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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XX

            Después de comer, el sueño fue haciendo mella en todos, en todos menos en los indios, podría decirse que habían quedado convertidos en estatuas, casi todos los soldados estaban durmiendo, unos en nuestras hamacas y otros a la sombra de los árboles, la calma era total, con un poco de decisión, habría sido fácil para los indios reducir por sorpresa a los soldados, sin embargo permanecían allí inmóviles, ajenos a todo lo que les rodeaba.

Incluso el Comandante quedo dormido durante unos minutos, yo por mi parte no paraba de darle vueltas a la cabeza para tratar de encontrar una salida  a esta absurda situación, quizá podría escapar, era cuestión de no montar mucho escándalo, pero... no podía dejar a los indios así; por otro lado tampoco tenía muy claro de que forma podría yo ayudarlos.

- Hey D. Pedro, ¿no reposó usted un poco la comida?.

            La voz del Comandante me sacó de mis pensamientos.

-¡Eh!, Ha sí, no, no tengo la costumbre de dormir siesta.

-Bueeno, allá usted, pero es algo muy saludable, ¿sabe?.

- Ya, ya lo sé, pero..., estaba pensando, ¿sabe usted?, Estaba pensando en los indios, ¿qué piensa hacer con ellos Comandante?.

- Nada, mi misión casi está cumplida, ya les di la buena nueva de la revolución, estaremos un par de días más por si tienen dudas y después proseguiremos nuestra tarea hasta la total liberación de estas tierras.

- Pero..., Comandante, no puede tenerlos así dos días, llevan así un montón de horas, a pleno sol y sin comer.

-¡Va, Padre!, No se preocupe, son así, siempre hacen lo mismo ya se lo dije, en realidad están pensando y asimilando el mensaje revolucionario.

-¡Pero Comandante!, Sea serio, no entienden una sola palabra de español, no pueden asimilar ningún mensaje, ¡están asustados!.

- Mire Padre, me está resultando usted un poco contrarrevolucionario, lo único que ha tenido asustado al ser humano durante siglos ha sido el brazo opresor del capitalismo, la libertad no puede asustar a nadie, o...  ¿a usted le asusta?.

-¡No me asusta!, Pero..., bueno dejémoslo.

-¡Ah!, Se ve que le falta experiencia Padre, tiene buenas intenciones pero le falta experiencia, no sé, la congregación ésa a la que pertenece no debería mandarlos solos así sin más, hace falta un poco más de mundo; dese cuenta, no sé cuanto tiempo lleva usted en el poblado, pero lo único que sabe es que no hablan español, y, por tanto, usted no les ha podido explicar nada de Dios ni del Evangelio; si embargo yo, ya ve, en diez horas que llevamos aquí, les he devuelto sus tierras, los he convertido en ciudadanos con derechos y les he explicado el mensaje revolucionario, y ahí los tiene, sentados, pensando y analizando todo lo que se les ha dado en este gran día.

- (...).

- Sí, no me mire con esa cara, mire Padre, cuando yo tenía su edad ya llevaba a las espaldas muchos años de implicación en la lucha obrera allá en Colombia, aún vivía en la legalidad, pero mi compromiso en la lucha me hizo avanzar más y más en este difícil camino, hasta llegar a esta situación en la que me encuentro actualmente, comisionado por mi Partido para extender la revolución en la selva, como bien dijo el amado Che, "el revolucionario, es el escalón más alto de la especie humana", y yo ya he llegado.

            No sabía que responderle, este hombre era terriblemente pesado, y aprovechaba la más mínima oportunidad para soltar el discurso, a parte de eso, estaba totalmente loco y no valía la pena discutir con él.

- Ya, comprendo...

- Sí  Padre, ya sé que me comprende, usted es una persona estudiada  y sabe mejor que nadie cómo la condición humana  siempre tiende...

            Fue una tarde cruel, era incluso peor que Bea, cuando ya de noche, un soldado anunció que la cena estaba lista vi en él la salvación, mi cabeza estaba a punto de estallar  y ya veía difícil aguantar más.

- Vaya a comer algo Comandante...

- Pero venga usted también Padre.

- No tengo hambre, perdóneme, además, tengo que rezar mis oraciones, ya sabe..., vaya usted tranquilo.

-¿Sus oraciones...?, Por cierto Padre, en confianza, me gustaría que celebrara, los muchachos y yo llevamos mucho tiempo sin...

-¿Celebrar?, ¿Qué hay que celebrar?.

-¡Padre!, A veces me confunde, ¡misa!, Se trata de celebrar misa...

-¡La jodimos!

            Fue sólo un susurro que no pude reprimir, este tío me estaba liando de una forma absurda.

-¡¿Qué ha dicho...?!.

-¡Oh!, Nada..., "Lau judeus deo gratias salomorun..." es una jaculatoria de acción de gracias, por sus intenciones, ya sabe... ¡latín!.

- Ah sí, claro latín, perdone, no le había entendido, bueno vaya a hacer sus rezos mientras como algo, y ya sabe mañana celebramos.

            Sí señor, este tío estaba complicando mucho las cosas y habría que tomar alguna decisión, pero ya la tomaría mañana, ahora lo único que me apetecía era dormir y dejar de escucharle, me dirigí a la choza y me tumbé en mi hamaca, desde allí veía a los indios sentados en la explanada, allí seguían impasibles, era injusto que este tío loco, hubiera turbado de esta forma la vida de esta buena gente, mañana habría que tomar una determinación, no sé cuál, pero habría que tomarla.

-¡Padre!, ¡Despierte Padre!, Le llama el Comandante.

            Un muchacho, me sacudía en la hamaca de forma tan brusca que casi me hizo caer al suelo.

- Sí ya, ya voy, ¿qué pasa?.

            Me levanté con los ojos casi cerrados, ya era de día y la claridad me molestaba, después de desperezarme salí a la explanada y..., habían desaparecido, los indios no estaban allí. Seguí caminando hasta donde se encontraba el Comandante comiendo fruta y le pregunté.

-¿Qué ha pasado con los indios?, ¿Dónde están?.

            Me miró sin dejar de comer y cuando terminó de masticar se dirigió a mí.

- Bien Padre, ya estará contento, sus indios ya se han movido. ¡Ve como no había que preocuparse!.

-¿Pero a dónde se han ido? Y ¿cuándo?.

- Pues esta noche Padre, son muy astutos y mis muchachos muy gandules, se quedaron todos dormidos y en cuanto se dieron cuenta se largaron, cuando quieren son los animales más silenciosos.

- Bueno, espero que les valla bien.

- Unos desagradecidos, eso es lo que son, en fin, supongo que algo del mensaje les habrá quedado, además... ¡que les zurzan!, Se fueron con lo puesto y dejaron aquí todas las batatas, tendremos comida para bastantes días.

- Veo que no le importa mucho, para qué me ha hecho llamar tan urgentemente.

- La celebración Padre, ¿dónde le ponemos el altar?.

            No se le había ido la idea de la cabeza, esto se estaba complicando más de la cuenta.

-¡Pero...!, Comandante, aquí no tengo los elementos necesarios para...

-¿Qué le hace falta?, Yo se lo conseguiré.

- Bueno, falta todo, ¿sabe? En mi viaje hasta aquí, perdí un bolso con todos los utensilios y los libros...

- Que yo sepa, Jesucristo no estuvo pidiendo y pidiendo en la última cena, una torta de batata y un poco de vino que tengo guardado le servirá.

- Ya pero..., es distinto, no sé si...

            El Comandante, con lentitud, sacó el pistolón, amartilló el percutor y me apuntó.

- Padre, he dicho que celebramos..., ¡y celebramos!, ¿Dónde le ponen el altar?.

- Allí mismo, en la choza de en medio.

- Ve como lo entendió.

- Sí, lo entiendo, pero tenga en cuenta que mi Congregación, bueno, no nos regimos por los mismos criterios que el Vaticano, ya sabe, no estamos reconocidos...

- ¡Me importa un carajo su Congregación y el Vaticano, he dicho que celebramos y  CELEBRAMOS!, ¿VALE?.

- Vale.

            Di media vuelta y cabizbajo me dirigí hacia la choza, aquello era una encerrona y no tenía muy claro cómo iba a terminar; me senté dentro y estuve observando cómo dos soldados se afanaban en construir un altar, utilizando para ello las tarimas que habían dejado abandonadas los indios.

            Hacía años, muchos años que yo no pisaba una iglesia y por supuesto no recordaba prácticamente nada de la ceremonia de la misa, aquello era el fin, aunque..., bien pensado si el final iba a ser el mismo, es decir, el Comandante terminaría pegándome un tiro, por lo menos le echaría cuento al asunto, ya lo mismo daba.

            Me levanté y me dirigí a los soldados.

-¡Soldados!

- Diga Padre

- Necesito una cruz sobre el altar, una cruz bien grande.

- ¿Cómo de grande Padre?.

- Así.

            Indiqué, abriendo los brazos cuanto pude.

- ¿Le valdrá con aquellas ramas?.

- Creo que sí, aunque mejor un poco más grande y también necesito una torta de batata, un vaso de vino y otro de agua.

            Los soldados continuaron su trabajo y yo volví a sentarme, al rato volvieron con la cruz que habían fabricado con las ramas, era grande y pesada, la traían sujeta entre los dos y la colocaron en el suelo al lado del altar.

- No me oyeron, la cruz tiene que estar encima del altar.

- ¡Pero Padre!, Es muy pesada y...

- Sin peros..., encima del altar.

            Estaban acostumbrados a la obediencia ciega, y la colocaron encima.

            Aparatosamente se vino todo abajo, el altar y la cruz, mientras, los soldados quedaban inmovibles viendo el descalabro.

- ¡¿Pero qué carajo pasa aquí?!, ¿Qué pasó?, ¿Qué pasó?.

            El comandante acudió sofocado hasta nosotros.

- Ya le dijimos que era muy pesada Padre.

- Pues la cruz es necesaria.

- ¿Y no puede ser más pequeña?- Me espetó el Comandante con cara de pocos amigos.

- La grandeza de Jesús, requiere que los símbolos estén en concordancia con...

El Comandante había vuelto a sacar el pistolón y me miraba fijamente.

- O ésa en el suelo, u otra más pequeña, usted dirá.

- Con ésa bastará, creo yo.

            Los soldados comenzaron a reconstruir el altar, y mientras tanto yo volví a meterme en la cabaña bajo la amenazante mirada del Comandante, cuando me senté, él volvió a guardar el pistolón y se alejó.

            La mañana transcurrió sin más incidentes, y al medio día  el altar estaba totalmente terminado, con su cruz de madera en el suelo en un lateral, mientras tanto, arriba en el cielo las nubes se habían ido acumulando y se estaba formando una amenazadora tormenta, quizás Dios después de todo me iba a echar una mano.

- Padre, creo que debería decir la misa cuanto antes, se está formando una tormenta y habrá que darse prisa, luego comeremos.

            No era cuestión de oponerse a los deseos del Comandante, así que me levanté y me dirigí al altar; la tropa estaba formada delante en posición de firmes, el Comandante me saludo con una inclinación de cabeza y a continuación se unió a su tropa.

- ¡Lucero!.

- Sí, mi Comandante.

- Ayude al Padre en la misa.

- ¡A sus ordenes mi Comandante!.

            Lucero, que parecía el más despierto de los soldados de la tropa se dirigió a mí con su fusil colgado del hombro. En el altar, me habían dejado dos vasos de aluminio, uno con vino y otro con agua, a su lado una torta de batata completaba todo el ajuar de la mesa; no sabía por dónde empezar, todas las miradas estaban puestas en mí, un sólo pensamiento acudió a mi mente, "con dignidad Pedro, por lo menos muere con dignidad".

- En el nombre del Padre, del Hijo, y del Espíritu Santo.

- Amén.

            Funcionaba, todos habían contestado como un sólo hombre.

- Hermanos estamos aquí reunidos, para alabar a Dios nuestro padre celestial y celebrar la santa misa, ¡Aleluya!.

            Al gritar aleluya levanté los brazos al cielo, y estando en esa posición y mientras el resto de la tropa gritaba ¡Aleluya!, Noté el frío hierro del cañón del fusil de Lucero clavado en mi costado.

- ¡Cerdo yanqui!, ¡No te muevas!, ¡Comandante mire esto!.

            El Comandante acudió corriendo y Lucero le señalo una etiqueta que salía de una costura del paracaídas, y que había quedado visible al levantar yo los brazos:

"US AIR FORCE   Code:24JK-26538756-LD

 MADE  IN  USA"



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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