Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Antonio Arévalo Cruz



Capítulo VI

            Había que actuar rápido, al día siguiente me levante temprano y tras desayunar me fui a la calle y me senté en un banco, me tenia que centrar, una cosa estaba clara y decidida, ¡me iba!, pero para irme necesitaría algunas cosas, primero elegir el destino, eso estaba claro, a Venezuela, en Brasil podía tener problemas con el idioma y desde Venezuela tendría fácil acceso al medio-alto Amazonas.

            En segundo lugar estaba el viaje, lo haría en avión, mi padre había ingresado el dinero del despido en el banco, pero podría sacarlo sin dificultad ya que mi padre, muy previsor, me había incluido en la cuenta por si le ocurría una desgracia, y al fin y al cabo el dinero era mío. Luego estaba el tema del Pasaporte, tendría que solicitarlo esta misma mañana para tenerlo cuanto antes. ¿Que mas?, si iba a la selva necesitaría unas mínimas nociones de como desenvolverse en el campo, me compraría un Manual de Supervivencia, mi experiencia en el campo se reducía a unas cuantas excursiones con el colegio, pero entre el Manual y la ayuda de la Madre Naturaleza podría solucionar cualquier contratiempo. En cuanto a equipaje, no podía prepara nada, en casa se darían cuenta, lo que llevara puesto y si acaso unas botas, las necesitaría mientras me adaptaba al terreno, una vez  en Caracas compraría un machete y un mechero, creo que ya estaba todo.

            Me dirigí a solicitar el Pasaporte, me hundieron la moral, tardarían una semana en dármelo, a continuación me dirigí a las oficinas de IBERIA en la Pl. de Neptuno.

- Por favor, ¿me informa de los vuelos para Venezuela?

-¿ A Caracas?.

- Si, a Caracas.

- Hay un vuelo directo semanal, sale los Viernes a las ocho treinta, los regresos son los Domingos con hora de regreso en la madrugada del Lunes a las cinco cuarenta.

- ¿Y el precio?.

- 52.500 pts. ida y vuelta.

- No solo quiero ida.

- Entonces son 31.600 pts.

- Bien, y el billete cuando lo pudo sacar.

- Cuando quiera, en cualquier oficina de IBERIA, y hasta una hora antes de la salida en el mostrador de la compañía en Barajas.

- Muchas gracias.

            Bueno, la cosa se iba aclarando, el miércoles de la semana que viene recogería el Pasaporte, el Viernes por la mañana a ultima hora sacaría el dinero del banco,  por la tarde comprar el billete y ¡A VOLAR!.

            La una y cuarto, ya no me daba tiempo a comprar el Manual de Supervivencia, me fui a casa a comer. En casa comenzaba a reinar la tranquilidad, parecía que el tema se había olvidado, o por lo menos no se sacaba la conversación, comimos y me entretuve viendo la televisión hasta las cinco.

- Mama, me voy a dar una vuelta.

- ¿Donde vas con tanta vuelta?, llevas todo el día fuera de casa y además hace mucho calor.

- Bueno... veras...,

            Mi madre empezó a palidecer.

- ¿Que?

- No, que estoy mirando a ver si encuentro una academia, que este bien y no sea cara para aprender a escribir a maquina, siempre puede venir bien.

- ¡Ah!

            Mi madre relajo la expresión y me dio un beso.

            Tenia entendido que había una tienda por la zona de Cuatro Caminos, que se dedicaba a la venta de planos y libros de montañismo, así que hasta allí me dirigí, pregunte en la plaza y me dijeron donde estaba la tienda y la calle Maudes, pasado el castillo abandonado y frente a unas casas bajas estaba la tienda, una señora de unos treinta años me atendió con voz pausada y empalagosa como si fuera una anciana.

- Dime hijo, ¿que te pongo?.

- Quería un Manual de Supervivencia.

- ¿De que tipo?.

- No se, algo que te enseñe lo básico para ir al campo.

- Mira hijo, yo te saco lo que tengo y tu eliges.

            Se metió en la trastienda y al poco salió con cinco o seis libros que desplegó sobre el mostrador.

- Mira a ver cual te sirve, hijo.

            Me deponía a mirarlos cuando:

- ¡Coño Pedri!, que haces aquí.

            Me volví y en la puerta de entrada estaba el enorme corpachón de Juanjo; precipitadamente cogí el libro que parecía mas pequeño y manejable y se lo di a la señora.

- Este mismo, y me lo envuelve para regalo.

- ¿Para regalo?.

- Hola Juanjo, que pasa, ¿que tal?; si para regalo.

- Hijo, aquí no tenemos papel de regalo.

- ¿Que estas comprando, Pedri?.

- Oh nada, un encargo de mi padre, para un compañero; pues envuélvalo en cualquier cosa.

            Juanjo cogió uno de los libros que quedaban en el mostrador "Supervivencia  en Zonas Desérticas".

- ¡Coño!, que es el amigo de tu padre ¿explorador?.

- No se, ya sabes, mi padre, los periodistas, bueno, pues eso.

-¿Te vale así, hijo?

- Si, así vale.

            Cogí el librito envuelto y lo metí en el bolsillo trasero del pantalón.

- Son 95 pts. hijo.

- Tome; ¿y tu?, ¿que te trae por aquí?.

- Voy a comprar un libro de senderos por la sierra, si esperas nos vamos juntos para el barrio.

- Vale.

            Caminamos juntos hacia la Castellana para coger el autobús, Juanjo me miraba con esa eterna sonrisa que le caracterizaba.

- Bueno tío, y donde te metes, hace ya unos días que no se te ve el pelo.

- Ya, he estado un poco liado.

- Ah...; ¿Y el trabajo?, ¿Que tal te va?.

- Bueno ahora estoy de vacaciones, pero estoy planteándome cambiar de empresa, a lo mejor no me incorporo a la misma.

- Ya...; cambiar de empresa, a algo mas... elevado.

- Bueno no se si mas elevado, supongo que algo distinto, no se, no lo tengo claro.

- Ya...; pero en todo caso a cambiar.

- No lo se, ¿a que viene tanta pregunta?.

- No nada, por nada.

            Montamos en el autobús y quedamos sentados frente a frente, Juanjo me miraba fijamente con su sonrisa, yo no sabia bien donde mirar, la situación me estaba resultando violenta, la mirada de Juanjo seguía fija en mi y su sonrisa se ampliaba por momentos, se estaba poniendo colorado, y en un momento dado se tapo la boca.

- Pfffffffff, ja, ja ja, ja ja.

- Juanjo ¿que te pasa?

- Ja, ja ja, ja ja.

            A Juanjo se le saltaban las lagrimas, y mientras buscaba un pañuelo, no dejaba de reírse estrepitosamente; la gente en el autobús nos miraba sorprendida.

- ¡Hay Dios mío!, ja, ja ja, ja ja. - se limpiaba las lagrimas - ¡hayy!, ji, ji ji, ji ji, hay, perdona JA, JA JA, JA JA.

            La situación era de lo mas violenta, no sabia como atajarla.

- Pero ¿que te pasa tío?.

- Hay perdona - se limpiaba las lagrimas con el pañuelo - pero es que no te veo, ji, ji ji, ji ji.

- Límpiate mejor.

- No, no es eso, ji, ji ji, ¡que no te veo con sotana!, jaa, ja ja, ja ja, perdóname, pero desde que me lo dijeron, no te veo, tío que no te veo.

            Llegamos a nuestra parada, a esas alturas medio autobús se iba riendo de una manera descontrolada, la risa de Juanjo es especialmente contagiosa. Espere a que se calmara y empece a hablar.

- Escucha Juanjo, a ver si me entiendes, porque aquí parece  que nadie me quiere entender, todo esto a sido un malentendido, ni yo me voy a meter a cura, ni nada por el estilo, todo ha sido un malentendido que mi hermano y una vecina chismosa se han encargado de propagar.

- Entonces... ¿ya no vas a cantar misa?.

- No, ¡joder!, ¡no!

- Dices tacos, debe ser verdad, si ya decía yo que no te veía, ¡venga!, te invito a una caña.

            Entramos en el Bar López y pedimos unas cañas, al poco entraron Pepe y Luis, dos amigos de Carabanchel que por suerte no se habían enterado de mi "vocación", la charla se fue animando sobre temas intranscendentes, la situación parecía definitivamente reconducida, cuando en la puerta del bar apareció Jaci, acompañado de un muchacho desconocido, desde la puerta Jaci me señalo y el desconocido se acercó a nosotros.

- ¡Buenas tardes!, perdonad, tu eres Pedro.

- Si yo soy.

            Me tendió la mano, mientras Juanjo y los demás bebían un trago de cerveza.

- Me llamo Oscar Hernández, soy Catequista de la Legión de María, el Padre Gregorio me ha dicho, que estabas interesado en contactar con nosotros.

-¡Pffffffffff.........!



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com