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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo IX

            El edificio de la Terminal era pequeño, más bien parecía una estación de tren de un pueblo que un Aeropuerto, un pequeño bar, dos filas de asientos y una taquilla no había más, la taquilla estaba cerrada, afuera continuaba lloviendo.

- Bueno Pedro, fue un placer conocerle, ¿qué va ha hacer ahora?.

- Pues no lo sé, esto esta muy cerrado y hasta mañana no podré continuar, buscaré algún sitio para dormir.

- Yo voy a coger un Taxi, venga conmigo si quiere, en la ciudad hay un hotel y podrá dormir.

            Necesitaba dormir tumbado, aunque fuera en el suelo, los cinco días en Caracas habían dejado mi cuerpo maltrecho; acepté su invitación.

           

            "Ciudad" era un título demasiado amplio para describir Puerto Ayacucho, mi concepto de ciudad no cuadraba con lo que estaba viendo, más bien era un pueblo grande, con casas bajas, algunas de dos alturas, la iluminación era escasa y las calles estaban desiertas, sólo el agua corría por ellas.

- Bien Pedro, éste es el hotel, piense lo que le he dicho y... de verdad que tenga  la mejor suerte.

            Nos dimos la mano.

- Muchas gracias, gracias por todo.

           

            La habitación del hotel era sencilla y limpia, la cama una bendición, no pensé en lo que me había dicho, no pensé en nada, sólo caí en la cama y me dormí, mientras, afuera llovía.

            Cuando desperté ya eran las diez y media de la mañana, tras los cristales de la ventana la lluvia continuaba, quizás Luis Alfredo tuviera razón, había elegido la peor época para mi viaje, las lluvias continuarían dos meses más por lo menos, en estos momentos muchos ríos estaban desbordados y la selva era un autentico cenagal. ¿Qué podía hacer?, No tenía marcha atrás, ya había recorrido la mitad del camino y no podía abandonar, sólo quedaba esperar, pero esperar ¿dónde?, el hotel costaba seis dólares diarios, no era mucho, pero debía reservar el dinero para el resto del viaje, estaba hecho un lío.

            Después de tomar una ducha reparadora bajé a desayunar, la pequeña cafetería estaba vacía, tenía la impresión de ser el único cliente del hotel, pedí un café y una tostada y me senté al lado de un ventanal que daba a un pequeño jardín, debía de ser bonito cuando luciera el Sol.

            Mientras tomaba el café, pensaba en lo que me había dicho Luis Alfredo, si quería ir a la selva, a la selva virgen, no hacía falta que me fuera tan lejos, mi idea era continuar hasta San Carlos de Río Negro al sur del país y de allí saltar a la cuenca del Amazonas, pero según Luis Alfredo, la selva la tenía allí al lado, igual de inexplorada que en el Amazonas, todo el macizo de la Guayana estaba a mi disposición, a sólo cuatrocientos kilómetros de donde estaba, eché de menos no tener un mapa, otra cosa mas que no había tenido en cuenta.

            Bien, había que empezar por algún lado, así que dediqué la mañana a realizar algunas compras, un impermeable, un mapa, un encendedor, una navaja multihusos, algo de comida..., y también a indagar dónde podría alquilar una avioneta, que me llevara al sitio elegido cuando aclarara el tiempo.

            Las compras fueron bien, pero el asunto de la avioneta se presentaba dificultoso, en el Aeropuerto sólo operaban vuelos comerciales y militares, únicamente en verano, es decir en Diciembre, una compañía de aerotaxis abría una pequeña delegación para vuelos turísticos.

            Descorazonado volví al hotel, me esperaban dos meses de inactividad, en la habitación desplegué el mapa y me dediqué a estudiarlo, era mucho más detallado que el Atlas de mi hermano; Luis Alfredo tenía razón, en el Macizo de la Guayana se veía una basta extensión en la que no había ni un sólo nombre de ciudad o pueblo, sólo los ríos Caura y Paragua la atravesaban, allí estaba el sitio, el Paraíso.

            Unos golpes sonaron en la puerta, la abrí y un muchacho me entrego una nota: "Amigo Pedro, pasé esta mañana pero no se encontraba, me gustaría hablar con Vd., a las 2h. p.m. pasaré a comer al restaurante del hotel.  Luis Alfredo". Ya era la una y media, pensé en por qué el portero de recepción no me dio la nota cuando entré en el hotel, quizás se le pasó, recogí el mapa, y después de asearme un poco bajé al restaurante. Sólo una pareja comía en una mesa, no se veía a nadie más, me dirigí a la barra y pedí una cerveza, seguía pensando en el destino final, en realidad que más da que se llame Amazonas o Guayana, lo importante era la soledad y el entorno natural, en cualquiera de los dos sitios, tenía garantizado el resultado; ahora lo apremiante era el transporte, el transporte y el tiempo, mientras lloviera de esta forma  no podía ir a ninguna parte.

- ¡Hola Pedro!, ¿Qué pasó?.

- ¿Eh?, Hola, Luis Alfredo.

- ¿Sigue dándole vueltas a esa cabeza?, Se le nota en la mirada que en cuanto se descuida despega, ¿verdad hermano?, Ya subió a la nube, ¿no es así?.

- Bueno, no tanto, estoy pensando, tengo que concretar muchas cosas, pero vamos, no estoy en ninguna nube.

- Acompáñeme, vamos a sentarnos.

            Me cogió del brazo y nos dirigimos a una mesa; Luis Alfredo vestía elegantemente igual que cuando le conocí, según me había contado tenía una pequeña empresa relacionada con el Caucho; un camarero con aspecto cansado colocó los cubiertos, y nos dejó la carta, me limité a pedir lo mismo que él, sin saber muy bien qué era lo que estaba pidiendo.

- De beber ¿qué desean los señores?.

- Vino tinto.

- Una Coca-Cola.

            El camarero se retiró arrastrando los pies, mientras un grupo de cuatro personas ocupaba otra mesa, parecía que el salón iba cobrando vida.

- Bien amigo Pedro, veo que sigue con sus ideas y sus planes.

- Claro, para eso he venido, lo único es que estoy encontrando más dificultades de las que esperaba; no esperaba este tiempo, y el asunto del transporte está un poco complicado.   

- Quizás debiera reposar un poco, aproveche los días de lluvia y sopese seriamente su decisión, creo que no ha medido las consecuencias de lo que piensa hacer, ¿sabe?, He pensado en usted estas horas, no sé por qué me ha caído bien.

- Gracias, le agradezco su interés, pero mi decisión está tomada, tal vez tenga dudas sobre cómo hacerlo, pero ninguna sobre lo que quiero hacer.

            El camarero interrumpió la conversación y empezó a servirnos algo que parecía un pollo asado y una ensalada

- Mire Pedro, usted es joven y..., perdone la expresión, tiene muchos pájaros en la cabeza; la vida en la selva es dura, muy dura, no se deje llevar por las imágenes de las agencias de viajes, una cosa es una visita guiada y dormir por la noche en el hotel, y otra muy distinta la vida en plena jungla.

- Pues ahí tiene usted a los indios, llevan viviendo así millones de años y no se quejan.

            La carcajada de Luis Alfredo hizo volver la vista al resto de los comensales, me sentí apurado.

- ¡No se ría!, No he dicho ninguna tontería, están ahí, ¿no es así?.

- Perdone, perdone Pedro, no quería ofenderle, sí, están ahí, pero..., ¿cómo están?, ¿Usted los ha visto alguna vez?.

- Bueno, he visto fotos, reportajes...

            El pollo, o lo que fuera aquello, estaba bueno, yo comía mientras escuchaba a Luis Alfredo.

- No me sea cándido Pedro, eso no tiene nada que ver con la realidad, esos enanos harapientos malviven como pueden, de mala manera, si pudieran vivir en una casa de ladrillos lo harían, y no perderían el tiempo en esos chozos rodeados de humedad, usted los ha visto en reportajes como yo he visto a John Waine en las películas, todo muy bonito y con final feliz, pero en la realidad pasan hambre casi constantemente y se pierden por una botella de Ron, hágame caso, la vida no es una película.

- Ya sé que no es una película; lo que usted me describe es verdad, sí, no soy tan tonto, pero sólo donde esos "enanos" como usted dice, han tenido contacto con nosotros los "civilizados", afortunadamente aún quedan "enanos" que no nos conocen y selva que no hemos pisado, y allí las cosas no son así, no pueden ser así.

- Veo que esta cegado, completamente cegado.

            Luis Alfredo me miraba con cara de resignación.

- Llámelo como quiera, sé que es así, algo en mi interior me dice que sí, sólo hay que buscarlo y lo voy a buscar.

- Bueeno Pedro, no se me sofoque, sólo trato de ayudarlo; podría plantearse una opción intermedia, mire, en cien kilómetros a la redonda hay tres o cuatro misiones, católicas y no católicas, a su gusto; podría empezar tomando contacto con ellos, están en plena selva se lo aseguro, pero tienen un mínimo de servicios para poder subsistir, le serviría de aprendizaje y tendría un primer contacto con los indios, además su trabajo sería bien recibido.

- No, no y no, no me entiende usted ni nadie, no quiero misiones ni misioneros ni siquiera indios, quiero soledad, nadie, la naturaleza y yo, nada más, ¡es muy simple!.

- Veo que es inútil, en fin no quiero acabar esto en una discusión, he tratado de ser sincero y ayudarle, sólo espero que no sea demasiado tarde cuando se dé cuenta de la realidad. ¿Qué piensa hacer ahora?.

- No se enfade, le agradezco su ayuda, pero he atravesado medio mundo tras una idea, y no pienso abandonarla a la primera de cambio.

- No me enfado, tiene razón no le entiendo, no le entiendo nada, pero... en fin, dejémoslo así, sólo me gustaría saber cuál va ha ser su siguiente paso.

- Quiero buscar transporte, una avioneta que me introduzca en la selva hasta el sitio donde quiero ir; ya sé que con este tiempo es una locura y todo eso, pero quiero tenerlo arreglado para que pueda partir en cuanto aclare.

- Va a ser difícil que encuentre algo aquí, hasta el verano no empieza el movimiento. En fin, no sé por qué lo hago, pero me veo en la necesidad de ayudarle, por lo menos que no termine quitándole la plata algún cuaque de los muchos que abundan por aquí; mire Pedro, un viejo conocido mío tiene un avión, quizás él podría ayudarle, se dedica a..., bueno, digamos que a la importación, vive en Morganito, una pequeña aldea como a 50 Km de Samariapo, si le dice que va de mi parte seguro que le atenderá, se hace llamar Tex, es yanqui ¿sabe?, Pero a pesar de todo buena persona.

- ¡Gracias!, Eso es lo que quería escuchar, ¿cómo se va a ese pueblo?

            Luis Alfredo me miraba con una cara mezcla de resignación e incredulidad.

-Bueeno, tendrá que ir en el Bus hasta Samariapo, y de allí buscarse la vida hasta Morganito, una vez allí pregunte por Tex.

- No sé cómo agradecérselo, ¿quiere café?, ¿Una copa?, Pida, pago yo.

- ¡No me sea...!, Bueno déjelo tomare café, pero pago yo, guárdese su plata para el viaje, le hará falta.

            Acabada la comida, caminamos hacia el hall, nos despedimos, y Luis Alfredo muy serio me dio un abrazo, no entendía el por qué de su preocupación.

            Subí a la habitación y desplegué el mapa, Samariapo estaba a unos 150 Km hacia el sur, la aldea donde vivía el del avión no figuraba en el mapa, debía de ser muy pequeña.

            Todo estaba muy claro, preguntar en recepción por dónde salían los autobuses, mañana ir a Samariapo, una vez allí buscar transporte  a Morganito, localizar a Tex, contratar el viaje y por ultimo instalarme por allí cerca a la espera de que aclarara el tiempo, ¡perfecto!



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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