|
Capítulo
XVII
¿Qué hacer?, Era evidente que a ellos el bolso
les había caído del cielo y, por tanto, se había convertido
en algo sagrado, lo de mi parecido físico con la estampita
del Sagrado Corazón, era algo más que discutible, aunque a
sus ojos la cosa parecía clara, pero en todo caso, ¿sabían
ellos quién era el Sagrado Corazón de Jesús?; Tenía que deshacer
el lío, no había venido tan lejos para convertirme en un Dios
de nadie; comencé a gritarles mientras ellos continuaban postrados
en el suelo con la cabeza baja.
- ¡Levantad!, Soy como vosotros, igual que vosotros en todo,
¡mirad!.
Me quité la túnica del paracaídas y me quedé
con los vaqueros y la camisa, mientras tanto ellos continuaban
en el suelo y sólo alguno de ellos levantaba tímidamente los
ojos.
-¡¿No me entendéis?!, ¿No habláis español?, Levantad, soy
un hombre igual que todos, sólo quiero estar unos días con
vosotros, en paz, ¡levantad!.
Empecé a quitarme el resto de la ropa, no reaccionaban,
seguían postrados y tenía que sacarlos de su error, tiré la
camisa a un lado, a continuación me quité los zapatos, mis
zapatos "nuevos" que a estas alturas ya sólo eran
un guiñapo, luego los pantalones, los calzoncillos, me quedé
completamente desnudo delante de ellos.
- ¡Mirad!, ¡Soy como vosotros!.
Nada, no se movían, seguían callados y el silencio
espeso sólo era roto por el canto lejano de algún pájaro,
sólo los niños permanecían de pie, pero inmóviles e igual
de callados que los mayores.
Fueron unos minutos eternos, aquello podía terminar
de cualquier manera y me estaba poniendo nervioso, de pronto,
uno de los indios levantó ligeramente la vista y me miró,
se quedo mirándome fijamente y comenzó a sonreír, yo también
le sonreí, y la sonrisa se fue contagiando al resto del grupo
que según iban levantando las cabezas y me miraban, iban convirtiendo
la sonrisa en una sonora carcajada, yo también me reía y poco
a poco se fueron levantando al tiempo que me miraban y continuaban
las risas, tardé un poco en darme cuenta, pero en realidad
no me miraban a mí, es decir, no miraban a mi cara, todas
las miradas estaban puestas en mi entrepierna, nunca en mi
vida había tenido la más mínima inquietud con relación al
tamaño de mis órganos, pero parecía que aquí se cumplía el
dicho popular de que "las comparaciones son odiosas",
a juzgar por lo que se intuía bajo los taparrabos.
Empecé a ruborizarme y la situación se convirtió
en algo embarazoso, la risa era general y veía como a muchos
de ellos se les saltaban las lagrimas, unos de los indios
se acerco riendo y recogiendo la túnica del suelo me la dio;
mientras con una mano se limpiaba las lagrimas de los ojos
con la otra me dio unas palmadas en el hombro.
- ¡Ayyy....!, Ya, ya, che, quiu, ¡JA, JA JA, JA JA....!.
Se apartó de mí, con el cuerpo doblado por la
risa, al tiempo que aquello se había convertido en una autentica
juerga. Lo más rápido que pude me coloque la túnica, recogí
la ropa, metí las cosas en el bolso y me aparté del grupo
en dirección al río. Estaba avergonzado, nunca había pasado
tanta vergüenza, me sentía ridículo mientras atrás seguían
escuchándose las risas; llegué a la orilla, tiré la ropa a
un lado y me senté en la arena, ¡qué fracaso!, El comienzo
no podía haber sido más descorazonador, tenía ganas de llorar;
quizás lo ocurrido no era tan importante pero estaba muy
sensibilizado, sólo encontraba obstáculos a todos mis proyectos.
No sé cuanto tiempo pasé así, sentado con la
cabeza entre las rodillas, en realidad no pensaba en nada
concreto, mis pensamientos iban de un lado a otro sin detenerme
en nada, era como si todo hubiera dejado de tener importancia;
pasado un rato levanté la cabeza, con las gafas puestas el
entorno había recobrado para mí una sensación de realidad
que antes no tenía, ya no estaba rodeado de formas borrosas,
sino de arena, agua, plantas, indios...; ¡indios!, Sí allí
estaban, no todos, sólo dos, detrás de mí, inmóviles, de pie,
uno de ellos sosteniendo sobre las palmas de sus manos una
torta de algo parecido al pan, no los había oído llegar, de
un salto me puse de pie y me quedé mirándolos; el más alto,
que era el que no tenía nada en las manos, empezó a hablar
suavemente en un idioma totalmente desconocido en el que las
palabras sonaban como suaves chasquidos, al tiempo que hacía
reverencias con la cabeza, y señalaba la torta de pan que
tenía su compañero; no sabía qué hacer, estaba confundido
y temía volver a meter la pata, di un paso hacia ellos y el
indio hablador continuó haciendo gestos que indicaban que
cogiera la torta de pan, un paso más y ya estaba frente a
ellos, el monólogo continuaba, yo no entendía nada, pero el
tono y la situación parecían indicar que estaban pidiendo
disculpas y que me ofrecían un presente; el indio más pequeño,
el del pan, que hasta entonces había estado con la cabeza
agachada, la levantó, al tiempo que con sus manos me ofrecía
la torta, nuestras miradas se cruzaron, fue un segundo que
duró una eternidad, un ligero temblor estremeció el cuerpo
del pequeño indígena y...
-¡Ja, ja ja, ja ja...!.
Era demasiado.
-¡Iros a la mierda...!.
Di media vuelta, y me agaché a recoger la ropa
que tenía por el suelo mientras escuchaba gritos mezclados
con risas; levanté la vista y vi cómo el indio más alto le
había quitado la torta al más pequeño y mientras con una mano
le daba golpes en la cabeza, con el pie le daba patadas en
el culo, mientras uno mezclaba las risas con las quejas, el
otro no paraba de recriminarle en su extraño idioma. Por mí
se podían matar, con mi ropa bajo el brazo empecé a caminar
por la orilla del río, al instante, el indio más alto estaba
caminando a mi lado ofreciéndome la torta y sin parar de hablar.
-¡Déjame en paz!.
Él seguía con su extraña verborrea, sin dejar
de caminar y con la mano extendida con la torta.
-¡Lárgate de una vez!, ¡Que me dejes!.
El indio empezó a correr hasta situarse delante
de mí, una vez allí se arrodillo en la arena y con los brazos
extendidos con la torta esperó a que llagara, mientras, continuamente
no paraba de hablar con un tono cada vez más lastimero. Cuando
llegué a su altura lo esquivé y continué caminando, lejos
de desanimarse, el indio se levantó, salió corriendo y nuevamente
se situó delante de mí, en la misma posición; esta vez si
me paré, con un tono de voz que ya resultaba patético el indio
seguía ofreciéndome la torta.
- Está bien, vale, trae, pero lo de antes ha sido muy fuerte...
Para qué le hablaba, era evidente que me entendía
tanto como yo lo entendía a él, cogí la torta, pero me abstuve
de morderla, a estas alturas no me fiaba de nada ni de nadie,
él se levanto, continuó hablando y dándome suaves palmadas
en el hombro, todo parecía indicar que estaba muy afectado
y que pedía disculpas, me cogió del brazo y tiró de mí para
que le acompañara en dirección al poblado, no puse resistencia,
quizás esta vez fuera verdad.
Cuando entramos en la explanada de las cabañas,
el resto de la gente se quedo mirándonos en silencio, nos
paramos a unos pocos metros de la choza del centro y el resto
de los indios se acercaron a nosotros, mujeres y niños incluidos;
el que venía conmigo me cogió de la mano y comenzó a hablar
a todos, no tengo ni idea de lo que dijo, pero lo hizo vehementemente
y cuando terminó todos al unísono dieron un grito; a continuación
se fueron acercando a mí y con la mejor de sus sonrisas me
iban tocando en el hombro, fue el inicio de una gran relación,
esa tarde comimos todos juntos, la torta de pan sólo se parecía
al pan en la forma, el sabor y la textura no tenían nada que
ver, pero se dejaba comer, sobre todo por el hambre que tenía,
también trajeron frutas bastante más aparentes que las que
yo había consumido, me harté de comer; ellos hablaban, yo
también, no nos entendíamos pero daba exactamente igual, creo
que nos comprendíamos.
Faltaba poco para anochecer y los mosquitos comenzaron
a acudir, un indio se acercó a unos rescoldos que estaban
cercanos a las chozas y echó unas ramas, comenzó a soplar
para avivar el fuego, y a los pocos segundos empezó a salir
un humo espeso que lo inundaba todo, era evidente que aquello
no ardía bien, así que pensé en ayudarle, me levanté y fui
a donde tenía el bolso, todos me miraban, saqué el encendedor
y me acerqué a donde estaban las ramas sobre los rescoldos;
ante la mirada extrañada del indio y debo confesar que con
una cierta chulería me agaché y accioné el encendedor al lado
de las ramas, de inmediato aquello se convirtió en una pira
en la que las ramas recalentadas ardían con violencia, a la
vez que el humo había desaparecido.
Casi simultáneamente, el indio pegó un grito
y de una certera patada me hizo rodar por el suelo, los demás
también se levantaron gritando y se acercaron, no entendía
muy bien qué era lo que estaba pasando, se entabló una violenta
discusión entre ellos, mientras yo permanecía tirado en el
suelo sin saber muy bien qué hacer; por un lado el indio de
la hoguera intentaba acercarse a mí con cara de muy pocos
amigos, mientras otros dos le sujetaban por los brazos, allí
hablaba todo el mundo y yo no entendía nada, aunque la situación
se podía resumir en que mientras tres indios parecían tener
intenciones poco amistosas conmigo, otros cuatro parecían
defenderme, y lo más curioso era que no entendía el por qué
de esta situación, ellos querían encender una hoguera y yo
se la había encendido, ¿qué había de malo en ello?.
Mientras continuaba la discusión, las llamas
fueron consumiéndose y quedando nuevamente sólo los rescoldos,
aquello parecía no tener fin, yo continuaba tirado en el suelo
y no me atrevía a moverme, mientras ellos, continuaban la
discusión con enormes retahílas de palabras y entre tanto
los mosquitos se ensañaban con mi cuerpo.
Por fin, uno de los que parecía estar a mi favor
se acerco a mí, me tendió la mano y me ayudo a levantarme,
tiró de mí y me situó al lado de los rescoldos, por fin todos
se habían callado, otro indio cogió unas ramas de un montón
situado al lado de una choza y lo depositó encima de los rescoldos;
de inmediato empezó a brotar un humo blanco y denso que empezó
a extenderse por todas partes, ya que no hacia nada de viento.
Entonces me di cuenta, la nube de mosquitos que
pululaba entre nosotros había desaparecido, así como los que
tenía sobre mi cuerpo y no me atrevía a espantar, por temor
a realizar algún movimiento brusco que fuera mal interpretado.
Qué tonto había sido, me quedaba mucho por aprender,
no debía ser tan impulsivo, si no, terminaría tropezando a
cada paso que diera, como había estado ocurriendo hasta ahora;
con cuidado y sin brusquedades me levanté del suelo, una vez
más me sentía avergonzado.
- Perdón..., perdonadme, de verdad..., yo no sabía...
Con la cabeza baja y haciendo reverencias trate
de hacer ver mi arrepentimiento, creo que lo logré, aunque
tuve que aguantar alguna mirada despectiva e incluso alguna
risa, pero los momentos de tensión parecían haber pasado,
poco a poco la gente se fue retirando y me quedé sólo al lado
de la humera, ya era completamente de noche y la gente se
fue acoplando en las cabañas, no tenía muy claro qué es lo
que debía hacer, no deseaba crear ningún nuevo problema así
que me encaminé hacia el río con la intención de buscar un
sitio cómodo donde tumbarme y dormir, la noche era clara y
una espléndida Luna llena inundaba todo con su luz lechosa,
me senté en la arena, con la espalda recostada sobre una piedra
y me quedé absorto mirando la Luna reflejada en el agua que
discurría plácidamente. Una figura que se acercaba me sacó
de mi abstracción, lo miré desconfiadamente y me tranquilicé
al comprobar que era el indio alto de la mañana, llegó a mi
lado y comenzó a hablar suavemente, al tiempo que me ofrecía
su mano para levantarme.
- Déjalo, no quiero molestar más, me quedo aquí a dormir.
Él insistía con el mismo tono monótono que empleó
por la mañana.
- ¡Que no!, Que te olvides, que me dejes, que quiero estar
sólo y dormir.
Era inútil, la paciencia de este indio no tenía
límites, hablaba y hablaba sin cesar en el mismo tono, sin
altibajos, como un zumbido molesto que te fuera entrando poco
a poco en el cerebro.
- ¡Vale!, ¡Ya!
Me levanté de un salto, por un momento el indio
calló, nos quedamos mirándonos frente a frente y a continuación
siguió con su interminable retahíla.
- Vale, me rindo, llévame donde quieras y haz lo que quieras,
has ganado.
Me dejé llevar de nuevo hacia el poblado, el
silencio y la calma eran absolutos, en las chozas todos estaban
durmiendo sobre unas tarimas construidas con ramas, el indio
me condujo hacia la primera choza de la derecha que era la
que menos gente tenía, sólo tres personas dormían en ella,
y con sumo cuidado y sin hacer ruido me indicó una tarima
vacía, el se recostó en otra, y yo resignado me tumbé en la
que me había indicado; tardé en dormirme, los pensamientos
se me agolpaban, por fin estaba en la selva, con los indígenas,
al lado del río, en la naturaleza..., pero no era como en
mis sueños.
|