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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XIX

            ¡Dios mío!, Cómo era posible esto, el ultimo rincón de la selva, el sitio más despoblado del planeta, y ¡me encuentro con el ejercito!, Debía de estar soñando, no podía pasar esto. Mientras mi mente no paraba de dar vueltas, apareció por el sendero del río una figura rechoncha con atuendo militar, iba acompañado por otro soldado armado, pero éste, el bajito regordete, se diferenciaba de los demás en que era el único que llevaba el uniforme completo, además no llevaba fusil, aunque sí un pistolón a la cintura, si no fuera por lo trágico de la situación diría que incluso estaba gracioso, con ese uniforme y esa poblada barba. De pronto, escuché un ruido a mi lado, y sin darme tiempo a reaccionar al instante, una  bota estaba pisándome el cuello.

- ¡Tate quieta cucaracha!, ¡Hey muchachos, Comandante, miren lo que encontré!, Levanta despaciiito y con cuidado, las manos en alto y pa fuera hermano.

- No me haga nada, por favor no hemos hecho nada, ¿qué es lo que pasa?

- Calla y pa fuera de una vez y cuidadito con lo que haces.

            Salimos afuera y nos dirigimos al centro de la explanada, donde estaba el resto del grupo, yo iba delante y el soldado detrás encañonándome con el fusil, cuando llegamos al lado del comandante, éste  se  quedó  mirándome  con  cara  extrañada         de arriba a abajo, ciertamente mi aspecto era un poco extraño recién levantado y  con la túnica puesta, los indios mientras tanto permanecían impasibles con la cara seria y mirando al frente.

- Y bien amigo, ¿quién es usted y qué carajo hace aquí vestido de esa forma?.

            Eso era precisamente lo que yo debería haberle preguntado a él, pero con el cañón del fusil apuntándome por la espalda mi ánimo no estaba para hacer preguntas.

- Yo... , bueno, vera, soy sacerdote, misionero, y estaba con los hermanos...

- ¿Sacerdote....?.

            Volvió a mirarme extrañado de arriba  a abajo con cara de incredulidad.

- Bien, ya miraremos su caso después más tranquilamente, ahorita vamos a cumplir nuestra tarea, ¡se sienten, vamos, se sienten todos!.

            Los indios permanecieron quietos sin moverse, casi parecían estatuas y sólo algún niño movía nerviosamente las piernas pegado a su madre.

- ¡He dicho que se sienten!.

            Los indios siguieron sin moverse y yo al ver el cariz que estaba tomando la situación opté por sentarme en el suelo, fue una acción salvadora, pues al verme, los indios también se sentaron, justo cuando los soldados se disponían a obligarlos por la fuerza.

- Bien, veo que me entienden, relájense, no pasa nada, o mejor dicho sí pasa; pasa que hoy es un gran día para todos ustedes, hoy a llegado aquí la libertad, ha llegado la revolución salvadora. ¡Compañeros!, ¡Camaradas!, yo, el Comandante Evenencio Pastrilla de Hinojosa, comisionado por el congreso constituyente del Partido de la Liberación de los Pueblos del Alto Amazonas segunda asamblea, declaro en este acto, embargado por la emoción  de lo que esto significa, declaro repito, a este lugar bajo la soberanía y protección de la Primera República Proletaria de los Pueblos Indígenas del Amazonas, cuyo presidente vitalicio, el insigne licenciado D. Anastasio Olive Capdevil os manda a través mío su más efusivo saludo y os da la bienvenida a esta unión fraternal de pueblos libres...

            No salía de mi asombro, ese tío estaba loco, y aquella situación era lo más absurdo que yo había visto en mi vida; me dirigí al soldado que tenía a mi lado:

- Pero, ¿no se da cuenta de que no le entienden?, No saben una palabra de español.

- Cállese y no interrumpa, como bien dice el Comandante, el lenguaje de la Revolución es universal, todo el mundo lo entiende.

            Decididamente estabamos en manos de una banda de locos, de locos peligrosos y armados.

- ...Sí compañeros, siglos de opresión acaban de finalizar para vosotros, a partir de ahora sois libres, ya no estáis bajo la tiránica mano de la oligarquía opresora, a partir de hoy mismo la tierra pasa a ser para la mano que la trabaja, es decir, vuestra mano, estas tierras fecundas os pertenecen; una vez que el secretariado técnico de nuestro partido realice el estudio pertinente y lo apruebe la asamblea unitaria, se realizara una concentración parcelaria para que cada uno reciba la parte de tierra que justamente le pertenece, la cual bajo la supervisión del partido...

            Hora y media después...

- ...Y así, ¡siguiendo el ejemplo de nuestro bien amado y nunca suficientemente ensalzado Comandante Che Guevara, y guiados por su espíritu   lograremos entre todos, que la paz y la justicia imperen de nuevo en los pueblos de la tierra!.

            Los soldados, dejaron los fusiles apoyados en el suelo y comenzaron a aplaudir frenéticamente, el comandante saludó, y mientras tanto los indios permanecían impasibles, sin moverse; sentados en el suelo su mirada se perdía en la nada.

- ¡Lucero!.

- Sí, mi comandante.

- Monte la guardia y disperse a la tropa, revisen las cabañas y busquen algo para la comida.

- A sus ordenes mi comandante.

- Y ahora veamos a este elemento raro, a ver qué se le perdió por aquí.

            El comandante se dirigió hacia mí, y yo me levanté del suelo, siempre vigilado y apuntado por el soldado que tenía al lado.

- ¡Así que sacerdote!, ¿No?, Bien, civil ¡identifíquese!.

- Me llamo Pedro, Pedro Beneitez y soy sacerdote, misionero, ya sabe...

- ¡Comandante, mire lo que encontré!.

            Un soldado se acercaba a nosotros y traía mi bolso, cuando llegó se lo tendió al comandante.

- Bien, supongo que esto es suyo, no parece que los aldeanos gasten estos lujos, a ver que tenemos por aquí, mmm... , Manual de Supervivencia..., Ejercito de Tierra... ¡Milico...!.

            El soldado que estaba a mi lado empuñó con más fuerza el fusil y me clavó el cañón en los riñones.

- No, no, no soy militar, ese libro lo encontré en el aeropuerto, y me lo quedé porque tenía cosas interesantes...

-¡Ya!, Pasaporte..., España..., ¿Qué pasa?, ¿Te manda ese hijo de perra para sojuzgar a los nuestros?.

-¿Quién, Franco? - escupí con indignación en el suelo - ¡Ni me lo nombre Comandante!, Tuve que salir huyendo del país, aquello es terrible, no respetan ni la llamada de Dios, mi ansia de libertad me empujó a venir a los países hermanos, a predicar la palabra de Dios en libertad, siguiendo la doctrina del gran Ernesto Cardenal y el preclaro ejemplo del Che, a quien Dios tenga en su gloria inicié este camino de sacrificio en la enseñanza del evangelio de la liberación para que a estas gentes no les pueda pasar lo que nos pasó a nosotros, y no caigan nunca bajo la tiránica bota de un dictador.

            El comandante me miraba con los ojos muy abiertos y gesto asombrado; volvió a meter la mano en el bolso y sacó la estampita del Sagrado Corazón, me volvió a mirar y a continuación le pego un manotazo al soldado que me estaba apuntando.

-¡Aparta de ahí ese arma!, ¡Que no ves que estás ofendiendo al Padre! ; Perdónele Padre, que no tiene cultura, ya sabe, una más de las lacras contra las que tenemos que luchar.

- Nada, no pasa nada, esta perdonado.

            El comandante puso su mano sobre mi hombro, la verdad es que tenía que poner una postura un tanto forzada ya que era muy corto de estatura. Suavemente me empujó y comenzamos a caminar hacia una de las chozas, el sol ya se había levantado y hacía calor en la explanada, mientras tanto los indios permanecían impasibles, sentados en el suelo y sin moverse.

- Y de qué Orden dice que es..., por que estará conmigo en que el habito es un poco raro, incluso puede llevar a confusión como le ha pasado a mis muchachos.

- Bueno ..., vera Comandante, es una Orden nueva la ... Congregación Trapense de Hermanos de Dios Obrero, vivimos en la más estricta pobreza, "Todo para el Pueblo" es nuestro lema, supongo que no la conocerá, por supuesto el Vaticano no nos reconoce, ya sabe cómo son.

-¡Oh sí!, Menudos pendencieros, pero cuando la Revolución triunfe y la tierra vuelva a ser justa, caerán como todos los tiranos.

-¡Dios le oiga!.

           

            Seguimos caminando hasta ponernos a la sombra de una de las cabañas, los soldados mientras tanto habían reavivado el fuego del poblado y dos de ellos colocaron una tinaja con agua del río en la lumbre, a continuación mientras uno se dedicaba a pelar patatas del montón que guardaban los indios, otro fue despellejando un pequeño mono. Mientras tanto los indios permanecían en la misma posición a pleno sol, aunque ya los soldados no les prestaban atención, poco a poco cada uno había ido buscando una sombra donde protegerse.

- Perdone Comandante, pero los indios llevan así muchas horas, no cree que debería dejarles moverse, yo los conozco, son pacíficos, no harán nada malo.

-¡No Padre!, Si yo ya los dejo, son ellos los que no se mueven, siempre pasa lo mismo, son un poco cortos, ¿sabe usted?, Bueeeno ya lo habrá notado en su estancia aquí, les cuesta asimilar las cosas, en cada poblado que incorporamos para la causa nos pasa lo mismo, son muchos siglos de opresión y les cuesta entender el mensaje de la Revolución, es como al pajarillo enjaulado que dejas en libertad, al principio no sabe qué hacer con ella, pero luego lo asimila e inicia el vuelo.

- Pero esta gente..., bueno yo creo que la libertad que tenían...

-¡¿Qué dice Padre?!

- No nada, que indudablemente la libertad sin la tutela de la Revolución, no es nada, es evidente.

- Que bien habla Padre, se nota la enseñanza del gran Ernesto, tendré que incorporar ese concepto a mi discurso, ¿cómo era...?, "La libertad sin la tutela de la Revolución, no es nada", muy bueno Padre, muy bueno; no sabe la satisfacción que me da el poder hablar con alguien ilustrado, son muchos meses ya de sacrificio por la Revolución andando de aquí para allá, y no es frecuente encontrar a alguien como usted, con las ideas claras y los ideales precisos. Los muchachos ponen mucha voluntad, darían su vida por la causa, pero les falta la base cultural, esa es la herencia que nos ha dejado el capitalismo.

            Al poco tiempo la comida estuvo hecha, los soldados sacaron unos platos abollados de aluminio y uno de ellos comenzó a servir a los demás.

- ¡Tense quietos! - Gritó el comandante - ¿Que no ven que tenemos un invitado?, Sírvanle primero al Padre; perdóneles no tienen mucha cultura, ya sabe...

            Me dieron un plato, una cuchara y me sirvieron, aquella comida era lo más parecido a un caldo de patatas con conejo, por lo menos en su aspecto, porque el sabor era otra cosa, estaba dulce, y la carne del conejo es bastante más tierna que la de mono. Me senté a la sombra de un árbol y el Comandante se sentó junto a mí, tenía bastante hambre así que comencé a comer con rapidez.

- ¿Que no bendice la comida?.

- ¡Oh!, Bueno, son fórmulas en desuso, ya sabe, las normas del Vaticano, el opio del pueblo.

- Ya claro, hay que evolucionar de absurdos reglamentos.

            Mientras comíamos, fui contando mentalmente a los soldados, eran diecinueve incluyendo al Comandante, y mirándolos ahora más detenidamente confirmé la primera impresión que me habían dado, unos iban en pantalón corto, otros con el pantalón rajado, algunos sin camiseta, la verdad es que la palabra "soldados" les quedaba amplia, aquello no pasaba de ser una banda de muchachos armados, algunos aparentaban no tener más de quince años.

- Comandante, y ¿cómo ha llegado hasta aquí?, Esto es lo más profundo de la selva, incluso en el mundo civilizado se duda de la existencia de población indígena en toda esta zona, ¿cómo se le ocurrió  adentrarse tanto?.

            El Comandante soltó la cuchara en el plato y me miro asombrado.

- ¡Carajo!, ¿Pues cómo voy a llegar?, Pues igual que usted, también yo le podría hacer la misma pregunta.

            Opté por callarme y seguir comiendo, mientras tanto, los indios liberados seguían sentados en la explanada a pleno sol.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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