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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XXI

            Me quedé pasmado, no habría podido imaginar que los paracaídas llevaran etiqueta como las camisas.

- ¿Y bien?, ¿Qué tenemos aquí padrecito?.

-  No sé, bueno ya le dije que nosotros...

            De repente, unas enormes gotas de agua comenzaron a caer con fuerza, al tiempo que un tremendo relámpago con su correspondiente trueno hizo estremecerse a toda la selva; los soldados salieron corriendo hacia las cabañas y el Comandante, Lucero y yo hicimos lo mismo, aunque yo iba convenientemente encañonado, en un instante la oscuridad se adueñó de todo, parecía enteramente que se había hecho de noche y llovía de una forma torrencial.

- Bueno, me va a explicar de una vez de dónde viene, y quién es usted.

- Ya se lo dije, mi congregación vive en la más estricta pobreza, nos vestimos con lo que podemos, no sé de dónde ha podido salir esto.

- No me convence nada, no paro de ver cosas raras en usted, así que mejor lo tenemos bien guardadito, ¡Lucero!, Le aten las manos y me lo tienen vigilado, no me fío ni un pelo de él; nos lo llevaremos, puede que nos sirva para algo.

- ¡Pero Comandante!, No puede hacerme esto, tiene que creerme, no voy a hacerles ningún mal, si no se fía de mí déjeme y me iré, no les molestaré, usted haga su revolución y yo la mía, no tenemos por qué molestarnos.

            El Comandante no me hizo ningún caso, se dio media vuelta, y se puso a ver llover desde la esquina de la choza, mientras, los muchachos me ataron las manos atrás utilizando una de las cuerdas del paracaídas que estaba por allí enrollada.

            Llovió, llovió y volvió a llover, sin parar, el resto de la tarde y toda la noche, el agua calaba el ligero techo de la choza y caía por todas partes, el aire  soplaba con fuerza y hacía temblar las paredes de las cabañas y el suelo se fue convirtiendo en un barrizal como consecuencia del agua del techo y de la que entraba por el bajo de las paredes, fue una noche para olvidar.

Cuando amaneció, todos estabamos empapados, el Sol se abrió paso entre las pocas nubes que aún quedaban y todos nos pusimos bajo sus rayos buscando el calor que nos faltaba en el cuerpo. El espectáculo era desolador, la tormenta había sido muy fuerte y las chozas habían quedado bastante dañadas, sobre todo los tejados que habían perdido casi todas las ramas que los cubrían.

 El comandante mandó formar a la tropa, a mí me coloco a su lado y  se dirigió a ellos.

- ¡Soldados!, Nuestra lucha continúa, nuestra misión aquí ya ha sido cumplida, pero el resto del mundo nos espera, no os preocupéis por los obstáculos que vayamos encontrando, forman parte de nuestra misión; pero..., sí quiero haceros un llamado para que veáis cuál es el obstáculo mayor, nuestro más encarnizado enemigo, ¡el salvaje imperialismo Yanqui!, Del cual tenéis aquí una muestra, mirad como son capaces de recurrir a las argucias más rastreras para infiltrarse y oprimir al pueblo.

- ¡Pero Comandante!, Yo no he...

-¡Se me calle gringo!, Es vergonzoso, recurrir incluso a la religión para oprimir a las gentes sencillas, pero tendrá su merecido, no crea que su acción quedará impune, no señor; y ahora soldados, debemos continuar, Ufrenio y Vicente miren de preparar algo para desayunar, Jarapo que se quede vigilando al gringo y tú Lucero cógete al resto y mira de que forma nos podemos llevar todas las batatas que podamos.

            El Comandante se alejó de mí en dirección a las chozas y Jarapo se situó a mi lado, éste aparentaba unos quince o dieciséis años y conservaba aún la mirada inocente de un niño.

- ¡Se siente gringo! Y no se le ocurra moverse o le vacío el cargador entre ceja y ceja y no le reconoce el cadáver ni su madre de usted.

            Me senté y estuve callado todo el rato, pues pensé que no merecía la pena entablar conversación con la criatura; mientras tanto los que iban con Lucero hicieron unas bolsas aprovechando la tela de las hamacas y en ellas fueron metiendo las batatas, cuando terminaron tenían dos bolsas de unos veinticinco o treinta Kg; luego se juntaron todos y comieron algunas frutas.

            A los pocos minutos, el Comandante indicó a Jarapo que me llevara con el grupo y una vez allí dio las instrucciones para la partida.

- Muchachos, nos vamos, cójanse uno de los sacos y cada poco se lo van turnando, y el otro me lo atan al gringo para que lo lleve él y así no pueda escapar.

            Así lo hicieron, me ataron al saco y me lo eché sobre la espalda, se pusieron en fila y empezamos a caminar hacia el río, este había crecido considerablemente ocupando la casi totalidad de las márgenes, por lo que sólo quedaba un estrecho pasillo para caminar entre las zarzas y el agua. Fuimos caminando río abajo, los primeros iban despejando el camino con machetes para poder andar con más seguridad y no terminar cayendo al agua y los demás los seguíamos caminando sobre un terreno completamente embarrado. El saco pesaba bastante, y según transcurría el tiempo iba pesando más, tenía que arreglar aquello como fuera.

- ¡Comandante!, ¡Comandante!, Venga por favor.

 El Comandante fue retrocediendo en la fila hasta ponerse a mi altura.

- ¿Qué pasó?, ¿Por qué grita así?.

- Comandante, qué pretende hacer conmigo, esto pesa mucho y no voy a poder aguantar mucho tiempo así.

- Eso no es nada comparado con la carga que durante siglos ha tenido que aguantar la clase trabajadora, le servirá de lección para darse cuenta de lo que estaba defendiendo.

- ¡Yo no defiendo nada!, No puede tenerme así por una puñetera etiqueta de la ropa.

- Una etiqueta de la US AIR FORCE, no lo olvide, no dice TERGAL, dice US AIR FORCE.

- Ya le he dicho que me he tenido que vestir con lo que he pillado, eso no quiere decir nada, ya ha visto mi pasaporte, soy español.

- ¿Y de donde sacó ese extraño habito?, Mire no me porfíe más, todo en usted es extraño, siga con su saco y no me líe.

- ¡Mire Comandante!, Le voy a contar toda la verdad, en serio, de acuerdo, no soy cura, soy español, me escapé de mi casa en Madrid para venir a vivir a la selva, llegué a Puerto Ayacucho y luego en Morganito alquilé un avión para que me trajera a la selva, y cuando estuve aquí, me tiré en paracaídas que lo habían comprado en una chatarrería y entonces los indios...

- ¿Está loco o piensa que soy bobo?, Por lo menos invéntese alguna historia un poco más inteligente, no se me pare y siga caminando.

- ¡Pero es cierto!, Como los mosquitos picaban cogí el paracaídas...

- ¡Se calleeee!.

            Me callé, sobre todo porque le vi sacar el pistolón y seguí caminando en silencio, de vez en cuando parábamos porque el ramaje estaba más dificultoso, y los de delante tenían que preparar el paso, entonces bajaba el saco y me sentaba sobre él. Estuvimos así durante horas, hasta que llegamos a la laguna que originaba la cascada, estaba más grande que cuando la vi la primera vez, y el rugido de la catarata era mucho más ensordecedor.

            Nos costó bastante llegar hasta el borde rocoso del acantilado, pues igual que pasaba en el río las orillas de la laguna habían desaparecido y la vegetación era muy densa; una vez allí paramos y nos quedamos observando el espectáculo, la caída de agua era gigantesca en comparación a como yo la había visto, su rugido estremecedor y..., el corazón me dio un vuelco, mi "Paraíso", mi sitio, mi futuro hogar, había desaparecido bajo las aguas, la laguna inferior era como tres veces más grande que cuando yo la vi, y se había comido la pradera y todo lo que la rodeaba.

            Era el fin, esta vez si que era el fin definitivo, mi primera intención fue empujar el saco de batatas y acompañarlo en su caída hacia el abismo, no tendrían que molestarse ni en recoger el cadáver; lo estaba pensando muy seriamente cuando ocurrió el milagro, al volverme para atrás lo vi, primero un punto incierto, luego la silueta y sí..., era un avión, un avión en vuelo rasante, el rugido de la catarata impedía escuchar el ruido del motor, pero era un avión, ¡el avión de Tex!. Pasó endiabladamente bajo, tan bajo que casi me hace perder el equilibrio y caer por el acantilado, los soldados se miraron asombrados sin saber qué hacer.

- ¡Ocúltense!, ¡Ocúltense todos!, Bajo el ramaje.

            El Comandante vociferaba hasta ponerse rojo, pero su voz apenas se escuchaba por el ruido del ambiente, el avión giró e inició una nueva pasada, yo permanecía de pie en el borde del acantilado hasta que un tremendo empujón me hizo caer al suelo.

-¡Ha dicho el Comandante que se oculte!, ¿Que no le ha oído?, Como me encabrite más le limpio los oídos de un balazo de lado a lado y se acabó el problema.

            El simpático Jarapo estaba tumbado a mi lado mientras el avión de Tex pasaba sobre nuestras cabezas y a continuación se alejó río arriba. Cuando le perdimos de vista, el Comandante dio una voz y reunió a los soldados.

-Bueeeno muchachos, no sé quien carájo será ése del avión, aunque no parece del ejército, si aparece otra vez no esperen mis ordenes, ¡ocúltense bajo el ramaje!, ¡¿No se acuerdan ya de cuando se lo expliqué?!, A parte de parecerlo tienen que comportarse como soldados, ¡no lo olviden!.

            A continuación llamó aparte a Lucero y estuvieron hablando unos minutos mientras miraban abajo del acantilado, luego se volvieron hacia el grupo.

-¡Muchachos!, Media vuelta, nos volvemos hacia el poblado, abajo esta todo inundado y por aquí no tenemos otra salida, esperaremos allí a que bajen las aguas.

            Me parecía muy acertada la idea, pero no estaba dispuesto a seguir cargando con el saco de batatas otra vez hasta el poblado.

-¡Comandante!.

- ¡¿Qué pasó ahora con usted?!.

- No puede hacerme llevar otra vez este saco, estoy agotado, no me escaparé, se lo juro, pero quíteme el saco.

- ¡Jarapo!, Explícale al señor.

            No hizo falta explicación, volví a echar el saco sobre el hombro y comenzamos a caminar; aproximadamente una hora después comenzó a escucharse de nuevo el murmullo de un motor, esta vez no lo ocultaba el ruido de la cascada, los soldados se ocultaron y me ocultaron, Tex pasó en vuelo rasante sobre el río en dirección a la cascada y a los pocos minutos volvió a pasar en dirección opuesta, no sé si nos vio, pero distinguí perfectamente su cara a través de la ventanilla.

- ¿Qué se le habrá perdido a ese pajarraco por aquí?, Como vuelva a pasar, lo machacamos a balazos, ¿oído muchachos?.

- Sí, mi Comandante.

            Seguimos caminando unas horas más, y al final llegamos al poblado sin que Tex volviera a pasar con el avión, yo estaba completamente agotado y ya me daba lo mismo lo que hicieran conmigo, bajé el saco y me senté sobre él. El Comandante y Lucero organizaron a los soldados y mientras unos se dedicaban a recoger ramas para los tejados de las chozas, otros iban instalando de nuevo el campamento, nadie parecía fijarse en mí, y allí estaba yo atado a mi saco de batatas en medio de la explanada, no paraba de pensar en Tex, ¿me habría visto?, ¿De verdad estaba buscándome?.

            No sé cuanto tiempo pasé así, hasta que de pronto una voz fantasmagórica resonó en toda la selva.

- ¡Dejen todo lo que están haciendo, suelten las armas, y agrúpense en el centro de explanada, están rodeados!. ¡Les habla el Capitán Casimiro Raguán, del ejercito de la República de Venezuela!.

            La voz provenía de un megáfono entre la vegetación, al extremo izquierdo de la explanada; los muchachos se quedaron parados, sin saber qué hacer, hasta que de improviso Jarapo se encaró el fusil y apunto en dirección al sitio de donde venía la voz, sonaron tres o cuatro disparos y Jarapo cayo al suelo gritando y sujetándose una pierna con las manos. En la confusión siguiente, unos soltaron las armas y levantaron las manos y otros salieron corriendo, se escucharon más disparos y de repente me encontré con el Comandante a mi lado apuntándome en la sien con el pistolón.

-¡Capitán, si no quiere que le reviente los sesos al gringo salga de dónde está escondido!, Esta hablando con el Comandante Evenencio Pastrilla, del Partido para la Liberación de los Pueblos Indígenas del Alto Amazonas, venga a hablar cara a cara.

            Se hizo el silencio y de nuevo sonó la voz del megáfono.

- ¡Sargento Majuela!, Deje de hacer el tonto y suelte al muchacho, no sea carajote.

- Repito que esta hablando con el Comandante Evenencio Pastrilla, ¡exijo un respeto, o me cargo al yanqui!.

- ¡Mira pelotilla!, Ya sé que te llamas Evenencio, pero no te subas los galones, suelta al muchacho y deja ya de incordiar, vamos ha terminar esto bien.

- ¡Casimiro, no te consiento que me llames pelotilla!, ¡Me cargo al gringo y me pego un tiro!, Exijo un trato digno.

            Iba en serio, amartillo el percutor y pensé que de verdad había llegado el fin para mí.

-¡Vale, vale!, Está bien, Comandante, le invito a mantener unas conversaciones de paz para discutir sobre la soberanía de estas tierras, pero para ello haga el favor de soltar al muchacho que tiene entre sus brazos.

            Simultáneamente, comenzaron a aparecer soldados por todas partes, pero éstos sí eran soldados de verdad.

- Eso está mejor, acepto su invitación Capitán.

            A continuación soltó el pistolón en el suelo y con una navaja cortó mis ataduras.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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