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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XIV

            Cada vez estaba más desanimado, la rutina reinaba en todo, hasta en la lluvia, tenía que tomar una decisión pero era bastante complicado, ahora sí que no tenía ni un duro, no estaba preso, pero aquella casa era mi prisión, no podía ir a ningún sitio, dependía de Tex para todo, incluso para vestirme, cada vez que tenía que lavar mis vaqueros y mi camisa de flores, me ponía ropa vieja de Tex.

            Malinda me atendía con amabilidad, en realidad era amable hasta con las piedras, cada día hacía sus tareas con la misma sonrisa en la boca, mientras tanto Tex continuaba con su misma rutina diaria; no sabía cómo entrarle en el tema, sus reacciones eran imprevisibles, pero ya llevaba dos meses allí y aquéllo se me estaba haciendo insoportable, hasta ahora lo único que había conseguido cambiar era mi aspecto físico, después de tanto tiempo por fin había conseguido tener el pelo largo, y una poblada barba cubría mi cara.

            Un día, mientras estaba cargando sacos en el camión, lo oí acercarse con el avión, hizo su acostumbrada pasada en vuelo rasante y aterrizó, cuando paró y descendió de la cabina llevaba en la mano una mochila.

- ¡Hey chico!, Mira lo que te traje.

- ¿Qué es eso?.

- ¡Un paracaídas!.

            Se me iluminó la cara y el cuerpo se estremeció, fui corriendo hacia donde se encontraba Tex.

- ¡Un paracaídas!, ¿Dónde lo has conseguido?.

- ¿Cuánta plata te queda?

- Noventa y seis dólares.

- Bueno, será suficiente, lo compré en una chatarrería ¿sabes?, Fui a buscar un repuesto para mi pájaro y lo encontré entre los restos de un viejo DC-3.

- Pero..., ¿esto funcionará?.

- ¡Mira chico!, Esto es lo que hay, si vas a empezar con zarandajas, me lo llevo y listo.

- ¡No, no!, Perdona, sólo es saber si se podrá probar, o ver como está por dentro.

- ¡¿Probar?!, ¿Has dicho probar el paracaídas?, ¿Abrirlo?.

- Bueno, yo...

- ¿Y luego quién lo guarda?, ¿Eh?, ¿Tu?.

- Yo no sé, pero...

- Exacto, tú no sabes; y yo tampoco, mira chico, eso tiene su técnica, si te tiras así, tal como está, por lo menos tienes una oportunidad de que se abra bien y funcione, si lo plegamos nosotros, no tendrás ninguna.

- Bueno, vale, vale, me arriesgaré.

            Fuimos caminando hacia la casa, y una vez dentro Tex soltó el paracaídas en un rincón. 

- Oye Tex...

- ¿Qué pasó?.

- ¿Cómo se salta en paracaídas?.

- ¡Carajo!, ¿Pero tú qué sabes hacer?, Mira chico, no te entiendo, tanta historia con tu selva y tirarte en paracaídas, ¡Y resulta que no has saltado nunca!.

- ¡Vale!, Déjalo, dime de dónde hay que tirar y ya está.

- ¡Déjalo, déjalo!, ¡Va chico!, Si uno quiere hacer algo, tiene que estar preparado y saber lo que quiere.

- ¡Estoy preparado y sé lo que quiero!, Por mí podemos salir  ahora mismo.

- ¡Bah!, Muucho de boquilla, habrá que verte cuando estés allá arriba si eres capaz de saltar.

- ¡Venga, vámonos!.

            Fui a la pared y cogí mi bolsa; Malinda mientras tanto nos miraba desde el fuego, donde se encontraba preparando la comida.

- Ya, ya.

- ¡No te metas Malinda!, Este chico está acarajotao y no tiene remedio, así que mejor que se enfrente de una vez a las cosas, y se le quite tanta tontería; ¡mañana nos vamos!, Y luego cuando estemos allá arriba, a ver si te tiras.

- Allá arriba, pero sobre el río Caura, no aquí encima.

- Me va a salir cara la tontería, pero vale, sobre el Caura; ahora dame los noventa y seis dólares.

            Abrí el bolso y se los di.

- Termina de cargar el camión, esta tarde iré a llevarlo a Samariapo y a comprar gasolina, y mañana temprano, nos vamos.

- ¿Me podrías comprar un cuaderno y un bolígrafo?.

- ¡Bueeeno va!.

            Comimos en silencio, bueno, Malinda siempre comía en silencio, no es que fuera muda, en realidad no sé por qué, su único vocabulario  consistía en "ya, ya", muchas noches cuando ya estaba todo recogido y me sentaba en el porche, la oía desde su habitación entonando una especie de canto que más bien parecía un susurro monótono y repetitivo. Una vez le pregunté a Tex sobre todo esto, pero ni lo sabía ni le importaba, para él lo único importante era que Malinda no molestaba, y le hacía las labores de la casa, con eso era suficiente.

            Por la tarde, mientras Tex se fue a descargar a Samariapo, yo estuve descargando la avioneta y después pesando saquitos, hasta que me harté, ¿por qué tenía que seguir trabajando?, Mañana por fin me iba y el viaje lo tenía más que pagado, lo mejor sería que preparara mi equipaje.

            Mi equipaje, ¿qué equipaje?, No tenía nada, bueno... lo que siempre había tenido, el bolso, la navaja, el encendedor, el libro... , me había olvidado de la existencia del  manual de supervivencia, fui a cogerlo para quitarle el envoltorio, pero me topé con el mapa y pensé que lo mejor sería estudiar la situación más detenidamente.

            Extendí el mapa sobre la mesa y comencé a ojearlo, me encontraba en Morganito, cuando despegáramos nos dirigiríamos hacia el este, remontando la barrera montañosa atravesaríamos la sierra de Maigualida, para a continuación, internarnos en el macizo de la Guayana y llegar al río Caura, según mis cálculos con dos horas de viaje bastaría para llegar a mi destino; recogí el mapa y lo volví a guardar en el bolso, bueno todo estaba claro, y el equipaje... para qué quería más equipaje, allí todo sería más sencillo, sin aguantar a nada ni a nadie, en completa libertad.

            Fui a colgar de nuevo el bolso y observé cómo Malinda me miraba desde el fuego, su cara me pareció más triste que de costumbre y de buena gana habría hablado con ella, pero la expectativa de encontrar el acostumbrado "ya, ya" de respuesta me desanimó, salí al porche y sentado en los escalones esperé a que regresara Tex. La tarde era serena, casi estaba anocheciendo y sólo el canto de algunos pájaros daba vida a la quietud del ambiente.

            Ya era noche cerrada cuando las luces del camión por el sendero, y el ronroneo del motor, anunciaron el regreso de Tex, aparcó al lado de la casa, bajó de la cabina y con paso vacilante se acercó hacia el porche.

- ¡Hey boy!, ¿Qué pasó?, ¿Ya terminaste tus tareas?.

- Yo lo tengo todo terminado.

            Me levanté, y cuando llegó a mi lado pude apreciar el intenso olor a alcohol que despedía.

- Eso está bien chico, que tengas todo el trabajo terminado..., para así mañana poder hacer más, ja, ja, ja, ja.

            Estaba completamente borracho, echó su brazo sobre mi hombro y avanzamos hasta el interior de la casa.

- ¡Malindaaaa!, ¡No se cena en esta casa!, ¡Pon la cena a tu señor, maldita salvaje!.

            Ayudé a Tex a sentarse, mientras Malinda con gesto serio comenzaba a llenar un plato del puchero.

- ¡Y ponle al chico ración doble!, Que le va a hacer falta, mañana nos va a demostrar cómo se salta en paracaídas, y cómo se vive en la selva. Nos va demostrar cómo los demás no sabemos vivir y él ha encontrado la solución, ¿sabes Malinda?, El chico tiene la solución a los problemas de la humanidad, ¡él soliiito!, ¡Ay caraaajo!, Me gustaría tener una cámara para sacarle un retrato de su cara cuando estemos allá arriba con la puerta abierta.

            Malinda le sirvió el plato y regresó al fuego a llenar otro, mientras tanto Tex comenzó a comer, sólo tomó dos bocados, al tercero con el rostro pálido se levantó y fue corriendo hacia la puerta, le seguí y allí comenzó a vomitar apoyado en la barandilla del porche.

- ¿Qué te pasa Tex?, ¿Te encuentras mal?.

- ¿Mal?, ¡Yo no me encuentro mal!, Mañana sí que tú no podrás decir lo mismo.

- No te lo tomes así, al fin y al cabo es mi vida.

- ¡Bah, déjame en paz !, No empieces con discursos, mañanita mismo te quito las tonterías!, ¡Ya veras!.

            Tambaleándose se dirigió al interior de la casa, se metió en su habitación y se tiró sobre la cama, al poco tiempo unos desagradables ronquidos indicaban que se había dormido.

            Yo mientras tanto estuve comiendo del plato que me había servido Malinda, a pesar de lo tenso de la situación  tenía hambre, y además no sabía el tiempo que pasaría hasta que pudiera volver a comer algo caliente, así que decidí aprovechar lo que tenía a mano. Malinda continuaba con el gesto serio, pero era imposible saber qué era lo que pasaba por su cabeza, así que no le hice mucho caso y me dediqué a pensar sólo en lo que me interesaba, mañana iba a ser el gran día, iba a comenzar por fin mi nueva vida.

            Salí al porche y me senté en los escalones, el cielo estaba estrellado y la calma era total, nunca me había fijado bien, pero la cantidad de estrellas era inmensa, en Madrid nunca vi nada semejante, era un cielo completamente distinto, la Luna no había salido o estaba en fase de Luna Nueva y las estrellas formaban extraños racimos que brillaban con sorprendente nitidez, me pareció grandioso, era evidente que una visión así sólo se podía tener cerca del Paraíso, por lo que me sentí reafirmado en mi idea. No iba a convencer a nadie, no era mi intención, ni tampoco lo podría hacer, cuando encontrara el "sitio", no podría decírselo a nadie, no tendría medios para hacerlo y..., además, sería lo mejor, así continuaría siendo el secreto evidente que la humanidad se negaba a ver.

            Ya era tarde cuando me metí en la casa para dormir, Malinda ya hacía tiempo que se había acostado, y Tex continuaba roncando; casi no pude dormir, no paraba de pensar, y volví a navegar en canoa con la indígena, pronto el sueño se convertiría en realidad.

- ¡Hey Boy!, ¡Levanta ya carajo!, Nos vamos.

- ¡¿Eh?!, ¿Qué pasa?.

            Estaba aturdido, al final, me había quedado dormido profundamente, y el vozarrón de Tex me había sentado como un martillazo en la cabeza.

- ¡Que nos vamos Boy!, ¡Que nos vamos!.

            Me levanté, y frotándome los ojos traté de situarme, Tex estaba a mi lado con la mochila del paracaídas a su lado, Malinda, un poco más retirada nos miraba con un par de ciruelas en las manos. Ya era de día y un Sol deslumbrante brillaba en el exterior.

- Bueno..., vale vámonos.

- Tendrás que ponerte el paracaídas, ¿no?.

- ¿Ya?, ¿Tan pronto?.

- Mira chico, ¡estás acarajotao!, Qué quieres, que cuando estemos allá arriba deje los mandos del avión para ponerle al chico el paracaídas, ¿eh?.

- Ya, bueno, pero..., así, tan deprisa.

- ¡Virgen Santa de Coromoto!, ¡¿Nos vamos?!, o ¡¿No nos vamos?!.

- ¡Vale!, sí, nos vamos, venga ayúdame a ponerme el paracaídas.

            Tex estaba irritado, me acerqué a él y me colgó la mochila del paracaídas, pesaba más de lo que me había imaginado, a continuación ató y apretó los arneses de las ingles.

- Ya está chico, ¡vámonos!.

- ¡Espera!, Perdona la pregunta, pero..., ¿cómo funciona esto?.

- ¡...!

- No te lo tomes así, ya sabes que nunca he saltado, con que me digas lo que hay que hacer es suficiente.

- Se habré la puerta del avión, se salta, se cuenta hasta cinco, y se tira de esta cinta que termina en la anilla, ¿vale?.

- Vale, pero... ¿y si no funciona?.

- Pues entonces se acabaron tus problemas chico, llegarás a tu paraíso inmediatamente, sin rodeos.

- Vale.

- Pues vámonos.

- Espera, que cojo el bolso y..., por cierto, ¿compraste el cuaderno?.

- Si, esta en la cabina del camión, ahora lo cogemos, ¡vámonos!.

            Cogí el bolso y me lo colgué al hombro, me dirigí a la puerta y Malinda se acerco a mí, me dió las ciruelas y se quedó mirándome con esa  cara triste que reservaba para las ocasiones especiales.

- Gracias Malinda, gracias por todo.

            Me cogió la mano y con gran solemnidad me respondió.

-Ya, ya.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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