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Capítulo
X
El autobús era una pieza de museo en movimiento,
aprovechado al máximo en su interior y exterior inició perezosamente
el camino, el compartimento de equipajes y el techo del vehículo
iban atestados de grandes bolsas, paquetes y maletas, y en
su interior una pequeña multitud llenaba los asientos y parte
del pasillo, parecía increíble que necesitaran tantas cosas
para desplazarse; mi impermeable y mi bolso de flecos en bandolera
constituían todo mi equipaje. Había logrado pillar un asiento
pegado a la ventanilla, el día tenía un aspecto plomizo, pero
por una vez no estaba lloviendo, al fin veía el campo, la
vegetación, grandes árboles flanqueaban la carretera y una
tupida maraña verde se extendía entre los troncos, de vez
en cuando, algún claro permitía ampliar un poco el horizonte
descubriendo grandes charcos y terreno fangoso, a lo lejos
a la izquierda una cadena de montañas discurría paralela a
la carretera, bueno, aquello ya iba pareciéndose a la selva,
sólo faltaba un poco de sol para poder apreciarlo en todo
su esplendor.
En el autobús, un suave murmullo de conversaciones
ininteligibles competía con el ruido del motor, presté un
poco de atención pero no conseguía entender nada, hablaban
suavemente, sin estridencias, pero, aquello no era castellano,
o si lo era estaba tan desvirtuado que era imposible entender
nada.
El viaje transcurría monótono, sólo de vez en
cuando se dejaba ver el río a través de la espesura, asemejándose
más a un pantano que a un río, era evidente que en algunos
tramos estaba desbordado; cada poco tiempo el autobús paraba
al borde de la carretera y subían o bajaban algunas personas,
esto demoraba bastante el viaje, pues se organizaba un considerable
lío de paquetes y bolsas en cada parada ya que cada persona
llevaba dos o tres paquetes, era parecido a ir en el 27 en
vísperas de Navidad, pero cambiando la Castellana por la Selva.
El viaje se hizo largo, casi interminable, cuando
a media tarde llegamos a Samariapo, estaba cansado de estar
tanto tiempo sentado, fue una liberación bajar de aquel autobús,
tenía ganas de estirarme y pasear; la temperatura era agradable
y no llovía, así que decidí recorrer el pueblo, era pequeño,
sólo una calle principal y cuatro o cinco calles secundarias.
Una cosa me llamó la atención, la poca gente con la que me
cruzaba no me hacía el menor caso, había tenido el temor de
que sería observado como un bicho raro, pero cada cual iba
a lo suyo, el único que miraba embobado era yo.
Me quité el impermeable, no llovía y daba calor,
así que lo puse sobre el bolso que llevaba en bandolera, seguí
caminando por la calle más amplia y cuando estaba casi al
final de la misma, vi a la derecha al final de otra calle,
un puente sobre el río, me dirigí hacia él, el río era inmenso,
se distinguían dos o tres islas, nada que ver con el Manzanares,
desde lo alto del puente veía discurrir las rojas aguas del
Orinoco bajo de mí, el espectáculo era grandioso y durante
unos minutos permanecí extasiado, observando el paisaje; de
reojo noté a una persona que se dirigía por mi derecha hacia
el centro del puente, lo miré con mas detenimiento, vestía
una camisola blanca, la cabeza baja, y pasó junto a mí con
paso decidido y el gesto serio, una vez alcanzó el centro
del puente a unos cinco o diez metros de donde me encontraba,
saltó la barandilla y se quedó en el borde sujetándose por
la espalda a los barrotes, no lo pude evitar.
- ¿Pero, qué hace?.
El desconocido, me miró sorprendido mientras
me dirigía hacia él.
- ¿Qué hace?, ¡Se va a caer!.
Fue cuestión de segundos, no sé exactamente cómo
lo hice, pero conseguí sujetarlo por el cuello, el individuo
se resistía con fuerza y gritaba cosas que no entendía, a
la derecha, al comienzo del puente unas cuatro personas observaban
la escena, levanté la mano para pedir ayuda y él se revolvió
enganchando el impermeable que cayó hacia el río, los cuatro
espectadores de la orilla comenzaron a silbar y a hacer gestos
con las manos, pero no se movían.
La situación era angustiosa, no entendía nada
de lo que el individuo decía y nadie acudía a socorrerme;
duró poco, un certero codazo en mi mejilla derecha me hizo
soltarlo y caí hacia atrás, noté cómo en segundos se me inflamaba
la cara, el hombre volvió a saltar la valla hacia dentro del
puente y con los ojos rojos de ira no paraba de chillarme,
se colocó bien la camisa y con peor cara que con la que había
llegado se dirigió hacia la orilla derecha; yo seguía sin
entender nada, en la orilla los espectadores le recibieron
con palmadas en la espalda y se fueron calle abajo, estaban
todos locos.
Me levanté y me coloqué bien la ropa, la cara
no me dolía, pero me notaba una fuerte hinchazón que hacía
que el pómulo me rozara con las gafas, faltaba poco para que
empezara a anochecer, así que retorné hacia el pueblo con
la intención de buscar algún sitio donde dormir, al día siguiente
buscaría transporte para Morganito.
Después de preguntar fui a parar a una Posada,
era una casa amplia, de un sólo piso, con un porche de madera
que ocupaba toda la fachada, sentada junto a la puerta una
señora desplumaba una gallina.
- Buenas tardes, ¿ésta es la posada?.
- Bueeeno, sí lo es.
La señora me miraba con cierta desconfianza.
- ¿Que precio tiene?.
- Un dólar diario por adelantado, pero no quiero peleas ni
gente pendenciera por aquí.
- ¡Oh! No se preocupe, esto del ojo ha sido de un golpe que
me he dado, no se preocupe.
Me pareció barato, así que abrí el bolso para
sacar un dólar y mi estómago pegó un vuelco, supongo que perdí
el poco color que quedaba en mi cara.
-¿Qué pasoo muchacho?, ¿Te pareció muy caro?, Si quieres
algo más barato ahí tienes la calle.
- No nada, tenga un dólar, está bien.
La mujer se levantó pesadamente de la silla y
me indicó que la siguiera, tras pasar unos metros de pasillo
abrió una cortina y me enseñó mi "habitación", cuatro
paredes y un camastro sin sábanas ni nada parecido.
- ¿Y la ducha?.
- ¿La du... qué?
- La ducha, para lavarse.
- ¡Ah!, Ven por aquí.
Me condujo por el pasillo hacia un patio interior
en el que había una pila con agua, en un rincón tras una mampara
se adivinaba una letrina, más por el olor que por la vista.
- Aquí tiene, buscaba esto ¿No?.
- Sí, vale, vale, gracias.
Me fui a la habitación, tenía que confirmar mis
temores, me senté en el camastro y abrí el bolso, el libro
aún envuelto, el encendedor, el mapa, la navaja, medio bocadillo,
el pasaporte y... ciento noventa y seis dólares, no podía
ser, me faltaban más de mil dólares, era mi ruina y mi perdición,
aún tenía que alquilar el avión y tenía menos de doscientos
dólares; traté de serenarme y reflexionar, no lo podía haber
perdido, me debían haber robado en el autobús, o quizás, ¡sí!,
En el impermeable, lo había metido en un bolsillo del impermeable,
y ahora estaba en el río, salí corriendo a la calle y me dirigí
hacia el puente, llegue sofocado y allí no había nada, sólo
el puente y el río, no había nada que hacer.
Me pesaban las piernas, de vuelta a la posada
no paraba de dar vueltas a la cabeza, ciento noventa y seis
dólares, menos de doce mil pesetas, quizás fuera suficiente,
pero trastocaba totalmente mis planes; al pasar al lado de
una ventana me vi de reojo, me detuve y miré con más atención,
ciertamente dejaba bastante que desear, un gran moratón se
distinguía en la mejilla derecha, notaba su roce con las gafas,
pero no lo había visto hasta entonces, llevaba dos días sin
afeitarme y la barba ya empezaba a notarse, no sé si era mi
estado de ánimo, pero me veía mal, muy mal, tenía la sensación
de que la situación se me iba de las manos, casi todo salía
mal, no pedía tanto, en realidad no pedía nada, pero incluso
para llegar a la nada todo eran obstáculos, la lluvia iba
arreciando, pero las piernas pesaban enormemente, poco a poco
me iba calando y cuando finalmente llegué a la posada, estaba
completamente mojado.
¿Qué había conseguido?, Nada, estaba a miles
de kilómetros de mi casa, casi sin dinero, calado hasta los
huesos y ni siquiera una toalla para secarme, me senté en
el camastro, tenía ganas de llorar y al final lloré, lloré
hasta quedarme dormido.
Cuando desperté estaba tiritando de frío y la
primera luz de la mañana comenzaba a entrar por el ventanuco
de la habitación, la camisa y los pantalones aún estaban húmedos,
en realidad todo mi cuerpo rezumaba humedad, mentalmente repasé
mi situación, ¿qué iba a hacer?, ¿Abandonar?, ¿Continuar?;
Una corriente de aire entró por la ventana y con ella un olor
indescriptible, a verde, a flores, dulce, amargo, húmedo,
a vida..., eso bastó para sacarme de dudas, continuaría hasta
el final, aunque fuera lo último que hiciera en esta vida.
- Por favor, ¿Me puede decir como puedo ir a Morganito?
La señora me miró con cara de sorpresa.
- Tienes peor cara que ayer, ¿Qué pasó chico?.
- No me pasa nada, quiero ir a Morganito y me gustaría saber
cómo se va.
- Pues se va por el camino, primero El Venado y luego Morganito,
pero no me gusta nada esa cara chico.
- Ya sé que se va por un camino, pero dónde se coge el autobús
o lo que sea para ir allí.
- No hay bus chico, el bus termina en Samariapo, se va por
el camino o se va por el río, pero el río va muy lleno así
que se va por el camino.
- Y, ¿Dónde está el camino?.
- Mira chico, con este tiempo el camino esta muy malo y tienes
mala cara por qué no esperas unos días, si quieres te abarato
el precio estás todo mojado.
- Estoy perfectamente, dígame dónde esta el camino y ya está.
- Bueeeno chico, no te me sofoques, allá tu, sigue la calle
principal, todo seguido hacia abajo no tiene perdida.
Efectivamente no tenía perdida, a la salida del
pueblo la calle se convertía en un camino que se internaba
entre la vegetación, era amplio, pero la altura de los árboles
que lo flanqueaban hacía que resultase angosto a la vista
y diese una cierta sensación de agobio, el suelo estaba embarrado
y en algunos tramos, grandes charcos cubrían todo el camino,
recuerdo que iba obcecado, con una sola obsesión, tenía que
llegar no sabía muy bien a dónde pero tenía que llegar, llegó
un momento en que los pies estaban completamente calados,
mis zapatos negros nuevos no resistían muy bien un camino
embarrado, afortunadamente no llovía pero la humedad estaba
en todo, no sé cuánto tiempo caminé pero no hice otra cosa
en todo el día, no paré para comer, no tenía hambre, sólo
caminar y caminar, los pies me dolían y los notaba hinchados
de agua dentro de los zapatos.
A la vuelta de un recodo se dejaron ver unas
casas, más bien parecían barracones, debía ser El Venado no
lo sé, tampoco lo pregunté, mi única obsesión era caminar,
caminar y llegar, no abandoné el camino, los pies ya no dolían
simplemente no los sentía y un sudor frío empezó a correr
por mis sienes. No fui yo conscientemente, fue mi cuerpo el
que dijo ¡basta!, Y en el borde del camino caí extenuado,
no recuerdo nada más.
Cuando desperté estaba lloviendo, completamente
empapado y con la ropa llena de barro me levanté del suelo,
entre tiritones miré el reloj, marcaba las doce y media pero
estaba parado, hacía por lo menos dos días que no le había
dado cuerda, no podía quedarme allí de aquella manera así
que seguí caminando, bajo la lluvia, lentamente pero sin parar
continué el camino, una hora, dos, no sé cuánto tiempo; cuando
llegué a las casas de Morganito ya no llovía, dos mujeres
que salían de una casa se volvieron a meter precipitadamente
cuando me vieron por la calle. Y al instante un hombre bigotudo
con una escopeta hizo su aparición.
- ¿Qué se le perdió por aquí amigo?
- Busco a Tex...
Me di cuenta de que la voz me salía débil, no
me parecía que fuera yo el que estaba hablando.
- Tire por ahí, a la vuelta de esa casa, continúe por la
senda y lo encontrará.
- Gracias.
La voz no me salía, me encontraba realmente mal,
tenía mucho frío, a mi mente venía mi cama, mi litera, la
manta; mientras me observaban continué a paso renqueante hacia
el sendero, este se internaba entre la maleza y tras andar
unos minutos un gran claro se abrió ante mí, una gran explanada
con un barracón en un extremo y a su lado una avioneta de
color verde, ¡había llegado!.
De repente vi un perro que a toda velocidad se
dirigía hacia mí, me quedé paralizado. Por la puerta del barracón
apareció un hombre armado con una escopeta gritando desaforadamente.
-¡Cuate!, ¡Mal nacido!, ¡Te convertiré en longaniza!, ¡Ven
aquí bestiajo de mierda!.
Sonaron dos disparos, yo levanté mis manos y
cerré los ojos al tiempo que el perro al cruzarse conmigo
me hizo perder el equilibrio y caí a un charco; el hombre
armado llegó a donde estaba yo.
- ¡Perro huevón!, Ya te pillaré.
Desde mi charco, levante la cabeza.
- ¿Es usted Tex?.
- Sí lo soy, ¿Qué pasó?
- No nada.
Y perdí el conocimiento.
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