Klaus, desde el mar, balanceaba un pequeño
mero que acababa de ensartar con su arpón y gritó a
Erika, que nadaba cerca de la orilla, para llamar su
atención, y que lo viera. Debía pesar unos tres kilos,
o algo más, y era el pez más grande que había cogido
el joven en toda su vida... Erika se acercó nadando
hasta la boya y, mientras Klaus le pasaba el sedal por
las agallas al capturado mero, la joven le dijo que
no se lo enseñara, ni le dijera nada a don Gorgue
Prubí no fuera que éste, al ver el éxito de su alumno,
diera por terminadas las clases y le exigiera a la chica
el pago de sus servicios en especie...No le dijo
que el catalán ya se había cobrado una pequeña parte
intentando retozar con ella. Klaus, haciéndose
el tonto, le preguntó a qué especies se refería y ella,
sonriendo, se volvió de nuevo, braceando, hacia
la orilla. Ambos sabían lo que pretendía el catalán
pero a Erika le divertía el juego de coquetear con los
hombres. Lo pasó bien cuando don Gorgue suplió,
hasta que ella se propuso, al borrachín del maestro,
pero a Klaus, que lo ignoraba, le hubiera sido indiferente
mientras ese juego se limitara a tan sólo excitarlo,
e incluso, a dejarse acariciar por el maduro Prubí.
Un simple divertimiento para su querida Erika a la que
tenía que aceptar tal como era, si quería conservarla
como compañera...
Tenía que aflojarle las riendas, o perderla...
Aquí donde iban ella era el blanco de las miradas,
y del deseo, de otros hombres. Ser condescendiente,
y permitir sus coqueteos, era el precio que tenía que
pagar para conservar su amor. Pero de momento el catalán
no estaba para juegos, ni para nada que se le pareciese.
Le preocupaban, ahora, las palabras del Sargento:
- Es Ud. El sospechoso número uno... -
Debería ir con sumo cuidado.
Ahora que ya tenía su cueva bien pertrechada,
y no menos bien abastecida, el catalán no empleaba su
viejo coche para desplazarse hasta Sa Font de sa
Cala. Le iba mejor usar el pequeño motorino el cual
podía ocultar fácilmente en la maleza, o entre
los pinos del bosque. Ello no delataba el lugar en que
él mismo podía hallarse, tanto como la presencia de
su citröen. Éste solía emplearlo más en los fríos meses
del invierno, o para transportar bultos grandes, u objetos
de peso.
Ya tenía, pues, todo lo que necesitaba en su
cueva, hasta los útiles que le servían para la espeleología,
el busca metales, y los demás aparejos, o trebejos
de pescar. Nunca pudo saber su esposa, o imaginarse
siquiera, donde podía meter tantas cosas.
Desde unas altas rocas, se dominaba el techo
del varadero Juan Creus y una buena parte de la costa.
Prubí veía a Erika soleándose desnuda, como siempre,
y se fijó en la boya que se movía, hundiéndose a trechos...
Supuso ya, debido a su gran veteranía como pescador,
que Klaus Litmann había cogido una pieza más que regular.
Ni Erika, ni Klaus le vieron a él y, dando un rodeo
para evitarlos, se dirigió a la cueva. Ese día no le
tocaba dar clases.
Prubí introdujo una “casete” en la radio
portátil. La bóveda que conformaba el techo de la pequeña
gruta era ideal para escuchar música debido su gran
repercusión acústica. La fuga y tocata de
Juan Sebastián Bach era su fuga, la fuga que le ayudaba
a escapar de ese mundo que acababa de dejar, y al que
odiaba... En el que ahora se hallaba era mil veces mejor
que el de fuera... Las rugosas paredes, cubiertas de
pétreas tuberosidades, incrustadas en ellas por la propia
naturaleza, le daban la feliz sensación de encontrarse
en el interior de un grandioso órgano que repercutía,
con gran nitidez, el sonido trepidante que fluía de
aquella impresionante música. Su preferida, y que
entonaba con el lúgubre ambiente en que, él mismo, había
convertido aquél lugar. El cráneo de don Sebastián parecía
sonreír al escuchar los sostenidos, en do mayor, de
su tocayo Bach en aquella gran caja de resonancia acústica,
y que ahora era su gruta.
Gracias a una batería eléctrica, que solía
conectar en alguna ocasión, tenía un variado juego de
luces que le servían para hacer, aún más tétrico, el
sentimiento de su tenebrosa fantasía. De las vacías
cuencas de lo que fueron los ojos del veterinario salían
dos rayos de verdosa luz, la que, a su vez, hacía juego,
también, con las, verdes aguas de la lagunilla
interior...
En ésta, otro cráneo, el del occiso don Mario
Gayá, parecía danzar sobre las aguas al ser devorado
por multitud de cangrejitos que no cejaban de mover
sus pinzas mutilando, al tiempo que se zampaban, las
entecas carnes que lo cubrían. Después de contemplar
un buen rato aquellos inquietos y fagocitarios animalitos,
Prubí, se dirigió al catre y se echó en él.
- Pronto tu buen amigo don Mario estará tan
pulcro y tan guapo como tú, y tendrás su grata compañía.
Es muy culto, como sabes, y tendréis muchas cosas de
que hablar, pero, eso sí, cuando yo no esté. Me gusta
la tranquilidad, o escuchar la interpretación vigorosa
de nuestro buen Bach y, la verdad sea dicha, me haría
maldita la gracia ver a un par de calaveras batiendo sus
maxilares y enfrascadas en una conversación, por
banal que ésta fuera...-
Don Jorge Prubí, cuando terminó la sonata,
se puso las aletas, pasó por los hombros las correas
de una botella de oxígeno, se puso la careta de pescar,
y se introdujo en el lago. Algunos cangrejos, con seguridad
los más ahítos y a pesar de su hartazgo, escaparon corriendo
por su fondo, refugiándose bajo las rocas.
Los demás, o sea los menos hartos, siguieron
mascando carne de dómine a placer.
Al final de la laguna el catalán, adaptando
el tubo para respirar a su boca, se sumergió en el agua
y se introdujo por entre las rocas hasta salir al exterior,
es decir, al mar abierto. Vio a lo lejos la boya roja
y, bajo ella, el mero que se debatía desesperadamente
tratando de librarse. No había nadie más por allí. Seguramente
que Klaus Litmann, el rubio germano, estaría descansando
de su gran hazaña, o platicando, o tal vez otra cosa,
con la colosal y buenísima Erika.
Prubí, nadando con el sigilo y la experiencia
que le daba su veteranía, se acercó a la boya y, tomando
el mero por las agallas, deshizo el trayecto de la aguja
y del sedal que lo apresaba... Mas no por ello quedó
en libertad aquel teleósteo y sabroso pez. El ahora
represado mero y su nuevo dueño se alejaron, bajo las
aguas, hacia la gruta...
Semivestida, o semidesnuda, según puntos de
vista, fantasías sexuales, o apreciaciones más
o menos capciosas, o veleidosas, o quizás elaboradas
por mentes más o menos enfermizas, o sanas, y con la
escasa tela de su rojo bikini, Erika comenzó a subir
la empinada cuesta en la que días atrás vio desaparecer,
como por ensalmo, al señor don Gorgue Prubí
i Camps.
¿O fue, simplemente, una visión?.
Quería saber dónde se había despeñado el maestro.
A mitad de aquella subida le pareció oír como
una música lejana y, cosa rara, aquella pieza era clásica,
y ella, la conocía muy bien aunque no era una forofa
de la música de corte clasicista...En las embarcaciones
llamadas ferrys, que transportan turistas desde
el puerto de Cala Ratjada hasta las Cuevas de Artá,
suelen llevar, por lo general, un par de músicos, a
veces más, pero estos no acostumbran a tocar piezas puristas, ni al órgano,
y mucho menos la tocata y fuga de Juan Sebastián Bach...
A medida que la joven subía, el sonido de aquella música,
que parecía proceder de las entrañas de la tierra, iba
desapareciendo...
Cuando estuvo en la cúspide vio, en efecto,
a uno de los citados ferrys, atestado de turistas,
que venían de visitar las llamadas Cuevas de Artá.
Pero los músicos que en él tocaban no interpretaban
al insigne Juan Sebastián Bach sino que cantaban desaforadamente,
por cierto, y con acompañamiento de guitarras y acordeón,
una canción, muy en boga en aquellas fechas y titulada:
Donde estará mi carro de un tal Manolo
Escobar. Eran, por lo general, canciones novedosas,
alegres, pegadizas, las que solían ejecutar en esos
ferris, y para un público nada exigente en cuanto
a reír un poco, o de divertirse se trataba.
Miró hacia abajo y observó las blancas, y espumosas
olas, lamiendo las oscuras rocas del acantilado. En
aquel promontorio el mar pegaba más fuerte. Giró la
vista hacia donde estaba Klaus tomando el sol.
La boya seguía moviéndose...
Pensaba Erika, al bajar la cuesta, que allí
pasaban cosas muy extrañas, o era aquel fuerte sol el
que la hacía ver o sentir, visiones ópticas, o extraños
fenómenos óticos. Al volver. por el empinado y estrecho
sendero, ya no se oía la música. Tan solo el silbo de
la brisa al pasar entre las ramas de los inclinados
pinos, o el suave chapoteo de las olas al acariciar
la costa...
En el fondo, la muchacha, no era tan mala,
al menos como aparentaba superficialmente. Algo, o tal
vez quizás bastante ligera de cascos, eso sí, pero veía
la vida y las cosas bajo un prisma especial en el que
las cuestiones del sexo las encaraba con despreocupada
naturalidad, y con una innata, e ingenua picardía, totalmente
exenta de maldad. Era esa una parte de la opinión, más
o menos, que se tenía de sí misma y con la que justificaba
sus actos. Eso sí, sentía mucho lo que le había ocurrido
a don Mario. Si ella hubiera sabido que el maestro
se la iba a tomar tan en serio no hubiera coqueteado
con él, ni tampoco le hubiera dado pie para que tomara
aquella tremenda resolución de quitarse la vida... Pero
la culpa de aquel trágico suceso no era sólo de ella.
Ella se limitó a seguir las instrucciones que le dio
Prubí: hacer de cebo, o de gusano, para atraer al pez
magíster, y hacerle daño...
Sí..., ahora ella se sentía como un gusano.
Don Gorgue era muy malo...