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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo VIII

Las relaciones entre el maestro, y la maestra fueron de lo más íntimo pero no todo lo perfectas, o más bien completas, que el maestro hubiera querido.

Ni tampoco como la maestra hubiera deseado.

Él quería a toda costa ahondar en lo más profundo de la joven, y no sólo en su alma, y ella se dejaba besar, y acariciar, pero hasta cierto límite pues no quería que se le pusieran los pechos pochos, con el sobeo, y, sobre todo, y eso lo tenía bien claro, no se dejaba socavar. (Barrinar en buen mallorquín). Decía que Klaus, su marrido, solía  permitirle ciertas libertades pero en cuanto a ser permisiva hasta el punto de que la profundizasen, nanay de la China.

- Tú tocar very suave y no como estrujar limones...- 

A Erika le hubiera gustado que don Mario, por ejem­plo, se la hubiera llevado a bailar pero éste, muy pasado para esos trotes, cargado de prejuicios, y era de comprender casado como estaba, prefería más, para sus libidinosas apetencias, la comodidad y la intimidad de una alcoba y, a ser posible, a oscuras.  También le hubiera gustado a la joven que don Mario se la llevara a tomar los baños pero él decía que en la playa podrían encontrarse con gente del pueblo, y que si la llevara a las rocas nunca faltaría algún  pescador de caña, de los que frecuentaban aquellas costas, que podría reconocerlo...

- Pez magíster ser very aburrido...- 

Y por muchas explicaciones que don Mario Gayá la diera ella no se dejaba manosear a discreción, ni profundizar a fondo.

Ello hizo un efecto contrario en el maestro que en vez de sentirse despechado, o enfadarse, se enamoraba más y más de la alemanita, una maestra consumada en el dar y no dar. Estaba, lo que ordinariamente se dice, encoñado, y hasta la médula. Pero ella, acostumbrada a tomar sus baños de mar, o su sol de España, cuando le apetecía, o a ir a bailar, o a retozar con su Klaus, u con otro mozo, si se le ponía a tiro, o si se terciaba, el tedio la consumía y éste comenzaba a hacer mella en su inconstante, vacía, y hermosa cabecita...

Así es que comenzó por ser impuntual a las citas con el maestro y acabó por no acudir a ellas.


Don Mario, se había disfrazado y no, exactamente, para ir a un baile de carnaval. Desde unos días acá, la hermosa alemana, sin dejar su coquetería, ni su juego del estira y afloja, del toma y no, le esquivaba. El maestro tenía aún la débil esperanza de volverla a ver. Sabía que, por las noches, solía acudir con Klaus a Cala-Ratjada y él ya casi se conformaba tan sólo con admirarla, aunque fuese de lejos. El día anterior tuvo el efímero placer de verla pero, también, el gran dolor de no poder expresar a la joven que estaba loco por ella, que la amaba, y que la deseaba con todas las fuerzas de su corazón...

¡Que cambio se hizo en su persona desde que conoció a la tentadora joven! ¡Cómo la deseaba ahora y que poco meditaba sus actos! Él era muy consciente de que no obraba bien.

Miró hacia su interior y se daba cuenta del ridículo que aquella situación le ponía ante los demás, y ante sí... Iba por Cala-Ratjada vestido con un florido mambo, unas gafas oscuras en plena noche, y una boina encasquetada sobre su calva cabeza.

Aunque trataba que no le reconocieran, en su triste papel de enamorado, la verdad era que ni él mismo se reconocía. Tampoco los que le habían tratado, sus alum­nos, los contertulios del Casino, sus buenos amigos, incluso hasta su propia esposa, hubieran sospechado jamás que, bajo aquella pátina de desenfadado cinismo, y del que don Mario siempre hizo gala, sobre todo al hablar del sexo opuesto, se escondía un infeliz sin pizca de la más elemental experiencia sobre el particular. Cual vulgar ratoncillo había caído atrapado ante aquel tentador señuelo que, en forma de mujer, el muy nefasto Prubí le puso delante...

Dobló una de las calles transversales a la principal y veía como la luz de las farolas se introducía en sus lagrimosos ojos alargándose en luminosas estrías. Eran lágrimas acumuladas sobre sus párpados y que pugnaban por salir. Por fin resbalaron ardientes por sus mejillas.

Lloró desconsoladamente y hipando como un niño. Reconocía que la causa de la falta de dominio sobre sí debíase a su propia culpa, a su lujuriosa e incontrolada pasión, y no a otra cosa. ¡Cómo pudo haber caído tan bajo...! Erika lo trastornó desde la primera vez que la vio.

¡Cómo pudo haber perdido la cabeza ante aquella mujer que, por tentadora que fuera, probablemente era una vulgar aventurera, pero más experimentada, a pesar de su insultante juventud, en ciertas lides y, además casada! ¡También él estaba casado...! Mayor infamia ya no cabía, ni mayor ridículo e ignominia, tampoco.

Se apoyó en la pared para no caer. Había bebido más de la cuenta. Frecuentaba bares de extranjeros para evitar ser reconocido por la gente del pueblo...

Él, antes tan digno y, ahora, tan sin moral.

Oyó las incontenidas risas de una pareja que pasó por su lado. Se reían, con toda seguridad, de él... ¡Qué sabrían aquellos pipiolos por lo que pasaba su destrozada alma...! 

Vomitó...

Tenía un gran remordimiento de conciencia, cosa de la que Erika, con toda probabilidad, carecía. La joven era así, más bien despreocupada, pero la gran pasión que sentía por ella echó a rodar sus más ele­mentales principios y, también, su bienhomía, y su dignidad.

Aquella locura, en la que se había embarcado, era un infranqueable laberinto que superaba todo posible razonamiento.


La tarde comenzaba a declinar y los parasoles del Bar Orient ya no proyectaban su sombra sobre la plaza. El sol, que ya no pegaba en ella, dejaba correr,  libre de sus ardientes rayos, una ligera brisa que aliviaba, en parte, la agobiante humedad de aquel bochornoso día de Julio.

El boticario, sentado ante una de las mesas, en el exterior del local, había llegado el primero. En su cara se reflejaba un gesto de gran preocupación. Y no era para menos. Pensaba en su amigo y compañero don Mario. La noche anterior, según un vecino del maestro, un coche patrulla de la policía local lo trajo a su casa y, según los vecinos, en un estado bastante deplorable...

Vio acercarse al Alcalde y al Secretario. Más tarde apareció el médico al que siguieron el telegrafista y el llamado Sancho, luego don Antonio, el Juez de Paz..., en ese orden. Se sentaban a medida que iban llegando, unos al lado del boticario, y otros frente a él.

Sobraban las palabras.

Todos estaban enterados de la deni­­­­­­­­grante noticia y el silencio parecía unirlos. Por fin, el boticario, que era por lo general el que solía llevar la voz cantante, dijo:

- Lo que está ocurriendo es en verdad muy extraño y lo peor es que no tenemos pruebas, mas sabemos todos quién es el que maneja los hilos de esta trama macabra e infernal. 

- Lo sospechamos, don Miguel, lo sospechamos. No nos adelantemos en hacer acusaciones sin bases, ni unos fundamentos que las hagan verosímiles, sólidas, ciertas, o fiablemente seguras. -

- ¡Pero don Toni, quién si no! ¿Quién cree Ud. que entró en mi jardín para cortarle las orejas a mi buen Napoleón? Y me consta que también entró en mi propia casa...

- ¿Tiene pruebas de ello, don Miguel, o son sólo imaginaciones suyas...? - Volvió a intervenir don Antonio, el juez.

- ¿Quién si no, también, me dejaría un recuerdo en el frutero que hace de centro en la mesa del comedor? Bueno, que hacía; lo hemos tirado a la basura.

- ¿Un recuerdo...? - volvió a preguntar el juez.

- ¿Qué clase de recuerdo? - preguntó el médico.

- No lo dije, a la Guardia Civil, ni a la policía, para no ser la comidilla, ni el hazmerreír, de todo el pueblo. Ese hombre es sumamente peligroso. Hizo una deposición en el frutero aludido, el que hace de centro en el comedor de mi casa y, lo mismo que hizo eso, y cortó las orejas a Napoleón, también pudo habérmelas cortado a mí, o degollado a mi señora... Estoy muy in­tranquilo y, a decir verdad, tengo miedo. Desde hace varios días ese mismo hom­bre se comporta de manera extraña. Se sienta con nosotros como si perteneciera, ya, a nuestro Círculo... Intenta someternos a sus peregrinos criterios y está en contra de todo lo nuestro. Nos tildó de pasotas a todos los de aquí, conformistas,  y no sé que más. A Mallorca la llamó la tierra del Amén.

- Sí, - dijo el médico que de cultura, y a pesar de ser un hombre de carrera, no andaba muy boyante - creo que en Mallorca, durante la dominación árabe, hubo un visir llamado Amén nosecuantos...

- Recordad, -continuó el boticario haciendo caso omiso del inoportuno inciso - antes de la desgracia que ahora nos aflige, ¡pobre Mario!, la despótica forma que tiene Prubí de tratarlo. ¡Para qué contar! Su despectivo gesto de complicidad, cuando le dirige la palabra, su prepotencia. ¡Cuán mal hicimos en enviar a nuestro amigo a espiar al catalán ése! -

El boticario agachó la cabeza profundamente apenado, y el Secretario añadió:

- ¡Sí, pobre amigo Mario..., fue a por lana y nos lo han devuelto trasquilado; y sin aquella personalidad que tanto le distinguía!-

- Y anoche, bueno, - dijo preocupado el alcalde- lo de la pasada noche, por los informes que tuve, fue terrible: lo llevaron a su casa hecho una verdadera piltrafa, un miserable guiñapo. No creo que vuelva a ser nunca más el de an­tes. En el pueblo hablan de ello y no acaban...-

- ¡Él que siempre fue una persona tan digna y respetada! - exclamó Sancho. 

- ¡Silencio... Por allí viene Prubí! ¡Y acompañado, por cierto! - avisó don Juan, el telegrafista.



 

 



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  Autores

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Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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