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Capítulo
IX
El edificio de la Terminal era pequeño, más bien
parecía una estación de tren de un pueblo que un Aeropuerto,
un pequeño bar, dos filas de asientos y una taquilla no había
más, la taquilla estaba cerrada, afuera continuaba lloviendo.
- Bueno Pedro, fue un placer conocerle, ¿qué va ha hacer
ahora?.
- Pues no lo sé, esto esta muy cerrado y hasta mañana no
podré continuar, buscaré algún sitio para dormir.
- Yo voy a coger un Taxi, venga conmigo si quiere, en la
ciudad hay un hotel y podrá dormir.
Necesitaba dormir tumbado, aunque fuera en el
suelo, los cinco días en Caracas habían dejado mi cuerpo maltrecho;
acepté su invitación.
"Ciudad" era un título demasiado amplio
para describir Puerto Ayacucho, mi concepto de ciudad no cuadraba
con lo que estaba viendo, más bien era un pueblo grande, con
casas bajas, algunas de dos alturas, la iluminación era escasa
y las calles estaban desiertas, sólo el agua corría por ellas.
- Bien Pedro, éste es el hotel, piense lo que le he dicho
y... de verdad que tenga la mejor suerte.
Nos dimos la mano.
- Muchas gracias, gracias por todo.
La habitación del hotel era sencilla y limpia,
la cama una bendición, no pensé en lo que me había dicho,
no pensé en nada, sólo caí en la cama y me dormí, mientras,
afuera llovía.
Cuando desperté ya eran las diez y media de la
mañana, tras los cristales de la ventana la lluvia continuaba,
quizás Luis Alfredo tuviera razón, había elegido la peor época
para mi viaje, las lluvias continuarían dos meses más por
lo menos, en estos momentos muchos ríos estaban desbordados
y la selva era un autentico cenagal. ¿Qué podía hacer?, No
tenía marcha atrás, ya había recorrido la mitad del camino
y no podía abandonar, sólo quedaba esperar, pero esperar ¿dónde?,
el hotel costaba seis dólares diarios, no era mucho, pero
debía reservar el dinero para el resto del viaje, estaba hecho
un lío.
Después de tomar una ducha reparadora bajé a
desayunar, la pequeña cafetería estaba vacía, tenía la impresión
de ser el único cliente del hotel, pedí un café y una tostada
y me senté al lado de un ventanal que daba a un pequeño jardín,
debía de ser bonito cuando luciera el Sol.
Mientras tomaba el café, pensaba en lo que me
había dicho Luis Alfredo, si quería ir a la selva, a la selva
virgen, no hacía falta que me fuera tan lejos, mi idea era
continuar hasta San Carlos de Río Negro al sur del país y
de allí saltar a la cuenca del Amazonas, pero según Luis Alfredo,
la selva la tenía allí al lado, igual de inexplorada que en
el Amazonas, todo el macizo de la Guayana estaba a mi disposición,
a sólo cuatrocientos kilómetros de donde estaba, eché de menos
no tener un mapa, otra cosa mas que no había tenido en cuenta.
Bien, había que empezar por algún lado, así que
dediqué la mañana a realizar algunas compras, un impermeable,
un mapa, un encendedor, una navaja multihusos, algo de comida...,
y también a indagar dónde podría alquilar una avioneta, que
me llevara al sitio elegido cuando aclarara el tiempo.
Las compras fueron bien, pero el asunto de la
avioneta se presentaba dificultoso, en el Aeropuerto sólo
operaban vuelos comerciales y militares, únicamente en verano,
es decir en Diciembre, una compañía de aerotaxis abría una
pequeña delegación para vuelos turísticos.
Descorazonado volví al hotel, me esperaban dos
meses de inactividad, en la habitación desplegué el mapa y
me dediqué a estudiarlo, era mucho más detallado que el Atlas
de mi hermano; Luis Alfredo tenía razón, en el Macizo de la
Guayana se veía una basta extensión en la que no había ni
un sólo nombre de ciudad o pueblo, sólo los ríos Caura y Paragua
la atravesaban, allí estaba el sitio, el Paraíso.
Unos golpes sonaron en la puerta, la abrí y un
muchacho me entrego una nota: "Amigo Pedro, pasé esta
mañana pero no se encontraba, me gustaría hablar con Vd.,
a las 2h. p.m. pasaré a comer al restaurante del hotel. Luis
Alfredo". Ya era la una y media, pensé en por qué el
portero de recepción no me dio la nota cuando entré en el
hotel, quizás se le pasó, recogí el mapa, y después de asearme
un poco bajé al restaurante. Sólo una pareja comía en una
mesa, no se veía a nadie más, me dirigí a la barra y pedí
una cerveza, seguía pensando en el destino final, en realidad
que más da que se llame Amazonas o Guayana, lo importante
era la soledad y el entorno natural, en cualquiera de los
dos sitios, tenía garantizado el resultado; ahora lo apremiante
era el transporte, el transporte y el tiempo, mientras lloviera
de esta forma no podía ir a ninguna parte.
- ¡Hola Pedro!, ¿Qué pasó?.
- ¿Eh?, Hola, Luis Alfredo.
- ¿Sigue dándole vueltas a esa cabeza?, Se le nota en la
mirada que en cuanto se descuida despega, ¿verdad hermano?,
Ya subió a la nube, ¿no es así?.
- Bueno, no tanto, estoy pensando, tengo que concretar muchas
cosas, pero vamos, no estoy en ninguna nube.
- Acompáñeme, vamos a sentarnos.
Me cogió del brazo y nos dirigimos a una mesa;
Luis Alfredo vestía elegantemente igual que cuando le conocí,
según me había contado tenía una pequeña empresa relacionada
con el Caucho; un camarero con aspecto cansado colocó los
cubiertos, y nos dejó la carta, me limité a pedir lo mismo
que él, sin saber muy bien qué era lo que estaba pidiendo.
- De beber ¿qué desean los señores?.
- Vino tinto.
- Una Coca-Cola.
El camarero se retiró arrastrando los pies, mientras
un grupo de cuatro personas ocupaba otra mesa, parecía que
el salón iba cobrando vida.
- Bien amigo Pedro, veo que sigue con sus ideas y sus planes.
- Claro, para eso he venido, lo único es que estoy encontrando
más dificultades de las que esperaba; no esperaba este tiempo,
y el asunto del transporte está un poco complicado.
- Quizás debiera reposar un poco, aproveche los días de lluvia
y sopese seriamente su decisión, creo que no ha medido las
consecuencias de lo que piensa hacer, ¿sabe?, He pensado en
usted estas horas, no sé por qué me ha caído bien.
- Gracias, le agradezco su interés, pero mi decisión está
tomada, tal vez tenga dudas sobre cómo hacerlo, pero ninguna
sobre lo que quiero hacer.
El camarero interrumpió la conversación y empezó
a servirnos algo que parecía un pollo asado y una ensalada
- Mire Pedro, usted es joven y..., perdone la expresión,
tiene muchos pájaros en la cabeza; la vida en la selva es
dura, muy dura, no se deje llevar por las imágenes de las
agencias de viajes, una cosa es una visita guiada y dormir
por la noche en el hotel, y otra muy distinta la vida en plena
jungla.
- Pues ahí tiene usted a los indios, llevan viviendo así
millones de años y no se quejan.
La carcajada de Luis Alfredo hizo volver la vista
al resto de los comensales, me sentí apurado.
- ¡No se ría!, No he dicho ninguna tontería, están ahí, ¿no
es así?.
- Perdone, perdone Pedro, no quería ofenderle, sí, están
ahí, pero..., ¿cómo están?, ¿Usted los ha visto alguna vez?.
- Bueno, he visto fotos, reportajes...
El pollo, o lo que fuera aquello, estaba bueno,
yo comía mientras escuchaba a Luis Alfredo.
- No me sea cándido Pedro, eso no tiene nada que ver con
la realidad, esos enanos harapientos malviven como pueden,
de mala manera, si pudieran vivir en una casa de ladrillos
lo harían, y no perderían el tiempo en esos chozos rodeados
de humedad, usted los ha visto en reportajes como yo he visto
a John Waine en las películas, todo muy bonito y con final
feliz, pero en la realidad pasan hambre casi constantemente
y se pierden por una botella de Ron, hágame caso, la vida
no es una película.
- Ya sé que no es una película; lo que usted me describe
es verdad, sí, no soy tan tonto, pero sólo donde esos "enanos"
como usted dice, han tenido contacto con nosotros los "civilizados",
afortunadamente aún quedan "enanos" que no nos conocen
y selva que no hemos pisado, y allí las cosas no son así,
no pueden ser así.
- Veo que esta cegado, completamente cegado.
Luis Alfredo me miraba con cara de resignación.
- Llámelo como quiera, sé que es así, algo en mi interior
me dice que sí, sólo hay que buscarlo y lo voy a buscar.
- Bueeno Pedro, no se me sofoque, sólo trato de ayudarlo;
podría plantearse una opción intermedia, mire, en cien kilómetros
a la redonda hay tres o cuatro misiones, católicas y no católicas,
a su gusto; podría empezar tomando contacto con ellos, están
en plena selva se lo aseguro, pero tienen un mínimo de servicios
para poder subsistir, le serviría de aprendizaje y tendría
un primer contacto con los indios, además su trabajo sería
bien recibido.
- No, no y no, no me entiende usted ni nadie, no quiero misiones
ni misioneros ni siquiera indios, quiero soledad, nadie, la
naturaleza y yo, nada más, ¡es muy simple!.
- Veo que es inútil, en fin no quiero acabar esto en una
discusión, he tratado de ser sincero y ayudarle, sólo espero
que no sea demasiado tarde cuando se dé cuenta de la realidad.
¿Qué piensa hacer ahora?.
- No se enfade, le agradezco su ayuda, pero he atravesado
medio mundo tras una idea, y no pienso abandonarla a la primera
de cambio.
- No me enfado, tiene razón no le entiendo, no le entiendo
nada, pero... en fin, dejémoslo así, sólo me gustaría saber
cuál va ha ser su siguiente paso.
- Quiero buscar transporte, una avioneta que me introduzca
en la selva hasta el sitio donde quiero ir; ya sé que con
este tiempo es una locura y todo eso, pero quiero tenerlo
arreglado para que pueda partir en cuanto aclare.
- Va a ser difícil que encuentre algo aquí, hasta el verano
no empieza el movimiento. En fin, no sé por qué lo hago, pero
me veo en la necesidad de ayudarle, por lo menos que no termine
quitándole la plata algún cuaque de los muchos que abundan
por aquí; mire Pedro, un viejo conocido mío tiene un avión,
quizás él podría ayudarle, se dedica a..., bueno, digamos
que a la importación, vive en Morganito, una pequeña aldea
como a 50 Km de Samariapo, si le dice que va de mi parte seguro
que le atenderá, se hace llamar Tex, es yanqui ¿sabe?, Pero
a pesar de todo buena persona.
- ¡Gracias!, Eso es lo que quería escuchar, ¿cómo se va a
ese pueblo?
Luis Alfredo me miraba con una cara mezcla de
resignación e incredulidad.
-Bueeno, tendrá que ir en el Bus hasta Samariapo, y de allí
buscarse la vida hasta Morganito, una vez allí pregunte por
Tex.
- No sé cómo agradecérselo, ¿quiere café?, ¿Una copa?, Pida,
pago yo.
- ¡No me sea...!, Bueno déjelo tomare café, pero pago yo,
guárdese su plata para el viaje, le hará falta.
Acabada la comida, caminamos hacia el hall, nos
despedimos, y Luis Alfredo muy serio me dio un abrazo, no
entendía el por qué de su preocupación.
Subí a la habitación y desplegué el mapa, Samariapo
estaba a unos 150 Km hacia el sur, la aldea donde vivía el
del avión no figuraba en el mapa, debía de ser muy pequeña.
Todo estaba muy claro, preguntar en recepción
por dónde salían los autobuses, mañana ir a Samariapo, una
vez allí buscar transporte a Morganito, localizar a Tex,
contratar el viaje y por ultimo instalarme por allí cerca
a la espera de que aclarara el tiempo, ¡perfecto!
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