| Capítulo II
Cuando Luna llegó al siguiente día se paró
en la puerta y como no conocía los timbres se pegó
de este aparatito hasta casi reventarlo. Richard furioso porque
no sabía quien era fue a abrir dispuesto a mandar al
carajo a quien fuese, pero cuando vio la chiquilla no supo
qué decir. Sólo dijo: - Entra Luna. Ésta
llevaba abrazado a Anochecer sin atreverse a pasar al ver
tanta elegancia. Él dijo. - Sigue con tu perrito pero
que no dañe nada. Y la chica muy enojada dijo: - ¿Quién
cree usted doctor que es Anochecer? - Él nunca toca
nada en sitios ajenos, solo si encuentra comida se la come,
si ve algún pajarillo lo persigue hasta cazarlo, solo
si halla almohadas las desbarata y sacándoles las plumas
juega conmigo. Si encuentra algún objeto que caiga
y suene, mi perrito juega con estos aparatos así que
no se preocupe que mi perrito no hará daño en
su casa, si quiere me voy. Dijo muy enojada, pero no le pago
la cuenta con mi trabajo.
Richard palideció al ver cómo se le escaparía
la chiquilla por quien suspiraba desde la noche anterior.
Le había conmovido el corazón. A cada instante
se decía que era quizá porque su hija tendría
la misma edad. Pero su alma solitaria le decía que
no se engañara, la niña de vestidos harapientos
y pies descalzos le había gustado. Entonces le dijo:
- Sigue amiguita y ella entró.
Cuando Luna puso los pies en este hermoso apartamento se
desmayó del susto. Nunca había visto sitio igual.
Pensó que estaba soñando, pero Richard al verla
en el suelo la cogió entre sus hermosos y atractivos
brazos y la llevó a su habitación y asustadísimo
llamó a su empleada quien la revivió. Cuando
Luna despertó y no vio a Anochecer junto a ella lanzó
un grito de terror llamándolo. El perro, que feliz
se tomaba la leche que le sirvieron pues nunca había
probado bocado tan delicioso, corrió al grito de su
ama y arrojándose en sus brazos la besaba tiernamente.
Richard que estaba absorto contemplando la unión entre
ellos dos no se dio cuenta de que el perrito había
hecho sus necesidades en su elegante cama y cuando vio sus
sábanas mojadas pensó que no podía regañarlos
porque ella se iría. Entonces explicó a la empleada
lo sucedido y esta maldiciendo por dentro cambió los
tendidos de la cama.
Ya recuperada Luna estaba ansiosa por empezar sus labores
y el ama de llaves la puso a barrer la terraza llena de hermosas
y exóticas plantas. Pero al ver cómo Anochecer
se comía las matitas sembradas con tanto amor, esta
pobre señora casi se desmaya y furiosa llamó
al veterinario pero éste le dijo que debía ser
paciente. Mientras esto sucedía, Luna estaba a punto
de arrojarse a la calle desde el piso 11 donde Richard tenía
su apartamento. En su linda cabecita no cabía la idea
de que la calle se viera tan lejos; las gentes parecían
muñecos. Martha la cogió por la cintura para
depositarla nuevamente en la terraza, pero con tan mala suerte
que pisó a Anochecer y éste le dio tremendo
mordisco y esto sí colmó el genio de la pobre
mujer que llorando fuertemente fue donde Richard diciéndole
que renunciaba. Él, ocultando su risa, muy serio sentó
a la mujer y le dijo que le diera una semana, si en este tiempo
Luna y su perro no se ajuiciaban, entonces ya pensaría
en otra forma de ayudar a la pequeña, después
se fue a atender sus pacientes. Ella aceptó y buscando
a Luna la sentó hablándole de esta forma:
- Mira pequeña: Debes dejar que te enseñe como
se hacen los oficios de esta casa porque de otro modo no podremos
entendernos. Para empezar no puedes permitir que tu perro
se coma las plantas que el Doctor sembró, tampoco debes
dejar que se suba a la mesa, ya quebró el salero, la
azucarera, y el hermoso jarrón lleno de flores, ni
mucho menos permitir que se suba a los sillones y hacer sus
necesidades allí. Tampoco debe entrar a los baños
pues ya sacó todo el papel higiénico y lo volvió
añicos. Debe estar muy quietecito, si es que quieres
traerlo todos los días.
Luna muy seria le dice: - Sin mi perrito no voy a ninguna
parte, tengo una deuda con el doctor y tan pronto la cumpla
me voy y no vuelvo más. Usted no me gusta, es una vieja
fea y gruñona y quiero librarme de su presencia lo
más pronto posible, así que haré lo que
me pide. Creo que trabajando dos días en esta casa
tan incómoda y llena de cosas y que no hay por donde
caminar, es suficiente. Dígame qué debo hacer
y lo haré.
Martha comprendió que a las malas no lograría
nada de ella y cambió su táctica diciéndole
con una dulce voz aunque por dentro le decía mil improperios.
- Ven y te bañas para ponerte el uniforme. Pero Luna
que nunca había visto un baño de esos no sabía
qué era una ducha, ni una tina y asustadísima
se puso a brincar entre la olorosa espuma de aquel delicioso
baño, ensuciando el piso, las paredes, tocador, espejo
y demás objetos de Richard, lo cual aumentó
la furia de Martha, cogiéndola de una mano se la llevó
para la ducha y de un manotazo le quitó el harapiento
vestido, la enjabonó, juagó, secó y vistió
en menos de 15 minutos ya que la ira que sentía la
impulsaba a moverse con más rapidez.
Cuando Luna estuvo vestida con su uniforme, se miraba y miraba
en el espejo diciendo en alta voz lo bonita que era, mientras
su amiguito de 4 patas saltaba a su alrededor para que lo
cogiera.
Martha la veía tan contenta, tan limpia. El uniforme
le quedaba muy bien. Sentía tanta lástima por
ella y su perrito. ¿Por qué eran tan pobres?
Esta niña con ese aspecto tan hermoso tenía
que ser de muy buena familia. Ayudaría al doctor en
su labor de hacer de Luna otra persona.
Entonces llamó a la niña y le mostró
lo que era una escoba y cómo se hacía esta labor
y poco a poco y con mucha dulzura Martha se ganó el
corazón de esta bella joven, ya que el de Anochecer
se lo había ganado con un suculento desayuno acompañado
de salchichas, carne asada, pan, huevos y una inmensa tasa
de leche y el perrito agradecido le lamía las manos.
Cuando Luna lo vio se rió al verlo dormir con tanto
agrado y lo dejo tranquilo.
Luna comenzó a barrer la terraza y a recoger los destrozos
hechos por su amiguito y barría y bailaba con la escoba,
no podía ocultar su alegría estando en aquel
sitio. A cada rato se asomaba a la terraza y miraba hacia
abajo y decía en voz alta: - ¿Serán muñecos
o gente de verdad? Lo que no sabía Luna es que unos
ojos seductores y arrobadores la observaban y un corazón
ansioso por ver esa miraba de ella tan fresca y lozana.
Al sentirse observada Luna gira su cabecita rápidamente
y al verlo junto a ella mirándola de cerca se encoge
y dice: - ¿Doctor pero que hace usted aquí?
Y él responde: - Mi pequeña fierecilla no podía
dejarte en manos de Martha, porque alguna de las dos hubiese
salido corriendo de aquí. A lo que responde la niña:
- Al principio esa señora me pareció una vieja
fea y horrible y mi perro no la quería pero ella nos
ganó y aquí estamos Anochecer y yo haciendo
el trabajo para pagar nuestra cuenta, creo que en dos días
le cancelamos y luego, volveremos libres como el viento a
correr bajo la suave brisa a la orilla del mar donde somos
tan felices. A ratos visitaremos los vecinos que nos dan comida,
la llevaremos a la abuela quien ya no se mueve de su cama
y nosotros iremos por las playas de esta ciudad en donde se
ven gentes tan raras.
Richard le dijo que por ese día ya le había
pagado más que suficiente con su presencia que podía
irse a jugar con su perro y que al otro día los esperaba.
El hombre le entregó una gran suma de dinero para que
no pidiese comida a los vecinos y cuando ella supo que era
para ella se la arrebató de las manos y guardándola
en el bolsillo del delantal sin dar las gracias salió
corriendo de allí. Iba feliz al ver tantísimo
dinero junto, seguida siempre por su fiel Anochecer.
Corrieron hasta llegar a la playa y era tanta la alegría
que ella continuaba corriendo sin detenerse hasta que Anochecer
la tiraba de la pierna como diciéndole que regresaran
a casa, entonces fue cuando ella recordó que tenía
dinero y ya sin prisa fue al mercado y cogió su carrito
como lo hacían todas las señoras que la miraban
extrañadas, lo mismo que el dueño de aquel supermercado
pues sabía que Luna no tenía dinero y al ver
la cantidad de cosas que depositaba en su carrito le preguntaron
con qué iba a pagar todo eso y ella les contó
que trabajaba para el doctor de perros como le decía.
Obviamente llamaron a Richard y éste confirmó
las palabras de Luna, además le dijo al dependiente
que no le cobrara un solo peso que más tarde iría
por allí y pagaría todo lo que llevase Luna.
Al cabo de dos horas cuando Richard fue a pagar el mercado
de Luna, ésta todavía se encontraba echando
comida en un carrito, ya tenía 10 carritos con provisiones
y pensaba que aún le faltaban muchas cosas, pero en
fin, se decía ella, llevaré estos carritos y
luego volveré por más. Cuando vio a Richard
era tanta su felicidad que sin pensarlo se empinó lo
abrazó y besó dándole las gracias por
el dinero y la comida, entonces él le dice: - ¿Cómo
piensas llevar todo esto a tu casa? Y Luna que de tímida
no tenía nada le dice: - Usted me lleva con mis cosas
o mañana no le acabo de pagar la cuenta. Usted es el
que pierde doctor.
Efectivamente, se decía Richard, ya no puedo permitir
que esta alegre niña se aparte de mi vida y empezó
a meter en su lujoso coche el mercado de Luna y cuando terminó
de hacerlo, sudaba copiosamente por la cantidad de comestibles
que llevaba la muchacha. Entonces él de dijo: - Sube
porque no sé dónde vives y ella sin hacerse
rogar corrió sentándose junto a él. Como
era la primera vez que subía a un automóvil
cerró la portezuela tan fuerte que casi la revienta.
Richard se estremeció mas nada dijo. Para Anochecer
fue otro susto ya que ese aparato donde iban se movía
tanto, lo tenía tan mareado y no sabía qué
hacer. ¿Por qué su dueña iba con el hombre
y no junto a él? Para recordarle su presencia el perrito
la mordió en la espalda y como efectivamente se había
olvidado de él se asustó y su cabeza se golpeó
en la parte delantera del carro pero sin gravedad.
Richard se asustó muchísimo y con el gran amor
que empezaba a tenerle le hizo un suave masaje en la frente
mientras ella lo envolvía en sus brazos durmiéndose
tiernamente al recibir tan deliciosa caricia. Mientras Richard
conducía cantaba cuidando el sueño de la niña
que había movido todas las fibras de su ser:
TU QUE DELIRAS CON TENAZ EMPEÑO
TU QUE SUEÑAS AMOR NIÑA QUERIDA
SABES LO DOLOROSO QUE ES EL SUEÑO
CUANDO SE TORNA EN REALIDAD LA VIDA.
ABRE TU CORAZON COMO SI FUERA
EL MÁS FLORIDO EDÉN DE TUS AMORES
Y DEJA QUE LA DULCE PRIMAVERA
TE CANTE RUISEÑORES.
AMA Y DELIRA MIENTRAS SEA UN SUEÑO,
MIENTRAS LA DUDA AL CORAZÓN ASALTE
RÍE CON TU MIRAR HONDO Y RISUEÑO
Y A SOLAS LLORA CUANDO EL AMOR TE FALTE.
CUANDO TE FALTE AMOR, VEN A MIS BRASOS
Y ENDULZARÁS ASÍ TUS SINSABORES,
SOÑANDO REVIVIR LOS TIERNOS LAZOS
EN LA ETERNA PASIÓN DE MIS AMORES.
(*)
(*)
N. del A.: Esta canción es un pasillo colombiano compuesto
por Maquillón Orellana y Francisco Paredes Herrera
Cuando llegaron a la casa de Luna Richard la despertó
y ella y Anochecer ágiles como gacelas saltaron del
carro y abriendo la portezuela empezaron a tirar al piso todos
los paquetes. Richard contemplando tanta pobreza derramaba
lágrimas de dolor en su alma enamorada y una vez más
reafirmó su deseo de ayudar a Luna. La quería
demasiado y no podía permitir que viviese en la miseria.
Richard terminó de entrar todos los paquetes a una
casa cuyo techo estaba a punto de venirse al suelo, no tenía
piso de baldosa, madera, o ladrillo, simplemente era tierra.
La casa de Luna era una habitación donde tenían
una hamaca, tres platos y colgando de un alambre estaba la
poca ropa que la joven y su abuela tenían. Anochecer
estaba feliz rompiendo bolsas cuando de pronto sale una anciana
sosteniéndose por dos bastones ya que sus ojos no tenían
luz. Caminaba muy derecha ya que en esta casa no había
nada con que tropezarse y pregunta a la pequeña: -
¿Quién está contigo? Y ella le responde:
- El señor que curó a Anochecer y donde fui
a trabajar hoy y con el dinero que me pagaron traje toda esta
comida y muchas cosas más para que no aguantemos hambre
y no tener que pedir a los demás; pero como el trabajo
con él se me acaba mañana voy a decirle al doctorcito
de perros que consiga otro empleo para mí. No sabía
que trabajar era tan bueno porque conseguimos dinero. El señor
de los perros es muy bueno y yo le estaba pagando la deuda
por haber curado a Anochecer y encima me da dinero. A lo cual
responde la anciana: - Pero pequeña, ¿dónde
vamos a cocinar tanta comida? Y Luna sin recordar que en su
casa no había un simple fogón se puso a llorar
fuertemente, mientras Richard la abrazaba diciéndole
que no se preocupara que en ese momento iría a comprarle
un fogón y salió presuroso pero Luna se empeñó
en escoger su cocina, de un saltó entró al vehículo
mientras Richard la miraba con amor haciéndola sonrojar.
Cuando él subió al carro ella le estampó
tremendo beso en la boca diciéndole que era de agradecimiento.
El hombre nada dijo pero sintió que su alma se estremecía.
Cuando llegaron al almacén, Luna, que el único
fogón que había visto en su vida era en la casa
de Richard, no supo que decir. En su casa no había
luz eléctrica y volvió a llorar porque no podía
comprar el fogón. Pero él abrazándola
le dijo que no se preocupara pues había unos pequeños
hornillos que no necesitaban electricidad y éste compraron.
También le compró una vajilla. Ahora pensaba
Richard, ¿qué harían con toda la carne
que cogió Luna en el mercado? ¿Dónde
la guardarían? Seguramente amanecería mala.
Y mientras manejaba de regreso a la casa de la joven pensaba
en la forma de sacarlas de allí ese mismo día
pero no encontraba la forma de hacerlo. A su casa no podía
llevarla. No quería que hablasen mal de él.
Ya llegaría el momento cuando ella fuera su esposa
entonces la tendría para siempre dándole toda
la felicidad que nunca tuvo. Por más que pensaba no
sabía qué hacer.
Comprar una nevera no solucionaría el asunto. Entonces
recordó aquella preciosa cabaña adquirida hacía
un año, rodeada de árboles, flores, un verde
prado donde la hermosa hierba crecía pareja. Tenía
garaje para guardar su carro cuando iba a descansar del bullicio
de la ciudad.
La cabaña era muy cómoda, a pesar de que Richard
era solo, tenía tres amplias habitaciones, una cocina
bien surtida con todos los aparatos eléctricos tan
necesarios en la vida moderna. Allí Luna, su abuela
y su perro serían felices. Les conseguiría un
ama de llaves que las cuidara y ayudara. La cabaña
estaba a hora y media de la ciudad y quedaba junto a la carretera
por eso era tan fácil llegar allí.
Richard dio vuelta a su auto y le dijo a Luna que la llevaría
a conocer un sitio muy especial y que si le gustaba a partir
de ese momento podría vivir allí con su abuela.
Tendrían una vida mucho mejor que la que llevaban y
cuando ella aprendiera a leer y escribir le ayudaría
en la clínica para que ganara con que sostenerse ella,
el perrito y la abuela.
Luna, con la alegría que la caracterizaba no le dijo
nada pero le estampó otro beso en la boca y Richard
no sabía qué pensar, si era amor o agradecimiento.
Se estremeció mas nada dijo y continuaba callado y
cada vez que la niña le acariciaba el cabello él
la envolvía con su mirada seductora y ella enrojecía
de vergüenza. Nunca había sentido amor y ahora
no sabía lo que le pasaba cuando estaba cerca al doctorcito
de perros como le decía. Tendría que hablar
con su abuela.
Cuando llegaron a la cabaña y Richard abrió
la puerta, Luna no dijo nada pero comenzó a correr
mirándolo todo, bailada al son de la canción
que ella misma cantaba y cuando llegó a la cocina,
como nunca había tenido en sus manos tantos aparatos
eléctricos, le dijo a él que los prendiera todos,
después lo hizo ella, pero con tanta fuerza que quemó
la licuadora, la puerta de la nevera la cerró tan fuerte
que sonó como un terremoto, abrió las canillas
de agua dejándolas abiertas, abrió la puerta
que había en la cocina y daba al jardín interior
y el viento tumbó algunas cosillas, a la estufa eléctrica
le encendió las cuatro parrillas y las dejó
prendidas, entonces Richard con suma paciencia le dijo que
eso no se podía dejar así porque era peligroso
y podría causar un incendio.
Cuando llegó al hermoso jardín lo miró
coquetamente y sin decir nada corrió hacia él
y se lanzó en sus brazos besándolo con amor,
entonces Richard ya no pudo contenerse más y correspondió
a estos maravillosos besos no sentidos hasta entonces y apretándola
con fuerza le dio: - Mi pequeña Luna, haré de
ti una mujer diferente y dentro de un año nos casaremos
y ella al instante le dijo que sí, que haría
todo lo que él quisiera, pero que no la apartara de
su lado, sin recordar que apenas el día anterior se
habían conocido.
Mientras los enamorados se besaban, Anochecer, que eran tan
ágil como su ama, corría y corría por
la cabaña y el jardín. Se comía las matas
sembradas por Richard. Cuando se cansó de jugar mordía
a su dueña en una pierna para recordarle que estaba
allí. Entonces ella lo cogió en sus brazos y
le dijo a Richard: - Si algún día me pasa algo
debe prometerme que lo cuidará como si fuera su hijo.
El se estremeció recordando a su niña perdida
y le dijo que sí. Pero pensó que jamás
le pasaría nada a la joven que dentro de un año
sería su esposa.
De regreso a casa de Luna a recoger a la abuela y las pocas
pertenencias que tenían y las compras hechas, Luna
de un salto salió del vehículo y como un torbellino
entró a su casa y atropellando las palabras para contarle
todo a su abuela mientras Richard la miraba con amor y reía
viendo su felicidad. Él comenzó a recoger todo,
pero la abuela no estaba muy convencida de querer salir de
la casa donde vivió por más de 15 años,
pero él le dijo que pensara en la joven; ya era tiempo
de darle otra clase de vida, era una jovencita demasiado hermosa
y andando sola por la ciudad con su perrito, estaba expuesta
a muchos peligros como por ejemplo que algún hombre
abusara de ella. Luna que era inocente y pura le preguntó
qué quería decir eso, pero la abuela lo interrumpió
diciéndole que iría con ellos.
Richard emprendió nuevamente el viaje a su cabaña
llevando a sus preciosos invitados. El que más disfrutaba
mirando el paisaje era Anochecer que le ladraba a los árboles,
a las piedras, a todo lo que veía. Estaba feliz porque
esa cosa que se movía con él ya no lo mareaba
y de la parte trasera del carro saltó donde Luna llenándola
de besos como hacía cuando estaban acostados en la
playa.
Al llegar Richard decidió que aquella noche y ese
fin de semana lo pasaría con ellas para enseñarle
a Luna cómo se manejaba una cocina, y en general una
casa.
Pues la chiquilla de pronto haría un incendio y él
no quería que nada le sucediese. Sentía miedo,
pero se decía que nada pasaría.
Esa noche Richard ayudado por Luna hizo una deliciosa comida
cuyo olor tenía desesperado a Anochecer que no alcanzaba
a subirse al sitio donde salía tan delicioso olor.
Le explicaba a la joven el proceso de todo lo que hacía
y ella con su gran inteligencia todo lo aprendía rápidamente.
Luna se sentía radiante de felicidad cuando desempacaron
las compras y guardaron en la nevera toda la carne comprada.
Nunca en su vida había visto tal cantidad de provisiones
y no obstante haber comido cinco veces de la comida hecha
por Richard, aún comía y comía sin detenerse
hasta que él le dijo que se iba a enfermar porque la
gente también se enferma de tanto comer; ella lo miró
con enojo porque pensó que le estaba negando la comida
pero como al cuarto de hora Luna empezó a sentir un
terrible dolor de estómago y lloraba fuertemente como
lo hacía cuando algo no le salía como ella quería.
Richard hombre previsivo llevaba en su coche un botiquín
y dio a la joven el remedio que le quitara la indigestión
que tenía y la acostó. Después de tantas
emociones Luna se quedó dormida.
Richard fue a la habitación donde Ana, la abuela de
Luna fue acomodada para pasar la noche y cuando tocó
aquella puerta le dijo: - Pase doctor lo estaba esperando.
Se que tarde o temprano usted vendría a hacer preguntas.
Es mejor que las haga de una vez por todas. Si a mí
me pasa algo, con quien mejor que con usted quedará
Luna.
- ¿Qué quiere saber? Él responde: -
Realmente ¿Luna es su nieta? - ¿De dónde
vienen? - ¿Quiénes son los padres de la joven?
- ¿Dónde están?
La anciana le responde: Luna es mi nieta. Cuando nació
tuve que huir con ella porque su madre quería matarla.
Mi hijo, el padre de Luna abandonó a Cecilia, su esposa
dejándola embarazada.
Sé que mi hijo hizo muy mal al abandonar el hogar
e irse en compañía de esa millonaria que se
encaprichó con él dañándole la
vida porque él y su mujer vivían felices hasta
que ella apareció y Catalina luchó muchísimo
por tener un romance con él hasta lograrlo. Cuando
Cecilia se dio cuenta se armó tremenda pelea y Catalina
se llevó a Diego con ella y hasta el día de
hoy no volví a saber nada de mi hijo.
Yo vivía cómodamente con mi hijo y su esposa
hasta que él se fue. Cuando Cecilia supo que esperaba
un hijo de Diego se enfureció y decidió no tenerlo,
pero ya tenía cuatro meses de embarazo y afortunadamente
ningún médico le practicó el aborto,
jurando que al nacer la mataría porque no quería
saber nada de la hija de quien la abandonó por otra
mujer.
Cecilia tenía casa propia. Muchísimas comodidades
y lujos conseguidos por mi hijo. Después de quedar
sola empezó a tratarme mal. Todos los días me
echaba de la casa, pero yo lo soportaba todo en silencio esperando
que naciera mi nieto o nieta para huir con la criatura y así
librarla de la muerte en brazos de su propia madre.
Cecilia era una mujer muy bonita, de cabello negro y esbelta,
lo mismo que Luna. Los ojos verdes los heredó de mi
hijo por quien todas las mujeres del lugar suspiraban de amor.
Muy prontamente Cecilia olvidó que estuvo casada con
Diego y llevó al hogar otro hombre con quien hacía
vida de pareja. No obstante haberse consolado por la partida
del esposo y vivir con Pedro, el genio de la mujer hacia mi
no cambiaba, lo mismo que hacia su hijo o hija el cual estaba
próximo a nacer.
El día del parto Pedro se la llevó para la
clínica y dos horas después nació Luna.
Yo estaba escondida esperando la primera oportunidad para
robarme la chiquilla y salir corriendo con ella y esperé
pacientemente que fueran las horas de la noche.
Cecilia tuvo la niña en sus brazos y si algún
sentimiento hacia ella había nacido en su corazón
lo desechó rápidamente y dijo a la enfermera
se la llevara. Me vestí de enfermera y arrastrando
un carrito con remedios vi donde depositaban a la pequeña
y en un descuido la monté en el carrito y muy despacio
para que no sospecharan lo llevé hasta el primer piso
de la clínica y estuve muy de buenas porque la enfermera
de turno que atendía la recepción estaba más
dormida que despierta y tomando mi pequeño y precioso
paquete logré salir al parqueadero sin ser vista y
muy tiesa salí de la clínica, tomé un
taxi y me fui a la terminal de transporte donde me monté
en el primer autobús que salía; ni siquiera
me fijé en el nombre de la ciudad donde iba a llegar
con mi nieta. Después de esto nunca más volví
a saber de los padres de Luna.
Cuando llegué a Santa María no tenía
dinero, casa, amigos o conocidos que me ayudaran y como no
podía contar mi historia empecé a pedir limosna
con la niña en brazos. Los diez primeros días
me tocó dormir en la calle. No podía dejar a
la niña con nadie porque no tenía con qué
pagar. Con el dinero que recogí alquilé una
pequeña habitación donde dormíamos y
ya podía comprar comida con las limosnas recogidas
hasta que una señora muy querida me dio trabajo lavando
y planchándole la ropa y me permitía llevar
a la niña. Nos daba muy buena comida, además,
pagaba mi trabajo sumamente bien. El esposo de doña
Mariela nos regaló la casa donde vivíamos hasta
esta noche.
Así fue como pude sostener a Luna. No tuve dinero
para pagarle el estudio y eso me duele muchísimo pero
ella es muy inteligente y sé que usted la ayudará
por eso le conté la historia. Algún día
busque a mi hijo, guardo una pequeña fotografía
de él. El nombre completo de mi hijo es Diego López
y es Ingeniero Mecánico y la mujer con quien huyó
se llama Catalina Gutiérrez y es Arquitecta.
Cuando Luna cumplió 11 años perdí la
vista y desde entonces es ella, con lo que pide en la calle
y en las casas que podemos comer y medio sostenernos. En la
ciudad todos la conocen y nadie le haría daño,
pero usted tiene razón se ha convertido en una hermosa
joven y cualquier hombre puede abusar de ella. Le estoy muy
agradecida por lo que hace. Dios se lo pagará.
Cuando la anciana terminó su relato en las horas de
la madrugada, Richard tenía los ojos llenos de lágrimas.
No sabía si admirar la valentía de la anciana
o la de Luna que desde sus 11 años sostenía
a su abuela y cogiéndole la mano le dijo que a partir
de ese momento nada les faltaría.
Luna y Anochecer, sin que nadie se diera cuenta habían
salido de la casa a correr como hacían todos los días
cuando sonaban las 4 de la mañana. Richard se llevó
tremendo susto al no verlos pero la anciana le dijo que no
se preocupara que ella volvería. Pero él insistía
porque ella no conocía aquel camino y Ana le decía
que no había sitio de la ciudad desconocido para la
joven.
Sin tener un momento de paz Richard se sentó junto
a las escalas a la entrada de la cabaña a esperarla
y cuando la vio aparecer como a las 9 de la mañana
muy tranquila la abrazó besándola con fuerza
y le decía que ya no podía salir sola; estaba
bajo su protección y debía hacerle caso y ella
le dijo que así lo haría pero que no podía
vivir encerrada porque ella necesitaba volar y sentirse libre
como el viento para ser feliz. Le gustaba sentir la brisa
fresca de la mañana cayendo sobre su rostro, entonces
él dijo que la acompañaría a correr todos
los fines de semana cuando las visitara, pero Luna en otra
de sus rabietas le dijo llorando: - ¿Cómo así
que usted nos va a dejar aquí solas, qué voy
a hacer sin usted, no se da cuenta doctor que si no lo veo
me falta el aire para respirar, ya no será lo mismo
porque no veré esos ojitos tan azules como el mar,
ni su cabello color de plata, no se da cuenta doctorcito que
si no lo veo todos los días me muero? Y corrió
a su habitación llorando fuertemente. La abuela que
ya estaba acostumbrada a verla así le dijo a Richard
que Luna estaba enamorada de él y él le dijo
que también la amaba y pedía su consentimiento
para casarse con ella a lo cual la anciana muy contenta dijo
que sí.
Richard buscó a la joven y le explicó que debía
trabajar, pues aunque tenía buenos auxiliares en la
clínica le gustaba hacerlo y estar al frente de sus
empleados pero le prometió que todos los días
la visitaría un rato y los fines de semana los pasaría
con ella y ésta feliz se abrazó a él
una vez más.
Al lunes siguiente Richard visitaba a su amigo Luis contándole
lo sucedido y éste al verlo tan enamorado reía
de buena gana mientras Richard se ponía colorado pero
su amigo le dijo que le ayudaría y le recomendó
ir a una escuela y buscar profesoras particulares que ayudaran
a Luna en su primer aprendizaje ya que no sabía leer
ni escribir.
Cuando ese lunes llegó Richard con la señorita
Rosa, mujer como de 30 años, quien sin ser hermosa
era elegante por su forma de hablar, vestir y desenvolverse
en sus actividades. Era de estatura mediana, cabello castaño
corto, blanca, ojos cafés y piel blanca. Al ser presentada
a Luna, ésta le dijo: Ya la conozco señorita,
cuando usted dicta clases, yo desde la calle por la ventana
que da al salón donde usted está escucho todo
lo que dice y así fue como aprendí a leer y
a escribir y como no tengo libros lo hago bastante mal. La
profesora y Richard estaban asombrados al saber lo que hizo
Luna para aprender y feliz por la inteligencia de la chiquilla
la maestra, que estaba de vacaciones le dijo que la ayudaría,
le enseñaría todo lo que quisiese y viviría
allí con ellas por dos largos meses. Entonces Luna
agradecida se abrazó a Richard y la profesora que no
sabía de este amor puso cara de asombro pero él
le contó que pronto se casaría con Luna. Rosa
los felicitó y desde ese momento se propuso hacer de
Luna una mujer diferente para que estuviera a la altura de
su novio.
Como era día de semana, Richard se despidió
hasta el sábado siguiente. Pero el día jueves
lo llamó Rosa y le dijo que necesitaban comprar ropa
para Luna y su abuela, a lo cual él accedió
y le dio el nombre de un almacén donde podrían
llevar todos los vestidos que quisieran; hablaría con
el dueño y más tarde pasaría por allí
a pagar. Además le dijo que a partir de ese día
les pondría en la cabaña un chofer con vehículo
para que salieran de paseo durante el día.
Luna, que no podía creer que por primera vez en su
vida se iba a poner un vestido que no fuese regalado hablaba
sin cesar, ría, lloraba y a cada rato abrazaba a su
abuela y a su perrito lo llenaba de besos. Entonces dijo que
ellas tendrían tantos ¿por qué su perrito
no tendría nada? Pero Rosa le explicó que también
vendían ropa para perritos y feliz cogió a Anochecer
abrazándolo con fuerza.
Cuando llegó el chofer por ellas, Luna que no estaba
acostumbrada a salir con su abuela, de una saltó se
montó en la parte delantera del elegante carro enviado
por Richard seguida por Anochecer mientras Rosa se hacía
cargo de la anciana.
Cuando llegaron al almacén el dueño en persona
las recibió, pues debía muchos favores a Richard
y quería atender bien a su nueva familia, además
en el fondo sentía cierta envidia por llevarse a Luna.
Había pensado muchas veces en la joven pero como era
casado nada podía hacer. En fin, Richard merecía
ser feliz, era un hombre bueno, caritativo, de gran corazón,
dispuesto a ayudar a sus semejantes. La gente de la ciudad
apreciaba a Richard y a Luna la querían inmensamente
ya que desde pequeña la veían caminar en compañía
de aquel perrito pequeño, de color negro y bastante
feo, más parecía un mono que un perro.
Luna quería comprar la ropa con colores bastante fuertes,
pero su profesora le dijo que ella ya era una mujer enamorada
de un hombre maravilloso y debía aprender a vestirse
con elegancia que se dejara ayudar y Rosa escogió para
ella ropa de tonos claros que hacían un hermoso juego
con su piel morena y su cabello largo. Midiéndose todos
estos trajes Rosa pensaba que Luna seguramente descendía
de gente importante porque el cambio que daba con aquellos
trajes era impresionante.
Después de las compras Rosa se las llevó a
almorzar a un restaurante no muy elegante pues sabía
que Luna jamás había visitado uno de ellos y
que no sabía comer con cubiertos y las sentó
en una mesa apartada de todas las otras. Cuando llegó
el mesero con la carta Luna que no sabía nada de eso
dijo que quería un pescado bien grande, con arroz,
papas, yucas, plátanos y una torta de esas que veía
en el mostrador. La abuela pidió unos fríjoles
y Rosa otro pescado, pues pensaba que Luna no era capaz de
comerlo y así daría una lección a la
chiquilla. El mesero que no quería atenderlas por causa
del pequeño Anochecer pues allí no permitían
animales se ganó tremendos insultos de Luna, que con
su carácter alborotado y despierto gritaba y la gente
se asomaba a ver qué pasaba entonces el dueño
para evitar más escándalos permitió la
entrada al perro a quien Luna sentó a la mesa como
un invitado más, y la joven pidió para él
un pollo entero y pobrecito ese hombre con ese moño
en el cuello que parecía como una mariposa roja, que
no se lo trajera porque iba a saber quien era ella.
Cuando llegó el mesero con la comida le dijo Luna:
- ¿Se da cuenta que no puede contradecirme? Anochecer
no es un perro es como mi hijo y donde voy yo va él.
El hombre nada dijo y se retiró del lado de aquella
chiquilla maleducada. Empezaron a comer. La anciana Ana aunque
ciega se defendía bastante bien, pues no siempre fue
tan pobre. Al cuarto de hora de estar comiendo Anochecer y
Luna ya habían terminado el almuerzo y querían
más. Rosa estaba asombrada. ¿En qué momento
se habían comido todo eso? Llamó al mesero y
pidió otro pescado y otro pollo para el perro, mas
nada dijo porque sabía que Luna había aguantado
mucha hambre, estaba segura que en una semana ellos ya no
comerían tanto, porque después de comerse el
segundo plato pidieron un tercero y terminaron con una torta
completa. Luego salieron de allí regreso a la cabaña
en donde, al siguiente día comenzarían las clases
para Luna. Rosa pensaba en el gran trabajo que debía
hacer en esos dos meses, pues el dinero que Richard le pagaría
era muchísimo y lo necesitaba, porque con su sueldo
de profesora no le alcanzaba para sus gastos.
Ese fue un día lleno de emociones para Luna y su perro.
Después de llegar ya querían salir nuevamente
pero el chofer no permitió que salieran a caminar y
los llevó en el carro por toda la ciudad. Anochecer
era feliz recibiendo la brisa por la ventanilla, lo mismo
que su dueña.
Cuando llegaron era de noche. Rosa pensó que después
de semejante almuerzo no comerían nada, pero se equivocó
porque ella preparó un emparedado para cada uno, pero
como siempre, Luna y Anochecer se comieron de a 5 cada uno
y luego se fueron a dormir porque al siguiente día
pensaba la joven iba a tener una jornada muy dura con tanto
estudio.
Al siguiente día se levantaron muy temprano y Rosa
empezó su labor enseñándole lo que era
una ducha, cómo se manejaba, cómo se daba un
baño, luego, en la habitación le dijo que se
pusiera unos pantalones sencillos con camiseta y unos tenis
pues no saldrían sino que estudiarían todo el
día. Luna que nunca había utilizado zapatos
no sabía como amarrarse sus tenis, pero su profesora
le enseñó al instante. La chiquilla todo lo
aprendía rápidamente y cuando terminó
de arreglarse estaba irreconocible, parecía otra mujer.
Si cuando vivía desaliñada se veía bonita,
ahora bien vestida se veía hermosa, radiante. Toda
la mañana puso gran cuidado a las enseñanzas
de Rosa. Después fueron a la cocina donde ésta
le dio sus primeras lecciones de culinaria diciéndole
que no debía comer tanto porque se enfermaría,
además se iba a poner gorda y fea y Richard no querría
verla. Luna prometió que así lo haría
y almorzó una sola vez, no repitió comida.
Pero el que sí se dio gusto de nuevo fue Anochecer
porque Luna le daba de todo lo que había en la mesa.
Rosa pensaba que al perrito también había que
educarlo, ¿pero cómo? Esta labor sí era
más difícil, pero lo lograría. Enseñar
al perro a comer comidas propias para él ya era imposible
porque estaba muy mal enseñado comiendo de todo lo
que Luna comía, pero tendrían que darle menos
comida para que no se enfermase.
Cuando Richard llegó aquella tarde y la vio se quedó
en suspenso viendo a su novia tan hermosa, pero ella sí
corrió deprisa y como siempre se arrojó en sus
brazos besándolo. Anochecer le tiraba del pantalón
para que lo saludara, entonces él, con un brazo cargaba
al perro y con el otro abrazaba a su novia y juntos fueron
donde la abuela y Rosa les esperaban.
Cuando la profesora le contó todo lo que había
pasado ese día Richard se reía bastante fuerte,
pensando en la cara del pobre mesero. Le dijo a Luna que debía
hacer caso en todo a Rosa quien la ayudaría en el aprendizaje
para que pudieran casarse lo más pronto posible. Esa
noche Richard emprendió camino a su lujoso apartamento
en la ciudad prometiendo regresar el fin de semana. Al siguiente
día tendría muchas cirugías y no podría
visitarlas.
Nuevamente recomendó a Rosa y al chofer que cuidasen
de su nueva familia.
Pasados dos meses de vivir en la cabaña, la abuela
de Luna era de nuevo la dama elegante que una vez fue. Ayudada
por un bastón caminaba bastante derecha, no se tropezaba,
nadie diría que era ciega.
Pero Luna estaba hermosísima, irradiaba belleza y
felicidad. Al verla nadie la asociaría con la limosnera
alocada que corría por las calles en compañía
de un perrito negro. Parecía como si siempre hubiera
usado dicha ropa. Su andar pausado pero elegante, su desenvoltura,
su elegancia, su porte, su finura al conversar. Qué
delicadeza de mujer, de sus modales bruscos ya no quedaba
nada. Richard estaba feliz y decidió que ya era el
momento de llevarlas para el apartamento y comenzar los preparativos
de la boda. Él sabía muy bien que por la iglesia
no podía casarse, pues no sabía si Lucía
estaba viva o muerta. Algún día averiguaría
lo sucedido con ella y entonces así estuviese viejito
se casaría por la iglesia con su amada Luna.
Pero el que más radiante estaba con el cambio de su
dueña era Anochecer, ya no lo hacía correr tanto.
¡Ay qué cansancio sentía en sus pequeñas
patitas! ¡Pero quería tanto a su ama que no podía
dejarla sola! ¿Quién sabe por qué ya
no caminaban tanto? Anochecer ya no sentía tanta hambre
como antes, no pedían a nadie y nunca les faltaba la
comida. ¡Y qué delicia, lo dejaban dormir todo
el día sin molestarlo! Cuando Luna lo tomaba entre
sus brazos lo colmaba de besos y le hablaba tan lindo y él
quería contestarle pero con su mirada tierna lo decía
todo y le lamía su rostro en señal de agradecimiento.
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