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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XVI

En aquella calurosa mañana de Agosto, Erika y Klaus, subieron al pueblo. Había el mercadillo, o la feria de los miércoles y, casualmente, a don Jorge Prubí i Camps, se le ocurrió, también, darse un garbeo, en plan experimental por allí...

O sea, la parejita de turistas con el fin de curiosear y comprar algo, y el catalán para poner a prueba la solidez de su nueva personalidad. Quería, como siempre, y a costa de su propia seguridad, jugar con el destino. Dicen que el criminal vuelve siempre al lugar de su crimen. Él no había matado a nadie en aquella plaza, ni en el pueblo, pero sí a gente que había asistido, hablado y gesticulado en aquel contexto. Además sentía una morbosa curiosidad:

Quizás, con un poco de suerte, tuviera la ocasión de ver, eso sí, de lejos, al Sargento...Sentía unos deseos  insanos de comprobar si, después de la limpieza capilar que le hizo, seguía manteniendo su habitual marcialidad...

Desde luego que, caso que se pusieran las cosas muy feas, él conservaba, cuidadosamente, los pelos mostachiles de don Basilio en un pequeño sobre.

Y el falso, pero valioso ojo, en una lata vacía. (Valioso para el Sargento). No tendría inconveniente en devolvérselos, por correos, y por si acaso.

Pero el Sargento no acudió por allí...

En aquellos momentos hablaba con Pérez, el guardia, hombre de toda su confianza, y con el cabo Simón Fernández. A ninguno de los dos dio una versión exacta de lo que le había ocurrido, ni a estos se les pasó, siquiera por la cabeza, lo que en realidad había pasado. A Don Basilio le hubiera gustado poder borrar de su vida aquel triste y bochornoso episodio que le corroía las entrañas. Aquello que le habían hecho, por sus efectos morales, era lo más parecido a una violación. Así es que, para evitar ignominiosos detalles les expuso eso tan cacareado de que al afeitarse se le fue la mano y que, al final, optó por desprenderse de su flamante bigote. Para cubrir el vacío que éste había dejado bajo sus narices se colocó una cinta adhesiva, y de color negro, pues la ausencia de aquél le causaba penosa extrañeza... 

De la pérdida de su ojo ortopédico no dio, tampoco, explicaciones. Pérez, que además de guardia era muy imaginativo, le pareció, aparte de lo cómico que pudiera tener la situación que don Basilio con aquel parche negro sobre el hueco del ojo, parecía un pirata, y con aquel otro sobre sus labios, se asemejaba a Groucho Marx.

Don Basilio intentó, en un tic  rutinario, atusarse los imaginarios mostachos y, al encontrar la ausencia de los mismos, y verse observado, pareció avergonzarse de su habitual, e inconsciente gesto... Reaccionó y se encaró a la pareja:

- Uds. dos dense una vuelta por el mercadillo y tengan los ojos bien abiertos... -

- ¡A sus órdenes, mi Sargento...! - contestaron Pérez y Fernández, al unísono.

- No pierdan detalle pues sospecho que Prubí aún anda por estos andurriales...-

- ¡Pero si hemos peinado toda la zona, mi Sargento!- repuso el cabo.

- Además ya hace tiempo -añadió - que nadie nos ha facilitado información sobre su persona, ni él ha dado señales de vida...

- Puede que a Uds. no..., quiero decir... ¡Bueno, cabo, limítese a cumplir mis órdenes! ¡A mí me consta, y no quieran Uds. saber el porqué y el cómo, pero sé que ese individuo aún anda suelto por ahí! ¡Y, cuándo digo que me consta es que me consta, cojones!-

Cuando salieron del cuartelillo Pérez exclamó:

- ¡Uf, cómo está hoy...!

- Sí, algo le pasa - El cabo se sacó un paquete de Celtas, del bolsillo superior de la guerrera, y se lo pasó a su compañero mientras encendía un cigarrillo. - Normalmente no tiene tan mal genio pero hoy está imposible. Algo raro debe haberle pasado...-

- ¿Te parece poco haberse rapado su mimado y querido bigote? ¿Y el ojo, qué me dices del ojo...? ¿Habías visto tú alguna vez al Sargento con un parche...? - preguntó Pérez.

- La verdad es que no. - Fernández ocultó el paquete pasándole su cigarrillo a Pérez.  Éste lo empalmó con el suyo para encenderlo.

- ¡Vamos para allá...! - Ordenó el cabo y ambos se dirigieron a la Plaza de Orient, hacia el mercadillo. Cuando llegaron allí Pérez le dijo a su compañero:

- Ahí está la alemanita... La amiga del catalán... La que se cameló al maestro, q. e. p. d. -

En efecto, allí estaba Erika, tan excitante y tan guapa como siempre, sentada bajo uno de los toldos-sombrilla, junto a Klaus Litmann, y tomándose un refresco. 

Había reducido, o más bien bifurcado, su larga y rubia melena a un par de trenzas que le caían, curvándose, sobre sus altivos senos. Al extremo de ellas tenía atadas dos cintas rojas que hacían juego con su nuevo niqui, de transversal  rayado, como siempre, aunque esta vez las franjas eran anaranjadas. Y, también, como siempre, llevaba un short blanco por el que asomaban, cruzándose, sus soberbias piernas. Klaus se la miraba, sin perder su sonrisa, y a través de sus pajizos y lacios pelos.

- Ya la veo... La tía está como un tren. -

- Yo diría que mejor...A mí un tren no me dice nada.-

- ¿Y si le preguntásemos sobre Prubí...?

- Acuérdate de las órdenes que nos dio el Sargento. El marido está con ella... Quizás no sea oportuno hacerle preguntas estando él presente... Además nos hemos de limitar a vigilar. Si tomamos iniciativas, así como está, y con el cabreo que lleva encima don Basilio, se nos puede caer el pelo... -

Alguien más contemplaba a Erika. Era Prubí.

Aún no se le había pasado la pasión que en él había despertado la joven, ni tampoco el imperioso deseo de hacérsela suya.

De poseerla de una vez por todas. Ya hacía tiempo que estaba curado de las dolencias que aquella linda golfilla le causó en aquella movida noche que lo puso a parir, de pura excitación, a la luz de un par de quinqués, y bailando al compás de la música de un viejo fonógrafo. Bueno, lo de bailar es sólo un decir, más bien aquello fue una sarta de restregones, con un tira y afloja, por parte de la sin par criatura que luego de excitarlo  con toda la voluptuosidad de que era capaz la redomada zorrilla, y de darle falsas esperanzas, lo dejó sin polvo..., y hecho polvo.

Y, para colmo, y gracias, aunque indirectas al finado don Mario, que le facilitó aquél último encuentro con la procaz nínfula,  todas aquellas secuelas físicas, y anímicas, se le habían multiplicado por cien...

Era una mezcla de libidinoso deseo y, también, un  afán de incontenida venganza aunque reconocía que la joven le había ayudado ya que, gracias a ella, pudo hundir, y masacrar, al odiado y soberbio don Mario...

En cuanto al rubio, que tenía a su lado, también se la tenía jurada.

- Madame, un peu du fromage, s’il vous plait...

Erika sintió una tremenda inquietud seguida de un escalofrío, anormal en aquella época, en pleno estío. Entre toda la abigarrada multitud que transitaba  por la plaza, turistas y nativos, comprando en las casetas, bajo los toldos, y diseminados por las cafeterías, tuvo la impresión de ver brillar un dorado reflejo que emanaba de una sonrisa...

Sonrisa que a ella le pareció reconocer, y más con el condicionante circunstancial de los pasados días. Ahora la recordaba con toda claridad pues Prubí tenía un diente postizo, de oro.

¡Era él quién había sonreído!

Fue un destello fugaz entre aquella ola de gente, y que la hizo estremecer.  Cual una película fueron pasando, con rapidez, un montón de hechos que fueron a desembocar a la degollación del cadáver del pez magíster, del desgraciado maestro don Mario, y a la posible sospecha, también, por parte de la Policía Local y del Sargento de la Guardia Civil, de que él, Prubí, fuera su asesino.

¡Y de ella, que el mismo día, quizás momentos antes, de que muriera el maestro, había estado, y de qué manera, con él...!

¿Pero dónde estaba ahora?

¿Era el sol otra vez que la hacía ver visiones?

Paseó su mirada entre toda aquella gente y al final se dijo que tal vez fueran sus nervios los que, de nuevo, la habían traicionado.

-¿Erika? Te has puesto pálida, ¿te pasa algo...?

-Nada, Klaus, ya me ha pasado. No tiene importancia. Te lo contaré más tarde. Vayámonos, tengo frío...

-Hace calor y no es normal. Tendría que verte un médico.

-No habrá necesidad. Cuando te cuente lo que me ha..., pero ya te lo diré por el camino, ahora, por favor, ¡vayámonos ya...! -

-Ya, ya..., voy a pagar las consumiciones y partimos.

Prubí tomó el pedazo de queso, ya envuelto, y lo colocó en la cesta que posteriormente colgó de su hombro.

-Remerci, madame... Au voir...



 

 



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  Autores

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·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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