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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XXII

            Fue maravilloso sentir de nuevo las manos libres, desde la espesura una voz me gritó.

- ¡Apártate de él muchacho!, Ven aquí corriendo.

            Obedecí, y me aparte del Comandante, ¿o debo decir Sargento?, Bueno lo mismo da; a los pocos minutos la situación estaba totalmente controlada, los soldados habían agrupado en la explanada a los guerrilleros y los tenían vigilados y sentados en el suelo, a Jarapo lo tenían en una camilla y le habían hecho un vendaje en la pierna y en cuanto a mí, pues me tenían sentado en una de las chozas  a la espera de que me viera el Capitán, el cual llegó al poco tiempo.

- ¿Así que usted es Pedro?, ¿Pedro Beneitez?.

- Sí señor.

- ¡Virgen Santa de Coromoto!, ¡Valla aspecto!.

- Ya, perdone, han sido las circunstancias, con la tormenta y el barro...

- Bueeno, ya tendrá tiempo de arreglarse, no puedo facilitarle nada de ropa, tendrá que seguir así hasta que lleguemos a la base, lo importante es que se encuentra bien, su amigo se pondrá muy contento de verle y ya he dado ordenes por radio para que notifiquen a la embajada su aparición.

- ¿A la embajada?, ¿Qué pinta la embajada en todo esto?.

- Usted sabrá, lo cierto es que tengo orden de ponerlo a disposición de un funcionario de la embajada española que se desplazará a Puerto Ayacucho a recogerlo.

- Y ¿cómo me han encontrado?.

- No ha sido muy difícil, su amigo supuso acertadamente que usted no se alejaría del río, así que nos desplazamos a la zona y en cuanto pudo despegar, pues ya ve, los encontró; lo que ya no sabíamos es que íbamos a tener de propina  al Sargento Majuela y su banda, bueeno ha sido un paseo provechoso.

- Pero, ¿No es Comandante Evenencio...?

- Sí, se llama Evenencio, pero de Comandante nada, Sargento, para la tropa Sargento Majuela ¿sabe usted?,  Lo expulsaron del ejercito hará tres años por un asuntillo ... , bueno es igual, lo expulsaron y desde entonces anda por aquí haciendo su revolución, pero no es peligroso, sólo molesta un poco a los indígenas pero en el fondo es buena gente. Y ahora si le parece, vamos a ponernos en marcha, dormiremos en nuestro  campamento y mañana regresaremos a la base.

            Fuimos caminando río arriba y llegamos pronto al campamento, éste estaba montado en el claro de bosque donde había caído con el paracaídas, eran varias tiendas de campaña bastante grandes y comparado con el poblado aquello era como un hotel de lujo, yo estaba realmente agotado, había sido un día muy intenso y sólo quería dormir, me instalaron en una de las tiendas y ante los curiosos soldados, que no paraban de mirarme, me tumbé en el suelo y me quede profundamente dormido.

Al día  siguiente nos levantamos muy temprano, se deshizo el campamento e iniciamos la marcha río arriba, el camino era relativamente sencillo, las aguas habían bajado bastante y, además estos soldados iban considerablemente más preparados que los otros, al medio día paramos para comer algo, en concreto yo comí una lata de Magro de Cerdo, la civilización no debía de estar muy lejos. Después seguimos caminando hasta que a media tarde y tras subir una ligera pendiente se abrió ante mi un insospechado espectáculo; una inmensa llanura se extendía ante nosotros, sólo  pasto y algunos árboles dispersos hasta las lejanas montañas del horizonte, y a unos doscientos metros  un enorme campamento militar, con muchas tiendas de campaña, camiones, jeeps y... la avioneta de Tex aparcada en una esquina.

            Cuando llegamos a las primeras tiendas, reconocí la inconfundible figura de Tex corriendo hacia nosotros, me alegré de  volverlo a ver; cuando llegó a nuestra altura se paró y se quedó mirándome de arriba abajo.

- ¡Gua!, ¡¿Pero chico?!, ¿De qué te disfrazaste?, ¿Que para vivir en la selva hace falta ponerse así?.

            Todos nos reímos y Tex y yo nos fundimos en un abrazo; a continuación me llevaron ante un médico que me reconoció, luego me dieron un uniforme  y me mandaron a asearme y cambiarme, por primera vez desde que empezó esta historia me veía  en un espejo limpio, ciertamente mi imagen había cambiado, no sé a quién me parecía más, si a Jesucristo o a John Lenon, pero desde luego no era el Pedri que salió de Madrid.

            Después de cenar fui conducido ante el Comandante del campamento, éste se encontraba en el interior de una amplia tienda sentado ante una mesa con restos de haber comido la cena, a su lado estaba sentado Tex y ambos tenían una copa en sus manos.

- Adelante muchacho, pasa y siéntate a tomar una copa, aquí Don Tex, ya me contó tu historia cuando solicitó nuestra ayuda, un tanto insólita, pero en fin, lo importante es que al fin estás sano y salvo. 

- Gracias, no me esperaba este recibimiento, y sobre todo lo que no me esperaba es que el lugar más despoblado del planeta estuviese tan lleno de gente, cómo se ha podido organizar todo este jaleo.

- Bueeno, aquí Don Tex tiene mucho que decir, él dio la voz de alarma y él es el más indicado para contarlo.

- No hay mucho que contar, cuando te perdí, regresé con la idea de pedir ayuda, yo sólo no te podría encontrar, así que recurrí a D. Oswaldo, éste no me hizo mucho caso, pero coincidió con el recibo de una nota de la prefectura interesándose por el paradero de un individuo reclamado por la embajada de España, un tal Pedro Benéitez, y bueeeno, con eso y un poco de café fue suficiente para que D. Oswaldo se decidiera a ayudarme, llamó al destacamento de San Juan de Manapiare y casualmente tenían a parte de la tropa haciendo maniobras por aquí, así que el resto fue sencillo, me vine para acá, aterricé y al día siguiente de la tormenta empezamos a buscar, con la impagable colaboración del Comandante Matías.

- No es para tanto D. Tex, por cierto, me han llegado noticias de que tiene usted un café que es algo especial...

- ¡Bueno, bueno, perdonen los dos!, Pero aquí hay cosas que no me cuadran, vamos a ver Tex, no quedamos en que aquí no había nada, que no se podía aterrizar, ¿qué pasa aquí?, Esto esta lleno de gente y tienes el avión aparcado en la puerta.

- Bueeeno..., quizás no estés bien ubicado.

- ¡¿Bien ubicado?!, ¿Qué quieres decir?

- ¿Quieres una copa?, El ron del Comandante es algo especial...

- ¡Pero contéstame!, Qué es eso de "bien ubicado".

- Esto..., verás chico.

-¡Me llamo Pedro!, No me llames chico.

El Comandante intervino en tono conciliador, mientras Tex se rellenaba su copa y me llenaba otra a mí.

- No se me sofoquen por favor, cálmese D. Pedro, creo que ha habido un malentendido.

- ¡¿Dónde estoy?, ¿Me puede decir alguien dónde estoy?.

- Pues D. Pedro, esta usted en la rivera del Ventuari.

- ¿Del Ventuari?, ¿Ese río no es el Caura?.

- No D. Pedro, el Caura esta a muchos kilómetros de aquí hacia el oeste en la Guayana.

- Pero..., ¿y los indios?, No sabían nada de español, no habían tenido contacto nunca con el hombre blanco.

- ¡Va!, D. Pedro, no se fíe, son muy suyos, aunque puede ser verdad que no conocieran la civilización, todos son nómadas y quizás esos que vio usted, era la primera vez que se acercaban tanto a sitios habitados.

- ¡Sitios habitados!, Pero... ¿hay sitios habitados por aquí?.

- Bueeeno, están El Oso, Cacuri, Uasaraña, Rajuña, Castaña ...

- ¡Es suficiente!, ¡Buenas Noches Señores!.

            Me levanté y me fui hacia la salida.

- ¡Hey Chico!, No seas huevón, lo hice por tu bien.

- ¡D. Pedro, no se me sofoque!, Venga aquí.

            No hice caso a nadie, me sentía engañado, engañado y estafado, me dirigí a la tienda y me acosté.

            Al día siguiente, cuando desperté, el sol ya lucía en toda su plenitud, desayuné y después me mandó llamar el comandante; era para comunicarme que esa misma mañana vendría un helicóptero del ejercito que me evacuaría hasta Puerto Ayacucho, me pareció muy bien, estaba deseando salir de allí, me sentía ridículo con aquel uniforme, mi melena y mi barba, siendo el blanco de todas las miradas del campamento, mi equipaje estaba hecho y sólo quedaba esperar al helicóptero, mientras tanto fui a sentarme al sol al lado de una tienda, fue entonces cuando me di cuenta  de que faltaba la avioneta de Tex, no estaba, se debió de ir muy temprano, ¡pues bueno!, Me daba lo mismo, en el fondo era un farsante del que te podías esperar cualquier cosa.

            Pronto vino el helicóptero, el Comandante se despidió muy efusivamente de mí y partimos hacia Puerto Ayacucho, en hora y media completamos el trayecto, con Tex el viaje había durado dos horas al doble de velocidad, ¡cómo me había engañado!.

            Cuando aterrizamos, varias personas estaban esperando en la pista, un fotógrafo no paraba de hacerme fotos y  un individuo se empeñaba en preguntarme, si era verdad que me había convertido en un Rey de los indios, todo entre empujones de los militares y mientras caminábamos hacia la terminal.

            El resto es largo y duro de contar, montones de preguntas y entrega al funcionario de la Embajada de España, de ahí a Caracas y muchas más preguntas, en la policía, en la Embajada..., todo el mundo hacía preguntas, ¿qué había pasado?, ¿Cómo eran los indios?, ¿Cómo llegué?, ¿Quién era el Comandante Evenencio?..., Y por fin después de mucho tiempo, cuando tuve al embajador delante pude preguntar yo.

- ¿Por qué tanto interés conmigo?, Soy un ciudadano libre, y estoy aquí por decisión propia, que yo sepa no he hecho nada malo.

- Tranquilo Pedro, no pasa nada, dentro de poco estarás otra vez en tu casa, y todo volverá a la normalidad, no te preocupes de nada.

 - Pero..., y si no quiero volver, ¿estoy detenido?.

- No por favor Pedro, no digas tonterías, no estás detenido, pero tengo orden de mandarte para tu casa, así que tranquilo, no pasa nada.

            Iba a contestar pero me callé, ¿para qué?, En realidad estaba vencido, no tenía ni un duro, iba vestido con la ropa que me habían proporcionado en la embajada y mi moral estaba muy resentida, sí, mejor sería volver.

            El viaje fue monótono, no me dormía, estaba intranquilo, no sabía lo que me esperaba en Barajas cuando aterrizáramos, ¿qué cara pondría mi padre?, ¿Me daría una bofetada directamente?, ¿Estaría llorando mi madre?, ¿Se reiría mi hermano?, No sé, estaba confuso, fui al servicio del avión y me miré en el espejo, no sé si me reconocerían, me habían proporcionado un traje elegante, incluso llevaba corbata, me habían cortado el pelo, dejándome una media melena  y mi barba arreglada daba un toque de seriedad a mi rostro curtido por el Sol.

            Por fin aterrizamos y la voz del piloto sonó por la megafonía interior del aparato.

- Sres. Pasajeros, les rogamos que permanezcan en sus asientos hasta nuevo aviso, por favor no se levanten ni entorpezcan el pasillo, disculpen las molestias.

El avión se detuvo, se abrió la puerta y entró un señor con gabardina, el reloj de la cabina marcaba las seis de la mañana del día ocho de Enero. El señor fue caminando por el pasillo y al llegar a mi altura me miró y preguntó.

- ¿Pedro Benéitez?.

- Sí, yo soy.

- Acompáñeme, por favor.

Cuando me levanté del asiento me temblaban las piernas y el resto de los pasajeros nos miraban con curiosidad; era de noche y hacia frío, bajamos la escalerilla y nos metimos en un coche que estaba en la pista, nos dirigimos a la terminal, bajamos del coche y entramos por una puerta amplia al hall.

Aquello fue deslumbrante, en todos los sentidos de la palabra, montones de flashes comenzaron a dispararse sobre mí, y un numeroso grupo de personas hacían un pasillo a través del que nos íbamos desplazando, de un lado y otro me iban llamando, unos Pedro, otros Pedri, estaba confuso, aquello era desproporcionado; de pronto, una figura se abalanzó sobre mí, era mi madre, llorando se abrazó a mí mientras los flashes arreciaron  en intensidad, al lado mi padre nos observaba con gesto severo mientras una lagrima se escapaba por su mejilla.

Fue apoteósico, nunca hubiera pensado que mi persona despertara tanto interés, la situación me sobrepasaba y simplemente me dejé llevar.

Y me llevaron, ese día y los siguientes me llevaron a montones de sitios, a mi casa, a T.V.E., al diario Pueblo donde mi padre posó orgulloso con su hijo, "El joven español perdido en la selva", a la Embajada de Venezuela, a la Conferencia Episcopal...,no descansábamos ni un momento.

- ¿Pero Papá?, ¿Cómo has montado todo este jaleo?.

- Hijo, los amigos están para algo, y a mí todavía me quedan algunos muy influyentes, ¿te acuerdas de Pelaez?, Que hizo la mili conmigo, sí hombre, que está de subalterno en el Ministerio de Asuntos Exteriores...

            La primera semana fue terrible, el poco tiempo que pasaba en casa, no paraban de venir vecinos, sin embargo, había alguien que no había dado señales de vida, hasta un día que llamaron a la puerta...

- ¡BEA!.

- Hola Pedri, ya que tu no te dignas a pasar a buscarme pues he tenido que venir yo ya he visto por los periódicos que estás muy bien aunque a mí eso de la barba no creas que me acaba de gustar ¿sabes?  Pero bueno supongo que no vas ha quedarte así toda la vida lo mal que nos lo has hecho pasar Pedri sobre todo a mí que he estado con el corazón en un puño todo este tiempo sabes ni al cine he ido y eso que Pepi no paraba de llamarme porque también estaba preocupada la muchacha y Juan que majo es Juan también el chico preguntaba porque sabes casi seguro que para el año que viene ya empiezan a construir los pisos...



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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