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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XII

            Era increíble, ¿Cómo podía costar tanto que alguien me entendiera?, Tomé asiento al lado de Tex y le miré fijamente a la cara.

- Mire Tex, atiéndame, es bien sencillo, yo no quiero que usted se vaya a vivir a la selva, el que se quiere ir soy yo, usted sólo tiene que llevarme y se olvida, nada más, usted hace su trabajo y yo le pago.

- ¡No seas huevón chico!, No es sólo cuestión de pagar, el sitio donde quieres ir esta en el limite de alcance del avión, si ocurriera el más mínimo percance, me tendría que quedar allí también para siempre, y... mira no tengo ganas de jugarme el pellejo.

- ¡Pero, no puede hacerme esto!, Yo había confiado en la palabra de Luis Alfredo, y él me dijo que usted me ayudaría.

            Me levanté y fui a por el bolso.

- ¡¿Te parece poca ayuda, huevón?!, Te recogimos en un charco,  ¡llevas casi una semana durmiendo y comiendo en mi casa! Y ahora pretendes que me juegue la vida por no sé qué de la esencia humana; ¡veeete al carájo!.

            Saqué el dinero del bolso y lo puse sobre la mesa, delante de Tex.

- Esto es todo lo que tengo, ciento noventa y seis dólares, ¡por favor lléveme!, Tengo que continuar; con este dinero tampoco puedo volver atrás así que tiene que llevarme; no puede hacerme esto.

- Mira Boy, te estás poniendo pesado, desde hace casi un mes no he podido salir a mi trabajo, hoy ha sido el primer día que pude despegar y mañana no sé como estará, no puedo estar perdiendo el tiempo con estas zarandajas, así que toma tu dinero y...

- ¡No puede hacerme esto!, ¡No puede!, ¡No puede!.

            Comencé a sollozar sobre la mesa, Malinda me miraba con cara apenada y Tex, bueno no sé expresar que cara tenía, estupor, asombro, indignación...

- ¡Virgen Santa de Coromoto!, Pero ¿por qué me tiene que pasar a mí esto?, Con lo grande que es el mundo, América, la selva, y me tiene que caer a mí el niñato éste, ¡qué carájo! No me compliques la vida boy, quédate a comer si quieres y luego te puedes largar con tu dinero.

            Cogí el dinero y el mapa y los metí en el bolso.

- No me hace falta su comida, veo que ya no queda nadie en quien confiar, adiós.

            Di media vuelta y tratando de mantener una aparente dignidad salí de la casa; la dignidad me duró hasta que crucé el umbral de la puerta, estaba nervioso y desorientado y me senté en los escalones del porche, ¿qué iba a hacer?, ¿Qué camino iba a tomar?, Tenía la mente embotada, últimamente mi vida parecía una montaña rusa, cada vez que estaba en la cima a punto de alcanzarlo, todo caía estrepitosamente y tenía que empezar de nuevo.

            No sé el tiempo que permanecí así, el día era precioso, la pradera verde lucía en todo su esplendor delante de la casa, rodeada por una muralla de vegetación sólo interrumpida por el sendero que conducía al pueblo; era el primer día que podía disfrutar plenamente, y la felicidad sólo me había durado unas horas.

- ¡Hey, chico!.

            Me volví sorprendido, Tex estaba apoyado en el quicio de la puerta.

- Anda, pasa y come algo, quizás el caldo de Malinda te aclare esa cabeza.

- No necesito caldo, necesito algo mucho más simple, pero parece que es imposible de alcanzar.

- Mira chico, estás obsesionado, ¿dónde vas a ir?, Mira, no te prometo nada, pero si quieres, quédate una temporada, me vendría bien un poco de ayuda y a cambio aquí tendrás un techo y comida, de paso en ese tiempo te lo vas pensando mejor, y te aclaras qué carájo es lo que quieres, si pasado un tiempo, cuando acaben las lluvias, sigues pensando lo mismo veré que es lo que puedo hacer, ¿vale chico?.

- Bueno...

            Tex me ofreció su mano y me ayudó a levantarme.

- ¿Y me conseguirá un paracaídas?.

            El "trabajo" de Tex era algo especial, cada dos o tres días dependiendo del tiempo que hiciera, salía temprano con la avioneta, solía regresar al medio día cargado con sacos de café y con algunas bolsas blancas; yo le ayudaba a descargar y luego después de comer nos situábamos en la mesa larga, allí se abrían las bolsas, se sacaba el polvo blanco y se iba pesando en porciones de diez gramos con una pequeña balanza, estas porciones se metían en bolsas pequeñas y cuando había suficientes se introducían dentro de un saco de café, distribuyéndolas uniformemente.

- ¿Qué es esto de las bolsas?.

- Pues coca, ¿qué quieres que sea?.

- ¿Coca?.

- ¡Carájo!, Sí ¡coca!, ¡No me oíste!.

- ¿Cocaína?.

- Mira boy, a veces pareces tonto, ¡co-ca-í-na!.

- Pero... ¡eso es ilegal!.

-¿Que es ilegal?, ¿El qué es ilegal?.

- Pues esto, la cocaína, la droga.

- Bueeno, depende cómo se mire, en realidad yo no hago mal a nadie, ni obligo a nadie a que lo compre, quizá esto lo utilicen en algún hospital para sanar enfermos.

- Pero, si no es ilegal, ¿por qué tantas precauciones para esconderlo en el café?.

- Es una cuestión de impuestos chico, mi único mal es que no pago todos los impuestos que debiera, pero nada más, y deja ya de machacar con preguntas tontas.

- Pero Tex, no sea ingenuo...

- ¡Ingenuo!, ¡Me llamas ingenuo a mí!, Tú que te quieres tirar en paracaídas en la selva, buscando no sé qué del espíritu humano, ¡¿Me dices a mí que soy ingenuo?!, ¡Anda y vete al carájo chico!, Si no estas conforme ahí tienes la puerta.

            Preferí callarme, no tenía opción.

            Cuando se completaba una partida de sacos, se cargaban en el pequeño camión y Tex se lo llevaba a Samariapo, pronto le cogí el ritmo al trabajo, era bastante monótono; sólo cuando estabamos completando el segundo envío desde mi llegada, hubo una variación.

- ¡Oye chico!, ¿Tienes ahí el dinero ése con el que me vas pagar?.

- Sí, lo tengo en el bolso.

- Bueeno, trae aquí cien dólares.

            Me levanté a por el bolso, un poco sorprendido, pero en el fondo alegre, si Tex aceptaba el dinero significaba que el viaje se completaría. Le puse el dinero en la mesa, él lo dobló y lo metió en una de las bolsas que utilizábamos para la Coca.

- Mira chico, esta bolsa métela en un saco a parte, y le haces una marca para que se distinga de los demás.

            Así lo hice; cuando se completaba un saco, éste se cosía con una aguja grande y cuerda y quedaba listo para su envío.

            Esa tarde Tex se fue como de costumbre con el camión, pero cuando regresó traía un saco, era el saco del dinero, el que estaba marcado.

- ¿Qué ha pasado Tex?, ¿Por qué se ha traído ese saco?.

- Nada, no encontré al destinatario, ¿Y esa cena?, ¡Maliiinda?.

            La noche transcurrió apaciblemente; como todas las noches Tex y Malinda dormían cada uno en su habitación y yo me construía una especie de camastro con sacos vacíos en un rincón cerca de la lumbre de la cocina, al principio era un poco incómodo,  pero luego el cuerpo se fue acostumbrando.

            Un día, por la tarde, yo me encontraba sacando sacos hacia el camión, mientras Tex estaba en la mesa terminando de pesar, iba por el porche cargado con un saco cuando escuché un ruido de motor, era un coche que se aproximaba por el sendero, me quedé mirando extrañado, al acercarse vi con claridad que era un coche de policía; me quedé paralizado, paró junto a la casa y de su interior bajó pesadamente un policía bastante obeso, le costo trabajo ponerse de pie y se dirigió a los escalones del porche resoplando, yo me encontraba en un extremo y parecía que no se había percatado de mi presencia; por si acaso solté el saco y levanté las manos, el policía se volvió y me miró sorprendido en el mismo instante en que Tex hacía su aparición por la puerta de la casa.

- ¡Hey compadre!, ¡Qué de bueno por aquí!.

-¡Bfff!, Hola Tex, ¿qué pasó?.

- Pues mire compadre, aquí estamos como siempre, con el trabajo de cada día, ¿y su señora?, ¿Y la niñita?.

- Bien, bien, gracias, ¿y eso?.

            Yo continuaba en el porche con los brazos en alto, inmóvil, sin saber qué hacer.

- ¡Hay carájo!, ¡Pedro!, ¿Pero que haces así?, ¡Ven a saludar al señor!, Discúlpelo, es un poco retrasado y lo tengo unos días aquí, que me lo mandó la familia.

            Bajé las manos y me dirigí hacia ellos.

- Pedro, saluda al señor, es D. Oswaldo Merino, intendente de policía de Samariapo; éste es Pedro, es hijo de una prima de mi Mamá y lo mandó aquí unos días.

            Completamente confundido por lo que estaba escuchando, tendí la mano al policía, éste a su vez me tendió la suya, no lo olvidaré, una mano completamente flácida, que mas bien parecía que te la ofrecía para besar en lugar de para estrechar.

- Pero bueno, no se quede aquí, no le apetece un café.

- Bueno está, tomaremos un café.

- ¡Malinda!, Pon unos cafés.

            Pasamos a la casa y tomamos asiento en la mesa que se utilizaba para comer, mientras Malinda preparaba un puchero en la lumbre.

- ¿Y qué de bueno D. Oswaldo?, Estuve buscándolo por la oficina y la cantina y no lo vi, así que no pude entregarle su café, ahí tengo el saco apartado para que luego se lo lleve.

- Oh, bueeno, estuve bastante liado con otro suicida de estos, nos dan bastante trabajo, ya sabes, recuperar el cadáver, organizar el entierro, bueno todo el lío ese.

- Ya comprendo...

- Pero es que últimamente nos da bastante mas trabajo, todo por culpa de las malditas Pirañas, ya se saben el sitio y nos dejan los cadáveres irreconocibles, mis chicos  se me quejan, dicen que da mucha asquerosidad trabajar así; no sé si echando ácido o algo así podremos acabar con ellas.

            Intervine en la conversación, aquello me parecía un disparate.

- Perdón, no sería más fácil poner una valla en el puente para evitar que se tire la gente.

            El policía me miró sorprendido y Tex me lanzó una mirada asesina.

- ¡Mira chico! - contestó el policía un tanto airado - No sé de dónde vienes tú, pero esto es un país libre, y aquí cada uno se puede morir como le dé la gana, el gobierno y yo en su nombre debe garantizar el libre ejercicio de las libertades de los ciudadanos, así que si un ciudadano se quiere tirar por el puente, pues se tira y nosotros le damos un entierro digno, siempre ha sido así.

- Discúlpelo, ya le dije que estaba un poco... así.

- No, si se le ve, ¡qué pena!.

            Malinda sirvió tres cafés que situó en la mesa.

- Tú fíjate a que extremo han llegado las Pirañas, que el otro día los muchachos sólo pudieron recuperar el impermeable de un pobre infortunado, no dejaron ni rastro del cuerpo, en un bolsillo encontraron cien dólares, así que confisqué setenta y cinco para  gastos de enterramiento y los otros veinticinco los repartí entre los muchachos.

- Perdón compadre, ¿y qué enterraron si no había cadáver?.

- ¡Pues el impermeable!, Lo que importa es el detalle.

- ¡Ah!.

            Era una conversación de locos, estábamos sentados a dos metros de una mesa llena de cocaína, hablando con un policía que había enterrado un impermeable, ¡mi impermeable!, Y se había quedado con mi dinero, que por supuesto no eran cien dólares, debía haber por lo menos mil en el bolsillo, pensé en decir algo, pero abandoné rápidamente la idea, lo único que podía conseguir era complicar más las cosas.

            D. Oswaldo se marchó con su saco de café, y no toqué más el tema con Tex, aún le volví a ver dos o tres veces más, pues cada quince o veinte días acudía a por su saco de café, y también me enteré de la subvención que daba el gobierno, para el entierro de indigentes a la única funeraria del pueblo, de D. Oswaldo.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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