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Capítulo
XI
Fue horrible, nunca lo olvidaré, vestida únicamente
con una falda de hojas y luciendo un lazo rosa sobre el pelo,
Bea me miraba con ojos furibundos.
- Si es que no puede ser no puede ser tú crees que se puede
ir así con esa facha la camisa mojada los pantalones llenos
de barro y los zapatos ¿cuándo te limpias los zapatos? Qué
vergüenza Dios mío que vergüenza igualito que Juan ése sí
que es un hombre siempre tan educado hecho un pincel Pepi
sí que ha tenido suerte pero yo ¿a dónde voy con esto? No
me lo niegues que si que mucha selva y lo que tú quieras pero
no hace falta ponerse hecho un guarro que eso es lo que eres
un guarro porque con un poco de cuidado...
No lo aguantaba, tenía que deshacerme de ella
y empecé a correr, a correr muy deprisa entre la espesura,
Bea me seguía saltando de árbol en árbol colgada de las lianas,
como un Tarzán surrealista.
- ¡Pedri guarro!, ¡Pedri no te manches!, ¡Pedri los zapatooos!.
Corría y corría sin parar, hasta que de repente
un árbol frenó mi carrera en seco, el golpe fue bestial y
caí de espaldas al suelo.
- ¡Pedri cojones!, ¿Pero es que no puedes mirar por dónde
vas?.
El árbol me hablaba al tiempo que se agachaba
hacia mí, sí, lo vi, era mi padre, el árbol tenía la cara
de mi padre y me gritaba.
- ¡Un inútil!, Eso es lo que eres, por no decirte otra cosa,
aquí me tienes a mí, a tu edad con dos ascensos, una vida
de trabajo y firmemente asentado, ¿y tú qué?, ¿Eh?, ¡Nada!,
No tienes nada, ni siquiera sabes andar por la selva y todo
por no hacerme caso, porque con honradez y trabajo todo se...
- ¡Pedri guarro!, ¡Mira qué zapatos llevas!, ¡Y cómo te has
puesto el pantalón!.
- ¡Nooooooooo!
- ¡Eh!, Ya, ya.
Abrí los ojos y vi el rostro moreno de una mujer,
iba peinada con dos trenzas de pelo muy negro, la mirada serena,
la cara redonda y surcada con algunas arrugas cerca de los
ojos; con mucha suavidad iba poniéndome un paño húmedo sobre
la frente.
- ¿Qué pasa?, ¿Qué es esto?, ¿Dónde estoy?.
- Ya, ya, ya.
Intente incorporar la cabeza, pero no podía,
estaba mareado y confuso, traté de situarme, aquello era una
habitación y yo estaba sobre una cama, de eso no había ninguna
duda, la mujer a mi lado me miraba y esbozo una sonrisa.
- ¿Qué ha pasado?.
- Ya, ya.
La mujer se levantó y cojeando ostensiblemente,
salió de la habitación atravesando una cortina, al poco esta
se abrió de nuevo y apareció Tex.
- ¡Hey muchacho!, ¿Qué pasó?, ¡Ya despertaste!.
Hablaba fuerte, casi me molestaba a los oídos
con un acento mezcla de cubano y mexicano, aunque su aspecto
era el contrario a lo que uno esperaría de un cubano, era
alto, rubio, con media melena y un poblado bigote, aparentaba
tener unos cuarenta años.
- Sí, ¿qué ha pasado?.
Notaba mi voz débil, todo mi cuerpo me pesaba
exageradamente.
- No sé chico, te vi allí tirado en el agua y parecía que
tenías mucho frío, aquí Malinda se empeñó en traerte y meterte
en su cama, llevas dos días con calentura.
Me palpé el cuerpo, estaba desnudo, tapado con
una sábana.
- ¿Y mi ropa?
- Lleva dos días secándose, oye chico ¿qué hiciste?, ¿Viniste
a nado por el río?.
- No, perdí el impermeable y me mojé, ¿es usted Tex?.
- Sí lo soy, ¿cómo carájo sabes mi nombre?.
- Me manda Luis Alfredo, de Puerto Ayacucho, yo me llamo
Pedro.
- ¡Cuaaate!, ¡Alfredito!, ¡Qué de bueno!, ¿Y qué pasó, qué
se le perdió a ese guache?.
- Nada, yo...
No podía hablar, me mareaba y unas tremendas
náuseas me hicieron empezar a vomitar.
Los recuerdos de los siguientes días son confusos,
Malinda siguió a mi lado, aunque nunca la oí hablar, de vez
en cuando Tex entraba y me atronaba con su vozarrón y poco
a poco fui recobrando las fuerzas, sobre todo gracias a los
caldos que Malinda me pasaba en una taza; no sé exactamente
cuanto tiempo pasé así, quizás tres o cuatro días, pero al
fin llegó el momento en que me sentí con fuerzas para levantarme,
sobre todo ayudado por la imperiosa necesidad que tenía de
ir al servicio.
Me levanté vacilante, había estado llamando a
Malinda y a Tex pero no contestaba nadie, de repente me vi
desnudo y busqué mi ropa por la habitación, la encontré encima
de un arcón de madera, estaba limpia y seca, aunque un poco
arrugada, me puse mis vaqueros y mi camisa de flores y empecé
a buscar un servicio, la casa tenía dos habitaciones pequeñas
con cama y una desmesuradamente grande que disponía de una
cocina o fuego en un rincón, la puerta estaba entreabierta
y salí al exterior, un espacioso porche de madera formaba
la parte delantera de la casa, aunque más bien parecía un
barracón; la impresión fue grande, un sol reluciente inundaba
el día, ni una nube en el cielo ensombrecía la magia de la
luz, por fin el cielo era azul, los árboles verdes, el sol
amarillo, la temperatura agradable, fue como un enérgico reconstituyente.
Una gran pradera se extendía por delante, bajé
del porche para rodear la casa y buscar el servicio, por los
alrededores pululaban unas cuantas gallinas, o al menos eso
parecían, unas cuantas estaban encima de la caja de un pequeño
camión inconfundiblemente americano, la casa era de madera,
vieja y descuidada, no había ni rastro de la avioneta que
me pareció ver a mi llegada y al fin, a la vuelta del porche
encontré una pequeña caseta con lo que necesitaba.
Poco después me senté en los escalones del porche,
a pleno sol, necesitaba ese sol como la comida, quería empaparme
en sus rayos y resarcirme de toda la humedad acumulada en
mis huesos; así estaba cuando vi aparecer por el sendero la
figura inconfundible de Malinda, regordeta, con sus trenzas,
cojeando y con una bolsa a cuestas, me dirigí a ella para
ayudarla y ella al verme sonrió.
- ¡Malinda!, Deja que te ayude, trae el bolso.
- Ya, ya.
Ella agarró con fuerza el bolso y no lo soltó.
- Trae que te ayudo.
- Ya, ya.
No lo soltaba, ni dejaba de sonreír, ni de decir
el monótono "ya, ya", lo deje por imposible, la
acompañé hasta la casa, vació el bolso en una mesa al lado
de la cocina, y la vi que se disponía a encender el fuego,
de vez en cuando me miraba, sonreía y...
- Ya, ya.
En un clavo en la pared estaba colgado mi bolso,
lo cogí y salí a fuera, me senté en los escalones y examiné
su interior, aparentemente estaba todo, incluidos los ciento
noventa y seis dólares que constituían toda mi fortuna, saqué
el mapa y lo desplegué sobre la madera, con los ojos seguí
el camino que me faltaba por recorrer, era largo, pero si
se daba bien y con la colaboración de Tex no sería difícil;
estaba pensando en esto cuando un suave rumor empezó a escucharse
en el horizonte, el rumor fue creciendo y al poco se convirtió
en un rugido de motor, de motor de avión, cuando lo vi estaba
prácticamente encima, venía casi rozando las copas de los
árboles, pasó por encima de la casa, ganó altura, y después
de girar empezó a descender suavemente hacia la explanada,
tomó tierra en el extremo opuesto a la casa y con el motor
a ralentí se dirigió rodando hacia ella; era una avioneta
de mediano tamaño, los laterales y la parte superior estaban
pintados de color verde, igual al tono de los árboles, la
parte inferior de las alas y del cuerpo estaban pintadas de
color azul cielo, no tenía ningún distintivo de bandera o
matrícula.
Se detuvo en un costado de la casa, me levanté
y me dirigí hacia el aparato, cuando llegué Tex había descendido
y estaba abriendo una compuerta en el costado del avión.
- ¡Hey boy!, ¿Ya sanaste del todo?.
- Me encuentro bastante mejor.
- ¡Pues ayúdame y no te quedes ahí parado chico!.
Tex había sacado un par de sacos del interior
del avión, y llevando uno debajo de cada brazo se dirigía
hacia el interior de la casa; me asomé al interior del avión
y vi que había unos veinte sacos de tamaño mediano y tres
o cuatro bolsas blancas, arrastré uno de los sacos hacia el
borde de la compuerta y lo cogí, pesaba demasiado, con él
a cuestas y tambaleante me dirigí hacia la puerta de la casa,
en el camino me cruce con Tex que regresaba hacia el avión.
-¡Muchaacho!, El caldo de Malinda hace milagros, ¿Viste?.
Al tiempo que decía esto me dio una palmetada
en el hombro, lo cual fue suficiente para hacerme caer al
suelo con el saco, éste se abrió y miles y miles de granos
de café salieron esparcidos por el suelo.
- ¡Hey!, ¿Qué pasó chico?, ¡Qué carájo! ¡Mira lo que hiciste
con el café!.
- ¡Lo siento!, ¡Lo siento!, Perdí el equilibrio.
- ¿Lo siento?, Anda y recoge lo que puedas otra vez en el
saco, no me seas carajote.
Tex continuó descargando sacos y yo recogiendo
café del suelo, cuando al fin terminé llevé el saco como pude
hasta el interior de la casa, los sacos estaban colocados
en el suelo, pegando a una pared y cerca de una mesa larga
encima de la cual se encontraban las bolsas blancas. Sentado
en una silla Tex se servía una copa, a unos metros Malinda
faenaba en el fuego con una cacerola.
- Qué bien huele, cocina muy bien, esta mañana intenté ayudarla
a traer la bolsa pero no me dejó, ¿Es su mujer?.
- ¿Quién?, ¿Malinda?, ¡Ja, ja ja, ja ja!.
La carcajada fue tan sonora como su tono de voz
habitual, Malinda se volvió a mirarnos.
- ¡Perdón!, No sé si he dicho algo inconveniente, no quería...
- ¡No pasa nada!, Aún no sé si nos entiende o no quiere entender;
Malinda no es mi mujer, vivía en el pueblo de caridad, y cuando
yo me instalé aquí empezó a frecuentar y a ayudar sin que
yo le dijera nada, al final termino quedándose, ella ayuda
en la casa y yo le proporciono un techo y comida, aunque estos
últimos días la cama se la has quitado tu.
- ¡Oh!, No sabía...
- ¡Baaa!, No te preocupes, fue cosa suya el traerte, por
mí te habrías quedado en el charco, gracias a ti no pude darle
al perro sarnoso que me roba las guacharacas; ¿quieres una
copa mientras está la comida?.
- No gracias, no bebo.
- Bueeeno chico, y ahorita que ya hablas y estás bien, por
qué no me cuentas qué te trajo por acá, y qué se le ofreció
al Alfredito.
- Yo lo que quiero es alquilar el avión, bueno exactamente
lo que quiero es hacer un viaje en su avión, pagando naturalmente;
Luis Alfredo me dijo que usted podría ayudarme.
- ¡ Cuate!, Eso esta hecho, tú me dices dónde quieres ir
y yo te llevo, y más viniendo de parte del compadre Alfredito.
La alegría me invadía, me levanté como empujado
por un resorte y fui a por el mapa, a continuación lo desplegué
sobre la mesa al lado de Tex y señalé con el dedo.
- ¡Quiero ir ahí!.
Tex miró el mapa y luego con cara de sorpresa
me miró a mí.
- ¡Oye chico! Ahí no hay nada.
- ¿Cómo que no hay nada?
- Lo que oyes chico, que no hay nada, sólo selva y más selva,
no debe de haber ni indios.
- Eso es lo que busco, quiero ir ahí.
- Mira boy, creo que aún no se te pasó la calentura, ¿qué
se te perdió en ese sitio?, Ya te he dicho que ahí no hay
nada.
- Eso es lo que busco, nada, la esencia misma del ser humano,
volver al principio, en una comunión perfecta del hombre con
la naturaleza, volviendo a los orígenes de la humanidad misma
y liberándome de cualquier atadura con este mundo material
que nos atenaza sobre una escala de valores artificial que
pasa por alto el más elemental de los derechos del hombre,
la vida, ¡la vida con mayúsculas!.
Tex me miraba fijamente con la boca abierta y
cara de asombro.
-¡Chaaaaacho!, Realmente estás como un cencerro, la calentura
te afectó más de lo que creía.
- ¡No estoy afectado!, No he recorrido miles de kilómetros
para que me digan que estoy afectado o con la cabeza mal,
sólo quiero contratar un viaje, lo pago y ya está.
- Mira Boy, si lo que quieres es suicidarte, no hace falta
que malgastes tu dinero y me hagas perder el tiempo, en Samariapo
hay un bonito puente sobre el Orinoco, te vas allí, te subes,
y te tiras, si no te mueres del primer golpe las Pirañas acabaran
contigo en unos minutos, te aseguro que es una muerte mucho
mas digna que la que buscas, mucha gente lo hace, de verdad,
y en cuanto al dinero..., bueeeno me lo puedes dar igualmente,
no te servirá de mucho en el río.
- ¡Ya conozco el puente!, Y el río, ¡Y hasta a los suicidas!,
Pero yo no quiero suicidarme, sólo contratar un viaje.
- Pues equivocaste la agencia chico, ahí no se puede ni aterrizar,
¿cómo carájo quieres llegar?.
- No hace falta aterrizar, se trata de volar hasta el sitio
indicado y cuando llegue, saltaré en paracaídas.
-¡Gua!, ¿En paracaídas?, Muchaacho, realmente estas mal,
¡Pobre!, Malinda deberíamos llamar al Doctor.
-Ya, ya.
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