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La piedra lunar

Wilkie Collins

19/07/2011

Crítica por: Care Santos / Latormentaenunvaso

Comencé a leer a Wilkie Collins a los doce años y hoy le sigo considerado uno de mis autores favoritos. Creo haber leído casi todas sus obras representativas y aun alguna de las menos conocidas, como Antonina o la caída de Roma, su primera novela, que editorial Montesinos publicó hace unos años. Sin embargo, no había leído La piedra lunar, la que se considera, en liza con La dama de blanco, su mejor novela. Podríamos decir, simplificando un poco, que no lo había hecho por falta de ánimos.

No me veía con ánimo de sumergirme en las ediciones que podían encontrarse en las librerías. Casi todas compartían el defecto de poseer más de 600 páginas de finísimo y transparente papel, atiborradas de una letra minúscula. Algunas envejecían fatal. La de Ediciones B, demasiado estrecha y en tapa blanda, era casi imposible de manejar. La más reciente de Belacqua, no mejoraba casi nada de lo dicho. No hablemos de la de Debolsillo o de su hermana casi gemela, en Plaza & Janés. Esta es una novela, hay que decirlo, que no debería aparecer en colecciones de bolsillo y que, sin embargo, se me antoja muy apropiada para libros electrónicos (el bibliófilo Wilkie me perdone). En fin, que llevaba con este problema sin solución unos veinticinco años, y ya me había resignado. Sí, lo sé, podría haber leído La piedra lunar en inglés, pero me asustaba el esfuerzo. Preferí, pues, esperar. Y hete aquí que hace unos meses, Alba premió mi paciencia de lustros con una edición ma-ra-vi-llo-sa de la  novela pendiente. Una edición en tapa dura, que puede abrirse por cualquier página sin disgusto, con el prólogo del autor a las dos ediciones que conoció en vida, y sobrecubierta. Un deleite para los collinsadictos. Me lancé sobre ella sin dudarlo.

Para quien no conozca a Wilkie Collins, sólo se me ocurre decir: Leedle sin perder tiempo.

Para quien ya lo conozca, hay que advertir que en esta obra está lo mejor de él. Su genio novelístico, sus maravillosos personajes, sus historias que nunca pueden encasillarse en un solo género, sus escenarios decorados con mano experta y hábil (una mano que nunca olvida nada que pueda necesitar), sus guiños al lector, su generosidad, su británico y socarrón sentido del humor, su sabiduría al contemplar el mundo... Collins es un escritor gigante, atendiendo a la compleja definición de John Gardner en Para ser novelista: es un conocedor profundo del alma humana, sabe lo bastante del mundo como para hablar de él con autoridad, está preocupado por menudencias que sabe mostrarnos, no practica la demagogia ni el moralismo (aunque algunos de sus personajes son moralistas y demagogos), es quisquilloso, tiene personalidad, jamás arroja sobre nada una mirada convencional y, en definitiva, pone ese sinfín de recursos al servicio de lo que tiene entre manos. En este caso, una historia que podría ser frívola, incluso insustancial, pero que termina por ser compleja y maravillosa.

Esa es la razón, sospecho, por la que sigo leyendo a Wilkie Colins. Si soy sincera, no puedo decir que me interese mucho la trama policial que se desarrolla en este libro. Para resumirla en breves líneas: el nombre alude a un diamante robado en India por un inglés sin escrúpulos. A la piedra acompaña una maldición brahmánica y juntos, joya y maldición, llegan a la deliciosa Inglaterra victoriana para posarse en el escote de una desfallecida señorita de buena familia, de cuyo secreter serán robadas esa misma noche. Un policía parodicamente british tratará de esclarecer en qué circunstancias ha ocurrido la desgracia, pero su trabajo se verá entorpecido por diversas vicisitudes, la mayor de las cuales, terminará por creer el lector, es el mismo destino.

En estas páginas, Collins recurre, otra vez, a uno de sus recursos clásicos, en el que es un verdadero maestro: las distintas voces narrativas. Igual que en otras de sus novelas -la más conocida, sin duda, es La dama de blanco-, son sus diversos personajes quienes reconstruyen por partes la historia de modo que el lector recibe el espejismo de ser el único que de verdad sabe qué ocurrió. En estas voces recae el peso de la intriga, dosificada con precisión matemática -la novela se publicó por primera vez por entregas en la revista de Dickens All The Year Round (en 1868).

La trama es notable, precisa, y está llena de sorpresas, pero lo que me interesa de verdad de este libro es la gran habilidad del autor para retratar un mundo en el que las convenciones antaño inamovibles comenzaban a tambalearse, a pesar de que en la Inglaterra del momento no se notara mucho. También su portentosa mano para crear personajes inolvidables, comenzando por el mayordomo Betteredge, socarrón, victoriano hasta la médula, xenófobo, reaccionario, adicto a Robinson Crusoe y divertidísimo; o la sorprendente señorita Rachel, heredera de la joya; o el sargento Cuff, de quien desde su descripción lo esperamos todo, ya que podía ser tomado "por un párroco, un empresario de pompas fúnebres o cualquier otra cosa, menos por lo que realmente era". Los estrafalarios métodos de investigación del sargento le singularizan entre sus colegas, los detectives de novela negra. Lo cual, si tenemos en cuenta que estamos ante una novela fundacional del género policiaco, tiene más mérito aún. La piedra lunar es un clásico, sí, pero se lee como una vuelta de tuerca modernísima a una temática de plena actualidad.

Un detalle curioso, que ningún lector dejará de advertir, es que Collins parece dirigirse todo el tiempo a un interlocutor exclusivamente masculino, con quien se atreve a chismorrear sobre los hábitos de las mujeres o la insignificancia del tabaco de pipa con la complicidad de un amigo íntimo. Imagino que las mujeres victorianas, como las de hoy, no conformaban el público mayoritario de la denominada novela negra.

Y aún a sabiendas de que no he dicho todo lo que podría y que me dejo mucho en el tintero, concluyo con una exclamativa y muy decimonónica aseveración: ¡Lean a Collins, damas y caballeros, y serán ustedes más felices que antes! 

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