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Capítulo
VIII
Por fin estaba en vuelo, me parecía increíble
pero estaba sentado en el avión, volando sobre la Casa de
Campo, Madrid se extendía inmenso, en ese conglomerado de
casas quedaba mi familia..., mis amigos..., adiós a todos.
Pasados unos minutos el vuelo comenzó a hacerse
monótono, estaba agotado, las azafatas sirvieron una ligera
cena, y después de comerla quedé profundamente dormido.
- Señor, señor, despierte.
Una mano tocaba en mi hombro, abrí los ojos desorientado.
- Ah, sí, perdone.
- Hemos llegado señor.
Mire el reloj, las cuatro, los últimos pasajeros
salían por la puerta delantera, donde una azafata los despedía,
en el pasillo, unos se iban poniendo los impermeables y otros
preparaban los paraguas, avancé por el pasillo, un reloj en
la pared de acceso a cabina marcaba las doce.
- Adiós señor, feliz estancia.
Era el último pasajero en salir, desde la puerta
del avión un espectáculo insólito se ofreció a mi vista, al
pie de la escalerilla un autobús recogía a los pasajeros,
poderosos focos alumbraban la pista y la terminal de viajeros
y una intensa lluvia caía de forma torrencial.
-¿Esto es Caracas...?.
La azafata me miró con cara de incredulidad.
- Sí Señor, esto es Caracas.
- ¿Hay tormenta?.
- No, sólo esta lloviendo, aquí es Invierno, bueno no exactamente,
es la estación de las lluvias.
Un viento fresco cargado de agua me mojó la cara
y la camisa, el claxon del autobús sonó y bajé corriendo la
escalerilla mientras me empapaba de agua.
Una vez dentro de la terminal, pasamos a la aduana,
un funcionario con cara de sueño miraba algunos equipajes.
- ¿La valija?.
- (...) - le miré con cara sorprendida.
- La valija, el equipaje, ¿no me oyó?.
- Ah, sí, perdone.
Le entregue mi flamante bolso.
- ¿No trajo más?.
- No, eso es todo.
El funcionario me miró de arriba a abajo con
cara escéptica, aún tenía la camisa empapada y el pelo mojado.
- ¿Hippie?.
- No..., yo..., esto....
- ¡Bueeno!, Dígame, ¿Qué lo trajo por acá?
- Pues..., turismo, he venido ha hacer turismo.
- ¡Mmmm!, No parece que venga muy preparado.
Abrió el bolso y saco el libro envuelto.
-¿Y esto qué es?.
- Un libro, para un regalo.
A continuación sacó la estampa del Sagrado Corazón.
- ¿Y este santerío?, ¿Qué pasó?.
- ...
No sabía qué responder, no me esperaba este recibimiento,
me quité la gafas e intente limpiarlas con la camisa mojada.
- ¡Bueeno chico!, No sé qué carájo te trajo acá, pero no
tengo ganas de liarme de papeleo, pasa a aquella ventanilla
y enseña la "visa", ¡ah! Y no te metas en problemas.
Metió el libro y la estampa en el bolso y me
lo dio, pasé el pasaporte por el control y ¡Por fin estaba
en Venezuela!; No sé si había sido la intercesión del Sagrado
Corazón o el sueño del funcionario, pero al final lo había
conseguido.
¿Y ahora que?. Mi siguiente etapa era Puerto
Ayacucho, la Capital del estado de Amazonas, debería sacar
otro billete, miré a mi alrededor, la terminal estaba semivacía,
los mostradores de compañías cerrados, quince o veinte personas
dormitaban en las sillas de la sala de espera, sólo quedaba
esperar, y esperé.
Cuando desperté, el aeropuerto iba volviendo
a la vida, los limpiadores terminaban los últimos rincones,
la tienda de prensa estaba abierta y por los ventanales entraba
la luz del amanecer, que descubría un día gris y lluvioso,
miré el reloj, las diez de la mañana, ¿Cómo he dormido tanto?,
Miré el panel de Salidas y Llegadas, un reloj marcaba las
seis, cambié mi reloj de hora para no volver a confundirme
y me dirigí al mostrador de VIASA donde una señorita ordenaba
unos papeles mientras se sentaba en una silla.
- Buenos días, quisiera ir a Puerto Ayacucho.
- Buenos días señor, quisiera poder ayudarle, pero el vuelo
a Puerto Ayacucho es un vuelo incierto.
- ¿No existe...?.
- ¡Oh!, No me entendió señor, es incierto, dudoso, que no
se sabe si saldrá o no, en esta época de lluvias, hasta el
último minuto no sabemos si el Aeropuerto Cacique Aramare
tendrá la pista practicable. Si quiere le vendo el boleto,
pero no le garantizo que el vuelo vaya a salir.
Pedí el billete, no me apetecía que me sucediera
lo mismo que en Barajas, la hora de salida del vuelo eran
las diez y cuarto de la mañana.
- Tenga señor, son Doce mil quinientos doce Bolívares.
- ¿Doce mil quinientos qué...?
- Doce mil quinientos doce Bolívares.
No había cambiado el dinero, me di cuenta que
había dejado muchas cosas en el aire y que debía organizarme
mejor.
- Perdone, pero no he cambiado el dinero, si me dice donde
puedo cambiarlo a Bolívares.
- ¿Qué trajo?, ¿Dólares?, ¿Francos?, ¿Marcos?.
- No, Pesetas.
- Ah, Pesetas, lo siento, no se las puedo admitir, tendrá
que cambiarlas en la oficina de cambio que esta al final de
la sala, abre a las ocho, si quiere un consejo, cámbielo todo
por Dólares, tendrá menos problemas.
- ¿Me guarda el billete?.
- Bueeeno, si no se llena el avión.
Las Seis y cuarto, faltaban casi dos horas para
que abrieran la oficina de cambio, afuera volvía a llover
copiosamente, tenía hambre y me fui a la cafetería a desayunar.
Mientras desayunaba repasé mentalmente lo que
tenía y lo que necesitaba; el apartado de lo que tenía fue
breve, casi ciento cincuenta mil pesetas, un libro y un bolso.
Lo que necesitaba era otra cosa, cuando estuviera instalado
en "mi Paraíso" no me haría falta casi nada, pero
mientras me instalaba necesitaría algunas cosas, por ejemplo
un machete, sí, tendría que comprar un machete, también un
encendedor, mientras aprendiera la forma de hacer fuego de
forma natural, lo necesitaría; la comida no tenía por qué
ser un problema, los árboles estaban cargados de frutas, me
instalaría al lado de un río, donde no me faltara el agua,
lo demás vendría por sí sólo, los indígenas llevaban millones
de años viviendo así, y yo no iba a ser menos.
En cuanto al viaje, por ahora no iba mal, cuando
llegara a Puerto Ayacucho buscaría transporte para San Pedro
de Río Negro, lo siguiente sería contratar un pequeño avión
que me internara en la selva, cuando alcanzara el lugar propicio
saltaría en paracaídas y fin de trayecto, ¿y el paracaídas?,
Bueno tendría que comprar uno, supongo que en el Aeropuerto....
- ¿Qué le debo?.
- Son ciento cincuenta Bolívares.
¡Dios!, ¡El cambio!, Se me había ido de la cabeza
que todavía no había cambiado el dinero, aún faltaba media
hora para que abrieran la oficina de cambio.
- Perdone, pero estoy esperando a que abran para cambiar,
no tengo Bolívares.
El camarero me miró inquisitivamente.
- ¿Qué trajo?, ¿Dólares?, ¿Marcos?, ¿Francos?.
- No, Pesetas.
- ¿Pesetas?, Y ¿Qué hago yo con pesetas?.
- Ya, perdone, en cuanto abran, cambio y le pago.
Puso cara de resignación y siguió secando vasos.
Costó trabajo, pero a las ocho y media ya tenía
mi billete en el bolsillo y unos dos mil dólares, cuando llegara
a Puerto Ayacucho compraría las cuatro cosas que me faltaban,
ahora ya sólo quedaba esperar a la salida del avión a las
diez y cuarto.
- ¡Buenos días Pedro!
- Buenos días Carlos Alberto.
- ¡Café calentito como siempre!
- Sí Carlos Alberto y una tostada.
-¡Ahorita mismo!, ¿Qué paso?, Ayer tampoco salió el pajarraco.
- No Carlos Alberto, ayer tampoco.
Llevaba cuatro días en el Aeropuerto, esperando
a que las condiciones climatológicas, permitieran aterrizar
en Puerto Ayacucho, cada día era la misma historia, el vuelo
se anunciaba a las diez y cuarto, luego a las once y cuarto,
y así cada hora hasta las nueve y cuarto de la noche en que
se anulaba hasta el día siguiente. Carlos Alberto, el camarero
de la cafetería, me trajo al segundo día una maquinilla y
jabón para afeitar que le encargué, en el Aeropuerto no vendían,
y yo no me atrevía a salir por si acaso anunciaban la salida
del avión. Nos hicimos buenos amigos.
El quinto día fue definitivo, en una ocasión
anunciaron que el vuelo se retrasaba a las ocho y cuarenta
minutos de la tarde y lo normal era que lo retrasaran a las
nueve y quince, me dirigí corriendo al mostrador de VIASA;
Elisenda, la chica del turno de tarde del mostrador me miraba
sonriendo.
- Bueeno Pedro, parece que lo consiguió.
- ¿Es cierto?, ¿Va a salir a las ocho cuarenta?.
- Eso me dijeron, parece que ya consiguieron arreglar la
pista, traiga aquí su boleto, le consignaré la hora de partida.
Esta vez sí fue cierto, a las ocho cincuenta
el avión iniciaba el despegue bajo una lluvia menuda, íbamos
cuatro pasajeros y dos azafatas, a todos los conocía de vista
de los días pasados en el Aeropuerto.
Según fuimos ganando altura nos metimos en las
nubes, y cuando las rebasamos, un grandioso espectáculo se
ofreció a nuestros ojos, el Sol, esa estrella que llevaba
cinco días sin ver, iluminaba una inmensa alfombra blanca
de nubes que se extendía bajo nosotros, aquí y allá algunos
picos de montañas rebasaban la capa de nubes, proyectando
su sombra sobre ellas, una puesta de Sol sobre un horizonte
blanco, sí, notaba que estaba cerca del paraíso.
- Es lindo ¿verdad?
Desde el asiento delantero al mío, un señor trajeado
me hablaba.
- Sí, es muy bonito.
- Lástima que no podamos ver también lo de abajo.
Me di cuenta de que llevaba cinco días en Venezuela,
y todavía no había visto ni un árbol, tan sólo las plantas
de la terminal del Aeropuerto.
- Quizás más adelante veamos algún claro entre las nubes.
El señor se volvió sorprendido.
- ¿Algún claro?..., Hasta Noviembre esto no hay quien lo
aclare, no eres de aquí ¿verdad Chico?.
No, no era de allí, me faltaba mucho por aprender,
pero lo aprendería, me cambié de asiento y me senté al lado
del señor trajeado, fueron dos horas de conversación, yo tenía
poco que contar, pero sí mucho que preguntar y escuchar.
El tiempo pasó deprisa, ya anochecido aterrizamos
en la pista del Cacique Aramare, el Aeropuerto de Puerto Ayacucho,
llovía y bajo el paraguas de mi compañero de viaje caminamos
hacia la terminal.
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