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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XVII

            ¿Qué hacer?, Era evidente que a ellos el bolso les había caído del cielo y, por tanto, se había convertido en algo sagrado, lo de mi parecido físico con la estampita del Sagrado Corazón, era algo más que discutible, aunque a sus ojos la cosa parecía clara, pero en todo caso, ¿sabían ellos quién era el Sagrado Corazón de Jesús?; Tenía que deshacer el lío, no había venido tan lejos para convertirme en un Dios de nadie; comencé a gritarles mientras ellos continuaban postrados en el suelo con la cabeza baja.

- ¡Levantad!, Soy como vosotros, igual que vosotros en todo, ¡mirad!.

            Me quité la túnica del paracaídas y me quedé con los vaqueros y la camisa, mientras tanto ellos continuaban en el suelo y sólo alguno de ellos levantaba tímidamente los ojos.

-¡¿No me entendéis?!, ¿No habláis español?, Levantad, soy un hombre igual que todos, sólo quiero estar unos días con vosotros, en paz, ¡levantad!.

            Empecé a quitarme el resto de la ropa, no reaccionaban, seguían postrados y tenía que sacarlos de su error, tiré la camisa a un lado, a continuación me quité los zapatos, mis zapatos "nuevos" que a estas alturas ya sólo eran un guiñapo, luego los pantalones, los calzoncillos, me quedé completamente desnudo delante de ellos.

- ¡Mirad!, ¡Soy como vosotros!.

            Nada, no se movían, seguían callados y el silencio espeso sólo era roto por el canto lejano de algún pájaro, sólo los niños permanecían de pie, pero inmóviles e igual de callados que los mayores.

            Fueron unos minutos eternos, aquello podía terminar de cualquier manera y me estaba poniendo nervioso, de pronto, uno de los indios levantó ligeramente la vista y me miró, se quedo mirándome fijamente y comenzó a sonreír, yo también le sonreí, y la sonrisa se fue contagiando al resto del grupo que según iban levantando las cabezas y me miraban, iban convirtiendo la sonrisa en una sonora carcajada, yo también me reía y poco a poco se fueron levantando al tiempo que me miraban y continuaban las risas, tardé un poco en darme cuenta, pero en realidad no me miraban a mí, es decir, no miraban a mi cara, todas las miradas estaban puestas en mi entrepierna, nunca en mi vida había tenido la más mínima inquietud con relación al tamaño de mis órganos, pero parecía que aquí se cumplía el dicho popular de que "las comparaciones son odiosas", a juzgar por lo que se intuía bajo los taparrabos.

            Empecé a ruborizarme y la situación se convirtió en algo embarazoso, la risa era general y veía como a muchos de ellos se les saltaban las lagrimas, unos de los indios se acerco riendo y recogiendo la túnica del suelo me la dio; mientras con una mano se limpiaba las lagrimas de los ojos con la otra me dio unas palmadas en el hombro.

- ¡Ayyy....!, Ya, ya, che, quiu, ¡JA, JA JA, JA JA....!.

            Se apartó de mí, con el cuerpo doblado por la risa, al tiempo que aquello se había convertido en una autentica juerga. Lo más rápido que pude me coloque la túnica, recogí la ropa, metí las cosas en el bolso y me aparté del grupo en dirección al río. Estaba avergonzado, nunca había pasado tanta vergüenza, me sentía ridículo mientras atrás seguían escuchándose las risas; llegué a la orilla, tiré la ropa a un lado y me senté en la arena, ¡qué fracaso!, El comienzo no podía haber sido más descorazonador, tenía ganas de llorar; quizás  lo ocurrido no era tan importante pero estaba muy sensibilizado, sólo encontraba obstáculos a todos mis proyectos.

            No sé cuanto tiempo pasé así, sentado con la cabeza entre las rodillas, en realidad no pensaba en nada concreto, mis pensamientos iban de un lado a otro sin detenerme en nada, era como si todo hubiera dejado de tener importancia; pasado un rato levanté la cabeza, con las gafas puestas el entorno había recobrado para mí una sensación de realidad que antes no tenía, ya no estaba rodeado de formas borrosas, sino de arena, agua, plantas, indios...; ¡indios!, Sí allí estaban, no todos, sólo dos, detrás de mí, inmóviles, de pie, uno de ellos sosteniendo sobre las palmas de sus manos una torta de algo parecido al pan, no los había oído llegar, de un salto me puse de pie y me quedé mirándolos; el más alto, que era el que no tenía nada en las manos, empezó a hablar suavemente en un idioma totalmente desconocido en el que las palabras sonaban como suaves chasquidos, al tiempo que hacía reverencias con la cabeza, y señalaba la torta de pan que tenía su compañero; no sabía qué hacer, estaba confundido y temía volver a meter la pata, di un paso hacia ellos y el indio hablador continuó haciendo gestos  que indicaban que cogiera la torta de pan, un paso más y ya estaba frente a ellos, el monólogo continuaba, yo no entendía nada, pero el tono y la situación parecían indicar que estaban pidiendo disculpas y que me ofrecían un presente; el indio más pequeño, el del pan, que hasta entonces había estado con la cabeza agachada, la levantó, al tiempo que con sus manos me ofrecía la torta, nuestras miradas se cruzaron, fue un segundo que duró una eternidad, un ligero temblor estremeció el cuerpo del pequeño indígena y...

-¡Ja, ja ja, ja ja...!.

            Era demasiado.

-¡Iros a la mierda...!.

            Di media vuelta, y me agaché a recoger la ropa que tenía por el suelo mientras escuchaba gritos mezclados con risas; levanté la vista y vi cómo el indio más alto le había quitado la torta al más pequeño y mientras con una mano le daba golpes en la cabeza, con el pie le daba patadas en el culo, mientras uno mezclaba las risas con las quejas, el otro no paraba de recriminarle en su extraño idioma. Por mí se podían matar, con mi ropa bajo el brazo empecé a caminar por la orilla del río, al instante, el indio más alto estaba caminando a mi lado ofreciéndome la torta y sin parar de hablar.

-¡Déjame en paz!.

            Él seguía con su extraña verborrea, sin dejar de caminar y con la mano extendida con la torta.

-¡Lárgate de una vez!, ¡Que me dejes!.

            El indio empezó a correr hasta situarse delante de mí, una vez allí se arrodillo en la arena y con los brazos extendidos con la torta esperó a que llagara, mientras, continuamente no paraba de hablar con un tono cada vez más lastimero. Cuando llegué a su altura lo esquivé y continué caminando, lejos de desanimarse, el indio se levantó, salió corriendo y nuevamente se situó delante de mí, en la misma posición; esta vez si me paré, con un tono de voz que ya resultaba patético el indio seguía ofreciéndome la torta.

- Está bien, vale, trae, pero lo de antes ha sido muy fuerte...

            Para qué le hablaba, era evidente que me entendía tanto como yo lo entendía a él, cogí la torta, pero me abstuve de morderla, a estas alturas no me fiaba de nada ni de nadie, él se levanto, continuó hablando y dándome suaves palmadas en el hombro, todo parecía indicar que estaba muy afectado y que pedía disculpas, me cogió del brazo y tiró de mí para que le acompañara en dirección al poblado, no puse resistencia, quizás esta vez fuera verdad.

            Cuando entramos en la explanada de las cabañas, el resto de la gente se quedo mirándonos en silencio, nos paramos a unos pocos metros de la choza del centro y el resto de los indios se acercaron a nosotros, mujeres y niños incluidos; el que venía conmigo me cogió de la mano y comenzó a hablar a todos, no tengo ni idea de lo que dijo, pero lo hizo vehementemente y cuando terminó todos al unísono dieron un grito; a continuación se fueron acercando a mí y con la mejor de sus sonrisas me iban tocando en el hombro, fue el inicio de una gran relación, esa  tarde comimos todos juntos, la torta de pan sólo se parecía al pan en la forma, el sabor y la textura no tenían nada que ver, pero se dejaba comer, sobre todo por el hambre que tenía, también trajeron frutas bastante más aparentes que las que yo había consumido, me harté de comer; ellos hablaban, yo también, no nos entendíamos pero daba exactamente igual, creo que nos comprendíamos.

            Faltaba poco para anochecer y los mosquitos comenzaron a acudir, un indio se acercó a unos rescoldos que estaban cercanos a las chozas y echó unas ramas, comenzó a soplar para avivar el fuego, y a los pocos segundos empezó a salir un humo espeso que lo inundaba todo, era evidente que aquello no ardía bien, así que pensé en ayudarle, me levanté y fui  a donde tenía el bolso, todos me miraban, saqué el encendedor y me acerqué a donde estaban las ramas sobre los rescoldos; ante la mirada extrañada del indio y debo  confesar que con una cierta chulería me agaché y accioné el encendedor al lado de las ramas, de inmediato aquello se convirtió en una pira en la que las ramas recalentadas ardían con violencia, a la vez que el humo había desaparecido.

            Casi simultáneamente, el indio pegó un grito y de una certera patada me hizo rodar por el suelo, los demás también se levantaron gritando y se acercaron, no entendía muy bien qué era lo que estaba pasando, se entabló una violenta discusión entre ellos, mientras yo permanecía tirado en el suelo sin saber muy bien qué hacer; por un lado el indio de la hoguera intentaba acercarse a mí con cara de muy pocos amigos, mientras otros dos le sujetaban por los brazos, allí hablaba todo el mundo y yo no entendía nada, aunque la situación se podía resumir en que mientras tres indios parecían tener intenciones poco amistosas conmigo, otros cuatro parecían defenderme, y lo más curioso era que no entendía el por qué de esta situación, ellos querían encender una hoguera y yo se la había encendido, ¿qué había de malo en ello?.

            Mientras continuaba la discusión, las llamas fueron consumiéndose y quedando nuevamente sólo los rescoldos, aquello parecía no tener fin, yo continuaba tirado en el suelo y no me atrevía a moverme, mientras ellos, continuaban la discusión con enormes retahílas de palabras y entre tanto los mosquitos se ensañaban con mi cuerpo.

            Por fin, uno de los que parecía estar a mi favor se acerco a mí, me tendió la mano y me ayudo a levantarme, tiró de mí y me situó al lado de los rescoldos, por fin todos se habían callado, otro indio cogió unas ramas de un montón situado al lado de una choza y lo depositó encima de los rescoldos; de inmediato empezó a brotar un humo blanco y denso que empezó a extenderse por todas partes, ya que no hacia nada de viento.

            Entonces me di cuenta, la nube de mosquitos que pululaba entre nosotros había desaparecido, así como los que tenía sobre mi cuerpo y no me atrevía a espantar, por temor a realizar algún movimiento brusco que fuera mal interpretado.

            Qué tonto había sido, me quedaba mucho por aprender, no debía ser tan impulsivo, si no, terminaría tropezando a cada paso que diera, como había estado ocurriendo hasta ahora; con cuidado y sin brusquedades me levanté del suelo, una vez más me sentía avergonzado.

- Perdón..., perdonadme, de verdad..., yo no sabía...

            Con la cabeza baja y haciendo reverencias trate de hacer ver mi arrepentimiento, creo que lo logré, aunque tuve que aguantar alguna mirada despectiva e incluso alguna risa, pero los momentos de tensión parecían haber pasado, poco a poco la gente se fue retirando y me quedé sólo al lado de la humera, ya era completamente de noche y la gente se fue acoplando en las cabañas, no tenía muy claro qué es lo que debía hacer, no deseaba crear ningún nuevo problema así que me encaminé hacia el río con la intención de buscar un sitio cómodo donde tumbarme y dormir, la noche era clara y una espléndida Luna llena inundaba todo con su luz lechosa, me senté en la arena, con la espalda recostada sobre una piedra y me quedé absorto mirando la Luna reflejada en el agua que discurría plácidamente. Una figura que se acercaba me sacó de mi abstracción, lo miré desconfiadamente y me tranquilicé al comprobar que era el indio alto de la mañana, llegó a mi lado y comenzó a hablar suavemente, al tiempo que me ofrecía su mano para levantarme.

- Déjalo, no quiero molestar más, me quedo aquí a dormir.

            Él insistía con el mismo tono monótono que empleó por la mañana.

- ¡Que no!, Que te olvides, que me dejes, que quiero estar sólo y dormir.

            Era inútil, la paciencia de este indio no tenía límites, hablaba y hablaba sin cesar en el mismo tono, sin altibajos, como un zumbido molesto que te fuera entrando poco a poco en el cerebro.

- ¡Vale!, ¡Ya!

            Me levanté de un salto, por un momento el indio calló, nos quedamos mirándonos frente a frente y a continuación siguió con su interminable retahíla.

- Vale, me rindo, llévame donde quieras y haz lo que quieras, has ganado.

            Me dejé llevar de nuevo hacia el poblado, el silencio y la calma eran absolutos, en las chozas todos estaban durmiendo sobre unas tarimas construidas con ramas, el indio me condujo hacia la primera choza de la derecha que era la que menos gente tenía, sólo tres personas dormían en ella, y con sumo cuidado y sin hacer ruido me indicó una tarima vacía, el se recostó en otra, y yo resignado me tumbé en la que me había indicado; tardé en dormirme, los pensamientos se me agolpaban, por fin estaba en la selva, con los indígenas, al lado del río, en la naturaleza..., pero no era como en mis sueños.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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