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Luis
Loshuertos Caldentey
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Capítulo XVIII
¡Qué triste es la vida
Del Guardia Civil,
En el invierno viste de paño
Y en el verano de dril...! (*1)
Esos versos ya no iban con el guardia Anselmo
Pérez que, ahora, vestido como un turista más, libre
de ataduras de inoportunas órdenes y, en un ambiente
diferente a su rutinaria vida anterior, contemplaba,
sentado sobre una roca, las blancas velas en la
lejanía, que contrastaban con el azul ultramar del
horizonte. La brisa jugaba enredando
su revuelto pelo, libre ahora de tricornios.
Al menos, por un tiempo, no tendría que pasear colgado
de su hombro un engorroso y pesado mosquetón, ni
llevar sobre su abrochado y verde uniforme el correaje
con pesadas e incómodas cartucheras. Ahora llevaba
una amplia camisa azul claro de manga corta; de
sus hombros colgaban un par de gemelos, y una Canon,
objetos más livianos, llevaderos y divertidos que
todo el molesto bagaje militar. Unas Ray-Ban
ante sus ojos amortiguaban la luz del fuerte
sol y le definían con más claridad el hermoso paisaje
que tenía ante sí. Se hallaba próximo al varadero
d’n Creus, lugar que los Litmann tenían por
costumbre ocupar: él, para pescar, y ella para tomar
los baños, y el sol... Aprovechó para tomar unas
fotos. No tardaron ambos en llegar.
Mientras que Klaus preparaba sus bártulos (ya
venía con el bañador puesto), Erika, encima de la
caseta del escar, y bajo los enormes pinos,
se desnudaba.
A Pérez se le pusieron los ojos como platos
y no era para menos.
Desde su posición, algo alejada, pero con su
Zeiss-Icon, la veía tan cerca que parecía tocarla.
¡Qué más hubiera deseado en aquellos momentos!
¡Qué senos más perfectos! ¡Qué cuerpo en suma!
No había visto nada igual, ni en el cine de
su pueblo, ni en el de Capdepera, y comprendió que
un hombre sensato, culto, como en vida era don Mario,
el maestro, hubiera perdido la cabeza a causa de
aquel portento de mujer. Tan perdida que aún no
se la habían encontrado. Ahora lo que tenía que
hacer, y bajó los gemelos para empezar, era no perderla
él... Como autoridad, y responsable, su obligación
era el mantenerla, lo mejor posible, sobre los hombros:
tenía que dar ejemplo, y ser cumplidor, consecuente,
e íntegro hasta la saciedad, ante la sociedad y
ante sí mismo. Pensó en la Nicasia y su deseo de
no traicionar el amor que sentía por ella. Pensó
en don Basilio, y la obligación de no traicionar,
tampoco, la confianza que había puesto en él. Mas
se dijo, después de muy profundas reflexiones, que
una miradita más, o menos, no contravendría sus
firmes propósitos... Pero, mucho más que estos,
muy firmes, muy tentadores, muy tersos, y muy ebúrneos,
los senos de Erika, ahora tumbada boca arriba para
tomar el sol, apuntaban al azul del cielo. Tentado
estuvo de fotografiarla y, aunque no lo creyó prudente
un ramalazo de lujuria recorrió su cuerpo... Anselmo
Pérez, avergonzado de sí mismo por su flaqueza,
se preguntó si era aquél el momento más oportuno
para presentarse ante la joven pareja.
Decidió, pues, darse una vuelta por aquella
costa a fin de airear, o despejar sus lujuriosos
pensamientos y, de paso, examinaría la zona y haría
unas fotos del lugar... Antes, se había dado un
paseo por la playa, solitaria a esas horas. Se había
levantado muy temprano, y algo nervioso, posiblemente
debido al cambio brusco de costumbres y, casi seguro,
a la natural inquietud que le producía su nueva
situación, y su mucha responsabilidad.
Pérez, dejando atrás el varadero, vio como
el joven Klaus se sumergía, muy cerca de la boya
roja, una y otra vez, tratando de capturar algún
pez. Siguió caminando por la orilla, y saltando
de roca en roca hasta llegar al sendero que subía
al promontorio desde el que se dominaba casi la
totalidad del litoral, y gran parte de Sa Font
de sa Cala. Era el sitio, también, desde
donde se suponía que se arrojó el maestro, don Mario
Gayá. Cuando llegó a lo alto del Puig de'n
Rebasó contempló el amplio panorama. Incluso
desde allí podía verse casi todo el predio de Ca'n
Cardaitx, con sus casas, el comedor cubierto
de ramas de pino, la vieja noria, un estaque, el
huerto, las jaulas con sus variados pájaros y los
vistosos pavos reales y, ya, hacia la izquierda,
dando a la carretera de la bonita playa de Aladern,
pastaban cabras y un bonito poney rojo, de
pelo largo, rojizo y muy claro en las crines; a
su alrededor picoteaban las gallinas... Multitud de palomas, pertenecientes
también al dueño de la extensa posesión, surcaban
el impoluto cielo dando vueltas sobre aquel bucólico
paraje... Con el teleobjetivo de la Canon apreciaba
mejor los múltiples detalles y, a fin de no perderse
alguno, por considerarlo de interés, disparaba la
máquina de cuando en cuando.
Allí, según los datos que poseía, fue donde
los Litmann, y el catalán, se conocieron. Donde
germinó, o se gestó, el intrigante asunto que ahora
le llevaba a investigar...
Miró hacia abajo del pequeño acantilado. El
mar golpeaba la costa y las inquietas y blancas
olas se arremolinaban espumosas sobre las negras
rocas, en las que se encontró el cuerpo del supuesto
suicida. Supuesto ya que, desde que desapareció
su cabeza, la teoría de un crimen iba tomando más
consistencia, más cuerpo. El que se la había cortado,
después de muerto, y profanado su tumba, bien era
capaz de haberlo matado estando vivo, y la identidad
de todos esos hechos, según
las evidentes apariencias, y sospechas, hasta
de su propia esposa, concurrían en don Jorge Prubí
i Camps. Hombre sin escrúpulos y capaz de todo:
De asesinar, de cebarse con un pobre animal, cortándole
las orejas, de decapitar a un difunto, de recortarle
los bigotes a un Sargento de la Benemérita, y hasta
de robarle un ojo.
Y, falto de la más elemental ética, de defecar
en un frutero, o en una mesilla de noche. Y, más
que probable, autor de tantos, y tantos otros hechos
delictivos, aún por aclarar.
Una boya negra se movía sobre la mar, algo
más agitada en aquella punta de la costa. Cabía
la posibilidad que fuera una señal para indicar
la situación de una roca que, por su altura bajo
el nivel del mar, significara un peligro para las
embarcaciones que se aventurasen a navegar cerca
de aquel abrupto acantilado... Por su parte, Pérez,
no creía que esa boya perteneciera a ningún pescador
submarinista. El único que él conocía cerca de allí
era el alemán Klaus Litmann. Se fijó de nuevo en
Erika, echada totalmente desnuda sobre el techo
del varadero y, cuando empezó a descender por el
estrecho sendero hollado por las pisadas de contrabandistas
o pescadores, vio como la muchacha se incorporaba
desperezándose. Ésta, avanzando su hermoso busto,
ladeaba la cadera entrelazando sus manos detrás
de la nuca, bajo su larga y rubia melena. ¡Qué portento
de mujer! Se repitió a sí mismo.
Pensó que, ahora que Klaus Litmann estaba sumergido,
era la ocasión para tomar un par de instantáneas
de aquella bella alemana. Después la joven se colocó
el sujetador que formaba la parte superior de su
rojo, y menguado bañador.
Al ver al mozo bajar por las rocas agitó una
de sus manos. Pérez correspondió al saludo y fue
cuando decidió acercarse a la pareja. Klaus salía
en aquellos momentos del agua y, dejando el arpón
sobre una roca, se quitó la careta.
- ¡Buenos días! - saludó Anselmo Pérez. - ¿Se
ha dado bien la pesca? - preguntó al llegar junto
a ellos.
- ¡Oh, yes! Mi pescar... Mi tener
peces en boya, ¿querer que yo enseñar...?
- El joven alemán señalaba hacia el mar. Instintivamente
miró también el español al tiempo en que ambos observaron
como la boya se hundía y tardaba en aparecer, de
nuevo, sobre la superficie.
-¡Oh..., no! Volver a robar... peces
ya no estar..., mi no poder enseñar pescados...-
Una expresión de rabia sorda, y de impotencia,
se reflejaba en el rostro de Klaus.
La excitante Erika se unió a ellos.
-¿Qué quiere decir? - preguntó Anselmo mientras
saludaba a la joven dándole la mano. Ésta, coqueta,
la retuvo contra su pecho, sin soltarla... El joven
estaba muy violento por aquella inesperada familiaridad,
y mucho más estando el marido presente; así y todo
saludó:
- ¡Buenos días! Miren, soy el guardia Anselmo
Pérez -añadió presentándose-,
asignado por mis superiores para investigar
el paradero de Jorge Prubí. ¿Qué ha querido decir
su esposo, señora Litmann? - Lo azaroso de aquella
situación se traslucía en su cara; la osadía de
la chica rayaba en la más pura frescura pues seguía
con la mano del muchacho entre las suyas, mas ésta,
al notar que el embarazo del joven iba en aumento,
se la soltó suavemente.
- ¿Ud. conocerr mi..., que llamarr señorra
Litmann...? -
- Yo les conozco a Uds., ya les explicaré más
tarde... Pero me interesa saber porqué me dice su
marido una cosa y luego...-
La voz le temblaba por la excitación. Klaus, que no hizo comentarios a las palabras
de Pérez y que parecía desesperado por la posible
desaparición de su pesca, se lanzó al agua y se
fue nadando hacia la boya en tanto que Erika volvió
a tomar la mano del joven. A Anselmo le latía el
corazón con más fuerza.
- Mi marrido querrer decir que tener pescados
en boya y ahora no tener. Alguien robar... -
- Por favor, señora, he venido aquí a investigar...-
No se atrevió a decirle que le soltara la mano.-
He de localizar a Jorge Prubí. Se le busca por asesino
y Uds. me tienen que ayudar a capturarlo. Si saben
algo, por poco que sea, me lo deben decir...
- Nosotros creer que don Gorgue marchar de aquí,
perro cuando ver que pescados desaparecerr, creer
que él estarr escondido porr aquí.
Ser very malo don Gorgue.¿Tú serr
bueno?-
La joven se quitó la parte superior del bikini
y sus hermosos senos acuciaron, más que nunca, los
deseos del muchacho, y su patente nerviosismo.
Él no era de piedra, le era sumamente difícil
resistir la tentación ante aquella insinuante sirena
y la joven Erika, que gozaba al verle tan desconcertado,
le volvió a coger la mano.
- ¿Ti... tiene algún motivo para basarse en
sus sospechas,
señora de Litmann? Me han de decir todo lo
que sepan y esté relacionado con Prubí.-
El joven casi tartamudeaba mientras que Klaus,
a lo lejos, gritaba:
- ¡No tener pescado..., no tener pescado...!
-
Anselmo oía el chapoteo que hacía Klaus al
acercarse nadando a sus espaldas pero eran demasiado
excitantes aquellos momentos: por lo que quería
saber, y por lo que tenía ante sí. Erika, agachada,
y junto a las guías del varadero, se enjuagó la
cara y le contó al joven cómo un día, desde aquel
mismo lugar, vio desaparecer a don Gorgue
muy misteriosamente.
- Pero mí no estarr very segurra... -
- ¿Y me puede decir por dónde desapareció con
tanto misterio el señor Prubí, señora?...- La joven
señaló hacia la ladera del montículo, al final de
la costa.
- Ya, ya, ya,... estar very buena - decía
Klaus al salir - mi no tener pescado, pero agua
estar very buena...-
Erika, hizo un leve mohín de disgusto por la
inoportuna interrupción de Klaus, y por tantas preguntas
por parte del guardia. Pensaba en cosas mucho más
importantes para ella como eran paliar, o apagar,
el ardor de su ardiente ninfomanía.
Cogió una toalla y, dirigiéndose al joven,
le dijo:
- Ahora yo enseñarr a ti una florr que yo tenerr...
-
Y se lo llevó tras el varadero.
Poco después la hermosa Erika, palpitante el
corazón, estremecida de pasión, se echó sobre la
toalla, en un claro, entre los gruesos pinos. En
los ojos del joven se traslucía un deseo incontenible.
¡Cómo podía resistir, o pensar en su deber, ante
aquella reina de la tentación, ante aquél bello,
escultural y provocativo cuerpo! Eso pensaba Pérez, y así fue como, ofuscado,
atraído y aturdido por aquel atrayente aroma de
perdición, sus buenos propósitos se esfumaron.
Perdió la noción de las cosas, de sus obligaciones
como un serio representante de la autoridad y, ciego
de pasión se dejó llevar por la turbadora mujer
que tenía ante sí.
Aquella flor tenía una fragancia irresistible,
dulzona, a la par que acre y embriagadora; muy posiblemente
la misma que se emanaba de la manzana del
Edén... La voz de Klaus, ahora, sonaba quejumbrosa,
triste, y con su retintín, repetía:
- Ya..., ya..., ya...
Al oír la voz de éste el joven pareció recapacitar
sobre la situación y aún, obnubilado como estaba,
pudo decir:
- ¡Cuánto lo siento por su marido, señora Litmann,
mi deber aquí es otro! Es Ud. en verdad muy hermosa,
y tentadora, pero mi misión aquí es la de protegerles,
y capturar a Prubí. Creo que me he excedido y les
pido disculpas; es Ud. una mujer casada y lamento
todo lo ocurrido..., ¡créame!
- ¿Lo ocurrido...? ¿Qué ocurrido? Mi no ser
casada, Klaus ser sólo gran amigo. Nosotros decir
que ser matrimonio... Poder cogerr en Hotel misma
habitación... Klaus no serr mi marrido, ¿follarrr...?
-
Aunque asombrado por el descaro de la bella joven
Pérez respiró más aliviado. Y no por ello menos
excitado por las ansias y la gran fogosidad de que
hacía ostentación la procaz Erika. Pero aquella
última declaración de la joven aclaraba muchas cosas.
- Ya..., ya...,ya...-
Aparte de ese lamento también se oía el rumor
del mar cuya brisa movía, con
suave balanceo, las ramas de los altos pinos,
mientras que sus efluvios se mezclaban con el que
se emanaba de la resina diluida por el cálido sol
y que tachonaba, de áureas luces, la hojarasca;
fundiéndose, también, con el pecaminoso perfume
de la sutil, y abierta flor que la voluble, y hermosa
Erika, tan generosamente, le brindaba al muchacho.
(*1) Nota del Autor. Esta corta rima, que no es mía,
pero que viene a cuento, he creído oportuno incluirla
en el relato. No puedo precisar de donde la saqué,
o aprendí, si de una revista jocosa, como era La Codorniz
en su tiempo, o de un gag radiofónico de Zori Santos,
y Codeso.
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