Aparte de todo lo que anteriormente se ha expuesto
no era raro que don Jorge Prubí se sintiera más que orgulloso
como espeleólogo, y por otros muchos innumerables motivos,
saberse poseedor de aquella joya que él, y sólo él, había
descubierto: su Cueva. Y sentíase feliz por la satisfacción
que le producían esos motivos y, sobre todo, porque aquel
original reducto era, en cierto modo, su segunda casa...
Allí, echado sobre su catre, tenía tiempo
sobrado para rumiar su gran venganza contra los orgullosos
tertulianos que no habían querido admitirle en su Círculo,
y también contra la parejita de rubios nibelungos que se
habían reído de él. Sobre todo contra ella. Pensaba que
hay muchas maneras por la que pueda fenecer una bella mariposa:
La primera por lo efímero de su vida, la segunda por osada
imprudencia, al acercarse demasiado a objetos luminosos,
o candentes, como pueda ser una bombilla, unas velas, o
un quinqué. O, también, a un ardiente individuo como él
mismo, de cálido y fogoso temperamento, y como hizo Erika,
la muy zorra, hasta el punto de producirle una insufrible
orquitis de no te menees. (Él siempre se había considerado
un individuo bien dotado físicamente pero jamás soñó llegar
a tener tamaños y desagradables atributos). Y siguiendo
con sus pensamientos: O bien por ser cazada, y el cazador
puede ser un mero coleccionista de lepidópteros, o, también,
un mero pescador de meros, o un depredador como la hormiga-león,
o un león mismo, o una paciente araña. Prubí se consideraba
como una mezcla de todos ellos juntos... No tenía red pero
tenía una hermosa trampa: SU CUEVA. Se le daría muy
bien el hacer de viuda negra, tan negra como sus negras
intenciones.
Don Jorge Prubí i Camps no perdonaba...
Encendió uno de los quinqués, se quitó el meyba
y se sentó en aquel lago. Allí el agua estaba deliciosamente
fresca, ello hizo que sintiese un gran alivio en sus
partes.
Y así, disfrutando de aquel refrescante y consolador
baño de asiento, estuvo un buen rato entre gobios y
cangrejitos, que no osaban acercarse a él. Prubí había leído
que en los mares del Sur hay unos cangrejos, y de los llamados
peludos, que con sus potentes pinzas hacen caer los cocos
de las palmeras. Allí había, también, cangrejos de esos
peludos, y con grandes pinzas, mas estaban escondidos. Si
les diera por acercarse a sus sufridos testículos, y que
no eran precisamente unos cocos pero sí unos hinchados cocones,
se podrían confundir y ser altamente peligrosos.
Ya estaban habituados a comer carne humana
pues, en su día, bien que se cebaron con el veterinario
al que dejaron bien mondo y lirondo. ¡Había que ver aquella
multitud de hambrientos artrópodos,
de los grandes y peludos antes citados, y de los llamados
zapateros, que si no eran peludos sí que comían, cómo movían
sus mordazas, y se retorcían, retozones, sobre el pálido
cuerpo de don Sebastián, haciéndolo bailar; y no precisamente
el Vals de las olas, en las aguas, teñidas de sangre,
del pequeño lago...!
Así es que, uno de los entretenimientos que
tuvo Prubí durante unos días fue el hacer de antropólogo
desarticulando los huesos del que en vida fue don Sebastián,
el veterinario del pueblo. Cada día metía en su cesta unos
cuantos de ellos y los iba repartiendo por diferentes sitios
en el exterior de la cueva.
Una costillita por aquí, un esternón por allá,
una falangina por acá, una vértebra más allá, una tibia
más allí, o una rótula acullá... No quería dejar rastros
en su gruta aunque conservó la calavera como recuerdo, Prubí
era un sentimental, y no sin antes quitarle un par de dientes,
los dos de oro, para evitar que en un futuro bastante improbable
pudieran identificarlo.
Ya algo más tarde, y una vez salido de tan
reparador y sedativo baño, se dirigió al camastro donde
se volvió a tumbar, y boca arriba, para contemplar la blanca
calavera que tenía frente a sí, y de paso airear sus pudendas
partes. Cerró los ojos aliviado física y anímicamente
por las frescas aguas a las que podía añadirse el dulce
recuerdo de una venganza ya consumada y, ante aquella muestra
testimonial ya consumida, y que tenía ante sí, trató de
descansar un rato.
Algún día, quizás no lejano, podría unir a
aquellos trofeos el cráneo del boticario, o el del maestro,
y alguno más de los que él había elegido como posibles candidatos
a su muy particular selección de cráneos preferidos... Tendría
los suficientes para una colección que se precie: Braquicéfalos,
dolicocéfalos y, con un poco de suerte, hasta el del alcalde,
que parecía ser un Cromagnon.
Cuando por fin despertó de sus macabras fantasías
se levantó y sacó, bajo el catre, una vieja maleta de cartón
de la que tomó una toalla. Se acercó a su minúscula playa,
sumergió la cabeza en el agua cristalina y la sacudió vigorosamente...
Después de secarse, se miró en un pequeño espejo,
adosado a una estalactita, atusándose sus escasos y rizados
cabellos, se puso una alba camisa que ya colgaba de una
de las estalagmitas y se calzó con las sandalias; luego
apagó el quinqué y, tomando la cesta de los trebejos, se
dispuso a salir de la gruta...
Por cierto que hacía tres días que no había
visto a la Nuria, su mujer. Cuando se mudó para ir a cenar
con los Litmann, aquel matrimonio, de reciente y
jodido recuerdo, ella estaba ausente, o sea en la tienda
que ambos tenían en “es carrer de Ciutat”,
o calle Mayor del pueblo. Le había dejado una nota en la
mesa camilla diciéndole que iba a una cena de negocios con
unos extranjeros que estaban muy interesados en su colección
de objetos antiguos...
¿Estaría enterada, también, de su aventurilla?
Pronto lo sabría...
El fuerte sol, y el mar cabrilleante, le deslumbraron
de nuevo... Cuando pasó por delante del varadero, o escar
de‘n Creus, Erika y Klaus ya se habían ido.