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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo XI

            Fue horrible, nunca lo olvidaré, vestida únicamente con una falda de hojas y luciendo un lazo rosa sobre el pelo, Bea me miraba con ojos furibundos.

- Si es que no puede ser no puede ser tú crees que se puede ir así con esa facha la camisa mojada los pantalones llenos de barro y los zapatos ¿cuándo te limpias los zapatos? Qué vergüenza Dios mío que vergüenza igualito que Juan ése sí que es un hombre siempre tan educado hecho un pincel Pepi sí que ha tenido suerte pero yo ¿a dónde voy con esto? No me lo niegues que si que mucha selva y lo que tú quieras pero no hace falta ponerse hecho un guarro que eso es lo que eres un guarro porque con un poco de cuidado...

            No lo aguantaba, tenía que deshacerme de ella y empecé a correr, a correr muy deprisa entre la espesura, Bea me seguía saltando de árbol en árbol colgada de las lianas, como un Tarzán surrealista.

- ¡Pedri guarro!, ¡Pedri no te manches!, ¡Pedri los zapatooos!.

            Corría y corría sin parar, hasta que de repente un árbol frenó mi carrera en seco, el golpe fue bestial y caí de espaldas al suelo.

- ¡Pedri cojones!, ¿Pero es que no puedes mirar por dónde vas?.

            El árbol me hablaba al tiempo que se agachaba hacia mí, sí, lo vi, era mi padre, el árbol tenía la cara de mi padre y me gritaba.

- ¡Un inútil!, Eso es lo que eres, por no decirte otra cosa, aquí me tienes a mí, a tu edad con dos ascensos, una vida de trabajo y firmemente asentado, ¿y tú qué?, ¿Eh?, ¡Nada!, No tienes nada, ni siquiera sabes andar por la selva y todo por no hacerme caso, porque con honradez y trabajo todo se...

- ¡Pedri guarro!, ¡Mira qué zapatos llevas!, ¡Y cómo te has puesto el pantalón!.

- ¡Nooooooooo!

- ¡Eh!, Ya, ya.

            Abrí los ojos y vi el rostro moreno de una mujer, iba peinada con dos trenzas de pelo muy negro, la mirada serena, la cara redonda y surcada con algunas arrugas cerca de los ojos; con mucha suavidad iba poniéndome un paño húmedo sobre la frente.

- ¿Qué pasa?, ¿Qué es esto?, ¿Dónde estoy?.

- Ya, ya, ya.

            Intente incorporar la cabeza, pero no podía, estaba mareado y confuso, traté de situarme, aquello era una habitación y yo estaba sobre una cama, de eso no había ninguna duda, la mujer a mi lado me miraba y esbozo una sonrisa.

- ¿Qué ha pasado?.

- Ya, ya.

            La mujer se levantó y cojeando ostensiblemente, salió de la habitación atravesando una cortina, al poco esta se abrió de nuevo y apareció Tex.

- ¡Hey muchacho!, ¿Qué pasó?, ¡Ya despertaste!.

            Hablaba fuerte, casi me molestaba a los oídos con un  acento mezcla de cubano y mexicano, aunque su aspecto era el contrario a lo que uno esperaría de un cubano, era alto, rubio, con media melena y un poblado bigote, aparentaba tener unos cuarenta años.

- Sí, ¿qué ha pasado?.

            Notaba mi voz débil, todo mi cuerpo me pesaba exageradamente.

- No sé chico, te vi allí tirado en el agua y parecía que tenías mucho frío, aquí Malinda se empeñó en traerte y meterte en su cama, llevas dos días con calentura.

            Me palpé el cuerpo, estaba desnudo, tapado con una sábana.

- ¿Y mi ropa?

- Lleva dos días secándose, oye chico ¿qué hiciste?, ¿Viniste a nado por el río?.

- No, perdí el impermeable y me mojé, ¿es usted Tex?.

- Sí lo soy, ¿cómo carájo sabes mi nombre?.

- Me manda Luis Alfredo, de Puerto Ayacucho, yo me llamo Pedro.

- ¡Cuaaate!, ¡Alfredito!, ¡Qué de bueno!, ¿Y qué pasó, qué se le perdió a ese guache?.

- Nada, yo...

            No podía hablar, me mareaba y unas tremendas náuseas me hicieron empezar a vomitar.

            Los recuerdos de los siguientes días son confusos, Malinda siguió a mi lado, aunque nunca la oí hablar,  de vez en cuando Tex entraba y me atronaba con su vozarrón y poco a poco fui recobrando las fuerzas, sobre todo gracias a los caldos que Malinda me pasaba en una taza; no sé exactamente cuanto tiempo pasé así, quizás tres o cuatro días, pero al fin llegó el momento en que me sentí con fuerzas para levantarme, sobre todo ayudado por la imperiosa necesidad que tenía de ir al servicio.

            Me levanté vacilante, había estado llamando a Malinda y a Tex pero no contestaba nadie, de repente me vi desnudo y busqué mi ropa por la habitación, la encontré encima de un arcón de madera, estaba limpia y seca, aunque un poco arrugada, me puse mis vaqueros y mi camisa de flores y empecé a buscar un servicio, la casa tenía dos habitaciones pequeñas con cama y una desmesuradamente grande que disponía de una cocina o fuego en un rincón, la puerta estaba entreabierta y salí al exterior, un espacioso porche de madera formaba la parte delantera de la casa, aunque más bien parecía un barracón; la impresión fue grande, un sol reluciente inundaba el día, ni una nube en el cielo ensombrecía la magia de la luz, por fin el cielo era azul, los árboles verdes, el sol amarillo, la temperatura agradable, fue como un enérgico reconstituyente.

            Una gran pradera se extendía por delante, bajé del porche para rodear la casa y buscar el servicio, por los alrededores pululaban unas cuantas gallinas, o al menos eso parecían, unas cuantas estaban encima de la caja de un pequeño camión inconfundiblemente americano, la casa era de madera, vieja y descuidada, no había ni rastro de la avioneta que me pareció ver a mi llegada y al fin, a la vuelta del porche encontré una pequeña caseta con lo que necesitaba.

            Poco después me senté en los escalones del porche, a pleno sol, necesitaba ese sol como la comida, quería empaparme en sus rayos y resarcirme de toda la humedad acumulada en mis huesos; así estaba cuando vi aparecer por el sendero la figura inconfundible de Malinda, regordeta, con sus trenzas, cojeando y con una bolsa a cuestas, me dirigí a ella para ayudarla y ella al verme sonrió.

- ¡Malinda!, Deja que te ayude, trae el bolso.

- Ya, ya.

            Ella agarró con fuerza el bolso y no lo soltó.

- Trae que te ayudo.

- Ya, ya.

            No lo soltaba, ni dejaba de sonreír, ni de decir el monótono "ya, ya", lo deje por imposible, la acompañé hasta la casa, vació el bolso en una mesa al lado de la cocina, y la vi que se disponía a encender el fuego, de vez en cuando me miraba, sonreía y...

- Ya, ya.

            En un clavo en la pared estaba colgado mi bolso, lo cogí y salí a fuera, me senté en los escalones y examiné su interior, aparentemente estaba todo, incluidos los ciento noventa y seis dólares que constituían toda mi fortuna, saqué el mapa y lo desplegué sobre la madera, con los ojos seguí el camino que me faltaba por recorrer, era largo, pero si se daba bien y con la colaboración de Tex no sería difícil; estaba pensando en esto cuando un suave rumor empezó a escucharse en el horizonte, el rumor fue creciendo y al poco se convirtió en un rugido de motor, de motor de avión, cuando lo vi estaba prácticamente encima, venía casi rozando las copas de los árboles, pasó por encima de la casa, ganó altura, y después de girar empezó a descender suavemente hacia la explanada, tomó tierra en el extremo opuesto a la casa y con el motor a ralentí se dirigió rodando hacia ella; era una avioneta de mediano tamaño, los laterales y la parte superior estaban pintados de color verde, igual al tono de los árboles, la parte inferior de las alas y del cuerpo estaban pintadas de color azul cielo, no tenía ningún distintivo de bandera o matrícula.

            Se detuvo en un costado de la casa, me levanté y me dirigí hacia el aparato, cuando llegué Tex había descendido y estaba abriendo una compuerta en el costado del avión.

- ¡Hey boy!, ¿Ya sanaste del todo?.

- Me encuentro bastante mejor.

- ¡Pues ayúdame y no te quedes ahí parado chico!.

            Tex había sacado un par de sacos del interior del avión, y llevando uno debajo de cada brazo se dirigía hacia el interior de la casa; me asomé al interior del avión y vi que había unos veinte sacos de tamaño mediano y tres o cuatro bolsas blancas, arrastré uno de los sacos hacia el borde de la compuerta y lo cogí, pesaba demasiado, con él a cuestas y tambaleante me dirigí hacia la puerta de la casa, en el camino me cruce con Tex que regresaba hacia el avión.

-¡Muchaacho!, El caldo de Malinda hace milagros, ¿Viste?.

            Al tiempo que decía esto me dio una palmetada en el hombro, lo cual fue suficiente para hacerme caer al suelo con el saco, éste se abrió y miles y miles de granos de café salieron esparcidos por el suelo.

- ¡Hey!, ¿Qué pasó chico?, ¡Qué carájo! ¡Mira lo que hiciste con el café!.

- ¡Lo siento!, ¡Lo siento!, Perdí el equilibrio.

- ¿Lo siento?, Anda y recoge lo que puedas otra vez en el saco, no me seas carajote.

            Tex continuó descargando sacos y yo recogiendo café del suelo, cuando al fin terminé llevé el saco como pude hasta el interior de la casa, los sacos estaban colocados en el suelo, pegando a una pared y cerca de una mesa larga encima de la cual se encontraban las bolsas blancas. Sentado en una silla Tex se servía una copa, a unos metros Malinda faenaba en el fuego con una cacerola.

- Qué bien huele, cocina muy bien, esta mañana intenté ayudarla a traer la bolsa pero no me dejó, ¿Es su mujer?.

- ¿Quién?, ¿Malinda?, ¡Ja, ja ja, ja ja!.

            La carcajada fue tan sonora como su tono de voz habitual, Malinda se volvió a mirarnos.

- ¡Perdón!, No sé si he dicho algo inconveniente, no quería...

- ¡No pasa nada!, Aún no sé si nos entiende o no quiere entender; Malinda no es mi mujer, vivía en el pueblo de caridad, y cuando yo me instalé aquí empezó a frecuentar y a ayudar sin que yo le dijera nada, al final termino quedándose, ella ayuda en la casa y yo le proporciono un techo y comida, aunque estos últimos días la cama se la has quitado tu.

- ¡Oh!, No sabía...

- ¡Baaa!, No te preocupes, fue cosa suya el traerte, por mí te habrías quedado en el charco, gracias a ti no pude darle al perro sarnoso que me roba las guacharacas; ¿quieres una copa mientras está la comida?.

- No gracias, no bebo.

- Bueeeno chico, y ahorita que ya hablas y estás bien, por qué no me cuentas qué te trajo por acá, y qué se le ofreció al Alfredito.

- Yo lo que quiero es alquilar el avión, bueno exactamente lo que quiero es hacer un viaje en su avión, pagando naturalmente; Luis Alfredo me dijo que usted  podría ayudarme.

- ¡ Cuate!, Eso esta hecho, tú me dices dónde quieres ir y yo te llevo, y más viniendo de parte del compadre Alfredito.

            La alegría me invadía, me levanté como empujado por un resorte y fui a por el mapa, a continuación lo desplegué sobre la mesa al lado de Tex y señalé con el dedo.

- ¡Quiero ir ahí!.

            Tex miró el mapa y luego con cara de sorpresa me miró a mí.

- ¡Oye chico! Ahí no hay nada.

- ¿Cómo que no hay nada?

- Lo que oyes chico, que no hay nada, sólo selva y más selva, no debe de haber ni indios.

- Eso es lo que busco, quiero ir ahí.

- Mira boy, creo que aún no se te pasó la calentura, ¿qué se te perdió en ese sitio?, Ya te he dicho que ahí no hay nada.

- Eso es lo que busco, nada, la esencia misma del ser humano, volver al principio, en una comunión perfecta del hombre con la naturaleza, volviendo a los orígenes de la humanidad misma y liberándome de cualquier atadura con este mundo material que nos atenaza sobre una escala de valores artificial que pasa por alto el más elemental de los derechos del hombre, la vida, ¡la vida con mayúsculas!.

            Tex me miraba fijamente con la boca abierta y cara de asombro.

-¡Chaaaaacho!, Realmente estás como un cencerro, la calentura te afectó más de lo que creía.

- ¡No estoy afectado!, No he recorrido miles de kilómetros para que me digan que estoy afectado o con la cabeza mal, sólo quiero contratar un viaje, lo pago y ya está.

- Mira Boy, si lo que quieres es suicidarte, no hace falta que malgastes tu dinero y me hagas perder el tiempo, en Samariapo hay un bonito puente sobre el Orinoco, te vas allí, te subes, y te tiras, si no te mueres del primer golpe las Pirañas acabaran contigo en unos minutos, te aseguro que es una muerte mucho mas digna  que la que buscas, mucha gente lo hace, de verdad, y  en cuanto al dinero..., bueeeno me lo puedes dar igualmente, no te servirá de mucho en el río.

- ¡Ya conozco el puente!, Y el río, ¡Y hasta a los suicidas!, Pero yo no quiero suicidarme, sólo  contratar un viaje.

- Pues equivocaste la agencia chico, ahí no se puede ni aterrizar, ¿cómo carájo quieres llegar?.

- No hace falta aterrizar, se trata de volar hasta el sitio indicado y cuando llegue, saltaré en paracaídas.

-¡Gua!, ¿En paracaídas?, Muchaacho, realmente estas mal, ¡Pobre!, Malinda deberíamos llamar al Doctor.

-Ya, ya.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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