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Capítulo
XII
Era increíble, ¿Cómo podía costar tanto que alguien
me entendiera?, Tomé asiento al lado de Tex y le miré fijamente
a la cara.
- Mire Tex, atiéndame, es bien sencillo, yo no quiero que
usted se vaya a vivir a la selva, el que se quiere ir soy
yo, usted sólo tiene que llevarme y se olvida, nada más, usted
hace su trabajo y yo le pago.
- ¡No seas huevón chico!, No es sólo cuestión de pagar, el
sitio donde quieres ir esta en el limite de alcance del avión,
si ocurriera el más mínimo percance, me tendría que quedar
allí también para siempre, y... mira no tengo ganas de jugarme
el pellejo.
- ¡Pero, no puede hacerme esto!, Yo había confiado en la
palabra de Luis Alfredo, y él me dijo que usted me ayudaría.
Me levanté y fui a por el bolso.
- ¡¿Te parece poca ayuda, huevón?!, Te recogimos en un charco,
¡llevas casi una semana durmiendo y comiendo en mi casa! Y
ahora pretendes que me juegue la vida por no sé qué de la
esencia humana; ¡veeete al carájo!.
Saqué el dinero del bolso y lo puse sobre la
mesa, delante de Tex.
- Esto es todo lo que tengo, ciento noventa y seis dólares,
¡por favor lléveme!, Tengo que continuar; con este dinero
tampoco puedo volver atrás así que tiene que llevarme; no
puede hacerme esto.
- Mira Boy, te estás poniendo pesado, desde hace casi un
mes no he podido salir a mi trabajo, hoy ha sido el primer
día que pude despegar y mañana no sé como estará, no puedo
estar perdiendo el tiempo con estas zarandajas, así que toma
tu dinero y...
- ¡No puede hacerme esto!, ¡No puede!, ¡No puede!.
Comencé a sollozar sobre la mesa, Malinda me
miraba con cara apenada y Tex, bueno no sé expresar que cara
tenía, estupor, asombro, indignación...
- ¡Virgen Santa de Coromoto!, Pero ¿por qué me tiene que
pasar a mí esto?, Con lo grande que es el mundo, América,
la selva, y me tiene que caer a mí el niñato éste, ¡qué carájo!
No me compliques la vida boy, quédate a comer si quieres y
luego te puedes largar con tu dinero.
Cogí el dinero y el mapa y los metí en el bolso.
- No me hace falta su comida, veo que ya no queda nadie en
quien confiar, adiós.
Di media vuelta y tratando de mantener una aparente
dignidad salí de la casa; la dignidad me duró hasta que crucé
el umbral de la puerta, estaba nervioso y desorientado y me
senté en los escalones del porche, ¿qué iba a hacer?, ¿Qué
camino iba a tomar?, Tenía la mente embotada, últimamente
mi vida parecía una montaña rusa, cada vez que estaba en la
cima a punto de alcanzarlo, todo caía estrepitosamente y tenía
que empezar de nuevo.
No sé el tiempo que permanecí así, el día era
precioso, la pradera verde lucía en todo su esplendor delante
de la casa, rodeada por una muralla de vegetación sólo interrumpida
por el sendero que conducía al pueblo; era el primer día que
podía disfrutar plenamente, y la felicidad sólo me había durado
unas horas.
- ¡Hey, chico!.
Me volví sorprendido, Tex estaba apoyado en el
quicio de la puerta.
- Anda, pasa y come algo, quizás el caldo de Malinda te aclare
esa cabeza.
- No necesito caldo, necesito algo mucho más simple, pero
parece que es imposible de alcanzar.
- Mira chico, estás obsesionado, ¿dónde vas a ir?, Mira,
no te prometo nada, pero si quieres, quédate una temporada,
me vendría bien un poco de ayuda y a cambio aquí tendrás un
techo y comida, de paso en ese tiempo te lo vas pensando mejor,
y te aclaras qué carájo es lo que quieres, si pasado un tiempo,
cuando acaben las lluvias, sigues pensando lo mismo veré que
es lo que puedo hacer, ¿vale chico?.
- Bueno...
Tex me ofreció su mano y me ayudó a levantarme.
- ¿Y me conseguirá un paracaídas?.
El "trabajo" de Tex era algo especial,
cada dos o tres días dependiendo del tiempo que hiciera, salía
temprano con la avioneta, solía regresar al medio día cargado
con sacos de café y con algunas bolsas blancas; yo le ayudaba
a descargar y luego después de comer nos situábamos en la
mesa larga, allí se abrían las bolsas, se sacaba el polvo
blanco y se iba pesando en porciones de diez gramos con una
pequeña balanza, estas porciones se metían en bolsas pequeñas
y cuando había suficientes se introducían dentro de un saco
de café, distribuyéndolas uniformemente.
- ¿Qué es esto de las bolsas?.
- Pues coca, ¿qué quieres que sea?.
- ¿Coca?.
- ¡Carájo!, Sí ¡coca!, ¡No me oíste!.
- ¿Cocaína?.
- Mira boy, a veces pareces tonto, ¡co-ca-í-na!.
- Pero... ¡eso es ilegal!.
-¿Que es ilegal?, ¿El qué es ilegal?.
- Pues esto, la cocaína, la droga.
- Bueeno, depende cómo se mire, en realidad yo no hago mal
a nadie, ni obligo a nadie a que lo compre, quizá esto lo
utilicen en algún hospital para sanar enfermos.
- Pero, si no es ilegal, ¿por qué tantas precauciones para
esconderlo en el café?.
- Es una cuestión de impuestos chico, mi único mal es que
no pago todos los impuestos que debiera, pero nada más, y
deja ya de machacar con preguntas tontas.
- Pero Tex, no sea ingenuo...
- ¡Ingenuo!, ¡Me llamas ingenuo a mí!, Tú que te quieres
tirar en paracaídas en la selva, buscando no sé qué del espíritu
humano, ¡¿Me dices a mí que soy ingenuo?!, ¡Anda y vete al
carájo chico!, Si no estas conforme ahí tienes la puerta.
Preferí callarme, no tenía opción.
Cuando se completaba una partida de sacos, se
cargaban en el pequeño camión y Tex se lo llevaba a Samariapo,
pronto le cogí el ritmo al trabajo, era bastante monótono;
sólo cuando estabamos completando el segundo envío desde mi
llegada, hubo una variación.
- ¡Oye chico!, ¿Tienes ahí el dinero ése con el que me vas
pagar?.
- Sí, lo tengo en el bolso.
- Bueeno, trae aquí cien dólares.
Me levanté a por el bolso, un poco sorprendido,
pero en el fondo alegre, si Tex aceptaba el dinero significaba
que el viaje se completaría. Le puse el dinero en la mesa,
él lo dobló y lo metió en una de las bolsas que utilizábamos
para la Coca.
- Mira chico, esta bolsa métela en un saco a parte, y le
haces una marca para que se distinga de los demás.
Así lo hice; cuando se completaba un saco, éste
se cosía con una aguja grande y cuerda y quedaba listo para
su envío.
Esa tarde Tex se fue como de costumbre con el
camión, pero cuando regresó traía un saco, era el saco del
dinero, el que estaba marcado.
- ¿Qué ha pasado Tex?, ¿Por qué se ha traído ese saco?.
- Nada, no encontré al destinatario, ¿Y esa cena?, ¡Maliiinda?.
La noche transcurrió apaciblemente; como todas
las noches Tex y Malinda dormían cada uno en su habitación
y yo me construía una especie de camastro con sacos vacíos
en un rincón cerca de la lumbre de la cocina, al principio
era un poco incómodo, pero luego el cuerpo se fue acostumbrando.
Un día, por la tarde, yo me encontraba sacando
sacos hacia el camión, mientras Tex estaba en la mesa terminando
de pesar, iba por el porche cargado con un saco cuando escuché
un ruido de motor, era un coche que se aproximaba por el sendero,
me quedé mirando extrañado, al acercarse vi con claridad que
era un coche de policía; me quedé paralizado, paró junto a
la casa y de su interior bajó pesadamente un policía bastante
obeso, le costo trabajo ponerse de pie y se dirigió a los
escalones del porche resoplando, yo me encontraba en un extremo
y parecía que no se había percatado de mi presencia; por si
acaso solté el saco y levanté las manos, el policía se volvió
y me miró sorprendido en el mismo instante en que Tex hacía
su aparición por la puerta de la casa.
- ¡Hey compadre!, ¡Qué de bueno por aquí!.
-¡Bfff!, Hola Tex, ¿qué pasó?.
- Pues mire compadre, aquí estamos como siempre, con el trabajo
de cada día, ¿y su señora?, ¿Y la niñita?.
- Bien, bien, gracias, ¿y eso?.
Yo continuaba en el porche con los brazos en
alto, inmóvil, sin saber qué hacer.
- ¡Hay carájo!, ¡Pedro!, ¿Pero que haces así?, ¡Ven a saludar
al señor!, Discúlpelo, es un poco retrasado y lo tengo unos
días aquí, que me lo mandó la familia.
Bajé las manos y me dirigí hacia ellos.
- Pedro, saluda al señor, es D. Oswaldo Merino, intendente
de policía de Samariapo; éste es Pedro, es hijo de una prima
de mi Mamá y lo mandó aquí unos días.
Completamente confundido por lo que estaba escuchando,
tendí la mano al policía, éste a su vez me tendió la suya,
no lo olvidaré, una mano completamente flácida, que mas bien
parecía que te la ofrecía para besar en lugar de para estrechar.
- Pero bueno, no se quede aquí, no le apetece un café.
- Bueno está, tomaremos un café.
- ¡Malinda!, Pon unos cafés.
Pasamos a la casa y tomamos asiento en la mesa
que se utilizaba para comer, mientras Malinda preparaba un
puchero en la lumbre.
- ¿Y qué de bueno D. Oswaldo?, Estuve buscándolo por la oficina
y la cantina y no lo vi, así que no pude entregarle su café,
ahí tengo el saco apartado para que luego se lo lleve.
- Oh, bueeno, estuve bastante liado con otro suicida de estos,
nos dan bastante trabajo, ya sabes, recuperar el cadáver,
organizar el entierro, bueno todo el lío ese.
- Ya comprendo...
- Pero es que últimamente nos da bastante mas trabajo, todo
por culpa de las malditas Pirañas, ya se saben el sitio y
nos dejan los cadáveres irreconocibles, mis chicos se me
quejan, dicen que da mucha asquerosidad trabajar así; no sé
si echando ácido o algo así podremos acabar con ellas.
Intervine en la conversación, aquello me parecía
un disparate.
- Perdón, no sería más fácil poner una valla en el puente
para evitar que se tire la gente.
El policía me miró sorprendido y Tex me lanzó
una mirada asesina.
- ¡Mira chico! - contestó el policía un tanto airado - No
sé de dónde vienes tú, pero esto es un país libre, y aquí
cada uno se puede morir como le dé la gana, el gobierno y
yo en su nombre debe garantizar el libre ejercicio de las
libertades de los ciudadanos, así que si un ciudadano se quiere
tirar por el puente, pues se tira y nosotros le damos un entierro
digno, siempre ha sido así.
- Discúlpelo, ya le dije que estaba un poco... así.
- No, si se le ve, ¡qué pena!.
Malinda sirvió tres cafés que situó en la mesa.
- Tú fíjate a que extremo han llegado las Pirañas, que el
otro día los muchachos sólo pudieron recuperar el impermeable
de un pobre infortunado, no dejaron ni rastro del cuerpo,
en un bolsillo encontraron cien dólares, así que confisqué
setenta y cinco para gastos de enterramiento y los otros
veinticinco los repartí entre los muchachos.
- Perdón compadre, ¿y qué enterraron si no había cadáver?.
- ¡Pues el impermeable!, Lo que importa es el detalle.
- ¡Ah!.
Era una conversación de locos, estábamos sentados
a dos metros de una mesa llena de cocaína, hablando con un
policía que había enterrado un impermeable, ¡mi impermeable!,
Y se había quedado con mi dinero, que por supuesto no eran
cien dólares, debía haber por lo menos mil en el bolsillo,
pensé en decir algo, pero abandoné rápidamente la idea, lo
único que podía conseguir era complicar más las cosas.
D. Oswaldo se marchó con su saco de café, y no
toqué más el tema con Tex, aún le volví a ver dos o tres veces
más, pues cada quince o veinte días acudía a por su saco de
café, y también me enteré de la subvención que daba el gobierno,
para el entierro de indigentes a la única funeraria del pueblo,
de D. Oswaldo.
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