Prubí desconocía lo del profesor aunque ya
se olía, por el mal camino que éste llevaba, que acabaría,
por inercia, en caer. Al fin y al cabo fue él, Prubí, quién
le trazó aquél sendero de perdición y le había puesto la
piedra, o mejor dicho, el monumento de mujer en el que tropezó.
Ya suponía, y contaba, conque Erika lo conduciría
a ese aberrante fin. Aquella exultante nibelunga resultó
ser un bombón demasiado grande para que lo abocardara aquel
bocazas. Era obvio, también, que la preciosa joven no iba
a conformarse en alimentar
la pasión de un viejo sentimental y estúpido. Para pasar
el rato le iba bien cualquier hombre pero de eso a tomárselo
en serio mediaba
un abismo... Diferente de él, Prubí, que tan solo pretendía
a la joven para follársela, y eso de cuando en cuando, como
un desahogo natural, y sin comentarle para nada lo hermosa
que era la luna, o lo bella que era la mar al titilar su
ebúrnea luz en ella, o el brillo celestial de sus azules
y encantadores, ojos... Se echó a reír cínicamente...
Vio a los contertulios reunidos, como siempre,
en la plaza y les dijo a Erika y a Klaus, que le esperasen
tan sólo un momento. No creyó prudente, por su parte, presentar
a los jóvenes y se fue a saludar al grupo.
- Buenas tardes, señores... - Alguno contestó vagamente, o de mala gana, a su saludo
pero, en el ambiente, y a pesar del calor reinante, se notaba
una gran frialdad y, más que frialdad, una acusada
hostilidad. Aunque muda, era la que se traslucía en los
adustos rostros de aquellos hombres.
Mas, sin embargo, ninguno de ellos dio explicación
alguna del porqué de ese antagonismo hacia él... Nadie tuvo
el valor de reprocharle nada.
Prubí, sin despedirse de ellos, se unió de
nuevo a los jóvenes.
¿Pero que se habrían creído, esos imbéciles,
¡cullóns!, que se iba a estar cruzado de brazos mientras
lo escarnecían poniendo en entredicho su intachable moralidad...,
y entrometiéndose en su vida privada hasta el punto de enviarle
un espía en forma de maestro nacional...?- Hizo sentar a
los dos jóvenes en una de las mesas del exterior y se introdujo
en el local. Se fue directamente a hablar con el dueño del
Bar.
- L’amo`n Biel... ¿se puede saber que
es lo que les pasa a esos caras largas de ahí fuera
y que parecen salidos de un funeral? -
- ¿Es que no sabe Ud. lo de anoche..., don
Jorge? -
- Pues no..., oi, no tengo ni puñetera
idea..y, si no me dice Ud... - El dueño le explicó algo
de lo que llegó a sus oídos. Ya se sabe que un simple rumor
llega incrementándose, y a gusto de quién lo cuenta, como
una bola de nieve cuando baja, rodando, por el declive de
una montaña...
Cuando Prubí se sentó rebosaba anímicamente
de pura satisfacción. Su venganza superaba, de momento,
y con creces, lo que él tenía previsto, y, no sólo eso,
sino que además el maestro había caído en su trampa con
la ingenuidad de un pardillo...
- Tú tener cara very alegre...
- le dijo Erika.- ¿Tener very goods
noticias...? -
- Very goods noticiones, y lo vamos
a celebrar... - rió el catalán llamando a uno de los camareros.-
El joven Klaus, con su pajizo y lacio pelo
cayéndole sobre la frente, repetía el gesto del otro día,
y se lo miraba sonriente al mover su mano cerrada con el
pulgar dirigido hacia la mesa de los apesadumbrados contertulios...
- Ya...,ya...,ya... -
¡Pero será idiota el tío este! - pensaba alarmado
el catalán. ¿De qué leches se debe estar riendo el muy imbécil...?
¡No me irá a estropear la noche echándomelos encima antes
de hora! -
Y dirigiéndose al joven le reprochó su actitud.
- ¿Tú eres tonto o qué...?-
- ¡OK, OK! -
Erika salió en defensa de Klaus:
- Querrido Gorgue, ya decir que
mi no gustar que tú decir insultos a mi marrido...
Klaus no ser tonto, Klaus ser un buen...-
- Un cabronazo. ¡A ver..., camarero! ¿tienen
cava...? - se giró Prubí hacia el mozo, que acababa
de llegar.
- ¿Y ezo qué é...? - preguntó éste con
un marcado acento de Jaén.
- ¡Recullóns...! - exclamó el catalán
- ¡lo que nos faltaba! - Por fin se aclaró lo que era un
cava. al ilustrar don Jorge a los camareros, que
así suele llamarse al champagne elaborado en su tierra.
Se lo sirvieron en un cubo, y rodeado de cubitos.
No bien hubo destapado ruidosamente la botella
cuando Prubí pidió otra...Los de la tertulia, al oír el
estruendo que hizo el hinchado tapón al salir del gollete,
se giraron al mismo tiempo, y espantados.
- ¿Pero es posible que lo esté celebrando...?
- preguntó uno de ellos. - ¿Será canalla...? -
- ¡Yo lo mato...! - exclamó uno.-
- ¡Yo lo mato! - exclamó otro.
- ¡Yo lo mato! - repitió el boticario.
Palabras y sólo palabras.
- ¡Eso, Uds. lo matan y yo..., aquí mirando,
y de testigo...! - intervino el Juez haciendo, de
nuevo, honor a su cargo...
- Mi gustar cava que tú decir, y yo
beber... Hacer cosquillitas en la mía nariz... -
decía Erika en la mesa vecina.
- Eso es lo que suelen decir las niñas cursis...
- ¿Yo ser niña cursi? ¡Yo enseñarr
tetas a tus amigos y ellos ver que yo no ser tan
niña, ni tan cursi que tú decir...!- Prubí se
alarmó, de nuevo, ante la amenaza de Erika pues aquella
alemanita era capaz de eso, y de mucho más...
- ¡Por favor..., por favor, te lo ruego! ¡No
me hagas una putada como ésa! ¿Verdad que no me la
harás?
- ¡Mi gustar que español also
sinvergüenza como ser tú rogar a mí...
y decir: por favorrr...-
Klaus reía a mandíbula batiente pues Erika
ya tenía puestas sus manitas bajo el niqui con la intención
de levantárselo... Pero desistió de ello ante las palabras
del Sr. Prubí que temblaba al pensar que el Alcalde, allí
presente, pudiera llamar a la Policía local y pasar toda
la noche en el calabozo.
Era una posibilidad a tener en cuenta, pero
no pasó nada. Los mandamases del pueblo tenían la consigna
de ser muy permisivos con los extranjeros.
Las divisas eran lo primero y, mientras no
la armaran muy gorda...
Además, al Juez le resultaba muy atractiva
y simpática la joven, sobre todo de perfil...
Erika, sentada sobre una roca, cerca del varadero,
y con gafas
de sol para proteger sus ojos, contemplaba el mar. De cuando
en cuando emergían sobre el agua la cabeza de
Klaus, o la de Prubí. Una boya roja hacía de flotador
y aguantaba, con un sedal que colgaba de ella, las
presas capturadas y ensartadas en él. Esa boya les servía,
también, como punto de referencia para indicar el lugar
en que buceaban los dos submarinistas, el veterano don Jorge
Prubí, y el bisoño aprendiz Klaus Litmann.
La joven estaba cansada de la noche anterior.
Habían ingerido bastante champaña y otros licores, y también
bailó, aunque sola. A Klaus no le gustaba bailar, y Prubí
no se atrevió a ello. Erika creyó que por miedo de que su
mujer no apareciera por allí, pero en realidad el catalán
lo hizo por ese motivo,
por el que dirán de la gente y, también, para
no repetir dolorosas experiencias por las que pasó
la última, y única vez que bailaron juntos.
Los contertulios se fueron pronto, y murmurando
entre dientes, pero Prubí, aunque celebrara su triunfo
trató, también, de ser cauto. Estaba bien considerado por
mucha gente del pueblo y, aunque tenía ganas de divertirse,
debería hacerlo con gran mesura, y con precaución, y sin
triunfalismos. No era cosa de echarlo todo a rodar. En Sa
Font de la Cala era diferente pues allí todos, o casi todos, eran extranjeros
y, entre estos, podía permitirse echar canas al aire sin
temor a críticas...
Y tampoco en el pueblo, nadie que estuviera
levantado a aquellas horas de la madrugada se atrevería
a criticarle por el hecho de ver bailar a una hermosa joven,
lo que no era otra cosa que un solaz e inocente esparcimiento,
bien merecido, para un vecino tan ejemplar y trabajador
como era él. Así pensaba.
Los que se divirtieron de verdad fueron los
camareros que, por
deferencia del dueño del local hacia don Jorge,
quedaron hasta tarde sirviendo bebidas y contemplando
la rotación que la joven, al bailar mambos o rumbas, daba
a sus senos haciéndolos girar de forma vertiginosa. Trataron
de tomar parte en aquella fiesta, aquel sarao, con la esperanza
de sacar tajadas de aquel pedazo de sirena, mas, ante
una sola advertencia de don Jorge, se mostraron respetuosos...
A Erika le hubiera gustado bailar con los dos a la vez pero,
Klaus, esta vez, sabedor de las confianzas que se suelen
tomar algunos cuando se les da un dedo, ¡no hablemos de
otras cosas!, y su probada persistencia, o pesadez, rayanas
en la más pura grosería, y el mal gusto, se opuso rotundamente
a ello.
No quería líos que pudieran proporcionarle
desagradables consecuencias...
- Ja, ja, ja, meine
liebling, Hotelkellners ja, aber diessem kellners nein...
(querida, camareros del Hotel
sí, pero estos no...) - Erika decidió acatar, por
esta vez, y sin que sirviera de precedente, las juiciosas
órdenes, o buenos consejos, de Klaus, conformándose con
dar, ella solita, todo un gran recital de danza afro-cubana
amenizada por los sensuales movimientos de sus caderas y
pectorales.
Ahora, a la joven, le dolía mucho la cabeza.
Habían mezclado tantas bebidas que la frente
parecía que iba
a estallarle. Los jóvenes se levantaron tarde, es decir
ya bien entrado el día, por lo que Klaus y Prubí comenzaron
las clases pasadas las doce de la mañana.
Por fin, Erika que llegó la última, se quitó
la ropa, las gafas de sol y las dejó en una bolsa, bajo
un pequeño pino, junto al varadero. Con los ojos enrojecidos,
y toda desnuda, se lanzó al agua... Le haría bien.
Prubí venía nadando hacia la orilla con la
careta puesta y mirando hacia las rocas del fondo. Al salir
creyó que Erika aún no había llegado. Estaría durmiendo
la mona, pensó. No había visto como la joven se zambullía.
Aprovecharía para llegarse hasta su cueva.
Cuando Erika sacó la cabeza del agua contempló
a Prubí alejándose por la orilla. No lo llamó. Vio como
el catalán, a un trecho de caminar por entre las rocas,
comenzó a subir la ladera de un montículo rocoso... ¿A dónde
iría...?
Hubo un momento en que Prubí hizo ademán de
girarse pero Erika se sumergió en las verdes aguas para
que no la viera. Cuándo emergió tampoco vio al catalán por
ningún lado... ¡Qué raro!, pensó la joven. Aquella
ladera era muy despejada, casi lisa, con sólo piedras y
matojos. Sin grandes
matas, ni rocas tras las que poder ocultarse. Era casi imposible
que..., Sin embargo, en un par de segundos, los que ella
estuvo sumergida, el señor don Gorgue, había desaparecido
por completo...
Aquello parecía cosa de magia.
Sacudió su cabecita y la introdujo otra vez
en el agua, a fin de espabilarse, ¿o lo habría soñado...?
Miró de nuevo y de Prubí no se veía ni rastro.
Ante aquel insólito hecho consideró que podía
haber sido un simple fenómeno óptico debido a la falta,
o a la insuficiencia, de descanso. Y quizás, y debido a
esa falta de un sueño reparador, aquel fuerte sol mediterráneo
trastornó su mente...
Lo más probable, es que necesitara dormir un
par de horas más.
Al salir del agua sacó de la bolsa una toalla
que extendió sobre el cemento que conformaban las guías
del varadero, junto a las rocas, y se echó sobre ella. Estaba
completamente desnuda y la única prenda que llevaba sobre
sí eran sus gafas oscuras, para protegerse de la fuerte
luz pero al
poco rato notó que ese tenue anaranjado que suele percibirse
de cara al sol, aún teniendo los párpados cerrados, se ensombrecía,
y la joven pensó si sería don Gorgue el que
estaba, otra vez, ante ella interceptándola la luz. Se estiró
coqueta elevando el busto con el fin de excitarlo. Ya no
le temía y no creía que Prubí, la joven desconocía las dolencias
de éste, la hiciera ciertas proposiciones. Últimamente también
notó que parecía algo más frío, más distanciado, o más indiferente hacia ella que en aquel
primer, y movido encuentro, cuando se conocieron en Ca'n
Cardaitx. En el fondo le hubiera gustado inflamarlo
de nuevo. Jugaría con él. Se desperezó y se acarició los
tersos senos mientras entreabría los ojos para ver el efecto
que causaba en don Gorgue, como ella le llamaba.
¡Y cuál sería su enorme sorpresa al ver ante
ella a don Mario, el maestro...!