Las relaciones entre el maestro, y la maestra
fueron de lo más íntimo pero no todo lo perfectas, o más
bien completas, que el maestro hubiera querido.
Ni tampoco como la maestra hubiera deseado.
Él quería a toda costa ahondar en lo más profundo
de la joven, y no sólo en su alma, y ella se dejaba besar,
y acariciar, pero hasta cierto límite pues no quería que
se le pusieran los pechos pochos, con el sobeo, y, sobre
todo, y eso lo tenía bien claro, no se dejaba socavar. (Barrinar
en buen mallorquín). Decía que Klaus, su marrido,
solía permitirle
ciertas libertades pero en cuanto a ser permisiva hasta
el punto de que la profundizasen, nanay de la China.
- Tú tocar very suave y no como estrujar
limones...-
A Erika le hubiera gustado que don Mario, por
ejemplo, se la hubiera llevado a bailar pero éste,
muy pasado para esos trotes, cargado de prejuicios, y era
de comprender casado como estaba, prefería más, para sus
libidinosas apetencias, la comodidad y la intimidad de una
alcoba y, a ser posible, a oscuras.
También le hubiera gustado a la joven que don Mario
se la llevara a tomar los baños pero él decía que en la
playa podrían encontrarse con gente del pueblo, y que si
la llevara a las rocas nunca faltaría algún pescador de caña, de los que frecuentaban
aquellas costas, que podría reconocerlo...
- Pez magíster ser very aburrido...-
Y por muchas explicaciones que don Mario Gayá
la diera ella no se dejaba manosear a discreción, ni profundizar
a fondo.
Ello hizo un efecto contrario en el maestro
que en vez de sentirse despechado, o enfadarse, se enamoraba
más y más de la alemanita, una maestra consumada en el dar
y no dar. Estaba, lo que ordinariamente se dice, encoñado,
y hasta la médula. Pero ella, acostumbrada a tomar sus baños
de mar, o su sol de España, cuando le apetecía, o a ir a
bailar, o a retozar con su Klaus, u con otro mozo, si se
le ponía a tiro, o si se terciaba, el tedio la consumía
y éste comenzaba a hacer mella en su inconstante, vacía,
y hermosa cabecita...
Así es que comenzó por ser impuntual a las
citas con el maestro y acabó por no acudir a ellas.
Don Mario, se había disfrazado y no, exactamente,
para ir a un baile de carnaval. Desde unos días acá, la
hermosa alemana, sin dejar su coquetería, ni su juego
del estira y afloja, del toma y no, le esquivaba.
El maestro tenía aún la débil esperanza de volverla a ver.
Sabía que, por las noches, solía acudir con Klaus a Cala-Ratjada
y él ya casi se conformaba tan sólo con admirarla, aunque
fuese de lejos. El día anterior tuvo el efímero placer de
verla pero, también, el gran dolor de no poder expresar
a la joven que estaba loco por ella, que la amaba, y que
la deseaba con todas las fuerzas de su corazón...
¡Que cambio se hizo en su persona desde que
conoció a la tentadora joven! ¡Cómo la deseaba ahora y que
poco meditaba sus actos! Él era muy consciente de que no
obraba bien.
Miró hacia su interior y se daba cuenta del
ridículo que aquella situación le ponía ante los demás,
y ante sí... Iba por Cala-Ratjada vestido con un florido
mambo, unas gafas oscuras en plena noche, y una boina encasquetada
sobre su calva cabeza.
Aunque trataba que no le reconocieran, en su
triste papel de enamorado, la verdad era que ni él mismo
se reconocía. Tampoco los que le habían tratado, sus alumnos,
los contertulios del Casino, sus buenos amigos, incluso
hasta su propia esposa, hubieran sospechado jamás que, bajo
aquella pátina de desenfadado cinismo, y del que don Mario
siempre hizo gala, sobre todo al hablar del sexo opuesto,
se escondía un infeliz sin pizca de la más elemental experiencia
sobre el particular. Cual vulgar ratoncillo había caído
atrapado ante aquel tentador señuelo que, en forma de mujer,
el muy nefasto Prubí le puso delante...
Dobló una de las calles transversales a la
principal y veía como la luz de las farolas se introducía
en sus lagrimosos ojos alargándose en luminosas estrías.
Eran lágrimas acumuladas sobre sus párpados y que pugnaban
por salir. Por fin resbalaron ardientes por sus mejillas.
Lloró desconsoladamente y hipando como un niño.
Reconocía que la causa de la falta de dominio sobre sí debíase
a su propia culpa, a su lujuriosa e incontrolada pasión,
y no a otra cosa. ¡Cómo pudo haber caído tan bajo...! Erika
lo trastornó desde la primera vez que la vio.
¡Cómo pudo haber perdido la cabeza ante aquella
mujer que, por tentadora que fuera, probablemente era una
vulgar aventurera, pero más experimentada, a pesar de su
insultante juventud, en ciertas lides y, además casada!
¡También él estaba casado...! Mayor infamia ya no cabía,
ni mayor ridículo e ignominia, tampoco.
Se apoyó en la pared para no caer. Había bebido
más de la cuenta. Frecuentaba bares de extranjeros para
evitar ser reconocido por la gente del pueblo...
Él, antes tan digno y, ahora, tan sin moral.
Oyó las incontenidas risas de una pareja que
pasó por su lado. Se reían, con toda seguridad, de él...
¡Qué sabrían aquellos pipiolos por lo que pasaba
su destrozada alma...!
Vomitó...
Tenía un gran remordimiento de conciencia,
cosa de la que Erika, con toda probabilidad, carecía. La
joven era así, más bien despreocupada, pero la gran pasión
que sentía por ella echó a rodar sus más elementales
principios y, también, su bienhomía, y su dignidad.
Aquella locura, en la que se había embarcado,
era un infranqueable laberinto que superaba todo posible
razonamiento.
La tarde comenzaba a declinar y los parasoles
del Bar Orient ya no proyectaban su sombra sobre la plaza.
El sol, que ya no pegaba en ella, dejaba correr,
libre de sus ardientes rayos, una ligera brisa que
aliviaba, en parte, la agobiante humedad de aquel bochornoso
día de Julio.
El boticario, sentado ante una de las mesas,
en el exterior del local, había llegado el primero. En su
cara se reflejaba un gesto de gran preocupación. Y no era
para menos. Pensaba en su amigo y compañero don Mario. La
noche anterior, según un vecino del maestro, un coche patrulla
de la policía local lo trajo a su casa y, según los vecinos,
en un estado bastante deplorable...
Vio acercarse al Alcalde y al Secretario. Más
tarde apareció el médico al que siguieron el telegrafista
y el llamado Sancho, luego don Antonio, el Juez de Paz...,
en ese orden. Se sentaban a medida que iban llegando, unos
al lado del boticario, y otros frente a él.
Sobraban las palabras.
Todos estaban enterados de la denigrante
noticia y el silencio parecía unirlos. Por fin, el boticario,
que era por lo general el que solía llevar la voz cantante,
dijo:
- Lo que está ocurriendo es en verdad muy extraño
y lo peor es que no tenemos pruebas, mas sabemos todos quién
es el que maneja los hilos de esta trama macabra e infernal.
- Lo sospechamos, don Miguel, lo sospechamos.
No nos adelantemos en hacer acusaciones sin bases, ni unos
fundamentos que las hagan verosímiles, sólidas, ciertas,
o fiablemente seguras. -
- ¡Pero don Toni, quién si no! ¿Quién cree
Ud. que entró en mi jardín para cortarle las orejas a mi
buen Napoleón? Y me consta que también entró en mi propia
casa...
- ¿Tiene pruebas de ello, don Miguel, o son
sólo imaginaciones suyas...? - Volvió a intervenir don Antonio,
el juez.
- ¿Quién si no, también, me dejaría un recuerdo
en el frutero que hace de centro en la mesa del comedor?
Bueno, que hacía; lo hemos tirado a la basura.
- ¿Un recuerdo...? - volvió a preguntar el
juez.
- ¿Qué clase de recuerdo? - preguntó el médico.
- No lo dije, a la Guardia Civil, ni a la policía,
para no ser la comidilla, ni el hazmerreír, de todo el pueblo.
Ese hombre es sumamente peligroso. Hizo una deposición en
el frutero aludido, el que hace de centro en el comedor
de mi casa y, lo mismo que hizo eso, y cortó las orejas
a Napoleón, también pudo habérmelas cortado a mí, o degollado
a mi señora... Estoy muy intranquilo y, a decir verdad,
tengo miedo. Desde hace varios días ese mismo hombre
se comporta de manera extraña. Se sienta con nosotros como
si perteneciera, ya, a nuestro Círculo... Intenta someternos
a sus peregrinos criterios y está en contra de todo lo nuestro.
Nos tildó de pasotas a todos los de aquí, conformistas,
y no sé que más. A Mallorca la llamó la tierra del
Amén.
- Sí, - dijo el médico que de cultura, y a
pesar de ser un hombre de carrera, no andaba muy boyante
- creo que en Mallorca, durante la dominación árabe, hubo
un visir llamado Amén nosecuantos...
- Recordad, -continuó el boticario haciendo
caso omiso del inoportuno inciso - antes de la desgracia
que ahora nos aflige, ¡pobre Mario!, la despótica forma
que tiene Prubí de tratarlo. ¡Para qué contar! Su despectivo
gesto de complicidad, cuando le dirige la palabra, su prepotencia.
¡Cuán mal hicimos en enviar a nuestro amigo a espiar al
catalán ése! -
El boticario agachó la cabeza profundamente
apenado, y el Secretario añadió:
- ¡Sí, pobre amigo Mario..., fue a por lana
y nos lo han devuelto trasquilado; y sin aquella personalidad
que tanto le distinguía!-
- Y anoche, bueno, - dijo preocupado el alcalde-
lo de la pasada noche, por los informes que tuve, fue terrible:
lo llevaron a su casa hecho una verdadera piltrafa, un miserable
guiñapo. No creo que vuelva a ser nunca más el de antes.
En el pueblo hablan de ello y no acaban...-
- ¡Él que siempre fue una persona tan digna
y respetada! - exclamó Sancho.
- ¡Silencio... Por allí viene Prubí! ¡Y acompañado,
por cierto! - avisó don Juan, el telegrafista.