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Capítulo
XXI
Me quedé pasmado, no habría podido imaginar que
los paracaídas llevaran etiqueta como las camisas.
- ¿Y bien?, ¿Qué tenemos aquí padrecito?.
- No sé, bueno ya le dije que nosotros...
De repente, unas enormes gotas de agua comenzaron
a caer con fuerza, al tiempo que un tremendo relámpago con
su correspondiente trueno hizo estremecerse a toda la selva;
los soldados salieron corriendo hacia las cabañas y el Comandante,
Lucero y yo hicimos lo mismo, aunque yo iba convenientemente
encañonado, en un instante la oscuridad se adueñó de todo,
parecía enteramente que se había hecho de noche y llovía de
una forma torrencial.
- Bueno, me va a explicar de una vez de dónde viene, y quién
es usted.
- Ya se lo dije, mi congregación vive en la más estricta
pobreza, nos vestimos con lo que podemos, no sé de dónde ha
podido salir esto.
- No me convence nada, no paro de ver cosas raras en usted,
así que mejor lo tenemos bien guardadito, ¡Lucero!, Le aten
las manos y me lo tienen vigilado, no me fío ni un pelo de
él; nos lo llevaremos, puede que nos sirva para algo.
- ¡Pero Comandante!, No puede hacerme esto, tiene que creerme,
no voy a hacerles ningún mal, si no se fía de mí déjeme y
me iré, no les molestaré, usted haga su revolución y yo la
mía, no tenemos por qué molestarnos.
El Comandante no me hizo ningún caso, se dio
media vuelta, y se puso a ver llover desde la esquina de la
choza, mientras, los muchachos me ataron las manos atrás utilizando
una de las cuerdas del paracaídas que estaba por allí enrollada.
Llovió, llovió y volvió a llover, sin parar,
el resto de la tarde y toda la noche, el agua calaba el ligero
techo de la choza y caía por todas partes, el aire soplaba
con fuerza y hacía temblar las paredes de las cabañas y el
suelo se fue convirtiendo en un barrizal como consecuencia
del agua del techo y de la que entraba por el bajo de las
paredes, fue una noche para olvidar.
Cuando amaneció, todos estabamos empapados, el Sol se abrió
paso entre las pocas nubes que aún quedaban y todos nos pusimos
bajo sus rayos buscando el calor que nos faltaba en el cuerpo.
El espectáculo era desolador, la tormenta había sido muy fuerte
y las chozas habían quedado bastante dañadas, sobre todo los
tejados que habían perdido casi todas las ramas que los cubrían.
El comandante mandó formar a la tropa, a mí me coloco a
su lado y se dirigió a ellos.
- ¡Soldados!, Nuestra lucha continúa, nuestra misión aquí
ya ha sido cumplida, pero el resto del mundo nos espera, no
os preocupéis por los obstáculos que vayamos encontrando,
forman parte de nuestra misión; pero..., sí quiero haceros
un llamado para que veáis cuál es el obstáculo mayor, nuestro
más encarnizado enemigo, ¡el salvaje imperialismo Yanqui!,
Del cual tenéis aquí una muestra, mirad como son capaces de
recurrir a las argucias más rastreras para infiltrarse y oprimir
al pueblo.
- ¡Pero Comandante!, Yo no he...
-¡Se me calle gringo!, Es vergonzoso, recurrir incluso a
la religión para oprimir a las gentes sencillas, pero tendrá
su merecido, no crea que su acción quedará impune, no señor;
y ahora soldados, debemos continuar, Ufrenio y Vicente miren
de preparar algo para desayunar, Jarapo que se quede vigilando
al gringo y tú Lucero cógete al resto y mira de que forma
nos podemos llevar todas las batatas que podamos.
El Comandante se alejó de mí en dirección a las
chozas y Jarapo se situó a mi lado, éste aparentaba unos quince
o dieciséis años y conservaba aún la mirada inocente de un
niño.
- ¡Se siente gringo! Y no se le ocurra moverse o le vacío
el cargador entre ceja y ceja y no le reconoce el cadáver
ni su madre de usted.
Me senté y estuve callado todo el rato, pues
pensé que no merecía la pena entablar conversación con la
criatura; mientras tanto los que iban con Lucero hicieron
unas bolsas aprovechando la tela de las hamacas y en ellas
fueron metiendo las batatas, cuando terminaron tenían dos
bolsas de unos veinticinco o treinta Kg; luego se juntaron
todos y comieron algunas frutas.
A los pocos minutos, el Comandante indicó a Jarapo
que me llevara con el grupo y una vez allí dio las instrucciones
para la partida.
- Muchachos, nos vamos, cójanse uno de los sacos y cada poco
se lo van turnando, y el otro me lo atan al gringo para que
lo lleve él y así no pueda escapar.
Así lo hicieron, me ataron al saco y me lo eché
sobre la espalda, se pusieron en fila y empezamos a caminar
hacia el río, este había crecido considerablemente ocupando
la casi totalidad de las márgenes, por lo que sólo quedaba
un estrecho pasillo para caminar entre las zarzas y el agua.
Fuimos caminando río abajo, los primeros iban despejando el
camino con machetes para poder andar con más seguridad y no
terminar cayendo al agua y los demás los seguíamos caminando
sobre un terreno completamente embarrado. El saco pesaba bastante,
y según transcurría el tiempo iba pesando más, tenía que arreglar
aquello como fuera.
- ¡Comandante!, ¡Comandante!, Venga por favor.
El Comandante fue retrocediendo en la fila hasta ponerse
a mi altura.
- ¿Qué pasó?, ¿Por qué grita así?.
- Comandante, qué pretende hacer conmigo, esto pesa mucho
y no voy a poder aguantar mucho tiempo así.
- Eso no es nada comparado con la carga que durante siglos
ha tenido que aguantar la clase trabajadora, le servirá de
lección para darse cuenta de lo que estaba defendiendo.
- ¡Yo no defiendo nada!, No puede tenerme así por una puñetera
etiqueta de la ropa.
- Una etiqueta de la US AIR FORCE, no lo olvide, no dice
TERGAL, dice US AIR FORCE.
- Ya le he dicho que me he tenido que vestir con lo que he
pillado, eso no quiere decir nada, ya ha visto mi pasaporte,
soy español.
- ¿Y de donde sacó ese extraño habito?, Mire no me porfíe
más, todo en usted es extraño, siga con su saco y no me líe.
- ¡Mire Comandante!, Le voy a contar toda la verdad, en serio,
de acuerdo, no soy cura, soy español, me escapé de mi casa
en Madrid para venir a vivir a la selva, llegué a Puerto Ayacucho
y luego en Morganito alquilé un avión para que me trajera
a la selva, y cuando estuve aquí, me tiré en paracaídas que
lo habían comprado en una chatarrería y entonces los indios...
- ¿Está loco o piensa que soy bobo?, Por lo menos invéntese
alguna historia un poco más inteligente, no se me pare y siga
caminando.
- ¡Pero es cierto!, Como los mosquitos picaban cogí el paracaídas...
- ¡Se calleeee!.
Me callé, sobre todo porque le vi sacar el pistolón
y seguí caminando en silencio, de vez en cuando parábamos
porque el ramaje estaba más dificultoso, y los de delante
tenían que preparar el paso, entonces bajaba el saco y me
sentaba sobre él. Estuvimos así durante horas, hasta que llegamos
a la laguna que originaba la cascada, estaba más grande que
cuando la vi la primera vez, y el rugido de la catarata era
mucho más ensordecedor.
Nos costó bastante llegar hasta el borde rocoso
del acantilado, pues igual que pasaba en el río las orillas
de la laguna habían desaparecido y la vegetación era muy densa;
una vez allí paramos y nos quedamos observando el espectáculo,
la caída de agua era gigantesca en comparación a como yo la
había visto, su rugido estremecedor y..., el corazón me dio
un vuelco, mi "Paraíso", mi sitio, mi futuro hogar,
había desaparecido bajo las aguas, la laguna inferior era
como tres veces más grande que cuando yo la vi, y se había
comido la pradera y todo lo que la rodeaba.
Era el fin, esta vez si que era el fin definitivo,
mi primera intención fue empujar el saco de batatas y acompañarlo
en su caída hacia el abismo, no tendrían que molestarse ni
en recoger el cadáver; lo estaba pensando muy seriamente cuando
ocurrió el milagro, al volverme para atrás lo vi, primero
un punto incierto, luego la silueta y sí..., era un avión,
un avión en vuelo rasante, el rugido de la catarata impedía
escuchar el ruido del motor, pero era un avión, ¡el avión
de Tex!. Pasó endiabladamente bajo, tan bajo que casi me hace
perder el equilibrio y caer por el acantilado, los soldados
se miraron asombrados sin saber qué hacer.
- ¡Ocúltense!, ¡Ocúltense todos!, Bajo el ramaje.
El Comandante vociferaba hasta ponerse rojo,
pero su voz apenas se escuchaba por el ruido del ambiente,
el avión giró e inició una nueva pasada, yo permanecía de
pie en el borde del acantilado hasta que un tremendo empujón
me hizo caer al suelo.
-¡Ha dicho el Comandante que se oculte!, ¿Que no le ha oído?,
Como me encabrite más le limpio los oídos de un balazo de
lado a lado y se acabó el problema.
El simpático Jarapo estaba tumbado a mi lado
mientras el avión de Tex pasaba sobre nuestras cabezas y a
continuación se alejó río arriba. Cuando le perdimos de vista,
el Comandante dio una voz y reunió a los soldados.
-Bueeeno muchachos, no sé quien carájo será ése del avión,
aunque no parece del ejército, si aparece otra vez no esperen
mis ordenes, ¡ocúltense bajo el ramaje!, ¡¿No se acuerdan
ya de cuando se lo expliqué?!, A parte de parecerlo tienen
que comportarse como soldados, ¡no lo olviden!.
A continuación llamó aparte a Lucero y estuvieron
hablando unos minutos mientras miraban abajo del acantilado,
luego se volvieron hacia el grupo.
-¡Muchachos!, Media vuelta, nos volvemos hacia el poblado,
abajo esta todo inundado y por aquí no tenemos otra salida,
esperaremos allí a que bajen las aguas.
Me parecía muy acertada la idea, pero no estaba
dispuesto a seguir cargando con el saco de batatas otra vez
hasta el poblado.
-¡Comandante!.
- ¡¿Qué pasó ahora con usted?!.
- No puede hacerme llevar otra vez este saco, estoy agotado,
no me escaparé, se lo juro, pero quíteme el saco.
- ¡Jarapo!, Explícale al señor.
No hizo falta explicación, volví a echar el saco
sobre el hombro y comenzamos a caminar; aproximadamente una
hora después comenzó a escucharse de nuevo el murmullo de
un motor, esta vez no lo ocultaba el ruido de la cascada,
los soldados se ocultaron y me ocultaron, Tex pasó en vuelo
rasante sobre el río en dirección a la cascada y a los pocos
minutos volvió a pasar en dirección opuesta, no sé si nos
vio, pero distinguí perfectamente su cara a través de la ventanilla.
- ¿Qué se le habrá perdido a ese pajarraco por aquí?, Como
vuelva a pasar, lo machacamos a balazos, ¿oído muchachos?.
- Sí, mi Comandante.
Seguimos caminando unas horas más, y al final
llegamos al poblado sin que Tex volviera a pasar con el avión,
yo estaba completamente agotado y ya me daba lo mismo lo que
hicieran conmigo, bajé el saco y me senté sobre él. El Comandante
y Lucero organizaron a los soldados y mientras unos se dedicaban
a recoger ramas para los tejados de las chozas, otros iban
instalando de nuevo el campamento, nadie parecía fijarse en
mí, y allí estaba yo atado a mi saco de batatas en medio de
la explanada, no paraba de pensar en Tex, ¿me habría visto?,
¿De verdad estaba buscándome?.
No sé cuanto tiempo pasé así, hasta que de pronto
una voz fantasmagórica resonó en toda la selva.
- ¡Dejen todo lo que están haciendo, suelten las armas, y
agrúpense en el centro de explanada, están rodeados!. ¡Les
habla el Capitán Casimiro Raguán, del ejercito de la República
de Venezuela!.
La voz provenía de un megáfono entre la vegetación,
al extremo izquierdo de la explanada; los muchachos se quedaron
parados, sin saber qué hacer, hasta que de improviso Jarapo
se encaró el fusil y apunto en dirección al sitio de donde
venía la voz, sonaron tres o cuatro disparos y Jarapo cayo
al suelo gritando y sujetándose una pierna con las manos.
En la confusión siguiente, unos soltaron las armas y levantaron
las manos y otros salieron corriendo, se escucharon más disparos
y de repente me encontré con el Comandante a mi lado apuntándome
en la sien con el pistolón.
-¡Capitán, si no quiere que le reviente los sesos al gringo
salga de dónde está escondido!, Esta hablando con el Comandante
Evenencio Pastrilla, del Partido para la Liberación de los
Pueblos Indígenas del Alto Amazonas, venga a hablar cara a
cara.
Se hizo el silencio y de nuevo sonó la voz del
megáfono.
- ¡Sargento Majuela!, Deje de hacer el tonto y suelte al
muchacho, no sea carajote.
- Repito que esta hablando con el Comandante Evenencio Pastrilla,
¡exijo un respeto, o me cargo al yanqui!.
- ¡Mira pelotilla!, Ya sé que te llamas Evenencio, pero no
te subas los galones, suelta al muchacho y deja ya de incordiar,
vamos ha terminar esto bien.
- ¡Casimiro, no te consiento que me llames pelotilla!, ¡Me
cargo al gringo y me pego un tiro!, Exijo un trato digno.
Iba en serio, amartillo el percutor y pensé que
de verdad había llegado el fin para mí.
-¡Vale, vale!, Está bien, Comandante, le invito a mantener
unas conversaciones de paz para discutir sobre la soberanía
de estas tierras, pero para ello haga el favor de soltar al
muchacho que tiene entre sus brazos.
Simultáneamente, comenzaron a aparecer soldados
por todas partes, pero éstos sí eran soldados de verdad.
- Eso está mejor, acepto su invitación Capitán.
A continuación soltó el pistolón en el suelo
y con una navaja cortó mis ataduras.
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