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Pan

Knut Hamsun

12/05/2015

Crítica por: Sra. Castro / Solodelibros

Pan es una de las obras más célebres del también célebre Knut Hamsun. Su título alude al dios griego y toda la obra puede ser entendida como un canto a una vida primigenia en medio de la naturaleza, ajena a los convencionalismos sociales.

El libro está narrado en primera persona, con escuetos monólogos interiores donde la esencia del personaje protagonista aflora sin tapujos: impetuoso, torpe, orgulloso, susceptible, apasionado, tímido… El teniente Glahn recuerda en sus páginas, unos años después de que sucedieran, los acontecimientos acaecidos durante un verano pasado en el norte de Noruega.

Allí pretende vivir con la beatitud del buen salvaje. En una sencilla cabaña en medio del bosque, con la sola compañía de su perro, dedica jornadas enteras a la caza. Come aquello que puede procurarse con su escopeta o su caña de pescar y emplea su tiempo en recorrer la espesura, seguro de que la naturaleza le habla en un lenguaje que pocos elegidos conocen.

Pero con ese regimen de vida el teniente Glahn no parece buscar tanto la felicidad como alcanzar una especie de trance, una exaltación espiritual propiciada por la soledad y el contacto con la naturaleza. Knut Hamsun logra representar ante el lector con verosimilitud y delicadeza el extraño estado espiritual que Glahn alcanza y su gradación día a día, como una especie de personal descenso a los infiernos del yo. Las descripciones de su deambular por los bosques tienen un tinte onírico y algunos sucesos —como cuando el teniente se autolesiona— solo pueden ser pensados y ejecutados por una mente alucinada.

Resulta evidente que algo falta en esta trama. Aciertan: la mujer. El teniente Glahn se obsesiona con la joven hija del acaudalado comerciante del pueblo próximo. Mantienen un idilio sobre el que Glahn apenas esboza unos detalles, aunque debe suponerse que la intensidad de su relación con Edvarda es fulminante. De hecho, se puede decir que esa pasión contribuye a su estado enajenado, a la vez que su estado enajenado contribuye a esa pasión.

La relación con Edvarda, por otra parte bastante breve, está salpicada de desencuentros y malentendidos que soliviantan al teniente Glahn. Hay celos, juramentos apasionados, lágrimas, encuentros clandestinos, aunque todo se relata de una manera fragmentaria, como corresponde a los recuerdos de un verano que ya quedó atrás. En cualquier caso resulta fácil colegir que Glahn pierde la cabeza por Edvarda.

Sin embargo, a pesar de su papel protagónico, Edvarda no es la verdadera causa desencadenante de todo cuanto sucede en Pan y de la tragedia que cierra la obra. A pesar de sus pretensiones de vivir al margen de la sociedad —de la pequeña sociedad del pueblo vecino—, el teniente Glahn acaba por verse mezclado con la misma. Y no meramente por sus escarceos amorosos con la hija del prócer del villorrio, sino por sus escarceos con Eva, su amante.

Eva es la verdadera causa de cuanto acaba por sucederle a Glahn. Y lo es aun cuando él permanezca ciego a todo cuanto no sea Edvarda. Incluso cuando el propio autor tampoco parezca concederle la menor importancia a la humilde y oscura mujer del herrero. Sin embargo, Eva es a la vez instrumento y víctima del destino y la pieza fundamental de Pan.

Knut Hamsun parece querer recordarnos con esta breve novela que es absolutamente imposible vivir ajeno a la sociedad de los hombres. Esta siempre aguarda en la sombra para hacer pagar cualquier comportamiento que pretenda ignorar sus normas. Aunque el precio acabe por pagarlo la persona equivocada y, como casi siempre en la historia de la literatura universal, la víctima acabe por ser una mujer.

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