Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XVI

            Al cabo de una hora, ya sabía perfectamente como prevenir los aludes, la forma de caminar sobre hielo, e incluso como actuar ante los primeros síntomas de congelación, es decir, estaba exactamente igual que al principio. Bueno igual no, peor, estaba empezando a anochecer lo cual significaba que en cinco minutos sería noche cerrada, al principio me sorprendió mucho, pero ya estaba habituado, la transición del día a la noche o de la noche al día era prácticamente instantánea en estas latitudes.

            De pronto apareció un mosquito enorme que se dirigía hacia mí, luego otro, otros, muchos, una nube de mosquitos, eran gigantescos, en casa de Tex lo había visto, pero nunca tantos juntos, empecé a darme palmetadas, pero era inútil, iban a por mí; como pude solté el paquete del paracaídas y me enrollé en la tela, incluyendo la cabeza, a continuación me tiré en el suelo, algunos mosquitos se habían quedado metidos entre el cuerpo y la tela y notaba sus picaduras, así que fui rodando el cuerpo para aplastarlos, cuando al final no noté ningún pinchazo me quedé quieto, muy quieto, y me quedé dormido.

            Cuando desperté, me fui desenredando como pude de la tela del paracaídas, ya era de día y una espesa niebla lo cubría todo, volví a plegar la tela y comencé a andar en busca de alguna salida de aquel atolladero; unos metros más adelante parecía que se abría ligeramente la espesura de ramas, así que intenté colarme por ese pequeño resquicio, la verdad es que mi situación no era nada halagüeña, sin gafas y con niebla la selva se había convertido para mí en un mundo borroso que me rodeaba a escasos metros y una cortina blanca en la lejanía. Conseguí meterme entre las ramas y comencé a caminar por donde la vegetación me iba dejando paso, notaba la humedad en los pies, la tierra, las ramas, las hojas, todo despedía agua, lo cierto es que a los pocos minutos estaba completamente empapado, una extraña calma llenaba todo el ambiente, el silencio era casi absoluto y sólo era roto de cuando en cuando por el canto de algún pájaro.

            Poco a poco el día fue aclarando, en realidad yo seguía caminando entre sombras borrosas, pero algún rayo de Sol comenzó a colarse a duras penas entre las copas de los árboles, eso pareció avivar la vida en la selva, un sinfín de sonidos comenzó a inundarlo todo, los cantos de pájaros se mezclaban con los ruidos más extraños; no sabía qué sería mejor, si ver o no ver lo que había a mi alrededor; de pronto un sonido comenzó a destacar entre todos, preste atención y... sí, era el avión, el avión de Tex, debía estar buscándome, sólo en ese momento caí en la cuenta de que lo mejor habría sido quedarme en el claro donde había caído. Pero ¿para qué?, Era inútil, no podría aterrizar, además, ¡no quería selva!, Pues ya estaba en la selva, y debía asumir las consecuencias; el ruido del avión continuó durante bastante tiempo, era extraño, estábamos en el limite de autonomía del avión, así que debía de haber puesto algún depósito extra de combustible para poder estar más tiempo sobre la zona; en el fondo Tex era una gran persona, debía de estar preocupado por mí, pero lo más sensato era que se marchara.

            Era agotador caminar así, a parte de llevar la ropa completamente empapada el fardo con el paracaídas se manejaba muy mal, estuve caminando mucho tiempo, aunque la distancia recorrida debió de ser muy poca, el terreno presentaba una ligera pendiente y yo en todo momento trataba de seguir la pendiente abajo, si había un río, éste debería estar en la parte baja.

            Tenía hambre, así que de vez en cuando paraba a coger algo parecido a las moras que había en las innumerables zarzas que me rodeaban, estaban buenas y dulces.

            No sé cuánto tiempo había pasado, pero al fin apareció el río, y con él la luz del día, fue maravilloso, tras apartar unas ramas allí apareció el agua, tranquila, mansa; una pequeña playa de arena y el Sol inundándolo todo con su luz y su calor, me acerqué a la orilla y bebí agua, las moras me habían dado sed. Miré a mi alrededor, por fin tenía una visión amplia de dónde estaba, el cielo estaba completamente despejado, el río era ancho y discurría mansamente, se notaba que iba con menos agua de lo normal ya que las orillas eran anchas y estaban despejadas de vegetación, eso me iba a venir muy bien, pues me serviría como camino hasta que encontrara el sitio idóneo para establecerme.

            Me quité la ropa, estaba completamente empapado después del camino entre la vegetación, la coloqué al Sol sobre unas ramas para que se secara y me tumbé en la arena, se estaba a gusto, muy a gusto, cuando se secara la ropa continuaría andando por la orilla siguiendo el curso del río, mi idea era encontrar un sitio un poco más despejado, y que estuviera un poco más elevado sobre el nivel del agua para así prevenir posibles crecidas.

            Lo que significaba un autentico engorro era caminar con el fardo del paracaídas, la mochila y los arneses habían quedado abandonados en la zarza donde quede enredado, y el paquete de la tela no era muy manejable, no sabía muy bien qué hacer con él, la tela era fina y protegía de la humedad pero llevarlo todo era un engorro. Entonces se me ocurrió una idea, mientras descendía del avión observé que el paracaídas tenía un agujero en el centro, así que cogí la navaja del pantalón y a continuación deshice el paquete de la tela, extendiéndola en el suelo todo lo que pude, encontré el agujero y tal como me imaginaba la cabeza entraba perfectamente por él. Eso hice, marque con el pie la longitud hasta el suelo, y a continuación con las tijeras de la navaja multihusos fui cortando la tela en un circulo alrededor del agujero central; cuando terminé tenía sobre mí una hermosa túnica blanca, no pesaba mucho y me protegería de los mosquitos y de la humedad por la tarde y por la noche. Recogí lo que quedaba del paracaídas y tras hacerlo un lío lo metí entre las zarzas, a continuación me puse mi ropa ya seca y los zapatos, y encima la túnica blanca, la cual até a la cintura con un trozo de cuerda de los que había conservado, comí unas cuantas moras más y..., bueno ya estaba listo para seguir el camino.

              La verdad es que era mucho más cómodo, caminaba libre, a mi mente vinieron las escenas de la película "Hermano Sol, Hermana Luna", la música... Bro-other sun and si-i-ister moon...., era un momento mágico, los pájaros canturreaban por los árboles, me sentía feliz; a lo lejos, en la dirección en que caminaba, algo parecido a unos troncos que estaban sobre la orilla comenzaron a moverse, eran caimanes que al verme se fueron deslizando hacia el agua.

- Hermanos Caimanes, no os asustéis, soy yo, no os voy a hacer nada malo.

            No debieron entenderlo, al pasar a su lado, uno de ellos, el más grande, salió del agua como un resorte; pude esquivarlo fácilmente de un salto y salí corriendo, convendría tenerlo en cuenta para futuras ocasiones. De vez en cuando seguía cogiendo moras, y unos frutos parecidos a las ciruelas que había por todos lados, eran muy jugosos y siempre te dejaban con ganas de comer más, la verdad es que comía sin medida, y al cabo de unas horas las consecuencias se hicieron notar, un agudo dolor de tripa acompañado de una tremenda diarrea se apodero de mí.

            Fue angustioso, dejé de caminar y decidí quedarme donde estaba hasta que se me pasaran los males, el dolor se fue pasando, pero la diarrea era constante, así que continuamente iba bebiendo agua del río para no terminar deshidratándome, ésa era una de las pocas cosas sobre salud que sabía, así que esperaba no tener nunca nada más serio que un resfriado o una diarrea.

            La tarde iba avanzando y no terminaba de encontrarme bien, por lo que me prepare para pasar la noche allí donde estaba, por la posición del Sol deduje que faltaba poco para que hiciese su aparición la plaga de mosquitos, así que me acomodé sobre la arena lo más apartado que pude del agua, a continuación metí la cabeza dentro de la túnica, y de esta forma cómodamente tumbado me deje llevar por el sueño.

            Esta vez no acudieron a mi mente la canoa y la indígena, no sé por qué, empecé a pensar en mi familia, ¿qué sería de ellos?, ¿Qué pensarían de mí?, ¿Habrían intentado buscarme?, En realidad ya daba lo mismo, suponía que la más afectada sería mi madre, la más afectada y la más callada, mi padre habría agriado aún más su carácter y quizás habría renunciado a mí como hijo, bueno, qué más daba, en cierto modo yo había renunciado a él como padre, así que estabamos en igualdad de condiciones. ¿Y Jaci?, Lo más probable es  que no se hubiera enterado de mi partida, no me habría echado de menos para nada. Bea sí, esa sí que me habría echado de menos, sería difícil que encontrara alguien como yo que aguantara estóicamente sus eternos monólogos, me maldeciría eternamente por haberme ido, pero me echaría de menos.

            Probablemente habrían sacado mi foto en los periódicos, sobre todo en el de mi padre, "Joven Desaparecido", Hay que fastidiarse, para una vez que me sacan en la prensa no me voy a poder ver, no sé quizás debería haber dejado una nota de despedida o algo así, es lo que se suele hacer en estos casos, pero... ¿para qué?, ¿Habrían entendido algo?. Bueno, lo importante era que ya estaba aquí, en un par de días encontraría el sitio adecuado para establecerme, y luego... ¡a vivir!, Tal cómo suponía la comida abundaba por todas partes, eso sí, tendría que ser un poco más selectivo con la fruta para no pillar estas diarreas, con el tiempo empezaría a pescar y a cazar algo, lástima de haber perdido el bolso con las gafas, el encendedor...

            Poco a poco el sueño se apoderó de mí en medio de las reflexiones, cuando desperté y saqué la cabeza por el agujero del paracaídas, la niebla lo envolvía todo como el día anterior, y la misma quietud reinaba en el ambiente.

            Me desperecé y después de lavarme la cara comencé a caminar por la orilla río abajo; llevaría media hora caminando cuando me pareció oír el grito de un niño, al principio creí que se trataría de algún exótico pájaro de los que abundan por allí, pero no, el sonido se repitió, no era un niño, eran varios niños riendo y jugando; había gente cerca, no estaba sólo, miles de kilómetros recorridos, la inmensidad de la selva. ¡y no estaba sólo!.

            Continué avanzando con precaución, tras unos matorrales pegados a la orilla y subiendo un pequeño terraplén,  se abría una gran explanada con unas chozas alargadas que más bien parecían pequeños barracones con sólo tres paredes; oculto tras las ramas observé el panorama, unos niños desnudos jugaban cerca de las chozas, en una de ellas, cinco mujeres trabajaban golpeando algunas de ellas sobre un gran recipiente de madera, como si estuvieran moliendo algo, separados unos metros un grupo de hombres estaban sentados en el suelo formando un circulo, todos iban vestidos únicamente con un taparrabos y tenían la piel oscura.

            El sitio era perfecto, era como lo que estaba buscando, la única pega era que los indios habían tenido la misma idea que yo, sobre come debería ser el sitio ideal para vivir. Analicé la situación, y llegué a la conclusión de que ya que había perdido todo, quizás no estaría mal pasar una temporada con ellos y aprender todo lo que me hacía falta para sobrevivir allí. Con precaución y con miedo, aparté las ramas del matorral y avancé despacio hacia las cabañas, de repente los niños me vieron y callaron, se quedaron quietos, yo levanté mis brazos y los abrí en son de paz, las mujeres también quedaron quietas mirándome fijamente, los hombres se levantaron de un salto y yo quedé parado en medio de la explanada con los brazos abiertos.

            De repente los hombres y las mujeres se arrodillaron bajando sus cabezas hacia el suelo, mientras los niños permanecían inmóviles.

- ¡Paz, vengo en son de paz!, Hermanos.

            Los indios permanecían inmóviles.

- ¿Habláis español?, Yo español, paz, no busco nada malo, levantaos.

            Uno de los indios levantó tímidamente la cabeza, y yo con los brazos hice ademán de que se levantaran. Se levantó e indicó a los demás que hicieran lo mismo, aunque todos permanecían con la cabeza baja. El más decidido se acercó hacia mí, y sin levantar la cara comenzó a hacer gestos de que lo siguiera hacia una de las cabañas, eso hice y todos los demás nos siguieron, según nos acercábamos comencé a distinguir junto a la pared del fondo de la cabaña, algunos objetos que me eran familiares.

            ¡Sí!, Era mi bolso, allí estaba mi bolso y junto a él, puestos alrededor, el encendedor, las gafas. el mapa..., y en el centro ocupando un lugar preferente, la estampa del Sagrado Corazón de Jesús, con su túnica blanca y sus brazos abiertos, ¿Cómo era posible?; Volví la vista atrás y allí estaban todos los indios otra vez en el suelo con la cabeza agachada, miré la estampa, me miré a mí y..., ¡oh Dios!, Era absurdo, estaban confundidos, yo no era ése.

- ¡Oidme!, ¡Levantaos todos!.

            Cogí la estampa, me puse las gafas y cogí el mechero.

- ¡Yo no soy éste!, ¡Soy como vosotros!, Igual que vosotros, no tengáis miedo.

            Los indios comenzaron a levantarse, a mirarme y a mirarse entre ellos, algunos comenzaban a sonreír.

- ¡Veis!, Esto es una estampita, esto unas gafas, no es nada raro y esto un vulgar encendedor.

            Según decía esto último accioné el encendedor y se encendió la llama.

- ¡Ooooooooooh!

            De golpe todos los indios habían vuelto a caer en el suelo, y allí estaba yo, de pie, en el último confín del mundo, confundido con el Sagrado Corazón de Jesús, con un mechero encendido en una mano y una tribu entera arrodillada a mis pies.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com