En aquella calurosa mañana de Agosto, Erika
y Klaus, subieron al pueblo. Había el mercadillo,
o la feria de los miércoles y, casualmente, a don
Jorge Prubí i Camps, se le ocurrió, también, darse
un garbeo, en plan experimental por allí...
O sea, la parejita de turistas con el fin de
curiosear y comprar algo, y el catalán para poner
a prueba la solidez de su nueva personalidad. Quería,
como siempre, y a costa de su propia seguridad, jugar
con el destino. Dicen que el criminal vuelve siempre
al lugar de su crimen. Él no había matado a nadie
en aquella plaza, ni en el pueblo, pero sí a gente
que había asistido, hablado y gesticulado en aquel
contexto. Además sentía una morbosa curiosidad:
Quizás, con un poco de suerte, tuviera la ocasión
de ver, eso sí, de lejos, al Sargento...Sentía unos
deseos insanos de comprobar si, después de la
limpieza capilar que le hizo, seguía manteniendo su
habitual marcialidad...
Desde luego que, caso que se pusieran las cosas
muy feas, él conservaba, cuidadosamente, los pelos
mostachiles de don Basilio en un pequeño sobre.
Y el falso, pero valioso ojo, en una lata vacía.
(Valioso para el Sargento). No tendría inconveniente
en devolvérselos, por correos, y por si acaso.
Pero el Sargento no acudió por allí...
En aquellos momentos hablaba con Pérez, el
guardia, hombre de toda su confianza, y con el cabo
Simón Fernández. A ninguno de los dos dio una versión
exacta de lo que le había ocurrido, ni a estos se
les pasó, siquiera por la cabeza, lo que en realidad
había pasado. A Don Basilio le hubiera gustado
poder borrar de su vida aquel triste y bochornoso
episodio que le corroía las entrañas. Aquello que
le habían hecho, por sus efectos morales, era lo más
parecido a una violación. Así es que, para evitar
ignominiosos detalles les expuso eso tan cacareado
de que al afeitarse se le fue la mano y que, al final,
optó por desprenderse de su flamante bigote. Para
cubrir el vacío que éste había dejado bajo sus narices
se colocó una cinta adhesiva, y de color negro, pues
la ausencia de aquél le causaba penosa extrañeza...
De la pérdida de su ojo ortopédico no dio,
tampoco, explicaciones. Pérez, que además de guardia
era muy imaginativo, le pareció, aparte de lo cómico
que pudiera tener la situación que don Basilio con
aquel parche negro sobre el hueco del ojo, parecía
un pirata, y con aquel otro sobre sus labios, se asemejaba
a Groucho Marx.
Don Basilio intentó, en un tic rutinario, atusarse los imaginarios mostachos
y, al encontrar la ausencia de los mismos, y verse
observado, pareció avergonzarse de su habitual, e
inconsciente gesto... Reaccionó y se encaró a la pareja:
- Uds. dos dense una vuelta por el mercadillo
y tengan los ojos bien abiertos... -
- ¡A sus órdenes, mi Sargento...! - contestaron
Pérez y Fernández, al unísono.
- No pierdan detalle pues sospecho que Prubí
aún anda por estos andurriales...-
- ¡Pero si hemos peinado toda la zona, mi Sargento!-
repuso el cabo.
- Además ya hace tiempo -añadió - que nadie
nos ha facilitado información sobre su persona, ni
él ha dado señales de vida...
- Puede que a Uds. no..., quiero decir... ¡Bueno,
cabo, limítese a cumplir mis órdenes! ¡A mí me consta,
y no quieran Uds. saber el porqué y el cómo, pero
sé que ese individuo aún anda suelto por ahí! ¡Y,
cuándo digo que me consta es que me consta, cojones!-
Cuando salieron del cuartelillo Pérez exclamó:
- ¡Uf, cómo está hoy...!
- Sí, algo le pasa - El cabo se sacó un paquete
de Celtas, del bolsillo superior de la guerrera, y
se lo pasó a su compañero mientras encendía un cigarrillo.
- Normalmente no tiene tan mal genio pero hoy está
imposible. Algo raro debe haberle pasado...-
- ¿Te parece poco haberse rapado su mimado
y querido bigote? ¿Y el ojo, qué me dices del ojo...?
¿Habías visto tú alguna vez al Sargento con un parche...?
- preguntó Pérez.
- La verdad es que no. - Fernández ocultó el
paquete pasándole su cigarrillo a Pérez.
Éste lo empalmó con el suyo para encenderlo.
- ¡Vamos para allá...! - Ordenó el cabo y ambos
se dirigieron a la Plaza de Orient, hacia el mercadillo.
Cuando llegaron allí Pérez le dijo a su compañero:
- Ahí está la alemanita... La amiga del catalán...
La que se cameló al maestro, q. e. p. d. -
En efecto, allí estaba Erika, tan excitante
y tan guapa como siempre, sentada bajo uno de los
toldos-sombrilla, junto a Klaus Litmann, y tomándose
un refresco.
Había reducido, o más bien bifurcado, su larga
y rubia melena a un par de trenzas que le caían, curvándose,
sobre sus altivos senos. Al extremo de ellas tenía
atadas dos cintas rojas que hacían juego con su nuevo
niqui, de transversal
rayado, como siempre, aunque esta vez las franjas
eran anaranjadas. Y, también, como siempre, llevaba
un short blanco por el que asomaban, cruzándose, sus
soberbias piernas. Klaus se la miraba, sin perder
su sonrisa, y a través de sus pajizos y lacios pelos.
- Ya la veo... La tía está como un tren. -
- Yo diría que mejor...A mí un tren no me dice
nada.-
- ¿Y si le preguntásemos sobre Prubí...?
- Acuérdate de las órdenes que nos dio el Sargento.
El marido está con ella... Quizás no sea oportuno
hacerle preguntas estando él presente... Además nos
hemos de limitar a vigilar. Si tomamos iniciativas,
así como está, y con el cabreo que lleva encima don
Basilio, se nos puede caer el pelo... -
Alguien más contemplaba a Erika. Era Prubí.
Aún no se le había pasado la pasión que en
él había despertado la joven, ni tampoco el imperioso
deseo de hacérsela suya.
De poseerla de una vez por todas. Ya hacía
tiempo que estaba curado de las dolencias que aquella
linda golfilla le causó en aquella movida noche que
lo puso a parir, de pura excitación, a la luz de un
par de quinqués, y bailando al compás de la música
de un viejo fonógrafo. Bueno, lo de bailar es sólo
un decir, más bien aquello fue una sarta de restregones,
con un tira y afloja, por parte de la sin par criatura
que luego de excitarlo con toda la voluptuosidad de que era capaz
la redomada zorrilla, y de darle falsas esperanzas,
lo dejó sin polvo..., y hecho polvo.
Y, para colmo, y gracias, aunque indirectas
al finado don Mario, que le facilitó aquél último
encuentro con la procaz nínfula,
todas aquellas secuelas físicas, y anímicas,
se le habían multiplicado por cien...
Era una mezcla de libidinoso deseo y, también,
un afán
de incontenida venganza aunque reconocía que la joven
le había ayudado ya que, gracias a ella, pudo hundir,
y masacrar, al odiado y soberbio don Mario...
En cuanto al rubio, que tenía a su lado, también
se la tenía jurada.
- Madame, un peu du fromage, s’il vous plait...
Erika sintió una tremenda inquietud seguida
de un escalofrío, anormal en aquella época, en pleno
estío. Entre toda la abigarrada multitud que transitaba
por la plaza, turistas y nativos, comprando
en las casetas, bajo los toldos, y diseminados por
las cafeterías, tuvo la impresión de ver brillar un
dorado reflejo que emanaba de una sonrisa...
Sonrisa que a ella le pareció reconocer, y
más con el condicionante circunstancial de los pasados
días. Ahora la recordaba con toda claridad pues Prubí
tenía un diente postizo, de oro.
¡Era él quién había sonreído!
Fue un destello fugaz entre aquella ola de
gente, y que la hizo estremecer.
Cual una película fueron pasando, con rapidez,
un montón de hechos que fueron a desembocar a la degollación
del cadáver del pez magíster, del desgraciado
maestro don Mario, y a la posible sospecha, también,
por parte de la Policía Local y del Sargento de la
Guardia Civil, de que él, Prubí, fuera su asesino.
¡Y de ella, que el mismo día, quizás momentos
antes, de que muriera el maestro, había estado, y
de qué manera, con él...!
¿Pero dónde estaba ahora?
¿Era el sol otra vez que la hacía ver visiones?
Paseó su mirada entre toda aquella gente y
al final se dijo que tal vez fueran sus nervios los
que, de nuevo, la habían traicionado.
-¿Erika? Te has puesto pálida, ¿te pasa algo...?
-Nada, Klaus, ya me ha pasado. No tiene importancia.
Te lo contaré más tarde. Vayámonos, tengo frío...
-Hace calor y no es normal. Tendría que verte
un médico.
-No habrá necesidad. Cuando te cuente lo que
me ha..., pero ya te lo diré por el camino, ahora,
por favor, ¡vayámonos ya...! -
-Ya, ya..., voy a pagar las consumiciones y
partimos.
Prubí tomó el pedazo de queso, ya envuelto,
y lo colocó en la cesta que posteriormente colgó de
su hombro.
-Remerci, madame... Au voir...