Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XVIII

            Poco a poco, la normalidad se fue instalando entre nosotros, ellos se acostumbraron a mi presencia, y yo me fui haciendo a sus costumbres; no fue difícil, la vida era placentera y en cierto modo relajada, cuando hacía falta alguna cosa se trabajaba para conseguirla, pero si no hacía falta simplemente se descansaba, el tiempo no contaba, el tiempo no existía, cada cosa, cada acto, duraba lo que tenía que durar, ni más ni menos, nadie tenía prisa para nada. Las necesidades de cada día iban definiendo que era lo que se iba a hacer y más o menos cada uno tenía asignado su papel en el grupo. Por las mañanas los hombres solían acercarse al río a pescar o incluso cazar algo, pero sólo si se había terminado la comida que tenían de días anteriores, las mujeres se ocupaban de los niños, de recolectar fruta y de preparar la pasta con la que fabricaban las tortas, que se hacía machacando algo parecido a las patatas, estas patatas eran la única comida que se tenía almacenada en grandes cantidades, no sé dónde la habrían recolectado, pero una esquina de la primera choza estaba ocupada totalmente por un gran montón de ellas.

            Cada día me unía al grupo de hombres y los acompañaba, unas veces a pescar, otras a cazar y otras simplemente a pasear, al principio con la reticencia de alguno, pero más tarde, cuando aprendí a estar callado mientras se pesca y a no hacer ruido con las ramas cuando se caza, la cosa fue mucho mejor; era envidiable la maestría con la que conseguían arponear los escurridizos peces, así como la puntería con la que eran capaces de abatir a los pequeños monos que abundaban por allí.

            Un día, en una de estas salidas, descubrí cómo en un lugar entre las chozas y el río, tenían almacenadas siete canoas, eran amplias y estaban perfectamente apiladas, era evidente que con el nivel de agua que llevaba el río, no se podía navegar con ellas y que debían estar almacenadas hasta que llegara de nuevo la estación de las lluvias. Mientras, nuestros paseos y salidas discurrían por la orilla transitable del río, unas veces río abajo y otras río arriba, incluso volví a pasar por el lugar donde dejé ocultos los restos del paracaídas, recogí el paquete y me lo llevé al poblado; cortando un trozo de tela y con algunas cuerdas me fabrique una hamaca, el invento fue bien recibido y al poco tiempo los restos del paracaídas quedaron convertidos en siete espléndidas hamacas que fueron ocupadas por los varones de la tribu, ya éramos como hermanos.

Mis hábitos y costumbres fueron cambiando gradualmente, durante el día iba vestido únicamente con los calzoncillos y los zapatos, pues mis pies no terminaban de acostumbrarse a caminar descalzos, mi piel sin embargo se fue curtiendo con el sol y el aire, aunque por las noches para dormir me seguía poniendo la túnica, ya que a pesar del humo, algunos mosquitos seguían teniendo predilección por mi cuerpo. En cuanto a la comida, todo consistía en no pensar qué era lo que te estabas metiendo para el cuerpo, una vez conseguido esto, todo iba sobre ruedas e incluso algunas cosas estaban deliciosas.

            Un día nuestra salida diaria se prolongó más de lo acostumbrado río abajo, caminamos durante varias horas y cerca del medio día cuando el sol estaba más alto, llegamos a un lugar donde el río se ensanchaba formando una pequeña laguna, de fondo se escuchaba un sordo rumor que fue acrecentándose según nos acercábamos al extremo de la laguna. El espectáculo era sobrecogedor, maravilloso, me quedé pasmado y emocionado, desde el borde de la laguna el agua caía formando una gran cascada hasta alcanzar otra laguna que se encontraba unos cincuenta metros más abajo, pero no era sólo la cascada, la selva entera parecía hacer un escalón en ese punto, un inmenso escalón de kilómetros de largo y unos cincuenta metros de profundidad; la caída era tan abrupta que te daba la sensación de estar asomado a un inmenso balcón, sí, por fin estaba en el paraíso, lo había encontrado, estaba allí abajo.

            Mientras los indios se dedicaban a pescar en un remanso de la laguna, yo me senté en una piedra al borde del acantilado; mirando el horizonte mi mente se disparó de nuevo, el sitio se parecía mucho al de mis sueños, la laguna de abajo una vez pasada la turbulencia de la cascada, quedaba convertida en un lugar de tranquilas aguas cristalinas y una estrecha playa de arena blanca, daba paso a una verde pradera que ocupaba la margen derecha; era el sitio ideal, me instalaría allí, lo tenía claro, dejaría pasar unas semanas más para aprender todo lo que pudiera de los indios, y luego me instalaría allí abajo definitivamente.

            Unas voces me sacaron de mi ensueño, los indios me llamaban, era curioso, pero ya llevaba unas dos semanas con ellos y seguía sin entender absolutamente nada de su idioma, me imagino que ellos tampoco me entendían, pero el caso es que hablábamos si cesar, incluso muchas noches se organizaba un corro, donde todos sentados íbamos hablando y contando cosas, cuando uno hablaba los demás guardaban un respetuoso silencio, yo por supuesto no entendía nada, pero  me encantaba escuchar el suave soniquete de sus voces.

            En una improvisada hoguera habían asado unos pescados y me llamaban para comer, estaban buenos, pero echaba de menos la sal, bueno en realidad debo confesar que echaba de menos muchas más cosas, la leche, el vinagre, el café, el azúcar, las gambas al ajillo... , ¡en fin! No se podía tener todo, lo importante era que había encontrado el lugar de mis sueños, allí podría vivir sólo, como yo quería, con la ventaja de tener a mis amigos de la tribu, a unos pocos kilómetros por si era necesario contar con ellos para algo.

            Después de comer volví al borde del acantilado, cuanto más lo miraba más me gustaba el sitio, sólo tenía un inconveniente, debería buscar un sitio apropiado para poder bajar y no parecía una tarea fácil, hasta donde me alcanzaba la vista el terreno era sumamente escarpado y no se veía un mal sendero para bajar. Uno de los indios se acerco a mi lado, le señalé la pradera y la pregunté.

- ¿Sabes por donde se puede bajar para ir allí?.

- Ya po arania sche, yaloca guaraba se le le yu.

- Bueno sí, pero ¿por dónde se baja?.

- Ya po arania sche, yaloca guaraba se le le yu.

- ¡Que conversación más tonta!, - hice ademan de descolgarme por la piedra- Sólo quiero que me digas por dónde se baja, si es que lo sabes.

- ¡Lapo, lapo!.

            El indio me sujetó por el brazo y me hizo incorporarme, llamó a sus compañeros y tras hablar unos minutos entre ellos me condujeron por el borde derecho del acantilado; a unos cien metros y tras rebasar una gran roca apareció la solución, allí tras la roca se veía lo que parecía haber sido un derrumbe en la pared del acantilado, esto hacía que la pared quedara con una inclinación acusada pero accesible para poder bajar por allí, además la existencia de alguna vegetación entre las piedras hacía que te sirvieran de punto de agarre. Sin mucha dificultad bajamos, y luego continuamos andando hasta el borde de la laguna en el sitio donde caía la cascada, era más bonito que visto desde arriba, sencillamente era el paraíso, ni la mejor foto de la mejor agencia de viajes ofrecía algo parecido a lo que estaba viendo. La cascada era grande, aunque era de suponer que en la época de las lluvias lo sería mucho más, caminamos por la playa de fina arena hasta alcanzar la pradera verde, no era muy grande, pero sí lo suficiente para mí y mi proyecto, ya lo estaba viendo, allí pegada a aquellos árboles, construiría la choza, en el borde izquierdo que parecía el más soleado pondría el huerto, ¿con qué semillas?, Bueno eso era lo de menos, ya se vería, podría hacer un embarcadero para tener mi canoa aparcada y la indígena... , bueno el tema de la indígena tendría que dejarlo aparcado eternamente, más o menos todo se parecía a lo que yo había imaginado en mis sueños, pero las indígenas..., no se parecían ni a mis sueños ni a las fotos de los folletos.

            Por la tarde iniciamos el regreso hacia el poblado, mientras íbamos caminando se me ocurrió pensar en por qué los indios no habían instalado su poblado en un sitio tan idílico, daba igual, ni se lo podía preguntar ni me lo iban a contestar, además, al fin y al cabo eran salvajes y su concepto de belleza y lugares idílicos era algo muy discutible.

            Esa noche, después de comer y ahumar el poblado nos sentamos en el corro habitual, los hombres formábamos un círculo y las mujeres y algunos niños se sentaban formando otro círculo exterior, los hombres hablaban y las mujeres escuchaban, muy raramente intervenían con alguna puntualización que era rápidamente acallada por las protestas de todos. No se trataba de una conversación o tertulia, más bien creo que se contaban historias, pues cuando uno cogía la palabra, hablaba durante largo tiempo mientras el resto escuchaba, cada noche no solían hablar más de dos y esa noche hablé yo, tenía ganas de hablar, muchas ganas, estaba pletórico por lo que había visto y tenía que comunicarlo a los cuatro vientos, cuando comencé a hablar todos me miraron con cara de gran interés.

- Amigos míos, sé que no me entendéis, pero hoy ha sido un día grande para mí, por fin he encontrado lo que estaba buscando, para vosotros no representa nada; un trozo de tierra más en esta inmensidad, pero para mí ha sido el encontrar la meta que estaba buscando durante todo este tiempo; donde yo vivía sólo había casas de ladrillo y hormigón y calles de alquitrán para que los coches fueran más rápidos, pero para ver algo parecido a esto te tenías que ir al Retiro, donde un guarda te regañaba si pisabas la hierba, o a la Casa de  Campo,  vosotros no me entendéis ni sabéis a qué me refiero, pero ellos los que viven allí, aunque hablan mi mismo idioma tampoco me entendieron...

            Todos me miraban con cara seria y prestando mucha atención, cualquier observador ajeno habría dicho que me entendían perfectamente.

- Sí, ya sé que voy a renunciar a muchas cosas, vosotros no sabéis cómo me gustan las gambas al ajillo, pero aunque renuncie a mucho, es mucho más lo que voy a ganar, es la consecución de la vida auténtica, la vida integrada en la naturaleza, formando parte de ella como un elemento más, eliminando las barreras que la sociedad ha ido formando entre el hombre y su entorno de forma que... , bueno vosotros lo sabéis mejor que nadie, desde siempre durante generaciones habéis vivido aquí, y sois felices, se os ve en la cara, y eso que vuestra cultura no os permite apreciar lo que tenéis, no podéis comparar con nada, no conocéis nada más, pero creedme esto es la leche, no os falta comida, no necesitáis ropa, vivís como queréis; claro que la rutina siempre esta al acecho, pero tal y como...

            Algunos ojos comenzaban a cerrarse, y las caras empezaban a mostrar menos interés, incluso dos mujeres se habían levantado del corro.

- Bueno, no os quiero aburrir, ya termino, sólo quería deciros que estoy muy a gusto entre vosotros, que todavía continuaré unos días más aquí, pero que mi destino esta allí, en la laguna de la cascada, por tanto, en cuanto aprenda un poco más de la pesca y la caza me iré de aquí, de todas formas no será un adiós definitivo, nos seguiremos viendo de vez en cuando, pues estamos cerca, así que...

            Me di cuenta de que casi estaba hablando sólo, ya no quedaba ninguna mujer y sólo cuatro hombres con cara somnolienta seguían mi discurso.

- Bueno, mejor nos vamos a dormir, creo que ya está bien por hoy, gracias por escucharme.

            Me levanté y me dirigí a la hamaca, los otros hicieron lo mismo y el silencio reinó en el poblado.

            El despertar fue de infarto, un terrible estruendo sonó en toda la selva, era como una tremenda traca, el susto hizo que me cayera de la hamaca y el miedo que me escondiera tras unos chismes de la choza, mirando a través de las cañas de la pared no salía de mi asombro, eran disparos, unos soldados habían ocupado posiciones alrededor del poblado estaban de pie y disparaba al aire; cuando cesaron los disparos dos de ellos fueron recorriendo las chozas y sacando a los indios a la explanada, los tres de mi choza salieron antes de que entraran los soldados, por lo que en un principio pasé desapercibido.

            Los soldados a empujones los fueron colocando en la explanada formados en dos grupos, en uno los hombres y en otro las mujeres y los niños, todos estaban serios y algunos niños comenzaron a llorar. Me fijé bien en los soldados, iban andrajosos, con unos uniformes que más bien parecían harapos y algunos eran solamente unos críos. Cuando tuvieron a todos situados y rodeados, uno de los soldados se puso al frente y en voz alta dijo en perfecto castellano.

- ¡Compañeros!, Compañeros no temáis, hoy es un gran día, prestad atención, os va a hablar el camarada licenciado, comandante Evenencio Pastrilla de Hinojosa.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com