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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XIII

Klaus, desde el mar, balanceaba un pequeño mero que acababa de ensartar con su arpón y gritó a Erika, que nadaba cerca de la orilla, para llamar su atención, y que lo viera. Debía pesar unos tres kilos, o algo más, y era el pez más grande que había cogido el joven en toda su vida... Erika se acercó nadando hasta la boya y, mientras Klaus le pasaba el sedal por las agallas al capturado mero, la joven le dijo que no se lo enseñara, ni le dijera nada a don Gorgue Prubí no fuera que éste, al ver el éxito de su alumno, diera por terminadas las clases y le exigiera a la chica el pago de sus servicios en especie...No le dijo que el catalán ya se había cobrado una pequeña parte intentando retozar con ella. Klaus, haciéndose el tonto, le preguntó a qué especies se refería y ella, sonriendo, se volvió de nuevo, braceando, hacia la orilla. Ambos sabían lo que pretendía el catalán pero a Erika le divertía el juego de coquetear con los hombres. Lo pasó bien cuando don Gorgue suplió, hasta que ella se propuso, al borrachín del maestro, pero a Klaus, que lo ignoraba, le hubiera sido indiferente mientras ese juego se limitara a tan sólo excitarlo, e incluso, a dejarse acariciar por el maduro Prubí. Un simple divertimiento para su querida Erika a la que tenía que aceptar tal como era, si quería conservarla como compañera...

Tenía que aflojarle las riendas, o perderla...

Aquí donde iban ella era el blanco de las miradas, y del deseo, de otros hombres. Ser condescendiente, y permitir sus coqueteos, era el precio que tenía que pagar para conservar su amor. Pero de momento el catalán no estaba para juegos, ni para nada que se le pareciese. 

Le preocupaban, ahora,  las palabras del Sargento:

- Es Ud. El sospechoso número uno... -

Debería ir con sumo cuidado.


Ahora que ya tenía su cueva bien pertrechada, y no menos bien abastecida, el catalán no empleaba su viejo coche para desplazarse hasta Sa Font de sa Cala. Le iba mejor usar el pequeño motorino el cual podía ocul­tar fácilmente en la maleza, o entre los pinos del bosque. Ello no delataba el lugar en que él mismo podía hallarse, tanto como la presencia de su citröen. Éste solía emplearlo más en los fríos meses del invierno, o para transportar bultos grandes, u objetos de peso.

Ya tenía, pues, todo lo que necesitaba en su cueva, hasta los útiles que le servían para la espeleología, el busca metales, y los demás aparejos, o trebejos de pescar. Nunca pudo saber su esposa, o imaginarse siquiera, donde podía meter tantas cosas.

Desde unas altas rocas, se dominaba el techo del varadero Juan Creus y una buena parte de la costa. Prubí veía a Erika soleándose desnuda, como siempre, y se fijó en la boya que se movía, hundiéndose a trechos... Supuso ya, debido a su gran veteranía como pescador, que Klaus Litmann había cogido una pieza más que regular. Ni Erika, ni Klaus le vieron a él y, dando un rodeo para evitarlos, se dirigió a la cueva. Ese día no le tocaba dar clases.

Prubí introdujo una “casete” en la radio portátil. La bóveda que conformaba el techo de la pequeña gruta era ideal para escuchar música debido su gran repercusión acús­tica. La fuga y tocata de Juan Sebastián Bach era su fuga, la fuga que le ayudaba a escapar de ese mundo que acababa de dejar, y al que odiaba... En el que ahora se hallaba era mil veces mejor que el de fuera... Las rugosas paredes, cubiertas de pétreas tuberosidades, incrustadas en ellas por la propia naturaleza, le daban la feliz sensación de encontrarse en el interior de un grandioso órgano que repercutía, con gran nitidez, el sonido trepidante que fluía de aque­lla impresionante música. Su preferida, y que entonaba con el lúgubre ambiente en que, él mismo, había convertido aquél lugar. El cráneo de don Sebastián parecía sonreír al escuchar los sostenidos, en do mayor, de su tocayo Bach en aquella gran caja de resonancia acús­tica, y que ahora era su gruta.

Gracias a una batería eléctrica, que solía conectar en alguna ocasión, tenía un variado juego de luces que le servían para hacer, aún más tétrico, el sentimiento de su tenebrosa fantasía. De las vacías cuencas de lo que fueron los ojos del veterinario salían dos rayos de verdosa luz, la que, a su vez, hacía juego, también, con las, ­verdes aguas de la lagunilla interior...

En ésta, otro cráneo, el del occiso don Mario Gayá, parecía danzar sobre las aguas al ser devorado por multitud de cangrejitos que no cejaban de mover sus pinzas mutilando, al tiempo que se zampaban, las entecas carnes que lo cubrían. Después de contemplar un buen rato aquellos inquietos y fagocitarios animalitos, Prubí, se dirigió al catre y se echó en él.

- Pronto tu buen amigo don Mario estará tan pulcro y tan guapo como tú, y tendrás su grata compañía. Es muy culto, como sabes, y tendréis muchas cosas de que hablar, pero, eso sí, cuando yo no esté. Me gusta la tranquilidad, o escuchar la interpretación vigorosa de nuestro buen Bach y, la verdad sea dicha, me haría maldita la gracia  ver a un par de calaveras batiendo sus maxilares y en­frascadas en una conversación, por banal que ésta fuera...-

Don Jorge Prubí, cuando terminó la sonata, se puso las aletas, pasó por los hombros las correas de una botella de oxígeno, se puso la careta de pescar, y se introdujo en el lago. Algunos cangrejos, con seguridad los más ahítos y a pesar de su hartazgo, escaparon co­rriendo por su fondo, refugiándose bajo las rocas.

Los demás, o sea los menos hartos, siguieron mascando carne de dómine a placer.

Al final de la laguna el catalán, adaptando el tubo para respirar a su boca, se sumergió en el agua y se introdujo por entre las rocas hasta salir al exterior, es decir, al mar abierto. Vio a lo lejos la boya roja y, bajo ella, el mero que se debatía desesperadamente tratando de librarse. No había nadie más por allí. Seguramente que Klaus Litmann, el rubio germano, estaría descansando de su gran hazaña, o platicando, o tal vez otra cosa, con la colosal y bue­nísima Erika.

Prubí, nadando con el sigilo y la experiencia que le daba su veteranía, se acercó a la boya y, tomando el mero por las agallas, deshizo el trayecto de la aguja y del sedal que lo apresaba... Mas no por ello quedó en libertad aquel teleósteo y sabroso pez. El ahora represado mero y su nuevo dueño se alejaron, bajo las aguas, hacia la gruta...


Semivestida, o semidesnuda, según puntos de vista, fantasías sexuales, o apre­ciaciones más o menos capciosas, o veleidosas, o quizás elaboradas por mentes más o menos enfermizas, o sanas, y con la escasa tela de su rojo bikini, Erika comenzó a subir la empinada cues­ta en la que días atrás vio desaparecer, como por ensalmo, al señor don Gorgue Pru­bí i Camps.

¿O fue, simplemente, una visión?.

Quería saber dónde se había despeñado el maestro.

A mitad de aquella subida le pareció oír como una música lejana y, cosa rara, aquella pieza era clásica, y ella, la conocía muy bien aunque no era una forofa de la música de corte clasicista...En las embarcaciones llamadas ferrys, que transportan turistas desde el puerto de Cala Ratjada hasta las Cuevas de Artá, suelen llevar, por lo general, un par de músicos, a veces más, pero estos no acostumbran  a tocar piezas puristas, ni al órgano, y mucho menos la tocata y fuga de Juan Sebastián Bach... A medida que la joven subía, el sonido de aquella música, que parecía proceder de las entrañas de la tierra, iba desapareciendo...

Cuando estuvo en la cúspide vio, en efecto, a uno de los citados ferrys, atestado de turistas, que venían de visitar las llamadas Cuevas de Artá. Pero los músicos que en él tocaban no interpretaban al insigne Juan Sebastián Bach sino que cantaban desaforadamente, por cierto, y con acompañamiento de guitarras y acordeón, una canción, muy en boga en aquellas fechas y titulada:  Donde estará mi carro de un tal Manolo Escobar. Eran, por lo general, canciones novedosas, alegres, pegadizas, las que solían ejecutar en esos ferris, y para un público nada exigente en cuanto a reír un poco, o de divertirse se trataba.

Miró hacia abajo y observó las blancas, y espumosas olas, lamiendo las oscuras rocas del acantilado. En aquel promontorio el mar pegaba más fuerte. Giró la vista hacia donde estaba Klaus tomando el sol.

La boya seguía moviéndose...

Pensaba Erika, al bajar la cuesta, que allí pasaban cosas muy extrañas, o era aquel fuerte sol el que la hacía ver o sentir, visiones ópticas, o extraños fenómenos óticos. Al volver. por el empinado y estrecho sendero, ya no se oía la música. Tan solo el silbo de la brisa al pasar entre las ramas de los inclinados pinos, o el suave chapoteo de las olas al acariciar la costa...    

En el fondo, la muchacha, no era tan mala, al menos como aparentaba superficialmente. Algo, o tal vez quizás bastante ligera de cascos, eso sí, pero veía la vida y las cosas bajo un prisma especial en el que las cuestiones del sexo las encaraba con des­­preocupada naturalidad, y con una innata, e ingenua picardía, totalmente exenta de maldad. Era esa una parte de la opinión, más o menos, que se tenía de sí misma y con la que justificaba sus actos. Eso sí, sentía mucho lo que le había ocurrido a don Mario. Si ella hubiera sabido que el maestro se la iba a tomar tan en serio no hubiera coqueteado con él, ni tampoco le hubiera dado pie para que tomara aquella tremenda resolución de quitarse la vida... Pero la culpa de aquel trágico suceso no era sólo de ella. Ella se limitó a seguir las instrucciones que le dio Prubí: hacer de cebo, o de gusano, para atraer al pez magíster, y hacerle daño...

Sí..., ahora ella se sentía como un gusano.

Don Gorgue era muy malo...



 

 



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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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