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Un rey sin diversión

Jean Giono

28/12/2015

Crítica por: Sr. Molina

Un rey sin diversión es, ante todo, una novela evocadora y plástica. Jean Giono maneja con una sutileza desbordante tanto la descripción de ambientes como la insinuación de estados de ánimo; gracias a estas características, un texto cuya trama parece endeble e intrascendente se transforma en una suerte de cuento de hadas oscuro, con unas implicaciones que rastrean el lado más oculto de la naturaleza humana. Lo que comienza como una obra de tintes policíacos pronto deviene una narración introspectiva, sensible, sobre los atisbos de salvajismo que encerramos en nosotros y la incapacidad de comprender el porqué de algunos impulsos; todo ello aderezado con una prosa que emociona por su sensualidad y que provoca admiración por la minuciosidad con la que recrea el entorno, casi mágico, en el que transcurre la acción.

Durante el invierno de 1843 ocurren algunos sucesos extraños en un pequeño pueblo de la Provenza francesa: una muchacha desaparecida, un intento de secuestro, animales mutilados... Sepultados bajo la nieve, sus habitantes no aciertan a imaginar lo que puede estar sucediendo, así que deciden recurrir a la policía: el capitán Langlois, un extraño gendarme, se presenta en el pueblo para descubrir qué esta pasando y atrapar al supuesto secuestrador. Lo que nadie imagina es que ese misterio y su sorprendente resolución solo será el principio de una trama que llevará a Langlois y a varios habitantes a enfrentarse con la faceta más insospechada de la naturaleza humana.

Jean Giono plantea el libro como un remedo de novela de misterio, aunque a las pocas páginas (apenas el primer tercio de su extensión) nos damos cuenta de que la historia que se nos narra poco tiene que ver con una estructura clásica de investigación. Poco a poco, pasamos de elucubrar sobre la identidad del secuestrador y de interesarnos por el proceso de captura a sumergirnos en la mente de un protagonista obsesionado con entender las motivaciones del sujeto al que persigue. Langlois es un hombre peculiar, extraño, introvertido, perspicaz y obstinado: todas estas características lo convierten en un personaje de una profundidad insondable, capaz de empeñarse en la caza de un fugitivo, pero también de cuestionarse el porqué de sus actos. Sus dudas y su ignorancia son también las nuestras, hasta el punto de que esas incógnitas se revelan como la verdadera fuerza motriz de la novela.

Puede que, como apunta la traductora Isabel Núñez en la introducción, lo que Langlois busque sin descanso es entender «la oscura motivación del mal»; también es posible que su ambición sea aún más universal y lo que anhele sea comprender la propia naturaleza humana, con todas sus contradicciones, fallos, miserias y esplendores. El final de la obra, tan luminoso como espeluznante, no ofrece respuesta alguna: Jean Giono se limita a mostrar una chispa de entendimiento, un ápice de lucidez, que, sin embargo, también viene cargado de muerte y acabamiento. Toda una paradoja que, tal vez, no sea más que un fiel reflejo de ese absurdo camino que llamamos vida.

No obstante, en ese camino que, como todos, también recorre Langlois, encontrará la sabiduría y cariño de los habitantes de ese pueblo, que se encarnan así en las bondades de una sociedad que aún conserva muchas virtudes: la fiel Salchicha, la tabernera; el corajudo Frédéric, tenaz como el clima; o Madame Tim, burguesa espléndida, pero de delicadas atenciones. Todos ellos se nos muestran como el contrapeso necesario para soportar el azar de un mundo que Langlois describe con acierto: «Creo que lo comprendo todo, aunque no puedo explicarme nada».

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