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Luis Loshuertos Caldentey



Capítulo I

Junto a la costa, a la izquierda de Sa Font de Sa Cala (La Fuente de la Cala), ya pasada la pequeña playa de Aladern, y en las diáfanas aguas que hay frente al varadero de´n Creus, buceaban dos hombres. 

Ambos apenas se conocían pues su amistad databa tan sólo de pocos días. El más alto, y esbelto, era un alemán llamado Klaus Litmann, de unos treinta años de edad. Era un turista más de los muchos que se hospedaban en el Camping de Antonio Moll, alias “Miquelet”. El otro, bastante más viejo, achaparrado, y más feo, era un español residente en el cercano pueblo de Capdepera y a cuyo término municipal pertenecía el complejo turístico de la citada Font de Sa Cala...

Este último, en su tiempo de ocio, solía dedicarse a la pesca submarina y, las más de las veces, a criticar a sus vecinos, en el pueblo, con los que convivía y de los que vivía, ya que tenía montado un negocio en el centro de la Villa. También era aficionado a la espeleología coleccionando todo aquello que pudiera tener cierto valor documental: piedras raras, fósiles, e incluso estatuillas, o figuras de metal, por lo general bronces de las épocas romanas, fenicias o púnicas, que solía hallar en sus excavaciones.

Ambos hombres, y en circunstancias que se relatan más adelante, se conocieron en C’an Cardaitx, un lugar algo apartado del complejo turístico conocido por el Camping, en pleno campo y con un peculiar  aspecto de rancho, en el que se servían, y se sirven, toda clase de comidas.


Bajo un emparrado de ramas de pino y fuyaca(*1) que cubre y forma parte del amplio comedor, con sus largas mesas y, a través de una humeante paella, Jorge Prubí veía frente a él a la mujer más bonita que creía haber contemplado en su vida y no era para menos.

Bonita y hermosa. ¡Qué tipo de mujer!

Era una forma natural de pensar, así como piensa un hombre normal, por regla general, y ante un portento de mujer. Pensamientos de admiración, o deseo, y tan sólo disimulados quizás, hipócritamente por falsos prejuicios, convencionalismos sociales, o cuando las circunstancias,  así lo requieren como el temor a exteriorizar ese deseo ante otras personas. Pero no era éste el caso del catalán que, fuera de su entorno familiar, se sentía como verdadero pez en el agua. Valga esta expresión por su afición a la pesca submarina.

Allí casi todos eran extranjeros, a excepción de los dueños del local y alguno de los camareros. Así es que, lejos de su entorno social, en el pueblo, y lejos, también, de su costilla y, sobre todo, carente de prejuicios morales, podía hacer, casi, casi, lo que le daba la real gana...¡Y qué malo había en admirar a una mujer, como aquélla, que pedía a gritos el ser admirada! La Nuria, su ordinaria media naranja, no podía compararse con aquella preciosa alemana a quién no le llegaba, ni por asomo, a las suelas de las rojas sandalias que cubrían sus pequeños, y lindos pies...

¡Odiosa comparación! 

Valía la pena admirar aquel portento importado del norte de Europa y envuelto, es un decir, en una mínima expresión de tela, sic bañador, tan justo que de él parecía querer escapar la totalidad de su lindo cuerpo, comenzando por un par de redondos, explosivos, y exuberantes pechos. Era un dos piezas cuya parte posterior se hendía, hasta casi desaparecer, en los límites que separaban las nalgas de un bonito trasero hasta donde casi llegaban, acariciándolo, las áureas hebras de su larga cabellera. Don Jorge Prubí y Camps fue dándole rienda suelta a su libidinosa imaginación pues la muchacha tenía los atributos sobrados para enriquecerla. Hubiera sido un motivo de inspiración para el menos inspirado de los pintores... Era perfecta. Casi, casi como mi ordinaria, y pintarrajeada esposa...- pensaba con ironía Prubí-, casi... Y, ante su malévola ocurrencia, reía para sus adentros. Se miró al joven que la acompañaba, posiblemente su novio, o tal vez su esposo, y se dijo: ¡Cullóns!¡Los hay con suerte...!-

Sin apartar los ojos de la hermosa joven empezó a dar buena cuenta del arroz, algunos de cuyos amarillentos granos al caer de la cuchara se engarzaban en los canosos rizos de su velludo y cuadrado pecho. Por un momento creyó haber perdido el apetito ante la visión de aquella imponente walquiria, pero había nadado mucho y, así que hubo probado el primer bocado, le dedicó más atención a su paella. Tenía hambre...De momento tenía aquel suculento plato de arroz rodeado de unas apetitosas, y rojas gambas, acompañadas de trozos de pollo, y conejo, para hincar sus dientes. Después ya vería...

Y fue entonces cuando empezó a sopesar la tentadora posibilidad de hincarlos en otros sitios más apetecibles y, mientras apartaba un tropezón de pechuga de gallina, se fijaba con sus saltones ojos, y lujuriosa pensamientos, en aquella otra pechuga más abul­tada, más jugosa, posiblemente dura, pero más viva, más incitante, y apetitosa que la que acababa de apar­tar en su plato, y a la que no haría ninguna clase de ascos... ¡Seguro!...

La joven notó la penetrante, e insistente, atención de que era objeto y en la cara roja, e innoble de Prubí, asomó una sonrisa, casi como de disculpa. Relamió su grasienta boca y no por el sabor de la paella, que estaba buena, pero seguro, pensó, que no tanto como aquella alemanita de enormes senos y nada despreciable trasero. Al notar las ardientes miradas de aquel espécimen, una mezcla de sátiro y simio, con canos y rizados pelos, la hermosa joven le devolvió la sonrisa.

Bajo la mesa en la que comía, aquella provocativa beldad, con lujuriosos y estudiados movimientos, abría y cerraba acompasadamente sus imponentes, y bien torneados, muslos. Ello parecía divertirla pero, a la retorcida mente de Jorge Prubí, cegada por una insana pasión, acudían en tropel los más lascivos pensamientos. Excitado, por la bella alemana, hasta el paroxismo, y como gran aficionado a la pesca submarina, uno de sus deseos más ardientes, en aquellos momentos, era añadir a sus muchos trofeos, o presas acuáticas, la de aquella hermosa sirena de pícaros ojos azules. Mas, para arponearla a placer, necesitaba, ante todo, entablar amistad con aquel matrimonio o pareja aunque, por mucho que cavilaba, no sabía cómo tenía que ingeniárselas para ello. Debería ser precavido y no demostrar tan a las claras sus libidinosas intenciones... Dedujo que para coger una buena pieza había que dar, a veces, un buen rodeo, y él, por aquella, extraordinaria y excepcional criatura con carita de ángel, tentadora y semidesnuda con sus menguadas dos piezas que no podían disimular, por mucho que su estupenda dueña tratara de  empeñarse, la plenitud de sus excitantes curvas, daría todos los circunloquios que fueran necesarios. ¡Ya lo creo! A pesar de su avanzada calvicie no tenía un pelo de tonto.

Sabía que no era un Adonis, ni mucho menos; ni el hombre idóneo para enamorar a la chica. Además estaba convencido que la actitud de la joven no tenía otro objeto que ponerle lo suficientemente a tono para luego reírse de él con su marido, o recrearse por su cuenta, y a su costa. No, el catalán no era tonto, ni mucho menos. Sabía lo que quería.

Pero quién juega con fuego acaba por quemarse y, aquella mariposa, exponía con demasiado descaro sus vistosas y frágiles alas a la llama que ella misma había encendido, y que inflamaba la incontrolable pasión de don Jorge Prubí i Camps... Su siniestra sonrisa, hizo brillar un diente de oro. Aquella calentona no tenía ni pajolera idea de con quién se la estaba jugando. Don Jorge Prubí, en su dúctil moral, dio un giro a sus pensamientos y ahora no podía consentir que aquella mocosa, por muy exuberante que fuera, se burlara de él insinuándosele de la forma tan impúdica en que lo hacía, y sin apechugar con las con­secuencias de su desvergonzada, e insolente actitud. Él no era  un santo, ni mucho menos, mas le parecía toda una falta de respeto hacia su persona el comportamiento de la procaz joven y siguiendo con su acomodaticia y elástica ética se agachó hasta intentar alcanzar el tenedor que poco antes había dejado caer, a propósito, y con el fin de admirar más a gusto, y con detalle, el tentador panorama que bajo su mesa le ofrecía la incitante y bella criatura empeñada, a toda costa, en encender sus más lujuriosos deseos. Y fue entonces, cuando vio la cesta en  que solía portar la pesca lograda aquella misma mañana antes de vendérsela al dueño de Ca'n Cardaitx, que se le ocurrió la idea, o la manera, de iniciar sus relaciones con la joven pareja...

Al incorporarse observó que ambos cuchicheaban entre sí, y sospechó si hablarían de él. Seguro que ella le estaba contando a su novio, marido, o lo que fuera, el estado de gran excitación en que le había puesto...O tal vez era una manía suya y hablaban de otras cosas, menos de él.

Optó, a su manera convencional, o hipócrita, y  para no espantar aquella posible presa, ser cauto y no exponer con sus lascivas miradas, y tan a la vista, su excitado estado. Suerte, para él, que había poca gente en el local que pudieran fijarse en su, más que sospechoso y descarado, comportamiento. Los extranjeros suelen comer, salvo en raras ocasiones como la presente, mucho más pronto que la mayoría de los españoles; a la una de la tarde, por lo general. Pensó Prubí que debería ser práctico: actuar e ir al grano, pero con método, si quería lograr hacer suya a la mujer que lo estaba perturbando hasta casi hacerle perder el buen sentido, o el control de sus actos. Pero el tiempo apremiaba. Hizo un esfuerzo para apartar, por unos momentos, la tentadora imagen de la procaz joven y, dejando sus oscuros lentes de sol sobre la mesa, se dirigió hacia el mostrador. Tan sólo llevaba ­una especie de meyba de un color casi negro que le llegaba por debajo de las rodillas. El vientre, y los michelines, le sobresalían colgando sobre la elástica.

- ¡Hola Toni! - Saludó al dueño del local.

- ¡Hola don Jorge! -  En el pueblo le daban el tratamiento de don y, aún, muchos gabellins(*2) no se explican la razón de tan respetuoso trato pues el origen de Prubí, aunque catalán a todas luces, por su habla y acento, sigue sien­do oscuro para todos ellos. Nadie sabe en realidad porqué vino a Capdepera, de dónde vino, y, dado que todo lo de Mallorca le era criticable, el porqué se quedó a vivir en la isla... .

- ¿Ha comido bien...? -

-Excelente, pero quiero que me hagas un favor. ¿Ves aquella parejita junto a mi mesa?- Toni asintió con un gesto.-Quisiera obsequiarles con uno de los pescados que te vendí esta mañana, ya sabes, el mero que pesó casi dos kilos sería ideal...Hazlo al horno, al estilo del país. Yo estaré allí, en la mesa que hay junto a ellos. Diles, también, -continuó Prubí- que lo pesqué yo y que, como me han resultado muy simpáticos, les invito esta noche a cenar en este mismo lugar...

- ¡Ve ahora mismo, antes que terminen de comer...! - apremió. -

Era ya tarde y muchos extranjeros, la mayoría alemanes, comenzaban a abandonar el poco antes nutrido local. Tan sólo quedaban unos pocos comensales conversando y comentando sobre la excelencia de la comida, del clima, y de excusiones pasadas, o proyectadas. El sol apenas se filtraba por entre las tupidas ramas que hacían de techo al amplio comedor y aquellos turistas encontraban agradable alargar la sobremesa charlando y bebiendo, una tras otra, grandes jarras de rubia cerveza.

Toni, disimulando su opinión por aquel capricho de don Jorge Prubí i Camps, mas sin extrañarse demasiado por ello, y comprendiéndolo en buena parte, sobre todo después de echar una crítica y rápida mirada a la hermosa alemanita, se aprestó a cumplir los muy razonables deseos del catalán. Don Jorge volvió a su mesa y, mientras se tomaba una copa de helado de vainilla, Toni, el amo de Ca’n Cardaitx hablaba con los jóvenes.

Estos reían alegres y giraron la vista hacia él que les correspondió dejándoles entrever el brillo de un falso diente de oro a través de su leporina sonrisa.

Prubí pidió café a uno de los camareros y, sin dejar de mirar a la pareja, se dispuso a esperar el momento de serles presentado.

-¿Do you like fish?- Momentos después preguntaba don Jorge.

-¡Oh...,yes! - Contestó la joven pareja al unísono.

-¡I like “mabres”...!- Añadió la joven.

-¡Ah, Ud. Ya había estado antes en Mallorca...!

-¡Oh, yes...! Yo conocer Mallorca antes que conocer a Klaus, mi marrido...

-Ya, ya, ya,...(*3) - decía éste.

-¿Y gustar mabres...?- Volvió a preguntar Prubí.

-¡O yes, very, very, very goods...- afirmó ella sonriendo.

-Ya, ya, ya... - Siguió diciendo su marrido que apenas se enteraba de nada.

-Lo mío no es exactamente un mabre,- siguió don  Jorge - es meramente un mero, algo más grande, más sabroso y muy bueno de pasar... Disfrutará, jovencita, ya lo verá.-

-Ya, ya, ya,... - continuó el bueno de Klaus...

Y así fue como se entabló aquella rara amistad entre aquella pareja de jóvenes con el taimado, libidinoso, y sórdido personaje, buceador, y coleccionista de objetos, cosas y demás, don Jorge Prubí i Camps...


(*1) Palabra mallorquina que equivale a hojarasca de pino, o pinocha. Nota del autor.

(*2) Gentilicio aplicado a todos los habitantes nacidos en la Villa de Capdepera

(*3) Se escribe ja en alemán. El autor hace onomatopeya de su sonido en español, o en mallorquín.



 

 



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