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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XV

            Quizás ya era tarde para pensar, tarde para pensar y mucho más para dudar, la decisión estaba tomada y no cabía la marcha atrás; el inmenso mar de color verde se deslizaba bajo nosotros mientras el monótono ronroneo del motor invitaba al sueño, la temperatura era agradable dentro del pequeño avión  y decidí  comenzar mi diario al tiempo que mi  mente recordaba lo que habían significado los últimos meses.

            Cogí el cuaderno y el bolígrafo con la intención de escribir, pero la posición que tenía era bastante incomoda, el paracaídas no me dejaba apoyar la espalda y no pasé de poner la fecha, así que volví a meterlo todo en el bolso, allí estaba, todavía envuelto, el manual de supervivencia, quizás fuese el momento de echarle una ojeada, aún quedaba una hora de vuelo por lo menos para llegar al río Caura, así que lo saqué y lo puse encima del asiento mientras cerraba el bolso.

- ¡Hey chico!, Sujétate fuerte, pronto empezaremos a trotar.

            Tex estaba sentado delante de mí, en los mandos del avión.

- ¿Qué es eso de trotar?.

            En ese instante, el avión sufrió una brusca sacudida que me hizo desplazarme hacia un lado.

- Esto es trotar, boy, a partir de estas laderas hay unas térmicas muy fuertes a estas horas, cuando las pillas, ¡pum!, Un bote "parriba".

            Me puse a mirar por la ventana, con esas sacudidas era inútil ponerse a leer nada; el bosque, la selva, se extendía hasta donde alcanzaba la vista, de vez en cuando alguna elevación aislada rompía la monotonía del paisaje y casi continuamente los surcos de ríos y riachuelos dibujaban líneas zigzagueantes bajo nosotros; poco a poco la extensión verde comenzó a hacerse más uniforme, casi no se distinguían los arboles, sólo una continua mancha verde, como si fuera césped, también una extraña sensación de mareo comenzó a apoderarse de mí, era imposible saber qué rumbo llevábamos, a esas horas el Sol estaba justo encima de nuestras cabezas y no existía el Norte ni el Sur, las sacudidas del avión habían cesado, pero el mareo iba en aumento, me faltaba el aire, me di cuenta de que nuestra altitud había aumentado considerablemente, los ríos eran unas tenues y finas líneas en una alfombra verde; miré a Tex y entonces me di cuenta de que se había puesto una mascarilla.

- ¿Que pasa Tex?, ¿Por qué volamos tan alto?, ¿Y esa mascarilla?.

- ¿No querrás que el piloto se maree?, ¿No boy?.

- Dame otra mascarilla, estoy mareado.

- Lo siento chico sólo hay una, y la necesita el piloto.

- ¡Pues vuela más bajo!, ¿Por qué vamos tan altos?.

- Mira chico, no entiendes nada, si caemos hay abajo no nos encuentran en mil años, así que tengo que volar alto por si falla el motor  poder llegar planeando lo más lejos posible de esta cloaca.

            La cosa tenía lógica, pero yo cada vez me encontraba peor, la vista se me nublaba y mi sentido de la orientación había desaparecido.

- ¡Chico, vete preparando!, Ya casi estamos, abre el portón y así con el aire te despejaras.

            Como si estuviera borracho, cogí el bolso y me lo colgué en bandolera y el manual que estaba en el asiento me lo metí en el bolsillo de atrás del pantalón; en ese momento me acorde de las gafas, podría perderlas al saltar, así que me las quité y las metí en el bolso; bueno, estaba listo, fui tanteando hasta que encontré la palanca y abrí el portalón, una tremenda corriente de aire frío entró, haciéndome perder el equilibrio y cayendo nuevamente sobre el asiento.

- ¡Hey chico!, Ese río que se ve como a dos millas delante es el Caura, si quieres podrás saltar para caer en aquel claro.

            Sujetándome en el borde del portalón, asome la cabeza, parecía que el aire me la fuera a arrancar y costaba mucho respirar, así que me volví a echar hacia atrás, a pesar de que en la lejanía veía perfectamente sin gafas, yo no veía nada, sólo verde, verde y más verde; estaba aterrorizado, tanto tiempo esperando este momento y, sin embargo, ahora no sabía si tendría fuerzas para saltar.

- ¿Que pasó chico?, ¿No vas a saltar?, ¿Cómo lo ves ahorita?.

            Me volví a  acercar a la puerta, ni veía el río, ni veía el claro, en esos momentos habría cambiado todo por una cama, el mareo era insoportable y las nauseas iban en aumento, era triste y lamentable, pero al final Tex iba a tener razón, estaba loco, no sabía lo que quería y lo más importante, no era capaz de saltar en paracaídas.

            De improviso, el avión dio una brusca sacudida, resbalé y me deslicé hacia afuera de la puerta; como pude me sujeté en el borde y quedé con todo el cuerpo fuera, sacudido por el aire como si fuera un trapo.

- ¡Tex, ayúdame!.

- ¡Hey chico!, ¿Qué paso?, ¡Malditas térmicas!.

- ¡Tex, no quiero saltar!, ¡Ayúdame!.

- ¡Aguanta!, No puedo soltar los mandos, aguanta mientras pongo el piloto automático.

            Era imposible, no podía aguantar más, el aire me empujaba con una fuerza sobrehumana, y poco a poco las manos se fueron deslizando del borde de la puerta hasta que al final se soltaron.

- ¡Teeex...!.

- ¡Chicoooo...!

            El estomago se me subió a la garganta y casi no podía respirar, no podía perder los nervios, tenía que controlar la situación.

- Uno...

            Tenía que contar hasta cinco y tirar de la anilla, pero..., ¿dónde estaba la anilla?. Mi cuerpo era una masa borrosa para mis ojos, no distinguía nada, empecé a tantear buscando la dichosa anilla.

- Dos...

            Mi cuerpo daba vueltas sin control, tan pronto tenía la tierra debajo como encima de mi cabeza; en una de esas vueltas me pareció ver el avión de Tex girando.

- Tres...

            Por fin encontré la anilla, y aunque la cuenta iba por tres, para mí había pasado tiempo suficiente como para contar hasta cien, así que  metí el dedo índice de mi mano derecha y tire con todas mis fuerzas.

            Fue terrible, el bolso salió despedido de mi cuerpo, había metido el dedo en la hebilla de la correa y tiré con tanta fuerza que lo había arrancado haciéndolo caer al vacío. ¡Dios!, Cómo se podían complicar tanto las cosas.

- Cuatro...

            Los arboles se iban acercando, sentía una rabia tremenda, recorrer tantos kilómetros para morir de una forma tan tonta, ¡ la anilla tenía que estar en algún sitio!, Seguí tanteando hasta encontrar una cinta que revoloteaba al aire, la cogí y por fin encontré en su extremo la anilla.

- ¡Cinco!.

            Tiré con fuerza, y una bola de tela salió de la mochila, el tirón fue terrible, y de repente en un instante todo cambió, parecía que estaba suspendido en el aire, sin moverme, encima de mí un inmenso círculo blanco se había desplegado, por fin podía respirar, el zumbido del aire había cesado dando paso a una extraña calma sólo rota por el ronroneo del avión que estaba dando vueltas a mi alrededor.

            Debajo de mí, la selva se iba acercando poco a poco, una ligera brisa iba desplazando el paracaídas hacia la zona donde se veía el  río y una pequeña mancha de color oscuro, como si fuera los restos de un incendio. Tex continuaba dando vueltas a mi alrededor, era inútil, la zona quemada era muy pequeña como para permitirle aterrizar, comencé a hacerle señas para que se marchara, pero siguió dando giros. Poco a poco el suelo se iba acercando, por una vez iba a tener suerte en algo, parecía mentira, pero entre tantos kilómetros cuadrados de vegetación iba a caer en el pequeño claro de vegetación quemada, bueno..., casi caí en el claro, como iba desplazándome lateralmente,  fui a topar contra los arboles del borde del claro, mientras la tela del paracaídas caía mansamente en el centro del mismo.

            Quedé enredado entre una especie de zarza y me era muy difícil salir de allí, además, los cables del paracaídas también estaban enredados en la zarza, mientras tanto el ruido del avión continuaba sonando sobre mi cabeza, quería salir de allí y hacerle señas a Tex, pero no sabía cómo. Para complicar aún más las cosas, había perdido el bolso, y con él las gafas, por lo que mi visión quedaba seriamente reducida en la corta distancia.

            El rugido del motor sonó sobre mi cabeza, Tex estaba haciendo pasadas en vuelo rasante, era una tarea inútil, lo único que iba a conseguir era quedarse sin combustible para regresar, necesitaba decirle que se fuera, pero para eso necesitaba salir de allí. Intenté apartar las ramas, pero las púas se clavaban dolorosamente en mis manos; tanteé los bolsillos del pantalón y el milagro ocurrió, en el bolsillo derecho tenía la navaja multiusos, no recordaba haberla guardado allí, pensaba que estaba en el bolso, pero lo cierto era que ahora estaba en mis manos. Abrí la hoja más grande y fui cortando todo lo que tenía por delante, estaba bien afilada, y las ramas eran bastante finas, así que dejando tras de mí jirones de camisa fui saliendo de ese enjambre de ramas hasta el claro.

            Cuando lo conseguí, el ruido del avión de Tex se perdía en la lejanía.

            Allí estaba por fin, en el lugar más recóndito del planeta, yo sólo, el único ser humano en miles y miles de kilómetros, quizás de una forma un poco accidentada, pero había llegado. ¿Y ahora qué?. En un primer análisis, la situación era desalentadora, estaba en un pequeño claro del bosque producto de algún antiguo incendio, aunque la vegetación comenzaba a repoblarlo; mi camisa estaba casi destrozada por los enganchones con las púas de la zarza  y mis manos y brazos estaban llenos de sangre y arañazos; mi bolso había desaparecido en el aire, y con él todo lo que tenía, incluidas las gafas, sólo me quedaba el cuchillo y el manual de supervivencia, era poco, pero algo era.

            Comencé a recoger la tela del paracaídas, era un trabajo bastante laborioso, las cuerdas se habían enredado todas y dificultaban enormemente la labor, así que decidí cortarlas para dejar sólo la tela; mi idea era conservar la tela y alguna de las cuerdas, posiblemente me serían de utilidad hasta que estuviese definitivamente instalado.

            Una por una las fui cortando, a continuación cogí cuatro y las lié formando cuatro ovillos, el tema de plegar la tela fue bastante más laborioso, era una tela muy fina pero extremadamente resistente, de color blanco, mientras encontrara mi destino definitivo me serviría de abrigo y cobijo para dormir.

            Ya era media tarde, cuando por fin tenía hecho el paquete con el paracaídas, ahora quedaba decidir el paso siguiente; mientras descendía me pareció ver el río en las proximidades del claro donde me encontraba, pero ahora me era imposible saber en qué dirección se encontraba; presté atención por si se escuchaba el rumor del agua, pero no conseguía escuchar nada a parte del continuo canturreo de pájaros y pajarillos.

            Cogí el paquete y empecé a caminar bordeando el claro en busca de alguna salida, aquello era una autentica pared infranqueable de vegetación, los troncos de los arboles se hallaban unidos unos a otros por una tupida maraña de plantas y ramas sin ningún hueco por el que poder colarse, para colmo de males, estaba sin gafas, por lo que se daba la curiosa circunstancia de que veía con más nitidez el otro extremo del claro que la pared por la que me estaba moviendo, lo que tenía próximo era una confusa y borrosa masa verde. Cuando llevaba casi media vuelta, me pareció distinguir que a unos veinte o treinta metros se abría un claro en la pared, cuando llegué allí, vi que el tronco de un árbol enorme estaba caído en el suelo, en su caída había aplastado todo lo que había pillado, dejando un pasillo entre la maleza por el que parecía que se podía salir de allí.

            Me interné por encima del tronco con el paquete del paracaídas en una mano y el cuchillo en la otra, no sabía si conduciría hasta el río, pero era la única salida de aquella especie de plaza de toros en la que me encontraba metido.

            Fue inútil, cuando se acabó el tronco la vegetación estaba igual de exuberante e impedía el paso, así que vuelta atrás hacia el claro. Debía serenarme, no tenía ninguna prisa, había que hacer las cosas bien, sentarse y pensar; eso es lo que hice, me senté sobre una gran piedra y al sentarme note que en el bolsillo trasero llevaba algo, ¡sí!, El manual de supervivencia.

            Bueno, ya estaba, no tenía prisa, todavía era de día, podía sentarme tranquilamente y empezar a leer el manual, ahí encontraría cosas de utilidad para empezar; lo saqué del bolsillo y le quité el envoltorio, me senté en la piedra y..., no veía nada. Sin gafas no podía leer nada, había que buscar una solución.

            Me levanté y coloqué el librito apoyado sobre unas ramas, a continuación me fui alejando hasta que las letras de la portada poco a poco se fueron haciendo legibles:

"Manual de Supervivencia en Nieve y Zonas de Alta Montaña"

Escuela de Alta Montaña de Jaca - Ejercito de Tierra

ESPAÑA.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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