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Capítulo
XX
Después de comer, el sueño fue haciendo mella
en todos, en todos menos en los indios, podría decirse que
habían quedado convertidos en estatuas, casi todos los soldados
estaban durmiendo, unos en nuestras hamacas y otros a la sombra
de los árboles, la calma era total, con un poco de decisión,
habría sido fácil para los indios reducir por sorpresa a los
soldados, sin embargo permanecían allí inmóviles, ajenos a
todo lo que les rodeaba.
Incluso el Comandante quedo dormido durante unos minutos,
yo por mi parte no paraba de darle vueltas a la cabeza para
tratar de encontrar una salida a esta absurda situación,
quizá podría escapar, era cuestión de no montar mucho escándalo,
pero... no podía dejar a los indios así; por otro lado tampoco
tenía muy claro de que forma podría yo ayudarlos.
- Hey D. Pedro, ¿no reposó usted un poco la comida?.
La voz del Comandante me sacó de mis pensamientos.
-¡Eh!, Ha sí, no, no tengo la costumbre de dormir siesta.
-Bueeno, allá usted, pero es algo muy saludable, ¿sabe?.
- Ya, ya lo sé, pero..., estaba pensando, ¿sabe usted?, Estaba
pensando en los indios, ¿qué piensa hacer con ellos Comandante?.
- Nada, mi misión casi está cumplida, ya les di la buena
nueva de la revolución, estaremos un par de días más por si
tienen dudas y después proseguiremos nuestra tarea hasta la
total liberación de estas tierras.
- Pero..., Comandante, no puede tenerlos así dos días, llevan
así un montón de horas, a pleno sol y sin comer.
-¡Va, Padre!, No se preocupe, son así, siempre hacen lo mismo
ya se lo dije, en realidad están pensando y asimilando el
mensaje revolucionario.
-¡Pero Comandante!, Sea serio, no entienden una sola palabra
de español, no pueden asimilar ningún mensaje, ¡están asustados!.
- Mire Padre, me está resultando usted un poco contrarrevolucionario,
lo único que ha tenido asustado al ser humano durante siglos
ha sido el brazo opresor del capitalismo, la libertad no puede
asustar a nadie, o... ¿a usted le asusta?.
-¡No me asusta!, Pero..., bueno dejémoslo.
-¡Ah!, Se ve que le falta experiencia Padre, tiene buenas
intenciones pero le falta experiencia, no sé, la congregación
ésa a la que pertenece no debería mandarlos solos así sin
más, hace falta un poco más de mundo; dese cuenta, no sé cuanto
tiempo lleva usted en el poblado, pero lo único que sabe es
que no hablan español, y, por tanto, usted no les ha podido
explicar nada de Dios ni del Evangelio; si embargo yo, ya
ve, en diez horas que llevamos aquí, les he devuelto sus tierras,
los he convertido en ciudadanos con derechos y les he explicado
el mensaje revolucionario, y ahí los tiene, sentados, pensando
y analizando todo lo que se les ha dado en este gran día.
- (...).
- Sí, no me mire con esa cara, mire Padre, cuando yo tenía
su edad ya llevaba a las espaldas muchos años de implicación
en la lucha obrera allá en Colombia, aún vivía en la legalidad,
pero mi compromiso en la lucha me hizo avanzar más y más en
este difícil camino, hasta llegar a esta situación en la que
me encuentro actualmente, comisionado por mi Partido para
extender la revolución en la selva, como bien dijo el amado
Che, "el revolucionario, es el escalón más alto de la
especie humana", y yo ya he llegado.
No sabía que responderle, este hombre era terriblemente
pesado, y aprovechaba la más mínima oportunidad para soltar
el discurso, a parte de eso, estaba totalmente loco y no valía
la pena discutir con él.
- Ya, comprendo...
- Sí Padre, ya sé que me comprende, usted es una persona
estudiada y sabe mejor que nadie cómo la condición humana
siempre tiende...
Fue una tarde cruel, era incluso peor que Bea,
cuando ya de noche, un soldado anunció que la cena estaba
lista vi en él la salvación, mi cabeza estaba a punto de estallar
y ya veía difícil aguantar más.
- Vaya a comer algo Comandante...
- Pero venga usted también Padre.
- No tengo hambre, perdóneme, además, tengo que rezar mis
oraciones, ya sabe..., vaya usted tranquilo.
-¿Sus oraciones...?, Por cierto Padre, en confianza, me gustaría
que celebrara, los muchachos y yo llevamos mucho tiempo sin...
-¿Celebrar?, ¿Qué hay que celebrar?.
-¡Padre!, A veces me confunde, ¡misa!, Se trata de celebrar
misa...
-¡La jodimos!
Fue sólo un susurro que no pude reprimir, este
tío me estaba liando de una forma absurda.
-¡¿Qué ha dicho...?!.
-¡Oh!, Nada..., "Lau judeus deo gratias salomorun..."
es una jaculatoria de acción de gracias, por sus intenciones,
ya sabe... ¡latín!.
- Ah sí, claro latín, perdone, no le había entendido, bueno
vaya a hacer sus rezos mientras como algo, y ya sabe mañana
celebramos.
Sí señor, este tío estaba complicando mucho las
cosas y habría que tomar alguna decisión, pero ya la tomaría
mañana, ahora lo único que me apetecía era dormir y dejar
de escucharle, me dirigí a la choza y me tumbé en mi hamaca,
desde allí veía a los indios sentados en la explanada, allí
seguían impasibles, era injusto que este tío loco, hubiera
turbado de esta forma la vida de esta buena gente, mañana
habría que tomar una determinación, no sé cuál, pero habría
que tomarla.
-¡Padre!, ¡Despierte Padre!, Le llama el Comandante.
Un muchacho, me sacudía en la hamaca de forma
tan brusca que casi me hizo caer al suelo.
- Sí ya, ya voy, ¿qué pasa?.
Me levanté con los ojos casi cerrados, ya era
de día y la claridad me molestaba, después de desperezarme
salí a la explanada y..., habían desaparecido, los indios
no estaban allí. Seguí caminando hasta donde se encontraba
el Comandante comiendo fruta y le pregunté.
-¿Qué ha pasado con los indios?, ¿Dónde están?.
Me miró sin dejar de comer y cuando terminó de
masticar se dirigió a mí.
- Bien Padre, ya estará contento, sus indios ya se han movido.
¡Ve como no había que preocuparse!.
-¿Pero a dónde se han ido? Y ¿cuándo?.
- Pues esta noche Padre, son muy astutos y mis muchachos
muy gandules, se quedaron todos dormidos y en cuanto se dieron
cuenta se largaron, cuando quieren son los animales más silenciosos.
- Bueno, espero que les valla bien.
- Unos desagradecidos, eso es lo que son, en fin, supongo
que algo del mensaje les habrá quedado, además... ¡que les
zurzan!, Se fueron con lo puesto y dejaron aquí todas las
batatas, tendremos comida para bastantes días.
- Veo que no le importa mucho, para qué me ha hecho llamar
tan urgentemente.
- La celebración Padre, ¿dónde le ponemos el altar?.
No se le había ido la idea de la cabeza, esto
se estaba complicando más de la cuenta.
-¡Pero...!, Comandante, aquí no tengo los elementos necesarios
para...
-¿Qué le hace falta?, Yo se lo conseguiré.
- Bueno, falta todo, ¿sabe? En mi viaje hasta aquí, perdí
un bolso con todos los utensilios y los libros...
- Que yo sepa, Jesucristo no estuvo pidiendo y pidiendo en
la última cena, una torta de batata y un poco de vino que
tengo guardado le servirá.
- Ya pero..., es distinto, no sé si...
El Comandante, con lentitud, sacó el pistolón,
amartilló el percutor y me apuntó.
- Padre, he dicho que celebramos..., ¡y celebramos!, ¿Dónde
le ponen el altar?.
- Allí mismo, en la choza de en medio.
- Ve como lo entendió.
- Sí, lo entiendo, pero tenga en cuenta que mi Congregación,
bueno, no nos regimos por los mismos criterios que el Vaticano,
ya sabe, no estamos reconocidos...
- ¡Me importa un carajo su Congregación y el Vaticano, he
dicho que celebramos y CELEBRAMOS!, ¿VALE?.
- Vale.
Di media vuelta y cabizbajo me dirigí hacia la
choza, aquello era una encerrona y no tenía muy claro cómo
iba a terminar; me senté dentro y estuve observando cómo dos
soldados se afanaban en construir un altar, utilizando para
ello las tarimas que habían dejado abandonadas los indios.
Hacía años, muchos años que yo no pisaba una
iglesia y por supuesto no recordaba prácticamente nada de
la ceremonia de la misa, aquello era el fin, aunque..., bien
pensado si el final iba a ser el mismo, es decir, el Comandante
terminaría pegándome un tiro, por lo menos le echaría cuento
al asunto, ya lo mismo daba.
Me levanté y me dirigí a los soldados.
-¡Soldados!
- Diga Padre
- Necesito una cruz sobre el altar, una cruz bien grande.
- ¿Cómo de grande Padre?.
- Así.
Indiqué, abriendo los brazos cuanto pude.
- ¿Le valdrá con aquellas ramas?.
- Creo que sí, aunque mejor un poco más grande y también
necesito una torta de batata, un vaso de vino y otro de agua.
Los soldados continuaron su trabajo y yo volví
a sentarme, al rato volvieron con la cruz que habían fabricado
con las ramas, era grande y pesada, la traían sujeta entre
los dos y la colocaron en el suelo al lado del altar.
- No me oyeron, la cruz tiene que estar encima del altar.
- ¡Pero Padre!, Es muy pesada y...
- Sin peros..., encima del altar.
Estaban acostumbrados a la obediencia ciega,
y la colocaron encima.
Aparatosamente se vino todo abajo, el altar y
la cruz, mientras, los soldados quedaban inmovibles viendo
el descalabro.
- ¡¿Pero qué carajo pasa aquí?!, ¿Qué pasó?, ¿Qué pasó?.
El comandante acudió sofocado hasta nosotros.
- Ya le dijimos que era muy pesada Padre.
- Pues la cruz es necesaria.
- ¿Y no puede ser más pequeña?- Me espetó el Comandante con
cara de pocos amigos.
- La grandeza de Jesús, requiere que los símbolos estén en
concordancia con...
El Comandante había vuelto a sacar el pistolón y me miraba
fijamente.
- O ésa en el suelo, u otra más pequeña, usted dirá.
- Con ésa bastará, creo yo.
Los soldados comenzaron a reconstruir el altar,
y mientras tanto yo volví a meterme en la cabaña bajo la amenazante
mirada del Comandante, cuando me senté, él volvió a guardar
el pistolón y se alejó.
La mañana transcurrió sin más incidentes, y al
medio día el altar estaba totalmente terminado, con su cruz
de madera en el suelo en un lateral, mientras tanto, arriba
en el cielo las nubes se habían ido acumulando y se estaba
formando una amenazadora tormenta, quizás Dios después de
todo me iba a echar una mano.
- Padre, creo que debería decir la misa cuanto antes, se
está formando una tormenta y habrá que darse prisa, luego
comeremos.
No era cuestión de oponerse a los deseos del
Comandante, así que me levanté y me dirigí al altar; la tropa
estaba formada delante en posición de firmes, el Comandante
me saludo con una inclinación de cabeza y a continuación se
unió a su tropa.
- ¡Lucero!.
- Sí, mi Comandante.
- Ayude al Padre en la misa.
- ¡A sus ordenes mi Comandante!.
Lucero, que parecía el más despierto de los soldados
de la tropa se dirigió a mí con su fusil colgado del hombro.
En el altar, me habían dejado dos vasos de aluminio, uno con
vino y otro con agua, a su lado una torta de batata completaba
todo el ajuar de la mesa; no sabía por dónde empezar, todas
las miradas estaban puestas en mí, un sólo pensamiento acudió
a mi mente, "con dignidad Pedro, por lo menos muere con
dignidad".
- En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.
- Amén.
Funcionaba, todos habían contestado como un sólo
hombre.
- Hermanos estamos aquí reunidos, para alabar a Dios nuestro
padre celestial y celebrar la santa misa, ¡Aleluya!.
Al gritar aleluya levanté los brazos al cielo,
y estando en esa posición y mientras el resto de la tropa
gritaba ¡Aleluya!, Noté el frío hierro del cañón del fusil
de Lucero clavado en mi costado.
- ¡Cerdo yanqui!, ¡No te muevas!, ¡Comandante mire esto!.
El Comandante acudió corriendo y Lucero le señalo
una etiqueta que salía de una costura del paracaídas, y que
había quedado visible al levantar yo los brazos:
"US AIR FORCE Code:24JK-26538756-LD
MADE IN USA"
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