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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XVII

Era la tarde, de aquel mismo miércoles, cuando sonó el teléfono en el interior del Cuartelillo.

- ¿Está Pérez por ahí...? -

- Soy yo, mi Sargento..., ¿manda alguna cosa...? -

- Haga el favor de subir, he de hablar con Ud. -

- ¡A sus órdenes! -

¿Qué querrá ahora? Se preguntó Pérez subiendo los escalones de dos en dos.

- ¿Da su permiso...? -

- ¡Pase...! - El guardia se introdujo en el pequeño despacho de don Basilio. La ventana, abierta de par en par, daba a la calle. El Sargento estaba en mangas de camisa y continuaba con aquel par de parches adheridos y que, en la semipenumbra del cuarto, aún daban más severidad a su ya serio rostro.

- Siéntese Pérez..., voy a ser escueto y ponerle en antecedentes de lo que pretendo de Ud. Si lo desea puede fumar. ¡Ande, coja un purito...! - Sobre la mesa había una cajetilla de Entrefinos. Pérez tomó uno y le dio las gracias. Don Basilio, después de encender el suyo, le dio fuego a su subordinado.

- Ante todo le diré que esto es absoluta y sumamente  confidencial. Ni que decir tiene que sólo lo sabremos Ud., y yo. Con ello no hago otra cosa que aumentar el margen de confianza que siempre Ud., Pérez, me ha merecido... -

- Gracias, mi Sargento. Seré una tumba en cuanto a hablar sobre lo que me diga y también digno merecedor de esa confianza con la que Ud. me honra... -

 - No lo dudo... -

Don Basilio le explicó el porqué de la carencia de pelos en su bigote, la falta de su ojo clínico, y la mala sangre que le recorría el cuerpo.

Había hablado ya con sus superiores que le habían dado manga ancha para proceder contra Prubí.

- Así, pues, mi Sargento, Ud. sigue creyendo que fue él quién le dejó sin..., perdón, en semejante estado.-

Si no fuera por lo serio de la situación, Pérez, que, aparte de la admiración que sentía por la osadía del catalán, y hacía grandes esfuerzos para contenerse, hubiera soltado la carcajada. Pero ya estaba mentalizado de la gravedad del caso y de un noble sentimiento del deber hacia su superior.

- Ya les dije esta mañana a Ud. y a Fernández que me constaba que era él: Prubí. Además ha dejado su firma. La misma que dejó en su día en la casa de don Miguel, el boticario.

- ¡Venga, venga conmigo! -

Don Basilio levantándose y tomando por una brazo al guardia lo llevó hasta la puerta de su habitación. La abrió y señalando la mesita de noche le dijo con atronadora voz:

-¡Observe y con todo detenimiento ese ofensivo recuerdo que me ha dejado ése hijo de la gran puta! -

Un oscuro, enorme, y brillante zurullo descansaba sobre un almidonado tapetito blanco, y de encajes de puntilla en la mesilla de noche, lo que hacía que el excremento destacara, haciendo aún más patente, la humillante afrenta...

- Ahora comprenderá mejor cómo me siento y puede comenzar a reírse todo lo que quiera. Lo entenderé  perfectamente ya que situaciones tan chuscas como ésta no se dan todos los días.

Anselmo Pérez, que ya no podía más, aguantaba a duras penas, y por respeto a su superior, la carcajada que pugnaba por salir de su boca...

- Ríase, ríase, le hará bien, y tiene mi permiso, ¡pero le juro, como hay Dios, que ése cerdo me las va a pagar todas juntas! Haga el favor, amigo Anselmo, - prosiguió - de retirarlo, y de airear esta habitación. Luego venga a verme pues no le he hecho llamar sólo para esto. Aún tenemos mucho de qué hablar. - De escueto, como dijo que sería, nada de nada, pero la expresión del Sargento con su parcheada faz era asaz horripilante por la rabia que se reflejaba en ella. La contenida risa del número Pérez, al ver el terrible odio en el rostro de su superior, se le atragantó en el cuerpo. Mas la soltó, aunque casi sorda y a duras penas, cuando el Sargento le dejó sólo en la habitación. Después de airearla y de retirar, envolviéndolo en papel higiénico, el desagradable recuerdo que Prubí, supuestamente, había dejado sobre el tapetito bordado en  la mesita de noche, de lavarse las manos, y de secarse los llorosos ojos por tanta risa contenida, el número Pérez acudió a reunirse, de nuevo, con su superior.

-Pero olvidemos, de momento, - decía éste más tarde- el desagradable incidente. Otro motivo por el que le he elegido es que, como aficionado a la pesca de buceo, al igual que ese mal nacido de Prubí, me sirve usted a la perfección para la misión que le tengo asignada. 

- A partir de hoy - continuó don Basilio - irá de paisano y se hospedará en el Camping de La Font de la Cala, como un turista más. No se preocupe de los gastos ya que estos correrán a cargo del Cuerpo y cómprese un equipo de lo más completo para bucear. Tengo la sospecha que nuestro hombre se mueve, aún, por aquella costa. Doña Nuria, la mujer del interfecto, me proporcionó estas fotos. - Sacó, de un cajón del despacho, un sobre grande que puso ante Pérez.

- La más reciente es esta que sostiene un pez. Como ve está dedicada a su mujer...Son nimios detalles - continuó- que a veces suelen darse en tipos de su calaña, aunque su sacrificada esposa no se merecía un monstruo así. Se las estudie con atención. Es primordial para poder identificar a ése aprendiz a barbero, y mal rapador, degollador de cadáveres, ladrón de ojos ajenos, y furtivo cagón nocturno.- Ahora, Pérez, apenas esbozó una sonrisa para celebrar respetuosamente la mordaz ironía que encerraban las palabras de don Basilio...- Bromas aparte, su misión será vigilar la zona: las playas, los varaderos, y la costa que el catalán, y el matrimonio Litmann, acostumbraban a frecuentar... ¿Me he dejado algo en el tintero?. ¡Ah, sí...! Procure también hacer amistad con la joven pareja. Le será fácil pues ella se me da, por su trato y referencias, que también es mujer fácil, y accesible. Pero un consejo, amigo Pérez, le diré como el tango: no se enamore. Le creo un hombre sensato y, por la cuenta que le trae no lo hará. Ya ve lo que le pasó al finado don Mario Gayá.

- No pase cuidado, mi Sargento, pues tengo novia en mi pueblo, y a la que quiero mucho.

- Pues vaya con cuidado que no se la pegue. No se fíe..., las mujeres son poco de fiar...Míreme a mí que soy soltero.-

El Sargento intentó atusarse la cinta parcheada que le cubría el labio superior y miró a su subalterno para ver el efecto de sus palabras.

- Mi Sargento, con todo mis respetos le aconsejo que sea Ud. el que se pegue esa cinta que le cuelga...

- Gracias... ¿No se habrá enfadado, verdad...? -

La mirada fija, sin bifurcar, del Sargento rebosaba mala leche mientras se pasaba el índice por el falso bigote...

- ¡Faltaría más, para eso están los superiores...! Ud., en mi caso haría lo mismo... -  

Aguantarse iba a añadir pero se contuvo.

- Muy inteligente..., y muy comprensivo. -¡Qué remedio...! - se dijo Pérez.- No me arrepiento haberle elegido para esta delicada misión...Es Ud. la persona idónea para ello. Dispondrá de coche, también, pero podrá alquilar una bicicleta si lo cree conveniente... Los extranjeros suelen ir en bicicleta. ¡Ah!,y perdóneme si he dicho alguna inconveniencia pero es que estoy que trino...

- Ud. sí, mi Sargento, que sobrados motivos tiene, y perdóneme lo de sobrados, pero yo no tengo la culpa de que un cerdo como ése haya manchado su buen nombre.

- Un tapetito y, mi orgullo..., que mi buen nombre no ya que lo que pasó aquí no lo sabe nadie más que Ud., yo, y el jodido catalán ése. Por lo demás tiene toda la razón, la he tomado con Ud. por ser quién tengo más a mano para desahogarme y, repito, le pido mis disculpas.  Pero le prometo que de llevar a buen término este cometido ya tiene asegurado el ascenso directo a cabo primera. Ahora retírese y me tenga al corriente de todo lo que averigüe por la costa. - Antes de que el joven saliera del despacho don Basilio añadió:- Y una última advertencia, amigo Pérez: use Ud. siempre, para comunicarse conmigo, teléfonos públicos, ya sabe, cabinas telefónicas o teléfonos que no tengan que pasar por centralillas. No use nunca líneas interiores del Hotel, o del Camping. Y si le hacen preguntas los compañeros dígales: Secreto del sumario. Como no acabarán de entenderlo tampoco insistirán mucho. Al cabo Fernández también le he puesto en antecedentes sin extenderme para nada en desagradables detalles; Ud. ya me entiende.

-Mañana, después de despedirse de mí, comenzará su misión, y, ¡por favor, aféitese ese ridículo bigotillo!-

- ¡A sus órdenes...! -

Pérez, resentido, por la  mordacidad de su jefe, y por esa última orden, abandonó molesto el despacho. Se quedó con las ganas de decirle a don Basilio Corralete que el parche que suplía sus rapados mostachos era, con mucho, más irrisorio que su bigotillo que, aunque ridículo, según sus palabras y su autoritaria opinión, le era, al menos, auténtico, propio y no un vulgar esparadrapo.

Comprendía el maldito estado de ánimo del Sargento y se consoló ante una posible aventura que le alejaría, al menos durante una temporada, de la rutina, y del penoso deber de soportarlo.


 

El primer día de estancia en el Camping era aún de día cuando Pérez, en la habitación de su bungalow se arregló disponiéndose para cenar. Era la norma general en aquel complejo turístico ya que los extranjeros, alemanes en su mayoría, comían y cenaban muy temprano y ello hacía que los hábitos del joven se vieran trastocados. Pero tenía apetito y aquel cambio sólo le afectaría algo los primeros días...Aún era muy joven y no la edad en que, los hábitos  se convierten en inveteradas costumbres. Cenó en el amplio salón. Una variedad de platos se exhibían en las largas mesas del self sevice. Eligió de primero macarrones, de segundo pollo con tomate, para beber una jarra de cerveza y un helado de postre.

Cuando terminó echó una mirada por el local.

No vio por allí a la pareja de los Litmann; seguramente que estarían paseando por el puerto en Cala-Ratjada donde tal vez cenaran y posiblemente, más tarde, se fueran a bailar. O tal vez cenaran en C’an Cardaitx, o en  restaurante de Sa Sinia, o en el pueblo.

Anselmo Pérez estaba bien asesorado sobre las costumbres de la pareja, así es que no extrañó nada la ausencia de ambos en el comedor. Los encontraría, casi con toda seguridad, por la costa al día siguiente. Subió al cuarto y, para pasar el tiempo, decidió escribir a su novia. Tomó papel, y sobre, ambos con el membrete del Camping, encendió la luz cuya pantalla enfocaba una mesilla lateral y, sentándose ante ella, cogió la pluma y comenzó la carta. La verdad es que, a pesar de todas aquellas novedades, no sabía que decir, ni cómo explicar  a su Nicasia su actual y extraño destino; pero Anselmo sabía que todo era empezar pues a medida que escribiera se le irían ocurriendo cosas.

La Fuente de la Cala - Capdepera - Mallorca

Querida Nicasia: Ante el extraño encabezamiento de ésta te imagino, también, intrigada. Sí, amada mía, ahora vivo aquí, y, hasta una nueva orden emanada de los altos cargos, este es, de momento, mi nuevo destino. Vivir entre los que en tiempos pasados se nos daba por llamar bárbaros, y que son gentes sencillas y buenas, sanas y desarrolladas. Da gusto verlas y tratar con ellas. Siempre dispuestas para hacerte un favor... Me recuerdan a ti, tan saludable, y añoro los días en que juntos corríamos por la pradera y, corre que te corre, también, en el corral del tío Roque. ¡Ya tengo ganas de que me den permiso para abrazarte de nuevo! Pero lo veo difícil de momento. Estoy en misión especial y, caso de resolverse a satisfacción lo que aquí me ha traído, me ascenderán a cabo o a sargento.

Así podremos casarnos y te vendrás a Mallorca conmigo. No sé si la musa está hoy para inspirarme, pero intentaré hacerte una glosa:

Oh, mi fermosa Nicasia
Bella flor de las mesetas
Que, con incomparable gracia,
Mueves el talle y las...

P.D. No es una redondilla pero me ha salido casi redonda. La verdad es que antes de terminarla se me fue la inspiración y no encuentro la palabra que rime con mesetas... Un fuerte beso de tu Anselmo, que lo es, y que te quiere.

Anselmo plegó la carta y la metió en un sobre en el que escribió la dirección de su amada Nicasia. Después salió del bungalow y se dirigió a la recepción donde le facilitaron un sello. Le aseguró, una atenta señorita, que no se preocupara, que al día siguiente sería remitida, sin falta, a su destino.



 

 



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Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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