenajeada con fuertes
aplausos entre los asistentes. Los que no habían visto
el cambio de la joven quedaban admirados al ver tanta belleza
en esta joven morena de cabello largo y negro. Estaba radiante
con su vestido de novia. El salón del club estaba decorado
con muchísimas flores tal como lo pidió la novia.
Las seis damitas de honor fueron escogidas de modo que físicamente
se parecieran a Luna. Cuando el padrino de la novia la dejó
al lado de Richard para iniciar la ceremonia él creía
morir de felicidad y su angustia crecía a cada momento.
Estaba ansioso porque la boda terminara pronto.
Pero en la boda había un pequeño invitado de
honor, que muy tieso lucía hermosa camisa blanca y
corbatín negro haciendo juego con su piel negra. Anochecer
no cabía en sí de gozo. No se movía del
lado de su ama y a ratos le jalaba el vestido a ella y otras,
el pantalón a Richard como recordándoles que
él estaba allí.
Cuando la boda terminaba y el juez les dijo las últimas
palabras. Yo los declaro marido y mujer para siempre, sonó
un estruendo grandísimo en el club y en el salón
donde estaban los novios sonaban disparos al aire por doquier
y unas personas encapuchadas se llevaron a Luna a la fuerza,
tapándole la boca para que no gritara.
Nadie decía una palabra. Estaban mudos por el espanto.
Richard estaba a punto de desmayarse, pero lo único
que hizo fue sentarse y empezar a llorar como un niño.
¿Por qué no podía ser feliz con la mujer
que amaba? ¿Quién se la había llevado?
¿Era un secuestro? Pagaría lo que fuera para
que le devolvieran a su hermosísima esposa. Después
de llegar las autoridades y rendir indagatoria Richard en
silencio salió del club y se fue con la abuela y el
perrito para su casa a esperar que los secuestradores de su
esposa se comunicaran con él para pagar el rescate.
Pero pasaban los días y el doctorcito de perros no
recibía comunicación alguna y ya empezaba a
desesperarse.
La abuela de la joven lo consolaba diciéndole que
pronto recibirían noticias. Las autoridades no habían
conseguido una sola pista que los condujera al paradero de
Luna y pasados tres meses aún era un misterio la desaparición
de la señora bonita como le decían.
Richard no volvió por la clínica, afortunadamente
tenía una Subdirector bastante eficiente que se encargaba
de todo. Todos los días como a eso de las 7 de la noche
salía trotando de su casa en compañía
de Anochecer que era su único amigo y corriendo llegaban
juntos a la orilla del mar cerca de la antigua casa de Luna
y allí se ponía a llorar en compañía
del fiel animalito que no comía casi de tristeza por
la ausencia de su ama. Afortunadamente para él Richard
amaba los animales y lo trataba bastante bien, pues sabía
que gracias a ese pequeño de 4 patas había conocido
a la hermosísima Luna.
Sentado a la orilla del mar, en el silencio de la noche,
sólo se escuchaba el rugir de las fuertes olas que
llegaban hasta él acariciándole los pies y abrazado
a Anochecer Richard se ponía a cantar:
LA NEGRA NOCHE TENDIO SU MANTO
SURGIÓ LA NIEBLA MURIÓ LA LUZ
Y EN LAS TINIEBLAS DEL ALMA TRISTE, COMO
UNA ESTRELLA BROTASTE TU.
VEN E ILUMINA LA ÁRIDA SENDA POR DONDE
VAGA LOCA ILUSIÓN. DAME TAN SOLO UNA
ESPERANZA QUE FORTIFIQUE MI CORAZÓN
COMO EN LAS NOCHES NACE EL ROCIO Y EN LOS
JARDINES NACE LA FLOR; ASÍ EN MI ALMA
NIÑA ADORADA NACIÓ MI AMOR.
YA VEO QUE ASOMA TRAS LA VENTANA
TU ROSTRO DE ÁNGEL ENCANTADOR
SURGIÓ LA DICHA DENTRO DEL ALMA,
NO HAY TINIEBLAS YA NO HAY TINIEBLAS,
YA SALIÓ EL SOL. (*)
(*)N.
del A.: Danza compuesta por Emilio D. Urenga
El sabía muy bien que el rostro angelical de su bella
esposa no llegaría a iluminar su senda triste y oscura
y como a eso de las 5.30 de la mañana cuando las sombras
de la noche se iban y los primeros rayos del día llegaban,
decía a su perrito: Buenos días Anochecer, ha
llegado un nuevo día y con él espero el regreso
de mi amada. El animalito parecía entenderle porque
tristemente lloraba con él lamiéndole las lágrimas
que corrían por sus ojos.
Richard ya no era el hombre elegante de hacía tres
meses, estaba barbado, se mantenía de tenis y en ropa
deportiva, y caminaba muchísimo por la ciudad como
recordando que una vez Luna caminaba por aquellas calles con
su fiel Anochecer, que cada día estaba tan delgado
como su amo, pues ambos comían poco, caminaban muchísimo,
no dormían en la casa, lo hacían a la orilla
del mar y el fuerte viento que este les traía les refrescaba
dándoles una maravillosa sensación de bienestar.
Las personas lo veían pasar y sentían tristeza
por su pena, pero nadie le decía nada para no remover
el dolor que este hombre llevaba en su corazón.
Por la abuela estaba tranquilo pues Martha la cuidaba muy
bien. No quedaba nada de aquella anciana que vivía
en la casucha a la orilla del mar.
Era muy elegante y con su lujoso bastón caminaba muy
derecha, nadie hubiera adivinado que era ciega. Luego se ocuparía
de ella pensaba Richard, pues quería mandarla a una
clínica para que le examinaran bien los ojos y tratar
de curar su ceguera. Pensaba Richard que la pobreza en que
vivían no la había dejado dinero para ir al
oftalmólogo.
Cuando amanecía Richard no se iba para el apartamento,
emprendía camino a pie para su cabaña y se internaba
allí a recordar a su bella esposa. Tres meses era mucho
tiempo separado de ella. Las autoridades ya no le informaban
sobre los resultados de las investigaciones, y un día
después de que Luna cumplió tres meses y medio
de ausencia, decidió que la buscaría fuese donde
fuese pero no esperaría más y con este pensamiento
regresó al apartamento y comunicó a la abuela
y a Martha su decisión. Al día siguiente dio
instrucciones a su abogado por si no volvía cuidase
siempre de la abuela de Luna y de Martha porque al perro lo
llevaría con él, pues su olfato y el amor que
los unía por la joven le ayudaría a encontrarla.
Richard sólo llevaba por equipaje el pequeño
morral con unos zapatos, dos pantalones, dos camisas, ropa
interior, cepillo, crema dental, una brújula, un mapa
de la región, binóculos para ver de lejos, y
una bolsa inmensa con la comida del perrito, cuando se acabara
le enseñaría a comer hierba o lo que fuese.
Richard no sabía que Anochecer antes de aparecer en
la vida de Luna sólo comía hierba pues nadie
le daba comida.
El primer día de su aventura caminó hacia el
norte, internándose en el campo. Caminó todo
el día, comía de las frutas que encontraba a
su paso y al anochecer, hizo fuego y se acostó con
su fiel amigo hasta el amanecer.
Al siguiente día hizo exactamente lo mismo. Corría
por el campo, no quería pensar en nada. Llevaba una
idea fija: Encontrar a su esposa. Lo demás no le interesaba.
Después de caminar por más de 15 días
ya empezaba a desesperarse, y luego de subir aquella pendiente
se sentó a descansar y mirando hacia abajo donde se
veía un lejano río Richard vio que había
gente y ansiosamente tomando sus binóculos vio que
unos hombres se bañaban en aquel río y decidió
bajar a observarlos diciéndole a Anochecer que no podía
hacer bulla si querían encontrar a la joven y el fiel
perro movió su cabecita en señal de haber entendido.
Cuando descendieron se ocultaron y vieron cómo aquellos
hombres después de terminar su baño se ponían
armas en la cintura y pañuelos en el rostro alejándose
de allí, sin saber que eran seguidos por Richard y
su perro. Richard jamás olvidaría los rostros
de aquellos cuatro hombres.
Siempre escondidos Richard y su perro vieron cómo
estos hombres llegaron a un campamento en donde había
unas personas encerradas en un corral como si fueran animales.
La sangre se le heló en las venas cuando vio que estos
tipos llegaron al corral eligieron a 4 muchachas jóvenes,
les quitaron las cadenas y a latigazos las sacaron de allí
y luego las violaron antes los ojos de todos, después
a patadas las encerraron de nuevo y se marcharon como si nada
hubiera pasado.
En este corral había más de 20 personas, entre
ancianos, jóvenes y niños. Eran más mujeres
que hombres. Todos estaban atados por cadenas. Aún
después de marcharse los 4 bandidos, Richard no se
atrevía a salir de su escondite. Ya había observado
los rostros de toda esta gente y Luna no estaba entre ellos.
Pensó marcharse y continuar su búsqueda, había
caminado escasos 10 metros, cuando de pronto frenó
en seco y se dijo: ¿Qué estoy haciendo? No puedo
dejar estas personas sufriendo. Soy humano y debo ayudarlos
porque son mis hermanos en Cristo. Seguramente los encapuchados
volverían más tarde. Como los tenían
atados no temían que se soltaran y huyeran.
Richard se sentó y poniendo sus ideas en orden pensó
en la forma de liberarlos y llevarlos a la ciudad. Pero ¿cómo
haría para llevar los ancianos y los enfermos? El solo
no podría hacerlo. Ir a las autoridades hubiera sido
un error, pues habrían enviado un ejército poniendo
en peligro la vida de aquellas gentes.
¿A quién pediría ayuda? No lo sabía.
Antes de liberar estas personas debía conseguir herramientas
para quitarles tan terribles cadenas. Estuvo dos días
observando el movimiento de aquellas personas y sus secuestradores
que venían todos los días, sacaban a cuatro
muchachas, las violaban, las golpeaban y luego se marchaban
como si nada hubiera sucedido. Otras veces, en vez muchachas,
tomaban muchachos entre 10 y 12 años y los violaban
tristemente sin hacer caso a los gritos de éstos.
Richard sabía que estaba muy lejos de Santa María
y regresar por ayuda era un error, pues los secuestradores
podrían llevarse a las personas y someterlas a otros
tratamientos más terribles que los que había
visto.
Siempre guiado por su brújula empezó a caminar
cautelosamente por los alrededores del campamento en busca
de algún martillo, hacha, o lo que fuese que partiera
las cadenas de estas gentes, cuando de pronto vio un hacha;
estaba en muy mal estado, pero esperaba que le sirviera. Los
secuestradores estaban seguros de que a aquel paraje tan escondido
nadie llegaría, por eso se contentaban con ir todos
los días y revisar su mercancía como le decían
a aquellas pobres gentes viviendo al sol y al agua. Por comida
solo les daban un trozo de pan y dos tragos de agua.
El que no fuese fuerte no aguantaba y pronto moría
y sin abrir una tumba siquiera los cuatro malvados los tiraban
al río olvidándose de ellos para siempre.
Entrar al corral no sería problema pues estaba hecho
de madera y de los palos amarraban las cadenas.
Al quinto día de Richard observar estas personas y
los pasos de sus secuestradores, estaba totalmente seguro
de se iban y no volverían hasta el siguiente día,
pero debía actuar rápidamente si quería
liberarlos a todos y llevarlos a un sitio seguro.
Cuando los ojos tristes de aquellas 20 personas se posaron
en él nadie se extrañó. Era un secuestrador
más. Al verlos de cerca, se dio cuenta que ancianos
sólo había cinco y entre todos les ayudarían.
El valiente hombre de ojos seductores los calmaba mientras
las mujeres y hombres jóvenes lloraban para que no
los violase, pero él les dijo que no era lo que pensaban,
que los liberaría si esa hacha funcionada que rezaran
para que partieran las terribles cadenas que ataban sus pies
y manos.
Afortunadamente el hacha hacía su trabajo sin poner
problemas y los que iban quedando libres recibían la
bienvenida a la libertad con un beso de Anochecer que corría
entre ellos. Cuando todos quedaron libres los dividió
en 4 grupos de cinco personas y en cada uno ubicó uno
de los ancianos para que fuese ayudado por los demás
y emprendieron la huida de aquel sitio antes de que amaneciera
y volvieran los malvados. Estas personas estaban muy cansadas,
caminaban muy lentamente, pero afortunadamente como a las
5 horas de caminar vieron a lo lejos un pequeño pueblo
y allí encaminaron sus pasos.
Al llegar la gente los miraba con curiosidad pero Richard
informando a las autoridades lo que había hecho dejó
estas personas al cuidado de ellos y se alejó de allí
en compañía de unos militares y se escondieron
para poder apresar a los 4 asesinos, quienes al llegar y no
ver a sus prisioneros furiosos decían mil improperios
y cuando las fuerzas militares se les arrojaron encima los
apresaron y se los llevaron para conducirlos a prisión.
Richard ansiosamente les mostraba la foto de Luna pero ellos
se burlaban de él sin contestarle nada. Entonces tristemente
se alejó de allí sin despedirse de nadie y sin
pedir nada a cambio por su heroica acción. Iba feliz
por devolverle la libertad a aquellas 20 personas pero muy
triste porque pensaba en su amada esposa, tal vez estaría
sufriendo lo mismo que esta gente. Anochecer lo miraba como
preguntándole por qué tanta tristeza pero él
acariciándolo se agachó y le dijo: - Pronto
encontraremos a nuestra amada Luna. Sé que las sombras
de la noche nos ayudarán a movernos más fácil.
Ya conocemos mejor todas estas regiones costeras. Esperemos
y confiemos en Dios que no la hayan llevado al interior del
país y se internó en el campo sin saber que
al siguiente día su foto y la de su valiente perro
saldrían en el periódico informando sobre su
acción.
Continuó su marcha solitaria, su única compañía
era su perro, su fiel Anochecer a quien verdaderamente quería.
Cierta noche Richard cansado de caminar hizo un alto en el
camino para recuperar sus fuerzas pero al recordar a Luna
se puso a llorar tristemente consolado por su amiguito que
parecía hacerle duo en el llanto triste y tenue del
hombre seductor que a cada instante mencionada el nombre de
la pequeña Luna y no se dio cuenta que algo muy cerca
de él caminaba ferozmente hacia ellos, a no ser por
el olfato del perro, el hombre se salvó de tremenda
picadura de serpiente.
Richard agradecido con el animalito le dio los tres pescados
que había sacado para la sena de ambos, ya que él
siempre caminaba por donde hubiese ríos o quebradas,
de otro modo no hubiera sobrevivido en dicho campo.
Al día siguiente cuando Richard abrió los ojos
estaba amarrado de pies y manos por grandes y pesadas ataduras.
No sabía qué había sucedido. No lo comprendía.
Llamaba sin cesar a su perro, pero ni rastro de él.
¿Qué le habría pasado al animalito? No
se perdonaría que algo malo hubiese acabado con la
vida de tan fiel amigo. Richard no tenía noción
del tiempo. No sabía cuántos días habría
pasado en esa incómoda situación. ¿Uno,
dos o muchos? Nadie le llevaba un poco de agua para calmar
su sed. Su amiguito no iba a ayudarle como lo hizo en otras
ocasiones. De pronto detiene sus pensamientos. Una figura
encapuchada le dice con voz de mujer: Buenos días doctor.
Nunca pensé que nos volveríamos a ver. Es una
verdadera sorpresa verlo aquí, pero también
una lástima porque jamás saldrá de este
valle.
Ansiosamente pregunta su nombre pero ella riéndose
sarcásticamente se va dejándolo envuelto en
sus tristes pensamientos. Estaba muy preocupado por Anochecer,
¿por qué no venía en su ayuda? ¿Qué
le habrían hecho al perrito? Se moriría de dolor
si lo perdía. Ya perdió a Luna y ahora a su
fiel amiguito. No podría soportarlo.
Al siguiente día llegó una figura encapuchada
y sin decir nada le vendó los ojos. Como a los quince
minutos se los destaparon y cual no sería su sorpresa
cuando vio a diez mujeres haciendo un círculo a su
alrededor y estaban totalmente desnudas. ¿Pero qué
es esto? preguntaba desesperado. Entonces vio un rostro que
le hizo palidecer a la vez que se asustó tremendamente.
Ella le dijo: - ¿Me reconoces verdad? ¿Cuántos
años han pasado? ¿Quince, tal vez diecisiete?
Supe que te casaste con una joven que podría ser tu
hija. ¿No te da vergüenza? Richard sumamente triste
reconoció a Lucía, su primera esposa.
Lucía se apartó de él sin darle tiempo
a hacerle preguntas y ordenó a las 10 jovencitas, cuyas
edades no pasaban de los 17 ó tal vez 18 años,
que siguieran danzando, ahora más cerca del hombre,
hasta que él enloqueciera viendo sus hermosos cuerpos.
Pero ella estaba muy equivocada porque él empezó
a gritar: - ¿Dónde está mi hija? Y ella
sólo le decía: -Adivina cuál de estas
muchachas es. Tendrás que hacer el amor con una ellas,
pero siempre estarás expuesto que la elegida sea tu
hija y si no lo haces te daré tantos latigazos que
desfiguraré ese hermoso rostro que tienes. Entonces
Rebeca, la amante de Lucía le dio una tremenda bofetada
dejándole un ojo morado.
En esos momentos Richard no pensaba en Luna sino en el terrible
problema que tenía. No quería tocar a ninguna
de esas chiquillas. No podría hacerlo. Y se decía
mentalmente: Ven mi fiel Anochecer sálvame, sácame
de aquí, ve por ayuda. Mas el perrito no daba señales
de vida.
Las jóvenes desfilaron una a una ante sus ojos, y
cada una le decía: ¿Seré yo la elegida?
Pero como él no contestaba a ninguna, Lucía
le dijo: Después de abandonarte nos vinimos a vivir
a este campo donde nuestro amor no es criticado por nadie,
trajimos a la niña, pero nunca te diré donde
está, ni cuál de estas jóvenes es. Es
tu castigo por casarte con una jovencita. Todas somos amantes
las unas de las otras. Así que te imaginarás
lo que pasa si es que en estas muchachas está tu hija.
Cuando fuimos al pueblo vecino y vi tu foto en los periódicos
no podía creerlo, casado casi con una niña.
Richard muy triste le preguntó si ella tenía
a Luna pero la mujer riéndose fuertemente se alejó
de él llevándose a las jóvenes.
Lo que no sabía Richard es que cuando lo apresaron
las mujeres, el perrito, ya acostumbrado a las aventuras con
el esposo de Luna, se escondió y muy de cerca seguía
los pasos de las mujeres que llevaban al hombre desmayado
por el golpe recibido. Antes de que él despertara,
el pobre animal lamía sus ataduras con fuerza pero
por más que luchaba no se soltaban, entonces salió
corriendo en busca de ayuda, pero por más que corría
no encontraba a nadie hasta caer rendido, con hambre, sed
y sus pobres patitas que ya no podían más por
el cansancio, su pequeño estómago lo llenó
con la hierba del campo y se durmió hasta el otro día.
Al despertar estaba un poco desubicado, pero, como que recordó
su misión porque empezó a correr nuevamente
y al tercer día encontró unos campesinos que
pasaban por el lugar y les ladraba con desespero pero éstos
no le hacían caso y siguieron su marcha, pero él
insistía y cogió a uno por el pantalón
y el hombre pensando que lo iba a morder le propinó
tremendo golpe lanzándolo lejos, pero el perrito no
se cansaba de insistir, hasta que uno de ellos le dice al
otro: - Este animal nos está diciendo algo sigámoslo
y veamos qué quiere. Entonces Anochecer al ver que
los había convencido caminaba erguido con su pecho
en alto feliz porque llevaba ayuda para Richard. Cuando los
hombres se cansaron de caminar se iban a devolver, pero el
animal no lo permitía y del pantalón los arrastraba,
hasta que llegaron cerca al sitio donde tenían a Richard
y al ver al hombre atado y golpeado, de inmediato lo liberaron
y lo cargaron con ellos llevándolo a la choza donde
vivían.
Cinco días más tarde Richard estaba totalmente
recuperado y contándole su historia a los campesinos
supo que Lucía y Rebeca eran buscadas por las autoridades
porque se robaban las jovencitas entre 13 y 20 años,
luego de violarlas ellas mismas, las vendían para el
negocio de trata de blancas. Las autoridades nunca encontraron
las cabecillas de esta banda, pero por la descripción
dada por una de ellas que se les escapó hicieron carteles
con los rostros de Lucía y Rebeca y eran buscadas por
todas partes para llevarlas a la cárcel; y con la información
que tenía Richard y la guía de Anochecer estaban
seguros darían con ellas.
Al ser informadas las autoridades se convino que al día
siguiente saldrían hombres del servicio secreto para
dar caza a las malvadas mujeres. El perrito era feliz al verse
tratado como un héroe, lo mimaban y le daban trozos
de carne tan grandes que feliz los consumía al instante
y luego alzaba su cabecita pidiendo más.
Anochecer ya no era el animalito feo, era el hermoso y valiente
perro que salvó a su amo de morir en manos de aquellas
malvadas mujeres.
Siguiendo siempre los pasos de Anochecer llegaron al sitio
donde estuvo Richard atado pero estas mujeres no daban señales
de vida. Todo el día permanecieron ocultos para ver
qué sucedía.
Cuando Lucía y Rebeca volvieron al sitio donde estaba
Richard atado y al no verlo se asustaron y volvieron a su
cabaña donde compartían la vida con las jóvenes
que estaban próximas a ser vendidas y se encerraron
en el subterráneo que tenían debajo de la cabaña
para situaciones de peligro. Las jovencitas no decían
nada ni se quejaban, pues su voluntad les había sido
quitada por medio de quien sabe qué droga ya que felices
obedecían en todo a sus cabecillas.
Los hombres al ver que nada sucedía, decidieron caminar
muy lentamente y en mucho silencio para no espantar a nadie
que hubiese por allí. Cuando a lo lejos vieron una
pequeña cabaña y como estaban cansados decidieron
pasar la noche en ese sitio y hacia allí encaminaron
sus pasos.
Ellos se miraron sorprendidos. La cabaña estaba caliente.
Tenían bastante comida y había 5 camas. ¿Quién
vivía allí? Se preguntaban ellos y algo muy
sospechoso pasaba allí, entonces sacaron sus armas
y comenzaron a desbaratar todo. En los cajones sólo
había ropa de mujer y sin decir nada empezaron a tumbar
la cabaña y como toda la tierra caía al sótano,
las mujeres, que silenciosamente esperaban que se fueran los
hombres, con su armas en la mano, Lucía y Rebeca empezaban
a disparar al aire como asustando a los visitantes pero éstos
se adelantaron y disparaban sin cesar haciendo que las diez
chiquillas que lloraban asustadas salieran con los brazos
en alto. Lucía fue herida en una pierna y no podía
moverse lo que generó la ira de Rebeca que disparaba
y al salir de allí tomó como rehén a
la más bonita de las niñas. Richard sabía
que esa chiquilla no estuvo danzando desnuda frente a él.
No era muy alta, tenía ojos pequeños y azules,
su cabello castaño, su figura delgada, y su rostro
era muy bonito y les dijo: Si no me dejan salir de aquí
la mato. Los hombres se apartaron para darle paso, entonces
Lucía que fue sacada del sótano y colocada en
el piso de la cabaña sacó un cuchillo y por
detrás hirió a Rebeca en la espalda.
En esos momentos supo Richard que esa niña era su
hija, porque en ese instante pudo más el amor maternal
que la maldad de Lucía.
Cuando empezaron los disparos Anochecer escondía su
cabecita muerto del susto. Qué ruido tan fastidioso,
casi le rompe sus delicados oídos. Mejor estar apartado,
cuando todo pasara correría al lado de Richard que
estaba al lado de los hombres que hacían tanto ruido.
Le preguntaron a la niña su nombre y esta dijo llamarse
Natalia como su abuela. Contó que toda la vida estuvo
con Lucía que era su mamá. El único hogar
que recordaba era la cabaña. Su madre le había
dicho que el papá las había abandonado hace
muchos años cuando ella era un bebé. De las
10 jóvenes, su mamá y Rebeca no sabía
a qué actividades se dedicaban puesto que siempre que
llegaban muchachas las llevaban al sótano y a ella
no le permitían la entrada allí.
Lucía y Rebeca fueron conducidas al hospital pero
cuidadas siempre por las autoridades para que no escaparan
y poder conducirlas a prisión por sus delitos que eran
muchos. Las niñas, después de rendir indagatoria
fueron entregadas a sus padres para que las sometieran a tratamiento
psiquiátrico.
Richard le contó que era su padre y toda la historia
de Lucía y ella decía que comprendía
porque a veces veía a su mamá abrazada con Rebeca
y no entendía el por qué. Al hombre le palpitaba
el corazón fuertemente, su sangre se revolvía
con fuerza porque sabía que Natalia llevaba su propia
sangre entonces decidió llevársela para la ciudad,
la dejaría al cuidado de Martha y la abuela de Luna,
luego continuaría la búsqueda de su amada esposa.
El perrito estaba feliz de regreso al apartamento. Corría
por todas partes. Ya no se comía las matas, para alegría
de Martha.
Se decía Anochecer que había comido demasiada
hierba para seguir comiéndola en tan maravilloso sitio.
Prefería esas deliciosas y humeantes salchichas que
Martha le daba a cada rato. Ya no le tenía rabia al
perrito y después de saber lo que hizo por su amo quería
mucho más al animalito.
Natalia ayudada por Martha, Richard y la abuela poco a poco
se adaptaba a la vida de ciudad. Dormía mucho ya que
en la cabaña con tantos gritos no tenía paz
y vivía llena de temores.
Ya llevaban tres meses de regreso a la ciudad y ni una sola
pista sobre el paradero de Luna. Richard debía pensar
en un plan, o una forma eficiente para encontrar a su esposa.
Ya tenía a su hija, le faltaba su amada para que su
dicha fuera completa. Nuevamente planeaba alejarse de la ciudad
y continuar su marcha solitaria hasta encontrarla.
Pero antes de internarse en el campo, puso avisos en todos
los periódicos del país, en la televisión,
la radio y demás medios. El lema publicitario era una
foto de Luna con su perrito y decía: “Ayúdale
a Anochecer a encontrar a su dueña” pedían
se informara sobre el paradero de la joven, pues su esposo
ofrecía una gran recompensa a quien diera pistas del
sitio donde pudiese estar Luna.
En la ciudad se armó gran alboroto con el caso de
Luna y todos los días se hacían grandes manifestaciones
ante el palacio de gobierno pidiéndole al Presidente
interviniese para rescatar a Luna.
En todo el país se hablaba muchísimo sobre
el secuestro de Luna. La gente sin conocerla, la amaba. A
diario llegaban a Richard miles y miles de cartas solidarizándose
con su triste drama. Las mujeres estaban enamoradas de Richard
y los hombres de Luna.
Era tanto el interés del país por la suerte
de Luna que en la televisión todos los días
mostraban al perrito con una foto de Luna amarrada a su cabecita.
Cuando Richard y su perrito salían les pedían
autógrafos, pues ya se conocían las aventuras
heroicas de este hombre valiente y entristecido por la suerte
de su esposa. Sus hermosos y seductores ojos con su mirada
melancólica se hacían más profundos e
interesantes.
Anochecer se convirtió en la estrella de muchos comerciales
de comidas caninas y ganaba su propio dinero, el cual gastaba
Richard dándole gusto sin pensar que lo estaba malcriando
y mimando mucho más de lo que ya estaba. Los niños
querían tener un perrito que fuera como él.
Las fábricas de juguetes hicieron un perrito como
Anochecer el cual se vendía en grandes cantidades.
Pero Richard no estaba contento. Demasiada publicidad pero
ni una noticia del paradero de Luna, entonces decidió
que era tiempo de volver a las montañas con su fiel
amigo y una mañana, despidiéndose de su familia,
llevando por equipaje su mochila salió de nuevo internándose
en la montaña, pidiéndole a Dios que su regreso
al hogar fuera en compañía de su esposa.
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