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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo XI

Al día siguiente de los hechos relatados un pescador de caña, que transitaba por uno de los senderos que acceden a las múltiples pesqueras que hay por toda la costa, descubrió asustado el cadáver del maestro, extendido y con los brazos en cruz, sobre una roca...

Cuando la alarma fue dada, y el cuerpo sin vida de don Mario retirado, todas las campanas de la Parroquia de San Bartolomé, en el pueblo y las de la Iglesia de Cala-Rat­jada, en el puerto, no pararon de tocar. Sobre todo las de la Villa de Capdepera  pues el Párroco, en un gesto de encomiable solidaridad hacia el difunto, dio órdenes a l’amo‘n Miquel, el Sacristán, de que no cesara aquel repiqueteo de difuntos, a diario, desde las diez de la mañana hasta las diez de la noche. Entre el Sacristán y un par de jóvenes del coro, o que, también, hacían las veces de monaguillos, se fueron turnando, uno a uno, para que las campanas no enmudecieran.

Aquél monótono, y triste din don, repercutía con su fúnebre sonido en todo el ámbito del lugar, desde más allá de la salida del pueblo, en Vila Rotja, hasta el Faro de Cala-Ratjada. Desde lo alto del Puig de Ses Penyes hasta la Playas de Sa Mezquida o de S’Aguya y se reflejaba melancólico, y lúgubre en los consternados rostros de la gente del lugar. Muchos de ellos, ignorantes de toda la trama que supuso aquel trágico fin del maestro, no acababan de comprender, del todo, lo ocurrido y luego, ya conociéndolo, se hacían cruces de aquel extraño comportamiento por parte del maestro don Mario Gayá y, sobre todo, aquélla, su última, drástica y terrible decisión...

En el Ayuntamiento el Secretario, con lágrimas en los ojos, y de acuerdo con el Excelentísimo Alcalde de la Villa, redactó el siguiente parte:

Excmo. Ayuntamiento de Capdepera. DECESOS.

En el día de autos don Mario Gayá González, maestro titular de esta Ilustre Villa, es declarado difunto, en calidad de occiso, ya que su fallecimiento se supone que fue debido a un resbalón sufrido en la cima del monte llamado el Puig d’n Rebasó, en el término de Sa Font de sa Cala, Capdepera, Mallorca.

De resultas de tan fatal percance nuestro amado maestro fue a dar con todos su cuerpo sobre las rocas quedando tan aplastado que nada se hubiera podido hacer para devolverle la vida, ni tan siquiera intentarlo pues, desde que cayó, de tan muy considerable altura, hasta que se descubrió el cadáver, habían transcurrido más de diez horas. Incluso ya olía. Y para que conste esta fatal y accidentada defunción de tan ilustre persona, querido hijo natural de esta Villa, firmo la presente no sin antes recomendar a todo otro hijo, o vecino de este pueblo que miren por donde transcurren, y  por donde pisan, no sea que  un hecho tan lamentable se vuelva a repetir.

En Capdepera, a tanto de tanto de mil novecientos tantos.

El Alcalde:

Con este  parte, y de común acuerdo, las autoridades de la Villa, familiares del fallecido, y vecinos quisieron hacer constar el óbito como un accidente, y no un suicidio: Posiblemente al pisar una piedra ésta se desprendió y don Mario Gayá cayó al vacío...

Era la forma de que le pudieran dar Santa Sepultura. La caridad no estaba reñida con ciertas leyes, obsoletas, según la opinión de sus buenos amigos.

Al sepelio acudió, en masa, casi todo el pueblo de Capdepera, muchos de ellos tenían síntomas de, incluso, haber llorado, sobre todo don Miguel el boticario... Sus enrojecidos ojos daban sobrada fe de ello. La nota desagradable, en la ceremonia, la puso el mismo Prubí que, en la Parroquia, delante de todos, y con un terno negro, que brillaba de puro viejo, sobre su esperpéntica y simiesca figura, parecía presidir el funeral.

En su cara se notaba un rictus de dolor. (Tenía que sacar todo el partido posible de la orquitis que de nuevo le atormentaba). Aunque nadie sabía aún que fue él quién asesinó al maestro, despeñándolo por el acantilado, sí que les constaba, a buena parte de ellos que fue, ya sea directa o indirectamente, el gran causante de aquella irremediable desgracia. Fue él quién presentó la joven turista al occiso, y ésta resultó ser la causante, aunque indirecta, de perdición para aquel hombre que, en vida y antes de conocerla, fue todo un ejemplo a seguir...

Y eso no se lo perdonarían jamás al catalán.

Aparte de alguna que otra mosca muchos ojos, cargados de odio, y mientras duraba el funeral, se posaban en sus espaldas... En tanto que él susurraba:

“Señor, perdónalos por su ignorancia, y perdonadme a mí por adelantarme, quizás, a vuestros designios, ya que sólo fui la piadosa mano que liberó a nuestro siervo Mario del  purgatorio que es esta jodida tierra; la mano del destino que le arrojó al descanso de la vida eterna. Amén.”

Después de esta singular, y cínica, oración con la que justificaba su execrable, y criminal acción, se juntó a la fila que se formó, al acabar la misa, para dar el pésame a los familiares y a la desconsolada viuda. Detalle que, éstos, alertados contra el catalán, no fue correspondido.

Pero Prubí, impertérrito, sin descomponerse para nada y con su habitual sangre fría, ante el peligro, también se unió a la comitiva que, junto a la Banda de Música, al completo, acompañaba el féretro del occiso don Mario Gayá hasta su última morada, o sea, hasta el mismo Cementerio, en las afueras de la Villa.

La pérdida de don Mario, y sobre todo por ­las trágicas, y accidentales circunstancias que rodearon su muer­te, fue muy sentida, y en el pueblo no se hablaba de otra cosa. Fue, durante algún tiempo, el tema preferente en las llamadas vetlerías, (*1) de las tertulias del Círculo, en los cafés, por la calle, e incluso, en los comercios donde la gente, que iba a comprar, se paraba para comentar el triste e infrecuente suceso que tenía medio trastornado a la mayoría de los habitantes de Capdepera.

Al día siguiente del entierro Erika fue citada para prestar declaración. Se presentó en el Cuartelillo de la Guardia Civil con uno de sus rayados y llamativos niquis, y un short, sentándose ante el Sargento, y cruzando, con cierto descaro, sus tentadores muslos.

En el ojo del Sargento don Basilio Corralete, el de vidrio, se reflejaba la luz de la bombilla que, sin tulipa, colgaba de un torcido hilo desde techo del despacho. Y, en el otro, en el bueno, brillaba otra lucecita de franca admiración, pero que dada la recia integridad, y el fuerte sentido del deber que le honraban, trató de disimular sin dar una sola concesión a sus personales e íntimos sentimientos.

Aunque, en su fuero interno, reconocía que la joven era la tentación en persona, su estricto deber estaba por encima de ello.

- Perdone que la haya molestado, señora, al hacerla venir pero, según tengo entendido Ud. y don Mario que en paz descanse, mantuvieron ciertas relaciones... Hay quien afirma que a causa de esas relaciones, íntimas o escabrosas, hay diferentes versiones sobre el particular, pudo haber hecho lo que al parecer hizo, suicidarse... –

Don Basilio Corralete se la miraba atusándose el enorme bigote que lucía bajo su aguileña nariz.

- Mi sentir very much muerte de pez magíster, perdón, del herr proffessor. Mi no gustar que Ud. decir... Mi no tener contacto, ¿decir bien?, con herr proffessor. Él hacer a mi proposiciones para “hacer amor”, que decir ahora gente cursi, y mi decir very clarro follarr. Él querrer follarr mí..., pero mí no dejarr... Yo tenerr marrido. -

- Entendido y ahora, señora mía, déjeme que le haga las preguntas de rigor, y a las que me obliga el cargo... -

- Rigorrr..., carrrgo..., mi no entenderr...

- Se lo diré de otra manera, señora Litmann: El día de autos...

- Perrdón, ¿qué ser día de autos...?

- Quiero decir el día en que murió el profesor, o mejor dicho, la tarde en que tuvo lugar el accidente, ¿dónde se hallaba Ud., señora Litmann?-

Erika quedó pensativa y se dijo que sería mejor para ella, y para todos, decirle al Sargento la verdad o casi toda la verdad: El acoso de que era objeto por parte del finado maestro. La gran pasión que despertó en él y su negativa a acceder a sus deseos.

Al final, omitiendo su aventurilla con don Gorgue, le dijo la cita que había concertado con el maestro, y a la que ella acudió aquella tarde:

- Mi ir a cita con magíster, mi dar lástima, don Marrio estar very malito porr mí y mí dar lástima perro Klaus, mi marrido, no saber. Mi no querrer que él saber...

- No se preocupe, por mí no sabrá una palabra, yo me limito a los hechos y sacar mis propias conclusiones en este asunto...

- Mi entender mitad, y decir OK

- Buena chica...

- ¿Mí chica...? Mi very buena, pero no chica, mi enseñar... -

Erika se calló de pronto y, acordándose de los consejos de Prubí, se dio cuenta de lo contraproducente que podría ser el enseñarle las tetas al Sargento...

- ¿Decía...? -

En vista del silencio a su pregunta el Sargento siguió:

- Así, pues, fue Ud. la última persona en ver, y hablar, con don Mario antes de que éste se quitara la vida...

- Mi ver pero no hablar...

- Explíquese, señora...

- Mi gustar que decir señorra... Ud. ser very caballerro...

- Vaya al grano, señora..., por favor.

- Mi no ir al grano, pero ir a cita y ver, pero no hablar... Mi ver magíster sobre suelo y very very borracho, como cuba. Él dormido y tampoco poder hablar..., ni hacer amor, ni...

- No siga, la he entendido perfectamente...

- Yo dejar magíster que dormir, y mi marchar como venir...

"Compuesta y sin novio", pensó el Sargento, y atusándose de nuevo los mostachos dijo:

- Pues ahora ya se puede marchar..., o ir. -

Y añadió dando por terminada la entrevista:

- ¡Ah...!, y le doy las gracias por colaborar con la justicia.

- Mi gustar grandes bigotes...

Y si la accidentada muerte de don Mario fue objeto de habladurías, por parte del pueblo, mucho más fueron los hechos que acaecieron posteriormente...Cuando las campanas dejaron de sonar, estuvieron cinco días, dale que te dale con su monótono din don, algunos respiraron aliviados. Sobre todo Prubí que tan solo subía al pueblo para comer, y a veces para cenar, y alguna vez para dormir, si no lo hacía en su cueva pues, desde ésta, no se oía el tañer de las odiosas campanas...


(*1) Habitaciones, salas o reductos, por lo general los sótanos de las viviendas, en las que solían reunirse varios vecinos con el objeto de hacerse mutua compañía, charlar, comentar, y sobre todo criticar, al tiempo que se dedicaban a confeccionar cestos, soplillos, u otros artículos cuya materia prima era el palmito. En aquel entonces la principal industria del pueblo.



 

 



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·
León Burgos, Miguel
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Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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