|
Capítulo
II
Al pasar por la puerta de la bodeguilla vi a
mi padre, estaba tomando un chato con los amigos, otro día
cualquiera habría pasado a verle, pero en esos momentos no
me pareció lo más apropiado. Subí a casa andando, el ascensor
estaba estropeado.
- Hola mamá.
- Hola Pedri, hoy te has retrasado, ¿qué te pasa?, Traes
mala cara.
- Nada, el ascensor está estropeado.
- Ya lo sé, lleva toda la tarde así, verás tú padre cuando
suba, vete cambiando que en cuanto entre tú padre cenamos.
- Vale.
Mi madre se metió en la cocina, de donde salía
un intenso olor a boquerones fritos, en el salón (que nombre
tan largo para tan poca cosa) Jacinto, mi hermano veía distraídamente
la televisión.
- Por veinticinco pesetas díganme objetos que se pueden encontrar
en una peluquería, 1, 2, 3, responda otra vez.
- Hola Jaci.
- ....
Delante de un televisor mi hermano Jacinto dejaba
de existir, tenía entonces doce años, pero desde que empezó
a hablar, dudo que alguna vez hubiéramos intercambiado más
de dos frases seguidas. La habitación estaba como siempre,
el balón de Jaci, la bicicleta de Jaci, la cartera de Jaci,
los libros de Jaci, aquello parecía un almacén... de Jaci.
Tiré los libros de la cama al suelo, busqué mi pijama y empecé
a cambiarme; fue entonces, cuando me agaché para ponerme el
pantalón, cuando vi el Atlas de mi hermano abierto por la
pagina de América del Sur, lo recogí del suelo y me detuve
a mirar, Venezuela, Colombia, Brasil, el Amazonas, la Selva,
sitios remotos donde el hombre no había pisado jamás, un mundo
por descubrir, en soledad, sin agobios, en armonía con la
naturaleza...
- ¡Pedriii!, Ya está la cena.
- ¡Ya voy!
La mesa estaba puesta, era como un pequeño milagro
de ingeniería que se realizaba cada día, el sillón se sacaba
al pasillo, la maceta se metía en el hueco entre la pared
y la vitrina, se corría el sofá una cuarta hacia la derecha
con cuidado de no tirar la lámpara de pie, y al final mi padre
mi hermano y yo quedábamos encajonados entre la vitrina, la
pared y el sofá, quedando la única silla accesible para mi
madre, que era la encargada de ir y venir a la cocina. Por
supuesto, esto exigía que estuviéramos todos a la misma hora
para comer o cenar, una razón más para cumplir el horario.
- Hola Pedri.
- Hola papá
- ¿Que tal el día?, ¿Te pongo vino?.
- No me gusta el vino.
- ¿Tienes bastantes boquerones?- mi madre había comenzado
a servir - Si quieres te frío un huevo más.
- Estáis "amariconaos" con tanta Coca-Cola, un
hombre tiene que tomar vino, mira tú hermano como ya se toma
sus vinos en la comida - decía mientras le llenaba un vaso
a Jaci.
- Papá, me han despedido.
Lo había dicho así, sin pensarlo, en realidad
no me había planteado cómo se lo iba a decir a mis padres,
casi diría que salió sólo.
- ¿Que te han despedido?, ¿De donde?, ¿Del trabajo?.
- Pues claro.
- ¿Cómo que "pues claro"?, ¿Qué has hecho?.
- No he hecho nada, han cerrado la cadena de montaje de Módulos
y nos han echado.
- Por muchas cadenas que cierren algo habrás hecho; ¡Jaci,
apaga la tele!, A una persona cumplidora no la echan así por
que sí.
Mi padre no podía entenderlo, superaba sus esquemas,
en esta vida hay que ser honrado y trabajador, con eso, todo
lo demás viene por sí sólo, si eres honrado y trabajador nadie
podrá nunca echarte nada en cara, tus jefes, tus amigos, tú
familia, todo el mundo te apreciará y nada te podrá salir
mal. Él nunca sentía pena por nadie, si a algún conocido le
iban mal las cosas, o no era honrado o era un vago y por tanto
se lo tenía merecido, la vida en realidad era muy simple,
sólo la enfermedad no estaba bajo nuestro control.
La guinda de la perfección consistía en no meterse
en política, el jamás se metía en política, como él decía,
era de Derechas de toda la vida, hombre de bien y jamás se
metía en política, le gustaba contar la anécdota del General
Franco cuando alguien le preguntó cuál era el secreto para
llevar el país con buen pulso y haber alcanzado la más alta
dignidad de la Nación, la respuesta de Franco fue concisa:
"Haga como yo, no se meta en política".
- Yo no he hecho nada.
Mi madre observaba en silencio, en cuanto una
conversación se salía de los limites de la intendencia doméstica,
mi madre callaba.
- Ése será el problema, que no has hecho nada; hijo, en esta
vida hay que ser honrado y trabajador, si eres un vago irás
de culo siempre, seguro que no han despedido a todo el mundo,
seguro que hay gente que continúa en la empresa, tú tenías
que estar entre ellos, si te han despedido es porque no has
cumplido.
- Yo he...
- Calla y no contestes, que todavía te ganas una bofetada,
mañana pediré permiso en el trabajo e iré a hablar con el
director de personal, en esta familia nunca han despedido
a nadie, te enteras, ¡a nadie!, Siempre hemos cumplido.
- Sí, papá.
Esa noche casi no dormí, lo del trabajo no me
quitaba el sueño, cada vez me importaba menos, estaba enredado
con el Atlas de mi hermano. A parte de los mapas y descripciones
unas bonitas fotografías me absorbían y calentaban mi imaginación,
el Salto del Ángel, las cataratas de Iguazu, el río Amazonas,
el paraíso estaba ahí, la humanidad estaba loca, malvivíamos
en pisos de cincuenta metros cuadrados, el río más cercano
era una cloaca de espuma y ese vergel estaba ahí, sólo, virgen,
diciéndonos ¡qué tontos sois!.
- Pedri, apaga la luz.
- Cállate, estoy leyendo.
- ¡Mamáaa!. Pedri no apaga la luz.
- Vale, calla ya la apago.
Me veía a la puerta de mi choza de madera, junto
al pequeño lago de aguas cristalinas sobre el que caía una
cascada de suave rumor. En una mesa a la sombra de un árbol
de enormes hojas, una preciosa muchacha, sólo vestida con
una pequeña falda de hojas atadas a la cintura, iba dejando
unos cestos con exóticas frutas.
- Pedri, abre la ventana, hace calor.
- ¡Vete a la mierda!
- ¡Mamáaa!
- Vaale.
Me dormí mientras navegaba en la piragua por
el lago, recostado en el regazo de la muchacha escuchando
el dulce canto de los pájaros.
Al día siguiente, mi padre fue a la empresa,
habló y mi contrato siguió finalizando el 31 de Julio, de
nada sirvió la larga trayectoria de honradez de mi familia,
ni la amistad de mi padre con un delegado de sindicatos, falangista
de toda la vida, las necesidades del mercado primaban sobre
la adhesión al Régimen, la verdad es que iban perdiendo influencia.
Esa noche, la cena fue más silenciosa de lo habitual,
no hubo tele y sólo habló mi padre.
- A esa empresa le quedan dos días, nada más entrar se ve
que no funcionan, con razón se fue Julián en cuanto tuvo oportunidad,
una empresa mal dirigida es como un país mal gobernado, enseguida
reina la anarquía, y allí se palpa en el ambiente que no hay
una dirección seria, en cuanto oí hablar a ese González me
di cuenta de que van sin rumbo, y al final se hundirán; más
vale que hayas salido a tiempo que esperar a que se hunda
todo.
- Sí, papá.
- De todas formas, no vayas a ir diciendo por ahí que te
han despedido, te quedan dos días de trabajo y después dí
que estás de vacaciones, en agosto es lo normal. Iremos mirando
algo para que en Septiembre estés trabajando en otro sitio
y aquí no ha pasado nada, tampoco es necesario que todo el
mundo sepa nuestra vida.
- Sí, papá.
- ¡Sí papá, sí papá!, Espabilar es lo que tienes que hacer
y que no te vuelva a pasar esto, tienes veinticuatro años
y mira cómo estás, yo a tú edad ya estaba preparando la boda
con tú madre y ya había tenido dos ascensos en el trabajo
y ¿sabes el secreto?: Honradez y trabajo, sólo eso, hijo,
sólo eso.
- Sí, pa... ¡perdón!.
Esa noche, me acosté con el primer tomo de la
Enciclopedia Universal Sopena, abrí la ventana y me preparé
una linterna para no molestar a Jaci, "Alud", "Amatorio",
"Amazonas", allí estaba, "Río de América del
Sur que...", era increíble, había zonas totalmente inexploradas,
tribus de indios que nunca habían tenido contacto con el hombre
blanco, nadie lo había recorrido en toda su longitud, el hombre
había llegado a la luna, pero el Amazonas y su selva seguían
allí.
En pocos minutos estuve otra vez navegando en
la piragua, la muchacha me acariciaba suavemente la cabeza
y la quietud del cielo, sólo era rota por el revoloteo de
los pájaros, pájaros multicolores que con sus cantos alegraban
nuestros oídos, la corriente recaló la piragua en una orilla
y descendimos, frutas en perfecto estado de madurez colgaban
de los arboles, cogí una, se la ofrecí a la muchacha y cogí
otra para mí, tumbados en la hierba comíamos frente a frente
cuando, de repente, un fiero Jaguar apareció rugiendo por
los matorrales tras la muchacha, ella gritó, yo saqué mi machete
y con certera puntería...
- Pedri cierra la ventana, hace aire.
- ¡Mierda!
- ¿Que?
- Nada, ya la cierro.
|