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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo II

A la noche don Jorge Prubí i Camps se presentó de punta en blanco, con camisa beige y corbata azul, así como la chaqueta, cruzada y con botones dorados. Estaba hecho, lo que vulgarmente se dice, un brazo de mar... Aquella ropa elegante disimulaba su achaparrada y simiesca figura. La joven pareja también acudió con la corrección que suelen poner los extranjeros para asistir a esos pequeños y cotidianos actos sociales.

Ella vestía de largo, y él con  chaqueta clara. El blanco vestido de noche de Erika, que así se llamaba la joven, contrastaba con su bronceada piel y por el amplio escote asomaban, incitantes, los principios de sus turgentes senos; su rubia y larga melena se mecía, con natural gracia, a cada uno de sus gráciles movimientos. Mientras, una sonrisa  asomaba perenne en los labios del joven Klaus, cuyos rubios cabellos le caían lacios sobre el atezado rostro.

Posteriormente a los saludos de rigor don Jorge besó con galantería la mano de la muchacha y se sentaron alrededor de la mesa. Ésta ya estaba preparada bajo unos farolillos de papel que se balanceaban al soplo tenue de la brisa y, en su centro, un par de quin­qués acababan de dar una nota ambiental al romántico entorno, casi al aire libre.

Pequeñas mariposas nocturnas revoloteaban alrededor de las luces. Algunas de ellas yacían sobre el rojo mantel con las alas chamuscadas. Ello le hizo recordar a don Jorge algo que pensó, anteriormente, sobre las frágiles alas de las mariposas. Sonrió, y observó los ojos de Erika...Por mucho que tratara de disimular los lujuriosos deseos que le acuciaban, bajó los suyos y, con fingida timidez, dirigió su mirada hacia los prominentes y redondos senos de la joven que, a la suave luz de los quinqués, despedían reflejos am­barinos...

Desde allí no podía contemplarse el mar pero sí llegaban hasta ellos el efluvio que portaba su brisa, y las dulces notas de una música lejana...

Aquella fiesta duró hasta las tres de la madrugada y el champaña, los chistes y las bromas, alegraron a los tres comensales. Producto de esa confianza que se estableció entre ellos permitió a Prubí tomarse alguna libertad con la joven, sentada a su lado, aunque procuraba ir con tiento y, sobre todo, con tacto, mucho tacto, para no pasarse de lo justo a fin de no perder otros contactos más íntimos, o más completos, con aquella preciosa muñeca,  y en un futuro que parecía  presentársele asaz esperanzador.

Hasta bailó con Erika aleccionado a ello por  Klaus que no paraba de reír y repetir su eterno sonsonete: -Ya, ya, ya... Mas le resultaba un gran esfuerzo portarse con toda la corrección que requería su estrategia ya que la apetecible alemanita, al son de la música de una vieja gramola, se le insinuaba moviendo las caderas, y con provocativa cadencia, apretándose al máximo contra él.

Toni, que era quién cambiaba los discos, en el viejo gramófono, sentado sobre una cómoda butaca de mimbre, y más apartado, contemplaba divertido la escena. Bajo aquél emparrado, de ramas de pino, no había nadie más que, la joven pareja, don Jorge, y él.  Para Toni de Ca'n Cardaitx allí se estaba mascando una cabronada de las tantas que él estaba acostumbrado a presenciar desde que se dedicaba al negocio de la restauración. Y, lo que más le chocaba, era ver la insólita actuación del respetable don Jorge, y como era manejado por ­la explosiva criatura que tenía entre los brazos...

Mas, cansado por el trabajo de una dura jornada, acabó por dormirse. Momentos más tarde el disco giraba mudo pues la aguja del gramófono había entrado ya en su último tramo.

Klaus se acercó a él, instante en que Prubí, desesperado, pues ya no podía aguantar tanta excitación, intentó besar a la joven en la boca. Ésta, riendo, echó hacia atrás su poderoso busto abortando sus deseos... O acuciándolos. Y, a pesar de la carencia de música, Prubí, y Erika, seguían fundidos en un abrazo, y en un suave forcejeo, que nada tenía que ver con la danza.

Era una especie de toma y daca. Más de toma que de daca. El uno para besar y sobar, y la otra para, con una mezcla de insinuación y rechazo, desatar aún más la pasión del maduro Prubí, y excitarlo al máximo.

-¿Mero ?- Preguntó Erika con pícara coquetería y apretando su cuerpo al de Prubí. Los hermosos senos de la joven ya afloraban fuera del vestido y temblaban agitados por su cristalina risa... Parecían dos globos, y a punto de explotar, de tan apre­tados que estaban contra el peludo pecho de aquel sádico espeleólogo empeñado, también, en explorar cuevas prohibidas.

-¡Mero...!- le contestó Prubí...

Klaus se hacía el longui; sabía que al final sería él quién se la llevaría al huerto, es decir, a la cama. Y con más bríos si cabe... Aquello tan sólo formaba parte de un juego al que él gustoso, de común acuerdo con la joven Erika, se aprestaba, y consentía.

La aguja del fonógrafo cayó, de nuevo, sobre las estrías del disco y su monocorde melodía volvió a turbar el silencio de la noche.

- Ya, ya, ya...


En el interior del Bar El Recreo, o Casino del pueblo, solían reunirse durante casi todas las tardes del año, exceptuando los calurosos días del estío, algunas de las personas con más relevancia de la Villa. Estos solían ser, principalmente, las llamadas autoridades: El Alcalde, el Secretario del Ilustrísimo Ayun­tamiento, el médico, el maestro, el telegrafista, el farmacéutico, algún acre­ditado comerciante, o empresario, o algún que otro Hijo Ilustre del pueblo, y que se dejaba caer por allí. A veces, al igual que el cura, acudía el Sargento de la Guardia Civil..., aunque estos últimos no solían ser los más asiduos a las dichas reuniones. El primero para no aguantar chistes algo subidos de tono, y el otro para hacerse respetar y guardar las distancias que requería su egregio cargo. Es decir: que no siempre estaban al completo las tertulias pues no eran todos los que estaban, el día anterior, ni estaban todos los que eran, en el día de hoy, (con perdón).

En los meses del verano, y debido a la calor, preferían sentarse, algunos de ellos, en la Plaza de Orient, y en las sillas exteriores del Café que ostenta el nombre de dicha plaza. En dichas reuniones solía hablarse de política, sucesos locales, que solían ser pocos, anécdotas, recuerdos, o se dilucidaban temas, proyectos del Municipio; en fin, tertulias como otras cualesquiera pero que servían, por lo general, para tomar el pulso al pueblo, sopesar las opiniones y pareceres de sus más preclaros representantes. O bien explayarse con los recuerdos de otros tiempos que siempre, suele decirse, fueron mejores.

También era una buena ocasión para criticar a los no presentes. Era éste un caso aplicable al Sargento, por poner un ejemplo. Don Basilio Corralete Gómez era el Comandante del Puesto de la Benemérita desde hacía muchos años. Su respetabilidad era debida a su probada rectitud y bienhomía, virtudes ambas a las que había que añadir el gran cuidado que dispensaba al enorme bigote que lucía, con orgullo, bajo su aguileña nariz. Ese bigote, unido a la solemne gravedad de su porte, y la parquedad de su habla, pues evitaba el trato asiduo con la gente del pueblo o las excesivas confianzas, le ayudaban a mantener las distancias, y en muy alto grado, su autoridad. Las pocas veces que venía a la reunión y hablaba, lo hacía con mesura, reposadamente, y mirando fijo a su interlocutor. Tenía un ojo de cristal.

Debido a un caso, un robo cometido en la Villa, en el que el Sargento había investigado, y resuelto, a uno de la tertulia, un tal Binimelis, se le ocurrió decir, en mala hora, que don Basilio tenía un ojo muy clínico. Éste, al que le sonó a indirecta lo del ojo clínico, se lo miró de tal manera, con el sano, que el tal Binimelis jamás volvió a alabarle, ni el uno, ni el otro... Aquella era una más de las anécdotas que podían contarse siempre y cuando Don Basilio estuviera ausente en la reunión...

Por lo demás era un Círculo, casi cerrado por lo difícil que era el entrar en él, al que algún curioso, a pesar de su restringido acceso, se podía acercar siempre que fuera prudente, se mantuviera a cierta distancia, y tuviera la boca cerrada. Cualidades éstas que, por cierto, no solían  concurrían en don Jorge Prubí i Camps. El sufrido pueblo le concedió hasta el tratamiento de “don” pero sus representantes, los más representativos, le negaban, en aquellas distinguidas reuniones, hasta el “don de la palabra”. Se convirtió, pues, y de mala gana, en un puro y pasivo espectador, u oyente, que no tenía ni voz..., ni voto entre tan escogida y relevante gente... Su esfuerzo, empero, no dejaba de ser al­tamente meritorio pues, en otros ambientes, fuera o alejados de aquel selecto, preclaro, predilecto y reducido grupo, era un insufrible bocazas que no hacía más que despotricar del pueblo que le daba de comer y que tuvo la gentileza de admitirlo en su seno, y de concederle, aun siendo un foráneo, casi un desconocido, el muy noble tratamiento de señor, y con don incluido, sin que, para esto último tuviese que intervenir, para nada, el boticario...

Todo lo cual era una muy palpable muestra de la hospitalidad y generosidad del pueblo mallorquín y, también, de la corta amplitud de miras de algunos de sus regidores.



 

 



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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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