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Capítulo
XVIII
Poco a poco, la normalidad se fue instalando
entre nosotros, ellos se acostumbraron a mi presencia, y yo
me fui haciendo a sus costumbres; no fue difícil, la vida
era placentera y en cierto modo relajada, cuando hacía falta
alguna cosa se trabajaba para conseguirla, pero si no hacía
falta simplemente se descansaba, el tiempo no contaba, el
tiempo no existía, cada cosa, cada acto, duraba lo que tenía
que durar, ni más ni menos, nadie tenía prisa para nada. Las
necesidades de cada día iban definiendo que era lo que se
iba a hacer y más o menos cada uno tenía asignado su papel
en el grupo. Por las mañanas los hombres solían acercarse
al río a pescar o incluso cazar algo, pero sólo si se había
terminado la comida que tenían de días anteriores, las mujeres
se ocupaban de los niños, de recolectar fruta y de preparar
la pasta con la que fabricaban las tortas, que se hacía machacando
algo parecido a las patatas, estas patatas eran la única comida
que se tenía almacenada en grandes cantidades, no sé dónde
la habrían recolectado, pero una esquina de la primera choza
estaba ocupada totalmente por un gran montón de ellas.
Cada día me unía al grupo de hombres y los acompañaba,
unas veces a pescar, otras a cazar y otras simplemente a pasear,
al principio con la reticencia de alguno, pero más tarde,
cuando aprendí a estar callado mientras se pesca y a no hacer
ruido con las ramas cuando se caza, la cosa fue mucho mejor;
era envidiable la maestría con la que conseguían arponear
los escurridizos peces, así como la puntería con la que eran
capaces de abatir a los pequeños monos que abundaban por allí.
Un día, en una de estas salidas, descubrí cómo
en un lugar entre las chozas y el río, tenían almacenadas
siete canoas, eran amplias y estaban perfectamente apiladas,
era evidente que con el nivel de agua que llevaba el río,
no se podía navegar con ellas y que debían estar almacenadas
hasta que llegara de nuevo la estación de las lluvias. Mientras,
nuestros paseos y salidas discurrían por la orilla transitable
del río, unas veces río abajo y otras río arriba, incluso
volví a pasar por el lugar donde dejé ocultos los restos del
paracaídas, recogí el paquete y me lo llevé al poblado; cortando
un trozo de tela y con algunas cuerdas me fabrique una hamaca,
el invento fue bien recibido y al poco tiempo los restos del
paracaídas quedaron convertidos en siete espléndidas hamacas
que fueron ocupadas por los varones de la tribu, ya éramos
como hermanos.
Mis hábitos y costumbres fueron cambiando gradualmente, durante
el día iba vestido únicamente con los calzoncillos y los zapatos,
pues mis pies no terminaban de acostumbrarse a caminar descalzos,
mi piel sin embargo se fue curtiendo con el sol y el aire,
aunque por las noches para dormir me seguía poniendo la túnica,
ya que a pesar del humo, algunos mosquitos seguían teniendo
predilección por mi cuerpo. En cuanto a la comida, todo consistía
en no pensar qué era lo que te estabas metiendo para el cuerpo,
una vez conseguido esto, todo iba sobre ruedas e incluso algunas
cosas estaban deliciosas.
Un día nuestra salida diaria se prolongó más
de lo acostumbrado río abajo, caminamos durante varias horas
y cerca del medio día cuando el sol estaba más alto, llegamos
a un lugar donde el río se ensanchaba formando una pequeña
laguna, de fondo se escuchaba un sordo rumor que fue acrecentándose
según nos acercábamos al extremo de la laguna. El espectáculo
era sobrecogedor, maravilloso, me quedé pasmado y emocionado,
desde el borde de la laguna el agua caía formando una gran
cascada hasta alcanzar otra laguna que se encontraba unos
cincuenta metros más abajo, pero no era sólo la cascada, la
selva entera parecía hacer un escalón en ese punto, un inmenso
escalón de kilómetros de largo y unos cincuenta metros de
profundidad; la caída era tan abrupta que te daba la sensación
de estar asomado a un inmenso balcón, sí, por fin estaba en
el paraíso, lo había encontrado, estaba allí abajo.
Mientras los indios se dedicaban a pescar en
un remanso de la laguna, yo me senté en una piedra al borde
del acantilado; mirando el horizonte mi mente se disparó de
nuevo, el sitio se parecía mucho al de mis sueños, la laguna
de abajo una vez pasada la turbulencia de la cascada, quedaba
convertida en un lugar de tranquilas aguas cristalinas y una
estrecha playa de arena blanca, daba paso a una verde pradera
que ocupaba la margen derecha; era el sitio ideal, me instalaría
allí, lo tenía claro, dejaría pasar unas semanas más para
aprender todo lo que pudiera de los indios, y luego me instalaría
allí abajo definitivamente.
Unas voces me sacaron de mi ensueño, los indios
me llamaban, era curioso, pero ya llevaba unas dos semanas
con ellos y seguía sin entender absolutamente nada de su idioma,
me imagino que ellos tampoco me entendían, pero el caso es
que hablábamos si cesar, incluso muchas noches se organizaba
un corro, donde todos sentados íbamos hablando y contando
cosas, cuando uno hablaba los demás guardaban un respetuoso
silencio, yo por supuesto no entendía nada, pero me encantaba
escuchar el suave soniquete de sus voces.
En una improvisada hoguera habían asado unos
pescados y me llamaban para comer, estaban buenos, pero echaba
de menos la sal, bueno en realidad debo confesar que echaba
de menos muchas más cosas, la leche, el vinagre, el café,
el azúcar, las gambas al ajillo... , ¡en fin! No se podía
tener todo, lo importante era que había encontrado el lugar
de mis sueños, allí podría vivir sólo, como yo quería, con
la ventaja de tener a mis amigos de la tribu, a unos pocos
kilómetros por si era necesario contar con ellos para algo.
Después de comer volví al borde del acantilado,
cuanto más lo miraba más me gustaba el sitio, sólo tenía un
inconveniente, debería buscar un sitio apropiado para poder
bajar y no parecía una tarea fácil, hasta donde me alcanzaba
la vista el terreno era sumamente escarpado y no se veía un
mal sendero para bajar. Uno de los indios se acerco a mi lado,
le señalé la pradera y la pregunté.
- ¿Sabes por donde se puede bajar para ir allí?.
- Ya po arania sche, yaloca guaraba se le le yu.
- Bueno sí, pero ¿por dónde se baja?.
- Ya po arania sche, yaloca guaraba se le le yu.
- ¡Que conversación más tonta!, - hice ademan de descolgarme
por la piedra- Sólo quiero que me digas por dónde se baja,
si es que lo sabes.
- ¡Lapo, lapo!.
El indio me sujetó por el brazo y me hizo incorporarme,
llamó a sus compañeros y tras hablar unos minutos entre ellos
me condujeron por el borde derecho del acantilado; a unos
cien metros y tras rebasar una gran roca apareció la solución,
allí tras la roca se veía lo que parecía haber sido un derrumbe
en la pared del acantilado, esto hacía que la pared quedara
con una inclinación acusada pero accesible para poder bajar
por allí, además la existencia de alguna vegetación entre
las piedras hacía que te sirvieran de punto de agarre. Sin
mucha dificultad bajamos, y luego continuamos andando hasta
el borde de la laguna en el sitio donde caía la cascada, era
más bonito que visto desde arriba, sencillamente era el paraíso,
ni la mejor foto de la mejor agencia de viajes ofrecía algo
parecido a lo que estaba viendo. La cascada era grande, aunque
era de suponer que en la época de las lluvias lo sería mucho
más, caminamos por la playa de fina arena hasta alcanzar la
pradera verde, no era muy grande, pero sí lo suficiente para
mí y mi proyecto, ya lo estaba viendo, allí pegada a aquellos
árboles, construiría la choza, en el borde izquierdo que parecía
el más soleado pondría el huerto, ¿con qué semillas?, Bueno
eso era lo de menos, ya se vería, podría hacer un embarcadero
para tener mi canoa aparcada y la indígena... , bueno el tema
de la indígena tendría que dejarlo aparcado eternamente, más
o menos todo se parecía a lo que yo había imaginado en mis
sueños, pero las indígenas..., no se parecían ni a mis sueños
ni a las fotos de los folletos.
Por la tarde iniciamos el regreso hacia el poblado,
mientras íbamos caminando se me ocurrió pensar en por qué
los indios no habían instalado su poblado en un sitio tan
idílico, daba igual, ni se lo podía preguntar ni me lo iban
a contestar, además, al fin y al cabo eran salvajes y su concepto
de belleza y lugares idílicos era algo muy discutible.
Esa noche, después de comer y ahumar el poblado
nos sentamos en el corro habitual, los hombres formábamos
un círculo y las mujeres y algunos niños se sentaban formando
otro círculo exterior, los hombres hablaban y las mujeres
escuchaban, muy raramente intervenían con alguna puntualización
que era rápidamente acallada por las protestas de todos. No
se trataba de una conversación o tertulia, más bien creo que
se contaban historias, pues cuando uno cogía la palabra, hablaba
durante largo tiempo mientras el resto escuchaba, cada noche
no solían hablar más de dos y esa noche hablé yo, tenía ganas
de hablar, muchas ganas, estaba pletórico por lo que había
visto y tenía que comunicarlo a los cuatro vientos, cuando
comencé a hablar todos me miraron con cara de gran interés.
- Amigos míos, sé que no me entendéis, pero hoy ha sido un
día grande para mí, por fin he encontrado lo que estaba buscando,
para vosotros no representa nada; un trozo de tierra más en
esta inmensidad, pero para mí ha sido el encontrar la meta
que estaba buscando durante todo este tiempo; donde yo vivía
sólo había casas de ladrillo y hormigón y calles de alquitrán
para que los coches fueran más rápidos, pero para ver algo
parecido a esto te tenías que ir al Retiro, donde un guarda
te regañaba si pisabas la hierba, o a la Casa de Campo,
vosotros no me entendéis ni sabéis a qué me refiero, pero
ellos los que viven allí, aunque hablan mi mismo idioma tampoco
me entendieron...
Todos me miraban con cara seria y prestando mucha
atención, cualquier observador ajeno habría dicho que me entendían
perfectamente.
- Sí, ya sé que voy a renunciar a muchas cosas, vosotros
no sabéis cómo me gustan las gambas al ajillo, pero aunque
renuncie a mucho, es mucho más lo que voy a ganar, es la consecución
de la vida auténtica, la vida integrada en la naturaleza,
formando parte de ella como un elemento más, eliminando las
barreras que la sociedad ha ido formando entre el hombre y
su entorno de forma que... , bueno vosotros lo sabéis mejor
que nadie, desde siempre durante generaciones habéis vivido
aquí, y sois felices, se os ve en la cara, y eso que vuestra
cultura no os permite apreciar lo que tenéis, no podéis comparar
con nada, no conocéis nada más, pero creedme esto es la leche,
no os falta comida, no necesitáis ropa, vivís como queréis;
claro que la rutina siempre esta al acecho, pero tal y como...
Algunos ojos comenzaban a cerrarse, y las caras
empezaban a mostrar menos interés, incluso dos mujeres se
habían levantado del corro.
- Bueno, no os quiero aburrir, ya termino, sólo quería deciros
que estoy muy a gusto entre vosotros, que todavía continuaré
unos días más aquí, pero que mi destino esta allí, en la laguna
de la cascada, por tanto, en cuanto aprenda un poco más de
la pesca y la caza me iré de aquí, de todas formas no será
un adiós definitivo, nos seguiremos viendo de vez en cuando,
pues estamos cerca, así que...
Me di cuenta de que casi estaba hablando sólo,
ya no quedaba ninguna mujer y sólo cuatro hombres con cara
somnolienta seguían mi discurso.
- Bueno, mejor nos vamos a dormir, creo que ya está bien
por hoy, gracias por escucharme.
Me levanté y me dirigí a la hamaca, los otros
hicieron lo mismo y el silencio reinó en el poblado.
El despertar fue de infarto, un terrible estruendo
sonó en toda la selva, era como una tremenda traca, el susto
hizo que me cayera de la hamaca y el miedo que me escondiera
tras unos chismes de la choza, mirando a través de las cañas
de la pared no salía de mi asombro, eran disparos, unos soldados
habían ocupado posiciones alrededor del poblado estaban de
pie y disparaba al aire; cuando cesaron los disparos dos de
ellos fueron recorriendo las chozas y sacando a los indios
a la explanada, los tres de mi choza salieron antes de que
entraran los soldados, por lo que en un principio pasé desapercibido.
Los soldados a empujones los fueron colocando
en la explanada formados en dos grupos, en uno los hombres
y en otro las mujeres y los niños, todos estaban serios y
algunos niños comenzaron a llorar. Me fijé bien en los soldados,
iban andrajosos, con unos uniformes que más bien parecían
harapos y algunos eran solamente unos críos. Cuando tuvieron
a todos situados y rodeados, uno de los soldados se puso al
frente y en voz alta dijo en perfecto castellano.
- ¡Compañeros!, Compañeros no temáis, hoy es un gran día,
prestad atención, os va a hablar el camarada licenciado, comandante
Evenencio Pastrilla de Hinojosa.
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