- La Nuria está muy enfadada con Ud., Sr. Prubí...-
Le decía su madre política mientras cocinaba.
Don Jorge Prubí, sentado en una banqueta bebía un vaso de
vino tinto, elaborado en la villa de Petra, y junto a la
gran mesa de madera de olivo que atravesaba, casi de parte
a parte, la rústica y amplia cocina. El gato ronroneaba,
sin ninguna causa aparente, junto al apagado llar.
- No sé qué motivos pueda tener su hija para
ello, señora Monsolá. En el pueblo, y Ud. lo sabe, suelen
decirse muchas cosas y pocas verdades. -
Suegra y yerno se hablaban siempre de Ud. suprimiendo
el tuteo. Aunque aparentemente se tenían un profundo respeto
era, más bien ya, entrambos, una vieja costumbre.
- ¡Ay, sí! Ya lo puede decir Sr. Prubí.
-
- Son las envidias, doña Monse, ¿sabe Ud.?, no pueden consentir que la
Nuria y yo nos llevemos bien, y harían todo lo posible para
separarnos... ¡Nos ven tan felices! La verdad es que su
hija y yo hacemos un matrimonio modélico...
- La gente es muy mala y Ud., señor Prubí,
¡es tan bueno...! - había como algo de ironía en sus palabras...
- Menos mal que Ud. es de las pocas personas
que lo reconoce... ¡Ay, si no fuera que aún queda algún
ángel como Ud., señora Monsolá, no valdría la pena
vivir!- don Jorge tampoco le iba a la zaga en cuanto
a dar coba, y a mordacidad...
- Voy a poner la mesa. He oído la puerta. Prepárese
señor Prubí..., la Nuria ya está en la casa... -
Ahora en vez de ironía había un poco de mala
uva, sic mala leche, en las palabras de la señora
Monsolá...
-¿Prepararme para qué...?- Y de alarma en las
de Prubí.
- ¡Para comer, hombre, para comer!¿Para qué
sino? - La buena mujer sonreía, socarrona, al ver
la inquietud de su yerno, cuando entró la Nuria en la cocina.
Ésta venía cargada con la cesta de la compra que dejó junto
a la despensa. Por la expresión de su cara, Prubí, ya se
esperaba la andanada:
- ¡Vaya, vaya, a quién tenemos aquí! ¡Nada
menos que al pródigo de mi marido, al gran ausente del hogar
e irresistible tenorio de las calas mallorquinas!
-“Y bien preparada que la tenía”. Pensaba don
Jorge Prubí. “Palabras muy escogidas, y rumiadas mucho antes
de soltarlas”.
- Noia, déjame que te explique... -
-Ni noia, ni nada, a mí no me vengas
con romançus..., que te conozco, Nano. -
La Nuria se lo miraba con los brazos en jarras,
y la mirada cargada de reproches.
Fue entonces cuando intervino la señora
Monsolá...
- No seas tan dura con el señor Prubí.
La gente, en este pueblo, es muy maldiciente... - terció
la madre política del catalán tratando de defender a su
contrito yerno.
- ¡Ud. a callar, madre, que nadie le ha dado
vela en este entierro porque entierro va a ser si es verdad
todo lo que me han contado de este sinvergüenza! -
Prubí se miraba la conformación craneal
de la Nuria y pensó que, en su iniciada colección de cráneos
preferentes, aún no había llegado a considerar la no menos
interesante perspectiva de poseer uno de mujer. También
pensó en Erika. ¡Eso es!
La Nuria primero y la alemanita después, después
de cepillársela, desde luego.
O primero ésta, y luego la Nuria.
A su mujer la necesitaba muchísimo más y, si
no, ¿quién le zurciría los calcetines en el crudo y frío
invierno, le plancharía la ropa, o haría la compra del condumio
diario, o llevaría la tienda, o la casa, o le traería el
periódico de la mañana, o le daría el desayuno, la comida
y la cena, o le prepararía el baño los domingos, o cuidaría
cuando tuviera la gripe, le llevaría las cuentas de la casa,
le haría los ingresos en el banco, o le pagaría los recibos
de la luz, del teléfono, o el del alquiler de la vivienda,
o los plazos de la lavadora, o de la televisión?
¡Y tantas, y tantas cosas más...!
Y todo eso para que él pudiera dedicar más
tiempo a la espeleología o a su pasión favorita: la pesca
submarina. O, porqué negarlo, a sus devaneos por la costa.
Quizás, caso de faltarle la Nuria, la
señora Monsolá la supliera en ciertas cosas, pero
lo más probable es que, de no estar su hija, se marchara
también a Mollerusa, su pueblo. Ella, por su edad. también
necesitaba que la cuidaran más que a él y, aunque eso le
tenía sin cuidado, era una realidad a tener en cuenta.
Así y todo eran duros dilemas para un hombre
de tan tiernos sentimientos como él...
La tarde comenzaba a languidecer cuando Prubí
salió de su casa. Dirigió los pasos hacia la plaza de l’Orient
y, cuando bajaba por la calle principal, en el portal de
su tienda vio sentado, tomando la fresca, a Tomeu
Coxet.
-¡Muy buenas tardes tenga Ud. don Jorge!
¡Ah..., y permítale darle mi más cordial enhorabuena! Me
han dicho que la otra noche pescó en la Font de la Cala
una pieza que hacía más de cuarenta kilos...
-La gente suele exagerar un poco las cosas,
¡hay tanto chafardero por ahí! ¡Oi! ¿No seréis vos
uno de ellos, l'amo 'n Tomeu...? - Preguntó
don Jorge Prubí con su torcida sonrisa
al tiempo que ésta hacía brillar su diente postizo
a la luz de las
recién encendidas farolas.
- Yo sólo me limito a decir lo que ayer me
contaron, don Jorge..., no he querido ofenderle-
repuso muy serio ‘n Tomeu Coxet.
- Pues le han engañado miserablemente porque
esa pieza, que por cierto resultó ser una hermosa sirena,
pez que no abunda por estos lares, ni por estos mares, con
culo y tetas debía pesar, por lo menos, unos cincuenta y
seis kilos y medio... Bueno, kilo más o kilo menos. No todo
el mundo puede pescar una cosa así, ¿no cree Vd. l’amo
‘n Tomeu?
- Gracias, de todas formas -continuó Prubí-
por su efusiva felicitación, y que desde luego me merezco,
así como también, y no lo olvide, su debido respeto hacia
mí...-
El catalán, altivo, siguió su camino y supuso,
y bien supuesto, que había dejado las cosas claras, y con
dos palmos de abierta boca al tal Coxet.
Cuando llegó a la plaza vio sentados, junto
al Bar Orient,
al Secretario del Ayuntamiento, al maestro, al
Juez de Paz y al telegrafista. Ya había anochecido del todo
y las estrellas titilaban. Pronto aparecería la luna tras
es Puig de ses Penyes(*1). A pesar del bochorno,
de aquel caluroso día de Julio, el aire, algo más fresco,
de la noche era de agradecer...
-¡Hombre, don Jorge, amigo...! ¡Acérquese
y siéntese aquí con nosotros!-
Era el maestro, don Mario, Gayá quién le saludaba
tan efusivamente y con el tratamiento de don, cosa
que extrañó sobremanera a Prubí, e hizo que, receloso, se
pusiera en guardia pues le pareció ver, otra vez, sonrisitas
equívocas en los rostros de los demás contertulios.
Pero hubiera sido una cobardía y una equivocación,
por su parte, no acceder a la inesperada invitación aunque
suponía que ésta encerraba la mala intención, por parte
de todos ellos, de sonsacarle para reírse a su costa y no
la de admitirle, ni mucho menos, en el seno de aquel Círculo
de preclaros hijos de la Villa, por llamarlos de
una manera más suave.
Al poco rato se sentó junto a ellos el boticario,
que era el más malicioso de todos; pero fue el maestro,
el que tenía más mala uva, quien le dijo:
- Hoy le vamos a conceder la palabra a nuestro
buen amigo el Sr. don Jorge Prubí para que nos diga
cómo se las apaña para tener tan distinguidas amistades.
Sí, querido don Jorge, porque no me negará que la
señora, o la señorita, que le saludó el otro día, no es
de lo más distinguido, y con mucho, de lo que se ve por
ahí... -
Prubí, que tenía más escamas que un sardo viejo,
les veía venir y se creía preparado para responder, y aguantar,
el chaparrón de preguntas, e indirectas, que parecían venírsele
encima...
- ¡Y que lo diga Ud. Don Mario! - corroboró
el boticario a las palabras del maestro poniendo un profundo
énfasis a las suyas - ¡Tan distinguida que llamaba la atención! ¡Qué hermosura de mujer! ¡Qué andares,
qué cuerpo! ¡Qué te..., qué le voy a decir! - añadió con
el mayor entusiasmo.
- Son un matrimonio de turistas - interrumpió
don Jorge que ya comenzaba a impacientarse, y tratando de
aclarar la situación - que se han empeñado en que les enseñe
a pescar... Son buena gente... -
- ¡Y tan buena, sobre todo ella! - Exclamó
el maestro guiñando un ojo a los demás. Y siguió Prubí:
- Pues como usted, don Mario, según me dijo
ella, el día que me fue presentada, también se dedica a
la enseñanza, allá en su tierra. -
- ¿También enseña...? - preguntó el maestro.
- Según los informes que me llegaron hace un
par de días -terció el boticario- a más de docente es decente,
pues, aunque las enseña, tiene tan celosas sus notas que
no se las deja ni tocar... Esas notas o apuntes, que apuntan
muy alto, por cierto, y que suele guardar tan celosamente,
son de lo más notorio,
y sobresaliente, de su persona.-
- ¡A la vista, a la vista, estaban! - Exclamó
de nuevo el maestro. Prubí, que ya no podía más pues aquella
conversación y malévolos comentarios parecían todo un ataque
en regla a su intimidad personal, repuso:
- Cuándo hablan Uds. de sus notas, o apuntes,
se deben referir, supongo, a sus tetas, ¿no es así? -
- Por favor, señores, tengamos la fiesta en
paz... - intervino el Juez de Paz haciendo honor
a su cargo. -
- Seamos comedidos; el Sr. Prubí nos va a perder
el concepto, y con toda razón del mundo...- añadió.
- ¡Hombre, don Jorge, -prosiguió don
Mario- no nos sea tan susceptible...! ¡No se habrá enfadado
Ud.! ¿verdad?... Estamos entre hombres. Entre personas adultas
y no adúlteras, ¿o no? ¿A cuáles de esos dos tipos pertenece,
don Jorge? Porque nos consta, y de buena tinta, que
Ud. intentó darles un repaso a fondo a esas aludidas notas,
o lo que sean, y en un romántico entorno, preparado, también,
por Ud. mismo...
- Es Ud. un pillín, - prosiguió don Mario Gayá
- o algo muchísimo peor, créame amigo Prubí. Piense que
esa joven no debe tener mucho más de veinte años y Ud.,
Ud. es un zorro viejo, un sátiro comparado con esa hermosa
sabina.
Don Jorge Prubí no supo que contestar a todas
aquellas verdades y que a él, en su controvertida y elástica
moral, le sonaron cual ofensivas palabras. Se arrellanó
en la butaca de mimbre, entornó los ojos y, a través de
ellos, fue fijándose en la conformación craneal de todos
aquellos entrometidos, y malévolos, individuos..., sobre
todo en la del maestro... Cuando acabaron las risas se levantó
y, sin hacer ni el más mínimo comentario sobre las críticas
ignominiosas e insultantes palabras que el maestro había
vertido sobre su persona, se marchó. Las carcajadas le siguieron
calle arriba.
Poco después se sentó en el Bar de C’an
Patilla, en Sa Creu(*2), e hizo como que leía
el periódico pero en vez de leer rumiaba la forma de vengarse
de aquella gente, tan dispuesta, siempre, a vejarle.
¡Qué coño debería importar a aquél atajo de
falsos moralistas lo que él hacía, o dejaba de hacer en
su tiempo libre! ¡Ya no se conformaban con criticarle a
sus espaldas sino que ahora le atacaban de manera tan abierta,
y sin ninguna consideración...Se acordarían de él, o mejor
dicho: Algunos
de ellos, ni siquiera eso...
Pidió un café. Lo iba a necesitar más tarde.
A medida que se calmaba y con el consuelo de
que la venganza era un placer de dioses, y él era un dios,
una especie de Neptuno actualizado, o sea, sin tridente
pero con arpón, fue entrando en la lectura y acabó por leerse
el periódico de cabo a rabo. Prefería que al llegar a casa
su mujer se hubiera acostado ya...
En efecto, cuando Prubí llegó a su hogar era
tarde. Abrió con sigilo la puerta para no despertar a su
familia. Aparte de algún entrecortado ronquido que partía
del dormitorio de la Nuria, el silencio era casi absoluto.
En la cocina encontró un trozo de sobrasada, una rodaja
de queso mahonés, pan, y media botella de vino tinto...
El gato se lo miró cual si de un intruso se tratara pero,
Prubí, sin hacer el menor caso al despectivo minino, se
dispuso a dar buena cuenta de aquella frugal pero apetitosa
cena...Tenía hambre.
Una vez que hubo terminado de cenar puso los
platos y los cubiertos en el fregadero, retiró todo lo demás
que colocó en la despensa, los desperdicios en el cubo de
la basura y luego plegó el mantel. De una estantería sacó
un mortero y de su bolsillo un sobre que contenía unas pastillas
que puso en la cavidad
del recipiente. Las machacó, a mala conciencia y
bien machacadas, hasta convertirlas en un finísimo polvillo
blanco. Tomó un frasco de Friscas, la comida del
gato, y un trozo de bistec que sacó de la rústica
nevera, y todo ello, junto con una porción de las trituradas
pastillas, lo introdujo en la trituradora de la carne. Por
último envolvió aquella especie de hamburguesa en un papel
de estraza y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.
Cuando salió de la casa la luna daba sobre
don Jorge Prubí alargando su tétrica sombra. Proyectada
ésta, sobre el suelo de la calle, parecía portar, en una
de sus manos, una gran navaja de afeitar. Se paró junto
al jardín del boticario.
Antes de irse a dormir, el bueno de don
Jorge, puso en el comedero del gato un par de orejas
caninas. Éste dio un bufido y Prubí, después de apagar la
luz de la cocina y mientras se retiraba a descansar, oía
como el negro minino mascaba con parsimonia, y haciéndolos
crujir en el silencio de la noche, los dos
cartílagos auditivos de uno de sus más ancestrales
enemigos.
La noticia, por lo insólita, ya que en la localidad
de Capdepera no dejaba de ser todo un acontecimiento, se
extendió por la Villa, y por toda la comarca, como un reguero
de pólvora...Durante todo el santo día fue la comidilla
del pueblo. Unos se lo tomaron a chirigota, por lo que de
jocoso que les resultaba aquel hecho, otros, incluso, hasta
se alegraron. Siempre hay quién se alegra del mal ajeno,
mientras que muchos, también poseedores de perros, desaprobaron
aquella broma que les pareció de muy mal gusto. La cosa
comenzó por la mañana cuando el boticario llevó en brazos al desangrado perro, y
que, sin orejas, parecía una nutria, hasta el consultorio
del nuevo veterinario... Éste, ya lavadas las heridas, desinfectadas,
y vendada la cabeza del pobre animal, dijo:
- Ha sido un corte muy limpio...
- ¿Un corte muy limpio...?¿cómo se atreve?
- preguntó el indignado boticario- Yo diría que ha sido
una faena, y muy sucia...-
Pero al llegar la tarde fue la apoteosis:
Nimios sucesos que atañían al pueblo, a sus
vecinos, o a su convivencia, solían adquirir, por lo general,
unas desmesuradas dimensiones que distaban, muy mucho,
en interés, y magnitud, con otros acontecimientos
que ocurrían fuera de la Villa, ya fueran de ámbito estatal,
o internacional, y bastante más importantes que el haber
dejado a un can, de dudoso pedigrí, sin sus órganos auditivos.
Incluso cosas que ocurrían entre
veraneantes de la Colonia veraniega en el cercano
puerto, tenían para los del pueblo mucho menos valor, y
trascendencia, que esto último por lo inusitado del hecho
y, sobre todo, por tratarse de una noticia local.
Y ésta concernía, nada menos, lo ocurrido al
perro de don Miguel, el boticario.
Dejar sin orejas a Napoleón, así se
llamaba la pobre víctima, trajo mucha miga y en el Bar
Orient se tuvieron que habilitar sillas ya que esta
vez la habitual tertulia fue de lo más completa..., y hasta
incrementada pues vino gente que en el estío no solía abandonar
sus casas veraniegas en el puerto, para asistir a la misma.
Los camareros no daban abasto.
Un continuo murmullo se elevaba en la plaza,
y que salía de aquellos curiosos tertulianos que, entre
las preguntas y comentarios, deseaban saber, con pelos y
señales, todo lo que en realidad había pasado. Mucha otra
gente del pueblo con la excusa de ir a comprar, dar un paseo,
o ir al bar del Orient, o al de “La Palmera”,
se acercaban curioseando por allí.
Los que no tenían ganas de beber, o de gastar,
se sentaban en poyos, o en el alargado banco de piedra que
divide la plaza de la calle Mayor, o en las escalinatas
que llevaban a los antiguos abrevaderos, y al brocal del
pozo público, ya desaparecidos.
Parecía un día de mercado, o Feria, mas sin
tenderetes, y sin extranjeros.
Aquellas gentes, menos Prubí, que por allí
se hallaba contemplando su gran obra sentado, satisfecho
y divertido, eran del pueblo.
Todos los miembros del Círculo estaban seguros
que aquella vil mutilación perruna era debida a una venganza
personal y sospechaban de Prubí, por lo de la noche anterior.
Pensaban que, aunque éste no era de allí, ni tampoco
hijo adoptivo de la Villa, ni mucho menos Hijo Ilustre de
ésta, sí que podría considerársele un hijo de la gran puta
si es que fue él el autor de aquella felonía.
Y por fin llegó el boticario.
Venía todo ojeroso, deshecho y cabizbajo. En
su cara se reflejaba una gran pena y una enorme consternación.
Los asiduos de la tertulia se levantaron al
unísono, y los demás, como en misa, por pura inercia.
Tan sólo faltaba que hubieran desfilado, uno a uno, a darle
el pésame.
Hubiera sido demasiado.
(*1) Monte o pico de las Peñas.
(*2) Sa creu: La cruz, llamada así por
ser el cruce de una serie de rúas, o viales, en el pueblo.