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Introducción
En el último capítulo de mi ensayo sobre la
mujer precolombina, Diosas de Tempestad, escribí: El
tiempo ha pasado lentamente, ha corrido como un río
y en el espejo de sus aguas leemos que la situación
de la mujer hoy no es aún la ideal. La ONU indica que
en el nivel mundo, una de cada tres mujeres ha sufrido malos
tratos o algún tipo de abuso. (Una de cada cuatro mujeres
ha padecido esta tortura durante el embarazo) Dos millones
de pequeñas son objeto anualmente de comercio sexual.
Cada año las mujeres padecen cincuenta millones de
abortos de los cuales veinte millones se practican en condiciones
inseguras. A consecuencia de ellos, 78.000 mujeres mueren
y siete millones sufren secuelas. Las agresiones contra ellas
van en aumento y afectan por igual a ricas y pobres. La violencia
doméstica está ampliamente extendida en la mayoría
de las sociedades y es causa frecuente de suicidio entre las
mujeres.
En los albores del tercer milenio se reconoce que entre
los diversos hechos que provocan la violencia masculina contra
la mujer en cualquier parte del mundo se citan la desobediencia
al marido, la negación a mantener relaciones sexuales
cuando ellos lo exigen y no tener la comida lista a tiempo
o salir sin permiso del hombre.
Pero es que la mujer aún no tiene pleno derecho
a la vida: más de sesenta millones de niñas
han dejado de vivir o no han logrado siquiera nacer, debido
a abortos selectivos, infanticidios o abandonos. En algunos
casos las niñas reciben menos cuidados sanitarios y
medicinas que los varones e incluso peor alimentación.
Lo inconcebible es que aún las mujeres mueren a manos
de su pareja y que las quejas de mujeres por malos tratos
masculinos se cuentan por millares aunque las denunciantes
son escasas.
A este sombrío panorama que conlleva las violencias
intrafamiliar, doméstica, sexual, agregamos ahora las
secuelas de la violencia del conflicto armado que en sitios
como mi país Colombia, deja miles de víctimas
y que es asunto de interés público.
Clausewitz afirma que para él la guerra es una forma
de las relaciones humanas que se expresa a través de
la violencia, de los actos de fuerza para imponer la voluntad
de un grupo sobre otro y, en consecuencia reproduce relaciones
de poder en la cotidianidad de los hombres y mujeres involucradas.
Pero es que la guerra era asunto de hombres; había
sido. Ellos planeaban las guerras, las declaraban, estaban
seguros de ganarlas, iban a la guerra. Hasta los dioses griegos,
desataban guerras como la de Troya . Ellos descendían
del olimpo para animar y ayudar a su bando con toda clase
de trucos.
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