Lo primero que hizo Prubí, al entrar en la
gruta, fue ir a por el botijo. Éste, chorreando humedad
por sus poros, mantenía el agua fresca. Agua procedente,
y recogida, de la fuente que manaba en el interior de
la cueva. Elevó el botijo sobre su rala cabeza y se despachó
un largo hilo de líquido sobre su reseca garganta. Con
cínica sonrisa saludó a la calavera de don Sebastián,
y se echó sobre el catre...
- Pronto te traeré compañía, sí. Un viejo amigo
tuyo está opositando para figurar en esta sagrada gruta
de mi propiedad. ¿Te acuerdas de don Mario...? ¡Claro
que te acuerdas...! El maestro del pueblo... El muy idiota
se ha enamorado de una jovencita, mi socia que, además
de llevarlo por el camino de la amargura, también me lo
traerá aquí. Mis buenos cangrejos harán lo mismo que hicieron
contigo y, una vez mondado su cráneo, lo colocaré a tu
lado. Así podréis continuar haciendo tertulias... - El
catalán reía y siguió hablando con la calavera del desaparecido
veterinario...
-Cuando lo mires, con las cuencas de tus vacíos
ojos, no lo vas a conocer, ahora está muy cambiado, ¿sabes?
Ya no es tan orgulloso, ni tan digno. Ahora bebe, y se
ha vuelto más llorón y humilde; incluso me da lástima,
ya ves, y, por lo mismo, voy a cargármelo... Tal vez un
arponazo, como hice contigo, hará que pase a mejor
vida. ¿A ti que te parece? -
Pero el cráneo no le contestó... Prubí
cerró los ojos y pensó si no sería mejor dejar vivir al
maestro para que sufriera, todavía, un poco más. En realidad
a don Jorge Prubí i Camps no le daba lástima sino
que lo odiaba más que nunca y, sobre todo, porque le constaba
que había tenido ciertos contactos con Erika y a los que
él no pudo acceder. Le quedaba el dulce consuelo de que,
a pesar de ello, la exuberante jovencita estaba destrozando
a don Mario, el maestro, física, y moralmente. Además
la chica le era muy valiosa pues podía servirle, más adelante,
de gancho para atraerlo a su cueva. Se levantó y se refrescó
la cara en la laguna. Cuando acabó de vestirse salió al
luminoso exterior. Sólo llevaba una cesta para meter los
peces que colgaban de la boya. Mandaría al joven Klaus
a que se los trajese...Pero al bajar la ladera vio el
enternecedor cuadro que formaban Erika y el profesor.
Éste parecía suplicarla y ella, medio tapada con su toalla,
debía exponerle sus muy buenas razones para
no mantener relaciones ilícitas con él. ¡Menuda
lagarta era la joven! ¡Cómo si le importara un comino
la fidelidad en su matrimonio! De vez en cuando la muchacha
dejaba deslizar, con estudiado descuido, la toalla sobre
sus senos para darle a conocer al herr proffessor
sus muy buenos y convincentes argumentos...
-¡Tú, desde que conocer mí very delgadito,
y very mala carra! ¿Tú estarrr malito
por mí? ¡Tú ya no ser un pez magíster, tú
ser un pescado! Yo querrer ser very buena
con ti,-
Y añadió sonriendo:
- Nosotros ver más tarde, ahora mi marrido
mirar... -Efectivamente Klaus Litmann, a lo lejos
y desde el mar, miraba a la pareja. Vio, también, a Prubí
que bajaba por un sendero y éste, con el brazo, le hizo
una seña que ya bastaba por hoy.
- Ya, ya, ya...-
Don Mario, ahora más esperanzado, se separó
algo de Erika y, ésta, al oír la voz de Klaus, y notar
la presencia del catalán, se cubrió más con la toalla
a fin de disimular su erótico juego...
Mas, aún tuvo tiempo de decirle al maestro:
- Tú estar aquí a las siete. Yo venir...
Tú no beber... Yo ser very buena si tú estar bueno...
¿Comprender?... ¡Chisst!... venir don Gorgue... A las
siete, herr proffessor, no olvidar...-
El maestro, que cogió la insana costumbre de
llevar en uno de los bolsillos traseros de su pantalón
una petaca grande de whisky, celebró tanto el posible
encuentro con la estupenda Erika y cargó dicha petaca
tantas veces que, a las siete, estaba como una
sopa de tanto alcohol como había ingerido... Cuando llegó
la muchacha lo encontró tumbado bajo un pino, sobre la
hojarasca y, en un estado tal de embriaguez, que indignada
intentó marcharse...
El taimado Prubí que, a más de ser taimado,
rencoroso, y retorcido, era un rato listo, había oído
las últimas palabras de Erika al maestro:
- A las siete... - Era una cita y sospechó que
sería allí, o muy cerca de allí. De todas formas se dedicó
a vigilar a don Mario y al final pudo ver como la defraudada
joven se alejaba del lugar... Y la llamó.
La muchacha sorprendida se giró y agrandando
los ojos, como hipnotizada, vio tras ella la grotesca
figura de Don Jorge con el meyba bajado hasta las
rodillas...
- Si no quieres que Klaus se entere que has
acudido aquí para follar con este desgraciado que yace
en el suelo, ya sabes lo que tienes que hacer...-
Y, cómo si fuera una contraseña, preguntó:
-¿Mero...?
-¡Merro...!- Exclamó la joven dispuesta a juguetear con
él y, como último recurso de pasárselo bien, desplegó
para ello toda su coquetería...
Prubí, violento por la excitación, e impaciente,
casi le arrancó el niqui de un estirón y, frente a sus
libidinosos ojos, saltaron alegres, explosivos, y turgentes,
los senos de la muchacha...
Erika reía..., provocativa.
No estaba asustada, todo lo contrario, se divertía a lo grande viendo
la ansiedad de don Gorgue que semejaba un fauno
enfurecido por la lujuria que le embargaba.
Mas debía ir con cuidado. En la mirada de éste
había un brillo más que inquietante, vesánico; el de una
persona dispuesta a todo, y ella comprendió lo peligroso
que podía ser el sutil juego del darse y no darse.
Aquella estrategia del toma y daca. Así
es que hizo cómo que cedía a los deseos lujuriosos de
Prubí, y éste creyó que la joven acabaría por entregársele
sin ofrecer la menor resistencia. Intentó, nuevamente
don Gorgue, descargar toda su contenida
pasión en aquella escultural criatura mas ésta, simulando
ceder, consiguió ponerlo, otra vez, al paroxismo de su
excitación.
Prubí, desesperado al comprender la verdadera
intención de la joven que, lo único que pretendía era
reírse de él, la abofeteó. Pero Erika, para más desesperación
de Prubí, no paraba de reír.
La vio partir, caminando satisfecha, y con
la gracia ondulante
que, al caminar, imprimía a sus caderas. Tentado estuvo
de llamarla de nuevo y, aunque la odiaba como nunca, también
la deseaba, pero él ya no era un joven para luchar: estaba
hecho polvo...
Luego posó su vista en el maestro, aún borracho,
y tumbado a su lado, encima de la pinocha..., cual un
miserable pingajo. Pensó que aún había quién estaba mucho
peor que él...
El destino, al igual que don Sebastián en su
día, se lo brindaba en bandeja para que lo inmolara. Era,
pues, cuestión de aprovechar, ahora, aquellas circunstancias
aunque tuviera que trastocar todos sus anteriores planes.
Puso manos a la obra. Se acercó al ebrio maestro,
tumbado sobre aquel claro, cubierto de las secas hojas
de los pinos, y que había tras el varadero. Pasó una mano
por debajo de la nuca de don Mario y le levantó la cabeza...
- ¡Don Mario, don Mario! ¡Soy su amigo, Prubí.
Vengo a ayudarle!- Un gruñido seguido de un ronquido
fueron la contestación a sus palabras. El catalán se acercó
a la orilla y cogió un bote vacío de hojalata que había
por allí tirado, lo llenó de agua y se la arrojó a la
cara del maestro... Éste, sacudió la cabeza, y trató de
abrir los ojos. Cuando lo hizo vio a Prubí junto a él.
- Soy Jorge Prubí, su amigo, y vengo de parte
de Erika. Me ha dicho que teme que su marido Klaus se
acerque por aquí y me ha enviado para que le avise. –
Y con voz estropajosa el maestro preguntó:
- ¿Dónde..., dónde está ella...?
- Muy cerca de aquí, por detrás de aquellas
rocas. Me ha encargado que lo conduzca hasta ella...¡Dése
prisa! ¡Le espera impaciente...! - apremió el muy malvado.
- He..., he bebido mucho, amigo mío..., tiene
que ayudarme. ¡Cuan..., cuánto siento hallarme
en este estado! ¡Ayúdeme, por favor, lle... lléveme a
su lado...!-
El estado de don Mario era altamente lastimoso
y el nefasto Prubí sonreía para sus adentros...
- A eso he venido don Mario, póngase tranquilo
y no se preocupe, ella le espera allí, como le he dicho
antes, detrás de esas rocas... ¡Vamos, no hay tiempo que
perder, póngase en pie y apóyese en mí...! Yo le conduciré
hasta ella, amigo mío... -
Don Mario, haciendo un gran esfuerzo y ayudado
por Prubí fue incorporándose poco a poco...El catalán,
aunque cansado por su himeneo con Erika, no podía desperdiciar
aquella ocasión, y le paso un brazo por el hombro para
hacerle avanzar. Otra vez la orquitis iba haciendo su
aparición y un profundo dolor volvía a molestarle. ¡Maldita
mil veces Erika!
Paso a paso iban acercándose a la cueva. Don
Jorge miraba
hacia atrás de vez en cuando... No había nadie por aquellos
alrededores y, a medida que se acercaban, el cerebro del
catalán trabajaba. Pensó que las circunstancias eran inmejorables
para cambiar, de momento, todos sus planes, se repitió
a sí mismo... Ya no necesitaría a la joven para atraer
al maestro hasta su gruta...Ello evitaría el tener que
matarla antes de tiempo, ya que la necesitaba para otras
cosas, pues su cueva era la cueva del irás y no volverás.
Disfrutaría de sus favores, pero si
la joven llegara a ver la caverna no tendría más remedio
que matarla. No podía exponerse a que nadie, absolutamente
nadie, pudiera chivarse de la situación, o posición,
de la misma. Era su gran secreto.
Pero a más había otra condicionante que haría
del todo creíble un suicidio por parte del maestro: A nadie se le ocultaba la gran transformación
que en él se había operado. Su raro comportamiento, y
el acoso constante de que hacía objeto a la joven alemana
hasta el punto que parecía sufrir trastornos mentales
por su causa.
La desordenada vida que llevaba. Él, que siempre
había sido tan correcto, y metódico: ahora se había entregado
por entero a la bebida. El abandono en el que tenía a
su familia.
Estos eran, ya de por sí, motivos suficientes
que se acumulaban para que el fin, o el destino de aquel
hombre, fuera terminar con toda seguridad en un suicidio.
A nadie extrañaría aquella fatal decisión...
Despacio Prubí, que medio sostenía al profesor,
pasó de largo por la entrada de acceso a la cueva
y, poco a poco, pues aquél ya estaba durmiéndose de nuevo, fue acercándose a la cúspide del montículo
llamado el Puig de'n Rebasó.
El mar, intensamente azul, se veía frente a
ellos y la brisa parecía querer reanimar a don Mario,
pero el catalán no permitió que lo hiciera... Un
leve empujón bastó para que el profesor rodara por el
cortante acantilado hasta dar con sus huesos contra las
oscuras rocas de su fondo...