Al día siguiente de los hechos relatados un
pescador de caña, que transitaba por uno de los senderos
que acceden a las múltiples pesqueras que hay por toda
la costa, descubrió asustado el cadáver del maestro, extendido
y con los brazos en cruz, sobre una roca...
Cuando la alarma fue dada, y el cuerpo sin
vida de don Mario retirado, todas las campanas de la Parroquia
de San Bartolomé, en el pueblo y las de la Iglesia de
Cala-Ratjada, en el puerto, no pararon de tocar.
Sobre todo las de la Villa de Capdepera pues el Párroco, en un gesto de encomiable
solidaridad hacia el difunto, dio órdenes a l’amo‘n
Miquel, el Sacristán, de que no cesara aquel repiqueteo
de difuntos, a diario, desde las diez de la mañana hasta
las diez de la noche. Entre el Sacristán y un par de jóvenes
del coro, o que, también, hacían las veces de monaguillos,
se fueron turnando, uno a uno, para que las campanas no
enmudecieran.
Aquél monótono, y triste din don, repercutía
con su fúnebre sonido en todo el ámbito del lugar, desde
más allá de la salida del pueblo, en Vila Rotja,
hasta el Faro de Cala-Ratjada. Desde lo alto del Puig
de Ses Penyes hasta la Playas de Sa Mezquida
o de S’Aguya y se reflejaba melancólico, y lúgubre
en los consternados rostros de la gente del lugar. Muchos
de ellos, ignorantes de toda la trama que supuso aquel
trágico fin del maestro, no acababan de comprender, del
todo, lo ocurrido y luego, ya conociéndolo, se hacían
cruces de aquel extraño comportamiento por parte del maestro
don Mario Gayá y, sobre todo, aquélla, su última, drástica
y terrible decisión...
En el Ayuntamiento el Secretario, con lágrimas
en los ojos, y de acuerdo con el Excelentísimo Alcalde
de la Villa, redactó el siguiente parte:
Excmo. Ayuntamiento de Capdepera. DECESOS.
En el día de autos don Mario Gayá González,
maestro titular de esta Ilustre Villa, es declarado difunto,
en calidad de occiso, ya que su fallecimiento se supone
que fue debido a un resbalón sufrido en la cima del monte
llamado el Puig d’n Rebasó, en el término de Sa Font de
sa Cala, Capdepera, Mallorca.
De resultas de tan fatal percance nuestro amado
maestro fue a dar con todos su cuerpo sobre las rocas
quedando tan aplastado que nada se hubiera podido hacer
para devolverle la vida, ni tan siquiera intentarlo pues,
desde que cayó, de tan muy considerable altura, hasta
que se descubrió el cadáver, habían transcurrido más de
diez horas. Incluso ya olía. Y para que conste esta fatal
y accidentada defunción de tan ilustre persona, querido
hijo natural de esta Villa, firmo la presente no sin antes
recomendar a todo otro hijo, o vecino de este pueblo que
miren por donde transcurren, y
por donde pisan, no sea que
un hecho tan lamentable se vuelva a repetir.
En Capdepera, a tanto de tanto de mil novecientos
tantos.
El Alcalde:
Con este parte, y de común acuerdo, las autoridades
de la Villa, familiares del fallecido, y vecinos quisieron
hacer constar el óbito como un accidente, y no un suicidio:
Posiblemente al pisar una piedra ésta se desprendió y
don Mario Gayá cayó al vacío...
Era la forma de que le pudieran dar Santa
Sepultura. La caridad no estaba reñida con ciertas
leyes, obsoletas, según la opinión de sus buenos amigos.
Al sepelio acudió, en masa, casi todo el pueblo
de Capdepera, muchos de ellos tenían síntomas de, incluso,
haber llorado, sobre todo don Miguel el boticario... Sus
enrojecidos ojos daban sobrada fe de ello. La nota
desagradable, en la ceremonia, la puso el mismo Prubí
que, en la Parroquia, delante de todos, y con un terno
negro, que brillaba de puro viejo, sobre su esperpéntica
y simiesca figura, parecía presidir el funeral.
En su cara se notaba un rictus de dolor. (Tenía
que sacar todo el partido posible de la orquitis que de
nuevo le atormentaba). Aunque nadie sabía aún que fue
él quién asesinó al maestro, despeñándolo por el acantilado,
sí que les constaba, a buena parte de ellos que fue, ya
sea directa o indirectamente, el gran causante de aquella
irremediable desgracia. Fue él quién presentó la joven
turista al occiso, y ésta resultó ser la causante, aunque
indirecta, de perdición para aquel hombre que, en vida
y antes de conocerla, fue todo un ejemplo a seguir...
Y eso no se lo perdonarían jamás al catalán.
Aparte de alguna que otra mosca muchos ojos,
cargados de odio, y mientras duraba el funeral, se posaban
en sus espaldas... En tanto que él susurraba:
“Señor, perdónalos por su ignorancia, y perdonadme
a mí por adelantarme, quizás, a vuestros designios, ya
que sólo fui la piadosa mano que liberó a nuestro siervo
Mario del purgatorio que es esta jodida tierra;
la mano del destino que le arrojó al descanso de la vida
eterna. Amén.”
Después de esta singular, y cínica, oración
con la que justificaba su execrable, y criminal acción,
se juntó a la fila que se formó, al acabar la misa, para
dar el pésame a los familiares y a la desconsolada viuda.
Detalle que, éstos, alertados contra el catalán, no fue
correspondido.
Pero Prubí, impertérrito, sin descomponerse
para nada y con su habitual sangre fría, ante el peligro,
también se unió a la comitiva que, junto a la Banda de
Música, al completo, acompañaba el féretro del occiso
don Mario Gayá hasta su última morada, o sea, hasta el
mismo Cementerio, en las afueras de la Villa.
La pérdida de don Mario, y sobre todo por las
trágicas, y accidentales circunstancias que rodearon su
muerte, fue muy sentida, y en el pueblo no se hablaba
de otra cosa. Fue, durante algún tiempo, el tema preferente
en las llamadas vetlerías, (*1) de las tertulias
del Círculo, en los cafés, por la calle, e incluso, en
los comercios donde la gente, que iba a comprar, se paraba
para comentar el triste e infrecuente suceso que tenía
medio trastornado a la mayoría de los habitantes de Capdepera.
Al día siguiente del entierro Erika fue citada
para prestar declaración. Se presentó en el Cuartelillo
de la Guardia Civil con uno de sus rayados y llamativos
niquis, y un short, sentándose ante el Sargento,
y cruzando, con cierto descaro, sus tentadores muslos.
En el ojo del Sargento don Basilio Corralete,
el de vidrio, se reflejaba la luz de la bombilla que,
sin tulipa, colgaba de un torcido hilo desde techo del
despacho. Y, en el otro, en el bueno, brillaba otra lucecita
de franca admiración, pero que dada la recia integridad,
y el fuerte sentido del deber que le honraban, trató de
disimular sin dar una sola concesión a sus personales
e íntimos sentimientos.
Aunque, en su fuero interno, reconocía que
la joven era la tentación en persona, su estricto deber
estaba por encima de ello.
- Perdone que la haya molestado, señora, al
hacerla venir pero, según tengo entendido Ud. y don Mario
que en paz descanse, mantuvieron ciertas relaciones...
Hay quien afirma que a causa de esas relaciones, íntimas
o escabrosas, hay diferentes versiones sobre el particular,
pudo haber hecho lo que al parecer hizo, suicidarse...
–
Don Basilio Corralete se la miraba atusándose
el enorme bigote que lucía bajo su aguileña nariz.
- Mi sentir very much muerte
de pez magíster, perdón, del herr proffessor.
Mi no gustar que Ud. decir... Mi no tener contacto,
¿decir bien?, con herr proffessor. Él hacer a mi proposiciones
para “hacer amor”, que decir ahora gente cursi, y mi
decir very clarro follarr. Él querrer follarr mí..., pero
mí no dejarr... Yo tenerr marrido. -
- Entendido y ahora, señora mía, déjeme que le
haga las preguntas de rigor, y a las que me obliga el
cargo... -
- Rigorrr..., carrrgo..., mi no entenderr...
- Se lo diré de otra manera, señora Litmann:
El día de autos...
- Perrdón, ¿qué ser día de autos...?
- Quiero decir el día en que murió el profesor,
o mejor dicho, la tarde en que tuvo lugar el accidente,
¿dónde se hallaba Ud., señora Litmann?-
Erika quedó pensativa y se dijo que sería mejor
para ella, y para todos, decirle al Sargento la verdad
o casi toda la verdad: El acoso de que era objeto
por parte del finado maestro. La gran pasión que despertó
en él y su negativa a acceder a sus deseos.
Al final, omitiendo su aventurilla con
don Gorgue, le dijo la cita que había concertado
con el maestro, y a la que ella acudió aquella tarde:
- Mi ir a cita con magíster, mi dar
lástima, don Marrio estar very malito porr mí y mí dar
lástima perro Klaus, mi marrido, no
saber. Mi no querrer que él saber...
- No se preocupe, por mí no sabrá una palabra,
yo me limito a los hechos y sacar mis propias conclusiones
en este asunto...
- Mi entender mitad, y decir OK
- Buena chica...
- ¿Mí chica...? Mi very buena, pero no chica,
mi enseñar... -
Erika se calló de pronto y, acordándose de
los consejos de Prubí, se dio cuenta de lo contraproducente
que podría ser el enseñarle las tetas al Sargento...
- ¿Decía...? -
En vista del silencio a su pregunta el Sargento
siguió:
- Así, pues, fue Ud. la última persona en ver,
y hablar, con don Mario antes de que éste se quitara la
vida...
- Mi ver pero no hablar...
- Explíquese, señora...
- Mi gustar que decir señorra...
Ud. ser very caballerro...
- Vaya al grano, señora..., por favor.
- Mi no ir al grano, pero ir
a cita y ver, pero no hablar... Mi ver magíster
sobre suelo y very very borracho, como cuba.
Él dormido y tampoco poder hablar...,
ni hacer amor, ni...
- No siga, la he entendido perfectamente...
- Yo dejar magíster que dormir, y mi marchar
como venir...
"Compuesta y sin novio", pensó el Sargento,
y atusándose de nuevo los mostachos dijo:
- Pues ahora ya se puede marchar..., o ir.
-
Y añadió dando por terminada la entrevista:
- ¡Ah...!, y le doy las gracias por colaborar
con la justicia.
- Mi gustar grandes bigotes...
Y si la accidentada muerte de don Mario
fue objeto de habladurías, por parte del pueblo, mucho
más fueron los hechos que acaecieron posteriormente...Cuando
las campanas dejaron de sonar, estuvieron cinco días,
dale que te dale con su monótono din don, algunos
respiraron aliviados. Sobre todo Prubí que tan solo subía
al pueblo para comer, y a veces para cenar, y alguna vez
para dormir, si no lo hacía en su cueva pues, desde ésta,
no se oía el tañer de las odiosas campanas...
(*1) Habitaciones, salas o reductos, por lo
general los sótanos de las viviendas, en las que solían
reunirse varios vecinos con el objeto de hacerse mutua
compañía, charlar, comentar, y sobre todo criticar, al
tiempo que se dedicaban a confeccionar cestos, soplillos,
u otros artículos cuya materia prima era el palmito. En
aquel entonces la principal industria del pueblo.