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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XII

- ¡Sabes que te digo, nano, - le dijo un día la Nuria - que para hacer la vida que hacemos, sobre todo la que haces tú, no importaría el habernos casado...!-

Estaban en la cocina y la señora Monsolá le hizo la cena a don Jorge. Ésta consistía en una tortilla a la francesa de dos huevos acom­pañada por un trozo de longaniza, un vaso de vino tinto, pan de salvado, y unas aceitunas para acompañar...Prubí, mientras cenaba, se miraba a la Nuria con los carrillos llenos y no podía contestarle y, tampoco, aunque hubiese podido, ­tenía argumentos suficientes para refutar sus palabras.

- Y otra cosa, nano, - continuó la indignada mujer - se dicen tantas y tantas cosas de ti que ya hace tiempo que empiezo a sospechar si serán ciertas y, me das miedo, Jordi, creo que no estás en tus cabales... - Aquella alusión dubitativa sobre su salud mental no le hizo mucha gracia a Prubí...

- ¡Mira cómo come el angelito! - exclamaba doña Monse saliendo en defensa de su yerno. -¡Cómo puedes dudar de su bondad! ¡Si es como un niño,  peludo, pero un niño...! -

-¡Ud. a callar, y no vuelva a meterse en lo nuestro...! ¡Un monstruo, eso es lo que es...! ¡Y sé lo que me digo, madre...! ¡Un verdadero monstruo...! -

- ¡Pero, mujer, si es todo un santo! ¡No tienes, si no, más que observar durante un rato y verás una tenue aureola sobre su cabeza! ¡Yo la veo! -Prubí pensó que su suegra se estaba pasando y la Nuria, convencidísima de ello, fue más directa:

- ¡Ud. lo que ve es el brillo de su calva!¿No le habrá dado al anisete esta mañana, madre? ¡Les dejo, están Uds. como un par de cabras, me voy a dormir!.-

Cuando la Nuria se hubo marchado, Prubí, con un gesto elocuente, aunque compungido, le dijo a su suegra:

- Ya lo ve, doña Monse, ya lo están logrando. Las malas lenguas de este pueblo harán que nuestro matrimonio se vaya al garete.- Prubí, que casi había terminado de cenar, simulando un sollozo, estuvo a punto de atragantarse. Doña Monse, solícita, le palmoteó la espalda.

- ¡Pobrecito mío...! ¡Mi pobre niño! - Al catalán, que ya pasaba de los cincuenta, las palabras de la señora Monsolá, y su maternal solicitud, le recordaban épocas muy lejanas, y también a su mamá que le decía esas cosas, o parecidas. Simuló llorar pues tenía, asimismo, una gran facilidad para ello. La suegra, enternecida, se sentó a su lado y le pasó la mano por la cabeza acariciándole los pocos y ralos rizos de su cogote...Aquél grandullón, en su estrenada faceta de niño bueno, se dejaba hacer. Y aún añadió:

- Y lo que más me duele, doña Monse, es la soledad, esa triste soledad que no se puede compartir sino con uno mismo y, ¡me encuentro tan vacío! Menos mal que la tengo a Ud. que es un ángel, ¡qué digo un ángel, un arcángel...! -

- Le comprendo, señor Prubí, le comprendo... Pero no llore que me hará llorar a mí...

- Tiene razón, señora Monsolá, tiene mucha razón y, para que no esté triste por mí, quiero que nos bebamos un par de vasitos de vino, mano a mano, y celebremos juntos ese mutuo cariño que nos une.- Prubí se levantó y fue a buscar una botella de vino moscatel que descansaba sobre una de las alacenas. Al lado de ésta, y de una lata que contenía medicamentos, sacó unas pastillas, como las que empleó la noche que le dio un repaso y perfiló las orejas al can del boticario. Ya lo tenía todo preparado. Sirvió un par de vasos y escanció el moscatel en ellos.

- ¡Brindemos por la incomprensión de las gentes...! - exclamó el catalán alzando su vaso.

- Querrá decir, don Jorge, porque la gente sea más comprensiva... -

- ¡Eso..., recullons! ¿Dónde tengo la cabeza..., oi? ¡Y también por Ud. que es, además de mi arcángel de la guarda, como una madre para mí...! -

- ¡Es que yo también soy su madre, señor Prubí! ¿O lo ha olvidado? ¡Soy su mamá política! -

- ¿Y puedo llamarla mamá...? -

- ¡Ya lo creo, hijito, que puedes llamarme mamá o mamaita!- exclamó doña Monse iniciando, de momento, el inusual tuteo entre ambos. Y así, entre trago y trago, y entre mutuas alabanzas, a yerno y suegra, se les hizo las tantas de la noche. Prubí, con la excusa de ir al lavabo, trituró en él las pastillas y volvió a la cocina. La señora Monsolá ya estaba un poco piripi y Prubí aprovechó la ocasión para servirle otro vaso del dulce néctar, y en el que había vertido el polvo que la haría dormir, como un verdadero angelito, hasta el día siguiente.

La acompañó hasta su habitación y le dijo:

- Ahora, mamá, a descansar que ya hemos bebido bastante.- Levantó el embozo de la cama y la acostó. Era liviana y pesaba poco...- Y para que esté más tranquila esta noche dormiré con Ud., y en este mismo cuarto. - Prubí esperó paciente, aunque no mucho tiempo, hasta verla respirar acompasadamente y ya del todo dormida. Era el momento.


Aquella misma noche una luna llena proyectaba sus blancos rayos sobre el Cementerio. En la alba fachada posterior de los nichos, donde termina la falda del Puig Seguer, y junto a la verja de la entrada, se proyectaba una sombra...

Parecía, por ella, como si el ser causante de aquella proyección portara, en una de sus manos, una enorme navaja de  afeitar...


El viejo sepulturero, apoyado en el extremo del mango de su pala, miraba con cara arrugada y compungida el féretro abierto sobre la grava, y ante el vacío nicho.

Sentíase culpable, y responsable, a la vez, de lo que allí había ocurrido. Él era como una especie de regidor, o alcaide, de aquella necrópolis y, hasta ahora, el celoso vigilante que cuidaba, y velaba, por los callados, pacíficos, y ejemplares súbditos que yacían, sin la menor queja, y para nunca más salir, en el interior de sus estrechas moradas.

Pero había sucedido algo tan terrible que sus ojos no daban crédito a lo que veían: La tumba de don Mario, el que fue durante años el maestro del pueblo, había sido profanada y saqueada. ¡Y de qué manera! En casi toda una vida dedicada a su oficio de enterrador jamás había visto una cosa tan horripilante y espantosa como aquella que ahora tenía ante sí...Al Cementerio habían acudido el Alcalde de la Villa con varios empleados y concejales del Ilustrísimo Municipio; el Sargento y Comandante del puesto de la Guardia Civil, don Basilio Corralete Gómez, acompañado por dos de sus números; el Sargento Padrón Jefe de la Policía Local, con algunos de sus agentes; alguna otra gente más del pueblo recién enterada del suceso: amigos y parientes del finado...Y todos ellos contemplaban, horrorizados y mudos, por la trágica sorpresa, aquel féretro por el que asomaba una buena parte del, ahora, incompleto cadáver de don Mario Gayá...

Le faltaba la cabeza... 

La luna se había ocultado y aún era noche cerrada cuando don Jorge Prubí i Camps, que venía de su cueva, de su refugio, antes de llegar a Capdepera, escondió su motorino, tras una mata, en las afueras de la Villa. No tardarían mucho en aparecer los rojizos albores del amanecer coloreando de carmín las casas del pueblo. Tenía que darse prisa pues no quería ser visto.

Oyó el monótono traqueteo de un carro y se ocultó bajo un soportal. Estuvo un buen rato esperando a que el carro pasara. Por fin pudo llegar a su casa y, haciendo el menor ruido para abrir la puer­ta, entró sigilosamente en ella.

Sólo se oía, aunque apagado, el ronquido de su mujer. Su suegra no solía roncar. Encendió una vela y entró en la habitación de ésta. Apenas se había movido de la postura en que la dejó antes de partir. Levantó la colcha y se acostó pero en sentido inverso, es decir, con los pies en la cabecera de la amplia cama, y para evitar malos entendidos cuando la Nuria entrara a despertarlos... La Nuria era, a veces, muy mal pensada. Y así fue.

Era domingo y solían dormir hasta tarde pero unos fuertes golpes dados con el aldabón sobre la puerta la despertaron.

Se puso una bata y gritó:

- ¡Ya va! ¡Un momento que me visto y abro...!

La Nuria fue a despertar a doña Monse.

El incontrolable de su marido quién sabe donde podía estar y, cual sería su sorpresa al abrir la habitación y ver a su Jordi acostado en la misma cama de su madre. Eso sí, girado.

Prubí se hacía el dormido...

Él ya se esperaba, más o menos, lo que estaba pasando. 

Los fuertes e imperativos albadonazos se repitieron y la Nuria, después de coger por un brazo a Prubí, lo sacó de la cama, y de tan brusca manera, que lo hizo rodar por el suelo. Se fue a abrir la puerta...

- ¡Ya va!¡Ya va...! -

La madre dormía como una marmota y Prubí, levantándose del duro suelo, cagándose in mente en su fallecido suegro, y frotándose los ojos, pensó en la conveniencia de despertarla.

Tanto dormir, y con el ruido de voces que hacían abajo, podría resultar sospechoso, sobre todo para él... La sacudió por un hombro:

- Ya es hora de levantarse, señora Monsolá... ¡Vamos, vamos, despierte...! Ayer bebió más de la cuenta y estaba preocupado por Ud. Me he pasado toda la noche a su lado, velándola... -

Abajo seguían las voces.

Eran de la Guardia Civil y de la Nuria. Doña Monse, aunque tenía un fuerte dolor de cabeza, con los ojos medio abiertos, sonrió a su yerno...

- ¡Qué bueno es Ud. Sr. Prubí! -

- Abriré la habitación para ventilarla y le traeré una aspirina con el desayuno...- El catalán casi estuvo tentado de escapar pero, al abrir la ventana vio a dos números de la Guardia Civil en la puerta de entrada. La voz del Sargento sonaba imperiosa dentro del edificio y parecía subir raudo las escaleras. Al entrar, en la habitación de doña Monse, ésta exclamó:

- ¡Cómo se atreve...! -

- ¡No se alarme señora, ni Ud. Prubí; lo que me trae aquí es puro trámite! ¿Dónde durmió Ud. anoche?- preguntó a Prubí.

- Aquí mismo, Sargento... - Éste palpó las sábanas.

- Sí, parece que aún están calientes. ¿Y acostumbra a dormir siempre con su madre política...?

- Mire, Sargento, anoche sábado, doña Monse y yo, nos retiramos mucho más tarde que de costumbre y nos dio por destapar una botella. Mi mamá se excedió un poco y creí conveniente vigilarla. Así es que no me separé de ella en toda la noche...-

Ahora la llama mamá, ¡qué cara...! - Pensó la Nuria.

- ¿ Y Ud. que dice a todo esto, señora...? - preguntó el Sargento a doña Monse...

- A mi lado estuvo toda la noche, el pobrecito..., ¡cómo un hijo velando a su madre enfermita...! -

- ¿Y Ud., señora Prubí, no tomó parte en la fiesta?-

- ¡Oh no, Sargento, yo ayer estaba muy cansada y me retiré más pronto...!-

- ¡Gracias a todos, han sido muy amables y perdonen las molestias que les haya podido causar...!

- Pero, ¿qué ha pasado, Sargento..., a qué vienen tantas, y tantas, preguntas? -

Se atrevió a inquirir el catalán.

- ¡Al maestro le han cortado la cabeza!-

Respondió  muy serio don Basilio.

La Nuria, presa de horrible presentimiento, palideció visiblemente.

Algo no encajaba y su sospecha se tornó en alarma... Su marido mentía.

Tampoco ella había dicho toda la verdad.

- ¡Imposible! ¡Pero si ya está muerto...! - exclamó.

- Pues muerto y todo le han rebanado el gaznate...

- repuso el Sargento.

- Y ¿qué tenemos que ver nosotros, precisamente nosotros? - preguntó Prubí.

- ¡Caramba, después de todo lo que se dice por el pueblo, y su reconocido antagonismo hacia don Mario, q.e.p.d., no debe de extrañarle que yo haya venido a su casa... -

Y añadió con voz grave:

- Es Ud. el principal sospechoso, señor Prubí. -



 

 



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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
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Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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