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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo VI

- La Nuria está muy enfadada con Ud., Sr. Prubí...-

Le decía su madre política mientras cocinaba. Don Jorge Prubí, sentado en una banqueta bebía un vaso de vino tinto, elaborado en la villa de Petra, y junto a la gran mesa de madera de olivo que atravesaba, casi de parte a parte, la rústica y amplia cocina. El gato ronroneaba, sin ninguna causa aparente, junto al apagado llar.

- No sé qué motivos pueda tener su hija para ello, señora Monsolá. En el pueblo, y Ud. lo sabe, suelen decirse muchas cosas y pocas verdades. -

Suegra y yerno se hablaban siempre de Ud. suprimiendo el tuteo. Aunque aparentemente se tenían un profundo respeto era, más bien ya, entrambos, una vieja costumbre.

- ¡Ay, sí! Ya lo puede decir Sr. Prubí. -

- Son las envidias, doña Monse,  ¿sabe Ud.?, no pueden consentir que la Nuria y yo nos llevemos bien, y harían todo lo posible para separarnos... ¡Nos ven tan felices! La verdad es que su hija y yo hacemos un matrimonio modélico...

- La gente es muy mala y Ud., señor Prubí, ¡es tan bueno...! - había como algo de ironía en sus palabras...

- Menos mal que Ud. es de las pocas personas que lo reconoce... ¡Ay, si no fuera que aún queda algún ángel como Ud., señora Monsolá, no valdría la pena vivir!- don Jorge tampoco le iba a la zaga en cuanto a dar coba, y a mordacidad...

- Voy a poner la mesa. He oído la puerta. Prepárese señor Prubí..., la Nuria ya está en la casa... -

Ahora en vez de ironía había un poco de mala uva, sic mala leche, en las palabras de la señora Monsolá...

-¿Prepararme para qué...?- Y de alarma en las de Prubí.

- ¡Para comer, hombre, para comer!¿Para qué sino? - La buena mujer sonreía, socarrona, al ver la inquietud de su yerno, cuando entró la Nuria en la cocina. Ésta venía cargada con la cesta de la compra que dejó junto a la despensa. Por la expresión de su cara, Prubí, ya se esperaba la andanada:

- ¡Vaya, vaya, a quién tenemos aquí! ¡Nada menos que al pródigo de mi marido, al gran ausente del hogar e irresistible tenorio de las calas mallorquinas!

-“Y bien preparada que la tenía”. Pensaba don Jorge Prubí. “Palabras muy escogidas, y rumiadas mucho antes de soltarlas”.

- Noia, déjame que te explique... -

-Ni noia, ni nada, a mí no me vengas con romançus..., que te conozco, Nano. - 

La Nuria se lo miraba con los brazos en jarras, y la mirada cargada de reproches. 

Fue entonces cuando intervino la señora Monsolá...

- No seas tan dura con el señor Prubí. La gente, en este pueblo, es muy maldiciente... - terció la madre política del catalán tratando de defender a su contrito yerno.

- ¡Ud. a callar, madre, que nadie le ha dado vela en este entierro porque entierro va a ser si es verdad todo lo que me han contado de este sinvergüenza! -

Prubí se miraba la conformación craneal de la Nuria y pensó que, en su iniciada colección de cráneos preferentes, aún no había llegado a considerar la no menos interesante perspectiva de poseer uno de mujer. También pensó en Erika. ¡Eso es!

La Nuria primero y la alemanita después, después de cepillársela, desde luego.

O primero ésta, y luego la Nuria.

A su mujer la necesitaba muchísimo más y, si no, ¿quién le zurciría los calcetines en el crudo y frío invierno, le plancharía la ropa, o haría la compra del condumio diario, o llevaría la tienda, o la casa, o le traería el periódico de la mañana, o le daría el desayuno, la comida y la cena, o le prepararía el baño los domingos, o cuidaría cuando tuviera la gripe, le llevaría las cuentas de la casa, le haría los ingresos en el banco, o le pagaría los recibos de la luz, del teléfono, o el del alquiler de la vivienda, o los plazos de la lavadora, o de la televisión?

¡Y tantas, y tantas cosas más...!

Y todo eso para que él pudiera dedicar más tiempo a la espeleología o a su pasión favorita: la pesca submarina. O, porqué negarlo, a sus devaneos por la costa.

Quizás, caso de faltarle la Nuria, la señora Monsolá la supliera en ciertas cosas, pero lo más probable es que, de no estar su hija, se marchara también a Mollerusa, su pueblo. Ella, por su edad. también necesitaba que la cuidaran más que a él y, aunque eso le tenía sin cuidado, era una realidad a tener en cuenta.

Así y todo eran duros dilemas para un hombre de tan tiernos sentimientos como él...


La tarde comenzaba a languidecer cuando Prubí salió de su casa. Dirigió los pasos hacia la plaza de l’Orient y, cuando bajaba por la calle principal, en el portal de su tien­da vio sentado, tomando la fresca, a Tomeu Coxet.

-¡Muy buenas tardes tenga Ud. don Jorge! ¡Ah..., y permítale darle mi más cordial enhorabuena! Me han dicho que la otra noche pescó en la Font de la Cala una pieza que hacía más de cuarenta kilos...

-La gente suele exagerar un poco las cosas, ¡hay tanto chafardero por ahí! ¡Oi! ¿No seréis vos uno de ellos, l'amo 'n Tomeu...? - Preguntó don Jorge Prubí con su torcida sonrisa  al tiempo que ésta hacía brillar su diente postizo a la luz de  las recién encendidas farolas.

- Yo sólo me limito a decir lo que ayer me contaron, don Jorge..., no he querido ofenderle- repuso muy serio ‘n Tomeu Coxet.

- Pues le han engañado miserablemente porque esa pieza, que por cierto resultó ser una hermosa sirena, pez que no abunda por estos lares, ni por estos mares, con culo y tetas debía pesar, por lo menos, unos cincuenta y seis kilos y medio... Bueno, kilo más o kilo menos. No todo el mundo puede pescar una cosa así, ¿no cree Vd. l’amo ‘n Tomeu?

- Gracias, de todas formas -continuó Prubí- por su efusiva felicitación, y que desde luego me merezco, así como también, y no lo olvide, su debido respeto hacia mí...-

El catalán, altivo, siguió su camino y supuso, y bien supuesto, que había dejado las cosas claras, y con dos palmos de abierta boca al tal Coxet.


Cuando llegó a la plaza vio sentados, junto al Bar  Orient, al Secretario del Ayunta­­miento, al maestro, al Juez de Paz y al telegrafista. Ya había anochecido del todo y las estrellas titilaban. Pronto aparecería la luna tras es Puig de ses Penyes(*1). A pesar del bochorno, de aquel caluroso día de Julio, el aire, algo más fresco, de la noche era de agradecer...

-¡Hombre, don Jorge, amigo...! ¡Acérquese y siéntese aquí con nosotros!- 

Era el maestro, don Mario, Gayá quién le saludaba tan efusivamente y con el tratamiento de don, cosa que extrañó sobremanera a Prubí, e hizo que, receloso, se pusiera en guardia pues le pareció ver, otra vez, sonrisitas equívocas en los rostros de los demás contertulios.

Pero hubiera sido una cobardía y una equivocación, por su parte, no acceder a la inesperada invitación aunque suponía que ésta encerraba la mala intención, por parte de todos ellos, de sonsacarle para reírse a su costa y no la de admitirle, ni mucho menos, en el seno de aquel Círculo de preclaros hijos de la Villa, por llamarlos de una manera más suave.

Al poco rato se sentó junto a ellos el boticario, que era el más malicioso de todos; pero fue el maestro, el que tenía más mala uva, quien le dijo:

- Hoy le vamos a conceder la palabra a nuestro buen amigo el Sr. don Jorge Prubí para que nos diga cómo se las apaña para tener tan distinguidas amistades. Sí, querido don Jorge, porque no me negará que la señora, o la señorita, que le saludó el otro día, no es de lo más distinguido, y con mucho, de lo que se ve por ahí... -

Prubí, que tenía más escamas que un sardo viejo, les veía venir y se creía preparado para responder, y aguantar, el chaparrón de preguntas, e indirectas, que parecían venírsele encima...

- ¡Y que lo diga Ud. Don Mario! - corroboró el boticario a las palabras del maestro poniendo un profundo énfasis a las suyas - ¡Tan distinguida que llamaba la atención!  ¡Qué hermosura de mujer! ¡Qué andares, qué cuerpo! ¡Qué te..., qué le voy a decir! - añadió con el mayor entusiasmo.

- Son un matrimonio de turistas - interrumpió don Jorge que ya comenzaba a impacientarse, y tratando de aclarar la situación - que se han empeñado en que les enseñe a pescar... Son buena gente... - 

- ¡Y tan buena, sobre todo ella! - Exclamó el maestro guiñando un ojo a los demás. Y siguió Prubí:

- Pues como usted, don Mario, según me dijo ella, el día que me fue presentada, también se dedica a la enseñanza, allá en su tierra. -

- ¿También enseña...? - preguntó  el maestro.

- Según los informes que me llegaron hace un par de días -terció el boticario- a más de docente es decente, pues, aunque las enseña, tiene tan celosas sus notas que no se las deja ni tocar... Esas notas o apuntes, que apuntan muy alto, por cierto, y que suele guardar tan celosamente, son de lo más  notorio, y sobresaliente, de su persona.-

- ¡A la vista, a la vista, estaban! - Exclamó de nuevo el maestro. Prubí, que ya no podía más pues aquella conversación y malévolos comentarios parecían todo un ataque en regla a su intimidad personal, repuso:

- Cuándo hablan Uds. de sus notas, o apuntes, se deben referir, supongo, a sus tetas, ¿no es así? -

- Por favor, señores, tengamos la fiesta en paz... - intervino el Juez de Paz haciendo honor a su cargo. -

- Seamos comedidos; el Sr. Prubí nos va a perder el concepto, y con toda razón del mundo...- añadió.

- ¡Hombre, don Jorge, -prosiguió don Mario- no nos sea tan susceptible...! ¡No se habrá enfadado Ud.! ¿verdad?... Estamos entre hombres. Entre personas adultas y no adúlteras, ¿o no? ¿A cuáles de esos dos tipos pertenece, don Jorge? Porque nos consta, y de buena tinta, que Ud. intentó darles un repaso a fondo a esas aludidas notas, o lo que sean, y en un romántico entorno, preparado, también, por Ud. mismo...

- Es Ud. un pillín, - prosiguió don Mario Gayá - o algo muchísimo peor, créame amigo Prubí. Piense que esa joven no debe tener mucho más de veinte años y Ud., Ud. es un zorro viejo, un sátiro comparado con esa hermosa sabina. 

Don Jorge Prubí no supo que contestar a todas aquellas verdades y que a él, en su controvertida y elástica moral, le sonaron cual ofensivas palabras. Se arrellanó en la butaca de mimbre, entornó los ojos y, a través de ellos, fue fijándose en la conformación craneal de todos aquellos entrometidos, y malévolos, individuos..., sobre todo en la del maestro... Cuando acabaron las risas se levantó y, sin hacer ni el más mínimo comentario sobre las críticas ignominiosas e insultantes palabras que el maestro había vertido sobre su persona, se marchó. Las carcajadas le siguieron calle arriba.


Poco después se sentó en el Bar de C’an Patilla, en Sa Creu(*2), e hizo como que leía el periódico pero en vez de leer rumiaba la forma de vengarse de aquella gente, tan dispuesta, siempre, a vejarle.

¡Qué coño debería importar a aquél atajo de falsos moralistas lo que él hacía, o dejaba de hacer en su tiempo libre! ¡Ya no se conformaban con criticarle a sus espaldas sino que ahora le atacaban de manera tan abierta, y sin ninguna consideración...Se acordarían de él, o mejor dicho:  Algunos de ellos, ni siquiera eso...

Pidió un café. Lo iba a necesitar más tarde.

A medida que se calmaba y con el consuelo de que la venganza era un placer de dioses, y él era un dios, una especie de Neptuno actualizado, o sea, sin tridente pero con arpón, fue entrando en la lectura y acabó por leerse el periódico de cabo a rabo. Prefería que al llegar a casa su mujer se hubiera acostado ya...


En efecto, cuando Prubí llegó a su hogar era tarde. Abrió con sigilo la puerta para no despertar a su familia. Aparte de algún entrecortado ronquido que partía del dormitorio de la Nuria, el silencio era casi absoluto. En la cocina encontró un trozo de sobrasada, una rodaja de queso mahonés, pan, y media botella de vino tinto... El gato se lo miró cual si de un intruso se tratara pero, Prubí, sin hacer el menor caso al despectivo minino, se dispuso a dar buena cuenta de aquella frugal pero apetitosa cena...Tenía hambre.

Una vez que hubo terminado de cenar puso los platos y los cubiertos en el fregadero, retiró todo lo demás que colocó en la despensa, los desperdicios en el cubo de la basura y luego plegó el mantel. De una estantería sacó un mortero y de su bolsillo un sobre que contenía unas pastillas que puso en la cavidad  del recipiente. Las machacó, a mala conciencia y bien machacadas, hasta convertirlas en un finísimo polvillo blanco. Tomó un frasco de Friscas, la comida del gato, y un trozo de bistec que sacó de la rústica nevera, y todo ello, junto con una porción de las trituradas pastillas, lo introdujo en la trituradora de la carne. Por último envolvió aquella especie de hamburguesa en un papel de estraza y la guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

Cuando salió de la casa la luna daba sobre don Jorge Prubí alargando su tétrica sombra. Proyectada ésta, sobre el suelo de la calle, parecía portar, en una de sus manos, una gran navaja de afeitar. Se paró junto al jardín del boticario.


Antes de irse a dormir, el bueno de don Jorge, puso en el comedero del gato un par de orejas caninas. Éste dio un bufido y Prubí, después de apagar la luz de la cocina y mientras se retiraba a descansar, oía como el negro minino mascaba con parsimonia, y haciéndolos crujir en el silencio de la noche, los dos cartílagos auditivos de uno de sus más ancestrales  enemigos.


La noticia, por lo insólita, ya que en la localidad de Capdepera no dejaba de ser todo un acontecimiento, se extendió por la Villa, y por toda la comarca, como un reguero de pólvora...Durante todo el santo día fue la comidilla del pueblo. Unos se lo tomaron a chirigota, por lo que de jocoso que les resultaba aquel hecho, otros, incluso, hasta se alegraron. Siempre hay quién se alegra del mal ajeno, mientras que muchos, también poseedores de perros, desaprobaron aquella broma que les pareció de muy mal gusto. La cosa comenzó por la mañana cuando el boticario  llevó en brazos al desangrado perro, y que, sin orejas, parecía una nutria, hasta el consultorio del nuevo veterinario... Éste, ya lavadas las heridas, desinfectadas, y vendada la cabeza del pobre animal, dijo:

- Ha sido un corte muy limpio...

- ¿Un corte muy limpio...?¿cómo se atreve? - preguntó el indignado boticario- Yo diría que ha sido una faena, y muy sucia...-

Pero al llegar la tarde fue la apoteosis:

Nimios sucesos que atañían al pueblo, a sus vecinos, o a su convivencia, solían adquirir, por lo general, unas desmesuradas dimensiones que distaban, muy mucho­, en interés, y magnitud, con otros aconteci­­mientos que ocurrían fuera de la Villa, ya fueran de ámbito estatal, o internacional, y bastante más importantes que el haber dejado a un can, de dudoso pedigrí, sin sus órganos auditivos. Incluso cosas que ocurrían entre  veraneantes de la Colonia veraniega en el cercano puerto, tenían para los del pueblo mucho menos valor, y trascendencia, que esto último por lo inusitado del hecho y, sobre todo, por tratarse de una noticia local.

Y ésta concernía, nada menos, lo ocurrido al perro de don Miguel, el boticario. 

Dejar sin orejas a Napoleón, así se llamaba la pobre víctima, trajo mucha miga y en el Bar Orient se tuvieron que habilitar sillas ya que esta vez la habitual tertulia fue de lo más completa..., y hasta incrementada pues vino gente que en el estío no solía abandonar sus casas veraniegas en el puerto, para asistir a la misma.

Los camareros no daban abasto.

Un continuo murmullo se elevaba en la plaza, y que salía de aquellos curiosos tertulianos que, entre las preguntas y comentarios, deseaban saber, con pelos y señales, todo lo que en realidad había pasado. Mucha otra gente del pueblo con la excusa de ir a comprar, dar un paseo, o ir al bar del Orient, o al de “La Palmera”, se acercaban curioseando por allí. 

Los que no tenían ganas de beber, o de gastar, se sentaban en poyos, o en el alargado banco de piedra que divide la plaza de la calle Mayor, o en las escalinatas que llevaban a los antiguos abrevaderos, y al brocal del pozo público, ya desaparecidos.

Parecía un día de mercado, o Feria, mas sin tenderetes, y sin extranjeros.

Aquellas gentes, menos Prubí, que por allí se hallaba contemplando su gran obra sentado, satisfecho y divertido, eran del pueblo.

Todos los miembros del Círculo estaban seguros que aquella vil mutilación perruna era debida a una venganza personal y sospechaban de Prubí, por lo de la noche anterior. Pen­saban que, aunque éste no era de allí, ni tampoco hijo adoptivo de la Villa, ni mucho menos Hijo Ilustre de ésta, sí que podría considerársele un hijo de la gran puta si es que fue él el autor de aquella felonía.

Y por fin llegó el boticario.

Venía todo ojeroso, deshecho y cabizbajo. En su cara se reflejaba una gran pena y una enorme consternación.

Los asiduos de la tertulia se levantaron al unísono, y los demás, como en misa, por pura inercia. Tan sólo faltaba que hubieran desfilado, uno a uno, a darle el pésame.

Hubiera sido demasiado.


(*1) Monte o pico de las Peñas.

(*2) Sa creu: La cruz, llamada así por ser el cruce de una serie de rúas, o viales, en el pueblo.



 

 



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León Burgos, Miguel
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