Era la tarde, de aquel mismo miércoles, cuando
sonó el teléfono en el interior del Cuartelillo.
- ¿Está Pérez por ahí...? -
- Soy yo, mi Sargento..., ¿manda alguna cosa...?
-
- Haga el favor de subir, he de hablar con
Ud. -
- ¡A sus órdenes! -
¿Qué querrá ahora? Se preguntó Pérez subiendo los
escalones de dos en dos.
- ¿Da su permiso...? -
- ¡Pase...! - El guardia se introdujo en el
pequeño despacho de don Basilio. La ventana, abierta
de par en par, daba a la calle. El Sargento estaba
en mangas de camisa y continuaba con aquel par de
parches adheridos y que, en la semipenumbra del cuarto,
aún daban más severidad a su ya serio rostro.
- Siéntese Pérez..., voy a ser escueto y ponerle
en antecedentes de lo que pretendo de Ud. Si lo desea
puede fumar. ¡Ande, coja un purito...! - Sobre la
mesa había una cajetilla de Entrefinos. Pérez
tomó uno y le dio las gracias. Don Basilio, después
de encender el suyo, le dio fuego a su subordinado.
- Ante todo le diré que esto es absoluta y
sumamente confidencial.
Ni que decir tiene que sólo lo sabremos Ud., y yo.
Con ello no hago otra cosa que aumentar el margen
de confianza que siempre Ud., Pérez, me ha merecido...
-
- Gracias, mi Sargento. Seré una tumba en cuanto
a hablar sobre lo que me diga y también digno merecedor
de esa confianza con la que Ud. me honra... -
- No lo dudo... -
Don Basilio le explicó el porqué de la carencia
de pelos en su bigote, la falta de su ojo clínico,
y la mala sangre que le recorría el cuerpo.
Había hablado ya con sus superiores que le
habían dado manga ancha para proceder contra Prubí.
- Así, pues, mi Sargento, Ud. sigue creyendo
que fue él quién le dejó sin..., perdón, en semejante
estado.-
Si no fuera por lo serio de la situación, Pérez,
que, aparte de la admiración que sentía por la osadía
del catalán, y hacía grandes esfuerzos para contenerse,
hubiera soltado la carcajada. Pero ya estaba mentalizado
de la gravedad del caso y de un noble sentimiento
del deber hacia su superior.
- Ya les dije esta mañana a Ud. y a Fernández
que me constaba que era él: Prubí. Además ha dejado
su firma. La misma que dejó en su día en la casa de
don Miguel, el boticario.
- ¡Venga, venga conmigo! -
Don Basilio levantándose y tomando por una
brazo al guardia lo llevó hasta la puerta de su habitación.
La abrió y señalando la mesita de noche le dijo con
atronadora voz:
-¡Observe y con todo detenimiento ese ofensivo
recuerdo que me ha dejado ése hijo de la gran puta!
-
Un oscuro, enorme, y brillante zurullo descansaba
sobre un almidonado tapetito blanco, y de encajes
de puntilla en la mesilla de noche, lo que hacía que
el excremento destacara, haciendo aún más patente,
la humillante afrenta...
- Ahora comprenderá mejor cómo me siento y
puede comenzar a reírse todo lo que quiera. Lo entenderé perfectamente ya que situaciones tan chuscas
como ésta no se dan todos los días.
Anselmo Pérez, que ya no podía más, aguantaba
a duras penas, y por respeto a su superior, la carcajada
que pugnaba por salir de su boca...
- Ríase, ríase, le hará bien, y tiene mi permiso,
¡pero le juro, como hay Dios, que ése cerdo me las
va a pagar todas juntas! Haga el favor, amigo Anselmo, - prosiguió -
de retirarlo, y de airear esta habitación. Luego venga
a verme pues no le he hecho llamar sólo para esto.
Aún tenemos mucho de qué hablar. - De escueto, como
dijo que sería, nada de nada, pero la expresión del
Sargento con su parcheada faz era asaz horripilante
por la rabia que se reflejaba en ella. La contenida
risa del número Pérez, al ver el terrible odio en
el rostro de su superior, se le atragantó en el cuerpo.
Mas la soltó, aunque casi sorda y a duras penas, cuando
el Sargento le dejó sólo en la habitación. Después
de airearla y de retirar, envolviéndolo en papel higiénico,
el desagradable recuerdo que Prubí, supuestamente,
había dejado sobre el tapetito bordado en la mesita de noche, de lavarse las manos,
y de secarse los llorosos ojos por tanta risa contenida,
el número Pérez acudió a reunirse, de nuevo, con su
superior.
-Pero olvidemos, de momento, - decía éste más
tarde- el desagradable incidente. Otro motivo por
el que le he elegido es que, como aficionado a la
pesca de buceo, al igual que ese mal nacido de Prubí,
me sirve usted a la perfección para la misión que
le tengo asignada.
- A partir de hoy - continuó don Basilio -
irá de paisano y se hospedará en el Camping
de La Font de la Cala, como un turista más.
No se preocupe de los gastos ya que estos correrán
a cargo del Cuerpo y cómprese un equipo de lo más
completo para bucear. Tengo la sospecha que nuestro
hombre se mueve, aún, por aquella costa. Doña Nuria,
la mujer del interfecto, me proporcionó estas fotos.
- Sacó, de un cajón del despacho, un sobre grande
que puso ante Pérez.
- La más reciente es esta que sostiene un pez.
Como ve está dedicada a su mujer...Son nimios detalles
- continuó- que a veces suelen darse en tipos de su
calaña, aunque su sacrificada esposa no se merecía
un monstruo así. Se las estudie con atención. Es primordial
para poder identificar a ése aprendiz a barbero, y
mal rapador, degollador de cadáveres, ladrón de ojos
ajenos, y furtivo cagón nocturno.- Ahora, Pérez, apenas
esbozó una sonrisa para celebrar respetuosamente la
mordaz ironía que encerraban las palabras de
don Basilio...- Bromas aparte, su misión será vigilar
la zona: las playas, los varaderos, y la costa que
el catalán, y el matrimonio Litmann, acostumbraban
a frecuentar... ¿Me he dejado algo en el tintero?.
¡Ah, sí...! Procure también hacer amistad con la joven
pareja. Le será fácil pues ella se me da, por su trato
y referencias, que también es mujer fácil, y accesible.
Pero un consejo, amigo Pérez, le diré como el tango:
no se enamore. Le creo un hombre sensato y, por la
cuenta que le trae no lo hará. Ya ve lo que le
pasó al finado don Mario Gayá.
- No pase cuidado, mi Sargento, pues tengo novia
en mi pueblo, y a la que quiero mucho.
- Pues vaya con cuidado que no se la pegue.
No se fíe..., las mujeres son poco de fiar...Míreme
a mí que soy soltero.-
El Sargento intentó atusarse la cinta parcheada
que le cubría el labio superior y miró a su subalterno
para ver el efecto de sus palabras.
- Mi Sargento, con todo mis respetos le aconsejo
que sea Ud. el que se pegue esa cinta que le
cuelga...
- Gracias... ¿No se habrá enfadado, verdad...?
-
La mirada fija, sin bifurcar, del Sargento
rebosaba mala leche mientras se pasaba el índice por
el falso bigote...
- ¡Faltaría más, para eso están los superiores...!
Ud., en mi caso haría lo mismo... -
Aguantarse iba a añadir pero se contuvo.
- Muy inteligente..., y muy comprensivo. -¡Qué
remedio...! - se dijo Pérez.- No me arrepiento
haberle elegido para esta delicada misión...Es Ud.
la persona idónea para ello. Dispondrá de coche, también,
pero podrá alquilar una bicicleta si lo cree conveniente...
Los extranjeros suelen ir en bicicleta. ¡Ah!,y perdóneme
si he dicho alguna inconveniencia pero es que estoy
que trino...
- Ud. sí, mi Sargento, que sobrados motivos
tiene, y perdóneme lo de sobrados, pero yo
no tengo la culpa de que un cerdo como ése haya manchado
su buen nombre.
- Un tapetito y, mi orgullo..., que mi buen
nombre no ya que lo que pasó aquí no lo sabe nadie
más que Ud., yo, y el jodido catalán ése. Por lo demás
tiene toda la razón, la he tomado con Ud. por ser
quién tengo más a mano para desahogarme y, repito,
le pido mis disculpas. Pero le prometo que de llevar a buen término
este cometido ya tiene asegurado el ascenso directo
a cabo primera. Ahora retírese y me tenga al corriente
de todo lo que averigüe por la costa. - Antes de que
el joven saliera del despacho don Basilio añadió:-
Y una última advertencia, amigo Pérez: use Ud. siempre,
para comunicarse conmigo, teléfonos públicos, ya sabe,
cabinas telefónicas o teléfonos que no tengan que
pasar por centralillas. No use nunca líneas interiores
del Hotel, o del Camping. Y si le hacen preguntas
los compañeros dígales: Secreto del sumario.
Como no acabarán de entenderlo tampoco insistirán
mucho. Al cabo Fernández también le he puesto en antecedentes
sin extenderme para nada en desagradables detalles;
Ud. ya me entiende.
-Mañana, después de despedirse de mí, comenzará
su misión, y, ¡por favor, aféitese ese ridículo bigotillo!-
- ¡A sus órdenes...! -
Pérez, resentido, por la mordacidad de su jefe, y por esa última
orden, abandonó molesto el despacho. Se quedó con
las ganas de decirle a don Basilio Corralete que el
parche que suplía sus rapados mostachos era, con mucho,
más irrisorio que su bigotillo que, aunque
ridículo, según sus palabras y su autoritaria opinión,
le era, al menos, auténtico, propio y no un vulgar
esparadrapo.
Comprendía el maldito estado de ánimo del Sargento
y se consoló ante una posible aventura que le alejaría,
al menos durante una temporada, de la rutina, y del
penoso deber de soportarlo.
El primer día de estancia en el Camping era
aún de día cuando Pérez, en la habitación de su bungalow
se arregló disponiéndose para cenar. Era la norma
general en aquel complejo turístico ya que los extranjeros,
alemanes en su mayoría, comían y cenaban muy temprano
y ello hacía que los hábitos del joven se vieran trastocados.
Pero tenía apetito y aquel cambio sólo le afectaría
algo los primeros días...Aún era muy joven y no la
edad en que, los hábitos
se convierten en inveteradas costumbres. Cenó
en el amplio salón. Una variedad de platos se exhibían
en las largas mesas del self sevice. Eligió
de primero macarrones, de segundo pollo con tomate,
para beber una jarra de cerveza y un helado de postre.
Cuando terminó echó una mirada por el local.
No vio por allí a la pareja de los Litmann;
seguramente que estarían paseando por el puerto en
Cala-Ratjada donde tal vez cenaran y posiblemente,
más tarde, se fueran a bailar. O tal vez cenaran en
C’an Cardaitx, o en restaurante de Sa Sinia, o en
el pueblo.
Anselmo Pérez estaba bien asesorado sobre las
costumbres de la pareja, así es que no extrañó nada
la ausencia de ambos en el comedor. Los encontraría,
casi con toda seguridad, por la costa al día siguiente.
Subió al cuarto y, para pasar el tiempo, decidió escribir
a su novia. Tomó papel, y sobre, ambos con el membrete
del Camping, encendió la luz cuya pantalla
enfocaba una mesilla lateral y, sentándose ante ella,
cogió la pluma y comenzó la carta. La verdad es que,
a pesar de todas aquellas novedades, no sabía que
decir, ni cómo explicar
a su Nicasia su actual y extraño destino; pero
Anselmo sabía que todo era empezar pues a medida que
escribiera se le irían ocurriendo cosas.
La Fuente de la Cala - Capdepera - Mallorca
Querida Nicasia: Ante el extraño encabezamiento
de ésta te imagino, también, intrigada. Sí, amada
mía, ahora vivo aquí, y, hasta una nueva orden emanada
de los altos cargos, este es, de momento, mi nuevo
destino. Vivir entre los que en tiempos pasados se
nos daba por llamar bárbaros, y que son gentes sencillas
y buenas, sanas y desarrolladas. Da gusto verlas y
tratar con ellas. Siempre dispuestas para hacerte
un favor... Me recuerdan a ti, tan saludable, y añoro
los días en que juntos corríamos por la pradera y,
corre que te corre, también, en el corral del tío
Roque. ¡Ya tengo ganas de que me den permiso para
abrazarte de nuevo! Pero lo veo difícil de momento.
Estoy en misión especial y, caso de resolverse a satisfacción
lo que aquí me ha traído, me ascenderán a cabo o a
sargento.
Así podremos casarnos y te vendrás a Mallorca
conmigo. No sé si la musa está hoy para inspirarme,
pero intentaré hacerte una glosa:
Oh, mi fermosa Nicasia
Bella flor de las mesetas
Que, con incomparable gracia,
Mueves el talle y las...
P.D. No es una redondilla pero me ha salido
casi redonda. La verdad es que antes de terminarla
se me fue la inspiración y no encuentro la palabra
que rime con mesetas... Un fuerte beso de tu Anselmo,
que lo es, y que te quiere.
Anselmo plegó la carta y la metió en un sobre
en el que escribió la dirección de su amada Nicasia.
Después salió del bungalow y se dirigió a la recepción
donde le facilitaron un sello. Le aseguró, una atenta
señorita, que no se preocupara, que al día siguiente
sería remitida, sin falta, a su destino.