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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo X

Lo primero que hizo Prubí, al entrar en la gruta, fue ir a por el botijo. Éste, chorreando humedad por sus poros, mantenía el agua fresca. Agua procedente, y recogida, de la fuente que manaba en el interior de la cueva. Elevó el botijo sobre su rala cabeza y se despachó un largo hilo de líquido sobre su reseca garganta. Con cínica sonrisa saludó a la calavera de don Sebastián, y se echó sobre el catre...

- Pronto te traeré compañía, sí. Un viejo amigo tuyo está opositando para figurar en esta sagrada gruta de mi propiedad. ¿Te acuerdas de don Mario...? ¡Claro que te acuerdas...! El maestro del pueblo... El muy idiota se ha enamorado de una jovencita, mi socia que, además de llevarlo por el camino de la amargura, también me lo traerá aquí. Mis buenos cangrejos harán lo mismo que hicieron contigo y, una vez mondado su cráneo, lo colocaré a tu lado. Así podréis continuar haciendo tertulias... - El catalán reía y siguió hablando con la calavera del desaparecido veterinario...

-Cuando lo mires, con las cuencas de tus vacíos ojos, no lo vas a conocer, ahora está muy cambiado, ¿sabes? Ya no es tan orgulloso, ni tan digno. Ahora bebe, y se ha vuelto más llorón y humilde; incluso me da lástima, ya ves, y, por lo mismo, voy a cargármelo... Tal vez un arponazo, ­como hice contigo, hará que pase a mejor vida. ¿A ti que te parece? -

Pero el cráneo no le contestó... Prubí cerró los ojos y pensó si no sería mejor dejar vivir al maestro para que sufriera, todavía, un poco más. En realidad a don Jorge Prubí i Camps no le daba lástima sino que lo odiaba más que nunca y, sobre todo, porque le constaba que había tenido ciertos contactos con Erika y a los que él no pudo acceder. Le quedaba el dulce consuelo de que, a pesar de ello, la exuberante jovencita estaba destrozando a don Mario, el maestro, física, y moralmente. Además la chica le era muy valiosa pues podía servirle, más adelante, de gancho para atraerlo a su cueva. Se levantó y se refrescó la cara en la laguna. Cuando acabó de vestirse salió al luminoso exterior. Sólo llevaba una cesta para meter los peces que colgaban de la boya. Mandaría al joven Klaus a que se los trajese...Pero al bajar la ladera vio el enternecedor cuadro que formaban Erika y el profesor. Éste parecía suplicarla y ella, medio tapada con su toalla, debía exponerle sus muy buenas razones para no mantener relaciones ilícitas con él. ¡Menuda lagarta era la joven! ¡Cómo si le importara un comino la fidelidad en su matrimonio! De vez en cuando la muchacha dejaba deslizar, con estudiado descuido, la toalla sobre sus senos para darle a conocer al herr proffessor sus muy buenos y convincentes argumentos...

-¡Tú, desde que conocer mí very delgadito, y very mala carra! ¿Tú estarrr malito por mí? ¡Tú ya no ser un pez magíster,ser un pescado! Yo querrer ser very buena con ti,-

Y añadió sonriendo:

- Nosotros ver más tarde, ahora mi marrido mirar... -Efectivamente Klaus Litmann, a lo lejos y desde el mar, miraba a la pareja. Vio, también, a Prubí que bajaba por un sendero y éste, con el brazo, le hizo una seña que ya bastaba por hoy.

- Ya, ya, ya...-

Don Mario, ahora más esperanzado, se separó algo de Erika y, ésta, al oír la voz de Klaus, y notar la presencia del catalán, se cubrió más con la toalla a fin de disimular su erótico juego...

Mas, aún tuvo tiempo de decirle al maestro:

- Tú estar aquí a las siete. Yo venir... Tú no beber... Yo ser very buena si tú estar bueno... ¿Comprender?... ¡Chisst!... venir don Gorgue... A las siete, herr proffessor, no olvidar...-


El maestro, que cogió la insana costumbre de llevar en uno de los bolsillos traseros de su pantalón una petaca grande de whisky, celebró tanto el posible encuentro con la estupenda Erika y cargó dicha petaca tantas veces que, a las siete, estaba como una sopa de tanto alcohol como había ingerido... Cuando llegó la muchacha lo encontró tumbado bajo un pino, sobre la hojarasca y, en un estado tal de embriaguez, que indignada intentó marcharse...

El taimado Prubí que, a más de ser taimado, rencoroso, y retorcido, era un rato listo, había oído las últimas palabras de Erika al maestro: 

- A las siete... - Era una cita y sospechó que sería allí, o muy cerca de allí. De todas formas se dedicó a vigilar a don Mario y al final pudo ver como la defraudada joven se alejaba del lugar... Y la llamó. 

La muchacha sorprendida se giró y agrandando los ojos, como hipnotizada, vio tras ella la grotesca figura de Don Jorge con el meyba bajado hasta las rodillas...

- Si no quieres que Klaus se entere que has acudido aquí para follar con este desgraciado que yace en el suelo, ya sabes lo que tienes que hacer...-

Y, cómo si fuera una contraseña, preguntó:

-¿Mero...?

-¡Merro...!- Exclamó la joven dispuesta a juguetear con él y, como último recurso de pasárselo bien, desplegó para ello toda su coquetería...

Prubí, violento por la excitación, e impaciente, casi le arrancó el niqui de un estirón y, frente a sus libidinosos ojos, saltaron alegres, explosivos, y turgentes, los senos de la muchacha...

Erika reía..., provocativa.

No estaba asustada, todo lo  contrario, se divertía a lo grande viendo la ansiedad de don Gorgue que semejaba un fauno enfurecido por la lujuria que le embargaba.

Mas debía ir con cuidado. En la mirada de éste había un brillo más que inquietante, vesánico; el de una persona dispuesta a todo, y ella comprendió lo peligroso que podía ser el sutil juego del darse y no darse.  Aquella estrategia del toma y daca. Así es que hizo cómo que cedía a los deseos lujuriosos de Prubí, y éste creyó que la joven acabaría por entregársele sin ofrecer la menor resistencia. Intentó, nuevamente don Gorgue, descargar toda su contenida pasión en aquella escultural criatura mas ésta, simulando ceder, consiguió ponerlo, otra vez, al paroxismo de su excitación.

Prubí, desesperado al comprender la verdadera intención de la joven que, lo único que pretendía era reírse de él, la abofeteó. Pero Erika, para más desesperación de Prubí, no paraba de reír.

La vio partir, caminando satisfecha, y con la gracia  ondulante que, al caminar, imprimía a sus caderas. Tentado estuvo de llamarla de nuevo y, aunque la odiaba como nunca, también la deseaba, pero él ya no era un joven para luchar: estaba hecho polvo...

Luego posó su vista en el maestro, aún borracho, y tumbado a su lado, encima de la pinocha..., cual un miserable pingajo. Pensó que aún había quién estaba mucho peor que él...

El destino, al igual que don Sebastián en su día, se lo brindaba en bandeja para que lo inmolara. Era, pues, cuestión de aprovechar, ahora, aquellas circunstancias aunque tuviera que trastocar todos sus anteriores planes.

Puso manos a la obra. Se acercó al ebrio maestro, tumbado sobre aquel claro, cubierto de las secas hojas de los pinos, y que había tras el varadero. Pasó una mano por debajo de la nuca de don Mario y le levantó la cabeza...

- ¡Don Mario, don Mario! ¡Soy su amigo, Prubí. Vengo a ayudarle!- Un gruñido seguido de un ronquido fueron la contestación a sus palabras. El catalán se acercó a la orilla y cogió un bote vacío de hojalata que había por allí tirado, lo llenó de agua y se la arrojó a la cara del maestro... Éste, sacudió la cabeza, y trató de abrir los ojos. Cuando lo hizo vio a Prubí junto a él.

- Soy Jorge Prubí, su amigo, y vengo de parte de Erika. Me ha dicho que teme que su marido Klaus se acerque por aquí y me ha enviado para que le avise. –

Y con voz estropajosa el maestro preguntó:

- ¿Dónde..., dónde está ella...?

- Muy cerca de aquí, por detrás de aquellas rocas. Me ha encargado que lo conduzca hasta ella...¡Dése prisa! ¡Le espera impaciente...! - apremió el muy malvado.

- He..., he bebido mucho, amigo mío..., tiene  que ayudarme. ¡Cuan..., cuánto siento hallarme en este estado! ¡Ayúdeme, por favor, lle... lléveme a su lado...!-

El estado de don Mario era altamente lastimoso y el nefasto Prubí sonreía para sus adentros...

- A eso he venido don Mario, póngase tranquilo y no se preocupe, ella le espera allí, como le he dicho antes, detrás de esas rocas... ¡Vamos, no hay tiempo que perder, póngase en pie y apóyese en mí...! Yo le conduciré hasta ella, amigo mío... -

Don Mario, haciendo un gran esfuerzo y ayudado por Prubí fue incorporándose poco a poco...El catalán, aunque cansado por su himeneo con Erika, no podía desperdiciar aquella ocasión, y le paso un brazo por el hombro para hacerle avanzar. Otra vez la orquitis iba haciendo su aparición y un profundo dolor volvía a molestarle. ¡Maldita mil veces Erika!

Paso a paso iban acercándose a la cueva. Don Jorge  miraba hacia atrás de vez en cuando... No había nadie por aquellos alrededores y, a medida que se acercaban, el cerebro del catalán trabajaba. Pensó que las circunstancias eran inmejorables para cambiar, de momento, todos sus planes, se repitió a sí mismo... Ya no necesitaría a la joven para atraer al maestro hasta su gruta...Ello evitaría el tener que matarla antes de tiempo, ya que la necesitaba para otras cosas, pues su cueva era la cueva del irás y no volverás.

Disfrutaría de sus favores, pero si la joven llegara a ver la caverna no tendría más remedio que matarla. No podía exponerse a que nadie, absolutamente nadie,  pudiera chivarse de la situación, o posición, de la misma. Era su gran secreto.

Pero a más había otra condicionante que haría del todo creíble un suicidio por parte del maestro:  A nadie se le ocultaba la gran transformación que en él se había operado. Su raro comportamiento, y el acoso constante de que hacía objeto a la joven alemana hasta el punto que parecía sufrir trastornos mentales por su causa.

La desordenada vida que llevaba. Él, que siempre había sido tan correcto, y metódico: ahora se había entregado por entero a la bebida. El abandono en el que tenía a su familia.

Estos eran, ya de por sí, motivos suficientes que se acumulaban para que el fin, o el destino de aquel hombre, fuera terminar con toda seguridad en un suicidio. A nadie extrañaría aquella fatal decisión...

Despacio Prubí, que medio sostenía al profesor, pasó de largo por la entrada de acceso a la cueva y, poco a poco, pues aquél ya estaba durmiéndose de nuevo,  fue acercándose a la cúspide del montículo llamado el Puig de'n Rebasó.

El mar, intensamente azul, se veía frente a ellos y la brisa parecía querer reanimar a don Mario, pero el catalán no permitió que lo hiciera... Un leve empujón bastó para que el profesor rodara por el cortante acantilado hasta dar con sus huesos contra las oscuras rocas de su fondo...



 

 



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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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