Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XX

Cuando Jorge Prubí i Camps emergió del mar e irrumpió en las rocas, salpicando y sacudiendo agua, a diestro y siniestro, parecía talmente un monstruo acuático salido de las profundidades marinas. Una especie de Tritón sin escamas, pero con muchos pelos, y por joroba un par de negras botellas de oxígeno adosadas a sus espaldas. Se movía con una rapidez sobrenatural. Erika estaba más que horrorizada, y ya no digamos cuando aquel esperpéntico, y barbudo homo sapiens, se apoderó de su frágil tobillo para arrastrarla, y sin miramientos, al fondo de las salobres aguas. Una vez en éstas Prubí le introdujo en la boca el tubo de una de las botellas, así y todo, a la joven le costaba respirar. Tragaba agua hasta por las narices. El susto, y la sorpresa, que le dio aquel bestial e improvisado fauno de los mares, aún le duraba. Y le duró...

Por entre un dédalo de rocas Prubí consiguió llevarla hasta la lagunilla de su cueva y, cogiéndola por su larga melena, la arrastró hasta la fina arena de sus orillas. Parecía haber perdido el conocimiento y su respiración era entrecortada. El catalán le hizo un boca a boca y la joven pareció reanimarse, estuvo un rato tosiendo y abrió los ojos. El pánico volvió a apoderarse de ella al ver, a través de la tenue luz, la mezcla de lascivia, y de odio, sobre todo de odio, que se reflejaba en el innoble y barbudo rostro que tenía ante sí.

Parecía un verdadero demonio...

Prubí se incorporó y encendió un quinqué. Erika aún yacía desnuda sobre la húmeda arena, tenía frío, y fue entonces cuando la muchacha pudo contemplar, asombrada, la enorme bóveda de la gruta...

Las esbeltas estalactitas y estalagmitas que la sostenían, y, creyéndose en el averno, volvió a perder el sentido. ¡Madre mía!

¡Y qué otro susto se llevó la pobre chica al despertar de nuevo y notar que estaba sujeta, de pies y manos, a una especie de catre, o camastro! ¡Y que, cuando abrió los ojos, lo primero que vieron estos fue aquél par de mondos cráneos que parecían mirarla con las redondas oquedades de sus cuatro “ojos”!

De estos partían unos rayos de un verde azulado y que iban dirigidos hacia su aterrorizado, y pálido rostro. Erika, presa de mortal pánico, se debatía tratando de zafarse de sus ligaduras. Aunque ahora llevaba una camisa que le puso Prubí, la joven temblaba, y no de fiebre, precisamente, sino de puro miedo.

Oyó la risa del catalán...

Éste enchufando la radio portátil hizo que las notas de Juan Sebastián Bach se desparramaran sonoras e impresionantes por toda la caverna, y en aquella macabra escena... La Tocata y Fuga repercutían en las paredes de la gruta.

Nunca la joven había pasado tanto pavor... Y recordó cuando oyó esa misma música al intentar reconocer el sitio en el que ella vio desaparecer a don Gorgue. Entonces fue cuando éste, amortiguando el sonido del aparato, apareció de nuevo ante sus ojos, y le habló:

- ¡Vaya, vaya, con la atrevida, y descocada jovencita! ¡Pero si hasta se ha hecho pipí...! ¡Os voy a presentar y verás que no tienes motivos para sentir miedo...! Uno de estos dos es un gran amigo tuyo. ¿No lo recuerdas? -

- Él sí que parece recordarte, - continuó Prubí- ¡hasta parece contento de verte! Le prometí que un día le harías compañía. ¿Lo reconoces ahora...?

- Es don Mario, - continuó el catalán - tu amado profesor, tu herr proffessor, tu pez magister. ¿Lo recuerdas? Está algo cambiado, y más delgadito, pero es él. ¿O acaso prefieres que te traiga la cabeza de Klaus?-

Erika, con los ojos agrandados por un gran terror, se lo miraba sin poder articular palabra. Don Jorge Prubí correspondió a su mirada con una cruel y demoníaca sonrisa en la que brillaba, haciéndola aún más maléfica, el resplandor de aquellas luces sobre su diente de oro.

- No me costaría gran cosa traértelo. Lo mismo que traía sus peces a esta hermosa cueva te lo podría traer a él... Una zambullida y, ¡zas!, un arponazo en el corazón, como hice con éste - y al decir esto, sin dejar de sonreír, posó la palma de su mano sobre el cráneo del finado don Sebastián, acariciándolo. También puso la mano sobre la frente de Erika.

- ¡Pero si tienes fiebre...! Eso no me gusta, te daré una aspirina... Te quiero limpia, pero también sana.-

Prubí sospechó si la joven ahora se fingía enferma para evitar que la violara y luego se deshiciera de ella, como ya tenía planeado. Lo que no sabía ésta es que, sobre ese particular, era él quién fingía a su vez. El catalán era muy listo, tremendamente listo y la veía venir. Le beneficiaba aquella situación pues era él, el que no estaba en condiciones de violarla debido a su indisposición.  Desde luego que tendría que matarla.

Ya había entrado en su cueva, y conocía su gran secreto. Pero la muerte de la muchacha, aunque formaba parte de su muy premeditada venganza, era  parte nimia de ésta. Tenía que humillarla, y luego poseerla en todos los sentidos...

Pero para ello lo que tenía que hacer, en primer lugar, era curar su forzada impotencia.

Ésa dolorosa orquitis, de la última vez que estuvieron juntos, era aún peor que la primera. Sabía los remedios para paliar su dolor e incluso para curarse.

Tomaba para ello unas pastillas ex profeso, y un jarabe, que le había recetado el doctor pero, esas medicinas se le estaban terminando y pensó que sería una buena idea hacer una visita a la farmacia del pueblo, a fin de reponer medicamentos.

Seguro de que el boticario se alegraría de verle. Por otro lado como su curación le llevaría un par de días, como mínimo, trataría de ser lo más amable posible con la joven, lo suficiente para que fuera tomando confianza y se fuera animando. Para lo que quería hacer con ella, antes de su marcha de este mundo, la necesitaba más alegre y más animada, bastante más animada. Prubí, en un vaso de agua, introdujo una pastilla de aspirina efervescente. Después desató las ligaduras que sujetaban a la joven. Ésta, muda de pavor, no decía nada, y tampoco tenía apenas fuerzas ni para levantarse.

- Lávate en la laguna, tómate esto y acuéstate. Para lo que te necesito has de estar buena, es decir, más buena que nunca. – Y volvió a sonar su cínica risa... Erika se encontraba indefensa y a merced de aquel vesánico. ¿Qué podía esperar de un monstruo semejante?

Prubí tomó un par de mantas, una botella de coñac, y encendió un hornillo de alcohol que puso bajo el catre. La haría sudar hasta que le desaparecieran todos los síntomas del catarro.

Después, cuando ya él también estuviera bueno, le demostraría, antes de matarla, y con toda clase de vejaciones, quién era don Jorge Prubí.

Por fin había llegado la hora de su venganza...

Esa calentura de Erika, que Prubí había tomado por un resfriado, debido al largo chapuzón a que don Gorgue la había sometido bajo el agua, salvó, de momento, a la joven. O así lo creía ella. Y no es que ésta tuviera miedo a ser violada. Un himeneo más o menos no podía afectar a su moral, de la que andaba algo escasa o, más bien, desconocía el significado de esa palabra; ni a su físico, ahora alicaído, ya que, estando normal, su fogoso cuerpo le pedía una continua marcha.

No era nada tonta y ya se temía, y no iba muy desencaminada en su temor, que el catalán, una vez satisfechos sus lascivos instintos, es decir, una vez que ya la hubiera poseído, acabaría por matarla. Su mente trabajaba con rapidez...

Ahora lo comprendía todo. Aquella música, que ya había oído otra vez, y que procedía de las entrañas de la tierra, le hizo pensar que la caverna debía tener una salida al exterior. Una salida por tierra.

No, la joven Erika no era tonta, y lo apurado de su situación hacía que trabajaran, al cien por cien, sus meninges... Calculó que debía hallarse, por la parte superior de aquella cueva, el sendero por el que vio desaparecer al malvado de don Gorgue...Le convenía, pues, simular que estaba más enferma de lo que aparentaba. Así, quizás, con un poco de suerte, pudiera zafarse de las garras de aquel endemoniado y abominable ente.

Con torpe caminar, vacilando, y cual si estuviera más débil de lo que en realidad estaba, se acercó a la laguna. Encontró el agua fría, y mientras se lavaba, con un paño que le había proporcionado Prubí, miró con disimulo hacia la parte superior de la bóveda a fin de ver si era por allí donde estaba la esperanzadora salida. Mas si Erika era lista, el catalán no lo era menos...

Parecía adivinar sus pensamientos.

La joven se puso una toalla sobre los hombros y subió por los peldaños esculpidos en la roca; al final de ellos se veía una rendija, o pequeña franja de luz. El catalán se hacía el longui, y la dejaba hacer... La muchacha, al llegar arriba, alzó los brazos y, acumulando las pocas fuerzas que tenía intentó desplazar la piedra, o losa, que la separaba de la libertad.

No pudo ni moverla.

Aparte de su debilidad aquella piedra debía ser muy pesada para sus fuerzas de mujer. Momentos después, y más desesperanzada que nunca, descansaba en el camastro. Prubí, que procuraba no mirársela demasiado, la tapó con un par de gruesas mantas. De cuando en cuando le daba a la joven un buen vaso de coñac. A Erika se le pasó el frío y, ya algo más animada o envalentonada por la bebida, se atrevió a preguntar:

- ¿Tú querrer emborrachar mí...? -

- Tú bebe que esto te hará bien. Te pondrás buena...-

Al tercer o cuarto vaso, Erika, presumiblemente ya estaría soñando con una serie de angelitos de torpe volar por la pesadez de sus atributos. El sudor perlaba su frente y su respiración, aunque profunda, era más acompasada y normal.

Tiene para rato..., pensó Prubí, y se sirvió medio vaso de brandy para él.


Anselmo, sentado sobre una roca y con los brazos sobre las rodillas, miraba el mar. Klaus, a su lado, transido de dolor, componía sus pertrechos de pesca, una y otra vez, automáticamente y sin ninguna ilusión. En sus azules y claros ojos había una profunda pena. Ambos pensaban:

Anselmo con la fría serenidad que requería la misión de descubrir al asesino y, con él, a su posible víctima. Klaus Litmann con el sufrimiento de haber perdido a su Erika, a quién amaba a pesar de sus devaneos, y caprichos. Sufrimiento al que se unía la impotencia de no poder hacer nada por recuperarla, y a una total incomprensión a lo sucedido. No concebía que pudiera haberle ocurrido semejante tragedia.

Hacía ya un par de años que conoció a Erika, en la ciudad de Dresde, donde ambos ejercían de profesores. De unos meses acá hacían vida en común y un día Erika le habló de las maravillas de Mallorca. Decidieron pasar un verano juntos, tomar el sol, los baños, divertirse... y, ahora... Todo parecía haber terminado. Klaus añoraba la risa y el desenfado de Erika, sus bromas, su hermoso rostro, y toda ella, en suma. Nunca creyó que le afectara tanto perderla. Ahora se daba cuenta de que la quería de verdad. ¡Aquél viejo y vengativo loco de don Gorgue! ¡Quién lo iba a pensar! Hablaron ambos hombres, allí, junto al varadero, donde por primera vez Erika, faltando a su compromiso con uno, se entregó por entero al otro... Y sin que ninguno de ellos, casi, pudiera evitarlo. Hablaron, el uno para saber, y el otro porque no tenía a nadie más en quién poder desahogar la impotencia, la tristeza, y el dolor que le consumía el alma.


 

-¡Diga! ¡Dígame...! - Una voz imperiosa, y de enfado, sonó al teléfono.

- Soy yo, mi Sargento, soy Pérez... - decía éste desde un teléfono público situado en la carretera, junto al Camping de La Fuente de la Cala.

- ¡Hombre, justamente, en Ud. pensaba en estos momentos! Dígame, Pérez. ¿De qué quiere hablarme, o qué es lo que necesita ahora...? ¡Estoy impaciente por oírle...!

- Un perro, mi Sargento, quisiera que me enviara uno, al menos, y bien amaestrado, y unos calzoncillos viejos de Jorge Prubí, por ejemplo, algo íntimo que lo identifique... Ud. ya me entiende...-

Don Basilio Corralete cogió un Farias de la caja que tenía sobre la mesa del despacho y lo encendió. ¡Claro que entendía lo que Pérez quería decirle! Un perro para husmear la zona y una prenda íntima de uso personal de Prubí... ¡No era mala la idea del muchacho!

- Hablaré con su mujer sobre este particular. Ése guarro debe tener muchas cosas en su casa que huelan mal y, en cuanto al perro, no se preocupe, veré de conseguirle uno en el Cuartelillo de Manacor. Mañana a primera hora, sin falta,  se lo enviaré por mediación del cabo Fernández. ¿Tiene ya alguna pista, idea, o  proyecto que justifique esa petición? -

- Más bien una vaga sospecha que, de ser cierta, nos llevaría, indefectiblemente, hasta nuestro hombre. Ayer estuve hablando con Klaus Litmann y, a juzgar por sus palabras, que corroboran las de su señora, deduje la posibilidad de que el catalán esté oculto por aquí, o muy cerca de estos andurriales... -

- ¡Desde luego que el catalán está por aquí! -

La voz de don Basilio acentuó más el malhumor que llevaba encima. Después, atusándose su incompleto bigote, prosiguió:

- Perdone mi estado de nervios pero ayer alguien, y suponemos quién, asaltó la farmacia del pueblo. Su firma estaba allí, y no quiero entrar en  detalles, sobre el vidrio del mostrador. Toda la botica andaba más que revuelta y no se sabe aún si se llevó medicamentos, ni cuáles... El boticario está haciendo inventario y puede que nos facilite una pista. Eso nos lleva a sospechar la posibilidad de que Prubí se halle enfermo:  desde luego, y por lo allí visto, que diarrea no tiene... Quizás sea la joven la que esté enferma, si aún está viva. Lo último nos daría un margen de esperanza, aunque  pequeño, de encontrarla con vida.

-¡No hay mucho tiempo que perder, - exclamó de nuevo- aunque si de mí dependiera le enviaría un par de leones para que se engulleran a ese monstruo! Por el momento voy a ver si le consigo un buen perro... ¡Ah! Y su idea de que se halle por ahí escondido no me parece descabellada. Yo siempre lo he creído así. ¡Cuelgo! ¡Le llamaré a la noche!.-

Entretanto, las noticias sobre la desaparición de la joven, el atraco a la farmacia, y otros sucesos que les precedieron, tenían alarmados, y en vilo, al pueblo de Capdepera, a la comunidad del puerto de Cala-Ratjada, y a la de Sa Font de la Cala, por supuesto.

El asustado boticario, por lo sucedido antes con su perro, y ahora con el atraco a la farmacia, temblaba de puro miedo.

Algunos de los más asiduos componentes de la tertulia de la Plaza, o del Casino, no se sentían  seguros temiendo las continuas represalias, o algún  desagradable evento, por parte de don Jorge Prubí i Camp, considerado ahora como un monstruo.

Un rencoroso y temible enemigo público del que había que guardarse.

Pero nadie se ensañó, por ello, con su familia. Más bien un humano, y piadoso, sentimiento de conmiseración hacia Nuria, su desgraciada esposa, anidaba en el sentir de la buena gente.

También los periódicos de la Capital hiciéronse eco de casi todo lo acaecido en aquellos importantes enclaves turísticos. Lo que pasó en la casa de don Basilio Corralete quedó en el más absoluto secreto ya que éste procuró que aquél inolvidable, para él, y desagradable suceso, ocurrido en la Casa Cuartel, no transcendiera.

En principio por su propia dignidad y la de  la noble Institución que representaba y, a posteriori, porque ello, de saberse, intranquilizaría aún más a la gente del pueblo y de la que él, en ese sentido, era totalmente responsable.



 

 



  Obras de este autor

· Prólogo
· Entorno
· Nota

· Cap 1
· Cap 2
· Cap 3
· Cap 4
· Cap 5
· Cap 6
· Cap 7
· Cap 8
· Cap 9
· Cap 10
· Cap 11
· Cap 12
· Cap 13
· Cap 14
· Cap 15
· Cap 16
· Cap 17
· Cap 18
· Cap 19
· Cap 20
· Cap 21

· Colofón

 


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com