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Capítulo
VII
Los días iban pasando, lenta pero inexorablemente,
Bea no volvió a llamar, ni Juanjo ni los demás dieron señales
de vida, no me importaba, en realidad no quería ver a nadie,
a estas alturas mi "vocación" debía de ser de dominio
público, y no me apetecía estar desmintiendo una mentira con
otras mentiras.
Mi madre y mi padre estaban contentos, no salía
de casa para nada, me tenían allí y eso les bastaba, ni siquiera
me preguntaban. En realidad yo no estaba allí, mi mente hacía
tiempo que estaba en otra parte, pasaba el día colgado de
la Enciclopedia y del Atlas, me iba empapando de nombres y
situaciones Caracas, Maracay, Orinoco, Puerto Ayacucho, San
Carlos de Río Negro, Tapurunquara, casi tenía la ruta definida,
deseaba que llegara el Miércoles y el Miércoles llegó.
Me levanté temprano, y después de desayunar me
dispuse a salir.
- Mamá, voy a dar una vuelta, he dejado un poco parado lo
de la academia de máquina y voy a ver si veo algo.
- Vale pero no te retrases para comer.
Salí a la calle con decisión, y me dirigí a recoger
el Pasaporte, el primer trámite de mi plan. ¡Por fin!, Allí
tenía en mis manos el Pasaporte, por fin tenía algo material
que indicaba que esto iba en serio, nadie me entendía, pero
yo tenía allí el salvoconducto para la libertad, me sentía
feliz, nervioso y feliz, dentro de dos días iniciaría mi nueva
vida; compré un periódico, "Franco, Ingresado en la Paz"
decía el titular, tres cominos me importaba a mí lo que le
pasara a Franco, cogí una hoja y tiré el resto del periódico
a una papelera, con cuidado, casi con devoción, envolví el
Pasaporte con la hoja del periódico y lo guardé en el bolsillo
trasero del pantalón.
El Jueves fue un día raro, era mi último día
en esa casa, desde que me levanté, miraba todo con especial
atención, sí, estaba deseando irme, pero una cierta melancolía
empezó a invadirme, toda mi vida había estado allí, nací allí,
crecí allí, había sido mi mundo y lo iba a abandonar.
Mi madre..., la miraba con atención, estudiaba
sus facciones, toda una vida viviendo con ella... y nunca
la había mirado con atención, era guapa, estaba gastada por
la vida y por la edad, pero era guapa.
- ¿Se puede saber qué miras con esa cara de bobo?, ¡Me estás
poniendo nerviosa!.
- No nada, perdona.
- Pues ponte a hacer algo, aunque sea ver la tele, llevas
un día de ganso...
Los muebles, esos muebles que conocía de siempre,
nunca habíamos tenido otros, ya estaban deteriorados, mi hermano
y yo mismo habíamos ido dejando nuestras marcas mientras crecíamos,
habían aguantado nuestra infancia y allí estaban, resistiendo.
Mi habitación, nuestra habitación, la leonera,
aquel extraño batiburrillo de objetos sin orden ni concierto,
la bicicleta, los balones, los libros, la cometa, la ropa
sin planchar, las zapatillas, los zapatos, el viejo armario
con la puerta izquierda siempre descolgada, que mi padre nunca
tenía tiempo de arreglar, la litera, el único mueble relativamente
nuevo de la casa, yo dormía abajo, Jaci en la parte de arriba....
- En lugar de mirar tanto, podías ponerte a ordenar un poco
esta habitación, que esto parece una leonera, de verdad da
asco como la tenéis y ahora que tienes tiempo, podías poner
esto un poco mas decente.
- Bueno, luego me pongo.
- Luego, luego, siempre para luego.
La habitación de mis padres, esa sencilla habitación
desconocida para nosotros, nunca pasábamos, nadie nos lo prohibió
nunca, pero era como un sitio a parte de la casa.
La cocina, siempre oliendo a comida, esa pequeña
cocina con pequeños azulejos blancos hasta la mitad de la
pared, con multitud de calcomanías pegadas en las paredes
y en la puerta del frigorífico, algunas las había pegado yo
con cinco años y aún se conservaban, la alacena de madera,
mil veces pintada de blanco y siempre amarilla, los platos
en el escurreplatos...
- ¡Hijo, Pedri!, Me estás hartando, ¿qué haces ahí como un
pasmarote?, ¿Es que nunca has visto la cocina?, ¡Qué día llevas
hijo, qué día llevas!; ¿Por qué no bajas un poco a que te
de el aire?, Anda baja y compra el pan.
- Bueno, vale.
En la calle, mi hermano jugaba al fútbol, mi
hermano, ese gran desconocido que dormía encima de mí.
Por la tarde, mi padre vino antes de la hora
acostumbrada, siempre se entretenía un rato en la bodeguilla
con los amigos, pero ese día fue a casa directamente, estaba
preocupado por la enfermedad de Franco, nunca se preocupaba
por esas cosas, él no se metía en política, incluso cuando
asesinaron a Carrero Blanco no le preocupó excesivamente,
"En España tenemos gente y cojones para sustituir a mil
Carreros Blancos que nos asesinen", había dicho, pero
Franco era otra cosa.
- Ya veremos si no terminamos otra vez a tiros.
- Paco, no digas esas cosas.
- ¿Que no diga?, Hay mucho hijo de puta suelto y como no
pongan mano dura, con el chiquilicuatro ese del Juan Carlos
vamos apañados, ¿sabes como le llaman?..., Pues "el cuchara",
porque ni pincha ni corta.
Veía a mi padre, a su manera era buena persona,
nos había sacado a todos adelante con su trabajo, siempre
nos había aconsejado; a su manera eso sí, pero se había preocupado
por nosotros, no sé como encajaría el golpe de mi partida.
- Sí Pedri sí, "el cuchara", ¡Pedri, cojones!,
¿Qué miras con esa cara lelo?, No ves que te estoy hablando.
- Sí, perdona, estaba distraído.
- Déjale Paco, porque lleva un día que no hay quien le aguante,
todo el día de un lado para otro con esa cara de infeliz que
pone, no sé qué le pasa.
Casi no dormí esa noche, pensaba en todo y en
todos, no me iba a poder despedir de Bea, bueno, tampoco lo
sentía mucho, ella tampoco había llamado, mañana me pondría
la camisa de flores, la de los Domingos, esa pegaría bien
con el clima tropical, los vaqueros campana nuevos y los zapatos
negros, ése iba a ser todo mi equipaje, bueno, no debía olvidar
el Pasaporte y el libro, mi cabeza daba vueltas de una cosa
a otra; la una y media, el Pasaporte, el libro, los zapatos;
las tres y cinco, la camisa de flores, el libro, el pasaporte;
las cuatro y diez, los vaqueros, el pasaporte, el libro; las
seis menos cuarto, los zapatos, los vaqueros, el libro...
Cuando me levanté, mi padre ya se había ido,
mi hermano desayunaba y mi madre estaba haciendo su cama.
- Buenos días Pedri.
- Buenos días mamá.
Bueno, ya era Viernes, desayuné y me dirigí a
la habitación a vestirme, ¿Qué me iba a poner?... Ah sí, la
camisa de flores, el vaquero...
- Pero ¿dónde vas así, Pedri?.
- ¿Yo?, A ningún sitio, a la calle.
- Y, ¿para que te pones esa ropa?, ¿Vas de fiesta?.
- No, bueno..., es que ayer vi un anuncio de trabajo y pedían
"buena presencia", y quería probar...
- ¿Buena presencia...?
Me miró de arriba a abajo y siguió haciendo la
cama.
¡Bueno!, Ya estaba todo, mentalmente me despedí
de cada rincón de la casa.
- Adiós mamá.
- Adiós Pedri.
- Mamá, adiós.
- ¡Pero bueno Pedri!, ¿Qué te pasa?.
- Dame un beso, mamá; y deséame suerte.
- Pero bueno hijo - me dio un beso - que sólo vas a buscar
trabajo, - me miro de arriba a abajo - ¡aunque con esas pintas!.
Abrí la puerta con decisión y salí al descansillo,
¡¡El dinero!!, ¿Cómo estaba tan despistado?, Tenía que sacar
el dinero y no tenía la Cartilla de Ahorros que mi padre guardaba
en su mesilla de noche; como aún no había cerrado la puerta,
volví a entrar.
- Mamá, ponme un café.
- ¡Pero no te has ido!, Si acabas de desayunar.
- Ya, pero me apetece mucho otro café, anda pónmelo.
- De verdad Pedri, que no te entiendo.
Mi madre se metió en la cocina, y yo rápidamente
me dirigí a su habitación, abrí la mesilla..., y allí no estaba
la cartilla, los nervios empezaban a hacer mella en mí.
- Pedri, ¿dónde te has metido?, Toma el café.
¡Todo perdido!, Mi falta de previsión había echado
todo a perder, salía de la habitación y en esos momentos vi
la cartilla encima del comodín, rápidamente la cogí y la metí
en el bolsillo trasero del pantalón.
- ¡Pero bueno Pedri!, - Mi madre venia del salón - ¡Que haces
aquí!, ¿No querías café?.
- Sí, ya voy, ya voy, estaba mirando una cosa.
De dos tragos me bebí el café, mi último café
en esa casa, le di un beso a mi madre y salí por la puerta,
mientras bajaba las escaleras unos extraños retortijones sacudieron
mi tripa, cuando llegue al portal la situación era irreversible,
necesitaba ir al servicio, a toda prisa cogí el ascensor y
llamé al timbre.
- ¡Pero Pedri!.
- Lo siento mamá, necesito ir al servicio.
Una vez terminadas mis necesidades, salí de nuevo.
- Bueno mamá, me voy.
- ¡A ver si es verdad!.
Baje de nuevo las escaleras, salí a la calle
y me dirigí a la parada del autobús. Pasados unos minutos
el autobús se acercaba a la parada, instintivamente fui a
sacar la cartera. ¡¡Dios mío!!, ¡La cartera!, ¡El Pasaporte!,
¡El libro!.
- ¡¡PEDRI!!, ¿Pero que haces aquí otra vez?.
- Me he olvidado la cartera.
- ¡La cartera!, La cabeza te vas a olvidar, ¡ya esta bien
hombre!.
Pasé a mi habitación y abrí el cajón del armario,
allí estaba la cartera, el libro, el Pasaporte, cogí una bolsa
de Galerías Preciados y metí todo, en el fondo del cajón estaba
la estampa del Sagrado Corazón que me dio D. Gregorio, Jesucristo
con su túnica larga y los brazos abiertos me miraba, la cogí
también y la metí en la bolsa, nunca se sabe.
- Me voy.
- Si anda, ¡vete ya!, ¿Llevas todo?, ¿Qué llevas en esa bolsa?.
- No, nada, unas cosas de Juanjo.
- Pues ¡ala vete!, ¡Y como vuelvas a llamar no te abro!,
Además, aprovecha y córtate el pelo, con esos pelos no me
extraña que se te olviden las cosas.
Salí, y mi madre cerró de un portazo.
El día era radiante, despejado y luminoso, hacía
bastante calor, me bajé en la plaza de Neptuno y busqué una
sucursal de la Caja de Ahorros, con mano temblorosa rellené
el impreso, 183.000 pts. ni un duro mas, presenté el impreso
y la cartilla.
- Me deja su D.N.I.
- Sí.
La señorita miró alternativamente el carné y
la cartilla, con tranquilidad; unas gotas de sudor comenzaron
a correr por mis sienes.
- Está bien.
Comenzó a contar el dinero y respiré aliviado.
La oficina de IBERIA estaba al lado, podía sacar
el billete, pero pensé que lo ultimo que me faltaba era que
perdiera el billete en el trayecto, así que decidí sacarlo
en el Aeropuerto.
El viaje en el autobús se hizo largo, cuando
llegué eran las dos, no tenía hambre, deseaba estar montado
ya en el avión volando rumbo a Caracas, me dirigí al mostrador
de IBERIA.
- Buenas, por favor un billete de ida a Caracas, para esta
tarde.
- Espere un momento...; lo siento, el vuelo está completo.
- ¡¿Que está completo?!, Me dijeron que se podía sacar el
mismo día en el Aeropuerto.
El teléfono del mostrador, comenzó a sonar.
- Lo siento, se venden billetes hasta que se llena el avión,
y éste está completo, puede sacar uno para la semana que viene.
El teléfono seguía sonando.
- La semana que viene no puede ser, es muy tarde, ¿no hay
ninguna posibilidad...?.
El teléfono seguía sonando.
- No, lo siento, está completo, perdone, mostrador ¿dígame?.
Me di la vuelta y comencé a andar cabizbajo con
mi bolsa de Galerías, ¡bueno!, Por lo menos lo había intentado.
- ¡Señor!, ¡Señor!, Venga.
Me volví, era a mí.
- Ha habido una anulación, está de suerte.
Me entretuve viendo las tiendas de la zona franca,
hasta las ocho y media no salía el avión y las horas pasaban
despacio, pensaba a ratos en mi familia, a estas alturas ya
deberían estar preocupados.
En una tienda de regalos, me compré un bolso
de bandolera, no era cuestión de presentarse en el Amazonas
con una bolsa de Galerías, era un bonito bolso, con largos
flecos que colgaban de sus bordes, metí en su interior la
bolsa de Galerías y me lo colgué.
- ¡Pasajeros del vuelo de IBERIA 563 con destino a Caracas,
puerta de embarque Nº2!.
Los altavoces me llamaban, ¡llegó la hora!, el
estómago me dio un vuelco y me dirigí al pasillo.
- ¡Señor!, ¡señor!.
La dependienta de la tienda me llamaba, me volví
y avancé hacia a ella.
- ¿Sí?.
- Quítele la etiqueta al bolso.
- ¡Ah!, Gracias.
En la puerta Nº2 la azafata iba controlando los
billetes, me incorporé a la cola al tiempo que otros pasajeros,
había parejas, inconfundibles hombres de negocios, una familia
entera con los niños, a todos se les veía contentos, radiantes
como yo, con sus bolsos de mano, sus maletines, sus impermeables
bajo el brazo, sus paraguas.
- Billete, por favor.
Entregué el billete a la azafata.
- Bienvenido, pase.
Avancé unos metros tras la puerta. ¡Impermeables!,
Di media vuelta y atropelládamente llegué hasta donde estaba
la azafata.
- Perdone, ¿este avión va a Caracas?, ¿A Venezuela?.
- Sí señor, ¿por qué?.
- No, por nada.
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