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Antonio Arévalo Cruz



Capítulo X

            El autobús era una pieza de museo en movimiento, aprovechado al máximo en su interior y exterior inició perezosamente el camino, el compartimento de equipajes y el techo del vehículo iban atestados de grandes bolsas, paquetes y maletas, y en su interior una pequeña multitud llenaba los asientos y parte del pasillo, parecía increíble que necesitaran tantas cosas para desplazarse; mi impermeable y mi bolso de flecos en bandolera constituían todo mi equipaje. Había logrado pillar un asiento pegado a la ventanilla, el día tenía un aspecto plomizo, pero por una vez no estaba lloviendo, al fin veía el campo, la vegetación, grandes árboles flanqueaban la carretera y una tupida maraña verde se extendía entre los troncos, de vez en cuando, algún claro permitía ampliar un poco el horizonte descubriendo grandes charcos y terreno fangoso, a lo lejos a la izquierda una cadena de montañas discurría paralela a la carretera,  bueno, aquello ya iba pareciéndose a la selva, sólo faltaba un poco de sol para poder apreciarlo en todo su esplendor.

            En el autobús, un suave murmullo de conversaciones ininteligibles competía con el ruido del motor, presté un poco de atención pero no conseguía entender nada, hablaban suavemente, sin estridencias, pero, aquello no era castellano, o si lo era estaba tan desvirtuado que era imposible entender nada.

            El viaje transcurría monótono, sólo de vez en cuando se dejaba ver el río a través de la espesura, asemejándose más a un pantano que a un río, era evidente que en algunos tramos estaba desbordado; cada poco tiempo el autobús paraba al borde de la carretera y subían o bajaban algunas personas, esto demoraba bastante el viaje, pues se organizaba un considerable lío de paquetes y bolsas en cada parada ya que cada persona llevaba dos o tres paquetes, era parecido a ir en el 27 en vísperas de Navidad, pero cambiando la Castellana por la Selva.

            El viaje se hizo largo, casi interminable,  cuando a media tarde llegamos a Samariapo, estaba cansado de estar tanto tiempo sentado, fue una liberación bajar de aquel autobús, tenía ganas de estirarme y pasear; la temperatura era agradable y no llovía, así que decidí recorrer el pueblo, era pequeño, sólo una calle principal y cuatro o cinco calles secundarias. Una cosa me llamó la atención, la poca gente con la que me cruzaba no me hacía el menor caso, había tenido el temor de que sería observado como un bicho raro, pero cada cual iba a lo suyo, el único que miraba embobado era yo.

            Me quité el impermeable, no llovía y daba calor, así que lo puse sobre el bolso que llevaba en bandolera, seguí caminando por la calle más amplia y cuando estaba casi al final de la misma, vi a la derecha al final de otra calle, un puente sobre el río, me dirigí hacia él, el río era inmenso, se distinguían dos o tres islas, nada que ver con el Manzanares, desde lo alto del puente veía discurrir las rojas aguas del Orinoco bajo de mí, el espectáculo era grandioso y durante unos minutos permanecí extasiado, observando el paisaje; de reojo noté a una persona que se dirigía por mi derecha hacia el centro del puente, lo miré con mas detenimiento, vestía una camisola blanca, la cabeza baja, y pasó junto a mí con paso decidido y el gesto serio, una vez alcanzó el centro del puente a unos cinco o diez metros de donde me encontraba, saltó la barandilla y se quedó en el borde sujetándose por la espalda a los barrotes, no lo pude evitar.

- ¿Pero, qué hace?.

            El desconocido, me miró sorprendido mientras me dirigía hacia él.

- ¿Qué hace?, ¡Se va a caer!.

            Fue cuestión de segundos, no sé exactamente cómo lo hice, pero conseguí sujetarlo por el cuello, el individuo se resistía con fuerza y gritaba cosas que no entendía, a la derecha, al comienzo del puente unas cuatro personas observaban la escena, levanté la mano para pedir ayuda y él se revolvió enganchando el impermeable que cayó hacia el río, los cuatro espectadores de la orilla comenzaron a silbar y a hacer gestos con las manos, pero no se movían.

            La situación era angustiosa, no entendía nada de lo que el individuo decía y nadie acudía a socorrerme; duró poco, un certero codazo en mi mejilla derecha me hizo soltarlo y caí hacia atrás, noté cómo en segundos se me inflamaba la cara, el hombre volvió a saltar la valla hacia dentro del puente y con los ojos rojos de ira no paraba de chillarme, se colocó bien la camisa y con peor cara que con la que había llegado se dirigió hacia la orilla derecha; yo seguía sin entender nada, en la orilla los espectadores le recibieron con palmadas en la espalda y se fueron calle abajo, estaban todos locos.

            Me levanté y me coloqué bien la ropa, la cara no me dolía, pero me notaba una fuerte hinchazón que hacía que el pómulo me rozara con las gafas, faltaba poco para que empezara a anochecer, así que retorné hacia el pueblo con la intención de buscar algún sitio donde dormir, al día siguiente buscaría transporte para Morganito.

            Después de preguntar fui a parar a una Posada, era una casa amplia, de un sólo piso, con un porche de madera que ocupaba toda la fachada, sentada junto a la puerta una señora desplumaba una gallina.

- Buenas tardes, ¿ésta es la posada?.

- Bueeeno, sí lo es.

            La señora me miraba con cierta desconfianza.

- ¿Que precio tiene?.

- Un dólar diario por adelantado, pero no quiero peleas ni gente pendenciera por aquí.

- ¡Oh! No se preocupe, esto del ojo ha sido de un golpe que me he dado, no se preocupe.

            Me pareció barato, así que abrí el bolso para sacar un dólar y mi estómago pegó un vuelco, supongo que perdí el poco color que quedaba en mi cara.

-¿Qué pasoo muchacho?, ¿Te pareció muy caro?, Si quieres algo más barato ahí tienes la calle.

- No nada, tenga un dólar, está bien.

            La mujer se levantó pesadamente de la silla y me indicó que la siguiera, tras pasar unos metros de pasillo abrió una cortina y me enseñó mi "habitación", cuatro paredes y un camastro sin sábanas ni nada parecido.

- ¿Y la ducha?.

- ¿La du... qué?

- La ducha, para lavarse.

- ¡Ah!, Ven por aquí.

            Me condujo por el pasillo hacia un patio interior en el que había una pila con agua, en un rincón tras una mampara se adivinaba una letrina, más por el olor que por la vista.

- Aquí tiene, buscaba esto ¿No?.

- Sí, vale, vale, gracias.

            Me fui a la habitación, tenía que confirmar mis temores, me senté en el camastro y abrí el bolso, el libro aún envuelto, el encendedor, el mapa, la navaja, medio bocadillo, el pasaporte y...  ciento noventa y seis dólares, no podía ser, me faltaban más de mil dólares, era mi ruina y mi perdición, aún tenía que alquilar el avión y tenía menos de doscientos dólares; traté de serenarme y reflexionar, no lo podía haber perdido, me debían haber robado en el autobús, o quizás, ¡sí!, En el impermeable, lo había metido en un bolsillo del impermeable, y ahora estaba en el río, salí corriendo a la calle y me dirigí hacia el puente, llegue sofocado y allí no había nada, sólo el puente y el río, no había nada que hacer.

            Me pesaban las piernas, de vuelta a la posada no paraba de dar vueltas a la cabeza, ciento noventa y seis dólares, menos de doce mil pesetas, quizás fuera suficiente, pero trastocaba totalmente mis planes; al pasar al lado de una ventana me vi de reojo, me detuve y miré con más atención, ciertamente dejaba bastante que desear, un gran moratón se distinguía en la mejilla derecha, notaba su roce con las gafas, pero no lo había visto hasta entonces, llevaba dos días sin afeitarme y la barba ya empezaba a notarse, no sé si era mi estado de ánimo, pero me veía mal, muy mal, tenía la sensación de que la situación se me iba de las manos, casi todo salía mal, no pedía tanto, en realidad no pedía nada, pero incluso para llegar a la nada todo eran obstáculos, la lluvia iba arreciando, pero las piernas pesaban enormemente, poco a poco me iba calando y cuando finalmente llegué a la posada, estaba completamente mojado.

            ¿Qué había conseguido?, Nada, estaba a miles de kilómetros de mi casa, casi sin dinero, calado hasta los huesos y ni siquiera una toalla para secarme, me senté en el camastro, tenía ganas de llorar y al final lloré, lloré hasta quedarme dormido.

            Cuando desperté estaba tiritando de frío y la primera luz de la mañana comenzaba a entrar por el ventanuco de la habitación, la camisa y los pantalones aún estaban húmedos, en realidad todo mi cuerpo rezumaba humedad, mentalmente repasé mi situación, ¿qué iba a hacer?, ¿Abandonar?, ¿Continuar?; Una corriente de aire entró por la ventana y con ella un olor indescriptible, a verde, a flores, dulce, amargo, húmedo, a vida..., eso bastó para sacarme de dudas, continuaría hasta el final, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.

- Por favor, ¿Me puede decir como puedo ir a Morganito?

            La señora me miró con cara de sorpresa.

- Tienes peor cara que ayer, ¿Qué pasó chico?.

- No me pasa nada, quiero ir a Morganito y me gustaría saber cómo se va.

- Pues se va por el camino, primero El Venado y luego Morganito, pero no me gusta nada esa cara chico.

- Ya sé que se va por un camino, pero dónde se coge el autobús o lo que sea para ir allí.

- No hay bus chico, el bus termina en Samariapo, se va por el camino o se va por el río, pero el río va muy lleno así que se va por el camino.

- Y, ¿Dónde está el camino?.

- Mira chico, con este tiempo el camino esta muy malo y tienes mala cara por qué no esperas unos días, si quieres te abarato el precio estás todo mojado.

- Estoy perfectamente, dígame dónde esta el camino y ya está.

- Bueeeno chico, no te me sofoques, allá tu, sigue la calle principal, todo seguido hacia abajo no tiene perdida.

            Efectivamente no tenía perdida, a la salida del pueblo la calle se convertía en un camino que se internaba entre la vegetación, era amplio, pero la altura de los árboles que lo flanqueaban hacía que resultase angosto a la vista y diese una cierta sensación de agobio, el suelo estaba embarrado y en algunos tramos, grandes charcos cubrían todo el camino, recuerdo que iba obcecado, con una sola obsesión, tenía que llegar no sabía muy bien a dónde pero tenía que llegar, llegó un momento en que los pies estaban completamente calados, mis zapatos negros nuevos no resistían muy bien un camino embarrado, afortunadamente no llovía  pero la humedad estaba en todo, no sé cuánto tiempo caminé pero no hice otra cosa en todo el día, no paré para comer, no tenía hambre, sólo caminar y caminar, los pies me dolían y los notaba hinchados de agua dentro de los zapatos.

            A la vuelta de un recodo se dejaron ver unas casas, más bien parecían barracones, debía ser El Venado no lo sé, tampoco lo pregunté, mi única obsesión era caminar, caminar y llegar, no abandoné el camino, los pies ya no dolían simplemente no los sentía y un sudor frío empezó a correr por mis sienes. No fui yo conscientemente, fue mi cuerpo el que dijo ¡basta!, Y en el borde del camino caí extenuado, no recuerdo nada más.

            Cuando desperté estaba lloviendo, completamente empapado y con la ropa llena de barro me levanté del suelo, entre tiritones miré el reloj, marcaba las doce y media  pero estaba parado, hacía por lo menos dos días que no le había dado cuerda, no podía quedarme allí de aquella manera así que seguí caminando, bajo la lluvia, lentamente pero sin parar continué el camino, una hora, dos, no sé cuánto tiempo; cuando llegué a las casas de Morganito ya no llovía, dos mujeres  que salían de una casa se volvieron a meter precipitadamente cuando me vieron por la calle. Y al instante un hombre bigotudo con una escopeta hizo su aparición.

- ¿Qué se le perdió por aquí amigo?

- Busco a Tex...

            Me di cuenta de que la voz me salía débil, no me parecía que fuera yo el que estaba hablando.

- Tire por ahí, a la vuelta de esa casa, continúe por la senda y lo encontrará.

- Gracias.

            La voz no me salía, me encontraba realmente mal, tenía mucho frío, a mi mente venía mi cama, mi litera, la manta; mientras me observaban continué a paso renqueante hacia el sendero, este se internaba entre la maleza y tras andar unos minutos un gran claro se abrió ante mí, una gran explanada con un barracón en un extremo y a su lado una avioneta de color verde, ¡había llegado!.

            De repente vi un perro que a toda velocidad se dirigía hacia mí, me quedé paralizado. Por la puerta del barracón apareció un hombre armado con una escopeta gritando desaforadamente.

-¡Cuate!, ¡Mal nacido!, ¡Te convertiré en longaniza!, ¡Ven aquí bestiajo de mierda!.

            Sonaron dos disparos, yo levanté mis manos y cerré los ojos al tiempo que el perro al cruzarse conmigo me hizo perder el equilibrio y caí a un charco; el hombre armado llegó a donde estaba yo.

- ¡Perro huevón!, Ya te pillaré.

            Desde mi charco, levante la cabeza.

- ¿Es usted Tex?.

- Sí lo soy, ¿Qué pasó?

- No nada.

            Y perdí el conocimiento.



 

 



  Obras de este autor

Crónica de una ilusión

· Capítulo I
· Capítulo II

· Capítulo III
· Capítulo IV
· Capítulo V
· Capítulo VI
· Capítulo VII

· Capítulo VIII
· Capítulo IX
· Capítulo X

· Capítulo XI
· Capítulo XII

· Capítulo XIII
· Capítulo XIV
· Capítulo XV
· Capítulo XVI
· Capítulo XVII

· Capítulo XVIII
· Capítulo XIX
· Capítulo XX
· Capítulo XXI
· Capítulo XXII

· Epílogo


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  Autores

· Arévalo Cruz, Antonio
·
Eusse López, Luz Elena
·
León Burgos, Miguel
·
Loshuertos Caldentey, Luis

 

 

 


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