La pesquera del Rincón del maño (Es
recó d’es maño) está ubicada en una pequeña
hondonada, bajo el cerro de su nombre, y a la que
se puede acceder, bajando sobre las rocas, y por
cualquiera de sus laterales. Y así lo hizo Erika
aquella misma mañana... Muy cerca de allí había
dejado a Klaus. Éste, bastante escarmentado de que
le robaran la pesca, una y otra vez, puso la boya
casi pegada a la orilla del varadero. Así podía
vigilarla mucho mejor y aquel posible ladrón no
se atrevería, sin dejarse ver, a robarle.
La joven, haciendo algún que otro equilibrio,
fue bajando por las grises rocas hasta llegar a
una de ellas, al fondo, y que consideró muy apropiada
para tomar sus baños de sol ya que era muy alargada
y plana. Desplegó la roja toalla y se extendió sobre
ella.
Su supuesto matrimonio con Klaus era
una unión convencional para ella...Tenía todas las
ventajas de estar casada: protección y respeto,
ante los demás, o hasta donde ella se proponía
que la respetaran; compañía, hasta cuando
ella quería, como en este caso en el que deseaba
estar sola, o viceversa, en el caso que deseara
estar con alguien de su agrado, y que no fuera
el rutinario Klaus; ahorro al compartir la habitación
con éste; y otras muchas más ventajas. Por lo demás
Klaus Litmann era, para ella, un buen amigo y un
gran compañero.
Con los lentes oscuros y los ojos entornados,
miraba el límpido azul del cielo; el leve, y cercano
rumor de las olas al chapotear contra las rocas,
acariciaba sus oídos. Se desprendió de la parte
superior de su bikini. La rubia melena desparramada
sobre la roja toalla le enmarcaba el bello rostro
y un dulce, y voluptuoso sopor, la invadía pues
el sol parecía prenderla en su incansable caricia.
No tardó en quitarse la parte inferior de su bikini
y, abriéndose de piernas, se ofreció, impúdica,
al astro rey. Y así de sensual, y provocativa, la
sorprendió Juan Cuca, el pescador de caña.
Éste se había levantado temprano, aún no habían
asomado las claras del día, y recorrió toda la costa
del Carragador sin encontrar una sola pesquera
en la que hubiera la espuma que se requería para
pescar las recelosas obladas. La mar estaba demasiado
calma y el sol, también, demasiado alto: el pú
(*1) que llevaba en una de sus cestas ya olía
a muerto, de puro muerto que estaba, así es que
se decidió por ir a pescar las variadas,
o mojarras. Para ello ninguna pesquera mejor que
la de “Es Recó d’es maño”, ni mejor cebo que el
pú muerto pues el hedor que éste despedía
atraía a esos peces. Estaba cerca de allí y hacia
esa pesquera se dirigió. Juan Cuca, el pescador,
quedó sorprendido, y más que sorprendido boquiabierto,
al ver invadida “su” pesquera preferida, ¡y qué
invasión, madre mía! Desde abajo, Erika lo veía
a contraluz, moreno, con su viejo sombrero de palma,
y anchas alas, deshilachadas, destejidas, y rotas
por el tiempo.
Portaba un par de raídas cestas en sus manos
y las cañas de pescar, atadas, y en bandolera. En
tanto que éste contemplaba aquel tentador panorama
que tenía sobre la pesquera, ocupada ahora por aquella
colosal hembra, pensaba si habría sido inútil el
arduo viaje de llegarse hasta allí. Pero no hay
mal que por bien no venga, pensó.
Si ese día no cogía obladas, o mojarras, quizás,
con algo de suerte podría pescar aquella seductora
y colosal sirena que, si no era el sol que le daba en la
cara, o el cabrilleo del mar, parecía hacerle guiños,
y se relamió los labios ante tan apetecible pesca.
La joven también, estaba inquieta, y excitada,
y, aunque el sol sí que le daba en la cara, ella
no hacía guiños, sólo deseaba participar, y muy
activamente, en una posible e imprevista aventura,
y de las que
tanto gustaba. Así es que sonrió provocativa
a Juan Cuca, el pescador. Un pescador que ahora
le tapaba el sol, y su constante caricia, pero que
lo sustituiría con creces, y con otra clase de ardor,
si cabe, y mucho más penetrante...Erika le volvió
a sonreír tendiéndole, en callada pero evidente
llamada, los brazos, e invitándole, en ese mudo
y sugerente gesto, que se le acercara. El tal Cuca
parecía tímido, o más bien, desconfiado. No se presentaba,
así como así, una ocasión como aquella. En cuanto
a ella de seguro que si le hubiera llegado el hedor
que se emanaba de aquel “pú”, que contenía
una de las cestas, el olor a arenques machacados que se emanaba
de todo él, hubiera cambiado de opinión.
Mas..., ¡todo sucedió tan rápido...!
Un barbudo y monstruoso ser, en forma de don
Jorge Prubí i Camps, surgió improvisadamente de
entre las aguas. Ágilmente, aquel fauno de los mares,
subió a la roca y, tomando a la joven con fuerza
por uno de sus tobillos, se lanzó de nuevo al agua,
llevándosela consigo. Y mudo, otra vez de asombro,
Juan Cuca, el pescador, vio cómo desaparecían, ambos,
la bella y la bestia, bajo un remolino de espuma...Estupefacto
por lo ocurrido ante sus ojos, Juan Cuca bajó al
fondo de la pesquera, pero ya no había nada que
hacer. Esperó un rato, mas la superficie del mar
permanecía tersa... Recogiendo las piezas sueltas
del bikini, y la toalla, a toda prisa no fuera que
resurgiera de las aguas aquel barbudo ente y se
lo llevara a él, y aún le faltó tiempo para tomar
su moto Guzzi, que la tenía aparcada muy
cerca de la ermita del Carragador, y plantarse
en el pueblo.
Con pelos y señales le contó al Sargento de
la Guardia Civil, en el Cuartelillo, todo lo que
había visto, y mucho más. No paraba de hablar y
lo hacía, ya, en el todoterreno que se dirigía,
conducido por el cabo Fernández, y a toda velocidad,
hacia el lugar de los hechos: el Rincón del maño.
Don Basilio, antes de partir, no permitió que
Juan Cuca metiera su pestosa cesta en el coche.
Así y todo el olor que despedía el pescador era
poco menos que insoportable y el sargento, sin disimulos,
se tapaba las narices. También éste trató de localizar
a Anselmo Pérez sin conseguirlo. La recepcionista
del Camping le dijo que acababa de salir.
Dejaron el Jeep, una vez atravesado el predio
de Ca'n Cardaitx, en la ladera de la montaña.
Se bajaron del vehículo y Juan Cuca. que iba delante
con el Sargento, indicándole el camino, no paraba
de hablar, ni de gesticular.
-¡Cabo, abra las puertas a ver si se ventila
el coche....!
-¡A sus órdenes!- El cabo Fernández bajó del
jeep la Guzzi de Juan Cuca y se quedó cerca
del coche, esperando. Desde lo alto de las peladas
rocas Juan Cuca, sobre el terreno, fue describiendo
con expresividad, y pormenores lo que vieron sus
atónitos ojos, y el lugar exacto por donde habían
desaparecido aquel monstruo y la joven turista...
El Sargento, al despedirse de Juan Cuca, y darle
las gracias por sus informaciones, le recomendó
que se tomara un buen baño.
- No se lo tome a mal, es sólo un consejo...
- le dijo. Luego mandó acordonar toda la zona y,
a partir de entonces, un inusitado movimiento hizo
desaparecer la calma de aquel, hasta ahora, tranquilo
enclave. Fue un movimiento de búsqueda aunque infructuoso.
Se dio aviso a Klaus y, por fin, se localizó a Pérez.
Se batió de nuevo aquel lugar, pero nada. No
encontraron ni la más pequeña señal de Erika, ni
del catalán. Klaus Litmann estaba visiblemente desesperado.
Un profundo abatimiento, y una enorme tristeza,
se traslucía en sus ojos.
- Encontraremos a su esposa, señor Litmann,
procure sobreponerse - le dijo el Sargento y se
alejó unos pasos para hablar con Pérez. Éste se
creyó obligado
comunicar a don Basilio que la joven Erika,
y Klaus Litmann, no estaban casados...
- ¡Vaya, me sorprende Pérez! Y Ud. ¿cómo lo
sabe...?- El Sargento ya no llevaba más que un sólo
parche, el del ojo. El del labio superior ya iba
siéndole sustituido por los, apenas crecidos, pelos
de un incipiente bigote...
- ¿Se lo ha dicho ella?... - preguntó de nuevo.
- ¡Vamos, amigo, ya se lo advertí...! -
- ¡Pero mi Sargento...! -
- Ni sargento, ni pero que valga. Ya veo que
también es Ud. un pardillo que ha caído en las redes
de esa. Bueno, lo que sea ¡Y yo que confiaba en
Ud.!- Anselmo estaba confuso, no tenía palabras
para decir y menos cuando toda la razón estaba de
parte de don Basilio. Había defraudado buena parte
de la confianza que éste había depositado en él.
Y también se había defraudado a sí mismo. El Sargento
se lo miró, cómo recriminándole, y se dijo que el
mal ya estaba hecho.
-Espero que no pase de un simple devaneo. Ahora
de lo que se trata es de salvarla, si es que aún
existe esa remota posibilidad. Si el cerdo de Prubí
no la ha matado ya...- Don Basilio, quitándose el
quepis, se rascó la cabeza preocupado. Todo aquello
sobrepasaba todos límites de lo normal y la osadía
del catalán le exasperaba, y más aún, al hacerle
recordar lo que él creía haber enterrado en lo más
profundo de su subconsciente. - Si la hubiese ahogado
- continuó - ya habría aparecido el cuerpo. Estas
aguas son surcadas por toda clase de embarcaciones,
de recreo y pesca, y a sus costas acuden toda clase
de pescadores deportivos y bañistas. No creo que
el catalán la haya liquidado.- Se encasquetó el
quepis y, después de encender uno de sus puros,
preguntó:
- ¿Y Ud. que opina?. - Anselmo agradeció ese
nuevo margen de confianza que parecía darle don
Basilio, y consideró como una segunda oportunidad
para él.
- También opino como Ud., mi Sargento...
- Bien, y ¿qué clases de progresos ha hecho
Ud., aparte de tirarse a la joven? - Pérez se puso
rojo como la grana y aguantó como pudo esa otra
finta que le tiraba don Basilio. Y, para justificar
ante su superior que no había perdido el tiempo,
le contó su primera inspección por la costa, y la
visión de aquella sospechosa boya negra. Y, también
cómo descubrió, sumergiéndose en el agua, y en aquella
misma tarde, que la mencionada boya no hacía las
veces de aviso sobre posibles escollos ya que, cuando
él nadó por aquel contorno, había desaparecido.
Tampoco vio entre las rocas del fondo ninguna que
pudiera resultar peligrosa para la navegación. Asimismo
le dijo que a Klaus Litmann le robaban los peces
cada día y que, por esas dos causas expuestas,
sospechaba que el catalán debía de tener,
muy cerca de allí, su escondrijo.
- Ud., sin duda, es el mejor de mis hombres
y le necesito, Pérez. Veo que no ha desaprovechado
el tiempo. Bueno, es un decir, Siga Ud. por ese
camino pero eluda cantos de sirena, créame, y los
escollos, lo mejor que pueda; somos humanos y reconozco
que los hay, y grandes: algunos como enormes
e insalvables
monumentos. Es Ud. muy sagaz, amigo mío,
pero tenga mucho ojo... Prubí es listo, también,
y un asesino sin conciencia... No se confíe. De
momento voy a retirar a mis hombres y dejar todo
en sus manos. Este despliegue de fuerzas puede ser
contraproducente, y espantar la caza...
- Tiene toda la razón, don Basilio. – Aseveró
Anselmo Pérez que esperaba esa decisión, por considerarla
la más acertada y, también ya más tranquilizado
por las elogiosas palabras del Sargento hacia su
persona.
- Sí, Pérez, haremos que ese pedazo de animal
se confíe... ¡Vigile bien y cácelo...! -
La expresión del Sargento era sobrecogedora
cuando añadió:
- ¡Cueste lo que cueste, lo quiero vivo, o
muerto...! ¿Me ha entendido bien? ¡Vivo, o muerto!
-
(*1)
Nota
del Autor.
Pú: Especie de minúsculos crustáceos muy
parecidos a la cochinilla de tierra, y que se crían
en las algas. Los pescadores suelen usarlos como
cebo arrojándolo al agua, y de carnada, a un tiempo
al engancharlos en el anzuelo.