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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo V

Aparte de todo lo que anteriormente se ha expuesto no era raro que don Jorge Prubí se sintiera más que orgulloso como espeleólogo, y por otros muchos innumerables motivos, saberse poseedor de aquella joya que él, y sólo él, había descubierto: su Cueva. Y sentíase feliz por la satisfacción que le producían esos motivos y, sobre todo, porque aquel original reducto era, en cierto modo, su segunda casa...

Allí, echado sobre su catre, tenía tiempo  sobrado para rumiar su gran venganza contra los orgullosos tertulianos que no habían querido admitirle en su Círculo, y también contra la parejita de rubios nibelungos que se habían reído de él. Sobre todo contra ella. Pensaba que hay muchas maneras por la que pueda fenecer una bella mariposa: La primera por lo efímero de su vida, la segunda por osada imprudencia, al acercarse demasiado a objetos luminosos, o candentes, como pueda ser una bombilla, unas velas, o un quinqué. O, también, a un ardiente individuo como él mismo, de cálido y fogoso temperamento, y como hizo Erika, la muy zorra, hasta el punto de producirle una insufrible orquitis de no te menees. (Él siempre se había considerado un individuo bien dotado físicamente pero jamás soñó llegar a tener tamaños y desagradables atributos). Y siguiendo con sus pensamientos: O bien por ser cazada, y el cazador puede ser un mero coleccionista de lepidópteros, o, tam­bién, un mero pescador de meros, o un depredador como la hormiga-león, o un león mismo, o una paciente araña. Prubí se consideraba como una mezcla de todos ellos juntos... No tenía red pero tenía una hermosa trampa: SU CUEVA. Se le daría muy bien el hacer de viuda negra, tan negra como sus negras intenciones.

Don Jorge Prubí i Camps no perdonaba...

Encendió uno de los quinqués, se quitó el meyba y se sentó en aquel lago. Allí el agua estaba deliciosamente fres­ca, ello hizo que sintiese un gran alivio en sus partes.

Y así, disfrutando de aquel refrescante y consolador baño de asiento, estuvo un buen rato entre gobios y cangrejitos, que no osaban acercarse a él. Prubí había leído que en los mares del Sur hay unos cangrejos, y de los llamados peludos, que con sus potentes pinzas hacen caer los cocos de las palmeras. Allí había, también, cangrejos de esos peludos, y con grandes pinzas, mas estaban escondidos. Si les diera por acercarse a sus sufridos testículos, y que no eran precisamente unos cocos pero sí unos hinchados cocones, se podrían con­fundir y ser altamente peligrosos.

Ya estaban habituados a comer carne humana pues, en su día, bien que se cebaron con el veterinario al que dejaron bien mondo y lirondo. ¡Había que ver aquella multitud de ham­­­­brientos artrópodos, de los grandes y peludos antes citados, y de los llamados zapateros, que si no eran peludos sí que comían, cómo movían sus mordazas, y se retorcían, retozones, sobre el pálido cuerpo de don Sebastián, haciéndolo bailar; y no precisamente el Vals de las olas, en las aguas, teñidas de sangre, del pequeño lago...!

Así es que, uno de los entretenimientos que tuvo Prubí durante unos días fue el hacer de antropólogo desarticulando los huesos del que en vida fue don Sebastián, el veterinario del pueblo. Cada día metía en su cesta unos cuantos de ellos y los iba repartiendo por diferentes sitios en el exterior de la cueva.

Una costillita por aquí, un esternón por allá, una falangina por acá, una vértebra más allá, una tibia más allí, o una rótula acullá... No quería dejar rastros en su gruta aunque conservó la calavera como recuerdo, Prubí era un sentimental, y no sin antes quitarle un par de dientes, los dos de oro, para evitar que en un futuro bastante improbable pudieran identificarlo.

Ya algo más tarde, y una vez salido de tan reparador y sedativo baño, se dirigió al camastro donde se volvió a tumbar, y boca arriba, para contemplar la blanca calavera que tenía frente a sí, y de paso airear sus pudendas partes. Cerró los ojos aliviado física y anímicamente por las frescas aguas a las que podía añadirse el dulce recuerdo de una venganza ya consumada y, ante aquella muestra testimonial ya consumida, y que tenía ante sí, trató de descansar un rato.

Algún día, quizás no lejano, podría unir a aquellos trofeos el cráneo del boticario, o el del maestro, y alguno más de los que él había elegido como posibles candidatos a su muy particular  selección de cráneos preferidos... Tendría los suficientes para una colección que se precie: Braquicéfalos, dolicocéfalos y, con un poco de suerte, hasta el del alcalde, que parecía ser un Cromagnon.


Cuando por fin despertó de sus macabras fantasías se levantó y sacó, bajo el catre, una vieja maleta de cartón de la que tomó una toalla. Se acercó a su minúscula playa, sumergió la cabeza en el agua cristalina y la sacudió vigorosamente...

Después de secarse, se miró en un pequeño espejo, adosado a una estalactita, atusándose sus escasos y rizados cabellos, se puso una alba camisa que ya colgaba de una de las estalagmitas y se calzó con las sandalias; luego apagó el quinqué y, tomando la cesta de los trebejos, se dispuso a salir de la gruta...

Por cierto que hacía tres días que no había visto a la Nuria, su mujer. Cuando se mudó para ir a cenar con los Litmann, aquel matrimonio, de reciente y jodido recuerdo, ella estaba ausente, o sea en la tienda que ambos tenían en “es carrer de Ciutat”, o calle Mayor del pueblo. Le había dejado una nota en la mesa camilla diciéndole que iba a una cena de negocios con unos extranjeros que estaban muy interesados en su colección de objetos antiguos...

¿Estaría enterada, también, de su aven­turilla?

Pronto lo sabría...

El fuerte sol, y el mar cabrilleante, le deslumbraron de nuevo... Cuando pasó por delante del varadero, o escar de‘n Creus, Erika y Klaus ya se habían ido.



 

 



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· Colofón

 


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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