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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo IX

Prubí desconocía lo del profesor aunque ya se olía, por el mal camino que éste llevaba, que acabaría, por inercia, en caer. Al fin y al cabo fue él, Prubí, quién le trazó aquél sendero de perdición y le había puesto la piedra, o mejor dicho, el monumento de mujer en el que tropezó.

Ya suponía, y contaba, conque Erika lo conduciría a ese aberrante fin. Aquella exultante nibelunga resultó ser un bombón demasiado grande para que lo abocardara aquel bocazas. Era obvio, también, que la preciosa joven no iba a conformarse en ­­­­ali­men­tar la pasión de un viejo sentimental y estúpido. Para pasar el rato le iba bien cualquier hombre pero de eso a tomárselo en  serio mediaba un abismo... Diferente de él, Prubí, que tan solo pretendía a la joven para follársela, y eso de cuando en cuando, como un desahogo natural, y sin comentarle para nada lo hermosa que era la luna, o lo bella que era la mar al titilar su ebúrnea luz en ella, o el brillo celestial de sus azules y encantadores, ojos... Se echó a reír cínicamente...

Vio a los contertulios reunidos, como siempre, en la plaza y les dijo a Erika y a Klaus, que le esperasen tan sólo un momento. No creyó prudente, por su parte, presentar a los jóvenes y se fue a saludar al grupo.

- Buenas tardes, señores... -  Alguno contestó  vagamente, o de mala gana, a su saludo pero, en el ambiente, y a pesar del calor reinante, se notaba una gran frial­dad y, más que frialdad, una acusada hostilidad. Aunque muda, era la que se traslucía en los adustos rostros de aquellos hombres.

Mas, sin embargo, ninguno de ellos dio explicación alguna del porqué de ese antagonismo hacia él... Nadie tuvo el valor de reprocharle nada.

Prubí, sin despedirse de ellos, se unió de nuevo a los jóvenes.

¿Pero que se ha­brían creído, esos imbéciles, ¡cullóns!, que se iba a estar cruzado de brazos mientras lo escarnecían poniendo en entredicho su intachable moralidad..., y entrometiéndose en su vida privada hasta el punto de enviarle un espía en forma de maestro nacional...?- Hizo sentar a los dos jóvenes en una de las mesas del exterior y se introdujo en el local. Se fue directamente a hablar con el dueño del Bar.

- L’amo`n Biel... ¿se puede saber que es lo que les pasa a esos caras largas de ahí fuera y que parecen salidos de un funeral? -

- ¿Es que no sabe Ud. lo de anoche..., don Jorge? -

- Pues no..., oi, no tengo ni puñetera idea..y, si no me dice Ud... - El dueño le explicó algo de lo que llegó a sus oídos. Ya se sabe que un simple rumor llega incrementándose, y a gusto de quién lo cuenta, como una bola de nieve cuando baja, rodando, por el declive de una montaña...

Cuando Prubí se sentó rebosaba anímicamente de pura satisfacción. Su venganza superaba, de momento, y con creces, lo que él tenía previsto, y, no sólo eso, sino que además el maestro había caído en su trampa con la ingenuidad de un pardillo...

- Tú tener cara very alegre... - le dijo Erika.- ¿Tener very goods noticias...? -

- Very goods noticiones, y lo vamos a celebrar... - rió el catalán llamando a uno de los camareros.- 

El joven Klaus, con su pajizo y lacio pelo cayéndole sobre la frente, repetía el gesto del otro día, y se lo miraba sonriente al mover su mano cerrada con el pulgar dirigido hacia la mesa de los apesadumbrados contertulios...

- Ya...,ya...,ya... -

¡Pero será idiota el tío este! - pensaba alarmado el catalán. ¿De qué leches se debe estar riendo el muy imbécil...? ¡No me irá a estropear la noche echándomelos encima antes de hora! -

Y dirigiéndose al joven le reprochó su actitud.

- ¿Tú eres tonto o qué...?-

- ¡OK, OK! -

Erika salió en defensa de Klaus:

- Querrido Gorgue, ya decir que mi no gustar que tú decir insultos a mi marrido... Klaus no ser tonto, Klaus ser un buen...-

- Un cabronazo. ¡A ver..., camarero! ¿tienen cava...? - se giró Prubí hacia el mozo, que acababa de llegar.

- ¿Y ezo qué é...? - preguntó éste con un marcado acento de Jaén.

- ¡Recullóns...! - exclamó el catalán - ¡lo que nos faltaba! - Por fin se aclaró lo que era un cava. al ilustrar don Jorge a los camareros, que así suele llamarse al champagne elaborado en su tierra.

Se lo sirvieron en un cubo, y rodeado de cubitos.

No bien hubo destapado ruidosamente la botella cuando Prubí pidió otra...Los de la tertulia, al oír el estruendo que hizo el hinchado tapón al salir del gollete, se giraron al mismo tiempo, y espantados.

- ¿Pero es posible que lo esté celebrando...? - preguntó uno de ellos. - ¿Será canalla...? -

- ¡Yo lo mato...! - exclamó uno.-

- ¡Yo lo mato! - exclamó otro.

- ¡Yo lo mato! - repitió el boticario.

Palabras y sólo palabras.

- ¡Eso, Uds. lo matan y yo..., aquí mirando, y de testigo...! - intervino el Juez haciendo, de nuevo, honor a su cargo...


- Mi gustar cava que tú decir, y yo beber... Hacer cosquillitas en la mía nariz... - decía Erika en la mesa vecina.

- Eso es lo que suelen decir las niñas cursis...

- ¿Yo ser niña cursi? ¡Yo enseñarr tetas a tus amigos y ellos ver que yo no ser tan niña, ni tan cursi que tú decir...!- Prubí se alarmó, de nuevo, ante la amenaza de Erika pues aquella alemanita era capaz de eso, y de mucho más...

- ¡Por favor..., por favor, te lo ruego! ¡No me hagas una putada como ésa! ¿Verdad que no me la harás?

- ¡Mi gustar que español also sinvergüenza como ser tú rogar a mí... y decir: por favorrr...-

Klaus reía a mandíbula batiente pues Erika ya tenía puestas sus manitas bajo el niqui con la intención de levantárselo... Pero desistió de ello ante las palabras del Sr. Prubí que temblaba al pensar que el Alcalde, allí presente, pudiera llamar a la Policía local y pasar toda la noche en el calabozo.

Era una posibilidad a tener en cuenta, pero no pasó nada. Los mandamases del pueblo tenían la consigna de ser muy permisivos con los extranjeros.

Las divisas eran lo primero y, mientras no la armaran muy gorda...

Además, al Juez le resultaba muy atractiva y simpática la joven, sobre todo de perfil...


Erika, sentada sobre una roca, cerca del varadero, y con  gafas de sol para proteger sus ojos, contemplaba el mar. De cuando en cuan­do emer­gían sobre el agua la cabeza de K­laus, o la de Prubí. Una boya roja hacía de flotador y aguan­taba, con un sedal que colgaba de ella, las presas capturadas y ensartadas en él. Esa boya les servía, también, como punto de referencia para indicar el lugar en que buceaban los dos submarinistas, el veterano don Jorge Prubí, y el bisoño aprendiz Klaus Litmann.

La joven estaba cansada de la noche anterior. Habían ingerido bastante champaña y otros licores, y también bailó, aunque sola. A Klaus no le gustaba bailar, y Prubí no se atrevió a ello. Erika creyó que por miedo de que su mujer no apareciera por allí, pero en realidad el catalán lo hizo por ese motivo,  por el que dirán de la gente y, también, para no repetir  dolorosas experiencias por las que pasó la última, y única vez que bailaron juntos.

Los contertulios se fueron pronto, y murmurando entre dientes, pero Prubí, aunque celebrara su triunfo trató, también, de ser cauto. Estaba bien considerado por mucha gente del pueblo y, aunque tenía ganas de divertirse, debería hacerlo con gran mesura, y con precaución, y sin triunfalismos. No era cosa de echarlo todo a rodar. En Sa Font de la Cala era diferente pues allí  todos, o casi todos, eran extranjeros y, entre estos, podía permitirse echar canas al aire sin temor a críticas...

Y tampoco en el pue­blo, nadie que estuviera levantado a aquellas horas de la madrugada se atrevería a criticarle por el hecho de ver bailar a una hermosa joven, lo que no era otra cosa que un solaz e inocente esparcimiento, bien merecido, para un vecino tan ejemplar y trabajador como era él. Así pensaba.

Los que se divirtieron de verdad fueron los camareros que, por  deferencia del dueño del local hacia don Jorge,  quedaron hasta tarde sirviendo bebidas y contemplando la rotación que la joven, al bailar mambos o rumbas, daba a sus senos haciéndolos girar de forma vertiginosa. Trataron de tomar parte en aquella fiesta, aquel sarao, con la esperanza de sacar tajadas de aquel pedazo de sirena, mas, ­ante una sola advertencia de don Jorge, se mostraron respetuosos... A Erika le hubiera gustado bailar con los dos a la vez pero, Klaus, esta vez, sabedor de las confianzas que se suelen tomar algunos cuando se les da un dedo, ¡no hablemos de otras cosas!, y su probada persistencia, o pesadez, rayanas en la más pura grosería, y el mal gusto, se opuso rotundamente a ello.

No quería líos que pudieran proporcionarle desagradables consecuencias...

- Ja, ja, ja, meine liebling, Hotelkellners ja, aber diessem kellners nein... (querida, camareros del Hotel sí, pero estos no...) - Erika decidió acatar, por esta vez, y sin que sirviera de precedente, las juiciosas órdenes, o buenos consejos, de Klaus, conformándose con dar, ella solita, todo un gran recital de danza afro-cubana amenizada por los sensuales movimientos de sus caderas y pectorales.


Ahora, a la joven, le dolía mucho la cabeza.

Habían mezclado tantas bebidas que la frente parecía que  iba a estallarle. Los jóvenes se levantaron tarde, es decir ya bien entrado el día, por lo que Klaus y Prubí comenzaron las clases pasadas las doce de la mañana.

Por fin, Erika que llegó la última, se quitó la ropa, las gafas de sol y las dejó en una bolsa, bajo un pequeño pino, junto al varadero. Con los ojos enrojecidos, y toda desnuda, se lanzó al agua... Le haría bien.

Prubí venía nadando hacia la orilla con la careta puesta y mirando hacia las rocas del fondo. Al salir creyó que Erika aún no había llegado. Estaría durmiendo la mona, pensó. No había visto como la joven se zambullía. Aprovecharía para llegarse hasta su cueva.

Cuando Erika sacó la cabeza del agua contempló a Prubí alejándose por la orilla. No lo llamó. Vio como el catalán, a un trecho de caminar por entre las rocas, comenzó a subir la ladera de un montículo rocoso... ¿A dónde iría...?

Hubo un momento en que Prubí hizo ademán de girarse pero Erika se sumergió en las verdes aguas para que no la viera. Cuándo emergió tampoco vio al catalán por ningún lado... ¡Qué raro!, pensó la joven. Aquella ladera era muy despejada, casi lisa, con sólo piedras y matojos. Sin  grandes matas, ni rocas tras las que poder ocultarse. Era casi imposible que..., Sin embargo, en un par de segundos, los que ella estuvo sumergida, el señor don Gorgue, había desaparecido por completo...

Aquello parecía cosa de magia.

Sacudió su cabecita y la introdujo otra vez en el agua, a fin de espabilarse, ¿o lo habría soñado...? Miró de nuevo y de Prubí no se veía ni rastro.

Ante aquel insólito hecho consideró que podía haber sido un simple fenómeno óptico debido a la falta, o a la insuficiencia, de descanso. Y quizás, y debido a esa falta de un sueño reparador, aquel fuerte sol mediterráneo trastornó su mente...

Lo más probable, es que necesitara dormir un par de horas más. 

Al salir del agua sacó de la bolsa una toalla que extendió sobre el cemento que conformaban las guías del varadero, junto a las rocas, y se echó sobre ella. Estaba completamente desnuda y la única prenda que llevaba sobre sí eran sus gafas oscuras, para protegerse de la fuerte luz  pero al poco rato notó que ese tenue anaranjado que suele percibirse de cara al sol, aún teniendo los párpados cerrados, se ensombrecía, y la joven pensó si sería don Gorgue el que estaba, otra vez, ante ella interceptándola la luz. Se estiró coqueta elevando el busto con el fin de excitarlo. Ya no le temía y no creía que Prubí, la joven desconocía las dolencias de éste, la hiciera ciertas proposiciones. Últimamente también notó que parecía algo más frío, más distanciado, o  más indiferente hacia ella que en aquel primer, y movido encuentro, cuando se conocieron en Ca'n Cardaitx. En el fondo le hubiera gustado inflamarlo de nuevo. Jugaría con él. Se desperezó y se acarició los tersos senos mientras entreabría los ojos para ver el efecto que causaba en don Gorgue, como ella le llamaba.

¡Y cuál sería su enorme sorpresa al ver ante ella a don Mario, el maestro...!



 

 



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  Autores

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·
León Burgos, Miguel
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Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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