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Capítulo
XVI
Al cabo de una hora, ya sabía perfectamente como
prevenir los aludes, la forma de caminar sobre hielo, e incluso
como actuar ante los primeros síntomas de congelación, es
decir, estaba exactamente igual que al principio. Bueno igual
no, peor, estaba empezando a anochecer lo cual significaba
que en cinco minutos sería noche cerrada, al principio me
sorprendió mucho, pero ya estaba habituado, la transición
del día a la noche o de la noche al día era prácticamente
instantánea en estas latitudes.
De pronto apareció un mosquito enorme que se
dirigía hacia mí, luego otro, otros, muchos, una nube de mosquitos,
eran gigantescos, en casa de Tex lo había visto, pero nunca
tantos juntos, empecé a darme palmetadas, pero era inútil,
iban a por mí; como pude solté el paquete del paracaídas y
me enrollé en la tela, incluyendo la cabeza, a continuación
me tiré en el suelo, algunos mosquitos se habían quedado metidos
entre el cuerpo y la tela y notaba sus picaduras, así que
fui rodando el cuerpo para aplastarlos, cuando al final no
noté ningún pinchazo me quedé quieto, muy quieto, y me quedé
dormido.
Cuando desperté, me fui desenredando como pude
de la tela del paracaídas, ya era de día y una espesa niebla
lo cubría todo, volví a plegar la tela y comencé a andar en
busca de alguna salida de aquel atolladero; unos metros más
adelante parecía que se abría ligeramente la espesura de ramas,
así que intenté colarme por ese pequeño resquicio, la verdad
es que mi situación no era nada halagüeña, sin gafas y con
niebla la selva se había convertido para mí en un mundo borroso
que me rodeaba a escasos metros y una cortina blanca en la
lejanía. Conseguí meterme entre las ramas y comencé a caminar
por donde la vegetación me iba dejando paso, notaba la humedad
en los pies, la tierra, las ramas, las hojas, todo despedía
agua, lo cierto es que a los pocos minutos estaba completamente
empapado, una extraña calma llenaba todo el ambiente, el silencio
era casi absoluto y sólo era roto de cuando en cuando por
el canto de algún pájaro.
Poco a poco el día fue aclarando, en realidad
yo seguía caminando entre sombras borrosas, pero algún rayo
de Sol comenzó a colarse a duras penas entre las copas de
los árboles, eso pareció avivar la vida en la selva, un sinfín
de sonidos comenzó a inundarlo todo, los cantos de pájaros
se mezclaban con los ruidos más extraños; no sabía qué sería
mejor, si ver o no ver lo que había a mi alrededor; de pronto
un sonido comenzó a destacar entre todos, preste atención
y... sí, era el avión, el avión de Tex, debía estar buscándome,
sólo en ese momento caí en la cuenta de que lo mejor habría
sido quedarme en el claro donde había caído. Pero ¿para qué?,
Era inútil, no podría aterrizar, además, ¡no quería selva!,
Pues ya estaba en la selva, y debía asumir las consecuencias;
el ruido del avión continuó durante bastante tiempo, era extraño,
estábamos en el limite de autonomía del avión, así que debía
de haber puesto algún depósito extra de combustible para poder
estar más tiempo sobre la zona; en el fondo Tex era una gran
persona, debía de estar preocupado por mí, pero lo más sensato
era que se marchara.
Era agotador caminar así, a parte de llevar la
ropa completamente empapada el fardo con el paracaídas se
manejaba muy mal, estuve caminando mucho tiempo, aunque la
distancia recorrida debió de ser muy poca, el terreno presentaba
una ligera pendiente y yo en todo momento trataba de seguir
la pendiente abajo, si había un río, éste debería estar en
la parte baja.
Tenía hambre, así que de vez en cuando paraba
a coger algo parecido a las moras que había en las innumerables
zarzas que me rodeaban, estaban buenas y dulces.
No sé cuánto tiempo había pasado, pero al fin
apareció el río, y con él la luz del día, fue maravilloso,
tras apartar unas ramas allí apareció el agua, tranquila,
mansa; una pequeña playa de arena y el Sol inundándolo todo
con su luz y su calor, me acerqué a la orilla y bebí agua,
las moras me habían dado sed. Miré a mi alrededor, por fin
tenía una visión amplia de dónde estaba, el cielo estaba completamente
despejado, el río era ancho y discurría mansamente, se notaba
que iba con menos agua de lo normal ya que las orillas eran
anchas y estaban despejadas de vegetación, eso me iba a venir
muy bien, pues me serviría como camino hasta que encontrara
el sitio idóneo para establecerme.
Me quité la ropa, estaba completamente empapado
después del camino entre la vegetación, la coloqué al Sol
sobre unas ramas para que se secara y me tumbé en la arena,
se estaba a gusto, muy a gusto, cuando se secara la ropa continuaría
andando por la orilla siguiendo el curso del río, mi idea
era encontrar un sitio un poco más despejado, y que estuviera
un poco más elevado sobre el nivel del agua para así prevenir
posibles crecidas.
Lo que significaba un autentico engorro era caminar
con el fardo del paracaídas, la mochila y los arneses habían
quedado abandonados en la zarza donde quede enredado, y el
paquete de la tela no era muy manejable, no sabía muy bien
qué hacer con él, la tela era fina y protegía de la humedad
pero llevarlo todo era un engorro. Entonces se me ocurrió
una idea, mientras descendía del avión observé que el paracaídas
tenía un agujero en el centro, así que cogí la navaja del
pantalón y a continuación deshice el paquete de la tela, extendiéndola
en el suelo todo lo que pude, encontré el agujero y tal como
me imaginaba la cabeza entraba perfectamente por él. Eso hice,
marque con el pie la longitud hasta el suelo, y a continuación
con las tijeras de la navaja multihusos fui cortando la tela
en un circulo alrededor del agujero central; cuando terminé
tenía sobre mí una hermosa túnica blanca, no pesaba mucho
y me protegería de los mosquitos y de la humedad por la tarde
y por la noche. Recogí lo que quedaba del paracaídas y tras
hacerlo un lío lo metí entre las zarzas, a continuación me
puse mi ropa ya seca y los zapatos, y encima la túnica blanca,
la cual até a la cintura con un trozo de cuerda de los que
había conservado, comí unas cuantas moras más y..., bueno
ya estaba listo para seguir el camino.
La verdad es que era mucho más cómodo, caminaba
libre, a mi mente vinieron las escenas de la película "Hermano
Sol, Hermana Luna", la música... Bro-other sun and si-i-ister
moon...., era un momento mágico, los pájaros canturreaban
por los árboles, me sentía feliz; a lo lejos, en la dirección
en que caminaba, algo parecido a unos troncos que estaban
sobre la orilla comenzaron a moverse, eran caimanes que al
verme se fueron deslizando hacia el agua.
- Hermanos Caimanes, no os asustéis, soy yo, no os voy a
hacer nada malo.
No debieron entenderlo, al pasar a su lado, uno
de ellos, el más grande, salió del agua como un resorte; pude
esquivarlo fácilmente de un salto y salí corriendo, convendría
tenerlo en cuenta para futuras ocasiones. De vez en cuando
seguía cogiendo moras, y unos frutos parecidos a las ciruelas
que había por todos lados, eran muy jugosos y siempre te dejaban
con ganas de comer más, la verdad es que comía sin medida,
y al cabo de unas horas las consecuencias se hicieron notar,
un agudo dolor de tripa acompañado de una tremenda diarrea
se apodero de mí.
Fue angustioso, dejé de caminar y decidí quedarme
donde estaba hasta que se me pasaran los males, el dolor se
fue pasando, pero la diarrea era constante, así que continuamente
iba bebiendo agua del río para no terminar deshidratándome,
ésa era una de las pocas cosas sobre salud que sabía, así
que esperaba no tener nunca nada más serio que un resfriado
o una diarrea.
La tarde iba avanzando y no terminaba de encontrarme
bien, por lo que me prepare para pasar la noche allí donde
estaba, por la posición del Sol deduje que faltaba poco para
que hiciese su aparición la plaga de mosquitos, así que me
acomodé sobre la arena lo más apartado que pude del agua,
a continuación metí la cabeza dentro de la túnica, y de esta
forma cómodamente tumbado me deje llevar por el sueño.
Esta vez no acudieron a mi mente la canoa y la
indígena, no sé por qué, empecé a pensar en mi familia, ¿qué
sería de ellos?, ¿Qué pensarían de mí?, ¿Habrían intentado
buscarme?, En realidad ya daba lo mismo, suponía que la más
afectada sería mi madre, la más afectada y la más callada,
mi padre habría agriado aún más su carácter y quizás habría
renunciado a mí como hijo, bueno, qué más daba, en cierto
modo yo había renunciado a él como padre, así que estabamos
en igualdad de condiciones. ¿Y Jaci?, Lo más probable es
que no se hubiera enterado de mi partida, no me habría echado
de menos para nada. Bea sí, esa sí que me habría echado de
menos, sería difícil que encontrara alguien como yo que aguantara
estóicamente sus eternos monólogos, me maldeciría eternamente
por haberme ido, pero me echaría de menos.
Probablemente habrían sacado mi foto en los periódicos,
sobre todo en el de mi padre, "Joven Desaparecido",
Hay que fastidiarse, para una vez que me sacan en la prensa
no me voy a poder ver, no sé quizás debería haber dejado una
nota de despedida o algo así, es lo que se suele hacer en
estos casos, pero... ¿para qué?, ¿Habrían entendido algo?.
Bueno, lo importante era que ya estaba aquí, en un par de
días encontraría el sitio adecuado para establecerme, y luego...
¡a vivir!, Tal cómo suponía la comida abundaba por todas partes,
eso sí, tendría que ser un poco más selectivo con la fruta
para no pillar estas diarreas, con el tiempo empezaría a pescar
y a cazar algo, lástima de haber perdido el bolso con las
gafas, el encendedor...
Poco a poco el sueño se apoderó de mí en medio
de las reflexiones, cuando desperté y saqué la cabeza por
el agujero del paracaídas, la niebla lo envolvía todo como
el día anterior, y la misma quietud reinaba en el ambiente.
Me desperecé y después de lavarme la cara comencé
a caminar por la orilla río abajo; llevaría media hora caminando
cuando me pareció oír el grito de un niño, al principio creí
que se trataría de algún exótico pájaro de los que abundan
por allí, pero no, el sonido se repitió, no era un niño, eran
varios niños riendo y jugando; había gente cerca, no estaba
sólo, miles de kilómetros recorridos, la inmensidad de la
selva. ¡y no estaba sólo!.
Continué avanzando con precaución, tras unos
matorrales pegados a la orilla y subiendo un pequeño terraplén,
se abría una gran explanada con unas chozas alargadas que
más bien parecían pequeños barracones con sólo tres paredes;
oculto tras las ramas observé el panorama, unos niños desnudos
jugaban cerca de las chozas, en una de ellas, cinco mujeres
trabajaban golpeando algunas de ellas sobre un gran recipiente
de madera, como si estuvieran moliendo algo, separados unos
metros un grupo de hombres estaban sentados en el suelo formando
un circulo, todos iban vestidos únicamente con un taparrabos
y tenían la piel oscura.
El sitio era perfecto, era como lo que estaba
buscando, la única pega era que los indios habían tenido la
misma idea que yo, sobre come debería ser el sitio ideal para
vivir. Analicé la situación, y llegué a la conclusión de que
ya que había perdido todo, quizás no estaría mal pasar una
temporada con ellos y aprender todo lo que me hacía falta
para sobrevivir allí. Con precaución y con miedo, aparté las
ramas del matorral y avancé despacio hacia las cabañas, de
repente los niños me vieron y callaron, se quedaron quietos,
yo levanté mis brazos y los abrí en son de paz, las mujeres
también quedaron quietas mirándome fijamente, los hombres
se levantaron de un salto y yo quedé parado en medio de la
explanada con los brazos abiertos.
De repente los hombres y las mujeres se arrodillaron
bajando sus cabezas hacia el suelo, mientras los niños permanecían
inmóviles.
- ¡Paz, vengo en son de paz!, Hermanos.
Los indios permanecían inmóviles.
- ¿Habláis español?, Yo español, paz, no busco nada malo,
levantaos.
Uno de los indios levantó tímidamente la cabeza,
y yo con los brazos hice ademán de que se levantaran. Se levantó
e indicó a los demás que hicieran lo mismo, aunque todos permanecían
con la cabeza baja. El más decidido se acercó hacia mí, y
sin levantar la cara comenzó a hacer gestos de que lo siguiera
hacia una de las cabañas, eso hice y todos los demás nos siguieron,
según nos acercábamos comencé a distinguir junto a la pared
del fondo de la cabaña, algunos objetos que me eran familiares.
¡Sí!, Era mi bolso, allí estaba mi bolso y junto
a él, puestos alrededor, el encendedor, las gafas. el mapa...,
y en el centro ocupando un lugar preferente, la estampa del
Sagrado Corazón de Jesús, con su túnica blanca y sus brazos
abiertos, ¿Cómo era posible?; Volví la vista atrás y allí
estaban todos los indios otra vez en el suelo con la cabeza
agachada, miré la estampa, me miré a mí y..., ¡oh Dios!, Era
absurdo, estaban confundidos, yo no era ése.
- ¡Oidme!, ¡Levantaos todos!.
Cogí la estampa, me puse las gafas y cogí el
mechero.
- ¡Yo no soy éste!, ¡Soy como vosotros!, Igual que vosotros,
no tengáis miedo.
Los indios comenzaron a levantarse, a mirarme
y a mirarse entre ellos, algunos comenzaban a sonreír.
- ¡Veis!, Esto es una estampita, esto unas gafas, no es nada
raro y esto un vulgar encendedor.
Según decía esto último accioné el encendedor
y se encendió la llama.
- ¡Ooooooooooh!
De golpe todos los indios habían vuelto a caer
en el suelo, y allí estaba yo, de pie, en el último confín
del mundo, confundido con el Sagrado Corazón de Jesús, con
un mechero encendido en una mano y una tribu entera arrodillada
a mis pies.
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