En la casa de Prubí su mujer y su suegra solían
hacer vida familiar en la cocina. Ésta, a su vez, era
amplia a la par que acogedora. La campana del llar era
grande, casi ocupaba la tercera parte de la estancia
y, sobre su repisa reposaban un par de botellas de licor,
una de ron Negrita y otra de anís del Mono; un
viejo reloj despertador; cajas de cerillas y un par
de palmatorias, para posibles cortes de corriente, o
apagones, en los días de tormenta. En el invierno gruesos
troncos de pino, algarrobo u olivo, eran encendidos
el aquella chimenea haciendo más llevadera la crudeza
de sus frías noches. Ahora, en el verano, el llar permanecía
apagado ya que, en la mayoría de las casas, y para cocinar,
se empleaban las modernas cocinas de gas... Una puerta
abierta daba al corral, y al huerto. Desde éste llegaba el aroma de los limoneros, bastante
intensificado por la calor. El aire de la montaña aliviaba,
en parte, el bochorno de aquel caluroso día, de últimos
del mes de Julio. La Iglesia, no muy lejana, no cejaba
de hacer sonar el triste tañido de sus campanas...
Madre e hija, acababan de comer. Ambas estaban
serias,
doña Monse apenas había probado bocado...
- Madre, hemos de hablar Ud. y yo...-
- Habla, ¿de qué se trata, Nuria..., hija mía?
-
- Estoy muy preocupada por lo de esta mañana...-
- ¡No irás a creer...! -
La Nuria miró a su madre con gesto adusto y,
secándose las manos, después de dejar los platos en
el lavadero, se acercó a la mesa y se sentó frente a
ella.
- ¡Déjeme hablar, madre, que esto no es una
broma! Ud. le dijo al Sargento que el nano se
había pasado toda la noche cuidándola... - y continuó:
- Yo sabía que no era cierto pero no dije nada.
Lo terrible fue cuando don Basilio nos dijo que habían
profanado la tumba de don Mario y que le habían cortado
la cabeza...-
- ¡Nuria..., hija, me asustas! ¡No irás a pensar...!
-
- ¡Déjeme acabar de una vez, madre...! ¡Que
yo también estoy asustada, asustadísima...! Cuando les
dejé la pasada noche me fui a mi habitación pero no
había forma de reconciliarme con el sueño...- Doña Monserrat
estaba inquieta y en su mirada había una muda interrogación...
- Hace días que me ronda algo por la cabeza...-
continuó su hija. - El comportamiento del nano
es muy extraño. Después de un par de horas de pensar
en ello y de dar vueltas, y vueltas, en la cama sin
poder dormir, decidí levantarme y me fui a la cocina.
Quería tomarme un poco de leche caliente cuando vi el
par de botellas que se habían zampado Uds., y me dije
“¡Menuda cogorza habrán cogido esos dos”.
Me indigné y quise reprochárselo a Jordi y decirle
que Ud. no estaba para esa clase de juergas. Lo busqué,
en su habitación, por toda la casa, y no lo encontré...
-
- ¡Claro, el pobrecito estaba...! -
- ¡Ni en su habitación, madre, ni en la habitación
de Ud.! ¡Le ha engañado...! ¿Cuándo se dará cuenta que
es un verdadero monstruo...? ¡Si acabará por cortarnos
la cabeza a nosotras...! -
La Nuria puso la cara entre sus manos en un
gesto de total desesperación... Una serie de entrecortados
sollozos salían de su agitado pecho.
Su madre, preocupada por sus palabras, se levantó
y, acercándose a ella, le acarició la cabeza tratando
de consolarla...
- ¡Dios mío...! ¿Y, ahora, que le digo al Sargento...?
¡Yo no puedo guardar silencio más tiempo, madre,
¿no lo entiende...?-
- Te entiendo, Nuria, hija mía, y no me lo
puedo creer. ¡Si estuvo tan amable..., tan cariñoso!
¡Y si hasta lloró quejándose de lo desgraciado que era...!-
- Para que se fíe... Y usted que lo tenía por
un santo. ¡Un demonio..., eso es lo que es..., madre,
un verdadero demonio! -
Doña Monse tenía aún una expresión entre incrédula,
y también triste y decepcionada. Le parecía imposible
todo aquello..., y le horrorizaba, a un tiempo, el pensar
en la evidente realidad de que su yerno fuera un asesino.
Hacía poco que había anochecido cuando Prubí,
ya de regreso al pueblo, volvió a dejar el motorino
entre la maleza y se dirigió hacia su casa. Casi, al
llegar, le pareció ver a alguien apostado bajo el soportal
de la misma y supuso, enseguida, que se trataba de un
Guardia. El brillo metálico del mosquetón
lo delató y el catalán, como ya sospechaba que
podía ocurrir, supuso, también, que el Sargento ya había
dado la orden de busca y captura contra él y que había
tomado las medidas pertinentes. Dio un rodeo para entrar
por el corral mas vio a otro número de la Benemérita
apostado, también, junto a la entrada posterior. La
cosa iba muy en serio, se dijo.
Luego de coger, de nuevo, la oculta motocicleta
tomándola por el manillar y sin ponerla en marcha,
para evitar el ruido, se fue por donde había venido.
Si lograba llegar hasta la cueva, sin ser capturado,
estaría a salvo por el momento. A la salida del pueblo
puso ya en marcha el motorino y enfiló por el camino
de Sa Taulera (el tejar), que conduce al Caserío
de la Pedruscada ya que supuso que éste no estaría
tan vigilado como el que pasa por delante del Cementerio
y que va, directamente, hasta Sa Font de sa Cala.
Pero Prubí, que era más listo que el hambre,
decidió dejar su exiguo vehículo, entre unos arbustos
y muy cerca de la playa llamada “D’els tamarells”,
(De los Tamarindos).
A pie, bordeando el litoral y subiendo alguna
que otra cuesta sobre las rocas, a fin de acortar camino,
subió el montículo de “Es recó d’es maño”(*1),
no tardó en plantarse junto a la entrada de su cueva.
Desde allí se dominaban, allá al fondo, las farolas
de la playa y el complejo turístico de Ca’n Miquelet,
completamente iluminado. Se oía el suave
chapotear de las olas sobre la costa y la música que
procedía del “Camping”. Los rayos de la luna,
a través de unas nubes negras, y amenazadoras, se reflejaban
cabrilleando sobre la tersa superficie de la bahía...
Levantó la pesada losa y se introdujo en su
agujero. Luego de taparlo encendió una pequeña linterna
y enfocó con ella la pequeña laguna. La cabeza de don
Mario flotaba en ella pero apenas se movía, los artrópodos
casi la habían despojado de la poca carne que le quedaba.
Las cuencas vacías y el blanco cráneo ya se distinguían
mejor. A la mañana estaría limpia del todo.
Oyó el estallido de un trueno y encendió los
dos quinqués que tenía colgados en sendas columnas de
la gruta.
Ésta se iluminó y Don Jorge Prubí, ya más seguro,
y sopesando la situación se dispuso, tumbado en su catre,
a estudiar una serie de estrategias para salir lo mejor
librado de ella. Y, también, la forma de seguir vengándose
de todos los elementos que formaban aquel grupo de odiosos
seres tan envanecidos del pueblo, y que tanto le habían
despreciado...Y de la calentona de Erika, que tanto
le había hecho sufrir. Y del rubio Klaus, que tanto
se había reído de él.
La gruta era el lado oscuro del mal, en ella
vivía el mal, un mal invisible a los ojos de los demás,
pero demoledor. De muy cerca llegaba el intermitente
rumor de las olas al chocar contra sus muros, contra
las rocas, y las gotas de lluvia al rebotar sobre la
reseca tierra que cubría el exterior de la gran bóveda.
En la fría luz de su interior, casi en tinieblas, y
entre las columnas graníticas, la mente de Prubí maquinaba
sus ideas de muerte; como una Parca, escondida en la
oscuridad, fantasmal, amenazante, pero, también, sobrecogedoramente
latente. La oscilante luz de los quinqués formaba sobre
la lagunilla una serie de formas fantasmales por las
que, como un halo tenebroso, asomaba el cráneo del finado
maestro.
Más al vesánico don Jorge Prubí dábale la impresión,
que don Mario, por su aparente amplia sonrisa, estaba
más alegre, acompañado, y divertido allí, que en aquel
oscuro y estrecho agujero, en el cementerio, y del que
le había sacado, turbando su incómodo descanso...En
el fondo, Prubí, también estaba contento de que las
cosas le hubieran rodado de aquella manera. Así pondría
a prueba de aquel perfecto, y arcano escondrijo, el
de su cueva, que con tanto celo había procurado ocultar,
dando tantos estratégicos rodeos, a fin de evitar el
que otros pudieran descubrirla...
Se incorporó y sacó la maleta de debajo del
catre.
Al poco rato, en el tenso cuero de su afinador
de navajas, untado de suave manteca, pasaba, y volvía
a repasar la afilada hoja de una Solingen...
Una cruel sonrisa apareció en su rostro mientras
su criminal, y retorcida mente, iba trazando terribles
planes, e imaginaba las escenas más sádicas con las
que poder llevar a cabo sus asesinas ideas de venganza...
¡Ya sabrían, aquellos imbéciles, quién era
él, don Jorge Prubí y Camps, y de lo que era capaz...!
Apagó uno de los quinqués y con el otro, que
estaba cerca del catre, pudo leer durante un par de
horas, y antes de conciliar el sueño... Le gustaba oír
la lluvia caer con las gruesas gotas, propias de las
primeras tormentas del verano, contra el techo de su
gruta...
¡Aquello era vida y no en el pueblo donde no
cesaban de oírse las campanas que repicaban a difunto...!
A la mañana siguiente se desperezó y, levantándose
de su jergón, se acercó a la lagunilla. Apenas la rojiza
y débil luz del orto entraba en la gruta mas, sus somnolientos
ojos, pudieron ver la cabeza de maestro. Ya no se movía.
Los cangrejos la habían dejado sin restos de carne.
Volvió a encender un quinqué y fue a por una toalla
y jabón, se quitó el pijama e, introduciéndose en las
límpidas aguas, se sentó, desnudo, sobre las finas arenas
de su fondo.
Se enjabonó a conciencia y asió, por la cuenca
de uno de sus vacíos ojos, el cráneo de don Mario
al que enjabonó también, con el esmero y el cariño con
que una madre lo haría con su niño, así como a la mandíbula
inferior que andaba suelta por el fondo, junto a sus
testículos, hasta que las dos piezas, ya limpias de
carne y piel, quedaron blancas y relucientes como una
belle porcelain de Limoges...
Más tarde se entretuvo en empalmarlas con unos
finos alambres de forma que pudieran abrirse y cerrarse,
como Dios manda. Con un rotulador de tinta negra e indeleble
escribió en el occipital las palabras capus dómine,
y la colocó sobre una de las estalagmitas, junto al
ya titulado capus veterinariae. Después se apartó
un poco para contemplar su obra maestra (opus magíster...)
y, mirando arrobado los dos cráneos, se dijo:
- Parecen verdaderamente felices, la sonrisa
de ambos ya no puede ser más amplia... -
Tomando una botella de cava que, antes ya había
puesto a refrescar escanció el espumoso líquido en un
vaso y, dirigiéndose a los mondos cráneos, elevó un
brindis:
- ¡Por nosotros, por Uds., y por mí, y porque,
de ahora en adelante, se vea incrementada nuestra compañía!
¡Que un día, no lejano, pueda trasladar a este fresco
antro a casi todos los preclaros hijos de la Villa!
Y digo casi todos porque prefiero que seamos pocos,
escogidos, y bien avenidos...-
Se bebió el vaso de un solo trago.
Las calaveras, como era natural, no secundaron
aquel original brindis, ni tampoco al catalán se le
ocurrió, ni borracho, ofrecerles una copa, pero les
dijo:
- Señores don Sebastián Gili Santandreu y don
Mario Gayá González, amigos míos, vuestro respetuoso
silencio es todo un aserto a mis deseos... ¡Gracias...!
- y, entre grandes risotadas, volvió a escanciarse un
segundo, y un tercer vaso.
- ¡Lo haré yo por vosotros, salud...!
(*1)El rincón del maño.