El lector, al finalizar este
extraño relato, puede sentirse defraudado si
escribo que Prubí no murió de la forma que describo
en mi novela sino que acabó sus días en un pequeño
pueblo de la Costa Brava catalana, de donde
era oriundo, y en donde le conocí durante una
temporada que pasé en el Bajo Ampurdán...
Era un gran aficionado a la pesca
submarina y lo elegí como protagonista de mi
novela pues me pareció la persona idónea para
representar al personaje de este relato ya que
fue él, en persona, quién me narró ésta, y otras
casi increíbles historias que, algún día, quizás,
me decida a publicar. Obra en mi poder un permiso,
para hacerlo, firmado de puño y letra por el
propio don Jorge, q.e.p.d., para enseñar a posibles
lectores susceptibles a darme crédito.
He contado, novelándolas naturalmente,
algunas de sus vivencias, o elucubraciones que
también asumo, y hago mías, seguramente porque
me contagié, al escribirlas, del personaje en
el que yo, mea culpa, lo convertí. Valga pues
decir, también, que, en esta obra, he trasladado
los pensamientos, y la fantasía, de Jorge Prubí
según el relato que tuvo a bien contarme asumiéndolo,
repito, como mío, para tan sólo transcribirlo
con toda la crudeza conque él me lo narró. Pero
he de decir en su descargo, y en el de mi conciencia,
que el buen Prubí nunca mató a nadie. O al menos
así me lo confesó antes de morir, allá en San
Feliú de Guixols, de una doble pulmonía. Así
mismo me aseguró que jamás estuvo en Mallorca.
Y yo me creí todo, o casi todo,
lo que él me dijo...
Erika sí que existió, pero no
como la que describo en mi relato, o en el relato
de Jorge Prubí, y que es casi una caricatura
de la verdadera.
Es cierto que ésta, la auténtica,
era tan bonita o más, si cabe y, también, algo
coqueta como nuestra protagonista, aunque, bastante
más seria, menos cría, y mucho más mujer. No
necesitaba alzarse el niqui para demostrarlo.
Me la presentaron en Cala-Ratjada.
A veces recuerdo cuando bailé
con ella en el llamado Bar SIN NOMBRE; sin nombre
y sin nadie ya que estábamos, tan sólo, ella
y yo. Otra vez la cité en la playa de la Guya
pero Erika no acudió. Quizás no pudo..., o no
quiso. Nunca sabré si fue una suerte o una lástima.
Eso sí, la noche antes de irse
de Mallorca, y en el bar donde nos despedimos,
me besó. Algunos de mis amigos, en aquel tiempo,
hubieran dado lo que fuera por esa pequeña,
y gran muestra de afecto.
No la he vuelto a ver más...
En Palma de Mallorca a 9 de Febrero
del año 2001.