Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XIX

La pesquera del Rincón del maño (Es recó d’es maño) está ubicada en una pequeña hondonada, bajo el cerro de su nombre, y a la que se puede acceder, bajando sobre las rocas, y por cualquiera de sus laterales. Y así lo hizo Erika aquella misma mañana... Muy cerca de allí había dejado a Klaus. Éste, bastante escarmentado de que le robaran la pesca, una y otra vez, puso la boya casi pegada a la orilla del varadero. Así podía vigilarla mucho mejor y aquel posible ladrón no se atrevería, sin dejarse ver, a robarle.

La joven, haciendo algún que otro equilibrio, fue bajando por las grises rocas hasta llegar a una de ellas, al fondo, y que consideró muy apropiada para tomar sus baños de sol ya que era muy alargada y plana. Desplegó la roja toalla y se extendió sobre ella.

Su supuesto matrimonio con Klaus era una unión convencional para ella...Tenía todas las ventajas de estar casada: protección y respeto, ante los demás, o hasta donde ella se proponía que la respetaran; compañía, hasta cuando ella quería, como en este caso en el que deseaba estar sola, o viceversa, en el caso que deseara estar con alguien de su agrado, y que no fuera el rutinario Klaus; ahorro al compartir la habitación con éste; y otras muchas más ventajas. Por lo demás Klaus Litmann era, para ella, un buen amigo y un gran compañero. 

Con los lentes oscuros y los ojos entornados, miraba el límpido azul del cielo; el leve, y cercano rumor de las olas al chapotear contra las rocas, acariciaba sus oídos. Se desprendió de la parte superior de su bikini. La rubia melena desparramada sobre la roja toalla le enmarcaba el bello rostro y un dulce, y voluptuoso sopor, la invadía pues el sol parecía prenderla en su incansable caricia. No tardó en quitarse la parte inferior de su bikini y, abriéndose de piernas, se ofreció, impúdica, al astro rey. Y así de sensual, y provocativa, la sorprendió Juan Cuca, el pescador de caña.

Éste se había levantado temprano, aún no habían asomado las claras del día, y recorrió toda la costa del Carragador sin encontrar una sola pesquera en la que hubiera la espuma que se requería para pescar las recelosas obladas. La mar estaba demasiado calma y el sol, también, demasiado alto: el pú (*1) que llevaba en una de sus cestas ya olía a muerto, de puro muerto que estaba, así es que se decidió por ir a pescar las variadas, o mojarras. Para ello ninguna pesquera mejor que la de “Es Recó d’es maño”, ni mejor cebo que el pú muerto pues el hedor que éste despedía atraía a esos peces. Estaba cerca de allí y hacia esa pesquera se dirigió. Juan Cuca, el pescador, quedó sorprendido, y más que sorprendido boquiabierto, al ver invadida “su” pesquera preferida, ¡y qué invasión, madre mía! Desde abajo, Erika lo veía a contraluz, moreno, con su viejo sombrero de palma, y anchas alas, deshilachadas, destejidas, y rotas por el tiempo.

Portaba un par de raídas cestas en sus manos y las cañas de pescar, atadas, y en bandolera. En tanto que éste contemplaba aquel tentador panorama que tenía sobre la pesquera, ocupada ahora por aquella colosal hembra, pensaba si habría sido inútil el arduo viaje de llegarse hasta allí. Pero no hay mal que por bien no venga, pensó.

Si ese día no cogía obladas, o mojarras, quizás, con algo de suerte podría pescar aquella seductora y colosal sirena  que, si no era el sol que le daba en la cara, o el cabrilleo del mar, parecía hacerle guiños, y se relamió los labios ante tan apetecible pesca.

La joven también, estaba inquieta, y excitada, y, aunque el sol sí que le daba en la cara, ella no hacía guiños, sólo deseaba participar, y muy activamente, en una posible e imprevista aventura, y de las que  tanto gustaba. Así es que sonrió provocativa a Juan Cuca, el pescador. Un pescador que ahora le tapaba el sol, y su constante caricia, pero que lo sustituiría con creces, y con otra clase de ardor, si cabe, y mucho más penetrante...Erika le volvió a sonreír tendiéndole, en callada pero evidente llamada, los brazos, e invitándole, en ese mudo y sugerente gesto, que se le acercara. El tal Cuca parecía tímido, o más bien, desconfiado. No se presentaba, así como así, una ocasión como aquella. En cuanto a ella de seguro que si le hubiera llegado el hedor que se emanaba de aquel “pú”, que contenía una de las cestas,  el olor a arenques machacados que se emanaba de todo él, hubiera cambiado de opinión.

Mas..., ¡todo sucedió tan rápido...!

Un barbudo y monstruoso ser, en forma de don Jorge Prubí i Camps, surgió improvisadamente de entre las aguas. Ágilmente, aquel fauno de los mares, subió a la roca y, tomando a la joven con fuerza por uno de sus tobillos, se lanzó de nuevo al agua, llevándosela consigo. Y mudo, otra vez de asombro, Juan Cuca, el pescador, vio cómo desaparecían, ambos, la bella y la bestia, bajo un remolino de espuma...Estupefacto por lo ocurrido ante sus ojos, Juan Cuca bajó al fondo de la pesquera, pero ya no había nada que hacer. Esperó un rato, mas la superficie del mar permanecía tersa... Recogiendo las piezas sueltas del bikini, y la toalla, a toda prisa no fuera que resurgiera de las aguas aquel barbudo ente y se lo llevara a él, y aún le faltó tiempo para tomar su moto Guzzi, que la tenía aparcada muy cerca de la ermita del Carragador, y plantarse en el pueblo.

Con pelos y señales le contó al Sargento de la Guardia Civil, en el Cuartelillo, todo lo que había visto, y mucho más. No paraba de hablar y lo hacía, ya, en el todoterreno que se dirigía, conducido por el cabo Fernández, y a toda velocidad, hacia el lugar de los hechos: el Rincón del maño. Don Basilio, antes de partir, no permitió que Juan Cuca metiera su pestosa cesta en el coche. Así y todo el olor que despedía el pescador era poco menos que insoportable y el sargento, sin disimulos, se tapaba las narices. También éste trató de localizar a Anselmo Pérez sin conseguirlo. La recepcionista del Camping le dijo que acababa de salir.

Dejaron el Jeep, una vez atravesado el predio de Ca'n Cardaitx, en la ladera de la montaña. Se bajaron del vehículo y Juan Cuca. que iba delante con el Sargento, indicándole el camino, no paraba de hablar, ni de gesticular.

-¡Cabo, abra las puertas a ver si se ventila el coche....!

-¡A sus órdenes!- El cabo Fernández bajó del jeep la Guzzi de Juan Cuca y se quedó cerca del coche, esperando. Desde lo alto de las peladas rocas Juan Cuca, sobre el terreno, fue describiendo con expresividad, y pormenores lo que vieron sus atónitos ojos, y el lugar exacto por donde habían desaparecido aquel monstruo y la joven turista... El Sargento, al despedirse de Juan Cuca, y darle las gracias por sus informaciones, le recomendó que se tomara un buen baño.

- No se lo tome a mal, es sólo un consejo... - le dijo. Luego mandó acordonar toda la zona y, a partir de entonces, un inusitado movimiento hizo desaparecer la calma de aquel, hasta ahora, tranquilo enclave. Fue un movimiento de búsqueda aunque infructuoso. Se dio aviso a Klaus y, por fin, se localizó a Pérez.

Se batió de nuevo aquel lugar, pero nada. No encontraron ni la más pequeña señal de Erika, ni del catalán. Klaus Litmann estaba visiblemente desesperado. Un profundo abatimiento, y una enorme tristeza, se traslucía en sus ojos.

- Encontraremos a su esposa, señor Litmann, procure sobreponerse - le dijo el Sargento y se alejó unos pasos para hablar con Pérez. Éste se creyó obligado  comunicar a don Basilio que la joven Erika, y Klaus Litmann, no estaban casados...

- ¡Vaya, me sorprende Pérez! Y Ud. ¿cómo lo sabe...?- El Sargento ya no llevaba más que un sólo parche, el del ojo. El del labio superior ya iba siéndole sustituido por los, apenas crecidos, pelos de un incipiente bigote...

- ¿Se lo ha dicho ella?... - preguntó de nuevo. - ¡Vamos, amigo, ya se lo advertí...! -

- ¡Pero mi Sargento...! -

- Ni sargento, ni pero que valga. Ya veo que también es Ud. un pardillo que ha caído en las redes de esa. Bueno, lo que sea ¡Y yo que confiaba en Ud.!- Anselmo estaba confuso, no tenía palabras para decir y menos cuando toda la razón estaba de parte de don Basilio. Había defraudado buena parte de la confianza que éste había depositado en él. Y también se había defraudado a sí mismo. El Sargento se lo miró, cómo recriminándole, y se dijo que el mal ya estaba hecho.

-Espero que no pase de un simple devaneo. Ahora de lo que se trata es de salvarla, si es que aún existe esa remota posibilidad. Si el cerdo de Prubí no la ha matado ya...- Don Basilio, quitándose el quepis, se rascó la cabeza preocupado. Todo aquello sobrepasaba todos límites de lo normal y la osadía del catalán le exasperaba, y más aún, al hacerle recordar lo que él creía haber enterrado en lo más profundo de su subconsciente. - Si la hubiese ahogado - continuó - ya habría aparecido el cuerpo. Estas aguas son surcadas por toda clase de embarcaciones, de recreo y pesca, y a sus costas acuden toda clase de pescadores deportivos y bañistas. No creo que el catalán la haya liquidado.- Se encasquetó el quepis y, después de encender uno de sus puros, preguntó:

- ¿Y Ud. que opina?. - Anselmo agradeció ese nuevo margen de confianza que parecía darle don Basilio, y consideró como una segunda oportunidad para él.

- También opino como Ud., mi Sargento...

- Bien, y ¿qué clases de progresos ha hecho Ud., aparte de tirarse a la joven? - Pérez se puso rojo como la grana y aguantó como pudo esa otra finta que le tiraba don Basilio. Y, para justificar ante su superior que no había perdido el tiempo, le contó su primera inspección por la costa, y la visión de aquella sospechosa boya negra. Y, también cómo descubrió, sumergiéndose en el agua, y en aquella misma tarde, que la mencionada boya no hacía las veces de aviso sobre posibles escollos ya que, cuando él nadó por aquel contorno, había desaparecido. Tampoco vio entre las rocas del fondo ninguna que pudiera resultar peligrosa para la navegación. Asimismo le dijo que a Klaus Litmann le robaban los peces cada día y que, por esas dos causas expuestas,  sospechaba que el catalán debía de tener, muy cerca de allí, su escondrijo.

- Ud., sin duda, es el mejor de mis hombres y le necesito, Pérez. Veo que no ha desaprovechado el tiempo. Bueno, es un decir, Siga Ud. por ese camino pero eluda cantos de sirena, créame, y los escollos, lo mejor que pueda; somos humanos y reconozco que los hay, y grandes: algunos como enormes e insalvables  monumentos. Es Ud. muy sagaz, amigo mío, pero tenga mucho ojo... Prubí es listo, también, y un asesino sin conciencia... No se confíe. De momento voy a retirar a mis hombres y dejar todo en sus manos. Este despliegue de fuerzas puede ser contraproducente, y espantar la caza...

- Tiene toda la razón, don Basilio. – Aseveró Anselmo Pérez que esperaba esa decisión, por considerarla la más acertada y, también ya más tranquilizado por las elogiosas palabras del Sargento hacia su persona.

- Sí, Pérez, haremos que ese pedazo de animal se confíe... ¡Vigile bien y cácelo...! -

La expresión del Sargento era sobrecogedora cuando añadió:

- ¡Cueste lo que cueste, lo quiero vivo, o muerto...! ¿Me ha entendido bien? ¡Vivo, o muerto! - 


 

(*1) Nota del Autor. : Especie de minúsculos crustáceos muy parecidos a la cochinilla de tierra, y que se crían en las algas. Los pescadores suelen usarlos como cebo arrojándolo al agua, y de carnada, a un tiempo al engancharlos en el anzuelo.



 

 



  Obras de este autor

· Prólogo
· Entorno
· Nota

· Cap 1
· Cap 2
· Cap 3
· Cap 4
· Cap 5
· Cap 6
· Cap 7
· Cap 8
· Cap 9
· Cap 10
· Cap 11
· Cap 12
· Cap 13
· Cap 14
· Cap 15
· Cap 16
· Cap 17
· Cap 18
· Cap 19
· Cap 20
· Cap 21

· Colofón

 


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com