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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XXI

Eran ya las primeras horas de la madrugada cuando Jorge Prubí robó un par de gallinas en el predio de Ca'n Cardaitx. Apenas les dio tiempo a las pacíficas aves de cacarear sus quejas pues fueron agredidas, con alevosía, premeditación y nocturnidad; y sin darles opción a considerar que les había llegado el fin de sus días... Las metió en el talego junto con las medicinas. Muy cerca se oyó el ladrido de un perro pero el catalán sabía que estaba atado. Toni de Ca'n Cardaix solía atar los perros al anochecer no fuera que les diera por atacar a turistas románticos y con deseos de contemplar la luna, o un bello amanecer. Ello le llevaría disgustos, papeleos, con las consiguientes y molestas diligencias.

Cuando Prubí entró en la caverna, y después de encender un quinqué, se acercó al camastro. Erika dormía profundamente. Le tocó la frente y creyó notar que la joven se estaba recuperando. Hirvió agua en el hornillo de petróleo, escaldó las gallinas y se dedicó a la laboriosa tarea de desplumarlas. Dejó el hornillo encendido con el fin de contrarrestar la humedad del interior de la gruta. Cuando les hubo quitado el poco vistoso plumaje a las dos aves se dedicó a la no menos digna tarea de limpiarlas. Separó los menudillos y el corazón de las tripas y éstas, para goce de los gasterópodos y de los pequeños gobios, las arrojó a la lagunilla. Con los cuellos y pechugas hizo un caldo que le sentaría bien a la muchacha. Los muslos y sobremuslos los reservó para, al día siguiente, alimentarse él y alimentar a Erika. Volvió al lado de ésta y le hizo tomar un tazón de caldo caliente y una cucharada de jarabe; y la arropó.

Erika, a pesar de la borrachera que aún le duraba, parecía mirárselo asombrada ante tantos cuidados, mimos y tantas deferencias.  

- No te hagas falsas ilusiones. Te quiero sana. ¿Sabes? No hago esto por bondad o por un exceso de cariño hacia ti, todo lo contrario. Te quiero sana y vivita para que no pierdas detalle de todo lo que voy hacer contigo...

- Tú serr very, very malo...

- ¿Y quien dice que te voy hacer algo malo...?

Y sin más comentarios a las palabras de la joven, Prubí, sacando un par de mantas, se acostó en el lecho de fina arena, junto al camastro. ¿Se sentía paternal o sus desvelos por la joven encerraban tan sólo sucias intenciones...?

Quizás una mezcla de ambas cosas. Él no tenía hijos y ahora parecía notar dentro de sí el despertar de un anómalo sentimiento y, a pesar de que sus actos estaban guiados por libidinosos deseos, y una lujuria contenida, debido a las muchas provocaciones que había sido objeto por parte de aquella procacidad de niña, no dejaba de pensar que antes nunca había pasado por un trance como aquél: El de cuidar a una jovencita a la que, por otro lado, odiaba por haberse reído de él. A la que deseaba egoístamente, con insana pasión. A la que no pudo acceder debido a una dolorosa impotencia, causada por sus coqueteos, provocaciones, crueles burlas, falsas promesas, y descarados devaneos.

¿Y si la degollara ya...?

Quizás fuera lo más práctico. Así se evitaría muchos problemas. No iba con él el ponerse sentimental... A aquellas alturas sería un peligro para su propia seguridad.

Más le valdría matar a la joven y cambiar de aires.

¿Y dejar la cueva..., su cueva? Sólo de pensar en ello le daba una gran desazón...

Apagó el hornillo y al poco rato dormía con el sueño de una conciencia tranquila, la de que aquel día, al menos, había hecho cosas buenas... Erika, desvelada y, a la luz del quinqué, contemplaba, absorta en sus fatales pensamientos, el techo de la cueva. Se le había pasado bastante el mareo. Prubí, dormía cerca y, de tanto en tanto, emitía algún que otro sonoro ronquido. Mientras, la joven repasaba en su mente todo lo ocurrido, la difícil situación en que se hallaba y, también pensaba, con desesperación, en la forma de resolverla.

Tenía que salir de allí...

Ella entró por el mar y quizá podría salir por él, ya encontraría la forma.

¿Pero cómo deshacerse de aquél monstruoso asesino? Sobre una tosca y pequeña mesita vio el cuchillo con el que el catalán descuartizó aquel par de gallinas.

Ello le sugirió una idea.

Una idea homicida: O él o ella.

Era cuestión de decidirse ya que estaba en juego su propia vida, mas no se veía capaz, ni con fuerza física, ni anímica, para hacerlo.

- ¡Ahora o nunca! - Se repetía una y otra vez.

Se levantó sigilosamente y asió el cuchillo por el mango. La ancha hoja aún conservaba la sangre seca de las aves. Vio el velludo torso de don Gorgue elevarse y bajar, acompasadamente, en su profundo dormir. No..., no se atrevía. Le repugnaba, enormemente, la idea de hacerlo pero, por otro lado, comprendía que en la decisión, o en la duda, de cometer aquel acto podía depender su supervivencia y que, un exceso de escrúpulos ante aquella ocasión que se le presentaba, acabaría, fatalmente, por perjudicarla. Era su única y su gran oportunidad.

Indecisa, ante la gran disyuntiva, e imperativo dilema, paseó la vista por aquel antro hasta posarla en la escopeta de pesca submarina que colgaba de una de las pétreas columnas. ¿Y si le clavara o le disparase un arpón? Su mente trabajaba veloz y, al ver el carrete, otra idea, más de acuerdo con su condición femenina, exenta de una violencia directa, más sutil, y no por ello menos práctica, se le ocurrió en aquellos tan decisivos momentos. Mas tenía que darse prisa y aprovechar el profundo sueño de Prubí. En la nansa de la pesca, en que el catalán tenía sus aparejos, encontró lo que quería.

Comenzaba ya a notarse el frío que precede a las tempranas horas del amanecer y que se intensificaba aún más en la joven debido a su débil estado. Erika se abotonó del todo  la blanca camisa que le proporcionó Prubí, su raptor. Vigiló por si se despertaba y se dispuso a ejecutar su plan, un plan que por lo arduo requería un laborioso y tesonero empeño por su parte. Antes de poner manos a la obra se tomó una taza de caldo. Éste aún conservaba cierta tibieza, mas la joven, a fin de animarse, le añadió un poco de brandy. La reconfortaría... Se acercó a la playita y, algo extrañada, vio como las aguas se movían. Todavía quedaban algunos gobios, otros pequeños peces, y algunos cangrejos, dando cuenta de los desperdicios que Prubí arrojó allí horas antes.

Cuando terminó su labor estaba débil y extenuada por el enorme esfuerzo. Aunque satisfecha, también estaba nerviosa por la excitación.

La rosada y tenue luz del amanecer empezaba a filtrarse a través de la lagunilla hasta el interior de la caverna e iluminando, de un cálido carmín, las pétreas columnas. Erika se sentó sobre uno de los esculpidos peldaños y, con los faldones de la camisa, se tapó las piernas. 

Tenía frío...

Ahora tan sólo le quedaba esforzarse al máximo para contener su impaciencia, y esperar...


 

Eran ya pasadas las siete de la mañana cuando Anselmo Pérez, que aguardaba bajo la pequeña cuesta que conduce al Hotel de Na Taconera, vio venir por la carretera, entre nubes de polvo, pues aquel camino estaba sin asfaltar, el Jeep conducido por su compañero el cabo Simón Fernández.

Éste paró el vehículo a su lado.

- ¡Qué hay Holmes! - saludó bajándose.

Se dieron un efusivo apretón de manos.

- Te lo debes pasar canuto por aquí. - Se sacó del bolsillo el paquete de Celtas y lo alargó hacia Pérez.

- ¡Gracias Simón! No me puedo quejar... Es como si estuviera de vacaciones...- Sacó un cigarrillo y lo encendió - De momento no hay nada nuevo sobre el caso que me ha traído, doctor guasón, sólo sospechas y muchas conjeturas.- Contestó Anselmo Pérez correspondiendo en algo al sentido del humor de su camarada y amigo. -Aunque, en parte me sabe mal, espero que sea por poco tiempo- añadió dándole una larga chupada al cigarro. ¿Y a ti, cómo te va?

- Tampoco me quejo aunque tengo que aguantar los cambios de carácter dr Don Basilio, que está estos días de un humor de perros...-

¡¡¡Perdón Dic!!! – gritó mirando hacia la furgoneta.-

- Aquí te traigo el animalito...- le dijo Fernández al abrir la portezuela posterior del vehículo. - ¡Fíjate que planta tiene...!

También le entregó una bolsa que contenía ropa. 

Pérez tomó la correa que sujetaba al hermoso pastor alemán...

- Y en la bolsa tienes unas cuantas prendas, aún sin lavar, que nos ha cedido la mujer de Prubí. El perro, por lo que puedes ver, es un fuera de serie... - Se llama Dic. - Añadió, - Dócil e inteligente por las referencias que tengo y lo poco que he podido apreciar en él... Os haréis amigos enseguida. -

En efecto, aquel perro, pastor alemán, parecía de la más pura raza. No se entretuvieron mucho, y más sabiendo que el tiempo apremiaba, y se despidieron.

Los gañidos del inteligente animal demostraban una cierta impaciencia por empezar su cometido.

- ¡Suerte..., Anselmo! -

- ¡Hasta la vista, Simón!

 

Suele decirse que, después de un sueño profundo, se tienen telarañas en los ojos. A don Jorge Prubí jamás le pareció ver tanta profusión de telarañas en toda su vida como en aquél sorpresivo, y poco dulce despertar... Casi enseguida se dio cuenta de que no eran exactamente telarañas lo que tenía ante sus saltones y asombrados ojos, ni a sus alrededores, sino una serie de entramados hilos, o sedales de pesca, que formaban una gran red en la cual él era como una especie de despreciable y peludo abejorro. Y sin embargo, y dado su descomunal cabreo al verse de esa guisa, iba a convertirse, para desencanto de la muchacha, en una temible y mortal araña...

- ¡¡¡Requetecullons...!!! -

Exclamó estirando con incontenida rabia los hilos de fibra sintética atados, y entrelazados, primorosamente de columna en columna por delicadas manos de mujer, y que no cedían ni a la de tres.

- ¿Crees que te puedes reír de mí de esa manera..., oi? - Contempló a la joven a través de aquella enmarañada trama. Erika estaba ahora de pie, expectante, y con el temor reflejándose en sus bonitos y azules ojos. 

A Prubí le hubiera gustado retenerla en la cueva para, cuando se repusiera a base de sumos cuidados, por su parte, y a un exquisito trato, para que se fuera confiando, poseerla, ultrajarla, humillarla, y vejarla, hasta el límite de lo que se puede vejar a una mujer.

- ¿Crees que te saldrás con la tuya...? Veo que no has podido huir. Sabía que no podrías alzar la piedra al final de la escalera. - El catalán reía sarcástico cuando sacó una enorme navaja de uno de sus bolsillos.

- ¡Ahora verás lo que es bueno...! -

En efecto la joven no había contado con aquella fatídica contingencia.

La navaja podría ser un arma muy peligrosa para desbaratar su plan. Las cosas no salían como ella esperaba. No tardó el nefasto Prubí en ir desenredando la gran y elaborada madeja en la que hallaba envuelto.

¡Zas! ¡zas! ¡zas!  A cada golpe de su navaja los hilos iban cayendo. Erika temblaba pues cada vez lo tenía más cerca y, por fin lo tuvo donde ella quería.

Lo esperó estoica, con esa entereza que, a veces, da la desesperación ante el peligro y, el catalán, en su furia incontenida, y en su precipitada marcha para alcanzar a la joven, tropezó con unos sedales dispuestos casi a ras del suelo. Al perder el equilibrio vaciló y, tambaleándose, volvió a tropezar. Cayó de espaldas sobre una de las estalagmitas que lo atravesó de parte a parte... La afilada punta se asomaba tinta de sangre entre los profusos y acaracolados rizos de su simiesco torso.

Un destello de su diente de oro volvió a relucir a través de una sonrisa con la que quería, en un amago de orgullo, paliar ante los asombrados ojos de su astuta enemiga su inesperado, e irremediable fracaso.

Erika, aún temblaba, cuando fue a por un dardo a fin de que le sirviera de palanca para poder mover la piedra que tapaba la salida de la gruta. Al volver el cuerpo inerte de Prubí yacía atravesado al pie de la tosca escalera.

Un hilillo de sangre salía de las comisuras de sus labios y la joven intentó pasar por encima de él, mas, al posar el pie en el primer peldaño de la empinada escalera, una mano poderosa la sujetó...

Horrorizada quiso zafarse pero era tal su debilidad que hubo de desistir. La mano de Prubí, ya muerto, seguía aferrada a su tobillo y a Erika le fallaban las fuerzas, ya que, Jorge Prubí, en su rigor mortis, tenía los dedos tan agarrotados que le era, del todo imposible, abrírselos...

En todo aquel tiempo que estuvo asida por aquella mano muerta, pero férrea, obstinada e inconmovible, los minutos se le antojaron eternos y, durante ellos, meditó mucho..., mucho más que en toda su frívola existencia: Había aprendido cosas, muchas cosas... Su mente había adquirido un ignoto, en ella, sentido de la madurez. Y de la vida.

Después cayó en el sopor de un enfermizo marasmo  convencida que ya todo había acabado para ella. No sentía el tic tac de un hipotético reloj al pasar el tiempo pero sí los sonoros latidos de su corazón angustiado..., y el rumor del mar. Era la única seña que le venía del exterior aparte de aquella rendija luminosa, en lo alto del empinado y lóbrego agujero...

El clamor, y la luz, de una inalcanzable esperanza.

El tiempo ya no significaba nada para ella pues, más pronto, o más tarde, acabaría por no sentir siquiera  sus propios latidos, ni el flujo y reflujo del mar, ni..., ni nada... Quedaría bajo tierra, y junto al cadáver de un loco asesino, de un par de cráneos, en aquella enorme y tétrica tumba...

Durante aquel largo y angustioso desvanecimiento, y en el que la joven se hallaba semiconsciente, le pareció oír unos ladridos, más tarde voces, e intentó gritar, mas, era tal su debilidad que, por mucho que lo intentaba, no podía...

Se hizo de nuevo el silencio.

Desesperada por la fatalidad que la había condenado a una muerte lenta lloró de desánimo e impotencia. Deseaba que esa muerte se la llevara, cuanto antes, para abreviar aquella terrible agonía. Algo más tarde los ladridos volvieron a oírse, aunque remotos  y se sintió, aún, más desgraciada... Mas, al poco rato, le pareció como si sonaran más cerca, más claros, y potentes, hasta llegar a convertirse en impacientes gruñidos.

Voces humanas discutían allá arriba y, al poco tiempo, un raudal de luz se posó sobre la postrada figura de la joven que, deslumbrada, entrevió dos cabezas que se asomaban por el angosto agujero. Eran las de Pérez, el guardia, y la de Klaus Litmann.  Al irse acostumbrando su vista a la claridad de aquel cielo, que se abría ante sus ojos, le pareció, en esos inolvidables momentos, el más luminoso y hermoso azul que jamás había visto.

Y su corazón volvió a latir con fuerza pero esta vez no era debido al pavor, sino todo lo contrario. Después de la traumática, y trágica experiencia que le tocó vivir pudo reconocer a uno de aque­llos dos hombres:

A su fiel y querido Klaus.



 

 



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Eusse López, Luz Elena
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León Burgos, Miguel
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Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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