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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XIV

En la casa de Prubí su mujer y su suegra solían hacer vida familiar en la cocina. Ésta, a su vez, era amplia a la par que acogedora. La campana del llar era grande, casi ocupaba la tercera parte de la estancia y, sobre su repisa reposaban un par de botellas de licor, una de ron Negrita y otra de anís del Mono; un viejo reloj despertador; cajas de cerillas y un par de palmatorias, para posibles cortes de corriente, o apagones, en los días de tormenta. En el invierno gruesos troncos de pino, algarrobo u olivo, eran encendidos el aquella chimenea haciendo más llevadera la crudeza de sus frías noches. Ahora, en el verano, el llar permanecía apagado ya que, en la mayoría de las casas, y para cocinar, se empleaban  las modernas cocinas de gas... Una puerta abierta daba al corral, y al huerto. Desde éste  llegaba el aroma de los limoneros, bastante intensificado por la calor. El aire de la montaña aliviaba, en parte, el bochorno de aquel caluroso día, de últimos del mes de Julio. La Iglesia, no muy lejana, no cejaba de hacer sonar el triste tañido de sus campanas...

Madre e hija, acababan de comer. Ambas estaban serias,

doña Monse apenas había probado bocado...

- Madre, hemos de hablar Ud. y yo...-

- Habla, ¿de qué se trata, Nuria..., hija mía? -

- Estoy muy preocupada por lo de esta mañana...-

- ¡No irás a creer...! -

La Nuria miró a su madre con gesto adusto y, secándose las manos, después de dejar los platos en el lavadero, se acercó a la mesa y se sentó frente a ella.

- ¡Déjeme hablar, madre, que esto no es una broma! Ud. le dijo al Sargento que el nano se había pasado toda la noche cuidándola... - y continuó:

- Yo sabía que no era cierto pero no dije nada. Lo terrible fue cuando don Basilio nos dijo que habían profanado la tumba de don Mario y que le habían cortado la cabeza...-

- ¡Nuria..., hija, me asustas! ¡No irás a pensar...! -

- ¡Déjeme acabar de una vez, madre...! ¡Que yo también estoy asustada, asustadísima...! Cuando les dejé la pasada noche me fui a mi habitación pero no había forma de reconciliarme con el sueño...- Doña Monserrat estaba inquieta y en su mirada había una muda interrogación...

- Hace días que me ronda algo por la cabeza...- continuó su hija. - El comportamiento del nano es muy extraño. Después de un par de horas de pensar en ello y de dar vueltas, y vueltas, en la cama sin poder dormir, decidí levantarme y me fui a la cocina. Quería tomarme un poco de leche caliente cuando vi el par de botellas que se habían zampado Uds., y me dije “¡Menuda cogorza habrán cogido esos dos”. Me indigné y quise reprochárselo a Jordi y decirle que Ud. no estaba para esa clase de juergas. Lo busqué, en su habitación, por toda la casa, y no lo encontré... -

- ¡Claro, el pobrecito estaba...! -

- ¡Ni en su habitación, madre, ni en la habitación de Ud.! ¡Le ha engañado...! ¿Cuándo se dará cuenta que es un verdadero monstruo...? ¡Si acabará por cortarnos la cabeza a nosotras...! -

La Nuria puso la cara entre sus manos en un gesto de total desesperación... Una serie de entrecortados sollozos salían de su agitado pecho.

Su madre, preocupada por sus palabras, se levantó y, acercándose a ella, le acarició la cabeza tratando de consolarla...

- ¡Dios mío...! ¿Y, ahora, que le digo al Sargento...?  ¡Yo no puedo guardar silencio más tiempo, madre, ¿no lo entiende...?-

- Te entiendo, Nuria, hija mía, y no me lo puedo creer. ¡Si estuvo tan amable..., tan cariñoso! ¡Y si hasta lloró quejándose de lo desgraciado que era...!-

- Para que se fíe... Y usted que lo tenía por un santo. ¡Un demonio..., eso es lo que es..., madre, un verdadero demonio! -

Doña Monse tenía aún una expresión entre incrédula, y también triste y decepcionada. Le parecía imposible todo aquello..., y le horrorizaba, a un tiempo, el pensar en la evidente realidad de que su yerno fuera un asesino.


 

Hacía poco que había anochecido cuando Prubí, ya de regreso al pueblo, volvió a dejar el motorino entre la maleza y se dirigió hacia su casa. Casi, al llegar, le pareció ver a alguien apostado bajo el soportal de la misma y supuso, enseguida, que se trataba de un Guardia. El brillo metálico del mosquetón  lo delató y el catalán, como ya sospechaba que podía ocurrir, supuso, también, que el Sargento ya había dado la orden de busca y captura contra él y que había tomado las medidas pertinentes. Dio un rodeo para entrar por el corral mas vio a otro número de la Benemérita apostado, también, junto a la entrada posterior. La cosa iba muy en serio, se dijo.

Luego de coger, de nuevo, la oculta motocicleta  tomándola por el manillar y sin ponerla en marcha, para evitar el ruido, se fue por donde había venido. Si lograba llegar hasta la cueva, sin ser capturado, estaría a salvo por el momento. A la salida del pueblo puso ya en marcha el motorino y enfiló por el camino de Sa Taulera (el tejar), que conduce al Caserío de la Pedruscada ya que supuso que éste no estaría tan vigilado como el que pasa por delante del Cementerio y que va, directamente, hasta Sa Font de sa Cala.

Pero Prubí, que era más listo que el hambre, decidió dejar su exiguo vehículo, entre unos arbustos y muy cerca de la playa llamada “D’els tamarells”, (De los Tamarindos).

A pie, bordeando el litoral y subiendo alguna que otra cuesta sobre las rocas, a fin de acortar camino, subió el montículo de “Es recó d’es maño”(*1), no tardó en plantarse junto a la entrada de su cueva. Desde allí se dominaban, allá al fondo, las farolas de la playa y el complejo turístico de Ca’n Miquelet, completamente iluminado. Se oía el suave chapotear de las olas sobre la costa y la música que procedía del “Camping”. Los rayos de la luna, a través de unas nubes negras, y amenazadoras, se reflejaban cabrilleando sobre la tersa superficie de la bahía...

Levantó la pesada losa y se introdujo en su agujero. Luego de taparlo encendió una pequeña linterna y enfocó con ella la pequeña laguna. La cabeza de don Mario flotaba en ella pero apenas se movía, los artrópodos casi la habían despojado de la poca carne que le quedaba. Las cuencas vacías y el blanco cráneo ya se distinguían mejor. A la mañana estaría limpia del todo. 

Oyó el estallido de un trueno y encendió los dos quinqués que tenía colgados en sendas columnas de la gruta.

Ésta se iluminó y Don Jorge Prubí, ya más seguro, y sopesando la situación se dispuso, tumbado en su catre, a estudiar una serie de estrategias para salir lo mejor librado de ella. Y, también, la forma de seguir vengándose de todos los elementos que formaban aquel grupo de odiosos seres tan envanecidos del pueblo, y que tanto le habían despreciado...Y de la calentona de Erika, que tanto le había hecho sufrir. Y del rubio Klaus, que tanto se había reído de él.

La gruta era el lado oscuro del mal, en ella vivía el mal, un mal invisible a los ojos de los demás, pero demoledor. De muy cerca llegaba el intermitente rumor de las olas al chocar contra sus muros, contra las rocas, y las gotas de lluvia al rebotar sobre la reseca tierra que cubría el exterior de la gran bóveda. En la fría luz de su interior, casi en tinieblas, y entre las columnas graníticas, la mente de Prubí maquinaba sus ideas de muerte; como una Parca, escondida en la oscuridad, fantasmal, amenazante, pero, también, sobrecogedoramente latente. La oscilante luz de los quinqués formaba sobre la lagunilla una serie de formas fantasmales por las que, como un halo tenebroso, asomaba el cráneo del finado maestro.

Más al vesánico don Jorge Prubí dábale la impresión, que don Mario, por su aparente amplia sonrisa, estaba más alegre, acompañado, y divertido allí, que en aquel oscuro y estrecho agujero, en el cementerio, y del que le había sacado, turbando su incómodo descanso...En el fondo, Prubí, también estaba contento de que las cosas le hubieran rodado de aquella manera. Así pondría a prueba de aquel perfecto, y arcano escondrijo, el de su cueva, que con tanto celo había procurado ocultar, dando tantos estratégicos rodeos, a fin de evitar el que otros pudieran descubrirla...

Se incorporó y sacó la maleta de debajo del catre. 

Al poco rato, en el tenso cuero de su afinador de navajas, untado de suave manteca, pasaba, y volvía a repasar la afilada hoja de una Solingen...

Una cruel sonrisa apareció en su rostro mientras su criminal, y retorcida mente, iba trazando terribles planes, e imaginaba las escenas más sádicas con las que poder llevar a cabo sus asesinas ideas de venganza...

¡Ya sabrían, aquellos imbéciles, quién era él, don Jorge Prubí y Camps, y de lo que era capaz...!

Apagó uno de los quinqués y con el otro, que estaba cerca del catre, pudo leer durante un par de horas, y antes de conciliar el sueño... Le gustaba oír la lluvia caer con las gruesas gotas, propias de las primeras tormentas del verano, contra el techo de su gruta...

¡Aquello era vida y no en el pueblo donde no cesaban de oírse las campanas que repicaban a difunto...!


 

A la mañana siguiente se desperezó y, levantándose de su jergón, se acercó a la lagunilla. Apenas la rojiza y débil luz del orto entraba en la gruta mas, sus somnolientos ojos, pudieron ver la cabeza de maestro. Ya no se movía. Los cangrejos la habían dejado sin restos de carne. Volvió a encender un quinqué y fue a por una toalla y jabón, se quitó el pijama e, introduciéndose en las límpidas aguas, se sentó, desnudo, sobre las finas arenas de su fondo.

Se enjabonó a conciencia y asió, por la cuenca de uno de sus vacíos ojos, el cráneo de don Mario al que enjabonó también, con el esmero y el cariño con que una madre lo haría con su niño, así como a la mandíbula inferior que andaba suelta por el fondo, junto a sus testículos, hasta que las dos piezas, ya limpias de carne y piel, quedaron blancas y relucientes como una belle porcelain de Limoges...

Más tarde se entretuvo en empalmarlas con unos finos alambres de forma que pudieran abrirse y cerrarse, como Dios manda. Con un rotulador de tinta negra e indeleble escribió en el occipital las palabras capus dómine, y la colocó sobre una de las estalagmitas, junto al ya titulado capus veterinariae. Después se apartó un poco para contemplar su obra maestra (opus magíster...) y, mirando arrobado los dos cráneos, se dijo:

- Parecen verdaderamente felices, la sonrisa de ambos ya no puede ser más amplia... -

Tomando una botella de cava que, antes ya había puesto a refrescar escanció el espumoso líquido en un vaso y, dirigiéndose a los mondos cráneos, elevó un brindis:

- ¡Por nosotros, por Uds., y por mí, y porque, de ahora en adelante, se vea incrementada nuestra compañía! ¡Que un día, no lejano, pueda trasladar a este fresco antro a casi todos los preclaros hijos de la Villa! Y digo casi todos porque prefiero que seamos pocos, escogidos, y bien avenidos...-

Se bebió el vaso de un solo trago.

Las calaveras, como era natural, no secundaron aquel original brindis, ni tampoco al catalán se le ocurrió, ni borracho, ofrecerles una copa, pero les dijo:

- Señores don Sebastián Gili Santandreu y don Mario Gayá González, amigos míos, vuestro respetuoso silencio es todo un aserto a mis deseos... ¡Gracias...! - y, entre grandes risotadas, volvió a escanciarse un segundo, y un tercer vaso.

- ¡Lo haré yo por vosotros, salud...!

 


(*1)El rincón del maño.



 

 



  Obras de este autor

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  Autores

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·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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