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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo VIII

            Por fin estaba en vuelo, me parecía increíble pero estaba sentado en el avión, volando sobre la Casa de Campo, Madrid se extendía inmenso, en ese conglomerado de casas quedaba mi familia..., mis amigos..., adiós a todos.

            Pasados unos minutos el vuelo comenzó a hacerse monótono, estaba agotado, las azafatas sirvieron una ligera cena, y después de comerla quedé profundamente dormido.

- Señor, señor, despierte.

            Una mano tocaba en mi hombro, abrí los ojos desorientado.

- Ah, sí, perdone.

- Hemos llegado señor.

            Mire el reloj, las cuatro, los últimos pasajeros salían por la puerta delantera, donde una azafata los despedía, en el pasillo, unos se iban poniendo los impermeables y otros preparaban los paraguas, avancé por el pasillo, un reloj en la pared de acceso a cabina marcaba las doce.

- Adiós señor, feliz estancia.

            Era el último pasajero en salir, desde la puerta del avión un espectáculo insólito se ofreció a mi vista, al pie de la escalerilla un autobús recogía a los pasajeros, poderosos focos alumbraban la pista y la terminal de viajeros y una intensa lluvia caía de forma torrencial.

-¿Esto es Caracas...?.

            La azafata me miró con cara de incredulidad.

- Sí Señor, esto es Caracas.

- ¿Hay tormenta?.

- No, sólo esta lloviendo, aquí es Invierno, bueno no exactamente, es la estación de las lluvias.

            Un viento fresco cargado de agua me mojó la cara y la camisa, el claxon del autobús sonó y bajé corriendo la escalerilla mientras me empapaba de agua.

            Una vez dentro de la terminal, pasamos a la aduana, un funcionario con cara de sueño miraba algunos equipajes.

- ¿La valija?.

- (...) - le miré con cara sorprendida.

- La valija, el equipaje, ¿no me oyó?.

- Ah, sí, perdone.

            Le entregue mi flamante bolso.

- ¿No trajo más?.

- No, eso es todo.

            El funcionario me miró de arriba a abajo con cara escéptica, aún tenía la camisa empapada y el pelo mojado.

- ¿Hippie?.

- No..., yo..., esto....

- ¡Bueeno!, Dígame, ¿Qué lo trajo por acá?

- Pues..., turismo, he venido ha hacer turismo.

- ¡Mmmm!, No parece que venga muy preparado.

            Abrió el bolso y saco el libro envuelto.

-¿Y esto qué es?.

- Un libro, para un regalo.

            A continuación sacó la estampa del Sagrado Corazón.

- ¿Y este santerío?, ¿Qué pasó?.

- ...

            No sabía qué responder, no me esperaba este recibimiento, me quité la gafas e intente limpiarlas con la camisa mojada.

- ¡Bueeno chico!, No sé qué carájo te trajo acá, pero no tengo ganas de liarme de papeleo, pasa a aquella ventanilla y enseña la "visa", ¡ah!  Y no te metas en problemas.

            Metió el libro y la estampa en el bolso y me lo dio, pasé el pasaporte por el control y ¡Por fin estaba en Venezuela!; No sé si había sido la intercesión del Sagrado Corazón o el sueño del funcionario, pero al final lo había conseguido.

            ¿Y ahora que?. Mi siguiente etapa era Puerto Ayacucho, la Capital del estado de Amazonas, debería sacar otro billete, miré a mi alrededor, la terminal estaba semivacía, los mostradores de compañías cerrados, quince o veinte personas dormitaban en las sillas de la sala de espera, sólo quedaba esperar, y esperé.

            Cuando desperté, el aeropuerto iba volviendo a la vida, los limpiadores terminaban los últimos rincones, la tienda de prensa estaba abierta y por los ventanales entraba la luz del amanecer, que descubría un día gris y lluvioso, miré el reloj, las diez de la mañana, ¿Cómo he dormido tanto?, Miré el panel de Salidas y Llegadas, un reloj marcaba las seis, cambié mi reloj de hora para no volver a confundirme y me dirigí al mostrador de VIASA donde una señorita ordenaba unos papeles mientras se sentaba en una silla.

- Buenos días, quisiera ir a Puerto Ayacucho.

- Buenos días señor, quisiera poder ayudarle, pero el vuelo a Puerto Ayacucho es un vuelo incierto.

- ¿No existe...?.

- ¡Oh!, No me entendió señor, es incierto, dudoso, que no se sabe si saldrá o no, en esta época de lluvias, hasta el último minuto no sabemos si el Aeropuerto Cacique Aramare tendrá la pista practicable. Si quiere le vendo el boleto, pero no le garantizo que el vuelo vaya a salir.

            Pedí el billete, no me apetecía que me sucediera lo mismo que en Barajas, la hora de salida del vuelo eran las diez y cuarto de la mañana.

- Tenga señor, son Doce mil quinientos doce Bolívares.

- ¿Doce mil quinientos qué...?

- Doce mil quinientos doce Bolívares.

            No había cambiado el dinero, me di cuenta que había dejado muchas cosas en el aire y que debía organizarme mejor.

- Perdone, pero no he cambiado el dinero, si me dice donde puedo cambiarlo a Bolívares.

- ¿Qué trajo?, ¿Dólares?, ¿Francos?, ¿Marcos?.

- No, Pesetas.

- Ah, Pesetas, lo siento, no se las puedo admitir, tendrá que cambiarlas en la oficina de cambio que esta al final de la sala, abre a las ocho, si quiere un consejo, cámbielo todo por Dólares, tendrá menos problemas.

- ¿Me guarda el billete?.

- Bueeeno, si no se llena el avión.

            Las Seis y cuarto, faltaban casi dos horas para que abrieran la oficina de cambio, afuera volvía a llover copiosamente, tenía hambre y me fui a la cafetería a desayunar.

            Mientras desayunaba repasé mentalmente lo que tenía y lo que necesitaba; el apartado de lo que tenía fue breve, casi ciento cincuenta mil pesetas, un libro y un bolso. Lo que necesitaba era otra cosa, cuando estuviera instalado en "mi Paraíso" no me haría falta casi nada, pero mientras me instalaba necesitaría algunas cosas, por ejemplo un machete, sí, tendría que comprar  un machete, también un encendedor, mientras aprendiera la forma de hacer fuego de forma natural, lo necesitaría; la comida no tenía por qué ser un problema, los árboles estaban cargados de frutas, me instalaría al lado de un río, donde no me faltara el agua, lo demás vendría por sí sólo, los indígenas llevaban millones de años viviendo así, y yo no iba a ser menos.

            En cuanto al viaje, por ahora no iba mal, cuando llegara a Puerto Ayacucho buscaría transporte para San Pedro de Río Negro, lo siguiente sería contratar un pequeño avión que me internara en la selva, cuando alcanzara el lugar propicio saltaría en paracaídas y fin de trayecto, ¿y el paracaídas?, Bueno tendría que comprar uno, supongo que en el Aeropuerto....

- ¿Qué le debo?.

- Son ciento cincuenta Bolívares.

            ¡Dios!, ¡El cambio!, Se me había ido de la cabeza que todavía no había cambiado el dinero, aún faltaba media hora para que abrieran la oficina de cambio.

- Perdone, pero estoy esperando a que abran para cambiar, no tengo Bolívares.

            El camarero me miró inquisitivamente.

- ¿Qué trajo?, ¿Dólares?, ¿Marcos?, ¿Francos?.

- No, Pesetas.

- ¿Pesetas?, Y ¿Qué hago yo con pesetas?.

- Ya, perdone, en cuanto abran, cambio y le pago.

            Puso cara de resignación y siguió secando vasos.

            Costó trabajo, pero a las ocho y media ya tenía mi billete en el bolsillo y unos dos mil dólares, cuando llegara a Puerto Ayacucho compraría las cuatro cosas que me faltaban, ahora ya sólo quedaba esperar a la salida del avión a las diez y cuarto.

- ¡Buenos días Pedro!

- Buenos días Carlos Alberto.

- ¡Café calentito como siempre!

- Sí Carlos Alberto y una tostada.

-¡Ahorita mismo!, ¿Qué paso?, Ayer tampoco salió el pajarraco.

- No Carlos Alberto, ayer tampoco.

            Llevaba cuatro días en el Aeropuerto, esperando a que las condiciones climatológicas, permitieran aterrizar en Puerto Ayacucho, cada día era la misma historia, el vuelo se anunciaba a las diez y cuarto, luego a las once y cuarto, y así cada hora hasta las nueve y cuarto de la noche en que se anulaba hasta el día siguiente. Carlos Alberto, el camarero de la cafetería, me trajo al segundo día una maquinilla y jabón para afeitar que le encargué, en el Aeropuerto no vendían, y yo no me atrevía a salir por si acaso anunciaban la salida del avión. Nos hicimos buenos amigos.

            El quinto día fue definitivo, en una ocasión anunciaron que el vuelo se retrasaba a las ocho y cuarenta minutos de la tarde y lo normal era que lo retrasaran a las nueve y quince, me dirigí corriendo al mostrador de VIASA; Elisenda, la chica del turno de tarde del mostrador me miraba sonriendo.

- Bueeno Pedro, parece que lo consiguió.

- ¿Es cierto?, ¿Va a salir a las ocho cuarenta?.

- Eso me dijeron, parece que ya consiguieron arreglar la pista, traiga aquí su boleto, le consignaré la hora de partida.

            Esta vez sí fue cierto, a las ocho cincuenta el avión iniciaba el despegue bajo una lluvia menuda, íbamos cuatro pasajeros y dos azafatas, a todos los conocía de vista de los días pasados en el Aeropuerto.

            Según fuimos ganando altura nos metimos en las nubes, y cuando las rebasamos, un grandioso espectáculo se ofreció a nuestros ojos, el Sol, esa estrella que llevaba cinco días sin ver, iluminaba una inmensa alfombra blanca de nubes que se extendía bajo nosotros, aquí y allá algunos picos de montañas rebasaban la capa de nubes, proyectando su sombra sobre ellas, una puesta de Sol sobre un horizonte blanco, sí, notaba que estaba cerca del paraíso.

- Es lindo ¿verdad?

            Desde el asiento delantero al mío, un señor trajeado me hablaba.

- Sí, es muy bonito.

- Lástima que no podamos ver también lo de abajo.

            Me di cuenta de que llevaba cinco días en Venezuela, y todavía no había visto ni un árbol, tan sólo las plantas de la terminal del Aeropuerto.

- Quizás más adelante veamos algún claro entre las nubes.

            El señor se volvió sorprendido.

- ¿Algún claro?..., Hasta Noviembre esto no hay quien lo aclare, no eres de aquí ¿verdad Chico?.

            No, no era de allí, me faltaba mucho por aprender, pero lo aprendería, me cambié de asiento y me senté al lado del señor trajeado, fueron dos horas de conversación, yo tenía poco que contar, pero sí mucho que preguntar y escuchar.

            El tiempo pasó deprisa, ya anochecido aterrizamos en la pista del Cacique Aramare, el Aeropuerto de Puerto Ayacucho, llovía y bajo el paraguas de mi compañero de viaje caminamos hacia la terminal.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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