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Luis
Loshuertos Caldentey
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Capítulo XV
Aquella mañana, Erika, al salir del dormitorio,
se dirigió al comedor. Eran ya finales de Julio. Fue
hasta uno de los ventanales que daban a la carretera.
A través de él vio un grupo de turistas que se dirigían
a la cercana playa. Unos niños les seguían llevando
un pato hinchable y pelotas de goma. Saltaban
gozosos ante la proximidad del baño y cruzaron
la calle hasta las aceras que conducían al pinar.
La joven recordó la primera vez que vino a la Isla.
Mientras contemplaba aquella escena recordó, a través
de los vidrios, los cuatro últimos veranos, consecutivos,
que acudía a veranear a Mallorca. No tardó mucho en
unírsele Klaus que venía de pescar.
Erika y Klaus comían, como les era habitual,
en el amplio comedor del “Camping”, es decir,
de lo que fue en su principio un camping. Ya
no había espacio para tiendas de campaña en aquel
recinto que un día fuera tierra de labranza, y en
el que tan sólo había, en su centro, una rústica caseta
de aperos cuyo primer amo fue Antonio Moll, alias
‘n Toni Miquelet, padre del actual propietario.
El hijo, apodado también como su padre y con una excelente
visión de futuro, comenzó por alquilar sus terrenos
a caravanas turísticas; y dar a alquilar, por otro
lado, tiendas de campaña a los veraneantes, abaratando
la estancia de estos y el coste propio, en aquel lugar,
muy apartado del gran núcleo turístico de Cala-Ratjada.
De esa forma,
lo que no le daba un gran margen de beneficios,
lo compensaba y con creces, al conseguir que el turista
no tuviera una necesidad perentoria de salir de aquel
gran complejo en que llegó a convertirse el antiguo
Camping de Sa Font de sa Cala. Aparte de la comida podían adquirirse
tarjetas, papel de escribir, libros, objetos de tocador,
bolsas y toallas para la playa, amén de bañadores,
sombrillas, y hasta el periódico.
En un amplio comedor el llamado self service,
sírvase Ud. mismo, sustituyó a la deficiente
comida que acostumbraba a servirse, en otros tiempos,
en la gran mayoría de los establecimientos hoteleros.
Ello no sólo mejoró la calidad de la misma sino que
era, a su vez, mucho más práctico ya que suponía un
considerable ahorro en personal de servicio.
- Hace tiempo que no hemos visto a
don Gorgue... ¿Qué le debe haber pasado...? - le
preguntaba Erika a Klaus...
-Alguna de las suyas debe haber hecho. -
Contestó éste -
Ya nos preguntó el Sargento si lo habíamos
visto y, desde que desapareció, se ven guardias merodeando
por aquí. Es una mala persona...
- Tienes razón, es muy malo, ¿y tus clases...?
- Creo que ya no lo necesito pues me defiendo
mejor. Lo único que no comprendo es que cada vez que
capturo un buen pez me desaparece...
- ¿No será que no lo aseguras bien...?
- Ya te dije el otro día que por aquella costa
ocurren cosas muy raras... - (Si lo sabré yo, pensó la joven).
- Aunque me parece -siguió Klaus- que debe haber
huido de por aquí. No sé porque será pero a veces
tengo la sospecha si el señor Prubí tendrá
que ver con esas desapariciones... Creo que estoy
pescando para él...¿Tú que opinas...?. -
Ya habían acabado de comer y Erika, mirando
por la ventana, junto a la que estaba sentada, vagaba
su vista por el exterior del local cuando exclamó:
- ¡Mira, Klaus, don Gorgue! -
Klaus se levantó de su silla para mirar. El
hombre que señalaba Erika estaba de espaldas y lucía
un mambo salpicado de dalias. Se giró...Una poblada
barba y unas oscuras gafas de sol casi cubrían la
totalidad de su atezada cara...
- No, no puede ser él - dijo Klaus.
- Prubí no usa barba y sólo recuerdo una vez, cuando
le conocimos, que usara unas gafas de sol...
- Tienes razón, querido...-Repuso Erika suspirando.- Pero,
¿no se disfrazan también los criminales? De espaldas
hubiera jurado que era él...
Prubí, al entrar en la gruta, se quitó las
gafas y aquel mambo salpicado de dalias. Y se felicitó
sí mismo por no haber sido reconocido... Aquel día,
por fin, y después de más de veinte días de reclusión
en la cueva se había decidido a salir. Había valido
la pena aquel sacrificio, aquella espera.
Con su crecida, y teñida barba, el floreado
mambo, una máquina
de fotografiar, colgada en bandolera, sus gafas oscuras,
nadie había notado que era él.
Ni los camareros de los bares que antes solía
frecuentar y a quiénes habló en un fluido francés
de Tarbes, que dominaba muy bien, pues tenía familia
en esa ciudad del sur de Francia. Una vez al año solía
tomarse unas vacaciones, y se dejaba caer por allí.
Se expuso hasta el punto de acercarse al Camping
para hacer la prueba de hacerse ver por Erika y Klaus.
Parece ser que sí lo vieron, y hasta llegaron,
inclusive, a sospechar si sería él pero observó, a
través de sus oscuras gafas de sol, y del gran ventanal
del comedor, como si también dudasen ya que acabaron
por volver a sentarse y descartar lo que les pareció,
a lo visto, una descabellada idea... Y cuando se dirigió
a su oculto refugio, como dando un turístico paseo,
no vio un solo tricornio por los alrededores, ni tampoco
en lontananza...
Ni cuerpos de delito, ni hábeas corpus,
ni testigos de un posible crimen. Nada, pues, tenían
contra él, tan sólo rumores y sospechas. Y éstas no
eran de peso para achacarle un asesinato, sino la
vaga duda de atribuirle la autoría de haber
desorejado a un despreciable can.
O el banal, e inocente capricho, de degollar
a un egregio maestro, ya difunto, para llevarse
su cabeza como un delicado recuerdo de lo que en vida
fue insondable, e inmenso, pozo del saber humano.
Había sacado, aquella ínclita testa, de un inmundo
nicho y lo había trasladado a una hermosa cueva, a
manera de panteón, donde podía respirar hasta por
los vacíos ojos... Le hizo un gran favor al finado
dómine y, prueba de ello, es que, desde que
estaba allí, no había dejado de sonreír ni tan sólo
un momento. ¡Ah! Y, con un poco de suerte, pronto
tendría la dulce compañía de su amada Erika.
Para su conciencia él no había sido más que
un mero instrumento del destino. Un destino cuya misión
había sido el hacer feliz, con la muerte, a un desgraciado
infeliz, en la vida...
¡Eso no lo entenderían jamás aquellos berzotas
de sus amigos..., de sus compañeros! ¡Los de la tertulia!
Para entenderlo tendrían que pasar por las mismas,
o muy parecidas, experiencias que don Mario.
Una enorme luna roja, muy roja, y grande, muy
grande, se asomaba casi completa tras el campanario
de la Iglesia de San Bartolomé, en el pueblo de Capdepera...
Prubí, una vez escondido su motorino en la ladera
del monte llamado de las Peñas, en el Encinar,
enfiló la calle del Viento, junto a la Parroquia de
la Villa. Había entrado en el pueblo con el motor
apagado, como hacía últimamente, para no llamar la
atención. Eran las primeras horas de la noche y la
gente del pueblo, o cenaba, o escuchaba las noticias
de la radio, o de la tele, o se recluía a charlar
en las vetlerías. Otros, los menos, en las
calles de poco tránsito, tomaban el fresco de la noche
en el portal de sus casas, en tanto que sus mujeres
confeccionaban cestos de palma, o se abanicaban.
Algunos frecuentaban, aún, el Casino
u otros bares, los de la plaza de Orient, o
el de Ca'n Patilla, en Sa Creu, jugando
a las cartas, al dominó, o sencillamente para hablar,
y beber.... Prubí con su barba, un sombrerete de tela,
y una cesta colgada de su hombro, era irreconocible
mas, así y todo, procuraba hacerse notar lo menos
posible y evitaba las calles más concurridas. Bajó
por la cuesta de Ca'n Capet, pasó por delante, casi,
de Ca'n Pelat y vio como éste cerraba su vacío local.
Siguió su ruta hasta llegar al mismo Cuartelillo de
la Guardia Civil, donde vivía Don Basilio, dobló la
esquina y se encontró en la calle de la Pleta, y junto
al corral trasero de la casa.
Se introdujo en él y, sin hacer el menor ruido,
se acercó a la cocina. La luz de ésta se hallaba encendida
y pudo ver, a través de una ventana de la misma, como
el Sargento, con una gran servilleta blanca anudada
al cuello, cenaba, mientras hacía oscilar sus grandes
bigotes, al mover sus carrillos. Y también escuchaba
la radio...
Prubí ya había estudiado con anterioridad un
plan de acción para entrar en el viejo edificio...Es
decir, a la parte que tenía el Sargento habilitada
como vivienda, y a la qué sólo él tenía acceso desde
el interior. A la izquierda de la puerta de la cocina,
en el corral, y adosado al muro, había una escalera
que conducía al piso superior...
El catalán, tranquilo y haciendo alarde de
su sangre fría, subió hasta el final de ella y se
puso a manipular la manija de la puerta, (¡quién
se atrevería a robar al Sargento de la Guardia Civil!,
pensó). Encendió una linterna y se encontró en el
interior de la vivienda. Con sigilo se dispuso a inspeccionar
las habitaciones. Enseguida encontró la que destinaba
Don Basilio para su descanso, o sea el dormitorio.
Estaba, éste, a todas luces, muy ordenado.
El esbozo de la cama plegado y en la mesita
de noche tenía una lamparita, una novela del oeste
y dos vasos de agua. Prubí sabía por el propio Don
Basilio, pues a veces lo comentó en las tertulias, que acostumbraba
a beber, después de leer, y antes de coger el sueño,
un vaso entero de agua. El otro vaso, que contenía
sólo en su mitad el cristalino líquido, fue una sorpresa
para el catalán ya que en su fondo reposaba el ojo
clínico, u ortopédico, del Sargento, y que, además,
parecía mirárselo.
Haciendo caso omiso de la vítrea mirada, sacó
de su inseparable senaya, o cesta, que le hacía
en ocasiones las veces de chistera de mago, un papel
plegado y vertió, en el otro vaso, el que contenía
el potable líquido, unos polvos. Unos polvos tan mágicos
que ayudarían a dormir, y como un tronco, a aquel
recto servidor de la ley, y el orden, aliviándole,
al menos de momento, de sus múltiples deberes y preocupaciones.
Unos polvos que tan buen resultado le dieron
con Mr. Napoleón, el perro del boticario... Ahora
era cuestión de tener paciencia.
Salió de la habitación tan cuidadosamente,
y sin hacer ruido, como cuando entró, y acto seguido
se apostó al fondo del corral. Tuvo suerte pues no
tardó en ver como se apagaba la luz de la cocina y
al poco rato se encendían las luces del piso superior.
Todo requería su tiempo y nada mejor que cenar mientras
los acontecimientos iban evolucionando con toda normalidad
y según el plan que se había trazado...
Entró en la cocina y dirigió el haz de su linterna
por su alrededor hasta distinguir una olla de barro.
En ella descansaban algunos restos de un descuartizado
pollo, cocinado al ajillo, y sobre la mesa una botella
de Franja Roja que parecía invitar a más de
un trago. Así es que se sentó y apechugó con ambos,
el cocinado manjar, y aquel buen néctar de los
dioses.
Ya, una vez cenado, salió al corral, respiró
hondo, eructó bajito, alzó la vista y miró hacia las
persianas del dormitorio. La luz ya estaba apagada.
y, cuando Prubí subió a la habitación, los ronquidos
de don Basilio tronaban en la misma.
La respiración del sargento era pesada y expulsaba
el aire de sus pulmones alargando los morros de tal
guisa que sus largos bigotes adquirían la intranquilizadora
y erizada forma de un par de puntiagudos cuernos,
y a punto de embestir.
Así es que lo primero que hizo el catalán fue
vaciar en el orinal el vaso que contenía el impertinente
ojo de cristal que no dejaba de fisgarlo y, asiéndolo
con toda delicadeza entre el índice y el pulgar, se
lo introdujo en uno de sus bolsillos. Luego, para
hacer desaparecer la sensación, asaz molesta, de hallarse
frente a una res brava cortó, de un par de tijeretazos,
las temblonas guías de aquél, también, amenazador
e insolente bigote. Con aquel par de cortes la cara
de don Basilio había perdido buena parte de su fiereza.
Parecía más tranquilo, más sosegado, más plácido,
más sereno, e incluso, más beatífico...
Cuando don Jorge Prubí i Camps abandonó el
pueblo se sentía muy feliz y contento. Bajaba silbando
alegre, las cuestas bajo el manto estrellado de la
noche, hasta llegar al “Carragador”. Después
de dejar su
vehículo, oculto entre unas matas, muy cerca de la
playita de los Tamarindos, todo satisfecho y con la
hermosa sensación del deber cumplido, se dirigió a
su hogar.
No tan alegre, ni tan satisfecho, quedó el
Sargento don Basilio Corralete cuando, por la mañana,
fue a echar mano a las guías de sus mostachos, para
atusárselos, y encontrar en sus dedos un sospechoso
vacío que sembró una terrible duda, a la par que alarma,
en todo su ser... Y no digamos ya cuando, temiéndose
lo peor, se fue ante el espejo y éste le devolvió
la imagen de su desfigurado semblante. Raro, o extraño,
más que desfigurado, pues era él pero con la faz desencajada
por una sorda rabia a la que había que añadir la consiguiente
consternación al ver cómo su hermoso, cuidado, y trabajado bigote
le había sido extirpado, y sustituido, ignominiosamente,
por cuatro pelos en guerrilla que le daban a su, antes
fiero rostro, una expresión tal de idiotez que no
podía con ella...
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· Entorno
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· Cap 6
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· Cap 21
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