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Vuelo estático

Jaan Kross

04/04/2016

Crítica por: José Ángel Sanz

La literatura europea le debe el merecido respeto a Jaan Kross, al que el Nobel de literatura esquivó a pesar de que siempre formaba parte de las quinielas para el reputado galardón sueco. Kross fue, es, el buque insignia de las letras estonias, y conviene tener presente que decir Estonia es hablar de un país por el que el siglo XX pasó como una apisonadora. El país báltico, surgido tras el fin del Imperio Ruso y tras haber superado las consecuencias de la Revolución de 1917 y de la Primera Guerra Mundial, fue primero capaz de derrotar al Ejército Rojo y de establecerse como independiente, hasta que se convirtió en objeto de intercambio por el Pacto de Ribbentrop-Molotov para, después, pasar a formar parte de la URSS. El vaivén no terminaría ahí; entre 1941 y 1944 sufrió la ocupación de Hitler en sus pueblos y ciudades y, al fin de la II Guerra Mundial, regresó a las garras soviéticas, que deportaron a Siberia a cerca de 60.000 ciudadanos.

Jaan Kross fue detenido en 1944 por las autoridades nazis y, solo dos años más tarde, por las soviéticas, que le condenaron a una pena de cinco años de trabajos forzados y otros tantos de destierro en Siberia. Cumpliría ocho de ellos en los que, como confesaría más tarde, comenzó ya a forjarse su personalidad como escritor.

Vuelo estático, publicada por primera vez en 1998 y recuperada en una cuidada edición por Impedimenta (con un mapa manuscrito de Tallin y un valioso prólogo de la traductora de la obra, Consuelo Rubio Alcover), recorre la historia reciente del país. Lo hace de la mano de un personaje, Ullo Paerand, al que ubica en primera línea de las idas y venidas estonias. Nada de grandes hazañas, las suyas, más debidas a la casualidad que a otro motivo. Paerand proviene de Los chicos de Wikman, el libro de mayor popularidad de Jaan Kross, y adopta vida propia lejos de aquella novela alrededor de las vidas de un grupo de alumnos de la Academia Wikman de 1937 a 1944. Un libro que incluso dio el salto a la pequeña pantalla en Estonia en 1994 convertida en serie gracias a la televisión nacional.

Kross, voz omnipotente en la piel de su alter ego, Jaak Sirkel, narrador de la novela, ofrece una crónica de un país que pasó en varias ocasiones de la euforia de la libertad a la resignación por la derrota ante un enemigo que siempre tenía más fuerza y siempre se empeñaba en someter su voluntad. La potencia del texto brota de una sabia unión entre la novela histórica al uso y las memorias, ficticias pero palpablemente próximas a las del autor. Es, además, una penetrante pero también esperanzada crónica de un siglo funesto. Y todo un tratado de supervivencia sentimental.

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