- ¡Sabes que te digo, nano, - le dijo un día
la Nuria - que para hacer la vida que hacemos, sobre todo
la que haces tú, no importaría el habernos casado...!-
Estaban en la cocina y la señora Monsolá le
hizo la cena a don Jorge. Ésta consistía en una tortilla
a la francesa de dos huevos acompañada por un trozo
de longaniza, un vaso de vino tinto, pan de salvado,
y unas aceitunas para acompañar...Prubí, mientras cenaba,
se miraba a la Nuria con los carrillos llenos y no podía
contestarle y, tampoco, aunque hubiese podido, tenía
argumentos suficientes para refutar sus palabras.
- Y otra cosa, nano, - continuó la indignada
mujer - se dicen tantas y tantas cosas de ti que ya
hace tiempo que empiezo a sospechar si serán ciertas
y, me das miedo, Jordi, creo que no estás en
tus cabales... - Aquella alusión dubitativa sobre
su salud mental no le hizo mucha gracia a Prubí...
- ¡Mira cómo come el angelito! - exclamaba
doña Monse saliendo en defensa de su yerno. -¡Cómo puedes
dudar de su bondad! ¡Si es como un niño,
peludo, pero un niño...! -
-¡Ud. a callar, y no vuelva a meterse en lo
nuestro...! ¡Un monstruo, eso es lo que es...! ¡Y sé
lo que me digo, madre...! ¡Un verdadero monstruo...!
-
- ¡Pero, mujer, si es todo un santo! ¡No tienes,
si no, más que observar durante un rato y verás una
tenue aureola sobre su cabeza! ¡Yo la veo! -Prubí pensó
que su suegra se estaba pasando y la Nuria, convencidísima
de ello, fue más directa:
- ¡Ud. lo que ve es el brillo de su calva!¿No
le habrá dado al anisete esta mañana, madre? ¡Les dejo,
están Uds. como un par de cabras, me voy a dormir!.-
Cuando la Nuria se hubo marchado, Prubí, con
un gesto elocuente, aunque compungido, le dijo a su
suegra:
- Ya lo ve, doña Monse, ya lo están logrando.
Las malas lenguas de este pueblo harán que nuestro matrimonio
se vaya al garete.- Prubí, que casi había terminado
de cenar, simulando un sollozo, estuvo a punto de atragantarse.
Doña Monse, solícita, le palmoteó la espalda.
- ¡Pobrecito mío...! ¡Mi pobre niño! - Al catalán,
que ya pasaba de los cincuenta, las palabras de la señora
Monsolá, y su maternal solicitud, le recordaban épocas
muy lejanas, y también a su mamá que le decía esas cosas,
o parecidas. Simuló llorar pues tenía, asimismo, una
gran facilidad para ello. La suegra, enternecida, se
sentó a su lado y le pasó la mano por la cabeza acariciándole
los pocos y ralos rizos de su cogote...Aquél grandullón,
en su estrenada faceta de niño bueno, se dejaba hacer.
Y aún añadió:
- Y lo que más me duele, doña Monse, es la
soledad, esa triste soledad que no se puede compartir
sino con uno mismo y, ¡me encuentro tan vacío! Menos
mal que la tengo a Ud. que es un ángel, ¡qué digo un
ángel, un arcángel...! -
- Le comprendo, señor Prubí, le comprendo...
Pero no llore que me hará llorar a mí...
- Tiene razón, señora Monsolá, tiene mucha
razón y, para que no esté triste por mí, quiero que
nos bebamos un par de vasitos de vino, mano a mano,
y celebremos juntos ese mutuo cariño que nos une.- Prubí
se levantó y fue a buscar una botella de vino moscatel
que descansaba sobre una de las alacenas. Al lado de
ésta, y de una lata que contenía medicamentos, sacó
unas pastillas, como las que empleó la noche que le
dio un repaso y perfiló las orejas al can del boticario.
Ya lo tenía todo preparado. Sirvió un par de vasos y
escanció el moscatel en ellos.
- ¡Brindemos por la incomprensión de las gentes...!
- exclamó el catalán alzando su vaso.
- Querrá decir, don Jorge, porque la gente
sea más comprensiva... -
- ¡Eso..., recullons! ¿Dónde tengo la
cabeza..., oi? ¡Y también por Ud. que es, además
de mi arcángel de la guarda, como una madre para mí...!
-
- ¡Es que yo también soy su madre, señor Prubí!
¿O lo ha olvidado? ¡Soy su mamá política! -
- ¿Y puedo llamarla mamá...? -
- ¡Ya lo creo, hijito, que puedes llamarme
mamá o mamaita!- exclamó doña Monse iniciando, de momento,
el inusual tuteo entre ambos. Y así, entre trago y trago,
y entre mutuas alabanzas, a yerno y suegra, se les hizo
las tantas de la noche. Prubí, con la excusa de ir al
lavabo, trituró en él las pastillas y volvió a la cocina.
La señora Monsolá ya estaba un poco piripi y
Prubí aprovechó la ocasión para servirle otro vaso del
dulce néctar, y en el que había vertido el polvo que
la haría dormir, como un verdadero angelito, hasta el
día siguiente.
La acompañó hasta su habitación y le dijo:
- Ahora, mamá, a descansar que ya hemos bebido
bastante.- Levantó el embozo de la cama y la acostó. Era
liviana y pesaba poco...- Y para que esté más tranquila
esta noche dormiré con Ud., y en este mismo cuarto.
- Prubí esperó paciente, aunque no mucho tiempo, hasta
verla respirar acompasadamente y ya del todo dormida.
Era el momento.
Aquella misma noche una luna llena proyectaba
sus blancos rayos sobre el Cementerio. En la alba fachada
posterior de los nichos, donde termina la falda del
Puig Seguer, y junto a la verja de la entrada, se proyectaba
una sombra...
Parecía, por ella, como si el ser causante
de aquella proyección portara, en una de sus manos,
una enorme navaja de afeitar...
El viejo sepulturero, apoyado en el extremo
del mango de su pala, miraba con cara arrugada y compungida
el féretro abierto sobre la grava, y ante el vacío nicho.
Sentíase culpable, y responsable, a la vez,
de lo que allí había ocurrido. Él era como una especie
de regidor, o alcaide, de aquella necrópolis y, hasta
ahora, el celoso vigilante que cuidaba, y velaba, por
los callados, pacíficos, y ejemplares súbditos que yacían,
sin la menor queja, y para nunca más salir, en el interior
de sus estrechas moradas.
Pero había sucedido algo tan terrible que sus
ojos no daban crédito a lo que veían: La tumba de don
Mario, el que fue durante años el maestro del pueblo,
había sido profanada y saqueada. ¡Y de qué manera! En
casi toda una vida dedicada a su oficio de enterrador
jamás había visto una cosa tan horripilante y espantosa
como aquella que ahora tenía ante sí...Al Cementerio
habían acudido el Alcalde de la Villa con varios empleados
y concejales del Ilustrísimo Municipio; el Sargento
y Comandante del puesto de la Guardia Civil, don Basilio
Corralete Gómez, acompañado por dos de sus números;
el Sargento Padrón Jefe de la Policía Local, con algunos
de sus agentes; alguna otra gente más del pueblo recién
enterada del suceso: amigos y parientes del finado...Y
todos ellos contemplaban, horrorizados y mudos, por
la trágica sorpresa, aquel féretro por el que asomaba
una buena parte del, ahora, incompleto cadáver de don
Mario Gayá...
Le faltaba la cabeza...
La luna se había ocultado y aún era noche cerrada
cuando don Jorge Prubí i Camps, que venía de su cueva,
de su refugio, antes de llegar a Capdepera, escondió
su motorino, tras una mata, en las afueras de la Villa.
No tardarían mucho en aparecer los rojizos albores del
amanecer coloreando de carmín las casas del pueblo.
Tenía que darse prisa pues no quería ser visto.
Oyó el monótono traqueteo de un carro y se
ocultó bajo un soportal. Estuvo un buen rato esperando
a que el carro pasara. Por fin pudo llegar a su casa
y, haciendo el menor ruido para abrir la puerta,
entró sigilosamente en ella.
Sólo se oía, aunque apagado, el ronquido de
su mujer. Su suegra no solía roncar. Encendió una vela
y entró en la habitación de ésta. Apenas se había movido
de la postura en que la dejó antes de partir. Levantó
la colcha y se acostó pero en sentido inverso, es decir,
con los pies en la cabecera de la amplia cama, y para
evitar malos entendidos cuando la Nuria entrara a despertarlos...
La Nuria era, a veces, muy mal pensada. Y así
fue.
Era domingo y solían dormir hasta tarde
pero unos fuertes golpes dados con el aldabón sobre
la puerta la despertaron.
Se puso una bata y gritó:
- ¡Ya va! ¡Un momento que me visto y abro...!
La Nuria fue a despertar a doña Monse.
El incontrolable de su marido quién sabe donde
podía estar y, cual sería su sorpresa al abrir la habitación
y ver a su Jordi acostado en la misma cama de
su madre. Eso sí, girado.
Prubí se hacía el dormido...
Él ya se esperaba, más o menos, lo que estaba
pasando.
Los fuertes e imperativos albadonazos se repitieron
y la Nuria, después de coger por un brazo a Prubí, lo
sacó de la cama, y de tan brusca manera, que lo hizo
rodar por el suelo. Se fue a abrir la puerta...
- ¡Ya va!¡Ya va...! -
La madre dormía como una marmota y Prubí, levantándose
del duro suelo, cagándose in mente en su fallecido
suegro, y frotándose los ojos, pensó en la conveniencia
de despertarla.
Tanto dormir, y con el ruido de voces que hacían
abajo, podría resultar sospechoso, sobre todo para él...
La sacudió por un hombro:
- Ya es hora de levantarse, señora Monsolá...
¡Vamos, vamos, despierte...! Ayer bebió más de la cuenta
y estaba preocupado por Ud. Me he pasado toda la noche
a su lado, velándola... -
Abajo seguían las voces.
Eran de la Guardia Civil y de la Nuria. Doña
Monse, aunque tenía un fuerte dolor de cabeza, con los
ojos medio abiertos, sonrió a su yerno...
- ¡Qué bueno es Ud. Sr. Prubí! -
- Abriré la habitación para ventilarla y le
traeré una aspirina con el desayuno...- El catalán casi
estuvo tentado de escapar pero, al abrir la ventana
vio a dos números de la Guardia Civil en la puerta de
entrada. La voz del Sargento sonaba imperiosa dentro
del edificio y parecía subir raudo las escaleras. Al
entrar, en la habitación de doña Monse, ésta exclamó:
- ¡Cómo se atreve...! -
- ¡No se alarme señora, ni Ud. Prubí; lo que
me trae aquí es puro trámite! ¿Dónde durmió Ud. anoche?-
preguntó a Prubí.
- Aquí mismo, Sargento... - Éste palpó las
sábanas.
- Sí, parece que aún están calientes. ¿Y acostumbra
a dormir siempre con su madre política...?
- Mire, Sargento, anoche sábado, doña Monse
y yo, nos retiramos mucho más tarde que de costumbre
y nos dio por destapar una botella. Mi mamá se excedió
un poco y creí conveniente vigilarla. Así es que no
me separé de ella en toda la noche...-
Ahora la llama mamá, ¡qué cara...! -
Pensó la Nuria.
- ¿ Y Ud. que dice a todo esto, señora...?
- preguntó el Sargento a doña Monse...
- A mi lado estuvo toda la noche, el pobrecito...,
¡cómo un hijo velando a su madre enfermita...! -
- ¿Y Ud., señora Prubí, no tomó
parte en la fiesta?-
- ¡Oh no, Sargento, yo ayer estaba
muy cansada y me retiré más pronto...!-
- ¡Gracias a todos, han sido muy
amables y perdonen las molestias que les haya podido
causar...!
- Pero, ¿qué ha pasado, Sargento...,
a qué vienen tantas, y tantas, preguntas? -
Se atrevió a inquirir el catalán.
- ¡Al maestro le han cortado
la cabeza!-
Respondió muy serio don Basilio.
La Nuria, presa de horrible presentimiento,
palideció visiblemente.
Algo no encajaba y su sospecha
se tornó en alarma... Su marido mentía.
Tampoco ella había dicho toda
la verdad.