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Capítulo
XV
Quizás ya era tarde para pensar, tarde para pensar
y mucho más para dudar, la decisión estaba tomada y no cabía
la marcha atrás; el inmenso mar de color verde se deslizaba
bajo nosotros mientras el monótono ronroneo del motor invitaba
al sueño, la temperatura era agradable dentro del pequeño
avión y decidí comenzar mi diario al tiempo que mi mente
recordaba lo que habían significado los últimos meses.
Cogí el cuaderno y el bolígrafo con la intención
de escribir, pero la posición que tenía era bastante incomoda,
el paracaídas no me dejaba apoyar la espalda y no pasé de
poner la fecha, así que volví a meterlo todo en el bolso,
allí estaba, todavía envuelto, el manual de supervivencia,
quizás fuese el momento de echarle una ojeada, aún quedaba
una hora de vuelo por lo menos para llegar al río Caura, así
que lo saqué y lo puse encima del asiento mientras cerraba
el bolso.
- ¡Hey chico!, Sujétate fuerte, pronto empezaremos a trotar.
Tex estaba sentado delante de mí, en los mandos
del avión.
- ¿Qué es eso de trotar?.
En ese instante, el avión sufrió una brusca sacudida
que me hizo desplazarme hacia un lado.
- Esto es trotar, boy, a partir de estas laderas hay unas
térmicas muy fuertes a estas horas, cuando las pillas, ¡pum!,
Un bote "parriba".
Me puse a mirar por la ventana, con esas sacudidas
era inútil ponerse a leer nada; el bosque, la selva, se extendía
hasta donde alcanzaba la vista, de vez en cuando alguna elevación
aislada rompía la monotonía del paisaje y casi continuamente
los surcos de ríos y riachuelos dibujaban líneas zigzagueantes
bajo nosotros; poco a poco la extensión verde comenzó a hacerse
más uniforme, casi no se distinguían los arboles, sólo una
continua mancha verde, como si fuera césped, también una extraña
sensación de mareo comenzó a apoderarse de mí, era imposible
saber qué rumbo llevábamos, a esas horas el Sol estaba justo
encima de nuestras cabezas y no existía el Norte ni el Sur,
las sacudidas del avión habían cesado, pero el mareo iba en
aumento, me faltaba el aire, me di cuenta de que nuestra altitud
había aumentado considerablemente, los ríos eran unas tenues
y finas líneas en una alfombra verde; miré a Tex y entonces
me di cuenta de que se había puesto una mascarilla.
- ¿Que pasa Tex?, ¿Por qué volamos tan alto?, ¿Y esa mascarilla?.
- ¿No querrás que el piloto se maree?, ¿No boy?.
- Dame otra mascarilla, estoy mareado.
- Lo siento chico sólo hay una, y la necesita el piloto.
- ¡Pues vuela más bajo!, ¿Por qué vamos tan altos?.
- Mira chico, no entiendes nada, si caemos hay abajo no nos
encuentran en mil años, así que tengo que volar alto por si
falla el motor poder llegar planeando lo más lejos posible
de esta cloaca.
La cosa tenía lógica, pero yo cada vez me encontraba
peor, la vista se me nublaba y mi sentido de la orientación
había desaparecido.
- ¡Chico, vete preparando!, Ya casi estamos, abre el portón
y así con el aire te despejaras.
Como si estuviera borracho, cogí el bolso y me
lo colgué en bandolera y el manual que estaba en el asiento
me lo metí en el bolsillo de atrás del pantalón; en ese momento
me acorde de las gafas, podría perderlas al saltar, así que
me las quité y las metí en el bolso; bueno, estaba listo,
fui tanteando hasta que encontré la palanca y abrí el portalón,
una tremenda corriente de aire frío entró, haciéndome perder
el equilibrio y cayendo nuevamente sobre el asiento.
- ¡Hey chico!, Ese río que se ve como a dos millas delante
es el Caura, si quieres podrás saltar para caer en aquel claro.
Sujetándome en el borde del portalón, asome la
cabeza, parecía que el aire me la fuera a arrancar y costaba
mucho respirar, así que me volví a echar hacia atrás, a pesar
de que en la lejanía veía perfectamente sin gafas, yo no veía
nada, sólo verde, verde y más verde; estaba aterrorizado,
tanto tiempo esperando este momento y, sin embargo, ahora
no sabía si tendría fuerzas para saltar.
- ¿Que pasó chico?, ¿No vas a saltar?, ¿Cómo lo ves ahorita?.
Me volví a acercar a la puerta, ni veía el río,
ni veía el claro, en esos momentos habría cambiado todo por
una cama, el mareo era insoportable y las nauseas iban en
aumento, era triste y lamentable, pero al final Tex iba a
tener razón, estaba loco, no sabía lo que quería y lo más
importante, no era capaz de saltar en paracaídas.
De improviso, el avión dio una brusca sacudida,
resbalé y me deslicé hacia afuera de la puerta; como pude
me sujeté en el borde y quedé con todo el cuerpo fuera, sacudido
por el aire como si fuera un trapo.
- ¡Tex, ayúdame!.
- ¡Hey chico!, ¿Qué paso?, ¡Malditas térmicas!.
- ¡Tex, no quiero saltar!, ¡Ayúdame!.
- ¡Aguanta!, No puedo soltar los mandos, aguanta mientras
pongo el piloto automático.
Era imposible, no podía aguantar más, el aire
me empujaba con una fuerza sobrehumana, y poco a poco las
manos se fueron deslizando del borde de la puerta hasta que
al final se soltaron.
- ¡Teeex...!.
- ¡Chicoooo...!
El estomago se me subió a la garganta y casi
no podía respirar, no podía perder los nervios, tenía que
controlar la situación.
- Uno...
Tenía que contar hasta cinco y tirar de la anilla,
pero..., ¿dónde estaba la anilla?. Mi cuerpo era una masa
borrosa para mis ojos, no distinguía nada, empecé a tantear
buscando la dichosa anilla.
- Dos...
Mi cuerpo daba vueltas sin control, tan pronto
tenía la tierra debajo como encima de mi cabeza; en una de
esas vueltas me pareció ver el avión de Tex girando.
- Tres...
Por fin encontré la anilla, y aunque la cuenta
iba por tres, para mí había pasado tiempo suficiente como
para contar hasta cien, así que metí el dedo índice de mi
mano derecha y tire con todas mis fuerzas.
Fue terrible, el bolso salió despedido de mi
cuerpo, había metido el dedo en la hebilla de la correa y
tiré con tanta fuerza que lo había arrancado haciéndolo caer
al vacío. ¡Dios!, Cómo se podían complicar tanto las cosas.
- Cuatro...
Los arboles se iban acercando, sentía una rabia
tremenda, recorrer tantos kilómetros para morir de una forma
tan tonta, ¡ la anilla tenía que estar en algún sitio!, Seguí
tanteando hasta encontrar una cinta que revoloteaba al aire,
la cogí y por fin encontré en su extremo la anilla.
- ¡Cinco!.
Tiré con fuerza, y una bola de tela salió de
la mochila, el tirón fue terrible, y de repente en un instante
todo cambió, parecía que estaba suspendido en el aire, sin
moverme, encima de mí un inmenso círculo blanco se había desplegado,
por fin podía respirar, el zumbido del aire había cesado dando
paso a una extraña calma sólo rota por el ronroneo del avión
que estaba dando vueltas a mi alrededor.
Debajo de mí, la selva se iba acercando poco
a poco, una ligera brisa iba desplazando el paracaídas hacia
la zona donde se veía el río y una pequeña mancha de color
oscuro, como si fuera los restos de un incendio. Tex continuaba
dando vueltas a mi alrededor, era inútil, la zona quemada
era muy pequeña como para permitirle aterrizar, comencé a
hacerle señas para que se marchara, pero siguió dando giros.
Poco a poco el suelo se iba acercando, por una vez iba a tener
suerte en algo, parecía mentira, pero entre tantos kilómetros
cuadrados de vegetación iba a caer en el pequeño claro de
vegetación quemada, bueno..., casi caí en el claro, como iba
desplazándome lateralmente, fui a topar contra los arboles
del borde del claro, mientras la tela del paracaídas caía
mansamente en el centro del mismo.
Quedé enredado entre una especie de zarza y me
era muy difícil salir de allí, además, los cables del paracaídas
también estaban enredados en la zarza, mientras tanto el ruido
del avión continuaba sonando sobre mi cabeza, quería salir
de allí y hacerle señas a Tex, pero no sabía cómo. Para complicar
aún más las cosas, había perdido el bolso, y con él las gafas,
por lo que mi visión quedaba seriamente reducida en la corta
distancia.
El rugido del motor sonó sobre mi cabeza, Tex
estaba haciendo pasadas en vuelo rasante, era una tarea inútil,
lo único que iba a conseguir era quedarse sin combustible
para regresar, necesitaba decirle que se fuera, pero para
eso necesitaba salir de allí. Intenté apartar las ramas, pero
las púas se clavaban dolorosamente en mis manos; tanteé los
bolsillos del pantalón y el milagro ocurrió, en el bolsillo
derecho tenía la navaja multiusos, no recordaba haberla guardado
allí, pensaba que estaba en el bolso, pero lo cierto era que
ahora estaba en mis manos. Abrí la hoja más grande y fui cortando
todo lo que tenía por delante, estaba bien afilada, y las
ramas eran bastante finas, así que dejando tras de mí jirones
de camisa fui saliendo de ese enjambre de ramas hasta el claro.
Cuando lo conseguí, el ruido del avión de Tex
se perdía en la lejanía.
Allí estaba por fin, en el lugar más recóndito
del planeta, yo sólo, el único ser humano en miles y miles
de kilómetros, quizás de una forma un poco accidentada, pero
había llegado. ¿Y ahora qué?. En un primer análisis, la situación
era desalentadora, estaba en un pequeño claro del bosque producto
de algún antiguo incendio, aunque la vegetación comenzaba
a repoblarlo; mi camisa estaba casi destrozada por los enganchones
con las púas de la zarza y mis manos y brazos estaban llenos
de sangre y arañazos; mi bolso había desaparecido en el aire,
y con él todo lo que tenía, incluidas las gafas, sólo me quedaba
el cuchillo y el manual de supervivencia, era poco, pero algo
era.
Comencé a recoger la tela del paracaídas, era
un trabajo bastante laborioso, las cuerdas se habían enredado
todas y dificultaban enormemente la labor, así que decidí
cortarlas para dejar sólo la tela; mi idea era conservar la
tela y alguna de las cuerdas, posiblemente me serían de utilidad
hasta que estuviese definitivamente instalado.
Una por una las fui cortando, a continuación
cogí cuatro y las lié formando cuatro ovillos, el tema de
plegar la tela fue bastante más laborioso, era una tela muy
fina pero extremadamente resistente, de color blanco, mientras
encontrara mi destino definitivo me serviría de abrigo y cobijo
para dormir.
Ya era media tarde, cuando por fin tenía hecho
el paquete con el paracaídas, ahora quedaba decidir el paso
siguiente; mientras descendía me pareció ver el río en las
proximidades del claro donde me encontraba, pero ahora me
era imposible saber en qué dirección se encontraba; presté
atención por si se escuchaba el rumor del agua, pero no conseguía
escuchar nada a parte del continuo canturreo de pájaros y
pajarillos.
Cogí el paquete y empecé a caminar bordeando
el claro en busca de alguna salida, aquello era una autentica
pared infranqueable de vegetación, los troncos de los arboles
se hallaban unidos unos a otros por una tupida maraña de plantas
y ramas sin ningún hueco por el que poder colarse, para colmo
de males, estaba sin gafas, por lo que se daba la curiosa
circunstancia de que veía con más nitidez el otro extremo
del claro que la pared por la que me estaba moviendo, lo que
tenía próximo era una confusa y borrosa masa verde. Cuando
llevaba casi media vuelta, me pareció distinguir que a unos
veinte o treinta metros se abría un claro en la pared, cuando
llegué allí, vi que el tronco de un árbol enorme estaba caído
en el suelo, en su caída había aplastado todo lo que había
pillado, dejando un pasillo entre la maleza por el que parecía
que se podía salir de allí.
Me interné por encima del tronco con el paquete
del paracaídas en una mano y el cuchillo en la otra, no sabía
si conduciría hasta el río, pero era la única salida de aquella
especie de plaza de toros en la que me encontraba metido.
Fue inútil, cuando se acabó el tronco la vegetación
estaba igual de exuberante e impedía el paso, así que vuelta
atrás hacia el claro. Debía serenarme, no tenía ninguna prisa,
había que hacer las cosas bien, sentarse y pensar; eso es
lo que hice, me senté sobre una gran piedra y al sentarme
note que en el bolsillo trasero llevaba algo, ¡sí!, El manual
de supervivencia.
Bueno, ya estaba, no tenía prisa, todavía era
de día, podía sentarme tranquilamente y empezar a leer el
manual, ahí encontraría cosas de utilidad para empezar; lo
saqué del bolsillo y le quité el envoltorio, me senté en la
piedra y..., no veía nada. Sin gafas no podía leer nada, había
que buscar una solución.
Me levanté y coloqué el librito apoyado sobre
unas ramas, a continuación me fui alejando hasta que las letras
de la portada poco a poco se fueron haciendo legibles:
"Manual de Supervivencia en Nieve y Zonas de Alta Montaña"
Escuela de Alta Montaña de Jaca - Ejercito de Tierra
ESPAÑA.
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