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Flor Romero


Un tren para soñar

Hacia los años cincuenta, cuando dialogué para el diario El Espectador de Bogotá, con el escritor Camilo José Cela, se publicó aquella foto que ilustraba la entrevista, en la cual aparecía yo brindándole fuego al creador español, de cabellos lacios, largos, echados sobre sus pómulos, nunca me imaginé que, décadas más tarde, Jean Jacques me contaría su vida entre los trenes, y que me animaría a escribir este relato para enviarlo a un concurso bautizado con el nombre de Cela. Sin embargo aquí lo tienen:

“No recuerdo desde cuando los trenes me arrullan. Quizá desde el vientre de mi madre, cuando ella tenía que tomar todos los días el metro para llegar a trabajar a Paris. Estoy pensando en esta querencia ahora que voy en el talgo hacia Madrid, en esta noche invernal, fría y oscura. Es ya cerca de la media noche y ni siquiera he querido pasar al vagón restaurante para tomar algún refrigerio. Puse entre mi bolso una botella de vino tinto, un trozo de salchichón y unas lonjas de queso para entretener el hambre. Estoy bien acomodado en esta litera de primer piso.

Somos cuatro en este compartimiento de primera clase. He pagado algo más de noventa euros, con el descuento al que tenemos derecho quienes hemos traspasado la barrera de los sesenta años. Hay un viejo alemán que ronca en tono menor, un español que da vueltas y revueltas, y un sudamericano inquieto, que se entretiene leyendo y estoy yo, que sólo quiero dormir en esta cama transitoria, como si fuera mi alcoba, como si fuera mi hotel como si fuera mi cuna de siempre, la hamaca que me mece y me hace dormir y soñar como no lo logro en ningún otro sitio.

Desde muy joven amé los trenes. La atmósfera que respiraba trasegando el paisaje francés, como en una película, viendo como desfilaban los campos amarillentos de mostaza, las praderas verdes, los trigales dorados, me ataba al sitio o quizá lo que me importaba era recorrer valles y montañas, mirar deslizarse los ríos suavemente, a veces encrespados. Quizá yo iba para donde iba la vida y por eso inventaba cualquier excusa para subirme a un tren que me llevara no importaba a donde. Pensaba que, al fin y al cabo, la vida no es más que una aventura.

Me entretenía mirando la geografía humana que poblaba los vagones. Me interesaban las jovencitas que iban de vacaciones a la provincia, llenas de ilusiones, de planes para realizar en la campiña, me conmovían los rostros de los mozalbetes, a veces poblados de acné y de incertidumbres, prestos a cumplir el servicio militar con la ilusión de aprender a manejar un arma que los hiciera sentir fuertes, listos a la defensa personal y colectiva, a ganarle a la vida la batalla de la supervivencia. Me emocionaban los ancianos, que compartían en una cesta cubierta por un mantelito de cuadros blancos y rojos, la merienda, rociada y animada por una botella de vino rojo casero, sin etiqueta, engullida con una bagette fresca, y coronada por una torta de manzana hecha en casa la víspera. No hablaban casi las parejas mayores, pero las miradas de complicidad lo decían todo.

Mis ojos ávidos de paisajes campesinos me hacían olvidar el trepidar del tren, el ruido, para dejarme ir con los sembrados multicolores, los pueblitos perdidos en la montaña, las vacas ancladas en los potreros, los perros descarriados, los sembrados de cuadro impresionista. Mis viajes de infancia eran para soñar dentro de la realidad y al final terminaba adormilado, inclinando la cabeza sobre mi hombro para sostenerme en el ventanal y dormir profundamente hasta la próxima estación, cuando el tren se detenía haciendo chirrear las ruedas.

Han pasado ya tantas primaveras, tantos otoños, y en un invierno mientras hacía el recorrido de Lyon a Paris, resolví abordar un avión para irme al Brasil., cumplidos ya mis 25 años y acabados de terminar estudios de administración de empresas. Después ya sólo podría volver a Paris a subirme a un tren y a hablar de cine, pues en Río de Janeiro quedé anclado para siempre. Me enamoré de una bella garota, que me dio dos hijos, y me incorporé al trópico de tal manera que sin sol, sin carnaval, sin algarabía ya no podría vivir. Conseguí el oficio de subtitular películas francesas al portugués, y los años fueron pasando sin darme cuenta. Vivía entre el cine, el mar y el encanto del trópico. La morena que me acompañó a construir la vida de pronto fue atacada por un cáncer, y aunque usted podría pensar que voy a regresar a Francia a instalarme allí de nuevo, siento que ya no podré vivir sin el calor del Brasil. Sólo viajo a Paris a visitar mi escasa familia y a subirme en los trenes para poder dormir. La semana pasada tomé el tren que va a Cannes y, cuando llegué a la Costa Azul animé el día con un almuerzo de comida provenzal, y un buen vino tinto. No fui a ningún hotel, pues mi propósito era tomar el tren de la noche para dormir como un lirón.

Y aquí me tienen, en este talgo que tantas veces he tomado y que me hace soñar con gentes extrañas, con mundos que seguramente voy a recorrer o en esta vida o en la otra. Anoche por ejemplo soñé con una mujer que hace veinte años no veía. De pronto reñí con ella por cualquier tontería, y se fue dejándome en casa de una vieja amiga. Resultamos entre la cama, durmiendo con el hijo de ella en la mitad. Tendría tres años el chico. Volteé las sábanas y me recosté de nuevo. No supe cuanto tiempo pasé en esta trilogía, pero, cuando desperté, noté que ella no estaba. Se había ido sigilosamente.

Claro que a veces los sueños no son tan azules ni tan dulces, ni tan rosas, pues en mi mente ruedan las imágenes diarias y ahora, lo que me está recorriendo son las bombas rojizas del incendio de Irak. Estoy atortolado del panorama apocalíptico. No logro encontrarle lógica a la agresión; no alcanzo a excusar las escenas de los niños mutilados, ni las de las mujeres vestidas de negro como plañideras acompañando los féretros de sus maridos. Esta maldita guerra ha sido transmitida como una telenovela por la televisión que en el dolor encuentra el mejor anzuelo para los espectadores. Me duele ver los vestigios de la civilización enclavados en este país, volar de nuevo hechos polvo, como hace tantos miles de años, cuando fueron sepultados por el desierto. Mi corazón se arruga cuando los impertérritos presentadores de televisión muestran la destrucción apocalíptica de Babilonia para hermanarla con el hoy, que es otro y está en un contexto diferente. ¡Ay Babilonia, como me dueles!. ¡Ay, Nínive cómo te recuerdo ahora agobiada por aquellos forasteros venidos de los Estados Unidos de Norteamérica, de Inglaterra, de Australia, de Italia y de otros lares¡, ¡Ay Ur, cómo te incendian de nuevo como si se pretendiera borrar de la memoria el recuerdo de Abraham! ¿¡Ay, Mesopotamia, los nuevos imperialistas no permiten que tu recuerdo perdure, o quizá lo que quieren es apoderarse de ti, de tu historia, de tus cuentos viejos, que me han hecho soñar tantas veces acostado en estos vagones de ferrocarril que son mi cuna habitual!

Entre pesadillas, entre visiones horrendas, con nubes de humo negro y llamaradas que se proyectan al infinito mezclo sueño con retazos de escenas que se han adherido a mi memoria de tal manera que es imposible desprenderlas y dan volteretas entre mi angustiado dormitar. La guerra es el arma de los incapaces, la guerra es la senda de la brutalidad, la guerra Señor, es la destrucción de toda civilización, la guerra es la autodestrucción. ¿Estará la humanidad cansada de vivir, y quiere llegar a poner fin a sus días?. Entonces ¿para qué la brega diaria, para qué el esfuerzo, para que el empeño de en tener una vida mejor?. ¿Para qué engendrar hijos, para qué criarlos, para qué prepararlos, para llevarlos al holocausto de la guerra?.

Cambio de posición. Coloco el ángulo del brazo derecho bajo mi cabeza para endulzar los sueños, pero no puedo borrar las fatídicas imágenes. Comienzo a hacer prácticas de acomodamiento para llamar a rebato a a los sueños amables, los del mar con sirenas vivas, las de los disparatados carnavales con personajes disfrazados de ninfas, de beldades, de reinas por un día, de pierrots, de personajes míticos, de arlequines, de pinochos, de dioses venidos del Amazonas y del África, exhibiendo hasta muertos de mentiras, con sus esqueletos negros resaltados con blanco. Nada de esto me trasnochaba; todo entraba dentro del juego de sacar el otro yo a ventilarse, a pasar tres días en un mundo menos rígido, menos convencional, en el mundo que se guarda y que ahora se expresa, en el querer ser. Pero ahora, ¡qué noche tan caliente, tan espantosa, tan atormentada!

Pasan unos hombres uniformados; son los controles, quizá estamos a pocos pasos de la frontera española. Me incorporo. Descorro la cortina para entretenerme con el paisaje, pero la noche sólo deja colar escasas luces lejanas de algún poblado perdido. Son cocuyos que pasan como ráfagas, luciérnagas que animan la noche española. Mi imaginación no ha podido borrar las pinceladas de fuego, aquellas lenguas que se vuelven hongos y que abren su bocaza hacia el cielo implorando piedad. Ayer, esas bocas rogaban lluvias para el desierto sediento. Hoy son el signo de la protesta contra los invasores, contra aquellos hombres con carros de fuego que llegaron a quitarles a los irakies aquello que era suyo. Lo que la naturaleza les guardó en su suelo y que ahora, los zorros hambrientos quieren engullir. Ninguna excusa es válida para arrasar con la tierra del vecino, ningún argumento cuenta para que los extraños lleguen a tu hogar a despojarte de tus pertenencias. Así debieron pensar los pueblos aborígenes americanos cuando los conquistadores europeos resolvieron llegar a invadirlos a aplastarlos a disfrutar de lo suyo, a enseñarles a vivir como ellos querían, a ordenarles adorar los dioses que a ellos se les antojaban.

Dos mil años de civilización no han servido para nada .Hoy como ayer, el pez grande quiere comerse al chico, la fuerza es lo único que cuenta. A menos que aparezca un David para enfrentarse a un Goliat, y el dios Marduk resuelva presentarse montado en un carro de fuego para paralizar a los agresores.

El frío se cuela por la ventana; son los comienzos de la primavera, pero el invierno se resiste a partir. Voy al comedor a espantar las imágenes de la guerra, pero allí también aparece un televisor que recorre los campos de muerte. Un hombre pequeño de rostro escaso infla los carrillos y pide mas sangre: necesitamos más víctimas para triunfar.-dice sin ningún remordimiento. El monstruo reclama más víctimas para sus propósitos. Su nombre es pronunciado por millares de sus súbditos volviendo la boca cucurucho y escupiendo saliva hacia el frente. Me pregunto si alguna vez el nuevo emperador habrá soñado revolcándose entre la sangre de sus víctimas y los victimarios. Los ríos de sangre corren y pareciera que él no sabe que aquello es sangre, cree que es petróleo, aquel líquido que tanto persigue.

Veo al hombre de la boca de labios finos y de ojos pequeños inyectados de sangre morir asfixiado dentro de un pozo de petróleo; su mirada está vidriada, sus miembros no logran desprenderse del cieno negro. Tanta sangre derramada ¿para qué?, Tantas viudas, tantos huérfanos, para morir como un tirano enlodado. De su cabeza surge un cono de fuego, que se proyecta hacia el infinito como la torre de Babel cercana. Acuden en su auxilio los chacales, entre ellos una mujer negra, pero también son contaminados por el fuego sagrado y arden en la misma hoguera.

El tren comenzó a aminorar la velocidad. La estación de Madrid estaba cercana, y yo no había hecho otra cosa que trajinar la guerra en sueños.

Coloqué en el suelo mi pequeña maleta gris, de ruedas y me apresuré a tomar un taxi para dirigirme al Hotel Abascal en donde me esperaba una mujer llena de sueños.

- ¿Llegó el monstruo? -grité haciendo rodar la maletica.

- ¿Pudiste dormir bien en el tren?

- Qué va, fue una pesadilla. Con esta maldita guerra, ¿quién duerme?. Me encontré con Jonás, con la ballena, en Nínive, con el Tigris, con el Eufrates, con Nabucodonosor recorriendo los callejones de Babilonia la ciudad amurallada, contemplando los jardines colgantes. Vi pasar el árbol de la vida. No te imaginas lo que fue aquello. Hasta las tabletas de Hammurabi se desprendieron de los farallones para estrellarse en mis narices. Alcancé a leer la historia del diluvio bien diferente a la que me contaron en la escuela. No fueron cuarenta días y cuarenta noches de lluvia, fueron sólo nueve, pero -eso sí-, acabaron con todo. Alcancé a leer también la leyenda del gigante Gilgamech Ahora ya sé cómo era el Edén, no como me lo contaba el maestro de Creteil. No alcanzas a imaginar todo lo que recorrí en sueños en ese talgo arrullador.

- ¿Y ahora?

- Voy a seguir soñando y por la tarde compraré el billete de regreso a Paris, en otro talgo nocturno, pues, como sabes sólo puedo dormir en los trenes. Manes de los viajes en el metro parisiense de mi madre Madeleine , embarazada.

La mujer que me esperaba en Madrid era una escritora colombiana, invitada a un Foro Internacional Contra la Violencia de Género.

Había presentado una ponencia sobre Las mujeres y su utilización en el conflicto armado, en referencia a su país en donde las niñas se incorporan a la guerra, matan, cercenan dedos y tienen pesadillas con charcos de sangre.

En Madrid ella había conocido mujeres de Afganistán, Pakistán, Irán. Estaba con los ojos oscuros desorbitados ante la figura de pajarito engerido de Mukhtar la maestra pakistaní de 26 años que había sido violada en su país por orden de un tribunal tribal para castigar al hermanito de 11 años quien según las consejas había tenido entendederas amorosas con Selma Bibi de 22 años, de la casta Mastoi.

El Grupo de Las 25 la había invitado como testigo para que en Europa y otros lares se enteraran de lo ocurrido. Por primera vez esta muchacha de ojos oscuros y figura delgada, menuda, tímida, envuelta en un sari y cubierta la cabeza con un velo blanco, salía de su aldea pakistaní para denunciar los abusos a que se ven sometidas las mujeres por su escasa cultura. Poco mira a los ojos, se cubre cada rato el rostro con las manos y da la sensación de que su cuerpo respira fragilidad e inseguridad.

Es el testimonio vivo de la violación a que fue sometida por cuatro hombres durante más de una hora, por orden del tribunal popular de su aldea de Meerwala al sur del Punjab pakistaní. La multitud armada, la arrastró hasta una choza de barro en donde se dio comienzo a la violación por parte de dos hermanos y un primo de Salma, y posteriormente la penetró un juez del Panchayar, el tribunal popular, mientras centenares de personas gritaban afuera y celebraban con risotadas la sentencia inapelable.

No valieron las súplicas de Mukhtar. De rodillas pidió a sus verdugos que no la atormentaran. Lloró en vano, imploró haber enseñado el Corán a los niños, pero la respuesta fue la boca de una pistola fría en la cabeza. La desnudaron y por turnos, esos animales la perforaron.

La maestra se quejó ante la justicia pakistaní y un tribunal especial antiterrorista de Dewra Gays Khan sentenció a muerte a los cuatro violadores y a otros dos jueces tribales a morir colgados.

Mukhatar había recorrido millares de kilómetros para llegar a Madrid a denunciar la terrible situación de las mujeres en países donde se las considera como simples objetos y propiedades. Por primera vez se subía a un avión. Llegó acompañada de su hermano mayor y por el mulá de su aldea. En las cenas madrileñas, con las invitadas al Foro Internacional, el grupo de Mukhtar, permanecía mudo, comiendo platos vegetarianos, rumiando su angustia. Aunque enseñaba el Corán tanto ella como su familia son analfabetas.

Mukhtar llora recordando aquella horrible episodio del clan Mastoi

- Justo aquel día mi tío vendría desde Karatchi para formalizar mi compromiso matrimonial ?se le escuchó decir a media voz.

Pero el destino quiso que en vez de ser el día más feliz de su vida fuera el de su tortura. El populacho armado la llenó de pavor; solo se escuchaba la voz del silencio y del miedo en aquel lugar. Temía la venganza.

El mulá de la aldea se insurgió y denunció el crimen. Ella abrió los ojos y comenzó a ver que no estaba sola, que la respaldaban los derechos humanos y por eso se animó a acusar y a contar a los cuatro vientos su caso para que nunca jamás violaciones como esta esta, ocurran en este planeta ensangrentado.

En las navidades, la joven maestra víctima del atropello masculino, fue premiada por la Sociedad de Derechos Humanos de Pakistán, por haber tenido el coraje de denunciar el tratamiento salvaje a que la habían sometido en un país en donde la violencia contra las mujeres habitualmente queda impune.

El invierno ha invadido Madrid. Días atrás la nieve cubrió las calles de copos cifrados. Los pies desnudos de Mukhtar se ensartan en sandalias de cuero. Los mira con disimulo, luego lleva los ojos hacia los dedos delgados, adornados con dos anillos de metal blanco. No ha podido dormir la noche anterior. Médicas, biólogas, escritoras y periodistas del Grupo de Las 25 han pedido a la administración del Hotel Abascal que le cambien el colchón.

Pero no es la cama, es la mente que da volteretas y no la deja conciliar el sueño.

En su pequeña aldea no hay televisión. Por eso no se ha enterado de los horrores de la guerra de Irak. Sufre otro horror, el de la violación. El atropello a su frágil cuerpo, por cuenta de los rumores que involucraron a su hermanito Abdul Shakoor de escasos 11 años.

La escritora colombiana se refugia en la literatura para no mirar más la pupila apagada de Mukhtar, y se sienta a escribir este relato desmesurado.

Yo, Jean Jacques, seguiré persiguiendo los horarios de trenes para poder dormir como a mí me gusta.”

* * *

Camilo José debe estar muerto de la risa en el otro mundo leyendo este relato, y apretando su cigarrillo entre los labios delgados gritará: ¡Vamos, qué loca esa chica colombiana, escribiéndole a los fantasmas!



 

 



  Obras de este autor

· Un tren para soñar

 


  Autores

· Adamsberg, Emilio
·
García, Joan Manuel
·
Gómez Tomeu, Marina
·
Iragorri Adarraga, Fermín
· Ortiz Luna, Gemma
·
Romero, Flor
·
Romero, Flor (II)
· Sanuy, Marta

 

 

 


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