Ambos apenas se conocían pues su amistad databa tan
sólo de pocos días. El más alto, y esbelto, era un alemán
llamado Klaus Litmann, de unos treinta años de edad. Era un
turista más de los muchos que se hospedaban en el Camping
de Antonio Moll, alias “Miquelet”. El otro, bastante
más viejo, achaparrado, y más feo, era un español residente
en el cercano pueblo de Capdepera y a cuyo término municipal
pertenecía el complejo turístico de la citada Font de Sa
Cala...
Este último, en su tiempo de ocio, solía dedicarse
a la pesca submarina y, las más de las veces, a criticar a
sus vecinos, en el pueblo, con los que convivía y de los que
vivía, ya que tenía montado un negocio en el centro de la
Villa. También era aficionado a la espeleología coleccionando
todo aquello que pudiera tener cierto valor documental: piedras
raras, fósiles, e incluso estatuillas, o figuras de metal,
por lo general bronces de las épocas romanas, fenicias o púnicas,
que solía hallar en sus excavaciones.
Ambos hombres, y en circunstancias que se relatan
más adelante, se conocieron en C’an Cardaitx, un lugar
algo apartado del complejo turístico conocido por el Camping,
en pleno campo y con un peculiar
aspecto de rancho, en el que se servían, y se sirven,
toda clase de comidas.
Bajo un emparrado de ramas de pino y fuyaca(*1)
que cubre y forma parte del amplio comedor, con sus largas
mesas y, a través de una humeante paella, Jorge Prubí veía
frente a él a la mujer más bonita que creía haber contemplado
en su vida y no era para menos.
Bonita y hermosa. ¡Qué tipo de mujer!
Era una forma natural de pensar, así como piensa
un hombre normal, por regla general, y ante un portento de
mujer. Pensamientos de admiración, o deseo, y tan sólo disimulados
quizás, hipócritamente por falsos prejuicios, convencionalismos
sociales, o cuando las circunstancias,
así lo requieren como el temor a exteriorizar ese deseo
ante otras personas. Pero no era éste el caso del catalán
que, fuera de su entorno familiar, se sentía como verdadero
pez en el agua. Valga esta expresión por su afición a la pesca
submarina.
Allí casi todos eran extranjeros, a excepción
de los dueños del local y alguno de los camareros. Así es
que, lejos de su entorno social, en el pueblo, y lejos, también,
de su costilla y, sobre todo, carente de prejuicios morales,
podía hacer, casi, casi, lo que le daba la real gana...¡Y
qué malo había en admirar a una mujer, como aquélla, que pedía
a gritos el ser admirada! La Nuria, su ordinaria media naranja,
no podía compararse con aquella preciosa alemana a quién no
le llegaba, ni por asomo, a las suelas de las rojas sandalias
que cubrían sus pequeños, y lindos pies...
¡Odiosa comparación!
Valía la pena admirar aquel portento importado
del norte de Europa y envuelto, es un decir,
en una mínima expresión de tela, sic bañador, tan justo
que de él parecía querer escapar la totalidad de su lindo
cuerpo, comenzando por un par de redondos, explosivos, y exuberantes
pechos. Era un dos piezas cuya parte posterior se hendía,
hasta casi desaparecer, en los límites que separaban las nalgas
de un bonito trasero hasta donde casi llegaban, acariciándolo,
las áureas hebras de su larga cabellera. Don Jorge Prubí y
Camps fue dándole rienda suelta a su libidinosa imaginación
pues la muchacha tenía los atributos sobrados para enriquecerla.
Hubiera sido un motivo de inspiración para el menos inspirado
de los pintores... Era perfecta. Casi, casi como mi ordinaria,
y pintarrajeada esposa...- pensaba con ironía Prubí-,
casi... Y, ante su malévola ocurrencia, reía para sus
adentros. Se miró al joven que la acompañaba, posiblemente
su novio, o tal vez su esposo, y se dijo: ¡Cullóns!¡Los
hay con suerte...!-
Sin apartar los ojos de la hermosa joven empezó
a dar buena cuenta del arroz, algunos de cuyos amarillentos
granos al caer de la cuchara se engarzaban en los canosos
rizos de su velludo y cuadrado pecho. Por un momento creyó
haber perdido el apetito ante la visión de aquella imponente
walquiria, pero había nadado mucho y, así que hubo probado
el primer bocado, le dedicó más atención a su paella. Tenía
hambre...De momento tenía aquel suculento plato de arroz rodeado
de unas apetitosas, y rojas gambas, acompañadas de trozos
de pollo, y conejo, para hincar sus dientes. Después ya vería...
Y fue entonces cuando empezó a sopesar la tentadora
posibilidad de hincarlos en otros sitios más apetecibles y,
mientras apartaba un tropezón de pechuga de gallina, se fijaba
con sus saltones ojos, y lujuriosa pensamientos, en aquella
otra pechuga más abultada, más jugosa, posiblemente dura,
pero más viva, más incitante, y apetitosa que la que acababa
de apartar en su plato, y a la que no haría ninguna clase
de ascos... ¡Seguro!...
La joven notó la penetrante, e insistente,
atención de que era objeto y en la cara roja, e innoble de
Prubí, asomó una sonrisa, casi como de disculpa. Relamió su
grasienta boca y no por el sabor de la paella, que estaba
buena, pero seguro, pensó, que no tanto como aquella alemanita
de enormes senos y nada despreciable trasero. Al notar las
ardientes miradas de aquel espécimen, una mezcla
de sátiro y simio, con canos y rizados pelos, la hermosa
joven le devolvió la sonrisa.
Bajo la mesa en la que comía,
aquella provocativa beldad, con lujuriosos y estudiados movimientos,
abría y cerraba acompasadamente sus imponentes, y bien torneados,
muslos. Ello parecía divertirla pero, a la retorcida mente
de Jorge Prubí, cegada por una insana pasión, acudían en tropel
los más lascivos pensamientos. Excitado, por la bella alemana,
hasta el paroxismo, y como gran aficionado a la pesca submarina,
uno de sus deseos más ardientes, en aquellos momentos, era
añadir a sus muchos trofeos, o presas acuáticas, la de aquella
hermosa sirena de pícaros ojos azules. Mas, para arponearla
a placer, necesitaba, ante todo, entablar amistad con aquel
matrimonio o pareja aunque, por mucho que cavilaba,
no sabía cómo tenía que ingeniárselas para ello. Debería ser
precavido y no demostrar tan a las claras sus libidinosas
intenciones... Dedujo que para coger una buena pieza había
que dar, a veces, un buen rodeo, y él, por aquella, extraordinaria
y excepcional criatura con carita de ángel, tentadora y semidesnuda
con sus menguadas dos piezas que no podían disimular,
por mucho que su estupenda dueña tratara de
empeñarse, la plenitud de sus excitantes curvas,
daría todos los circunloquios que fueran necesarios. ¡Ya lo
creo! A pesar de su avanzada calvicie no tenía un pelo de
tonto.
Sabía que no era un Adonis, ni mucho menos;
ni el hombre idóneo para enamorar a la chica. Además estaba
convencido que la actitud de la joven no tenía otro objeto
que ponerle lo suficientemente a tono para luego reírse de
él con su marido, o recrearse por su cuenta, y a su
costa. No, el catalán no era tonto, ni mucho menos. Sabía
lo que quería.
Pero quién juega con fuego acaba por quemarse
y, aquella mariposa, exponía con demasiado descaro sus vistosas
y frágiles alas a la llama que ella misma había encendido,
y que inflamaba la incontrolable pasión de don Jorge
Prubí i Camps... Su siniestra sonrisa, hizo brillar un diente
de oro. Aquella calentona no tenía ni pajolera idea de con
quién se la estaba jugando. Don Jorge Prubí, en su
dúctil moral, dio un giro a sus pensamientos y ahora no podía
consentir que aquella mocosa, por muy exuberante que fuera,
se burlara de él insinuándosele de la forma tan impúdica en
que lo hacía, y sin apechugar con las consecuencias de
su desvergonzada, e insolente actitud. Él no era
un santo, ni mucho menos, mas le parecía toda una falta
de respeto hacia su persona el comportamiento de la procaz
joven y siguiendo con su acomodaticia y elástica ética se
agachó hasta intentar alcanzar el tenedor que poco antes había
dejado caer, a propósito, y con el fin de admirar más a
gusto, y con detalle, el tentador panorama que bajo su
mesa le ofrecía la incitante y bella criatura empeñada, a
toda costa, en encender sus más lujuriosos deseos. Y fue entonces,
cuando vio la cesta en
que solía portar la pesca lograda aquella misma mañana
antes de vendérsela al dueño de Ca'n Cardaitx, que
se le ocurrió la idea, o la manera, de iniciar sus relaciones
con la joven pareja...
Al incorporarse observó que ambos cuchicheaban
entre sí, y sospechó si hablarían de él. Seguro que ella le
estaba contando a su novio, marido, o lo que fuera, el estado
de gran excitación en que le había puesto...O tal vez era
una manía suya y hablaban de otras cosas, menos de él.
Optó, a su manera convencional, o hipócrita,
y para no espantar
aquella posible presa, ser cauto y no exponer con sus lascivas
miradas, y tan a la vista, su excitado estado. Suerte, para
él, que había poca gente en el local que pudieran fijarse
en su, más que sospechoso y descarado, comportamiento. Los
extranjeros suelen comer, salvo en raras ocasiones como la
presente, mucho más pronto que la mayoría de los españoles;
a la una de la tarde, por lo general. Pensó Prubí que debería
ser práctico: actuar e ir al grano, pero con método, si quería
lograr hacer suya a la mujer que lo estaba perturbando hasta
casi hacerle perder el buen sentido, o el control de sus actos.
Pero el tiempo apremiaba. Hizo un esfuerzo para apartar, por
unos momentos, la tentadora imagen de la procaz joven y, dejando
sus oscuros lentes de sol sobre la mesa, se dirigió hacia
el mostrador. Tan sólo llevaba una especie de meyba
de un color casi negro que le llegaba por debajo de las rodillas.
El vientre, y los michelines, le sobresalían colgando
sobre la elástica.
- ¡Hola Toni! - Saludó al dueño del local.
- ¡Hola don Jorge! - En el pueblo le daban el tratamiento de
don y, aún, muchos gabellins(*2) no se explican
la razón de tan respetuoso trato pues el origen de Prubí,
aunque catalán a todas luces, por su habla y acento, sigue
siendo oscuro para todos ellos. Nadie sabe en realidad
porqué vino a Capdepera, de dónde vino, y, dado que todo lo
de Mallorca le era criticable, el porqué se quedó a vivir
en la isla... .
- ¿Ha comido bien...? -
-Excelente, pero quiero que me hagas un favor.
¿Ves aquella parejita junto a mi mesa?- Toni asintió con un
gesto.-Quisiera obsequiarles con uno de los pescados que te
vendí esta mañana, ya sabes, el mero que pesó casi dos kilos
sería ideal...Hazlo al horno, al estilo del país. Yo estaré
allí, en la mesa que hay junto a ellos. Diles, también, -continuó
Prubí- que lo pesqué yo y que, como me han resultado muy simpáticos,
les invito esta noche a cenar en este mismo lugar...
- ¡Ve ahora mismo, antes que terminen de comer...!
- apremió. -
Era ya tarde y muchos extranjeros, la mayoría
alemanes, comenzaban a abandonar el poco antes nutrido local.
Tan sólo quedaban unos pocos comensales conversando y comentando
sobre la excelencia de la comida, del clima, y de excusiones
pasadas, o proyectadas. El sol apenas se filtraba por entre
las tupidas ramas que hacían de techo al amplio comedor y
aquellos turistas encontraban agradable alargar la sobremesa
charlando y bebiendo, una tras otra, grandes jarras de rubia
cerveza.
Toni, disimulando su opinión por aquel capricho
de don Jorge Prubí i Camps, mas sin extrañarse demasiado
por ello, y comprendiéndolo en buena parte, sobre todo después
de echar una crítica y rápida mirada a la hermosa alemanita,
se aprestó a cumplir los muy razonables deseos del catalán.
Don Jorge volvió a su mesa y, mientras se tomaba una
copa de helado de vainilla, Toni, el amo de Ca’n Cardaitx
hablaba con los jóvenes.
Estos reían alegres y giraron la vista hacia
él que les correspondió dejándoles entrever el brillo de un
falso diente de oro a través de su leporina sonrisa.
Prubí pidió café a uno de los camareros y,
sin dejar de mirar a la pareja, se dispuso a esperar el momento
de serles presentado.
-¿Do you like fish?- Momentos después preguntaba don
Jorge.
-¡Oh...,yes! - Contestó la joven pareja al unísono.
-¡I like “mabres”...!- Añadió la joven.
-¡Ah, Ud. Ya había estado antes en Mallorca...!
-¡Oh, yes...! Yo conocer Mallorca
antes que conocer a Klaus, mi marrido...
-Ya, ya, ya,...(*3) - decía éste.
-¿Y gustar mabres...?- Volvió a preguntar
Prubí.
-¡O yes, very, very, very goods...-
afirmó ella sonriendo.
-Ya, ya, ya... - Siguió diciendo su
marrido que apenas se enteraba de nada.
-Lo mío no es exactamente un mabre,- siguió
don Jorge
- es meramente un mero, algo más grande, más
sabroso y muy bueno de pasar... Disfrutará, jovencita, ya
lo verá.-
-Ya, ya, ya,... - continuó el bueno de Klaus...
Y así fue como se entabló aquella rara amistad
entre aquella pareja de jóvenes con el taimado, libidinoso,
y sórdido personaje, buceador, y coleccionista de objetos,
cosas y demás, don Jorge Prubí i Camps...
(*1) Palabra mallorquina que equivale a hojarasca
de pino, o pinocha. Nota del autor.
(*2) Gentilicio aplicado a todos los habitantes
nacidos en la Villa de Capdepera
(*3) Se escribe ja en alemán. El autor
hace onomatopeya de su sonido en español, o en mallorquín.