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Capítulo III
Aquél era un caluroso día más del siempre bochornoso
mes de Julio. Bajo uno de los toldos que cubrían una de las
pocas mesas que había en el exterior del Bar Orient
se hallaban sentados el boticario, el alcalde, el maestro
y un par de comerciantes de la localidad...
A cierta distancia, marcada por la prudencia,
y a causa de un marcado desaire hacia su persona, hay que
decirlo, por parte del mencionado grupo, se hallaba el señor
Prubí, don Jorge Prubí i Camps... Éste tenía la
molesta impresión de sentirse observado, y de ser plato único,
y principal, de la comidilla que se mascaba en aquella cercana
mesa. Además no se encontraba del todo bien, estaba asaz fastidiado
de la resaca en la pasada madrugada. Aún le duraba. Tenía
jaqueca, unas ojeras que le llegaban a la sotabarba y, también,
un profundo dolor, “muy testicular”, que lo mantenía bastante
inquieto en su silla...El boticario decía:
-Y.. , a propósito de Sa Font de La Cala...
Creo que la noche pasada hubo por allí un sarao, privado,
eso sí, pero de los más escandalosos que se recuerdan por
aquellos veraniegos andurriales... - A Prubí, que era todo
orejas, las palabras le llegaban como martillazos a su dolorida
cabeza.
-Bueno, ya sabemos de lo que son capaces los
turistas, y que vienen aquí sólo en
plan de divertirse... - comentó uno de los comerciante,
un tal Sancho.
-Pero lo de anoche no fue organizado por un
turista aunque sí, según las fidedignas noticias que tengo,
por un forastero... -
- ¿Un extranjero...? - preguntó el maestro.
- Sí, y no. Más bien, diría yo, un foráneo...
- ¿Y se sabe...? - La pregunta la hizo ahora
otro de los comerciantes, un tal Flaquer.
- Se insinúa..., se sospecha..., se conjetura...,
se dice..., se rumorea..., se habla..., se supone..., se intuye...,
se murmura..., se susurra..., se sugiere..., se presupone..,
se presiente...
- ¡Vamos suéltelo ya...! - exclamó más de uno.
- Que más quisiera pero... - el boticario al
parecer se hacía el remolón y sus ojillos, bajo las espesas
cejas, brillaban divertidos.
- Bueno, déjese ya de tanta intriga, don Miguel,
y nos diga, al menos, qué paso en el Camping... - apremió
con fingida impaciencia el maestro...
- ¿He nombrado el Camping para algo?...
-
- ¡Collóns qui`n homo! ¡Qué hombre...! -
El boticario parecía tener a todos en vilo
pero el que en realidad estaba apurado era don Jorge Prubí
que, desde donde estaba sentado, lo oía todo... Aparte de
la orquitis que tenía, la resaca, el dolor de cabeza, secuelas
todas de la pasada madrugada, se veía ahora aludido por aquella
gente que, subrepticiamente, hacían preguntas al farmacéutico
cuando ya todos debían conocer, con pelos y señales, ¡casi
seguro!, todo lo que pasó la noche anterior en Ca'n
Cardaitx, y con toda seguridad por boca del mismo Toni.
Tarde o temprano se lo haría pagar. Ahora de
quien quería vengarse, a toda costa, era de la causante de
todo aquel guirigay: aquella calienta pollas llamada
Erika, y del rubio cabrón, y confabulador de Klaus, su marido,
o lo que fuera...
¡Cómo se divirtieron a su costa...!
Y,... hablando de Roma, por allí apareció la
parejita.
Estaban merodeando por los tenderetes plantados en la plaza. Era miércoles,
día de Feria en el pueblo, y aún quedaban algunos en pie.
La plaza estaba bastante concurrida y animada, y muchos turistas
curioseaban los diversos artículos que en ellos se exponían,
y que algunos compraban. Erika y Klaus en cuanto vieron a
Prubí, alzaron los brazos y haciendo ostensibles aspavientos
de alegría, se dirigieron hacia donde el catalán se encontraba...
Erika, a pesar de ir correctamente vestida,
llamaba la atención. Por su bonita cara y, por su esbelta
figura. Llevaba una especie de polo rayado con franjas azules
y transversales, a lo marinero, que se ajustaba a su busto
haciéndolo resaltar, y contrastándolo, a un tiempo, con su
fina cintura de avispa.
Sí, aquella tentadora hembra era peligrosilla,
tenía mucho más de avispa que de mariposa...Para Prubí era
una especie de himenóptero sin alas pero, eso sí, con un par
de tetas que quitaban el sentido. Don Jorge ya sintió,
nada más conocerla, su temible aguijón y en sus propias
carnes y, ahora, algo que se removía en su persona, pero una
punzada de dolor le avisó que no estaba el horno para bollos.
- ¡Gorgue..., mister Gorgue..., querrido
don Gorgue...! -
“Lo que me faltaba”, pensó Prubí. Pero la joven
fue prudente y sólo le dio un correcto besito en la cara.
Klaus, sonriendo como siempre, le estrechó con tanta efusión
la mano que le hizo temblar su maltrecho cuerpo. Don Jorge
apenas pudo disimular el profundo dolor de su orquitis, de
su jaqueca y de su enorme cabreo. Para más inri eran
ahora el blanco de las miradas de aquellos malintencionados
y fisgones tertulianos que se cruzaban, entre ellos, sarcásticas
sonrisas, carcajadas, e irónicas miradas de inteligencia...
- Nosotros venir a ver a Ud., y hablar...
- le dijo Erika con su peculiar forma de expresarse.
Prubí, muy serio se la miró y, haciendo un
tremendo esfuerzo se levantó de la silla. Imitando, en su
forzado andar, a John Wayne, se adentró con los jóvenes hasta
el interior del local...
-¿Han oído?... mi querrido Gorgue - El
maestro trataba de imitar la voz de la joven e hizo amago
de querer besar al boticario...
Don Jorge Prubí i Camps y la parejita se sentaron
ante una mesa retirada, junto a una ventana del bar, y desde
donde se podían oír las humillantes risotadas de los contertulios,
y que provenían del exterior del local.
- ¿Han dicho hablar conmigo...? - Prubí trató
de disimular y quitar importancia a los hechos y, aunque en
su fuero interno los maldecía, añadió:
- Si es por lo de anoche están ustedes disculpados...
- ¡Oh no! Nosotros divertir mucho...
Cena very good,
mero very good, todo very good... You, also,
very good...- “Sí,
mucho very good pero de follar nada”, rumiaba para
sí don Jorge.
La joven, al verle tan serio, puso más picardía
en sus ojos, frunció coqueta su linda boquita y, estirando
los morritos, comenzó a hacerle carantoñas.
Prubí, violento por la situación, creía que
todo el mundo les miraba, mas, en ese aspecto, andaba en parte
desencaminado pues los turistas, que eran mayoría dentro del
local, se desentendían casi por completo de ellos. El
casi lo acaparaba la estupenda e incomparable Erika.
Tan sólo unos pocos, precisamente los de su mundo,
es decir, los que del pueblo eran, y que allí, dentro del
local estaban, procuraban no perderse detalle, ni del catalán,
por lo que se rumoreaba por el pueblo, ni de la preciosa alemana.
Klaus parecía divertirse y, como siempre, sonreía.
- Oye tú, so pedazo de cabrón, dile a tu niña
que se deje de
coqueteos y de monerías... Aquí, en este pueblo, todos me
conocen y soy una persona muy respetada.
- Ya, ya, ya... - El alemán, sin dejar
sonreír, con un expresivo gesto de su puño, y de su dedo pulgar,
señalaba hacia el exterior del bar desde donde llegaban las
risas de los contertulios que no cejaban de hacer bromas a
costa del catalán...
"¡Pero bueno!, se decía Prubí, ¿es que este
imbécil, y la mocosa que lo acompaña, me van a fastidiar hasta
el punto de convertirme en el hazmerreír del pueblo...?".
- Querrido Gorgue, yo no querrer
que tú insultar a mi marrido, porr favorr y enseñar
a él coger meros grandes y very much pescaditos...
Si tú enseñar pescar a Klaus yo very buena contigo...-
añadió sonriendo provocativa, y en extremo coqueta.
- ¿Y...? - Preguntó esperanzado Prubí.
- Yes. Yyyyyy...- Otra punzada de dolor
y don Jorge optó
por ceder, o claudicar, por el momento, ante aquella seductora
sirenita.
Se consoló por un par de motivos: que el ceder
a los deseos de la joven iba con sus planes de venganza y
que si, con algo de paciencia, lograba pescarla a
ella inoculándole todo el veneno, y la mala leche que
llevaba dentro, puede que se le curaran todos sus males. Mas,
por ahora, no le convenía recrearse en ello: Le resultaba
harto doloroso imaginar que tal cosa pudiera ocurrir...
Quedaron en verse al día siguiente en Cala-Ratjada.
Tenían que comprar una escopeta de pesca submarina y los demás
accesorios que necesitaría Klaus para su aprendizaje...
Le daría clases de pesca a aquél albino germano
en días alternos, o concertados, mas a Prubí le daba la certera
impresión de que mucho antes arponearía, en el exacto
sentido de la palabra, al alemán que a su hermosa compañera.
A ésta le tenía reservado un arpón especial,
pero no así a su marrido a quién le tenía también ganas,
pero muy diferentes. No le hacía ni pizca de gracia que
se mofaran de él, y menos aquel imbécil de rubios, y lacios
cabellos, con su permanente sonrisa de idiota...
Toleraba más a la rubita teutona que, aunque
no la creía muy buena que digamos, como persona, sí que la
suponía superior, y buenísima, como hembra...
Aunque no la había podido catar a fondo, debido
a lo muy resbaladiza que era la muy lagarta, al menos tenía
la esperanza de poder hacerlo en un futuro no lejano. O claramente
así se lo dio a entender aquella redomada putita de tan tentador
palmito, e inocentes ojos azules.
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