Qué es Estandarte | Sugerencias | Política de privacidad | Nos recomiendan | Boletín gratuito
  LEER
 · Poesía
 · Relato
 · Novela
 · Ensayo
 · Teatro
 · Tesis
 
  CRÍTICA
  CONCURSOS
 · Regalos y sorteos
 · Certámenes
 · Nuestro patrocinio
 
  PUBLICAR
 · Formulario
 · Tarifas
 
  RECURSOS
 · Enlaces
 · Guía de editores
 · Propiedad intelectual
 · Otros
 
  TIENDA LIBROS
  FOROS
  BOLETÍN
 · Altas y bajas
 · Últimos boletines
 
  PARA EDITORES
  PUBLICIDAD
 · Tarifas y ofertas
 · Intercambio de banners

 

  LEER Relato  

Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XIII

            La vida comenzó a ser monótona, llovía frecuentemente, algunos días lucía el sol, pero por fortuna la temperatura siempre era agradable, Tex y yo continuábamos con nuestro trabajo, cada día que la lluvia y las condiciones del campo lo permitían, él despegaba a por un nuevo cargamento; nunca supe exactamente hacia donde se dirigía, aunque teniendo la frontera al lado, es de suponer que se dirigiera hacia Colombia, mientras tanto yo continuaba con mis pesadas de coca, o si no había material ayudaba a Malinda en la casa o simplemente me sentaba en el porche a ver llover.

Allí, con la pradera y el bosque delante pensaba, pensaba en muchas cosas, la verdad es que no había progresado excesivamente, estaba a miles de kilómetros de mi casa y mirándolo seriamente lo único que había cambiado era el conector J4 por el saquito de coca, estaba cayendo en la misma vida monótona, lo único que a veces me sacaba de la monotonía eran las charlas con Tex, muchas noches después de cenar, mientras Malinda terminaba de recoger las cosas, él se sentaba en el porche con una botella de Ron, y yo a veces me sentaba a su lado y hablábamos de todo un poco.

- ¿Quieres una copa, chico?.

- No gracias, no bebo.

- No sé cómo te puedes mantener en pie.

- No creo que sea necesario beber una copa para mantenerse en pie.

- No chico, no entendiste, no lo tomes al pie de la letra, es una manera de hablar, digo que después de comer  viene bien una copa.

- Ya pero nunca lo he hecho.

- Pues ésta puede ser la primera, ¡Malindaa!, Tráele una copa al chico.

- Que manía con llamarme siempre "chico", me llamo Pedro, llámame Pedro.

- ¡Bueno chico, no te sofoques!, Te llamaré Pedro.

            Malinda trajo otro vaso y Tex lo llenó de Ron.

- Prueba esto y verás, ¡purita gloria!.

            Lo probé, bebiendo tranquilamente, de la misma forma que lo bebía él, mientras tanto Tex me miraba con curiosidad, sosteniendo la botella en una mano y su copa en otra.

            Cuando recobré la respiración, intenté hablar pero no me salía la voz, Tex soltó la botella y me dio una gran palmetada en la espalda.

- ¡Hey chico!, ¡Está bueno ¿eh?!.

            La voz salió débil, como un susurro.

- Un poco fuerte tal vez.

- Mira boy, un hombre como tu debería...

- Déjalo, ya me sé esa historia.

- ¿Que ya te sabes?, ¿Qué te sabes?.

- Pues eso, que un hombre tiene que tomar copas y todo eso.

- Veo que estás bien enseñado, por cierto chico, llevas casi un mes aquí y aún no sé cómo viniste a caer aquí, ni de dónde vienes ni nada; lo único que te mandaba Alfredito.

- No hay mucho que contar, es una historia muy simple, no estaba a gusto donde vivía, las ciudades son un agobio, nada más que coches humo y suciedad es lo que se encuentra, la vida se convierte en una rutina, todos los días se hace lo mismo, ¿y para qué?, Cada día te matas a trabajar, para así poder hacer lo mismo al día siguiente, es algo sin sentido, la gente va con prisa a todos sitios, no se disfruta de nada; bueno, el caso es que no estaba a gusto, oí hablar de esta tierra y al final me decidí a escapar, nada más.

- ¿Y  Alfredito qué pinta en esta historia?.

- ¡Ah!, Luis Alfredo, lo conocí en el avión desde Caracas a Puerto Ayacucho, un gran tío, hablamos mucho en el viaje, me contó muchas cosas de esta tierra y yo también le conté mis intenciones, aunque no me entendió.

- No me extraña, ¿qué te dijo?.

- Me aconsejó, incluso trató de que fuera a una Misión en lugar de internarme en la selva, pero al final, como vio que mis intenciones eran firmes, me habló de ti y de que me podrías ayudar, ¿hace mucho que lo conoces?.

- ¡Oh sí!, El bueno de Alfredito, estuve trabajando para él a poco de llegar aquí, yo le hacia portes, ¿sabes?...; Bueno, otra clase de portes distinta a lo de ahora, él trabajaba con esmeraldas y diamantes ¿sabes?, Yo iba recogiendo la mercancía a los buscadores en  los poblados, se lo llevaba a Puerto Ayacucho y allí él lo camuflaba con el caucho, ya sabes, cuestión de impuestos; luego me independicé y me vine acá; bueeno, todo eso ya pasó, pero aún no me has dicho de dónde viniste tú.

- De, España.

- ¿España?, ¿En que país esta España?.

- España es un país, ¿no lo conoces?.

- España..., España..., pues mira chico, no sé ahora mismo...

- Es imposible que no lo conozcas, en Europa, España, Madrid, los toros, toreros, olé...

- ¡Ah! Ya, Spain, te refieres a Spain, si boy si lo conozco, ¡cómo no!, Spain, Torrejón, Rota, Franco, ¡cojonudo!...

- Si, Torrejón, la base aérea, ¿la conoces?.

- Pasé por allí cuando me repatriaron de Vietnam, ya hace muchos años.

- Es verdad, casi lo había olvidado, Luis Alfredo me dijo que eras americano, nadie lo diría escuchándote.

- Bueno, sí, soy americano, pero mamá nació en Cuba y mi papá era chicano, así que aquí estoy yo.

- Tú sí que has tenido que ver mundo, y tendrás montones de historias que contar, ¿estuviste en Vietnam?.

- Bueeeno, sí estuve, muy poco tiempo, pero sí estuve allí, de todas formas vosotros los jóvenes habéis visto muchas películas, mira boy, la vida no es como en el cine, es mucho más simple.

            Tex se sirvió otro vaso y  rellenó el mío, se estaba a gusto en el porche, de noche, sin aire, sentados en los escalones y bajo un cielo de estrellas como Madrid nunca podrá soñar. Poco a poco me iba acostumbrando a la aspereza del ron, todo consistía en tomarlo en sorbitos pequeños.

- Pero tú has viajado, has visto mundo, conoces más sitios y  más gente que yo.

- Bueeno, ¿y qué?, Al final nada, purita monotonía.

- ¿Cuéntame lo de Vietnam?, ¿Cómo es aquello?.

- ¡Oh! No hay mucho que contar, yo vivía en Falfurrias...

- ¿...?

- Al lado de Kingsville.

- ¿...?

- Cerca de Corpus Christi.

- ¿...?

- ¡¿No lo conoces?!.

- Pues no

- ¡carájo!, ¿No conoces Falfurrias?, ¿En Texas?.

- Bueno, Texas si me suena.

- ¡Te suena!, Ciertamente no has visto mundo, tienes razón, bueno da lo mismo, yo vivía en Falfurrias y tenía un pequeño avión agrícola, ya sabes  para fumigar los campos con insecticidas y cosas de esas, vivía apaciblemente con Peggy, mi mujer y los granjeros me contrataban, como ves, lo más normal.

            Hizo un alto en la conversación y volvió a rellenar su vaso y el mío.

- Era el año 65, la vida era apacible allí en Falfurrias y mientras tanto, nuestros muchachos se estaban dejando el pellejo con esos hijos de perra del Vietcong, no me parecía justo, así que decidí alistarme como piloto; a Peggy no le gustó, pero me dio lo mismo. Después de un tiempo de entrenamiento en Houston me mandaron a Vietnam, fue poco tiempo, luego me repatriaron por "exceso de celo" y fue cuando...

- ¿Por exceso de celo?, ¿Cómo es eso?.

- Bueeeno, ya sabes cómo son esos milicos, les gusta llamar a todo de forma rimbombante, en realidad no pasó de ser un malentendido.

- ¿Qué pasó?.

- No fue nada, cuando llegué me asignaron a una unidad de apoyo cercano, ya sabes, cuando nuestros chicos tienen que atacar, pues vamos nosotros primero, y les damos unas pasadas a las ratas ésas para bajarles los humos, así los nuestros pueden avanzar mas fácilmente, un trabajo bonito, muy agradecido, se salvan muchas vidas y te sientes útil.

            Tex volvió a rellenar los vasos y continuó su historia.

- Me dieron un A-1 Skyraider, ¡muchaacho! Qué máquina, dos mil caballos para mí solo, comparado con mi avioneta aquéllo era un pura sangre, podías hacer con él lo que quisieras. Cuando por fin me asignaron una misión, estaba gozoso, iba a demostrar a todos cómo se trata a esas ratas comunistas; la misión era sencilla, nuestros chicos estaban a las puertas de una pequeña aldea, ocupada por el Vietcong, y había que allanar el camino.

            A Tex se le iba iluminando la cara según avanzaba en su relato.

- Llegué con mi Skyraider a la aldea y di una primera pasada para situarme, me recibieron con algunos tiros de fusil y a continuación inicié la fiesta, primero solté las bombas de 250 Kg, luego otra pasada y las de fragmentación, ¡pura metralla chico!, Más tarde una andanada de cohetes, luego el Napalm, y cuando ya estaba todo ardiendo... ¡con la ametralladora chico!, Seis pasadas con el ¡ra, ta, ta, ta, ta!, ¡Hasta acabar las municiones!, El avión quedó ligero como una pluma, ¡muchaaacho!, Tendrías que haberlo visto no quedó piedra sobre piedra, ¡lisiiito lo deje todo!, Donde estuvo la aldea, los chicos podrían haber jugado un partido de pelota sin que ésta se atorara, fue grande boy, muy grande, los chicos entraron sin que les dispararan ni un tiro. Cuando regresé a la base, me enteré de que el objetivo de los chicos era capturar prisioneros para interrogarlos, y no cogieron ninguno, ¡bueeeno!, ¡Yo qué sabia!, Lo importante es que no les pegaron ni un tiro.

            El caso es que no le gustó a los jefes, hicieron un expediente y me repatriaron, ¡lástima!, Si me hubieran dejado ahora no se estarían retirando con el rabo entre las piernas; ¡en fin!, Cuando llegué a USA, solicité incorporarme en el grupo de Bombardeo Estratégico, ya sabes, con los B-52 cargados con bombas atómicas, patrullando por el cielo para pararles los pies a esas ratas comunistas; pero rechazaron mi petición, así que abandoné el ejercito.

            En silencio y en nombre de toda la Humanidad, agradecí a Dios que su petición fuera rechazada.

- ¿Y cuándo viniste a Venezuela?.

- Fue entonces, al dejar el ejercito regresé a casa, compré este avión y un rifle, les pegué dos tiros a Peggy y al cerdo de la Gasolinería que estaba liado con ella, y ya está, pasé la frontera y hasta aquí.

- ¡Ya!, La monotonía, ponme otra copa Tex.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


· Critica esta obra
· Lee otras críticas


  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


© Estandarte.com