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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo IV

Desde el fondo de aquellas diáfanas aguas frente al varadero, d’n Juan Creus, y a unos cinco o seis metros de profundidad, don Jorge Prubí observaba como Klaus disparaba a discreción su escopeta. El muy insensato dirigía hacia arriba sus arponazos. Intrigado subió a la superficie e hizo señas al alemán de que hiciera lo mismo.

Don Jorge, de un resoplido, sacó el agua del tubo de respirar y se quitó la careta. Preguntó a su sonriente aprendiz qué cojones pretendía pescar...

-Mi hacer pipí y venir peces... Yo tirar...

-Ya veo: Tú eres un gran genio de la pesca,  tú mear y venir lisas, y si hacer caca venir más lisas, y más lisas, y ensartar de tres en tres. Tú muy inteligente. ¿Pero no ves, so pedazo de alcornoque maduro, que, con un poco de suerte me vas a enhebrar a alguno de tus paisanos y que, aunque me espantan los peces a mí, son pacíficos nadadores que vienen a solazarse, y a refrescarse, por estas aguas?¿ Y que, si me ensartas a uno de ellos. yo, como responsable de ti, seré el primero en tocar las consecuencias?

- Mi no comprender... -

- ¿No sabes, además, que las lisas son unos peces que se alimentan de las porquerías que soltáis en los hoteles y que manan de los caños? ¿Que su carne es muy basta, y que por aquí no suele comerse...? -

- Mi no saber... - Era por demás.

- Tú pescar al fondo. Yo cansado. Ir a tierra... -

Acabó por decirle el catalán contagiado, ya, por aquel hablar de Klaus tan plagado de infinitivos.


En el estío, y después de recibir los ardientes rayos del sol, durante buena parte del día, el agua del mar suele estar algo más tibia. Pru­bí, observando el fondo, se fue acercando a las rocas donde acababan las guías, o calzas, del varadero. Y miraba el fondo por dos motivos diferentes: por si antes de salir divisaba un pez, e intentar capturarlo, o para ver donde ponía los pies al tomar tierra ya que el cemento que conformaba el final de las citadas guías, y bajo el agua, estaba tachonado de negros erizos de mar con sus erizadas y amenazantes púas.  Aunque llevara aletas de goma los talones de sus pies quedaban desprotegidos.

No quería pasarse buena parte de la mañana quitándose los pinchos de aquellos equinodermos. Resoplando subió a la superficie y ya, una vez sobre las rocas, se giró hacia donde supuestamente estaba buceando Klaus y orinó.

- ¡Ya te daré lisas...! -

Después dirigió su vista hacia el varadero donde, sobre su liso techo, estaba tumbada Erika, tomando el sol, y con los pechos al aire. Era toda una tentación subir a verla, aunque sólo fuera con la excusa de decirle que su Klaus era un completo imbécil. Pero se abstuvo.

Sabía lo que le pasaría si la viera desnuda: alar­gar su orquitis.

Esperaría un par de días más, o quizás fuera antes a Palma a que lo viera un médico. Puede, también, que en la Farmacia de la vecina Villa de Artá, o en la del cercano, también, pueblo de Son Servera, le dieran algo, un remedio, aunque fuera momentáneo; un bálsamo a sus males, y para ir aguantando.

¡Maldita calienta pollas!.

Más le valía no pensar en ella pero, ¡cómo olvidar aquel exquisito bombón y lo cerca que estuvo de comérselo!

Se despidió de Klaus cuando éste emergió a la superficie y quedaron en verse al cabo de dos días.­ Introdujo la escopeta y demás pertrechos de pescar en la cesta y sacando de ella unas sandalias de goma se fue caminando, o saltando, de roca en roca por toda la orilla, hasta llegar a la punta izquierda que conformaba la amplia rada de Sa Font de Sa Cala, al pie del Puig (*1) de’n Rebasó. Debido a la calina, la playa, allá, al fondo, aparecía como una pálida franja amarillenta salpicada por los numerosos bañistas que la hollaban... Una tenue neblina daba fe del bochorno ambiental y que apenas dejaba entrever las montañas. El fuerte sol, en aquella calurosa mañana, remachaba con sus rayos el agua del mar haciéndola vibrar con sus cegadores destellos. El catalán miró hacia atrás para asegurarse de no ser seguido...

Y es que Don Jorge Prubí i Camps tenía un secreto. Un secreto que desconocía todo el mundo y que él guardaba celosamente, desde casi que vino a la isla. Era un sitio escondido, insólito, y de un gran valor para él. Se trataba de una cueva muy cerca del escar o varadero que acababa de dejar. Y hacia esa cueva, que le hacía las veces de refugio, o centro de sus operaciones, se dirigió. Cuando la descubrió fue de verdadera casualidad, o mejor dicho, rastreando minerales, y objetos metálicos, o de cierto interés que detectaba con un aparato, ex profeso, y que se trajo de Barcelona.

Esa caverna carecía de una entrada como las que se describen en las novelas de aventuras, en forma de arco o grieta, pues el acceso a ella era un boquete a ras de tierra, como tienen ciertas minas.

La encontró bajo una mata sobre las grises y ocres rocas, en un pedregoso montículo, muy cerca del mar. Tan sólo  él conocía la forma de penetrar en ella y, para conservar ese privilegio, puso una piedra sobre el agujero respetando un matorral que le servía para disimular aquel trozo de roca plana que ahora hacía de tapadera a la oquedad de su entrada. Cuando quería introducirse en la gruta movía aquella especie de pétrea losa que volvía a colocar, una vez dentro, en su sitio habitual. Su interior, al entrar, era oscuro mas a medida que los ojos iban acostumbrándose a la oscuridad, ésta menguaba pudiéndose ver en su interior una laguna, especie de vaso comunicante con el cercano mar, y unas luces sobre su fondo que procedían del exterior, y que bailaban, cual brillantes peces de colores, reflejándose, en las finas arenas de su lecho. Era una claridad tenue, difusa, la que penetraba pero la suficiente  para poder admirar la belleza que se encerraba en su arcano interior.

Estalactitas y estalagmitas, a veces unidas entre sí cual mágicas columnas esculpidas por la propia naturaleza, colgaban de su bóveda, y se diseminaban a capricho entre aquella y el pétreo suelo de la gruta. Algunas se sumergían, también, vislumbrándose en aquel pequeño lago de diáfanas aguas sobre su lecho de blanca arena y de rocas pulidas por las constantes subidas y bajadas de las mareas en aquél minúsculo cachito de mar interior.

En los días de bonanza se podía recoger, de su tersa superficie, el agua dulce que manaba de las entrañas de la tierra. Cuando la luz natural que allí entraba, no bastaba para alumbrar el interior de la cueva también colgaban, de un par de aquellas columnas cinceladas por los siglos, sendos quinqués.

Con el tiempo, Prubí, llegó a tener aquella gruta muy bien acondicionada. Incluso tenía un camastro plegable en lo más profundo de ella y que le servía para descansar, en caso que tuviera necesidad de ello. O por el placer de relajarse, y desconectarse del resto del mundo, o de Nuria, su media costilla, que también desconocía su secreto. Hasta allí no llegaban los ruidos del exterior a no ser el clamor, o el continuo murmullo del siempre inquieto mar.

Ni tampoco hasta su camastro podía llegar el agua del diminuto lago aunque hiciera muy mal tiempo o un gran temporal. En tal caso la laguna subía y bajaba de nivel, según el flujo y reflujo de las aguas, a veces, con gran estruendo, pero sin peligro de que se le inundara la cueva.

Don Jorge  había conseguido acumular en la caverna una considerable provisión de víveres. También tenía un pequeño hornillo de petróleo donde  podía calentarse un café, o un caldo, o el agua para cocinar los pescados que capturaba con su escopeta, o los mariscos recogidos por la orilla...Tenía petróleo, leña, y agua suficientes para subsistir una buena temporada allí dentro.

Mas, así y todo, lo que más temía era la crudeza del invierno debido a la humedad, aunque ésta podría paliarse encendiendo una fogata en el interior de la gruta. Hasta tenía libros y novelas para mitigar su posible soledad.

Sí..., al catalán le gustaba leer y la buena música, o  escuchar el sonoro fluctuar de las olas...

Era, a su manera, un romántico, pero con muy mala leche. A lo Poe, pero sin poesía. Más bien a lo bestia...

Quizás algún día se decidiera a vivir allí mas, por el momento, aquella quimérica idea no pasaba de ser un anhelado sueño para él.


Lo único que desentonaba algo en aquél lugar, o antro, era la tétrica presencia de una calavera.

Era un mondado cráneo cuya base, o mandíbula inferior, descansaba sobre una de las estalagmitas, y justo frente al camastro. Para don Jorge Prubí i Camps no tenía nada de macabro aquel objeto que ahora le hacía de ador­no y compañía ya que éste era el testimonio de un hermoso, e inolvidable recuerdo, que le hacía rememorar una dulce y elaborada venganza hacia un ser que tuvo la tremenda osadía, o más bien la desgraciada idea, de burlarse de él..., y ante un reducido público en el casino de la Villa.

Y ésta es la historia:

Fue durante un invierno, años ha, a razón de un deseo por parte del catalán, tan obstinado y vehemente hasta el punto que su malparado orgullo lo había convertido en pertinaz prurito: el de poder integrarse al Círculo mencionado con anterioridad.

En aquella ocasión asistía a las tertulias que en él se celebraban el, por aquel entonces, veterinario del pueblo, hombre mordaz y que siempre intentaba, con su incansable verborrea, acaparar la atención de los demás... A Don Jorge Prubí i Camp, que se hallaba sentado cerca de e­llos, en el Bar El Recreo, le dio por meter baza, cosa tabú, y además para contradecirle, en una de sus interminables peroratas, y a don Sebastián Gili, el veterinario, no se le ocurrió cosa más nefasta, así mismo, que decirle al catalán:

-Sr., o lo que sea: en este entierro creo, por no decir que estoy seguro, carece Ud. de vela, pero para que no me crea rencoroso por su inoportuna intervención, o mejor dicho interrupción, le ofrezco encantado mis servicios. Puede venir a mi consultorio cuando guste que allí será atendido como se merece. - Añadió con sorna. Aquella invitación del veterinario fue acogida con una de las mayores carcajadas que se recuerdan en el Casino de Capdepera, y Prubí se juró, a sí mismo, que le haría pagar aquella afrenta.

Fue un soleado día del mes de febrero, en que estaba merodeando cerca de su cueva, y a punto de  entrar en ella, cuando vio que se aproximaba un pescador de caña que se disponía a ocupar una de las muchas pesqueras que por aquella bonita costa hay diseminadas. Era el veterinario.

Prubí ya sabía de su afición a la pesca y esperó, con paciencia, la ocasión que ahora le deparaba el destino. Cuando aquél pasó por su lado apa­rentó, con suma hipocresía, haber olvidado el bochorno por el que le hizo pasar, en el Casino, unos días antes. Lo saludó con toda amabilidad­­, le hizo un comentario sobre el estado del tiempo y, hasta le deseó una buena pesca... Don Sebastián, el veterinario correspondió a su saludo, también muy amablemente, y se dirigió hacia la orilla. Prubí al verlo, desde lo alto de aquel macizo rocoso, ya sentado sobre una roca junto al mar, armadas sus cañas, y dándole la espalda, se coló en su agujero con la presteza de un conejo. No tardó en salir de él con una pequeña cesta y, bajando por el declive de la ladera, se dirigió hacia donde se hallaba el veterinario. Éste, en vista de que los peces no picaban, ya había plegado sus aparejos dispuesto a abandonar el lugar. Y cuando vio a Prubí cerca de él se extrañó...

-¿No pican...?- preguntó don Jorge.

-Ni por asomo, ha cambiado el tiempo y viene el aire de la parte de Son Servera. Mal asunto para la pesca. He decidido dejarlo... -  El veterinario ocupado en recoger sus bártulos no se fijó en la mirada de odio con que se lo miraba don Jorge...

- ¿No sabe el dicho? - continuó don Sebastián -Vent serverí ni peix, ni cuní. Viento de Son Servera ni pez ni conejo... ¿Y Ud. no pesca hoy?-

-Por lo mismo que Ud. también he abandonado...-

-Cómo le veo con esa cesta, ¿lleva algo interesante en ella?-

-¡Bah...! Son bagatelas, pequeñas cosas que encuentro en mis excavaciones... ¿Quiere verlas...?- Don Jorge se las mostró una por una. Eran pequeñas figuritas de bronce representando guerreros de otras épocas...

-¿Bagatelas ha dicho? ¡Pero si esto es de un valor incalculable...! En cualquier museo seguro que le darían un dineral por ellas. Y, si no es mucha indiscreción, ¿dónde las ha encontrado...?-

- Ahora mismo le puedo enseñar uno de los sitios si es que me promete, por su parte, una total discreción y no revelarlo a nadie.- El veterinario parecía verdaderamente  interesado y, mientras se colocaba las cañas en bandolera y recogía sus cestas dispuesto a acompañarle, el catalán añadió: - Compréndalo, don Sebastián, es un secreto que nunca he compartido con nadie... No lo sabe ni la buena de la Nuria, mi mujer...- Y así fue como el ­taimado Don Jorge Prubí i Camps logró que aquel odiado veterinario traspasara el estrecho y oscuro umbral de su escondrijo...

-¡¡¡Pero si esto es maravilloso!!! Si... - Un arponazo en pleno corazón interrumpió esta vez sus palabras dejándole mudo per secula seculorum.

Por mucho que se rastreó, se batió, y se peinó la zona de Cap­depera, y su término municipal, por la Policía Local, y por patrullas de la Guar­dia Civil, no  pudieron hallar ni el más mínimo rastro del pobre don Sebastián que desapareció tan misteriosamente del pueblo, y para siempre. Estuvo su plaza vacante durante mucho tiempo esperando que algún día el veterinario apareciera.

Vana esperanza. Prubí decía por el pueblo que no creía que volviese y, desde luego, aunque esto se guardó muy bien de decirlo, él tenía unas buenas razones, una mejor base para creer lo que él creía, y que los demás no comprendían, o no querían creer...

Al cabo de poco más de un año, el desaparecido veterinario, don Sebastián Gili, fue sustituido por otro, bastante más joven y que procedía de la península. Éste, aparte de ser poco hablador, apenas entendía el mallorquín.

De él también dijo Prubí:

-Es un joven muy educado, que tiene la cabeza muy firme y sobre los hombros, y que la seguirá teniendo durante muchos años, si no se desmanda...-

 


(*1) Puig : monte.



 

 



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