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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo VII

            Los días iban pasando, lenta pero inexorablemente, Bea no volvió a llamar, ni Juanjo ni los demás dieron señales de vida, no me importaba, en realidad no quería ver a nadie, a estas alturas mi "vocación" debía de ser de dominio público, y no me apetecía estar desmintiendo una mentira con otras mentiras.

            Mi madre y mi padre estaban contentos, no salía de casa para nada, me tenían allí y eso les bastaba, ni siquiera me preguntaban. En realidad yo no estaba allí, mi mente hacía tiempo que estaba en otra parte, pasaba el día colgado de la Enciclopedia y del Atlas, me iba empapando de nombres y situaciones Caracas, Maracay, Orinoco, Puerto Ayacucho, San Carlos de Río Negro, Tapurunquara, casi tenía la ruta definida, deseaba que llegara el Miércoles y el Miércoles llegó.

            Me levanté temprano, y después de desayunar me dispuse a salir.

- Mamá, voy a dar una vuelta, he dejado un poco parado lo de la academia de máquina y voy a ver si veo algo.

- Vale pero no te retrases para comer.

            Salí a la calle con decisión, y me dirigí a recoger el Pasaporte, el primer trámite de mi plan. ¡Por fin!, Allí tenía en mis manos el Pasaporte, por fin tenía algo material que indicaba que esto iba en serio, nadie me entendía, pero yo tenía allí el salvoconducto para la libertad, me sentía feliz, nervioso y feliz, dentro de dos días iniciaría mi nueva vida; compré un periódico, "Franco, Ingresado en la Paz" decía el titular, tres cominos me importaba a mí lo que le pasara a Franco, cogí una hoja y tiré el resto del periódico a una papelera, con cuidado, casi con devoción, envolví el Pasaporte con la hoja del periódico y lo guardé en el bolsillo trasero del pantalón.

            El Jueves fue un día raro, era mi último día en esa casa, desde que me levanté, miraba todo con especial atención, sí, estaba deseando irme, pero una cierta melancolía empezó a invadirme, toda mi vida había estado allí, nací allí, crecí allí, había sido mi mundo y lo iba a abandonar.

            Mi madre..., la miraba con atención, estudiaba sus facciones, toda una vida viviendo con ella... y nunca la había mirado con atención, era guapa, estaba gastada por la vida y por la edad, pero era guapa.

- ¿Se puede saber qué miras con esa cara de bobo?, ¡Me estás poniendo nerviosa!.

- No nada, perdona.

- Pues ponte a hacer algo, aunque sea ver la tele, llevas un día de ganso...

            Los muebles, esos muebles que conocía de siempre, nunca habíamos tenido otros, ya estaban deteriorados, mi hermano y yo mismo habíamos ido dejando nuestras marcas mientras crecíamos, habían aguantado nuestra infancia y allí estaban, resistiendo.

            Mi habitación, nuestra habitación, la leonera, aquel extraño batiburrillo de objetos sin orden ni concierto, la bicicleta, los balones, los libros, la cometa, la ropa sin planchar, las zapatillas, los zapatos, el viejo armario con la puerta izquierda siempre descolgada, que mi padre nunca tenía tiempo de arreglar, la litera, el único mueble relativamente nuevo de la casa, yo dormía abajo, Jaci en la parte de arriba....

- En lugar de mirar tanto, podías ponerte a ordenar un poco esta habitación, que esto parece una leonera, de verdad da asco como la tenéis y ahora que tienes tiempo, podías poner esto un poco mas decente.

- Bueno, luego me pongo.

- Luego, luego, siempre para luego.

            La habitación de mis padres, esa sencilla habitación desconocida para nosotros, nunca pasábamos, nadie nos lo prohibió nunca, pero era como un sitio a parte de la casa.

            La cocina, siempre oliendo a comida, esa pequeña cocina con pequeños azulejos blancos hasta la mitad de la pared, con multitud de calcomanías pegadas en las paredes y en la puerta del frigorífico, algunas las había pegado yo con cinco años y aún se conservaban, la alacena de  madera, mil veces pintada de blanco y siempre amarilla, los platos en el escurreplatos...

- ¡Hijo, Pedri!, Me estás hartando, ¿qué haces ahí como un pasmarote?, ¿Es que nunca has visto la cocina?, ¡Qué día llevas hijo, qué día llevas!; ¿Por qué no bajas un poco a que te de el aire?, Anda baja y compra el pan.

- Bueno, vale.

            En la calle, mi hermano jugaba al fútbol, mi hermano, ese gran desconocido que dormía encima de mí.

           

            Por la tarde, mi padre vino antes de la hora acostumbrada, siempre se entretenía un rato en la bodeguilla con los amigos, pero ese día fue a casa directamente, estaba preocupado por la enfermedad de Franco, nunca se preocupaba por esas cosas, él no se metía en política, incluso cuando asesinaron a Carrero Blanco no le preocupó excesivamente, "En España tenemos gente y cojones para sustituir a mil Carreros Blancos que nos asesinen", había dicho, pero Franco era otra cosa.

- Ya veremos si no terminamos otra vez a tiros.

- Paco, no digas esas cosas.

- ¿Que no diga?, Hay mucho hijo de puta suelto y como no pongan mano dura, con el chiquilicuatro ese del Juan Carlos vamos apañados, ¿sabes como le llaman?..., Pues "el cuchara", porque ni pincha ni corta.

            Veía a mi padre, a su manera era buena persona, nos había sacado a todos adelante con su trabajo, siempre nos había aconsejado; a su manera eso sí, pero se había preocupado por nosotros, no sé como encajaría el golpe de mi partida.

- Sí Pedri sí, "el cuchara", ¡Pedri, cojones!, ¿Qué miras con esa cara lelo?, No ves que te estoy hablando.

- Sí, perdona, estaba distraído.

- Déjale Paco, porque lleva un día que no hay quien le aguante, todo el día de un lado para otro con esa cara de infeliz que pone, no sé qué le pasa.          

            Casi no dormí esa noche, pensaba en todo y en todos, no me iba a poder despedir de Bea, bueno, tampoco lo sentía mucho, ella tampoco había llamado, mañana me pondría la camisa de flores, la de los Domingos, esa pegaría bien con el clima tropical, los vaqueros campana nuevos y los zapatos negros, ése iba a ser todo mi equipaje, bueno, no debía olvidar el Pasaporte y el libro, mi cabeza daba vueltas de una cosa a otra; la una y media, el Pasaporte, el libro, los zapatos; las tres y cinco, la camisa de flores, el libro, el pasaporte; las cuatro y diez, los vaqueros, el pasaporte, el libro; las seis menos cuarto, los zapatos, los vaqueros, el libro...

            Cuando me levanté, mi padre ya se había ido, mi hermano desayunaba y mi madre estaba haciendo su cama.

- Buenos días Pedri.

- Buenos días mamá.

            Bueno, ya era Viernes, desayuné y me dirigí a la habitación a vestirme, ¿Qué me iba a poner?... Ah sí, la camisa de flores, el vaquero...

- Pero ¿dónde vas así, Pedri?.

- ¿Yo?, A ningún sitio, a la calle.

- Y, ¿para que te pones esa ropa?, ¿Vas de fiesta?.

- No, bueno..., es que ayer vi un anuncio de trabajo y pedían "buena presencia", y quería probar...

- ¿Buena presencia...?

            Me miró de arriba a abajo y siguió haciendo la cama.

             ¡Bueno!, Ya estaba todo, mentalmente me despedí de cada rincón de la casa.

- Adiós mamá.

- Adiós Pedri.

- Mamá, adiós.

- ¡Pero bueno Pedri!, ¿Qué te pasa?.

- Dame un beso, mamá; y deséame suerte.

- Pero bueno hijo - me dio un beso - que sólo vas a buscar trabajo, - me miro de arriba a abajo - ¡aunque con esas pintas!.

            Abrí la puerta con decisión y salí al descansillo, ¡¡El dinero!!, ¿Cómo estaba tan despistado?, Tenía que sacar el dinero y no tenía la Cartilla de Ahorros que mi padre guardaba en su mesilla de noche; como aún no había cerrado la puerta, volví a entrar.

- Mamá, ponme un café.

- ¡Pero no te has ido!, Si acabas de desayunar.

- Ya,  pero me apetece mucho otro café, anda pónmelo.

- De verdad Pedri, que no te entiendo.

            Mi madre se metió en la cocina, y yo rápidamente me dirigí a su habitación, abrí la mesilla..., y allí no estaba la cartilla, los nervios empezaban a hacer mella en mí.

- Pedri, ¿dónde te has metido?, Toma el café.

            ¡Todo perdido!, Mi falta de previsión había echado todo a perder, salía de la habitación y en esos momentos vi la cartilla encima del comodín, rápidamente la cogí y la metí en el bolsillo trasero del pantalón.

- ¡Pero bueno Pedri!, - Mi madre venia del salón - ¡Que haces aquí!, ¿No querías café?.

- Sí, ya voy, ya voy, estaba mirando una cosa.

            De dos tragos me bebí el café, mi último café en esa casa, le di un beso a mi madre y salí por la puerta, mientras bajaba las escaleras unos extraños retortijones sacudieron mi tripa, cuando llegue al portal la situación era irreversible, necesitaba ir al servicio, a toda prisa cogí el ascensor y llamé al timbre.

- ¡Pero Pedri!.

- Lo siento mamá, necesito ir al servicio.

            Una vez terminadas mis necesidades, salí de nuevo.

- Bueno mamá, me voy.

- ¡A ver si es verdad!.

            Baje de nuevo las escaleras, salí a la calle y me dirigí a la parada del autobús. Pasados unos minutos el autobús se acercaba a la parada, instintivamente fui a sacar la cartera. ¡¡Dios mío!!, ¡La cartera!, ¡El Pasaporte!, ¡El libro!.

- ¡¡PEDRI!!, ¿Pero que haces aquí otra vez?.

- Me he olvidado la cartera.

- ¡La cartera!, La cabeza te vas a olvidar, ¡ya esta bien hombre!.

            Pasé a mi habitación y abrí el cajón del armario, allí estaba la cartera, el libro, el Pasaporte, cogí una bolsa de Galerías Preciados y metí todo, en el fondo del cajón estaba la estampa del Sagrado Corazón que me dio D. Gregorio, Jesucristo con su túnica larga y los brazos abiertos me miraba, la cogí también y la metí en la bolsa, nunca se sabe.

- Me voy.

- Si anda, ¡vete ya!, ¿Llevas todo?, ¿Qué llevas en esa bolsa?.

- No, nada, unas cosas de Juanjo.

- Pues ¡ala vete!, ¡Y como vuelvas a llamar no te abro!, Además, aprovecha y córtate el pelo, con esos pelos no me extraña que se te olviden las cosas.

            Salí, y mi madre cerró de un portazo.

            El día era radiante, despejado y luminoso, hacía bastante calor, me bajé en la plaza de Neptuno y busqué una sucursal de la Caja de Ahorros, con mano temblorosa rellené el impreso, 183.000 pts. ni un duro mas, presenté el impreso y la cartilla.

- Me deja su D.N.I.

- Sí.

            La señorita miró alternativamente el carné y la cartilla, con tranquilidad; unas gotas de sudor comenzaron a correr por mis sienes.

- Está bien.

            Comenzó a contar el dinero y respiré aliviado.

            La oficina de IBERIA estaba al lado, podía sacar el billete, pero pensé que lo ultimo que me faltaba era que perdiera el billete en el trayecto, así que decidí sacarlo en el Aeropuerto.

            El viaje en el autobús se hizo largo, cuando llegué eran las dos, no tenía hambre, deseaba estar montado ya en el avión volando rumbo a Caracas, me dirigí al mostrador de IBERIA.

- Buenas, por favor un billete de ida a Caracas, para esta tarde.

- Espere un momento...; lo siento, el vuelo está completo.

- ¡¿Que está completo?!, Me dijeron que se podía sacar el mismo día en el Aeropuerto.

            El teléfono del mostrador, comenzó a sonar.

- Lo siento, se venden billetes hasta que se llena el avión, y éste está completo, puede sacar uno para la semana que viene.

            El teléfono seguía sonando.

 - La semana que viene no puede ser, es muy tarde, ¿no hay ninguna posibilidad...?.

            El teléfono seguía sonando.

- No, lo siento, está completo, perdone, mostrador ¿dígame?.

            Me di la vuelta y comencé a andar cabizbajo con mi bolsa de Galerías, ¡bueno!, Por lo menos lo había intentado.

- ¡Señor!, ¡Señor!, Venga.

            Me volví, era a mí.

- Ha habido una anulación, está de suerte.

            Me entretuve viendo las tiendas de la zona franca, hasta las ocho y media no salía el avión y las horas pasaban despacio, pensaba a ratos en mi familia, a estas alturas ya deberían estar preocupados.

 

            En una tienda de regalos, me compré un bolso de bandolera, no era cuestión de presentarse en el Amazonas con una bolsa de Galerías, era un bonito bolso, con largos flecos que colgaban de sus bordes, metí en su interior la bolsa de Galerías y me lo colgué.

- ¡Pasajeros del vuelo de IBERIA 563 con destino a Caracas, puerta de embarque Nº2!.

            Los altavoces me llamaban, ¡llegó la hora!, el estómago me dio un vuelco y me dirigí al pasillo.

- ¡Señor!, ¡señor!.

            La dependienta de la tienda me llamaba, me volví y avancé hacia a ella.

- ¿Sí?.

- Quítele la etiqueta al bolso.

- ¡Ah!, Gracias.

            En la puerta Nº2 la azafata iba controlando los billetes, me incorporé a la cola al tiempo que otros pasajeros, había parejas, inconfundibles hombres de negocios, una familia entera con los niños, a todos se les veía contentos, radiantes como yo, con sus bolsos de mano, sus maletines, sus impermeables bajo el brazo, sus paraguas.

- Billete, por favor.

            Entregué el billete a la azafata.

- Bienvenido, pase.

             Avancé unos metros tras la puerta. ¡Impermeables!, Di media vuelta y atropelládamente llegué hasta donde estaba la azafata.

- Perdone, ¿este avión va a Caracas?, ¿A Venezuela?.

- Sí señor, ¿por qué?.

- No, por nada.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

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· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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